viernes, 14 de agosto de 2026

 En 2009, el British Museum de Londres celebró una exposición titulada «Moctezuma: Aztec Ruler» [Moctezuma: jefe azteca] que no sentó nada bien en algunos sectores. Sus detractores se molestaron porque se cambió el nombre de Montezuma por el de Moctezuma, pues el primero se había «utilizado satisfactoriamente» durante 500 años. Pero aparte de eso, dichos detractores consideraban que la artesanía azteca era de baja calidad, más o menos como un trasto que uno pueda encontrar en Portobello de arte de The Evening Standard opinaba que, en comparación con los logros de Donatello y Ghiberti (esto es, artistas europeos contemporáneos en líneas generales), el material azteca «era bastante pobre», que no había «arte» en el «barbarismo del mundo azteca» y que muchas de las máscaras eran «de lo más espantosas», grotescos fetiches de una cultura cruel. The Mail on Sunday se mostraba igual de directo. En un artículo titulado «Objetos del British Museum: tan malvados como las pantallas de lámpara nazis hechas de piel humana», Philip Hensher, un periodista que figura entre las cien personas más influyentes de Gran Bretaña, escribía: «Al margen de la fealdad moral y estética de los aztecas, este crítico ha llegado a la conclusión de que es difícil imaginar una exposición museística que transmita una sensación tan abrumadora de vileza humana como esta». 

Peter Watson   


Hay algo enternecedor en los imperios viejos: envejecen, pierden colonias, cambian los mapas, pero jamás pierden la costumbre de dar lecciones de civilización. Es como un pirómano jubilado dando conferencias sobre prevención de incendios.

Imaginen la escena. El British Museum organiza una exposición sobre Moctezuma y alguien dice: “Oigan, quizá deberíamos llamarlo Moctezuma y no Montezuma, porque ese era más o menos su nombre”. Y de inmediato aparecen unos señores indignados: “¡Pero Montezuma se ha usado durante quinientos años!”.

Quinientos años. Qué argumento tan conmovedor. También se usó durante siglos la sangría medicinal, la esclavitud y la idea de que las mujeres no debían votar. Pero al parecer el tiempo convierte cualquier error en patrimonio cultural.

Lo fascinante es la lógica. Si Europa pronuncia mal un nombre durante medio milenio, el error adquiere derechos adquiridos. Imaginen aplicar esa regla a todo. “Sí, sabemos que se llama Beijing, pero yo llevo cincuenta años diciendo Pekín y no pienso hacer gimnasia lingüística a mi edad”.

Luego viene la parte artística. Los críticos comparan las piezas mexicas con Donatello y Ghiberti. Claro. Porque cuando uno entra a una exposición azteca lo primero que piensa es: “Esto sería mejor si tuviera perspectiva florentina y un querubín renacentista en una esquina”.

Es una comparación maravillosa. Es como ir a un restaurante japonés y quejarse de que el sushi no sabe a lasaña. “Francamente, este sashimi es inferior a la cocina de mi abuela italiana”. Sí, campeón, porque pertenece a otra cultura. Ese es el detalle que se les escapa entre tanto refinamiento.

Dicen que las máscaras eran “espantosas”. ¡Por supuesto! Eran máscaras rituales, no decoración para una sala de estar en Chelsea. No estaban diseñadas para combinar con el sofá gris ni con la lámpara minimalista. Su función era invocar dioses, fuerzas cósmicas, terror sagrado. Pero el crítico las mira como quien evalúa cojines en una tienda de muebles.

Y entonces llega el golpe maestro: “No había arte en el barbarismo azteca”. Ah, la palabra mágica: barbarismo. Europa la ha usado durante siglos para describir a cualquiera que no se pareciera a Europa. Los romanos llamaban bárbaros a los germanos; luego los europeos llamaron bárbaros a los indígenas; y sospecho que si encontraran extraterrestres también les preguntarían primero si conocen la perspectiva lineal.

Lo divertido es que esta gente habla de barbarie desde un museo lleno de objetos obtenidos durante la expansión imperial británica. El mismo imperio que conquistó medio planeta, explotó colonias, provocó hambrunas y trazó fronteras con regla y whisky ahora examina una máscara mexica y murmura: “Qué civilización tan violenta”.

Es como si un tiburón criticara a una piraña por agresiva.

Y no me malinterpreten: los mexicas practicaban sacrificios humanos. Eso es brutal. Nadie sensato necesita romantizarlo. Pero me intriga el sistema de puntuación moral. Europa tenía inquisiciones, torturas públicas, hogueras, guerras religiosas y ejecuciones en plazas llenas de espectadores comiendo pan. Sin embargo, cuando la violencia es europea se llama “historia”; cuando es indígena se llama “vileza”.

El periodista incluso comparó la exposición con objetos nazis hechos de piel humana. Ahí ya no estamos en el terreno de la crítica; estamos en el concurso internacional de analogías histéricas. Es el equivalente intelectual de poner todas las mayúsculas en internet y pensar que uno ha demostrado algo.

Lo que realmente molestaba no era la sangre azteca. Era la posibilidad de que esas piezas fueran admiradas. Porque si el público contempla una escultura mexica y piensa “esto es extraordinario”, entonces el viejo cuento de “nosotros trajimos la civilización” empieza a hacer agua.

Ese es el secreto del escándalo. No discutían sobre estética; discutían sobre jerarquías. Durante siglos Europa ocupó el asiento del profesor y el resto del mundo el pupitre del alumno. La exposición insinuaba que quizá el alumno también tenía algo que enseñar. Y eso, amigos míos, produce urticaria imperial.

Los museos son lugares extraños. Uno entra esperando ver objetos antiguos y termina viendo prejuicios muy modernos. Las máscaras mexicas permanecen quietas detrás del cristal; los que gritan son los críticos. Y cuanto más gritan “¡barbarie!”, más revelan su propia incapacidad para imaginar que la belleza puede tener otro rostro.

Al final, tal vez la pieza más interesante de toda la exposición no era una máscara de turquesa ni una escultura de piedra. Era el espectáculo de unos europeos horrorizados ante una civilización distinta mientras olvidaban convenientemente el catálogo completo de horrores producido por la suya.

Eso sí que merece una vitrina en el British Museum.

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