Quizá la vida no se parece tanto a una película que estamos viendo como a una película que estamos editando sin saberlo. Cada día producimos escenas que algún día podrían convertirse en recuerdos de alguien.
La frase tiene una idea muy poderosa: la vida no consiste solamente en experimentar acontecimientos, sino en producir el material con el que después construiremos nuestra propia memoria y la memoria de otros.
Hay varias capas interesantes:
1. No estamos viendo la película: estamos filmándola
Cuando pensamos en nuestra vida solemos imaginarla como una película que se proyecta delante de nosotros: esto está pasando, luego pasará aquello, y después veremos qué ocurre.
Pero la metáfora de la edición cambia completamente la perspectiva.
No existe un editor externo que sepa qué escenas serán importantes. Nosotros vivimos sin conocer el argumento. Una conversación aparentemente trivial puede convertirse años después en una de las escenas más queridas de nuestra vida. Una tarde cualquiera puede adquirir una importancia que jamás sospechamos.
Y eso tiene algo de cruel y de hermoso: no sabemos qué estamos viviendo mientras lo estamos viviendo.
2. El editor del futuro no somos exactamente nosotros
Aquí está quizá lo más profundo.
Cuando recordamos, no reproducimos la película original. La editamos.
Elegimos —consciente o inconscientemente— ciertas imágenes, ciertos rostros, determinados olores, una canción, una casa, una frase que alguien dijo hace treinta años.
La memoria no funciona como una cámara de seguridad. Se parece mucho más a un montador cinematográfico.
Por eso una vida puede estar llena de acontecimientos enormes y, sin embargo, terminar siendo recordada mediante cosas diminutas:
una mano sobre el hombro,
una comida familiar,
el sonido de una puerta,
una tarde de lluvia,
alguien riéndose en otra habitación.
Los grandes acontecimientos tienen titulares. Los pequeños acontecimientos tienen textura.
3. Y aparece una idea todavía más conmovedora: vivimos en la memoria de otros
La última parte —“algún día podrían convertirse en recuerdos de alguien”— desplaza la metáfora del individuo hacia los demás.
No solamente estamos construyendo nuestra autobiografía.
También estamos apareciendo como personajes secundarios en las películas de otras personas.
Quizá para nosotros una conversación fue olvidable. Para otra persona pudo haber sido el día en que alguien la hizo sentirse comprendida.
Quizá no recordamos haber acompañado a alguien durante una tarde difícil. Esa persona puede recordar aquella tarde durante toda su vida.
Y esto introduce una responsabilidad muy peculiar: nunca sabemos qué escena nuestra ocupará un lugar importante en la película de alguien más.
4. La paradoja temporal
Hay además una paradoja preciosa:
vivimos hacia adelante, pero comprendemos hacia atrás.
Cuando estamos dentro de una escena no sabemos qué significa. Su significado aparece después.
Una despedida puede parecer una despedida ordinaria y años más tarde convertirse en la última vez que...
Una fotografía tomada sin importancia puede convertirse en un objeto casi sagrado porque contiene a alguien que ya no está.
Una casa que nos parecía aburrida puede convertirse, décadas después, en uno de los lugares más luminosos de nuestra memoria.
El presente, entonces, no conoce todavía su propio significado.
5. Y conecta muy bien con Yo, él y Raquel
La escena —la película construida con imágenes de una vida— funciona precisamente porque convierte la memoria en montaje.
Al final quizá la vida no queda almacenada como una narración completa. Queda como una colección de fragmentos iluminados.
Y quizá por eso las cosas pequeñas terminan siendo los grandes acontecimientos.
No recordamos necesariamente “mi infancia”. Recordamos una bicicleta, una ventana, una voz llamándonos desde otra habitación, el sabor de algo, una tarde determinada.
La vida entera puede terminar comprimida en unos cuantos fotogramas.
Y hay algo casi poético en pensar que mientras creemos estar simplemente pasando el día, estamos creando las imágenes con las que algún día alguien —incluidos nosotros mismos— intentará reconstruir quiénes fuimos.
La frase podría resumirse así:
No vivimos sabiendo cuáles son las escenas importantes. Las vivimos todas; el tiempo se encarga de revelarnos cuáles lo eran.
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