La historia suele parecer una catedral cuando la observamos terminada. Pero mientras se construía, era un andamio tembloroso bajo el viento.
Esa frase nos recuerda una ilusión muy humana: creer que el pasado era inevitable.
Cuando miramos hacia atrás, la historia parece una catedral. Sus muros están en pie, las vidrieras encajan perfectamente y cada piedra parece haber sido colocada siguiendo un plan maestro. Desde el presente, el resultado nos da la impresión de necesidad. Pensamos que el cristianismo tenía que triunfar, que Roma tenía que caer, que tal revolución tenía que ocurrir. El edificio terminado nos engaña haciéndonos olvidar todas las posibilidades que quedaron sepultadas bajo sus cimientos.
Pero la segunda imagen destruye esa comodidad. Mientras la catedral se construía, no existía la catedral. Existía el andamio. Existían los obreros dudando, los errores, las tormentas, los accidentes, las decisiones tomadas con información incompleta. Existía la incertidumbre.
El "andamio tembloroso bajo el viento" simboliza la experiencia real de quienes viven la historia. Nadie sabe qué desenlace tendrá su época. Los contemporáneos de un acontecimiento no contemplan una obra acabada; avanzan entre niebla. Cada elección podría haber conducido a otro camino. La suerte, el azar, las coincidencias y los accidentes tienen mucho más peso de lo que solemos admitir.
Por eso la frase dialoga muy bien con la idea planteada en Sapiens: Una historia gráfica: que muchos triunfos históricos no fueron inevitables, sino el resultado de una mezcla de circunstancias, decisiones y casualidades. Lo que hoy parece una catedral sólida pudo haber sido, durante siglos, apenas un andamio a punto de derrumbarse.
Hay también una enseñanza personal. Nuestra propia vida suele verse igual. Al mirar atrás, construimos relatos coherentes sobre quiénes somos. Pero mientras atravesábamos aquellos años, nada era tan claro. Vivíamos sobre andamios. Dudábamos. Improvisábamos. Temíamos caer.
La sabiduría de la frase está en devolverle al pasado su fragilidad. Nos recuerda que la historia no es una avenida recta iluminada por el destino. Es un sendero abierto a golpes de incertidumbre, donde el viento pudo haber soplado en otra dirección y levantado una catedral completamente distinta.
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