"Lo más triste de la vida en este momento es que la ciencia acumula conocimiento más rápido que la sociedad sabiduría".
~Isaac Asimov.
La frase atribuida a Isaac Asimov apunta a una paradoja bastante incómoda de la modernidad: podemos saber muchísimo más sin necesariamente convertirnos en personas o sociedades más sensatas.
1. Conocimiento y sabiduría no son lo mismo
La ciencia responde, sobre todo, a preguntas como:
¿Qué es esto? ¿Cómo funciona? ¿Qué podemos hacer con ello?
La sabiduría plantea otra clase de preguntas:
¿Deberíamos hacerlo? ¿Para qué? ¿Qué consecuencias tendrá? ¿Quién saldrá perjudicado?
Podemos descubrir cómo fabricar una bomba nuclear mucho antes de haber aprendido a convivir pacíficamente con nuestros vecinos. Podemos desarrollar algoritmos capaces de manipular millones de personas sin haber desarrollado una cultura política suficientemente madura para resistir la manipulación.
Ahí está el problema.
La ciencia aumenta nuestro poder; la sabiduría debería aumentar nuestra capacidad para usarlo responsablemente.
Y ambas cosas no avanzan necesariamente al mismo ritmo.
2. La tecnología amplifica nuestras virtudes… y nuestros defectos
Un ser humano impulsivo con un palo puede hacer daño a unas cuantas personas.
El mismo ser humano impulsivo con un ejército puede hacer muchísimo más.
Y con armas nucleares, inteligencia artificial, biotecnología o sistemas financieros globales, la diferencia entre tener poder y saber ejercerlo se vuelve gigantesca.
La tecnología no nos pregunta si somos moralmente maduros.
Simplemente nos entrega herramientas cada vez más poderosas.
Por eso la frase de Asimov tiene una dimensión política enorme. Una sociedad puede tener universidades extraordinarias, satélites, computadoras cuánticas y medicina avanzada… y simultáneamente ser presa de tribalismos, conspiraciones, fanatismos, racismo, nacionalismos o líderes que convierten la mentira en instrumento político.
3. El siglo XXI tiene una paradoja especialmente cruel
Nunca habíamos tenido acceso a tanta información.
Pero información no equivale a conocimiento, y conocimiento no equivale a sabiduría.
Un teléfono puede darnos acceso en segundos a bibliotecas enteras. Pero también puede convertir una mentira emocionalmente atractiva en un fenómeno mundial.
Antes, un idiota necesitaba un periódico para publicar su idiotez.
Ahora puede tener millones de seguidores.
Y aquí aparece algo profundamente asimoviano: el progreso tecnológico puede ser extraordinariamente rápido mientras el progreso cultural y moral permanece lento.
El Homo sapiens puede fabricar un telescopio capaz de observar galaxias a miles de millones de años luz y, cinco minutos después, pelear con su vecino porque votó por otro partido.
4. La ciencia tampoco tiene la culpa
Hay que tener cuidado con interpretar la frase como una crítica a la ciencia.
La ciencia no está obligada a proporcionarnos sabiduría moral. Su función es producir conocimiento verificable sobre la realidad.
El problema aparece cuando confundimos:
“Podemos hacerlo”
con
“Debemos hacerlo”.
Esa segunda pregunta pertenece a la ética, la filosofía, la política y la deliberación social.
El descubrimiento de que podemos modificar genéticamente un organismo no responde por sí mismo a cuándo deberíamos hacerlo.
La existencia de inteligencia artificial capaz de manipular información no determina cómo debería utilizarse.
El hecho de que podamos desarrollar armas cada vez más destructivas no significa que sea sensato hacerlo.
La ciencia puede construir el automóvil.
La sabiduría tiene que decidir hacia dónde conducirlo.
5. Y aquí aparece una de las grandes tragedias humanas
La evolución biológica necesitó millones de años para producir nuestro cerebro moderno.
La revolución agrícola ocurrió hace unos 10,000 años.
La revolución industrial apenas hace unos siglos.
Internet tiene unas cuantas décadas.
La inteligencia artificial avanzada está llegando en cuestión de años.
Es decir: nuestro poder tecnológico está acelerándose muchísimo más rápido que nuestra capacidad cultural para adaptarnos a él.
Seguimos teniendo cerebros moldeados por impulsos muy antiguos: miedo, tribalismo, deseo de estatus, necesidad de pertenencia, búsqueda de enemigos, gratificación inmediata.
Pero ahora esos impulsos tienen acceso a tecnologías capaces de amplificarlos a una escala planetaria.
La verdadera advertencia de Asimov
Por eso la frase puede leerse de una manera todavía más profunda:
El peligro no consiste en que sepamos demasiado. Consiste en que nuestro poder crezca más rápido que nuestra madurez.
Una humanidad ignorante con poco poder puede ser peligrosa localmente.
Una humanidad muy poderosa pero poco sabia puede convertirse en un problema planetario.
Y quizá esa sea una de las preguntas fundamentales de nuestra época:
¿Seremos capaces de convertir el conocimiento en sabiduría antes de que nuestro conocimiento nos otorgue un poder que nuestra sabiduría todavía no sabe manejar?
Porque descubrir cómo funciona el universo es una hazaña intelectual.
Aprender qué hacer con lo que descubrimos es una hazaña civilizatoria.
Y ahí, quizá, todavía tenemos bastante tarea pendiente.

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