Pero ¿la lucha está perdida? ¿El humanismo ha muerto? ¿Es inútil intentar esclarecer algo de la confusión acerca de lo que se entiende por humano? En tal caso, aun en la derrota, habrá que seguir elaborando pensamiento crítico, confiándonos a los libros, descubriendo un párrafo, una frase, una última palabra emancipadora tallada en puño y letra en el tablado del cadalso.
J P Zooey
El fragmento tiene una idea muy poderosa: no confunde la derrota histórica del humanismo con la refutación del humanismo.
Zooey está planteando, en realidad, una pregunta mucho más incómoda que «¿está ganando el humanismo?». Pregunta si seguir pensando humanamente tiene sentido cuando las condiciones sociales parecen premiar exactamente lo contrario.
1. «¿La lucha está perdida?»
La palabra importante es lucha.
No dice simplemente «¿el humanismo ha fracasado?». Habla de una lucha porque entiende el humanismo no como una doctrina ya conquistada, sino como una tensión permanente entre dos posibilidades de lo humano.
Por un lado:
el ser humano como individuo irreductible;
capaz de pensar críticamente;
capaz de compadecer;
capaz de rebelarse;
capaz de reconocer al otro como semejante.
Y por otro:
el individuo convertido en consumidor;
número;
trabajador intercambiable;
votante manipulable;
espectador;
soldado;
usuario;
dato;
mercancía.
La pregunta de Zooey sería entonces:
¿Qué ocurre cuando la sociedad empieza a tratar al ser humano como cosa y, además, consigue que el propio ser humano acepte ser tratado como cosa?
Ahí está la tragedia.
2. «¿El humanismo ha muerto?»
Aquí aparece una paradoja interesante.
Si el humanismo hubiera muerto completamente, ni siquiera tendría sentido lamentar su muerte.
Que todavía podamos formular la pregunta significa que existe una conciencia que se resiste a aceptar que el hombre sea simplemente aquello que los sistemas económicos, políticos, tecnológicos o ideológicos dicen que es.
El humanismo, entonces, puede haber perdido batallas sin haber desaparecido.
Y quizá eso sea precisamente lo que Zooey quiere decir: el humanismo no es una situación histórica; es una exigencia.
No significa:
«El ser humano es bueno».
Significa algo bastante más incómodo:
«El ser humano no debe ser reducido a aquello que resulta útil para alguien.»
3. «¿Es inútil intentar esclarecer qué se entiende por humano?»
Esta es quizá la parte filosóficamente más profunda.
Porque Zooey no da por supuesto que sepamos qué significa «humano».
Y eso es fundamental.
Durante siglos hemos utilizado «humanidad» como si fuera una palabra transparente. Pero basta mirar la historia para descubrir algo espantoso:
casi todos los grandes sistemas de dominación han encontrado alguna manera de declarar que determinados seres humanos eran menos humanos que los demás.
Esclavos.
Indígenas.
Herejes.
Extranjeros.
Enemigos políticos.
Pobres.
«Salvajes».
«Bárbaros».
«Subhumanos».
El truco consiste siempre en dibujar una frontera.
Nosotros somos plenamente humanos; ellos son una categoría inferior.
Por eso preguntarse qué significa ser humano no es un ejercicio académico. Tiene consecuencias políticas enormes.
4. Y entonces aparece la frase maravillosa: «aun en la derrota»
Aquí está el corazón del fragmento.
Zooey parece rechazar una idea muy contemporánea:
«Si no vas a ganar, no tiene sentido luchar.»
Es una lógica profundamente utilitarista.
Si una acción no produce resultados inmediatos, se considera inútil.
Pero el pensamiento crítico opera con otra temporalidad.
Puedes escribir un libro que nadie lea durante veinte años.
Puedes conservar una idea que parece derrotada.
Puedes dejar una frase que alguien encontrará décadas después.
Y entonces esa idea vuelve a entrar en circulación.
Por eso la imagen final es tan poderosa.
«una última palabra emancipadora tallada [...] en el tablado del cadalso»
El cadalso representa la derrota absoluta del individuo frente al poder.
Pero incluso allí queda la posibilidad de una última palabra.
Es casi una inversión de la lógica del poder:
el poder puede destruir el cuerpo, pero no necesariamente consigue controlar el significado de la última palabra.
Sócrates bebiendo la cicuta.
Giordano Bruno ante la hoguera.
Los condenados políticos que escriben desde la prisión.
Los esclavos que dejan testimonios.
Los perseguidos que escriben diarios.
Los escritores censurados que conservan una frase.
El libro se convierte así en una especie de memoria clandestina de la dignidad humana.
5. «Confiándonos a los libros»
Esto me parece especialmente interesante.
Zooey no dice «confiándonos a las instituciones».
Dice:
a los libros.
Porque los libros tienen una característica extraordinaria: pueden sobrevivir a quien los escribió y, sobre todo, pueden sobrevivir al mundo que intentó silenciarlos.
Un régimen puede desaparecer.
Un imperio puede caer.
Un dictador puede morir.
Una ideología puede convertirse en objeto de museo.
Y un libro escrito contra todo aquello puede seguir ahí.
Esperando.
Un lector lo abre cien años después y descubre:
«Alguien ya había visto esto.»
Y entonces el derrotado deja de estar completamente derrotado.
6. Hay una idea todavía más radical detrás
El fragmento parece decirnos que la función del pensamiento crítico no consiste necesariamente en ganar.
Eso es importante.
Porque solemos imaginar la historia como una competición donde finalmente triunfa la razón.
Pero la historia real es muchísimo más cruel.
La esclavitud duró siglos.
Los imperios duraron siglos.
Las dictaduras pueden durar décadas.
La tortura ha sobrevivido a civilizaciones enteras.
La propaganda ha derrotado repetidamente a la verdad.
La barbarie no desaparece porque alguien haya demostrado intelectualmente que es absurda.
Por eso el pensamiento crítico tiene otra función:
impedir que la mentira se convierta en la única memoria disponible.
Aunque pierda.
Aunque sea minoritario.
Aunque nadie lo escuche.
Aunque el poder gane.
7. Y aquí hay una conexión muy Carlin
George Carlin tenía una intuición parecida, aunque expresada de otra manera: la obligación del individuo no es necesariamente salvar el mundo; a veces consiste simplemente en no dejarse colonizar completamente la cabeza por él.
Ese es un humanismo mucho más humilde.
No promete:
«Vamos a construir una sociedad perfecta.»
Dice:
«Al menos intentemos que no nos convenzan de que la crueldad es normal, que la estupidez es inevitable y que el ser humano vale exactamente lo que produce.»
Y quizá ahí esté la respuesta a la pregunta de Zooey.
¿Está perdida la lucha?
Puede ser.
¿Ha muerto el humanismo?
Ha muerto muchas veces.
¿Es inútil seguir pensando?
Sólo si entendemos «útil» como «aquello que garantiza la victoria».
Pero si un libro consigue que una persona vea de otra manera al extranjero, al enemigo, al pobre, al derrotado o incluso a sí misma, entonces la batalla no terminó del todo.
Porque quizá la emancipación no consiste solamente en ganar una guerra contra el poder.
A veces consiste en conservar, en medio de la derrota, la capacidad de llamar barbarie a la barbarie.
Y esa última palabra —la que alguien dejó escrita cuando aparentemente ya no podía cambiar nada— puede ser precisamente la primera palabra de alguien que todavía está por nacer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario