sábado, 30 de noviembre de 2024

 



En la ciudad gaditana del Puerto de Santa María, a la derecha de un camino, bordeado de chumberas, que caminaba hasta salir al mar, llevando a cuestas el nombre de un viejo matador de toros - Mazzantini -, había un melancólico lugar de retamas blancas y amarillas llamado la Arboleda Perdida.

    Todo era allí como un recuerdo: los pájaros rondando alrededor de árboles ya idos, furiosos por cantar sobre ramas pretéritas; el viento, trajinando de una retama a otra, pidiendo largamente copas verdes y altas que agitar para sentirse sonoro; las bocas, las manos y las frentes, buscando donde sombrearse de frescura, de amoroso descanso. Todo sonaba allí a pasado, a viejo bosque sucedido. Hasta la luz caía como una memoria de la luz, y nuestros juegos infantiles, durante las rabonas escolares, también sonaban a perdidos en aquella arboleda.

    Ahora, según me voy adentrando, haciéndome cada vez más chico, más alejado punto por esa vía que va a dar al final, a ese «golfo de sombra» que me espera tan sólo para cerrarse, oigo detrás de mí los pasos, el avance callado, la inflexible invasión de aquella como recordada arboleda perdida de mis años.

Rafael Alberti





 

 Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela: su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.

    Mi primera vez llegó un lejano día de diciembre de 1917. Tenía por entonces diecisiete años y trabajaba en La Voz de la Industria, un periódico venido a menos que languidecía en un cavernoso edificio que antaño había albergado una fábrica de ácido sulfúrico y cuyos muros aún rezumaban aquel vapor corrosivo que carcomía el mobiliario, la ropa, el ánimo y hasta la suela de los zapatos.

Ruiz Zafón, Carlos

viernes, 29 de noviembre de 2024


 

 "Algunos de vosotros decís: "La alegría es superior al dolor" y otros: "No, el dolor es más grande". Pero yo os digo que son inseparables. Vienen juntos y, cuando uno de ellos se sienta con vosotros a vuestra mesa, recordad que el otro está durmiendo en vuestro lecho".

"El profeta", Kahlil Gibran



 

 «La felicidad nunca fue importante. El problema radica en que nosotros no sabemos qué es lo que realmente queremos. Lo que nos hace feliz es el no alcanzar lo que deseamos, sino soñarlo. La felicidad es para oportunistas. Entonces pienso que la única vida de profunda satisfacción es una vida de una eterna lucha, especialmente, la lucha contra uno mismo. Si quieres mantenerte feliz, solo sigue siendo estúpido. Los auténticos eruditos nunca fueron felices; la felicidad es una categoría de esclavos».


Slavoj Zizek


 

 "Como yo no tengo nada, me salvo de la envidia, y como no tengo una mujer, soy amigo de todas. Mi madre decía: soy tan pobre que ni siquiera tengo un patrón. 

Además, si no consumes eres más libre, tienes más tiempo para vivir, tanquilo, liviano, porque no hay nada que cuidar, entonces puedes ser un hombre, no un policía que cuida lo que tarde o temprano será basura.

Prefiero seguir a pie y no en caballo prestado, alguien por una manzana pa' siempre quedo endeudado.
Siempre se llega primero el que va más descargado".

  ~Facundo Cabral~

miércoles, 27 de noviembre de 2024

 

"Todo el mundo tiene tres caras"


 

 "He visto innumerables veces cómo personas “sensibles” herían sin más los sentimientos ajenos. He visto a personas “francas y sinceras” esgrimir sin darse cuenta las excusas que más les convenían. He visto cómo personas que “le leían el pensamiento a la gente” eran engañadas por los halagos más burdos. Todo ello me lleva a pensar: “¿Qué sabemos, en realidad, de nosotros mismos?”.

Haruki Murakami



 

martes, 26 de noviembre de 2024

 «Soy huérfano, estoy solo; sin embargo, se me encuentra en todas partes. Soy una unidad pero contrapuesto a mí mismo. Soy joven y anciano a la vez. No he conocido ni padre ni madre, porque se me tuvo que extraer de las profundidades como a un pez. O porque caí del cielo como una piedra blanca. Voy vagando por bosques y montañas, pero estoy oculto en lo más íntimo del hombre. Soy mortal como todos, sin embargo, no me afecta el curso de los tiempos.»

 


 Pregunta un alumno a un maestro:

Alumno: ¿Cuál es el puente más corto entre dos orillas? ¿el más recto?

Maestro: No

Alumno: ¿El que ofrece menos resistencia?

Maestro: No

Alumno: ¿El que conoces mejor?

Maestro: No, el puente más corto entre dos orillas es el más bello.



 

lunes, 25 de noviembre de 2024

 "Usted no es como los demás. He visto a unos cuantos. Lo sé. Cuando hablo usted me mira. Anoche, cuando dije algo sobre la luna, usted la miró. Los otros nunca harían eso. Los otros se alejarían, dejándome con la palabra en la boca. O me amenazarían. Nadie tiene ya tiempo para nadie".


Ray Bradbury

 




 

 Es por demás, no me das más

Siempre me dices 'no'

Y la verdad es que jamás

Me dices 'te amo yo'

Tan solo yo siempre te doy

Lo que me pides tú

Luego te vas, tardas de más

Y eso es ingratitud

Y te tengo que esperar hasta el amanecer

Y todo porque te amo, nada más

Pero no puedo más, sé que me cansaré

Es mucho, y es que abusas tú de más


                                                                Alberto Aguilera Valadez

sábado, 23 de noviembre de 2024



 


 Herman Hesse

 



 Una de las más importantes decisiones de nuestra vida, según Epicteto, tiene que ver con preocuparnos por las cuestiones externas o internas. La mayoría elige centrarse en el exterior porque cree que los daños y beneficios proceden de ahí. Sin embargo, según Epicteto , un filósofo — considera como tal a quien tiene cierta comprensión de la filosofía estoica — hará justo lo contrario. Considerará que «todo daño y beneficio procede de sí mismo». [1] En particular, renunciará a las recompensas que el mundo exterior puede ofrecernos para alcanzar «la serenidad, la libertad y la calma ». [2]

 Al ofrecer este consejo, Epicteto invierte la lógica del cumplimiento de los deseos. Si preguntas a la gente cómo quedar satisfecha, la mayoría te dirá que hay que trabajar para conseguirlo: conviene diseñar estrategias para cumplir nuestros deseos y luego implementar esas estrategias. Pero, como señala Epicteto, «es imposible que la felicidad y el anhelo por lo que no está presente se unan alguna vez». [3] Una mejor estrategia para conseguir lo que quieres, dice, es convertir en tu objetivo solo aquello que puedes conseguir; e, idealmente, desear solo aquello que estás seguro de obtener.

 Ahí donde la mayoría de la gente pretende alcanzar la satisfacción cambiando el mundo a su alrededor, Epicteto aconseja cambiarnos a nosotros mismos; más exactamente, cambiar nuestros deseos. Y no está solo al ofrecer este consejo; de hecho, es el consejo ofrecido por, virtualmente , todo filósofo y pensador religioso que ha reflexionado sobre el deseo y sobre las causas de la insatisfacción humana. [4] Todos están de acuerdo en que si buscas la felicidad , es mejor y más fácil cambiarte a ti mismo y lo que deseas que cambiar el mundo que te rodea .

 Tu deseo fundamental, dice Epicteto, debería ser el de no verte frustrado por la formación de deseos que no podrás cumplir. Tus otros deseos deberán conformarse a este otro, y si no ocurre así, tendrás que esforzarte por desterrarlos. Si lo consigues, dejarás de experimentar ansiedad respecto a alcanzar lo que quieres o no; ni te sentirás decepcionado si no obtienes lo que quieres. De hecho, asegura Epicteto, serás invencible : si te niegas a participar en una competición que puedes perder, jamás perderás competición alguna.

William B. Irvine

jueves, 21 de noviembre de 2024

 


Mientras te miro

Cuando te sonrojas

Sobre tus curvas

Antes del beso

Parte del ritmo

Roza tu pulso

Vengo a abrazarte

Soy un impulso

Estoy de tu lado

Parto de nada

Vengo de lejos

Por la fragancia

Corazonada

Tan inconsciente

Existe una chispa que me mantiene

Estoy en el hambre

Vivo en el hombre como la muerte, naturalmente

Soy un animal

Puro coraje

Ante la sed

Claro, salvaje


Oscar D Aniello, Maria Elena









 

miércoles, 20 de noviembre de 2024

 Para cruzar el río del Cambio necesitas despojarte de tu yo conocido 

y previsible —conectado a los mismos pensamientos, decisiones, 
conductas y sentimientos de siempre—, y adentrarte en el vacío 
o en lo desconocido. El espacio entre el yo antiguo y el nuevo 
constituye la muerte biológica de tu antigua personalidad. 
Si el yo antiguo ha de morir, en este caso debes crear un yo nuevo 
con nuevos pensamientos, decisiones, conductas y emociones. 
Meterte en este río es adquirir un nuevo yo desconocido e imprevisible. 
Lo desconocido es el único lugar donde puedes crear, porque desde 
lo conocido te es imposible crear nada nuevo.

Joe Dispenza

 




 Cortazar

 CONTEMPORÁNEO DE FLAUBERT, el filósofo alemán Arthur Schopenhauer recoge la idea de Goethe e incluso va más allá, pues está convencido de que nuestra naturaleza nos predispone a ser felices o infelices. Según él, nuestra sensibilidad (hoy diríamos nuestros genes) determina nuestra aptitud para la felicidad o para la infelicidad. La primera condición requerida para ser feliz sería tener un temperamento feliz… Una jovialidad de carácter, dice, que «determina la capacidad para el sufrimiento y la alegría».2 Ya Platón había establecido la distinción entre temperamentos descontentos (duskolos), que no se alegran con los hechos que les son favorables y se irritan con los desfavorables, y los temperamentos alegres (eukolos) que se deleitan, por el contrario, con los hechos favorables y no se irritan con los desfavorables. Hoy diríamos que existen los que ven el vaso medio vacío y los que lo ven medio lleno. «Nuestra felicidad depende de lo que somos, de nuestra individualidad, pero, en general, sólo tomamos en cuenta nuestro destino y lo que tenemos», continúa Schopenhauer. Y añade con ese humor mordaz que lo caracteriza: «Podemos mejorar el destino, y la frugalidad no le reclama mucho: un bobo sigue siendo un bobo y un torpe sigue siendo un torpe eternamente, aunque estén rodeados de huríes en el paraíso».3 Lo único que nos queda es aprender a conocernos para llevar una existencia lo más adecuada a nuestra naturaleza. Pero, para Schopenhauer, es imposible cambiar: un colérico seguirá enfureciéndose; un miedoso seguirá siendo un timorato; un ansioso, un ansioso; un optimista, un optimista; un enfermizo seguirá siendo un enfermizo; o una fuerza de la naturaleza, una fuerza de la naturaleza. Y, a continuación, el filósofo de Fráncfort distingue entre: • Lo que somos: personalidad, fuerza, belleza, inteligencia, voluntad… • Lo que tenemos: bienes y posesiones. • Lo que representamos: posición social, renombre, gloria. Para la mayoría de la gente, los dos últimos puntos parecen ser los fundamentales: a menudo, se piensa que la felicidad depende principalmente de nuestros bienes y de nuestra importancia, reflejada en la mirada de los otros. Nada más lejos de ello, afirma Schopenhauer: la insatisfacción permanente, la competitividad, la rivalidad o las vicisitudes y avatares del destino, pronto arruinan nuestra felicidad si esta se basa únicamente en el tener y en el aparentar. Para él, la felicidad reside, pues, fundamentalmente en el ser, en lo que somos, en nuestra satisfacción interior, fruto de lo que sentimos, comprendemos, queremos: «Lo que alguien posee para sí, lo que lo acompaña en la soledad y nadie puede darle ni arrebatarle, eso es más esencial que todo lo que posee o lo que es a ojos de los demás»

Frederic Lenoir

martes, 19 de noviembre de 2024



 

Pero ¿qué pasa con esos individuos que obviamente no están viviendo su sueño? ¿Qué ocurre con un vagabundo, por ejemplo? Hay que destacar que en ningún caso el estoicismo es la filosofía de los ricos. Quienes disfrutan de una vida cómoda y próspera pueden beneficiarse de la práctica del estoicismo, pero también los más desfavorecidos. En concreto, aunque su pobreza les impida hacer muchas cosas, no les imposibilita practicar la visualización negativa.

 Consideremos a la persona que se ha visto reducida a la única posesión de un taparrabos. Sus circunstancias podrían ser peores: podría perder el taparrabos. Los estoicos dicen que haría bien en pensar en esta posibilidad. Supongamos que entonces pierde el taparrabos. Mientras conserve su salud, sus circunstancias podrían empeorar, un aspecto que merece la pena considerar. ¿ Y si su salud se deteriora? Puede agradecer seguir con vida.

 Es difícil imaginar a una persona que en algún sentido no pudiera estar peor. Por lo tanto, cuesta imaginar a alguien que no pueda beneficiarse de la práctica de la visualización negativa. La cuestión no es que practicarla haga que la vida sea tan disfrutable para los que no tienen nada como para los que viven en la opulencia . La cuestión es que la práctica de la visualización ne gativa — y, en líneas generales, la adopción del estoicismo — puede eliminar parte de la aflicción de la pobreza y lograr que quienes no tienen nada no se sientan tan miserables como se sentirían de otro modo.

 En este sentido, consideremos la apurada situación de James Stockdale (si el nombre te suena, probablemente se debe a que fue compañero de papeleta de Ross Perot en la campaña presidencial de Estados Unidos en 1992). Piloto de la marina, Stockdale fue abatido en Vietnam en 1965 y hecho prisionero de guerra hasta 1973. Durante ese tiempo tuvo una mala salud, vivió en condiciones lamentables y sufrió la brutalidad de sus carceleros. Y, sin embargo, no solo sobrevivió, sino que lo resistió con ánimo inquebrantable. ¿Cómo lo consiguió? 

Dice que en gran medida gracias al estoicismo. 

 Otro aspecto que tener en cuenta: aunque ofrece consejo a los oprimidos para que su existencia sea más tolerable, en modo alguno el estoicismo pretende mantener a la gente en su estado de sometimiento. Los estoicos se esfuerzan por mejorar sus circunstancias externas, pero al mismo tiempo sugieren estrategias para aliviar su miseria hasta que las circunstancias mejoren.


  William B. Irvine




 

lunes, 18 de noviembre de 2024

 ¿Puedes disuadir tu mente de su vagabundeo

    y permanecer en la unidad original?
    ¿Puedes dejar que tu cuerpo se torne flexible
    como el de un recién nacido?
    ¿Puedes limpiar tu visión interior
    hasta ver sólo la luz?
    ¿Puedes amar a la gente y guiarla
    sin imponer tu voluntad?
    ¿Puedes afrontar los asuntos más vitales
    dejando que los eventos sigan su curso?
    ¿Puedes distanciarte de tu propia mente
    para así comprenderlo todo?
    Dar nacimiento y nutrir,
    tener sin poseer,
    actuar sin expectativas,
    dirigir sin controlar:
    esta es la suprema virtud.

Lao-Tsé


 Poe



 

sábado, 16 de noviembre de 2024


 Lovecraft

 Existieron otra raza y otras palmas de victoria. Gracias al corazón humano que nos da vida, gracias a su ternura, sus alegrías y sus miedos, la flor más humilde que se abre puede ofrecerme pensamientos que a menudo son demasiado profundos para el llanto.


WILLIAM WORDSWORTH


 Quino



 

viernes, 15 de noviembre de 2024

 Las armas son las herramientas de la violencia;

    todo hombre decente las detesta.
    Las armas son las herramientas del miedo;
    el hombre decente las evita.
    Sólo con el mayor refreno
    y en la más extrema necesidad
    las usará si a ello es compelido.
    La paz es el valor más elevado.
    Si la paz ha sido alterada,
    ¿cómo podría estar contento?
    Sus enemigos no son demonios
    sino seres humanos como él.
    No les desea mal.
    No se regocija en la victoria.
    ¿Cómo podría regocijarse en la victoria
    y deleitarse en la matanza?
    Él entra en batalla gravemente,
    con gran pena y compasión,
    como si a un funeral asistiera.

Lao Tse





 





 Buda



 



jueves, 14 de noviembre de 2024

 “Es importante aprender a no enfadarse con opiniones diferentes a las propias, sino a ponerse a trabajar en entender cómo surgieron. Si, después de entenderlas, todavía parecen falsas, entonces se pueden combatir mucho más eficazmente que si se hubiera continuado meramente horrorizado. No estoy sugiriendo que el filósofo no deba tener sentimientos; el hombre que no tiene sentimientos, si es que existe tal hombre, no hace nada y, por lo tanto, no logra nada. Ningún hombre puede esperar convertirse en un buen filósofo a menos que tenga ciertos sentimientos que no son muy comunes.


Debe tener un deseo intenso de entender el mundo, en la medida de lo posible; y para entender, debe estar dispuesto a superar esas estrecheces de perspectiva que hacen imposible una percepción correcta. Debe aprender a pensar y sentir, no como miembro de este o aquel grupo, sino simplemente como un ser humano. Si pudiera, se despojaría de las limitaciones a las que está sujeto como ser humano. Si pudiera percibir el mundo como un marciano o un habitante de Sirio, si pudiera verlo como parece a una criatura que vive un día y también como le parecería a una que vive un millón de años, sería un mejor filósofo.

Pero esto no lo puede hacer; está atado a un cuerpo humano con órganos humanos de percepción. ¿En qué medida se puede superar esta subjetividad humana? ¿Podemos saber algo en absoluto sobre lo que es el mundo en oposición a lo que parece? Esto es lo que el filósofo desea saber, y es con este fin que debe someterse a un largo entrenamiento de imparcialidad.”

Bertrand Russell,

 

Cortazar



 

 Determina tus ambiciones, incluso si no tienes claro cuál va a ser su

contenido. Las mejores ambiciones tienen que ver con el desarrollo del carácter
y las propias capacidades, más que con el estatus y el poder. Puedes perder el
estatus, pero el carácter lo llevas encima allí donde vayas y te permite plantar
cara a la adversidad. Teniendo esto en mente, ata una cuerda a una gran roca.
Elígela con cuidado, plántala delante de ti y ve avanzando hacia ella tirando de
la cuerda. Presta atención a medida que te aproximas. Explica lo que sientes con
la mayor claridad y atención posibles, tanto a ti como a los demás. De este modo
aprenderás a acercarte de forma más eficiente y eficaz a tu objetivo. Y mientras
lo haces, no mientas. Sobre todo no te mientas a ti.

Peterson


 Hermann Hesse

miércoles, 13 de noviembre de 2024

 




 Sylvia Plath

 Mar adentro, mar adentro.

Y en la ingravidez del fondo
Donde se cumplen los sueños
Se juntan dos voluntades
Para cumplir un deseo

Un beso enciende la vida
Con un relámpago y un trueno
Y en una metamorfosis
Mi cuerpo no es ya mi cuerpo
Es como penetrar al centro del universo

El abrazo más pueril
Y el más puro de los besos
Hasta vernos reducidos
En un único deseo

Tu mirada y mi mirada
Como un eco repitiendo, sin palabras
"más adentro", "más adentro"
Hasta el más allá del todo
Por la sangre y por los huesos

Pero me despierto siempre
Y siempre quiero estar muerto
Para seguir con mi boca
Enredada en tus cabellos

Ramón Sampedro

martes, 12 de noviembre de 2024

 




 

 A fin de desarrollar y refinar su estrategia para alcanzar la serenidad, los estoicos se convirtieron en agudos observadores de la humanidad. Pretendieron determinar qué acontecimientos perturban la serenidad de la gente, cómo evitar que esto ocurra y cómo recuperarla rápidamente si, pese a sus esfuerzos, su serenidad se ve aniquilada. A partir de estas investigaciones, los estoicos produjeron todo un corpus de recomendaciones para todos los que busquen la serenidad. Entre ellas encontramos las siguientes:

 •  Debemos ser autoconscientes . Hemos de observarnos en nuestras tareas cotidianas y debemos reflexionar periódicamente en cómo hemos respondido a los acontecimientos del día. ¿Cómo hemos respondido a un insulto, a la pérdida de una posesión, a una situación estresante? ¿Hemos aplicado estrategias estoicas en nuestras respuestas?

 •  Debemos utilizar nuestra capacidad de razonamiento para superar las emociones negativas. También para dominar nuestros deseos, en la medida en que sea posible. En particular, hemos de usar la razón para convencernos de que la fama y la fortuna no merecen la pena — al menos no si lo que buscamos es la serenidad — y, por lo tanto, no vale la pena perseguirlas. Asimismo, la razón nos ha de servir para convencernos convencernos de que aunque ciertas actividades son placenteras, practicarlas perturbará nuestra serenidad, y la serenidad perdida será mayor que el placer ganado.

 •  Si a pesar de no buscar la riqueza llegamos a ser ricos, hemos de disfrutar de nuestra prosperidad; eran los cínicos, no los estoicos, los que defendían el ascetismo. Pero aunque hemos de disfrutar la riqueza, no debemos aferrarnos a ella; de hecho, aun mientras la disfrutamos tenemos que contemplar la posibilidad de perderla.

 •  Somos criaturas sociales; seremos infelices si intentamos cortar el contacto con los demás. Por lo tanto, si lo que buscamos es la serenidad, deberíamos formar y mantener relaciones con los demás. Sin embargo, hemos de ser cuidadosos respecto a las personas con las que trabamos amistad. Además, hemos de evitar, en la medida de lo posible, a aquellos individuos cuyos valores son corruptos, por temor a que esos valores nos contaminen.

 •  Los demás son invariablemente molestos, por lo que si mantenemos relaciones con ellos acabarán por perturbar nuestra serenidad, si se lo permitimos. Los estoicos invierten una considerable cantidad de tiempo diseñando técnicas para eliminar el dolor de nuestras relaciones con otras personas. En particular, crean técnicas para afrontar los insultos de los demás y evitar que nos irriten.

 •  Los estoicos señalaron dos fuentes principales de infelicidad humana — nuestra insaciabilidad y nuestra tendencia a preocuparnos por cosas que están más allá de nuestro control — y desarrollaron técnicas para eliminar esas fuentes de infelicidad de nuestra vida.

 •  Para superar nuestra insaciabilidad, los estoicos aconsejan implicarnos en la visualización negativa. Debemos contemplar la impermanencia de las cosas. Hemos de imaginar que perdemos aquello que más valoramos, incluyendo las posesiones y a los seres queridos. También hemos de imaginar la pérdida de nuestra propia vida. Si lo hacemos, apreciaremos todo lo que ahora tenemos y, al apreciarlo, será menos probable que formemos deseos de otras cosas. Además de imaginar que las cosas podrían empeorar, a veces inducimos su empeoramiento; Séneca aconseja «practicar la pobreza» y Musonio nos recomienda renunciar voluntariamente a las oportunidades de placer y comodidad.

 •  Para frenar nuestra tendencia a preocuparnos por cosas más allá de nuestro control, los estoicos nos recomiendan establecer una clasificación de los elementos que componen nuestra vida y dividirlos en aquellos sobre los que no tenemos ningún control, aquellos sobre los que ejercemos un control absoluto y aquellos otros sobre los que tenemos un control relativo. Una vez hecho esto, no deberíamos preocuparnos por aquellos aquellos elementos que no controlamos en absoluto. Por el contrario, deberíamos concentrarnos en aquellas cosas sobre las que tenemos un control absoluto, como nuestros objetivos y valores, y pasar la mayor parte del tiempo gestionando aquellos elementos sobre los que ejercemos un control relativo. Si lo hacemos así, nos ahorraremos mucha ansiedad innecesaria.

 •  Al invertir nuestro tiempo en aquellas cosas sobre las que tenemos un control relativo, hemos de procurar interiorizar nuestros objetivos. Mi objetivo al jugar al tenis, por ejemplo, no debería ser ganar el partido, sino jugar lo mejor posible.

 •  Hemos de ser fatalistas respecto al mundo exterior. Deberíamos ser conscientes de que lo que nos ocurrió en el pasado y lo que nos está sucediendo en este mismo instante están más allá de nuestro control, por lo que resulta insensato irritarse por estas cosas.

William Irvine



lunes, 11 de noviembre de 2024


 

 Reconocí la felicidad por el ruido que hizo al marcharse», escribe en tono desenfadado Jacques Prévert.


La frase de Jacques Prévert tiene esa virtud de la literatura que parece sencilla, casi una ocurrencia dicha al pasar, pero que, cuando uno se detiene a pensarla, revela una pequeña tragedia humana.

«Reconocí la felicidad por el ruido que hizo al marcharse».

1. La paradoja: reconocemos lo que teníamos cuando lo perdemos

Normalmente, reconocemos la felicidad mientras la experimentamos. O, al menos, eso creemos. Estamos acostumbrados a imaginarla como una sensación luminosa, una plenitud que debería anunciarnos su presencia.

Pero Prévert le da la vuelta a esa idea: no reconoció la felicidad cuando llegó, sino cuando se fue.

Es una observación bastante cruel sobre nuestra manera de vivir. A menudo estamos tan ocupados buscando algo mejor que no advertimos el valor de lo que ya tenemos.

Tenemos una persona que nos quiere, una salud razonable, una rutina que nos proporciona cierta tranquilidad, una tarde cualquiera en la que no sucede nada malo. Y pensamos que eso es simplemente la vida, algo ordinario, sin demasiado mérito.

Hasta que un día esa persona ya no está, la salud se deteriora o la tranquilidad desaparece.

Entonces descubrimos que aquello que considerábamos insignificante era, en realidad, una forma de felicidad.

El problema es que la felicidad no siempre se presenta como una celebración. A veces tiene el aspecto aburrido de un martes cualquiera.

2. El ruido de la felicidad al marcharse

Aquí está lo más ingenioso de la frase.

Prévert no dice que reconoció la felicidad por su rostro, por su sonrisa o por la alegría que le produjo. La reconoció por el ruido que hizo al marcharse.

La felicidad se convierte en una presencia que solo percibimos plenamente cuando deja un vacío.

Y ese ruido puede interpretarse de muchas maneras: el silencio de una casa después de una separación, la ausencia de una voz familiar, el final de una etapa o la repentina conciencia de que ya no somos quienes éramos.

La imagen tiene, además, una ironía extraordinaria. La felicidad, que supuestamente debería ser ruidosa, festiva y evidente, resulta casi invisible mientras está con nosotros. En cambio, su partida hace un escándalo.

Es como si la ausencia tuviera mejores modales para explicarnos las cosas que la presencia.

Lo que tenemos nos parece natural; lo que perdemos nos obliga a pensar.

Y, sin embargo, no es la pérdida la que convierte automáticamente algo en valioso. Muchas veces, simplemente nos quita las distracciones que nos impedían reconocer su valor.

3. La trampa de vivir esperando algo mejor

La frase también contiene una crítica a nuestra insatisfacción permanente.

Vivimos convencidos de que la felicidad está un poco más adelante: cuando ganemos más dinero, cuando encontremos pareja, cuando nos jubilemos, cuando terminemos de trabajar o cuando podamos hacer finalmente lo que nos dé la gana.

El presente queda reducido a una sala de espera.

Y lo curioso es que, cuando finalmente conseguimos aquello que deseábamos, rara vez dejamos de desear. Nos acostumbramos a lo conseguido y comenzamos a perseguir otra cosa.

Este mecanismo tiene relación con lo que la psicología denomina adaptación hedónica: nuestra tendencia a acostumbrarnos a determinadas mejoras y a recuperar, al menos parcialmente, nuestro nivel habitual de satisfacción.

Pero no conviene llevar la frase demasiado lejos. No toda felicidad es imperceptible mientras dura, ni necesitamos perder algo para apreciarlo. También podemos aprender a reconocer el valor de una experiencia mientras la vivimos.

La cuestión es que resulta más fácil acostumbrarse a la felicidad que acostumbrarse a su ausencia.

Y esa facilidad para acostumbrarnos puede convertirse en una forma de ceguera.

4. La nostalgia: cuando el pasado se vuelve más hermoso

Hay otra lectura posible, un poco más incómoda.

Quizá no solo reconocemos la felicidad cuando se marcha. Quizá también la inventamos parcialmente después de haberla perdido.

La memoria es selectiva. Con el paso del tiempo, ciertos conflictos se difuminan, los detalles desagradables pierden intensidad y algunos momentos adquieren una belleza que no supimos apreciar cuando sucedieron.

Recordamos una relación y olvidamos buena parte de sus dificultades. Recordamos la juventud y dejamos en segundo plano las inseguridades que la acompañaban. Miramos hacia atrás y pensamos que entonces éramos felices, aunque en aquel momento estuviéramos convencidos de que nos faltaba algo.

Por eso la frase admite una interpretación todavía más amarga: tal vez no reconocimos la felicidad cuando se marchó; tal vez la confundimos con la nostalgia que dejó tras de sí.

No siempre extrañamos lo que fue. A veces extrañamos lo que ahora necesitamos creer que fue.

La diferencia es importante, porque no todo lo perdido merece ser recuperado, aunque la memoria se empeñe en embellecerlo.

5. La filosofía escondida en una frase desenfadada

Lo interesante de Prévert es que no necesita convertir la experiencia en una lección solemne. No dice que debamos vivir el presente, practicar la gratitud o aprender a valorar las pequeñas cosas.

Simplemente imagina a alguien que escucha marcharse a la felicidad y que, quizá demasiado tarde, comprende quién era aquella visitante.

Hay algo profundamente humano en esa escena: somos criaturas capaces de reconocer el valor de las cosas y, al mismo tiempo, de vivir como si ese valor estuviera garantizado.

Sabemos que las personas que queremos no estarán siempre con nosotros, pero nos comportamos como si dispusiéramos de un tiempo ilimitado. Sabemos que la salud es frágil, pero solo pensamos en ella cuando empieza a fallar. Sabemos que cada etapa de nuestra vida es irrepetible, pero mientras la atravesamos solemos estar preocupados por llegar a la siguiente.

No es necesariamente ingratitud. Es también una consecuencia de nuestra capacidad para acostumbrarnos, planificar y proyectarnos hacia el futuro.

El problema comienza cuando el futuro se convierte en una promesa que nos impide habitar el presente.


6. interpretación: la felicidad no siempre se marcha; a veces dejamos de verla

la frase de Prévert encierra una verdad, pero también una advertencia.

Es cierto que muchas veces comprendemos el valor de algo cuando lo perdemos. Sin embargo, sería triste concluir que necesitamos sufrir para aprender a ser felices.

La pérdida puede enseñarnos, pero también podemos aprender observando nuestra propia vida mientras todavía tenemos la oportunidad de disfrutarla.

No se trata de celebrar cada instante ni de vivir con el temor constante de que todo terminará. Eso convertiría la felicidad en una tarea agotadora: estaríamos tan preocupados por perderla que tampoco podríamos disfrutarla.

Se trata de algo más sencillo: reconocer que una vida no necesita ser extraordinaria para ser buena.

Una conversación agradable, una caminata sin prisas, la compañía de alguien con quien podemos guardar silencio, una mañana en la que el cuerpo responde y la mente está tranquila. Ninguna de esas cosas necesita convertirse en un acontecimiento memorable para tener valor.

Quizá la madurez consista, en parte, en dejar de exigirle a la felicidad que se parezca a nuestras fantasías.

Porque a veces la felicidad no es la euforia de conseguir algo, sino la tranquilidad de no necesitar que suceda nada especial.

Y entonces llegamos a la paradoja final de Prévert:

La felicidad puede pasar años a nuestro lado sin hacer ruido. Somos nosotros quienes, cuando se marcha, descubrimos el estruendo que deja el silencio.

Tal vez por eso una de las preguntas más importantes que podemos hacernos no sea «¿soy feliz?», sino una mucho más discreta:

«¿Hay algo en mi vida que hoy considero normal y que algún día podría echar terriblemente de menos?»

No para vivir con miedo a perderlo, sino para no esperar a perderlo para descubrir que era importante.

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