Escribí porque me dieron instrucciones de escribir, y porque encontré un gran placer en el ejercicio.
Años más tarde, cuando yo mismo era profesor de escuela, iba a tener esta experiencia al revés, al sentarme en un aula silenciosa mientras los alumnos se inclinaban sobre sus trabajos. Recuerdo un poema de D.H. Lawrence del que citaré algunas líneas:
Lo mejor de la escuela
La clase de escritura de la que hablaba y que recuerda este poema no estaba escribiendo como llegaría a parecer más tarde. No fue impulsado, dirigido, trabajado, reorganizado interminablemente. En estos esfuerzos juveniles escribí en línea recta, por así decirlo, sin mucha vacilación o corrección, con mucha inocencia. También leo dejándome abandonar, igualmente sin ninguna dirección, sin saber en ese momento qué tan cerca de conectadas estaban estas actividades. (…)
La escritura y la lectura que vinieron después se compararon ordenadamente con el azar de la experiencia de la juventud, pero nunca dejaron de ser un placer y casi nunca fue dificil. Sin embargo, gradualmente se convirtió en un tipo de placer diferente. No me di cuenta de esto completamente hasta que me fui a vivir a Inglaterra. Estaba allí, con mi nostalgia y en medio de la angustia de la vida para un extraño cuando comencé a reflexionar sobre tantas cosas que no había considerado antes. Fue fuera de ese período, ese período prolongado de pobreza y alienación, que comencé a hacer un tipo diferente de escritura. Me quedó más claro que había algo que necesitaba decir, que había una tarea por hacer, lamentos y quejas para ser extraídos y considerados.
No hay comentarios:
Publicar un comentario