lunes, 31 de marzo de 2025
Haruki Murakami preguntó una vez:
domingo, 30 de marzo de 2025
A la mente orgullosa y racional, instalada en sus certezas y embriagada de su brillantez, no le cuesta nada ignorar el error y barrer todo debajo de la alfombra. Los filósofos existencialistas, empezando por Søren Kierkegaard, señalaron este modo de vida como «inauténtico». Una persona inauténtica sigue percibiendo las cosas y actuando de formas que su propia experiencia ha demostrado que son falsas. No habla con su propia voz. «¿Ha ocurrido lo que quería? No. Entonces, o bien mi objetivo o bien mi estrategia no eran adecuados. Me quedan todavía cosas por aprender». Esa es la voz de la autenticidad.
Cuando éramos niños
sábado, 29 de marzo de 2025
La costumbre de numerar los versículos bíblicos, introducida en 1551 en Ginebra por el impresor Robert Stephanus, también desempeñó un papel importante, pues permitió que la gente recorriera el texto con más facilidad e identificara sus muchas inconsistencias y verdades encontradas. Mientras algunos anabaptistas radicales señalaban que el Génesis aprobaba la poligamia, sus opositores anotaban que en el Nuevo Testamento Jesús la prohibía al decir que el hombre «se adherirá a su mujer» (Marcos 10,7). El divorcio se permite en Deuteronomio, pero no en Mateo.[2323] El libro de los Reyes insta a no pagar impuestos, mientras que el evangelio de Mateo dice que es necesario hacerlo. Muchas otras prácticas y tradiciones santificadas por el tiempo y que el laicado daba por hecho que se encontraban en las Escrituras no aparecían por ningún lado: la autoridad papal, el celibato sacerdotal, la transubstanciación, el bautismo infantil, la canonización de los santos y la imposibilidad de salvarse fuera de la Iglesia católica, entre otras.
Peter Watson
viernes, 28 de marzo de 2025
Cuando debí acudir, sólo supe dudar;
Cuando debí llamar, callé.
Demasiado tiempo persistí en mi camino, solitaria;
Nunca imaginé que fueras a morir.
Nunca preví que fuera a secarse la fuente
Donde uno se refresca y se baña,
Ni supe que existieran en el mundo
Misteriosas frutas que maduran al morir.
Obstinada, siempre busqué en la ruta del sol tu sombra;
Ahora el amor es una palabra, el tiempo un número
Y mis penas chocan contra los ángulos de una tumba.
La muerte, menos indecisa, supo cómo acercarse a ti;
Si ahora piensas en nosotras, tu corazón debe
compadecernos.
Uno se ciega cuando muere una antorcha.
Marguerite Yourcenar
Ateo es una palabra de origen griego. El primer ateo del que la historia nos proporciona noticias fue Anaxágoras de Clazomene (activo c. 480-450 a. C.), quien por su libertad de pensamiento fue acusado de ateísmo, procesado y condenado.[2326] No obstante, Sócrates nos dice que los libros de Anaxágoras podían conseguirse fácilmente en Atenas y que cualquiera podía comprarlos por un dracma, en otras palabras, no se lo consideraba ningún maniático.[2327] También fue acusado de ateísmo el poeta Diágoras de Melos, quien había llegado a la conclusión de que Dios no podía existir si tantos actos de injusticia quedaban impunes.[2328] (Se nos informa además de que Diágoras destruyó una estatua de Hércules y la usó como leña, animando con insolencia al dios a realizar su decimotercer trabajo: cocinar nabos). En las obras de Eurípides encontramos a más de un personaje que niega a los dioses e insiste en que no puede haber verdad en los «miserables cuentos de los poetas».[2329] En la antigua Roma, el librepensamiento era menor que en Atenas. No hay referencias a temas religiosos en la correspondencia privada de Cicerón y los personajes del Satiricón de Petronio se complacen en ridiculizar a los sacerdores que celebran misterios que en realidad no comprenden.[2330] Pero esto es más una muestra de escepticismo que de ateísmo en sentido estricto.
Peter Watson
La frase "Todos los pecados tienden a ser adictivos y el punto de la adicción es la condenación" presenta una visión sombría y moralista de la naturaleza del pecado y la adicción. Analicémosla por partes:
Pero de vez en cuando pasan cosas extrañas, De vez en cuando los sueños se cumplen, Y el patrón de la vida al completo se ve alterado, De vez en cuando la Luna se hace Azul.
jueves, 27 de marzo de 2025
La desilusión se tiene por un mal; prejuicio infundado. ¿Cómo podríamos descubrir, si no a través de la desilusión, qué era lo que esperábamos y deseábamos? ¿Y en qué radica el conocerse a uno mismo, sino en este descubrimiento? ¿Cómo podríamos, sin la desilusión, comprendernos a nosotros mismos? No deberíamos soportar las desilusiones con un suspiro de resignación, como si la vida fuera mejor sin ellas, deberíamos buscarlas, detectarlas, coleccionarlas. ¿Por qué me desilusiona que el jugador de ajedrez que veneraba en mi juventud muestre ahora todos los signos de la vejez y la decadencia? ¿Qué es lo que aprendo de la desilusión de saber qué poco vale el éxito? Hay quienes necesitan toda una vida para admitir que los padres lo han desilusionado. ¿Qué es, entonces, lo que esperaban de ellos? Los seres que deben vivir toda su vida atormentados por dolores se desilusionan a menudo del comportamiento de los otros, aun de aquellos que no los abandonan y les administran los medicamentos. Lo que hacen y dicen les parece demasiado poco; también demasiado poco lo que sienten. ¿Qué esperaban, entonces?, les pregunto. No pueden describirlo y los deja consternados saber que, por años, han llevado consigo una expectativa que podía convertirse en una desilusión y que ellos mismos no la conocían. Quien en verdad desea saber quién es debe ser un coleccionista incansable, fanático, de desilusiones y la búsqueda de experiencias desilusionantes debe ser para él como una obsesión, la obsesión determinante de su vida, porque ella le haría ver que la desilusión no es un veneno asfixiante y destructivo, sino un bálsamo fresco y tranquilizador que nos abre los ojos sobre nuestro verdadero ser. Y no debería tratarse sólo de desilusiones que afectan a los otros o a las circunstancias: cuando descubrimos la desilusión como camino del autoconocimiento, deseamos con avidez saber cuánto nos desilusionamos a nosotros mismos, por ejemplo, por nuestra falta de valor o de sinceridad, o por los límites terriblemente estrechos del propio sentir, hacer y decir. ¿Qué era entonces lo que esperábamos de nosotros mismos? ¿No tener límites, ser totalmente distintos de lo que somos? Alguno podría tener la esperanza de que, disminuyendo las expectativas, podría volverse más realista, reducirse a un núcleo duro y confiable y estar a salvo del dolor de la desilusión. ¿Pero cómo sería llevar una vida que prohibiera toda expectativa ambiciosa; una vida en la que sólo hubiera expectativas banales, como que venga el ómnibus?
Pascal Mercier
miércoles, 26 de marzo de 2025
Parménides vendría a ser conocido como sofista. Para empezar, este término significa básicamente hombre sabio (sophos) o amante de la sabiduría (philo-sophos), sin embargo el término moderno, filósofo, oculta el carácter práctico de los sofistas en la Grecia antigua. Como señala el estudioso de los clásicos Michael Grant, los sofistas fueron la primera forma de educación superior (en el mundo occidental al menos) al convertirse en maestros que viajaban de un lado a otro impartiendo clases a cambio de unos honorarios. Las materias que enseñaban eran muy variadas, y abarcaban la retórica (de tal forma que sus discípulos pudieran expresarse en las discusiones políticas de la asamblea, una cualidad especialmente admirada en Grecia), la matemática, la lógica, la gramática, la política y la astronomía. Debido a que viajaban por todas partes y tenían muchos estudiantes diferentes en circunstancias también muy diferentes, los sofistas se volvieron expertos en defender puntos de vista distintos y ello hizo que, con el tiempo, la validez de su método fuera puesta en duda. Y su constante insistencia en la diferencia entre physis, la naturaleza, y nomos, las leyes griegas, no les ayudó precisamente. (Les interesaba hacer hincapié en esta distinción porque al contrario de las leyes de la naturaleza, que son por definición inflexibles, las leyes humanas podían ser modificadas por personas con la formación adecuada, esto es, los mismos estudiantes a los que enseñaban y de los cuales dependían sus ingresos). De esta forma, la sofistería, que había empezado siendo el amor de la sabiduría y el conocimiento, pasó a representar «un razonamiento astuto diseñado para poner malos argumentos bajo una buena luz»
martes, 25 de marzo de 2025
«En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “historia universal”: pero, a fin de cuentas, solo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía;
cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana.
No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero, si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo».
El hombre es un animal inteligente que se sobrevalora a sí mismo de forma total y completa. Su razón, lejos de orientarse hacia la verdad, se orienta hacia las pequeñas cosas de la vida. Este texto, poético como pocos en toda la historia de la filosofía y, quizá, el inicio más bello de un libro filosófico, fue escrito en 1873 con el título de Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Su autor, Friedrich Nietzsche, contaba a la sazón veintinueve años y era profesor de filología antigua de la Universidad de Basilea.
David Pretch
William Tyndale era un humanista inglés y, al igual que muchos de sus colegas, había acogido con agrado el ascenso de Enrique VIII al trono.[2104] Y cuando el monarca invitó a Erasmo, que entonces se encontraba en Roma, a establecerse en Inglaterra, los humanistas londinenses se animaron aún más. Por desgracia, sus expectativas se vieron defraudadas, y una vez Erasmo llegó a Inglaterra, Enrique perdió todo interés en él y, al menos en un primer momento, pareció más católico que nunca. En la Inglaterra de Enrique no se tenía mucha compasión con los herejes.
En este contexto (de tensión, a ojos de los humanistas) William Tyndale decidió emprender la traducción de la Biblia al inglés. La idea se le había ocurrido por primera vez cuando aún era un estudiante (se formó en Oxford y Cambridge) y tan pronto se ordenó, en 1521, inició su trabajo. «Si Dios me lo permite», dijo a un amigo, «conseguiré un día que el chico que guía el arado conozca mejor las Escrituras que tú».[2105] Dado que hoy la traducción nos parece un asunto inofensivo, quizá nos resulte difícil comprender la trascendencia de lo que Tyndale se proponía hacer, por lo que es importante tener en cuenta un hecho clave: la Iglesia no quería que la lectura del Nuevo Testamento se generalizara. De hecho, el Vaticano se oponía a ello de forma decidida: el acceso a la Biblia estaba reservado al clero, que se hallaba en condiciones de interpretar el mensaje de una forma favorable a los intereses de Roma.[2106] En tales circunstancias, la traducción del Nuevo Testamento a una lengua vernácula se consideraba algo potencialmente peligroso.
Tyndale se topó con una primera pista de los problemas que se avecinaban cuando no consiguió encontrar un impresor dispuesto a poner en letra de molde su manuscrito. Obligado a buscar quien lo hiciera al otro lado del Canal, encontró en un primer momento un editor en Colonia (una ciudad católica); sin embargo, a última hora, cuando el texto de Tyndale ya había sido armado, la noticia llegó a oídos del deán local que se dirigió a las autoridades y consiguió impedir su publicación. Tras descubrir que su propia vida estaba en peligro, Tyndale huyó de la ciudad. Los alemanes, entre tanto, contactaron con el cardenal Wosley en Inglaterra y éste alertó al rey. Enrique le declaró criminal fugitivo y apostó centinelas en todos los puertos ingleses con órdenes de capturarle si le veían.[2107] No obstante, Tyndale sentía verdadera pasión por la que consideraba era la obra de su vida y en 1525 encontró en la protestante Worms otro impresor interesado en publicarla: Peter Schöffer. Seis mil copias del libro, una tirada enorme para la época, se enviaron a Inglaterra. Tyndale, por su parte, era aún un hombre señalado y no se atrevió a establecerse en ningún lugar durante unos cuantos años. Sólo hacia 1529 decidió que era seguro fijar su residencia en Amberes. Fue un error. Su presencia en la ciudad fue advertida por los británicos y, por insistencia del rey Enrique, se le encarceló durante más de un año en el castillo de Vilvorde, cerca de Bruselas. Finalmente, se le juzgó por herejía, se le condenó y se le dio garrote en una ejecución pública. Por último, sus restos fueron quemados en la hoguera para evitar que se convirtiera en mártir.[2108]Con todo, la Biblia de Tyndale sobrevivió. Y aunque Tomás Moro la descalificó por considerarla errada y engañosa, era una buena versión inglesa y sirvió de base para la edición del rey Jacobo de 1611. Tanta popularidad alcanzó el volumen en su momento que las copias que ingresaron clandestinamente a Inglaterra pasaron de mano en mano, y en lo profundo de la campiña inglesa los nobles protestantes llegaron a prestar las suyas «como si se tratara de bibliotecas públicas». La jerarquía católica inglesa hizo cuanto pudo por erradicar esta práctica y, por ejemplo, el obispo de Londres compró cuanta copia encontró para quemarla en la catedral de San Pablo.[2109]
Peter Watson
lunes, 24 de marzo de 2025
Sabemos que en el antiguo Egipto «abundaban» los doctores, aunque en aquellos tiempos ser médico era fundamentalmente una ocupación teórica (el término técnico era iatrosofista). Esto quiere decir que los médicos tenían muchas teorías sobre cuáles eran las causas de las enfermedades y qué tratamientos eran los más efectivos, pero no realizaban ningún experimento para someter a prueba estas teorías. Era una idea que hasta el momento no se le había ocurrido a nadie. Sin embargo, parece que en Alejandría, al iniciar el siglo III a. C., se permitió que, al menos, dos médicos, Herófilo y Erasístrato, realizaran autopsias a los cuerpos de los criminales, suministrados «de la prisión por el rey». La noticia de los experimentos conmocionó a muchos ciudadanos, pero las disecciones condujeron a tantísimos descubrimientos que «la lengua griega simplemente era incapaz de darle nombre a todos».[809] Ambos deben muchísimo a Aristóteles, el hombre que, junto a los estoicos, había conseguido la secularización del cuerpo, la idea de que las «cosas» son «moralmente indiferentes».[810]Herófilo realizó dos avances. El primero fue establecer, en un contexto médico, la cultura de lo pequeño, una valoración de las estructuras más pequeñas del cuerpo. Descubrió la existencia de los nervios, y distinguió con acierto entre nervios motores y sensores, de los ventrículos del cerebro, de la córnea y la retina en el ojo; hizo la primera descripción precisa del hígado, la primera investigación del páncreas, de los ovarios, de las trompas de Falopio y de la matriz, y en el proceso desmitificó el útero y la idea de que en las histéricas éste, de algún modo, se había movido.[811] Su segundo logro fue la matematización del cuerpo, al advertir que había etapas en el desarrollo del embrión, que ciertos malestares eran periódicos (como las fiebres) y proponer una teoría cuantitativa del pulso. Éste, sostenía, variaba según las etapas de la vida, cada una de las cuales tenía su propia «música» o ritmo característico. En primer lugar estaba el pulso pírrico de la infancia (UU), luego el pulso trocaico de la adolescencia (—U), a continuación el espondaico de la madurez (- -) y por último el ritmo yámbico de la vejez (U—). Diseñó una clepsidra portátil para medir el pulso de sus pacientes.[812] Además advirtió cierta geometría de las heridas: las heridas redondas cicatrizan más lentamente que las otras.
“Las lágrimas, mientras caían, se bañaban en la luz de la luna y brillaban hermosas como un cristal. Y he visto que mi sombra también derramaba lágrimas. Incluso se veía, nítida, la sombra de las lágrimas. Señor “pájaro-que-da-cuerda”. ¿has visto alguna vez la sombra de una lágrima? La sombra de las lágrimas no es una sombra cualquiera. Es muy distinta. Viene de un mundo lejano especialmente para nuestros corazones. O tal vez no. Quizá las lágrimas que derrama la sombra son las auténticas y las que derramo yo son sólo la sombra. Lo he pensado entonces.”
viernes, 21 de marzo de 2025
<Quienes tienen dominio sobre la palabra adecuada no ofenden a nadie. Y no obstante, dicen la verdad.
Sus palabras son claras pero nunca violentas… Nunca se dejan humillar, y nunca humillan a nadie.>>
El Buda
Esta frase atribuida a Buda contiene una reflexión que parece sencilla, pero que toca uno de los problemas más difíciles de la convivencia humana: ¿cómo decir la verdad sin convertirla en un instrumento para herir, dominar o humillar a los demás?
No se trata solamente de hablar bien. Se trata de alcanzar una forma de lucidez en la que la inteligencia no necesite maltratar a nadie para hacerse valer.
1. «Quienes tienen dominio sobre la palabra adecuada no ofenden a nadie. Y no obstante, dicen la verdad».
La primera parte establece una diferencia fundamental entre decir la verdad y utilizarla como arma.
Hay personas que creen que la sinceridad consiste en decir cualquier cosa que piensan, sin importar las consecuencias. Se justifican con expresiones como «yo siempre digo las cosas como son» o «si te ofendiste, es tu problema».
Pero ¿ser sincero significa estar obligado a ser cruel?
Podemos decirle a alguien que está equivocado sin tratarlo como un imbécil. Podemos señalar una injusticia sin convertir nuestra indignación en un espectáculo de superioridad moral. Podemos cuestionar las ideas de una persona sin negar su dignidad.
El dominio de la palabra consiste en comprender que la verdad no necesita de la crueldad para conservar su fuerza.
Sin embargo, conviene introducir un matiz: no toda verdad puede expresarse sin causar dolor. Denunciar una injusticia, señalar una traición o confrontar a alguien con las consecuencias de sus actos puede resultar profundamente incómodo. Y no siempre podremos evitar que el otro se sienta ofendido.
Por eso, la frase no debería interpretarse como una obligación de agradar a todo el mundo, sino como una invitación a examinar nuestras intenciones y nuestros medios.
La pregunta no es solamente si lo que decimos es verdad, sino también para qué lo decimos y cómo elegimos expresarlo.
Hay quien dice la verdad para ayudar a comprender y quien la dice para disfrutar de la humillación ajena. Las palabras pueden ser igualmente ciertas, pero el propósito es diferente.
2. «Sus palabras son claras pero nunca violentas…».
Aquí aparece una de las virtudes más difíciles de desarrollar: la claridad sin agresividad.
Con frecuencia confundimos la contundencia con la violencia verbal. Imaginamos que, para defender una posición, debemos levantar la voz, ridiculizar al adversario o encontrar aquella frase que lo deje sin respuesta.
Las discusiones se convierten entonces en pequeños combates donde importa menos comprender que vencer.
Pero existe otra manera de hablar: exponer los hechos, argumentar con precisión, señalar las contradicciones y permitir que las ideas se sostengan por su propio peso.
La claridad no necesita gritos, y la firmeza no necesita desprecio.
Esto tiene una consecuencia interesante: quien domina sus palabras no necesita demostrar constantemente que es más inteligente que los demás.
Puede explicar algo sin presumir de sus conocimientos. Puede reconocer que se ha equivocado sin sentir que pierde su valor. Puede escuchar una objeción sin interpretarla inmediatamente como una agresión.
Por supuesto, hablar con serenidad no garantiza tener razón. También existen personas que expresan disparates con una tranquilidad admirable. La calma no sustituye a los argumentos.
Lo importante es unir la claridad con el pensamiento crítico y la firmeza con el respeto.
3. «Nunca se dejan humillar, y nunca humillan a nadie».
esta es la parte más profunda de la frase.
Porque introduce una distinción que solemos pasar por alto: respetar a los demás no significa renunciar al respeto por uno mismo.
Hay personas que confunden la bondad con la sumisión. Creen que ser pacífico significa tolerar insultos, aceptar injusticias o guardar silencio cuando alguien intenta rebajarlas.
Pero no humillar a nadie no significa permitir que cualquiera nos humille.
Es posible establecer límites sin convertirlos en una venganza. Podemos rechazar un trato indigno, exigir una explicación o alejarnos de una persona sin necesidad de destruirla verbalmente.
La dignidad no consiste en devolver cada golpe, sino en impedir que la conducta del otro determine la nuestra.
Imagina una discusión en la que alguien intenta provocarte, te insulta y espera que respondas con la misma violencia. Si aceptas el juego, esa persona ha conseguido establecer las reglas de la conversación.
En cambio, puedes responder con firmeza, señalar que no aceptarás ese trato y continuar defendiendo tu posición.
Eso no garantiza que el otro cambie. Tampoco significa que siempre podamos mantener la serenidad, porque somos seres humanos y tenemos emociones. Pero sí señala una aspiración: no convertirnos en aquello que rechazamos en los demás.
Ahora bien, tampoco debemos romantizar la pasividad. Ante una agresión o una injusticia, puede ser necesario denunciar, confrontar, defenderse e incluso recurrir a la autoridad. La no humillación no exige tolerar el abuso.
Una cosa es negarse a degradar a otra persona y otra muy distinta renunciar a defenderse.
4. La palabra como expresión de poder
Aquí podemos llevar la reflexión un poco más lejos.
Las palabras no solamente comunican ideas: también establecen relaciones de poder.
Un jefe puede utilizar su posición para hacer sentir insignificante a un trabajador. Un político puede ridiculizar a sus adversarios para evitar responder a sus argumentos. Una persona con mayor preparación académica puede emplear su vocabulario para hacer sentir ignorante a quien no tuvo las mismas oportunidades educativas.
En todos esos casos, el lenguaje deja de ser un medio para comprender la realidad y se convierte en una herramienta de dominación.
Y esto nos obliga a distinguir entre dos cosas:
Tener razón: sostener una afirmación que puede justificarse mediante hechos y argumentos.
Hacer sentir inferior al otro: utilizar la conversación para establecer una jerarquía entre quien habla y quien escucha.
Lo segundo no demuestra lo primero.
De hecho, cuando alguien necesita humillar constantemente a los demás para defender sus ideas, cabe preguntarse si está defendiendo una verdad o protegiendo su propia imagen.
Esto también se aplica a la crítica política. Podemos denunciar la corrupción, la hipocresía de los gobernantes o la explotación económica sin caer en la deshumanización de quienes piensan diferente.
Eso no significa suavizar las responsabilidades ni evitar las palabras incómodas. Significa dirigir la crítica hacia los actos, las decisiones, los argumentos y las estructuras que producen daño, en lugar de suponer que el insulto constituye por sí mismo una explicación.
Una crítica puede ser implacable con una injusticia sin ser gratuitamente cruel con las personas.
Y quizá esa sea una de las formas más útiles de entender esta enseñanza en la vida pública: no confundir la contundencia de una denuncia con la violencia de su expresión.
5. ¿Es posible decir la verdad sin ofender nunca?
Aquí conviene cuestionar la frase.
Tomada literalmente, parece exigir algo imposible: que nuestras palabras jamás ofendan a nadie.
Las personas tienen intereses, prejuicios, heridas y convicciones diferentes. Una verdad puede resultar ofensiva para quien necesita creer una mentira. Una denuncia puede incomodar a quien se beneficia de una injusticia. Una crítica legítima puede herir el orgullo de alguien que no tolera que cuestionen sus decisiones.
Por tanto, la ausencia de ofensa no puede ser el criterio definitivo para determinar si hablamos correctamente.
Si utilizáramos ese criterio, terminaríamos callando precisamente aquello que más necesita decirse.
El problema no es que alguien se sienta ofendido, sino examinar si nuestra intervención era necesaria, si estaba fundamentada y si la forma de expresarla era proporcional a lo que queríamos comunicar.
Podemos decir algo verdadero con la intención de ayudar y causar dolor. También podemos decir algo falso con una sonrisa y una voz extraordinariamente amable.
La cortesía no garantiza la honestidad, así como la rudeza no garantiza la sinceridad.
Por eso, el dominio de la palabra exige algo más que buenos modales: exige juicio.
Saber cuándo hablar, qué decir, cómo decirlo y cuándo guardar silencio. Y también saber cuándo el silencio deja de ser prudencia y se convierte en complicidad.
6. La verdadera fortaleza: no necesitar humillar
Hay una contradicción interesante en muchas relaciones humanas: algunas personas intentan demostrar su fortaleza haciendo que los demás se sientan débiles.
Necesitan tener la última palabra, ridiculizar al adversario o demostrar que nadie puede cuestionarlas sin recibir un castigo.
Pero esa conducta puede revelar una dependencia: necesitan que los demás ocupen una posición inferior para sentirse superiores.
La persona que ha desarrollado una mayor seguridad interior no necesariamente es más dócil. Puede ser extraordinariamente firme. Lo que cambia es que no necesita convertir cada desacuerdo en una lucha por su valor personal.
Puede decir «no estoy de acuerdo» sin declarar una guerra.
Puede admitir «no lo sé» sin sentirse derrotada.
Puede reconocer un acierto en su adversario sin creer que ha traicionado sus propias ideas.
Y puede defenderse sin confundir la dignidad con la venganza.
Esto no significa que quien responde con dureza sea necesariamente inseguro. A veces la indignación está justificada, y existen situaciones en las que una respuesta enérgica es necesaria. La cuestión es si nuestra respuesta sirve para enfrentar el problema o si simplemente busca satisfacer el deseo de herir.
La diferencia parece pequeña, pero cambia por completo el sentido de nuestras palabras.
7. Una última reflexión
Hay algo que parece especialmente valioso en esta enseñanza: reúne dos virtudes que a menudo se presentan como opuestas.
Por un lado, la compasión: no humillar, no degradar, no convertir al otro en un objeto de desprecio.
Por otro, la firmeza: no dejarse humillar, no renunciar a la verdad, no permitir que el respeto se convierta en sometimiento.
Una sin la otra puede conducirnos a extremos poco deseables.
La compasión sin firmeza puede transformarse en tolerancia del abuso. La firmeza sin compasión puede degenerar en autoritarismo.
El desafío consiste en sostener ambas.
Y esto requiere algo más difícil que aprender frases ingeniosas: requiere conocernos. Reconocer cuándo nuestra indignación es legítima y cuándo está alimentada por el orgullo; cuándo queremos corregir un error y cuándo solamente queremos exhibir la ignorancia de alguien; cuándo defendemos nuestra dignidad y cuándo confundimos la dignidad con la necesidad de imponernos.
Quizá por eso el dominio de la palabra es también una forma de dominio sobre nosotros mismos.
No controlamos cómo reaccionarán los demás. No podemos garantizar que nuestras palabras nunca lastimen ni que la gente interprete honestamente nuestras intenciones. Pero podemos trabajar sobre aquello que sí depende de nosotros: la precisión de nuestros argumentos, la honestidad de nuestras intenciones y el respeto que mantenemos incluso cuando estamos en desacuerdo.
La verdadera maestría no consiste en encontrar las palabras que dejan al otro sin respuesta, sino en encontrar las que permiten defender la verdad sin sacrificar nuestra propia humanidad.
Porque humillar a alguien puede hacernos ganar una discusión. Pero no necesariamente nos hace comprender mejor el mundo, tener mejores argumentos ni ser mejores seres humanos.
Y hay una pregunta que vale la pena conservar después de cada discusión importante:
¿Quería demostrar que tenía razón o quería que el otro comprendiera por qué la tenía?
A veces ambas cosas son posibles. Otras veces, al responder con honestidad, descubrimos que lo que más nos interesaba no era la verdad, sino la victoria.
Ese descubrimiento, aunque incómodo, también forma parte de aprender a pensar.
Cuando Aristóteles murió en el año 332 a. C., dejó una considerable biblioteca personal. Para ayudarse en sus estudios, había reunido tantos títulos que, citando a Estrabón el geógrafo, «fue el primero que reunió una colección de libros y quien enseñó a los reyes en Egipto cómo ordenar una biblioteca».[891] Más tarde, debido a los «avatares de las herencias», la biblioteca de Aristóteles terminó en manos de una familia que vivía en Pérgamo, que «tuvo que esconderla bajo tierra para impedir que fuera confiscada por el rey».[892] La familia vendió luego los libros a Apelicón, un bibliófilo que se los llevó a Atenas. Luego, en 86 a. C., el dictador romano Sila invadió Ática, saqueó Atenas y, tras la muerte de Apelicón, ocurrida poco tiempo después, se apoderó de los libros y los envió a Roma. Sila sabía lo que estaba haciendo: la biblioteca incluía obras de Aristóteles y de Teofrasto, su sucesor, que no era posible encontrar en ningún otro lugar. Los libros estaban en un estado terrible, empapados debido a la humedad y comidos por los gusanos, pero en todo caso era posible leerlos, copiarlos y, de esta forma, preservarlos.[893]La reverencia que Roma sentía por el estilo de vida griego, por su pensamiento y sus logros artísticos, constituyó una de las ideas dominantes de la larga era que abarcó su imperio. Cuando hoy en día hablamos de «los clásicos», nos referimos, la mayoría de las veces, a la literatura de Grecia y Roma. Sin embargo, fueron los romanos los que inventaron la noción misma de los clásicos, la idea de que es importante conservar y aprovechar lo mejor que ha sido pensado y escrito en el pasado. Esta afinidad, no obstante, no debe hacernos pasar por alto la verdadera diferencia entre griegos y romanos en el ámbito de las ideas. Mientras los griegos se interesaron por las ideas en sí mismas casi de forma ociosa e indagaron la relación entre el hombre y los dioses, los romanos estaban mucho más preocupados por las relaciones entre el hombre y el hombre y en la utilitas, la utilidad de las ideas, el poder que otorgan a las cosas. Como señaló Matthew Arnold, «la fuerza de los clásicos latinos reside en su carácter, la de los griegos en su belleza»
Peter Watson
jueves, 20 de marzo de 2025
"Ya no me peleo con nadie, no hay nadie que me pueda sacar de quicio. Mi locura es incurable; estaré loco el resto de la eternidad, la muerte ya no tiene nada que ver conmigo porque, aunque parezca que soy de este mundo, de hecho, estoy muerto desde hace tiempo...
miércoles, 19 de marzo de 2025
La frase encierra una verdad profunda sobre la relación entre imaginación, empatía y coexistencia. Alude a la idea de que la falta de imaginación no es solo una carencia estética o intelectual, sino una amenaza existencial para los otros mundos —culturas, formas de vida, maneras de pensar— que coexisten con el nuestro.
“Destruimos al otro mundo”: Aquí, el otro mundo puede entenderse como lo diferente, lo alternativo, lo ajeno. Puede referirse a otras culturas, pueblos, identidades, o incluso futuros posibles. Al hablar de destrucción, la frase implica una violencia, no necesariamente física, pero sí simbólica, cultural o ideológica.
“cuando somos incapaces de imaginarlo”: Este fragmento apunta al origen de esa destrucción: la incapacidad de imaginar. Si no podemos imaginar al otro, entender su lógica, su sentir, su existencia, lo reducimos, lo negamos, lo borramos.
Me costó mucho aprender a leer. No me parecía lógico que la letra m se llamara eme , y sin embargo con la vocal siguiente no se dijera emea sino ma . Me era imposible leer así. Por fin, cuando llegué al Montessori la maestra no me enseñó los nombres sino los sonidos de las consonantes. Así pude leer el primer libro que encontré en un arcón polvoriento del depósito de la casa. Estaba descosido e incompleto, pero me absorbió de un modo tan intenso que el novio de Sara soltó al pasar una premonición aterradora: ‹iCarajo!, este niño va a ser escritor».
«Mientras Pedro y Pablo habían vivido en la pobreza, los papas de los siglos XV y XVI vivían como emperadores romanos». Según un cálculo realizado por el parlamento, en 1502 la Iglesia católica poseía el 75 por 100 de todo el dinero que había en Francia.[2052] Veinte años después, en Alemania, la dieta de Nuremberg calculó que la Iglesia acumulaba el 50 por 100 de toda la riqueza del país. Semejante fortuna conllevaba ciertos «privilegios». En Inglaterra, los sacerdotes acostumbraban hacer proposiciones a las mujeres que entraban en el confesionario, a las que ofrecían la absolución a cambio de sexo.[2053] William Manchester menciona una estadística según la cual en Norfolk, Ripton y Lambeth, el 23 por 100 de los hombres acusados de delitos sexuales contra mujeres eran clérigos, pese a que éstos constituían menos del 2 por 100 de la población. Al abad de San Albano se le acusó de «simonía, usura y malversación y de vivir públicamente y de manera constante en compañía de prostitutas y amantes dentro del recinto del monasterio». La forma de corrupción más difundida era la venta de indulgencias. Existía entonces una clase especial de funcionarios eclesiásticos, los quaestiarii o perdonadores, a los que el papa había autorizado a distribuir indulgencias. Ya en 1450, Thomas Gascoigne, canciller de la Universidad de Oxford, comentaba que «en la actualidad los pecadores dicen: “No me importa cuántas maldades cometo a los ojos de Dios, pues puedo fácilmente obtener una remisión plenaria de todas mis culpas y penas a través de la absolución e indulgencia que me concede el papa, concesión por escrito que puedo comprar por cuatro o seis peniques”». Estaba exagerando: según otros testimonios era posible comprar indulgencias a dos peniques o, en ocasiones, cambiarlas «por un trago de vino o de cerveza… o incluso por los servicios de una prostituta o por amor carnal». John Colet, deán de la catedral de San Pablo a principios del siglo XVI, no fue el único que se quejó de que la conducta de los quaestiarii, y de la jerarquía que los respaldaba, había deformado la Iglesia, que se había convertido en una mera «máquina de hacer dinero».[2054]El punto de inflexión se alcanzó en 1476, cuando el papa Sixto IV declaró que las indulgencias también podían concederse «a las almas que sufrían en el purgatorio». Este «fraude celestial», como lo califica William Manchester, tuvo éxito de inmediato: con tal de socorrer a sus parientes ya muertos, los campesinos eran capaces de hacer pasar hambre a sus familias.[2055] Entre los que aprovecharon la situación con verdadero cinismo se encontraba Juan Tetzel, un fraile dominico que creó su propio espectáculo ambulante. «Viajaba de aldea en aldea con un cofre con herrajes metálicos, una bolsa de recibos impresos y una cruz enorme envuelta en la bandera papal. Las campanas de las iglesias repicaban para marcar su llegada a la ciudad… Instalado en la nave de la iglesia loca, Tetzel empezaba a anunciarse proclamando: “Tengo aquí los pasaportes… que conducen a las almas de los hombres a la dicha del paraíso celestial”. El precio era una ganga, insistía, especialmente teniendo en cuenta las alternativas; y apelaba a la conciencia de quienes le escuchaban para que no dejaran de ayudar a los parientes que se habían ido a la tumba sin confesarse: “Tan pronto la moneda suene en el cofre, el alma por la que fue pagada saldrá volando del purgatorio e irá directa al cielo”».[2056] En su peor momento, Tetzel escribió cartas en las que se prometía a los crédulos compradores que incluso los pecados que tenían la intención de cometer les serían perdonados.
Había ido demasiado lejos. La historia tradicional sostiene que las extravagancias y exageraciones de Tetzel provocaron la indignación de un sacerdote que, además, era profesor de filosofía en Wittenberg, al norte de Leipzig, en Alemania: Martín Lutero. Sin embargo, Diarmaid MacCulloch, profesor de historia de la Iglesia en la Universidad de Oxford, ha llamado la atención recientemente sobre varios otros procesos dentro del catolicismo que crearon el marco para las acciones de Lutero.
Peter Watson
martes, 18 de marzo de 2025
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