domingo, 23 de agosto de 2026

 El individuo puede idear toda clase de objetivos personales, de fines, de esperanzas, de perspectivas, de los cuales saca un impulso para los grandes esfuerzos de su actividad; pero cuando lo impersonal que le rodea, cuando la época misma, a pesar de su agitación, está falta de objetivos y de esperanzas, cuando a la pregunta planteada, consciente o inconscientemente, pero al fin planteada de alguna manera, sobre el sentido supremo más allá de lo personal y de lo incondicionado, de todo esfuerzo y de toda actividad, se responde con el silencio del vacío, este estado de cosas paralizará justamente los esfuerzos de un carácter recto, y esta influencia, más allá del alma y de la moral, se extenderá hasta la parte física y orgánica del individuo. 

Para estar dispuesto a realizar un esfuerzo considerable que rebase la medida de lo que comúnmente se practica, sin que la época pueda dar una contestación satisfactoria a la pregunta «¿para qué?», es preciso un aislamiento y una pureza moral que son raros y una naturaleza heroica o de vitalidad particularmente robusta.

 Hans Castorp no poseía ni lo uno ni lo otro, no era, por lo tanto, más que un hombre; un hombre, en uno de sus sentidos más honrosos. 

Thomas Mann


Este pasaje de La montaña mágica es brutal porque describe una forma de agotamiento que no es simplemente individual, sino civilizatorio. No habla de alguien flojo o débil, sino de lo que ocurre cuando una época entera deja de ofrecer un “para qué”.

El centro del fragmento está aquí:

“cuando a la pregunta… sobre el sentido supremo… se responde con el silencio del vacío”

Eso es demoledor. Mann está diciendo que un ser humano puede soportar muchísimo sufrimiento, disciplina o esfuerzo… siempre que perciba un sentido. Pero cuando el entorno cultural entero pierde fe en cualquier finalidad superior —religiosa, moral, política, espiritual, histórica— aparece una especie de anemia del alma.

Y  no habla solamente de ideas abstractas. Dice que esa influencia llega “hasta la parte física y orgánica del individuo”. Es casi una intuición existencial y psicológica moderna: el vacío de sentido termina afectando el cuerpo, la energía, la voluntad, incluso la vitalidad biológica. Muy cercano a lo que después desarrollarían autores como Viktor Frankl o incluso ciertas corrientes de la psicología existencial.

También hay algo muy importante: Mann no romantiza el heroísmo.

Dice que para sostener grandes esfuerzos cuando la época ya no cree en nada se necesita:

  • aislamiento,
  • pureza moral,
  • naturaleza heroica,
  • o una vitalidad excepcional.

Y luego concluye que Hans Castorp no tiene eso. Pero en vez de despreciarlo, dice:

“no era… más que un hombre; un hombre, en uno de sus sentidos más honrosos.”

Ahí está la grandeza del fragmento. No condena la fragilidad humana. Reconoce que la mayoría de las personas necesitan que el mundo tenga algún horizonte compartido de significado para poder vivir con impulso auténtico. No todos pueden convertirse en héroes metafísicos luchando solos contra el vacío.

El texto además captura muy bien una sensación muy moderna: la de vivir en una sociedad hiperactiva pero espiritualmente desorientada. Mucha agitación, productividad, ruido, información… pero poca respuesta a preguntas fundamentales:

  • ¿Para qué vivir?
  • ¿Para qué esforzarse?
  • ¿Qué justifica el sufrimiento?
  • ¿Hacia dónde va la civilización?

Y cuando esas preguntas quedan suspendidas, aparece lo que el pasaje describe: una parálisis elegante, funcional incluso, pero profunda.

Por eso Thomas Mann era tan extraordinario. No analizaba solamente individuos; analizaba épocas enteras enfermas a través de individuos concretos.

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