martes, 13 de junio de 2023

Gary Cox

 Según los existencialistas, la consciencia de la mente es una «nada». No es una cosa en sí, sino una relación. Al igual que un reflejo en el espejo, está compuesta en su totalidad por aquello que refleja. Dado que la consciencia no es nada en sí misma, las personas no son nada en sí mismas. Como ya hemos dicho, nadie es una entidad fija. Al no ser entidades fijas, las personas deben esforzarse constantemente por ser algo, por inventarse a sí mismas mediante las decisiones que toman y las acciones que emprenden. En el caso concreto del ser humano, «la existencia precede a la esencia» se refiere a la idea de que cada persona primero existe, sin un sentido ni un propósito, y a partir de ese momento lucha por otorgarse un sentido y un propósito. La esencia de una persona es no tener más esencia que la que debe inventarse continuamente para sí. Como sostuvo Simone de Beauvoir a lo largo de sus numerosos escritos, «la naturaleza del ser humano es no tener naturaleza».

 Padre, píntame el mundo en mi cuerpo. 

(Canto indígena de Dakota del Sur)

lunes, 12 de junio de 2023

Gabriel Rolón

 


Pocas cosas se parecen tanto a la muerte como el desamor. Por eso no es casual que en psicoanálisis utilicemos el mismo nombre para el trabajo que debe hacer una persona cuando alguien lo deja de amar o cuando muere un ser querido: duelo.

¿Y qué otra cosa es el desamor sino la pérdida del reconocimiento de un otro amado y deseado?
Observemos la reacción de aquel que sufre por esto y veremos su desesperación, su imposibilidad de comprender lo que le está ocurriendo e incluso su sensación de incredulidad. Y en medio de todo esto, por supuesto, la angustia.
La historia es conocida. Goethe se había enamorado perdidamente de una joven que lo abandonó y, con el dolor propio del amante rechazado, su vida se vio invadida por un profundo sufrimiento.
Asediado por las imágenes de su amada, comenzó a escribir una novela:
Las desventuras del joven Werther, en la cual el protagonista es abandonado por la mujer que ama y es tanto su dolor que se suicida. Tal fue el furor causado por esta obra que muchos enamorados rechazados, identificándose con el personaje, optaron por suicidarse. Ante esto que se conoció en su época como «El mal de Werther», el propio autor salió al cruce aludiendo que una cosa era que, ante un desengaño amoroso, alguien escribiera la novela de un joven que se mata por amor —eso es hacer arte del dolor, sublimar— y otra muy distinta es suicidarse porque han dejado de amarnos. Eso es sólo un acto enfermo y trágico.
Obviamente, pocas personas tienen el genio de Goethe, pero lo cierto es que, de todos modos, algo puede hacerse para no quedar atrapado por la angustia que genera la falta de reconocimiento

Abdulrazak Gurnah

 


Escribí porque me dieron instrucciones de escribir, y porque encontré un gran placer en el ejercicio.

Años más tarde, cuando yo mismo era profesor de escuela, iba a tener esta experiencia al revés, al sentarme en un aula silenciosa mientras los alumnos se inclinaban sobre sus trabajos. Recuerdo un poema de D.H. Lawrence del que citaré algunas líneas:

Lo mejor de la escuela

Mientras me siento en las orillas de la clase, solo,
Miro a los chicos con sus camisas de verano
Mientras escriben, sus cabezas redondas se inclinan afanosamente:
Y uno tras otro despierta
Su cara para mirarme
Para reflexionar muy tranquilamente,
Como viendo, lo que él no ve.

Y luego se vuelven de nuevo, con un poco de alegría.
La emoción de su trabajo se vuelve a mí,
Habiendo encontrado lo que buscaba, habiendo obtenido lo que tenía que tener.

La clase de escritura de la que hablaba y que recuerda este poema no estaba escribiendo como llegaría a parecer más tarde. No fue impulsado, dirigido, trabajado, reorganizado interminablemente. En estos esfuerzos juveniles escribí en línea recta, por así decirlo, sin mucha vacilación o corrección, con mucha inocencia. También leo dejándome abandonar, igualmente sin ninguna dirección, sin saber en ese momento qué tan cerca de conectadas estaban estas actividades. (…)

La escritura y la lectura que vinieron después se compararon ordenadamente con el azar de la experiencia de la juventud, pero nunca dejaron de ser un placer y casi nunca fue dificil. Sin embargo, gradualmente se convirtió en un tipo de placer diferente. No me di cuenta de esto completamente hasta que me fui a vivir a Inglaterra. Estaba allí, con mi nostalgia y en medio de la angustia de la vida para un extraño cuando comencé a reflexionar sobre tantas cosas que no había considerado antes. Fue fuera de ese período, ese período prolongado de pobreza y alienación, que comencé a hacer un tipo diferente de escritura. Me quedó más claro que había algo que necesitaba decir, que había una tarea por hacer, lamentos y quejas para ser extraídos y considerados.

Tim Ferris

 Josh Steinitz estaba de pie en el extremo del mundo contemplando asombrado lo que se mostraba antes sus ojos.

 Enterró las botas en los dos metros de hielo marino y los unicornios bailaron.

 Diez narvales —primos poco conocidos de la ballena beluga— subieron a la superficie y apuntaron sus colmillos de dos metros en espiral hacia los cielos. Luego, la manada de ballenas de 1.300 kilos volvió a sumergirse en las profundidades.

 Los narvales son buceadores profundos —en algunos casos a más de 900 metros—, así que Josh tenía por lo menos 20 minutos por delante hasta que volvieran a aparecer.

 Tenía sentido que él estuviese con los narvales. Su nombre venía del noruego antiguo y hacía referencia a su piel con manchas blancas y azules.

 Náhvalr : hombre cadáver.

 Sonrió como lo llevaba haciendo a menudo los últimos años. El mismo John era un muerto viviente.

 Un año después de terminar la carrera, Josh se enteró de que tenía un carcinoma escamoso en la boca: cáncer. Quería ser consultor de gestión. Quería ser un montón de cosas. De pronto, ninguna tenía importancia. Menos de la mitad de quienes sufrían de esta clase concreta de cáncer sobrevivían.  El segador no discriminaba a nadie y aparecía sin avisar.

 Tuvo claro que el mayor riesgo de la vida no era equivocarse sino arrepentirse: perderse cosas. Nunca podría volver a recuperar años que hubiera pasado haciendo cosas que no le gustaban.

 Dos años después y curado del cáncer, Josh inició un largo paseo indefinido por el mundo, costeado escribiendo artículos como autónomo. Más tarde cofundó una página web que proporciona itinerarios a medida para futuros trotamundos. Su condición de ejecutivo no pudo con su adicción a la movilidad. Se sentía tan cómodo cerrando tratos en los bungalows suspendidos sobre el agua de Bora-Bora como en los refugios de montaña de los Alpes suizos.

 Una vez atendió la llamada de un cliente estando en Camp Muir, en el Monte Rainier.

 El cliente quería confirmar algunas cifras de ventas y le preguntó a Josh qué era ese viento que se oía tras él. Respuesta de Josh: «Estoy de pie a 3.000 metros de altura sobre un glaciar y esta tarde el viento sopla tan fuerte que casi nos empuja montaña abajo». El cliente dijo que le dejaba volver a lo que estuviese haciendo.

 Otro cliente llamó a Josh mientras estaba saliendo de un templo balinés, así que oyó el sonido de los gongs. El cliente le preguntó que si estaba en la iglesia. Josh no supo muy bien qué decir. Sólo le salió: «¿Sí?».

 De regreso con los narvales, a Josh le quedan unos minutos antes de volverse al campamento para no encontrarse con osos polares. Veinticuatro horas de luz dan para muchas cosas que contar a sus amigos que se han quedado en el país de los cubículos. Se sentó en el hielo y sacó de un bolso resistente al agua un teléfono vía satélite y un portátil. Empezó el correo con la frase habitual: «Sé cuánto os repatea ver cómo me lo paso, pero ¿a que no adivináis dónde estoy?».


domingo, 11 de junio de 2023

Séneca

 


«¡Cuánto mejor es seguir el camino derecho y elevarse hasta aquel estado en que sólo las cosas honestas nos resultan agradables! Y esto lo podemos conseguir si tenemos bien presente que existen dos clases de cosas: las que nos atraen y las que nos repelen. Nos llaman las riquezas, los placeres, la ambición, y todas las demás cosas suaves y sonrientes; nos repelen el trabajo, la muerte, el dolor, la ignorancia, la mezquindad de los medios de vida. Es menester, pues, que nos ejercitemos a no temer estas cosas ni a codiciar aquellas otras. Afanémonos, al contrario, en apartarnos de las cosas que nos atraen y a dar la cara a las que nos atacan.» 

 Cartas a Lucilio, 123.12-13

Fernando Savater

 


Los escritores estimulan la imaginación de sus lectores por medio de las historias que les cuentan; pero unos pocos logran también ese mismo objetivo con sus propias biografías: Voltaire, Tolstói, Yukio Mishima… Es un caso nada infrecuente, sobre todo entre escritores norteamericanos, desde Edgar Allan Poe y Melville hasta Dashiell Hammett. Y Jack London, por supuesto.

    La vida de John Griffith, que firmó su obra imperecedera —o más modestamente, que durará junto a las más longevas hasta el acabamiento universal— como Jack London, lo tiene todo para despertar el interés y, si no me equivoco, la simpatía de la mayoría de los aficionados a la literatura. Hijo de un astrólogo y una adepta al espiritismo, fue un niño miserable, autodidacta esforzado, que vagabundeó por oficios tan diversos como cazador de focas en Japón, peón caminero en Canadá y los Estados Unidos o buscador de oro en Alaska. Después se hizo periodista y más tarde novelista, llegando a ser autor de algunos de los primeros bestseller de Norteamérica. Políticamente militó siempre en movimientos de izquierda —con los que su individualismo radical no hizo nunca, sin embargo, buenas migas del todo—, por lo que en sus novelas trata de compaginar el afán de aventuras del héroe solitario con la preocupación social del sujeto concernido por la colectividad. Pasó de la miseria a la opulencia, se arruinó varias veces, abusó del alcohol, acometió numerosos viajes y dos conflictivos matrimonios, hasta que finalmente se suicidó a los cuarenta años. No sé qué opinarán ustedes —la verdad es que me trae sin cuidado—, pero yo le tengo por uno de los personajes más simpáticos de la historia de la literatura.
Las obras más célebres de Jack London son sin duda sus novelas del Gran Norte — La llamada de la selva y Colmillo Blanco —, su ambiguo thriller marino El lobo de mar y su relato semiautobiográfico Martin Eden , así como numerosos cuentos magistrales. 

Jack London

 




Cuando los niños dicen que la memoria es eso que sirve para olvidar, tienen más razón de lo que a primera vista pudiera parecernos. Ser capaz de olvidar es la base de la cordura. Recordar incesantemente conduce a la obsesión y a la locura. Así pues, el problema al que me enfrentaba en la soledad de mi celda de castigo, donde el recuerdo incesante amenazaba con tomar el control de mi persona, era el problema del olvido. Cuando jugaba con las moscas o jugaba al ajedrez contra mí mismo o me comunicaba con los nudillos, conseguía olvidar, al menos, durante un rato. Pero lo que en verdad deseaba, sin embargo, era olvidarlo todo.

    Me aguardaban los recuerdos de la infancia de otras épocas y de otros lugares, ese «rastro de nubes de gloria», como decía Wordsworth. Si de niño había tenido esos recuerdos, ¿se habrían perdido irremediablemente al convertirme en adulto? ¿O acaso perduraban, dormidos, atrapados en las neuronas de mi cerebro, de modo similar a como estaba yo atrapado en las celdas de castigo de San Quintín?
    Se sabe de condenados a cadena perpetua, recluidos en celdas de castigo, que han resucitado y han podido ver la luz del sol de nuevo. ¿Por qué entonces no habrían de resucitar también las remembranzas de otros mundos que había vislumbrado el cerebro del niño?
    Pero ¿cómo? A mi juicio, mediante el olvido absoluto del presente y del pasado de uno mismo.
    Y de nuevo me pregunto, ¿cómo? Hipnosis. Si por medio de la hipnosis consiguiéramos que se durmiera la conciencia y se despertara el subconsciente, entonces lo lograríamos; entonces las puertas de todas las prisiones de la mente se abrirían de par en par y todos los presos renacerían para ver la luz del sol.

sábado, 10 de junio de 2023

Yalom

 


En otras palabras, cuanto menos vives tu vida, mayor será tu ansiedad ante la muerte. Nietzsche expresó vigorosamente esta idea en dos breves epigramas: «Consuma tu vida» y «Muere en el momento justo». También lo hizo Zorba el griego al decir: «No le dejes a la muerte más que un castillo incendiado». Y Sartre, en su autobiografía, afirmó lo siguiente: «Me aproximaba tranquilamente a mi fin… con la certeza de que el último latido de mi corazón quedaría inscripto en la última página de mi obra y que la muerte sólo se llevaría un hombre muerto»


Elena Ponaistowska


 

Ha-Joon Chang

 


El pobre balance de crecimiento de la globalización neoliberal desde la década de 1980 resulta particularmente penoso. Acelerar el crecimiento -en caso necesario al precio de aumentar la desigualdad y posiblemente cierto incremento de la pobreza era el objetivo declarado de la reforma neoliberal. Nos han dicho reiteradamente que primero tenemos que "crear más riqueza" antes de poder distribuirla de un modo más extenso y que el neoliberalismo era la manera de hacer eso. Como consecuencia de las políticas neoliberales, la desigualdad en las rentas ha aumentado en la mayoría de países como estaba previsto, pero el crecimiento se ha frenado de hecho considerablemente. Además, la inestabilidad económica se ha incrementado notablemente durante el período de predominio neoliberal. El mundo, especialmente el subdesarrollado, ha conocido crisis financieras más frecuentes y a mayor escala desde la década de 1980. Dicho de otro modo, la globalización neoliberal no ha cumplido lo prometido en todos los frentes de la vida económica: crecimiento, igualdad y estabilidad. A pesar de ello, no dejan de decirnos cómo la globalización neoliberal ha aportado unas ventajas sin precedentes. La tergiversación de los hechos en la historia oficial de la globalización se pone de manifiesto también a nivel de país. Contrariamente a lo que la ortodoxia quería hacernos creer, prácticamente todos los países en vías de desarrollo prósperos desde la Segunda Guerra Mundial tuvieron éxito en un principio mediante políticas nacionalistas, utilizando protección, subvenciones y otras formas de intervención del gobierno.


viernes, 9 de junio de 2023


 

 Juan trabajaba en una empresa hacía dos años. Era muy serio, dedicado y cumplidor de sus obligaciones. Llegaba puntual y estaba orgulloso de que no haber recibido nunca una amonestación. Cierto día, buscó al gerente para hacerle un reclamo: —Señor, trabajo en la empresa hace dos años con bastante esmero y estoy a gusto con mi puesto, pero siento que he sido dejado de lado. Mire, Fernando ingresó a un puesto igual al mío hace sólo seis meses y ya ha sido promovido a supervisor. —¡Ajá! —contestó el gerente. Y mostrando cierta preocupación le dijo—: Mientras resolvemos esto quisiera pedirte que me ayudes con un problema. Quiero dar fruta para la sobremesa del almuerzo de hoy. Por favor, averigua si en la tienda de enfrente tienen frutas frescas. Juan se esmeró en cumplir con el encargo y a los cinco minutos estaba de vuelta. —Bien, ¿qué averiguaste? —Señor, tienen naranjas para la venta. —¿Y cuánto cuestan? —¡Ah! No pregunté. —Bien. ¿Viste si tenían suficientes naranjas para todo el personal? —Tampoco pregunté eso. —¿Hay alguna fruta que pueda sustituir la naranja? —No lo se, señor, pero creo que... —Bueno, siéntate un momento. El gerente cogió el teléfono e hizo llamar a Fernando. Cuando se presentó, le dio las mismas instrucciones que a Juan, y en diez minutos estaba de vuelta. El gerente le preguntó: —Bien, Fernando, ¿qué noticias me traes? —Señor, tienen naranjas, las suficientes para atender a todo el persona], y si prefiere, tienen bananos, papayas, melones y mangos. La naranja está a 150 pesos el kilo; el banano, a 220 pesos la mano; el mango, a 90 pesos el kilo; la papaya y el melón, a 280 pesos el kilo. Me dicen que si la compra es por cantidades, nos darán un descuento de diez por ciento. Dejé separadas las naranjas, pero si usted escoge otra fruta debo regresar para confirmar el pedido. —Muchas gracias, Fernando. Espera un momento. Entonces se dirigió a Juan, que aún seguía allí: —Juan, ¿qué me decías? —Nada, señor... eso es todo. Con su permiso.


 

Peter Watson

 


Marcel Proust no admitió nunca la influencia de Freud, Darwin o Einstein en su obra. Sin embargo, tal como ha apuntado el crítico americano Edmund Wilson, Einstein, Freud y Proust (de los cuales los dos primeros eran judíos y el último, medio judío) «sacaron su fuerza de su marginalidad, que intensificó su poder de observación». En noviembre de 1913, Proust publicó el primer volumen de su obra A la recherche du temps perdu, que se ha traducido al español como En busca del tiempo perdido. No obstante, merece la pena señalar que la palabra francesa recherche significa tanto ‘búsqueda’ como ‘investigación’. Este último significado no carece de relevancia, pues transmite de forma más acertada la idea proustiana de que la novela comparte algunas de las características de la ciencia, hecho que está en íntima relación con la importancia primordial que Proust concede al tiempo, al tiempo que se ha perdido, pero no ha desaparecido, porque puede volver a recuperarse. Proust nació en 1871 en el seno de una familia acomodada y nunca hubo de trabajar. De niño sobresalía por su carácter brillante, y recibió parte de su formación en el Lycée Cordorcet y parte en casa, lo que le permitió mantener una estrecha relación con su madre, una mujer neurótica. Al morir ésta a la edad de cincuenta y siete en 1905, dos años más tarde que su esposo, su hijo se aisló del mundo y se confinó en una habitación forrada de corcho, desde donde mantuvo correspondencia con cientos de amigos y convirtió los meticulosos detalles que había confiado a sus diarios en su obra maestra. En busca del tiempo perdido ha sido descrito como el equivalente literario de Einstein o Freud, aunque, como ha recordado el especialista en Proust Harold March, tales comparaciones suelen provenir de gente que no conoce la obra del padre de la relatividad ni del fundador del psicoanálisis. Con ocasión de cierta entrevista, Proust describió los múltiples volúmenes de su gran obra como «una serie de novelas sobre el inconsciencia»; sin embargo, no usaba el término en un sentido freudiano (no hay constancia de que hubiese leído a Freud, cuya obra no se tradujo al francés hasta poco antes de la muerte el novelista). Proust desarrolló su idea hasta alcanzar una altura excepcional. Se trataba del concepto de memoria involuntaria, la idea de que el sabor inesperado de un pastel, por ejemplo, o el olor de una vieja escalera de servicio no sólo nos devuelven acontecimientos pasados, sino toda una constelación de experiencias, sentimientos vividos y reflexiones acerca de ese pasado. Para muchos, esta idea de Proust es en extremo trascendental; para otros, se trata de algo exagerado (el novelista siempre ha dividido a la crítica). El verdadero logro de Proust es lo que consigue hacer sobre esta base. Es capaz de convocar las intensas emociones de la infancia, como sucede, por ejemplo, al principio del libro, cuando describe el desesperado deseo que tiene el narrador de recibir un beso de su madre antes de irse a dormir. Este cambiante ir y venir cronológico es lo que ha llevado a muchos a pensar que Proust no hacía sino responder a las teorías de Einstein a cerca del tiempo y la relatividad, aunque su relación con el físico alemán es tan difícil de demostrar como sus lazos con Freud. De nuevo, como ha subrayado Harold March, debemos considerar a Proust en sí mismo. Visto de esta manera, En busca del tiempo perdido constituye un cuadro detallado y familiar de la vida de la clase alta y aristocrática francesa, un estrato social que, igual que sucede en la obra de Chejov y Mann, estaba desapareciendo y se extinguió por completo con la primera guerra mundial.


 

miércoles, 7 de junio de 2023

Oliver Sacks

 


W. H. Auden a menudo me confesaba que creía que llegaría a los ochenta y que luego se iría «a la mierda» (sólo vivió hasta los sesenta y siete). Aunque ya han transcurrido cuarenta años desde su muerte, a menudo sueño con él, y con mis padres, y con antiguos pacientes; todos ellos ya fallecidos, pero a los que amé, y que fueron importantes en mi vida.

 A los ochenta años asoma el espectro de la demencia o el ictus. Una tercera parte de mis coetáneos han muerto, y son muchos más los que, afectados por un profundo deterioro físico o mental, se ven atrapados en una existencia trágica y mínima. A los ochenta, las señales del deterioro son perfectamente visibles. Nuestras reacciones son un poco más lentas, cada vez nos cuesta más recordar un nombre, hay que dosificar las energías, pero aun así muchas veces uno se siente lleno de energía y vitalidad, y en absoluto «viejo». Quién sabe si, con suerte, conseguiré permanecer más o menos incólume unos cuantos años más y se me concederá la libertad de seguir amando y trabajando, según Freud las dos cosas más importantes de la vida.


Sam Kean

 La adolescencia de Irène no fue fácil. Cuando tenía doce años, Marie la matriculó en una escuela alternativa en la que los jueves enseñaba matemáticas y ciencias. La decena de alumnos estudiaban también escultura y chino y practicaban diversos deportes. (Marie no era solamente una intelectual, sino que también creía firmemente en la educación física: los Curie nadaban, daban caminatas y tenían un trapecio en el patio trasero). La escuela parecía idílica, una alternativa libre al anquilosado sistema educativo francés, pero Marie impuso a su hija normas estrictas. En una ocasión descubrió a Irène soñando despierta en lugar de tratar de resolver un problema matemático, y cuando Irène reconoció que no sabía la respuesta, Marie le gritó: «¿Cómo puedes ser tan tonta?» y lanzó la libreta de la chica por la ventana. Irène tuvo que bajar dos tramos de escaleras para recuperarla, y mientras tanto resolvió mentalmente el problema.


Massimo Pigliucci

 Todos lo hemos experimentado: salivamos ante un iPhone nuevo y brillante, realmente lo deseamos y finalmente lo conseguimos. Durante unos cuantos días estamos orgullosos de nuestra nueva posesión; la admiramos en nuestras manos, la usamos mucho. Sin embargo, algunas semanas más tarde no es más que un teléfono, un objeto funcional (¡si bien es cierto que un tanto atractivo estéticamente hablando!), que puede sustituirse si se rompe o se pierde y que, indudablemente, no nos va a cambiar la vida. ¿Y qué hacemos? ¿Admitimos que, al fin y al cabo, Séneca tenía razón al decir que es inútil dedicar tanto tiempo y tanta energía a desear y tratar de conseguir cosas externas? Por supuesto que no. Simplemente pasamos a dedicar nuestra atención al siguiente objeto brillante. («¡Eh! Ese bolso es realmente bonito. Y está claro que necesito un bolso nuevo.») Eso hará que nos sintamos «felices» durante algunos días o semanas más y luego el proceso empezará de nuevo. Los psicólogos lo denominan adaptación hedonista: como en una cinta de correr del gimnasio, corres sin llegar a ninguna parte. Pero, a diferencia de la cinta del gimnasio, ¡ni siquiera es bueno para tu salud! Séneca, por tanto, nos dice cómo salir de la adaptación hedonista. Se trata de un proceso en dos fases: la primera es la fase filosófica de darse cuenta de que lo que es agradable superficialmente puede que no nos haga felices y, a la inversa, que lo que parece desagradable puede que no nos haga infelices. La segunda consiste en intervenir en nuestra conciencia y, poco a poco, asimilar lo que reconocemos cognitivamente: cada vez que logras alejarte de los objetos que te atraen y cada vez que te impones afrontar los objetos que te atacan, estás dando un paso hacia la sabiduría y la felicidad.

martes, 6 de junio de 2023

Jean-Marie Gustave Le Clézio

 


Cicerón, Rabelais, Condorcet, Rousseau, Madame de Staël, o, más recientemente, Solzhenitsyn o Hwang Sok-yong, Abedalitif Laâbi o Milan Kundera: todos fueron obligados a seguir la senda del exilio. Para algunos como yo que siempre han —excepto durante breve tiempo de guerra— disfrutado libertad de movimiento, la idea de que uno se ve impedido de vivir donde uno ha elegido, es tan inadmisible como perder la libertad. Pero el privilegio de la libertad de movimiento resulta una paradoja. Observemos, por un momento, al árbol con sus filosas espinas que está en el corazón del bosque donde vive el escritor: este hombre, esta mujer, ocupados escribiendo, inventando sus sueños —¿no pertenecen ellos a una afortunada, exclusiva y feliz minoría? Tomemos una pausa e imaginémoslos en una extrema, terrible situación —como aquella en que se encuentra una vasta mayoría de gente en nuestro planeta. Una situación en la que, tiempo atrás, en el tiempo de Aristóteles o Tolstoi, era compartida por aquellos que no tenían status —siervos, sirvientes, villanos en la Europa de la Edad Media, o aquellos que durante el Iluminismo fueron llevados a la costa de África, vendidos en Gorée o El Mina o Zanzíbar. E incluso hoy, mientras les hablo, existen quienes no tienen libertad de expresión, que están en el otro lado del lenguaje. Me he contagiado de las reflexiones pesimistas de Dagerman, más que de la militancia gramsciana, o de la desilusionada apuesta sartreana. La idea de que la literatura es un lujo de la clase dominante, alimentando ideas e imágenes que continúan siendo extrañas para una vasta mayoría: esa es la fuente del malestar que cada uno de nosotros siente —porque me dirijo a aquellos que leen, a los que escriben. Desde luego, uno quisiera difundir la palabra a todos aquellos que han sido excluidos, invitarlos de manera magnánima al gran banquete de la cultura. ¿Por qué es esto tan difícil? Comunidades sin escritura, como los antropólogos gustan llamarles, han triunfado al inventar otras formas de comunicación, a través de la canción y el mito. ¿Por qué esto se ha vuelto imposible para nuestras sociedades industrializadas, en esta hora presente? ¿Debemos reinventar la cultura? ¿Debemos regresar a una inmediata, directa forma de comunicación? Es tentador creer que la cinematografía satisface esa necesidad en nuestro tiempo, o la música popular con sus ritmos y rimas, sus ecos de danza. O el jazz y, en otros climas, el calipso, el maloya, el segá. La paradoja no es nueva. François Rabelais, el más grande escritor en lengua francesa, hace tiempo combatió sin tregua contra la pedantería de los escolares de la Sorbona, burlándose de ellos en su cara con palabras extraídas de la lengua común. ¿Estaba él hablando por todos los hambrientos? Exceso, intoxicación, banquete. Él puso en palabras el extraordinario apetito de aquellos que devoran la demacración de campesinos y obreros, sólo lo suficiente para una mascarada, para poner el mundo al revés. La paradoja de la revolución, como la épica cabalgata del caballero enfadado, vive en la consciencia del escritor. Si hay una virtud que la pluma del escritor debe tener siempre, esta es que nunca debe ser usada para alabar al poderoso, ni siquiera con el más imperceptible garabato. Y sólo porque el artista observa esta conducta virtuosa no quiere decir que esté fuera de sospecha. Su rebelión, rechazo e imprecaciones sólo corresponden a un lado de la barrera, el lado del lenguaje del poder. Unas cuantas palabras, unas cuantas frases podrían haber escapado. ¿Pero el resto? Un largo palimpsesto, un elegante y distante tiempo para postergar. Y hay algo de humor, algunas veces, que no es la forma educada de los resignados, sino la resignación de aquellos que conocen muy bien sus imperfecciones. Humor es la costa donde el tumultuoso afluente de la injusticia los ha abandonado. ¿Por qué escribir entonces? De un tiempo para acá, los escritores han dejado de lado la presunción de creer que pueden cambiar el mundo, cosa que harán a través de sus historias y novelas, germinando un buen ejemplo de cómo debería ser la vida. Sencillamente, quieren respaldar su testimonio. Ese es otro árbol en el bosque de las paradojas. El escritor quiere respaldar su testimonio cuando, de hecho, no es nada más que un simple voyeur. Y luego hay artistas que se convierten en testigos: Dante en La Divina Commedia, Shakespeare en The Tempest —y Aimé Césaire en su magnífica adaptación de dicha obra, titulada Une Tempête, en la que Calibán, sentado sobre un barril de pólvora, trata de volarse a sí mismo y llevarse a su despreciado amo consigo. También están esos testigos que son imponderables, como Euclides da Cunha en Os Sertões, o Primo Levi. Vemos lo absurdo del mundo en Der Prozess (o en las películas de Charlie Chaplin); su imperfección en La Niassance du Jour, de Colette; su fantasmagoría en la balada irlandesa que Joyce creó en Finnegan’s Wake. Esa belleza resplandece, brillante e irresistible en The Snow Leopard de Peter Matthiessen o en A Sand Country Almanac, de Aldo Leopold. Su inmundicia en Sanctuary de William Faulkner o en First Snow de Lao She. Su fragilidad infantil en Ormen (The Snake), de Dagerman. El mejor escritor como testigo es aquel que se convierte en testigo a pesar de sí mismo, a regañadientes. La paradoja consiste en que no podrá apoyar el testimonio de lo que ha visto, incluso de lo que ha inventado. Amargura, incluso desesperanza puede surgir debido a que él no puede estar presente cuando se formule la acusación. Tolstoi puede mostrarnos el sufrimiento que el ejército de Napoleón infligió al pueblo ruso, pero al final nada cambia del curso de la historia. Claire de Duras escribió Ourika, y Harriet Beecher Stow escribió Uncle Tom’s Cabin. Pero fueron los propios esclavos quienes cambiaron el curso de su destino, quienes se rebelaron y pelearon contra la injusticia creando una resistencia granate en Brasil, Guyana Francesa y en las Indias Occidentales, así como la primera república negra en Haití. Actuar: eso es lo que el escritor quisiera ser capaz de hacer, sobre todas las cosas. Actuar, en lugar de ofrecer testimonio. Escribir, imaginar y soñar de tal manera que sus palabras e invenciones y sueños tuvieran un impacto sobre la realidad, cambiaran las ideas y corazones de las personas, los prepararan para un mundo mejor. Y entonces, en el momento preciso, una voz le susurra que eso no será posible, que las palabras son palabras y el viento de la sociedad se las lleva, y que los sueños son meras ilusiones. ¿Qué derecho tiene para desear ser mejor? ¿Realmente corresponde al escritor brindar soluciones? No está él en el rol del guardabosques que, en la obra Knock ou Le Triomphe de la Médecine, quiere prevenir los terremotos? ¿Cómo puede el escritor actuar, cuando todo lo que sabe es cómo recordar? La soledad será su terreno en la vida. Así ha sido siempre. 

Leopoldo María Panero

 


—¿Qué opinas que todo el tiempo se te esté catalogando como poeta maldito o poeta loco, casi como si fuera una etiqueta?

—Estoy aburrido de esto. Yo no soy un poeta maldito. De paso, en España me creen loco. Podré ser un monstruo pero no estoy loco. Sabes, te diré que sigo esperando que me den el Premio Nobel de Literatura. Ya llevo cuatro años y no me lo dan. Tal vez no me lo darán porque vivo en un manicomio y me llaman lo peor de España, el anticristo, el demonio.

—Sé que eres un ferviente crítico de España, inclusive tienes un libro que se llama Contra España y otros poemas de no amor, ¿qué puedes decir de esto?

—En España anda todo mal. Todos son de la CIA. Todos comen gracias a la CIA. Han querido hacer hasta una película sobre mi relación con España. Pero no me interesa. Yo quiero hablar de la muerte, de los viajes, del sufrimiento que vivo. Los manicomios son campos de exterminio nazi. Te diré que hay muchos que quieren morir; la verdad es que yo quiero vivir. No quiero morir todavía.

https://letralia.com/241/entrevistas01.htm


lunes, 5 de junio de 2023

Nietzsche


 

Wilhelm Reich



Un día una bonita joven de la clase trabajadora vino a verme a la clínica con dos niños y un lactante. No podía hablar. Escribió en un pedazo de papel que había perdido el habla repentinamente hacía pocos días. El análisis estaba descartado; en consecuencia, traté de eliminar la falta del habla mediante la sugestión. Después de unas cuantas sesiones hipnóticas comenzó a hablar con una voz baja, ronca y aprensiva. Durante años había sufrido la obsesión de matar a sus hijos. El marido la había abandonado y ella y los niños se morían de hambre. Trataba de ganarse la vida cosiendo en la casa j así comenzó a pensar en el asesinato. Llegó al ponto de casi tirar los niños al agua, cuando fue presa de una terrible angustia. Desde entonces la atormentaba el deseo de confesarse a la policía, para asi proteger a los niños. Pero también esa intención le provocaba intensa angustia. Temía que la colgaran. El sólo pensarlo le oprimía la garganta. Como tenia miedo de su propio impulso, se protegía mediante el mutismo, el cual era en realidad un espasmo violento de la garganta (cuerdas vocales). Me resultó fácil descubrir la situación infantil que estaba expresando. Huérfana desde niña, había sido educada por extraños; compartía una habitación con seis o más personas. Cuando pequeña, estuvo expuesta a ataques sexuales por parte de algunos adultos. La atormentaba el deseo de tener una madre protectora. En sus fantasías se convertía en el lactante protegido, tomando el pecho. Su garganta había sido siempre el asiento de su angustia sofocante y de su anhelo. Era madre, veía a sus niños en una situación similar a la suya y sentía que no deberían seguir viviendo. Además, su odio al marido lo había transferido a los hijos. En pocas palabras, tratábase de una situación increíblemente complicada y casi incomprensible. Era totalmente frígida, pero a pesar de su intensa angustia genital se había acostado con diversos hombres. La ayudé hasta el punto en que pudo dominar algunas de sus dificultades. Los niños fueron colocados en una buena institución. Pudo reasumir su trabajo. Juntamos dinero para ella. Pero en verdad, la miseria continuaba, sólo un poco aliviada. El desamparo en que se encuentran muchas personas las conducen a acciones imprevisibles. Solía venir a mi casa por la noche y amenazaba suicidarse o asesinar al bebé si yo no hacía esto o aquello. La visité en su hogar. Ahí, ya no me encontré frente a los eminentes problemas de la etiología de las neurosis, sino de cómo un organismo humano podía tolerar semejante vida año tras año. No había nada, absolutamente nada que alegrara su vida; sólo miseria, soledad, los chismes de los vecinos, la preocupación del pan diario y, además, las trapacerías criminales del dueño de casa y de su patrón. Su capacidad de trabajo era explotada al extremo. Diez horas de dura faena le reportaban alrededor de treinta centavos. En otras palabras, ella y sus tres hijos debían vivir con una entrada mensual de más o menos diez dólares. ¡Y lo extraordinario es que vivían! Cómo podían hacerlo, nunca lo supe. Al mismo tiempo, no descuidaba su aspecto físico y tenía tiempo para leer. Yo mismo le presté algunos libros. 

Jacques Prévert


 

Echó café

En la taza

Echó leche

En la taza de café

Echó azúcar

En el café con leche

Con la cucharilla

Lo revolvió

Bebió el café con leche

Dejó la taza

Sin hablarme

Encendió un cigarrillo

Hizo anillos

De humo

Volcó la ceniza

En el cenicero

Sin hablarme

Sin mirarme

Se puso de pie

Se puso el sombrero

Se puso

El impermeable

Porque llovía

Y se marchó

Bajo la lluvia

Sin decir palabra

Sin mirarme

Y me cubrí

La cara con las manos

Y lloré.


viernes, 2 de junio de 2023

Daniel Goleman

 


Jim Collins comenzó a escalar durante su infancia en Boulder, Colorado, una región que cuenta con algunas de las pendientes más difíciles del continente. Collins comenzó a escalar por diversión, pero el 28 de julio de 1978 hizo historia en esta actividad, pues se convirtió en la primera persona que conquistó el Psycho Roof, una roca peligrosa del cañón de El Dorado, un lugar mundialmente famoso situado en las sierras de las afueras de Boulder. H abía una sola ruta para subir el Psycho Roof, ruta que, según sabían los escaladores desde hacía años por amarga experiencia, era simplemente imposible. El problema consistía en colocar un gancho en el borde de lo alto del risco. El ángulo con que sobresalía el borde bloqueaba las manos del escalador, pues se hallaba fuera del alcance del brazo de éste. La solución: Collins se dio cuenta de que podía ponerse cabeza abajo, colgando de un costado del risco apenas por debajo del borde, y enganchar un dedo del pie en el borde. Como la pierna es más larga que el brazo, Collins aprovechó la ventaja que marcó la crucial diferencia: usando los dedos de los pies como si fueran los de las manos, pudo sostenerse al tiempo que tendía el otro brazo y aferraba el borde con la mano. La ruta imposible del Psycho Roof se tornó posible porque Collins «soltó» lentamente los esquemas establecidos de pensamiento el tiempo suficiente para abordar el problema de un modo que nunca se había intentado.

jueves, 1 de junio de 2023

Abraham Maslow


 

Lou Marinoff

Aquellos de nosotros que somos lo bastante afortunados para alcanzar la madurez sabemos lo efímera que es la vida en cualquier caso, y por eso me entristeció profundamente imaginar a todos aquellos hombres —muchachos, en realidad— marchando a la guerra, aunque fuese una guerra justa, y muriendo tan repentina y violentamente casi antes de que su vida adulta hubiese comenzado. No es de extrañar que Lao Tzu sintiera tanta aversión por las armas y la guerra. Y, sin embargo, Lao Tzu no era pacifista. Nunca dijo: «Cuando el mal aparece en el mundo y busca esclavizar o erradicar la bondad de la vida, los hombres buenos deben someterse dócilmente a su destino y no ofrecer resistencia.» Bien al contrario, dijo que debemos oponernos al mal, usando el bien ante todo y, en segundo lugar, y en tercer lugar... y sólo tomar las armas como último recurso. E incluso entonces, no debemos aspirar a la conquista, sino tan sólo a la liberación. Si mediante una intervención armada liberamos a un pueblo conquistado de las garras de la tiranía, debemos celebrar su liberación más que nuestra victoria. No debemos ser orgullosos ni jactanciosos, nunca debemos regocijarnos en la matanza de seres humanos, ni siquiera de aquellos que están hechizados por el mal. Los caudillos son ilusos y testarudos cuando imaginan que pueden imponer al mundo su sanguinaria voluntad indefinidamente, arrasando el amor y la familia, destruyendo la felicidad y la armonía, aniquilando vidas honorables. Sin embargo, los pacifistas también son ilusos y testarudos cuando imaginan que nunca estarán obligados a defender sus preciadas libertades, a conservar y proteger el estilo de vida que les garantiza la libertad para vivir en paz y manifestar cuánto más preferible es la paz que la guerra. Lao Tzu dice que tenemos el derecho, y también la obligación, de defendernos si nos atacan. Éste es el equilibrado camino del Tao. Los taoístas no son caudillos empeñados en masacrar ni corderos conducidos al matadero. Son hombres y mujeres de paz, aunque dispuestos y capaces de defenderse de los agresores. Eso es lo mejor que pueden hacer en esta imperfecta forma humana dentro de este imperfecto mundo político. Así pues, ¿cuáles son los instrumentos del Tao? Comprenden todos los artículos y artes que mejoran la salud, la felicidad y la cultura, como los libros, la música, la poesía, los jardines, los deportes, la educación, los acontecimientos sociales y los servicios a la comunidad. Los hombres y mujeres del Tao buscan crear valor para los demás, absteniéndose de destruir. Aman vivir en armonía, evitando la discordia. Desean morar en la cortesía, renunciando a la grosería. Quieren vivir en paz, evitando los conflictos. Aspiran a transformar el mal en bien, impidiendo toda masacre. Son amigos maravillosos y los vecinos ideales.

 Tú tienes que estar con la obra, y la obra tiene que estar contigo. La obra te absorbe totalmente, y tú la absorbes totalmente. 

LOUISE NEVELSON, escultora

 Cuando la señora llegó a la estación, le informaron que su tren se retrasaría aproximadamente una hora. Un poco fastidiada, se compró una revista, un paquete de galletas y una botella de agua. Buscó un banco en el andén central y se sentó, preparada para la espera. Mientras ojeaba la revista, un joven se sentó a su lado y comenzó a leer un diario. De pronto, sin decir una sola palabra, estiró la mano, tomó el paquete de galletas, lo abrió y comenzó a comer. La señora se molestó un poco; no quería ser grosera pero tampoco hacer de cuenta que nada había pasado. Así que, con un gesto exagerado, tomó el paquete, sacó una galleta y se la comió mirando fijamente al joven. Como respuesta, el joven tomó otra galleta y, mirando a la señora a los ojos, se la llevó a la boca. Ya enojada, ella cogió otra galleta y, con ostensibles señales de fastidio, se la comió mirándolo fijamente. El diálogo de miradas y sonrisas continuó entre galleta y galleta. La señora estaba cada vez más irritada, y el muchacho cada vez más sonriente. Finalmente, ella se dio cuenta de que sólo quedaba una galleta, y pensó: “No podrá ser tan caradura”, mientras miraba alternativamente al joven y al paquete. Con mucha calma el joven alargó la mano, tomó la galleta y la partió en dos. Con un gesto amable, le ofreció la mitad a su compañera de banco. — ¡Gracias! —dijo ella tomando con rudeza el trozo de galleta. —De nada —contestó el joven sonriendo, mientras comía su mitad. Entonces el tren anunció su partida. La señora se levantó furiosa del banco y subió a su vagón. Desde la ventanilla, vio al muchacho todavía sentado en el andén y pensó: “¡Qué insolente y mal educado! ¡Qué será de nuestro mundo!” De pronto sintió la boca reseca por el disgusto. Abrió su bolso para sacar la botella de agua y se quedó estupefacta cuando encontró allí su paquete de galletas intacto.

sábado, 27 de mayo de 2023

Harold Bloom

 


La poesía dice mentiras, pero la verdad, que es el principio de realidad, se reduce a la muerte, nuestra muerte. Amar la verdad sería amar la muerte. El mundo abunda en sentido porque abunda en errores y es pródigo en sufrimiento, cuando se ve desde una perspectiva estética. Santificar una mentira y engañar con buena conciencia es la labor necesaria del arte, porque una concepción errónea de la vida es necesaria para la vida, mientras que la idea acertada de la vida simplemente acelera la muerte.

Sin duda hay otras muchas maneras de leer, pero a mí la que más me gusta es la manera de Emerson, que es volver a lo que es propiamente tuyo, allí donde lo encuentres.“




Mario Benedetti


 “Pero, en definitiva, ¿qué es Lo Nuestro? Por ahora, al menos, es una especie de complicidad frente a otros, un secreto compartido, un pacto unilateral. Naturalmente, esto no es una aventura, ni un programa ni -menos que menos- un noviazgo. Sin embargo, es algo más que una amistad. Lo peor (¿o lo mejor?) es que ella se encuentra muy cómoda en esta indefinición. Me habla con toda confianza, con todo humor, creo que hasta con cariño”.

MICHEL DE MONTAIGNE



 (Estamos formados por jirones de múltiples colores, unidos entre sí de manera tan libre, tan floja, que cada uno ondea a cada instante a su voluntad. Y son tantas las diferencias que hay entre nosotros y nosotros mismos como las que hay entre nosotros y los otros.) 

Essais, Segundo libro, 1

viernes, 26 de mayo de 2023

svetlana aleksiévich

 


Flaubert se llamaba a sí mismo la pluma humana; yo diría que soy un oído humano. Cuando camino por la calle ‘atrapo’ palabras, frases y exclamaciones, siempre pienso “¡cuántas novelas desaparecen sin dejar rastro!”. Desaparecen en la oscuridad. No hemos sido capaces de capturar el lado conversacional de la vida humana para la literatura. No lo apreciamos, no nos sorprende ni nos encanta. Pero me fascina y me ha hecho su prisionera. Me encanta cómo hablan los seres humanos… me encanta la voz humana solitaria. Es mi más grande amor y mi pasión. El camino hasta este podio ha sido largo: casi cuarenta años yendo de persona en persona, de voz en voz. No puedo decir que siempre he estado recorriendo este camino. Muchas veces he estado conmocionada y asustada de los seres humanos. He experimentado el placer y repugnancia. A veces he querido olvidar lo que he escuchado para volver al momento en que vivía en la ignorancia. Más de una vez, sin embargo, he visto lo sublime en la gente, y he querido llorar. Viví en un país donde se nos enseñó a morir desde la infancia. Nos enseñaron la muerte. Nos dijeron que los seres humanos existen con el fin de dar todo lo que tienen, de agotarse, de sacrificarse. Nos enseñaron a amar a la gente con armas. Yo había crecido en un país diferente, y no podría haber recorrido este camino. El mal es cruel, tienes que vacunarte contra él. Crecimos entre verdugos y víctimas. Incluso si nuestros padres vivían en el miedo y no nos decían todo —y más a menudo no nos dijeron nada— el aire de nuestra vida fue envenenado. El mal mantuvo un ojo vigilante sobre nosotros. He escrito cinco libros, pero siento que todos son uno solo, un libro sobre la historia de una utopía… Varlam Shalámov una vez escribió: “Yo participé en la colosal batalla, una batalla que se perdió, para la auténtica renovación de la humanidad”. Reconstruyo la historia de esa batalla, sus victorias y sus derrotas. La historia de la gente que quiso construir el Reino de los Cielos en la tierra. ¡El Paraíso! ¡La Ciudad del Sol! Al final, lo único que quedó fue un mar de sangre, millones de vidas humanas en ruinas. Hubo un tiempo, sin embargo, cuando no había idea política del siglo XX comparable con el comunismo (o la Revolución de Octubre como su símbolo), un tiempo en que nada atraía más poderosa o emocionalmente a los intelectuales de Occidente y gente de todo el mundo. Raymond Aron llamó a la Revolución Rusa “el opio de los intelectuales”. Pero la idea del comunismo tiene al menos dos mil años de antigüedad. Podemos encontrarla en las enseñanzas de Platón acerca de un Estado ideal; en los sueños de Aristófanes sobre una época en que “todo va a pertenecer a todo el mundo”. En Tomás Moro y Tommaso Campanella… Luego, en [Claude-Henri de] Saint-Simon, Fourier y Robert Owen. Hay algo en el espíritu ruso que obliga a tratar de convertir esos sueños en realidad.

Pepe Mujica


 

Juan Ramón Jiménez



 Estoy triste, y mis ojos no lloran

y no quiero los besos de nadie;
mi mirada serena se pierde
en el fondo callado del parque.
¿Para qué he de soñar en amores
si está oscura y lluviosa la tarde
y no vienen suspiros ni aromas
en las rondas tranquilas del aire?
Han sonado las horas dormidas;
está solo el inmenso paisaje;
ya se han ido los lentos rebaños;
flota el humo en los pobres hogares.
Al cerrar mi ventana a la sombra,
una estrena brilló en los cristales;
estoy triste, mis ojos no lloran,
¡ya no quiero los besos de nadie!
Soñaré con mi infancia: es la hora
de los niños dormidos; mi madre
me mecía en su tibio regazo,
al amor de sus ojos radiantes;
y al vibrar la amorosa campana
de la ermita perdida en el valle,
se entreabrían mis ojos rendidos
al misterio sin luz de la tarde...
Es la esquila; ha sonado. La esquila
ha sonado en la paz de los aires;
sus cadencias dan llanto a estos ojos
que no quieren los besos de nadie.
¡Que mis lágrimas corran! Ya hay flores,
ya hay fragancias y cantos; si alguien
ha soñado en mis besos, que venga
de su plácido ensueño a besarme.
Y mis lágrimas corren... No vienen...
¿Quién irá por el triste paisaje?
Sólo suena en el largo silencio
la campana que tocan los ángeles.

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