Hans Selye y el día en que el cuerpo empezó a contar la historia de la mente
Durante mucho tiempo, la medicina imaginó el cuerpo como una máquina y la enfermedad como una avería.
Si había fiebre, se buscaba un agente infeccioso.
Si había una úlcera, una lesión.
Si había hipertensión, una alteración física.
Si dolía el corazón, se examinaba el corazón.
La tristeza pertenecía a otro territorio. La angustia era asunto de psicólogos, sacerdotes o filósofos. Las emociones podían atormentar al individuo, pero parecía absurdo pensar que pudieran modificar seriamente la maquinaria corporal.
Entonces apareció un médico nacido en Hungría llamado Hans Selye.
En 1936 publicó en Nature una breve comunicación que acabaría transformando la manera de pensar sobre la relación entre organismo y enfermedad.
Pero la historia comenzó de una manera bastante menos solemne.
Selye estaba experimentando con ratas. Quería estudiar los efectos de determinadas sustancias sobre el organismo. Administraba diferentes agentes y observaba qué ocurría.
Y encontró algo extraño.
No importaba demasiado qué sustancia utilizara. Las ratas parecían desarrollar un conjunto parecido de alteraciones fisiológicas: las glándulas suprarrenales aumentaban de tamaño, el timo y los ganglios linfáticos sufrían cambios y aparecían lesiones en el estómago, entre otras respuestas.
Era como si el organismo dijera:
«No sé exactamente qué me estás haciendo, pero sé que estoy bajo ataque.»
Aquello llevó a Selye hacia una idea extraordinariamente poderosa: el cuerpo posee una respuesta general ante las exigencias y amenazas, independientemente de cuál sea exactamente el agente que las provoque.
La llamó síndrome general de adaptación.
Primero aparece la alarma.
El organismo moviliza recursos. El corazón acelera, cambian las secreciones hormonales, aumenta la vigilancia. El cuerpo se prepara para responder.
Después viene la resistencia.
El organismo intenta adaptarse y mantener el equilibrio mientras la amenaza continúa.
Finalmente, si la situación se prolonga demasiado, aparece el agotamiento.
Selye había encontrado una especie de drama fisiológico en tres actos: alarma, resistencia y agotamiento.
Pero aquí estaba lo verdaderamente revolucionario.
Selye comenzó a sostener que el estrés no era simplemente una sensación psicológica. Era también un proceso biológico.
El organismo podía enfermar no solamente porque algo lo golpeara directamente, sino también porque tuviera que permanecer demasiado tiempo adaptándose a una exigencia.
Con el tiempo, Selye amplió enormemente esta idea. Llegó a relacionar las respuestas de estrés con enfermedades crónicas como la hipertensión y otras patologías, y empezó a hablar de las llamadas «enfermedades de adaptación».
Y ahí comenzó el choque.
Porque para una parte de la medicina de la época resultaba incómoda la idea de que algo tan intangible como una preocupación, una amenaza persistente o una situación emocional pudiera terminar produciendo consecuencias materiales en el cuerpo.
La medicina quería encontrar la causa.
Selye estaba señalando otra cosa:
también había que estudiar la respuesta del organismo.
No era suficiente preguntar:
«¿Qué enfermedad tiene este paciente?»
Había que preguntar también:
«¿Qué le está ocurriendo a este organismo desde hace meses o años?»
La diferencia parece pequeña. No lo es.
Imaginemos a una persona que vive permanentemente aterrorizada, sometida a conflictos, precariedad, violencia o incertidumbre. Su cuerpo no recibe el mensaje de que aquello pertenece al mundo de las ideas.
El cerebro interpreta la amenaza.
El sistema nervioso responde.
Las hormonas cambian.
El metabolismo cambia.
La presión arterial puede cambiar.
El sistema inmunitario puede verse afectado.
El cuerpo, en otras palabras, participa en la biografía de la persona.
Eso es lo que hacía tan incómoda la intuición de Selye. La frontera entre «lo psicológico» y «lo físico» comenzaba a parecer menos una frontera natural y más una división administrativa inventada por nosotros.
Y hay una ironía magnífica en todo esto.
Selye no comenzó estudiando emociones humanas.
Comenzó estudiando ratas.
Fueron precisamente sus experimentos fisiológicos los que ayudaron a construir un puente entre el mundo que la medicina consideraba material y ese otro mundo, aparentemente vaporoso, de las emociones y las experiencias.
Con las décadas, la investigación sobre estrés se convirtió en un campo enorme. El propio Selye dedicó buena parte de su vida a defender, precisar y también discutir las múltiples interpretaciones de su concepto. En 1976, cuarenta años después de su primera publicación, seguía escribiendo sobre las controversias y problemas que rodeaban la aplicación médica de su teoría.
Y conviene hacer una precisión importante.
Selye no demostró que «las emociones causan todas las enfermedades». Esa sería una caricatura de su trabajo.
Su contribución fue mucho más interesante: mostró que el organismo posee respuestas fisiológicas ante el estrés y que una adaptación prolongada puede tener consecuencias patológicas. La investigación posterior ha hecho muchísimo más sofisticada esta relación, incorporando al sistema nervioso, endocrino e inmunitario y distinguiendo entre tipos, intensidad y duración del estrés.
Pero la puerta ya estaba abierta.
Hoy resulta difícil imaginar que alguien pudiera considerar absurda la idea de que una vida sometida a estrés pueda afectar al cuerpo.
Sin embargo, hubo un tiempo en que había que demostrarlo.
Y quizá esa sea la parte más hermosa de la historia de Selye.
Durante siglos imaginamos al ser humano dividido en dos:
la mente por un lado,
el cuerpo por otro.
Selye ayudó a recordar algo que el organismo nunca había olvidado:
no existen dos seres viviendo dentro de nosotros.
Cuando una persona tiene miedo, no tiembla únicamente su pensamiento.
Tiembla el cuerpo.
Cuando vive bajo amenaza durante años, no se desgasta solamente su ánimo.
Se desgasta también su organismo.
El cuerpo escucha cosas que la conciencia cree estar diciendo únicamente con palabras.
Y quizá por eso una de las grandes lecciones de Selye no sea solamente médica.
Sea también política y social.
Porque si las condiciones de vida pueden convertirse en biología, entonces la pobreza, la inseguridad, la violencia, la humillación, la incertidumbre laboral o el miedo permanente no son solamente problemas sociales que ocurren «afuera» del individuo.
Pueden convertirse, literalmente, en problemas del organismo.
La historia de Selye comenzó con unas ratas en un laboratorio.
Terminó ayudándonos a comprender que, cuando la vida aprieta demasiado tiempo, el cuerpo termina pagando las facturas que la sociedad dejó sin pagar.
Si había fiebre, se buscaba un agente infeccioso.
Si había una úlcera, una lesión.
Si había hipertensión, una alteración física.
Si dolía el corazón, se examinaba el corazón.
La tristeza pertenecía a otro territorio. La angustia era asunto de psicólogos, sacerdotes o filósofos. Las emociones podían atormentar al individuo, pero parecía absurdo pensar que pudieran modificar seriamente la maquinaria corporal.
Entonces apareció un médico nacido en Hungría llamado Hans Selye.
En 1936 publicó en Nature una breve comunicación que acabaría transformando la manera de pensar sobre la relación entre organismo y enfermedad.
Pero la historia comenzó de una manera bastante menos solemne.
Selye estaba experimentando con ratas. Quería estudiar los efectos de determinadas sustancias sobre el organismo. Administraba diferentes agentes y observaba qué ocurría.
Y encontró algo extraño.
No importaba demasiado qué sustancia utilizara. Las ratas parecían desarrollar un conjunto parecido de alteraciones fisiológicas: las glándulas suprarrenales aumentaban de tamaño, el timo y los ganglios linfáticos sufrían cambios y aparecían lesiones en el estómago, entre otras respuestas.
Era como si el organismo dijera:
«No sé exactamente qué me estás haciendo, pero sé que estoy bajo ataque.»
Aquello llevó a Selye hacia una idea extraordinariamente poderosa: el cuerpo posee una respuesta general ante las exigencias y amenazas, independientemente de cuál sea exactamente el agente que las provoque.
La llamó síndrome general de adaptación.
Primero aparece la alarma.
El organismo moviliza recursos. El corazón acelera, cambian las secreciones hormonales, aumenta la vigilancia. El cuerpo se prepara para responder.
Después viene la resistencia.
El organismo intenta adaptarse y mantener el equilibrio mientras la amenaza continúa.
Finalmente, si la situación se prolonga demasiado, aparece el agotamiento.
Selye había encontrado una especie de drama fisiológico en tres actos: alarma, resistencia y agotamiento.
Pero aquí estaba lo verdaderamente revolucionario.
Selye comenzó a sostener que el estrés no era simplemente una sensación psicológica. Era también un proceso biológico.
El organismo podía enfermar no solamente porque algo lo golpeara directamente, sino también porque tuviera que permanecer demasiado tiempo adaptándose a una exigencia.
Con el tiempo, Selye amplió enormemente esta idea. Llegó a relacionar las respuestas de estrés con enfermedades crónicas como la hipertensión y otras patologías, y empezó a hablar de las llamadas «enfermedades de adaptación».
Y ahí comenzó el choque.
Porque para una parte de la medicina de la época resultaba incómoda la idea de que algo tan intangible como una preocupación, una amenaza persistente o una situación emocional pudiera terminar produciendo consecuencias materiales en el cuerpo.
La medicina quería encontrar la causa.
Selye estaba señalando otra cosa:
también había que estudiar la respuesta del organismo.
No era suficiente preguntar:
«¿Qué enfermedad tiene este paciente?»
Había que preguntar también:
«¿Qué le está ocurriendo a este organismo desde hace meses o años?»
La diferencia parece pequeña. No lo es.
Imaginemos a una persona que vive permanentemente aterrorizada, sometida a conflictos, precariedad, violencia o incertidumbre. Su cuerpo no recibe el mensaje de que aquello pertenece al mundo de las ideas.
El cerebro interpreta la amenaza.
El sistema nervioso responde.
Las hormonas cambian.
El metabolismo cambia.
La presión arterial puede cambiar.
El sistema inmunitario puede verse afectado.
El cuerpo, en otras palabras, participa en la biografía de la persona.
Eso es lo que hacía tan incómoda la intuición de Selye. La frontera entre «lo psicológico» y «lo físico» comenzaba a parecer menos una frontera natural y más una división administrativa inventada por nosotros.
Y hay una ironía magnífica en todo esto.
Selye no comenzó estudiando emociones humanas.
Comenzó estudiando ratas.
Fueron precisamente sus experimentos fisiológicos los que ayudaron a construir un puente entre el mundo que la medicina consideraba material y ese otro mundo, aparentemente vaporoso, de las emociones y las experiencias.
Con las décadas, la investigación sobre estrés se convirtió en un campo enorme. El propio Selye dedicó buena parte de su vida a defender, precisar y también discutir las múltiples interpretaciones de su concepto. En 1976, cuarenta años después de su primera publicación, seguía escribiendo sobre las controversias y problemas que rodeaban la aplicación médica de su teoría.
Y conviene hacer una precisión importante.
Selye no demostró que «las emociones causan todas las enfermedades». Esa sería una caricatura de su trabajo.
Su contribución fue mucho más interesante: mostró que el organismo posee respuestas fisiológicas ante el estrés y que una adaptación prolongada puede tener consecuencias patológicas. La investigación posterior ha hecho muchísimo más sofisticada esta relación, incorporando al sistema nervioso, endocrino e inmunitario y distinguiendo entre tipos, intensidad y duración del estrés.
Pero la puerta ya estaba abierta.
Hoy resulta difícil imaginar que alguien pudiera considerar absurda la idea de que una vida sometida a estrés pueda afectar al cuerpo.
Sin embargo, hubo un tiempo en que había que demostrarlo.
Y quizá esa sea la parte más hermosa de la historia de Selye.
Durante siglos imaginamos al ser humano dividido en dos:
la mente por un lado,
el cuerpo por otro.
Selye ayudó a recordar algo que el organismo nunca había olvidado:
no existen dos seres viviendo dentro de nosotros.
Cuando una persona tiene miedo, no tiembla únicamente su pensamiento.
Tiembla el cuerpo.
Cuando vive bajo amenaza durante años, no se desgasta solamente su ánimo.
Se desgasta también su organismo.
El cuerpo escucha cosas que la conciencia cree estar diciendo únicamente con palabras.
Y quizá por eso una de las grandes lecciones de Selye no sea solamente médica.
Sea también política y social.
Porque si las condiciones de vida pueden convertirse en biología, entonces la pobreza, la inseguridad, la violencia, la humillación, la incertidumbre laboral o el miedo permanente no son solamente problemas sociales que ocurren «afuera» del individuo.
Pueden convertirse, literalmente, en problemas del organismo.
La historia de Selye comenzó con unas ratas en un laboratorio.
Terminó ayudándonos a comprender que, cuando la vida aprieta demasiado tiempo, el cuerpo termina pagando las facturas que la sociedad dejó sin pagar.
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