Es una frase muy de Vila-Matas: parece sencilla, pero tiene una imagen bastante cruel en el centro.
«La vida, a la hora de destrozarnos, tiene la terca paciencia de la marea.»
1. La vida no destruye de golpe: insiste
Lo más interesante es «la terca paciencia».
La vida no aparece aquí como una catástrofe repentina. No es un rayo que cae una vez y lo cambia todo. Es algo mucho más cotidiano y, por eso mismo, más inquietante: insiste.
La marea sube, baja, vuelve a subir. No tiene prisa. No necesita vencerte hoy.
Puede tardar años.
Una pérdida, una decepción, el envejecimiento, el fracaso, la separación de alguien, la desaparición de ciertas ilusiones... rara vez nos destruyen en un solo movimiento. Muchas veces lo hacen mediante pequeñas erosiones.
La vida desgasta como el mar desgasta una roca.
Y la roca, mientras tanto, tiene la impresión de seguir siendo la misma.
2. «A la hora de destrozarnos»
Aquí Vila-Matas hace algo magnífico: utiliza un verbo brutal —destrozar— dentro de una imagen delicada.
No dice que la vida nos cambia.
No dice que nos enseña.
No dice que nos hace madurar.
Dice destrozarnos.
Eso desmonta una de las grandes supersticiones de la literatura de autoayuda: que todo sufrimiento necesariamente nos vuelve mejores.
No.
A veces la vida simplemente hace daño.
Y después nosotros intentamos encontrarle un significado porque necesitamos que el sufrimiento no haya sido completamente inútil.
3. La marea como metáfora del tiempo
La elección de la marea es especialmente poderosa porque la marea tiene tres características:
es inevitable, es repetitiva y es lenta.
No puedes discutir con ella.
Puedes construir un muro, pero el agua seguirá llegando.
Y eso introduce una idea casi filosófica: hay fuerzas de la existencia contra las que nuestra voluntad tiene muy poco poder.
Podemos decidir muchas cosas, pero no decidimos:
que las personas que amamos envejezcan;
que las relaciones cambien;
que nuestro cuerpo se transforme;
que determinadas oportunidades desaparezcan;
que el pasado no pueda recuperarse;
que el tiempo siga avanzando.
La tragedia no consiste solamente en que estas cosas ocurran.
Consiste en que sabemos que ocurrirán y aun así seguimos viviendo como si pudiéramos detenerlas.
4. Hay una paradoja preciosa: «paciencia» para destruir
Normalmente asociamos la paciencia con algo bueno.
Una persona paciente espera.
La marea también espera.
Pero aquí la paciencia se convierte en un instrumento de destrucción.
Y ahí está probablemente lo más oscuro de la frase:
la vida no necesita violencia para destruirnos; le basta con tener tiempo.
Una ola puede parecer insignificante.
Pero diez mil olas...
Ahí aparece una verdad bastante incómoda: el tiempo es uno de los grandes agentes de nuestra mortalidad.
No tiene que odiarnos. Ni siquiera tiene que querer hacernos daño.
Simplemente continúa.
5. Y hay algo todavía más profundo
La frase puede leerse no sólo como una reflexión sobre el sufrimiento, sino sobre la condición humana.
Nosotros queremos acontecimientos.
Queremos momentos decisivos:
Aquí empezó todo.
Aquí terminó todo.
Este fue el momento que me cambió.
Pero la existencia suele ser mucho menos cinematográfica.
Nos vamos convirtiendo en otras personas lentamente.
Un día descubrimos que ya no somos jóvenes.
Otro día advertimos que alguien que era imprescindible ya no está.
Otro descubrimos que un sueño que parecía enorme ya no nos interesa.
Y casi nunca podemos señalar exactamente qué ola produjo el cambio.
Cuando miramos hacia atrás, la roca ya tiene otra forma.
6. La frase también contiene una pequeña lección sobre la felicidad
Y aquí Vila-Matas se acerca bastante a los grandes escritores melancólicos.
Si la vida tiene esa paciencia para destruirnos, entonces quizá nuestra tarea no sea conquistarla definitivamente.
Quizá sea aprender a vivir entre las mareas.
Disfrutar mientras el agua se retira.
Saber que regresará.
Pero sin convertir esa certeza en una excusa para dejar de vivir.
Porque la frase podría llevarnos a una conclusión nihilista:
Si todo termina siendo destruido, nada importa.
Pero también permite exactamente la conclusión contraria:
Precisamente porque la marea vuelve, cada instante en que el mar se retira importa.
Y ahí la frase deja de ser solamente pesimista.
Se vuelve melancólica.
El pesimismo dice: todo está condenado.
La melancolía dice: todo está condenado, y precisamente por eso es hermoso mientras dura.
Y esa segunda lectura, es la más interesante de Vila-Matas.
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