La norteamericana Pearl S. Buck, premio Nobel de Literatura en 1938, decía con una lucidez maravillosa que «muchas personas se pierden las pequeñas alegrías mientras esperan la gran felicidad». ¡Ahí está la clave! No sabemos qué forma tiene el edificio de la felicidad, pero lo que está claro es que se construye con los ladrillos de la alegría. Si la dejamos entrar, puesto que está en todas partes, nos elevamos sobre nosotros mismos y ampliamos nuestro horizonte.
Mario Alonso Puig.
La frase de Pearl S. Buck tiene una idea aparentemente sencilla, pero bastante profunda: la felicidad no sería tanto un estado permanente que finalmente alcanzamos, sino una construcción hecha de momentos pequeños que aprendemos a reconocer.
Lo interesante es que Mario Alonso Puig toma esa frase y hace un pequeño desplazamiento conceptual: pasa de alegría a felicidad. Y ahí está lo jugoso.
1. «Muchas personas se pierden las pequeñas alegrías mientras esperan la gran felicidad»
La frase contiene una crítica bastante feroz a una de nuestras trampas mentales: convertir la vida presente en una sala de espera.
“Seré feliz cuando…”
tenga más dinero;
termine este problema;
consiga aquel trabajo;
encuentre pareja;
me jubile;
compre una casa;
viaje a determinado lugar;
alcance determinado objetivo.
El problema es que ese mecanismo puede reproducirse indefinidamente. Alcanzamos una meta y, casi inmediatamente, aparece otra.
Es una especie de felicidad hipotecada al futuro.
Y hay algo todavía más perverso: mientras esperamos ese acontecimiento extraordinario, dejamos de percibir acontecimientos ordinarios que ya están ocurriendo.
Un café tranquilo.
Una conversación interesante.
Una caminata.
La música que nos gusta.
Una comida sencilla.
Una carcajada inesperada.
El sol de una mañana cualquiera.
No parecen acontecimientos suficientemente importantes para nuestra idea grandiosa de “felicidad”. Y precisamente por eso pueden pasar inadvertidos.
2. La metáfora del edificio es muy buena
Alonso Puig dice:
«No sabemos qué forma tiene el edificio de la felicidad, pero lo que está claro es que se construye con los ladrillos de la alegría.»
Aquí hay una distinción muy interesante.
La felicidad sería el edificio; la alegría, los ladrillos.
Es decir, probablemente nadie experimenta una felicidad continua, uniforme y permanente. Lo que tenemos son momentos, experiencias, vínculos y pequeñas satisfacciones que, acumulados, pueden producir algo que retrospectivamente llamamos una vida feliz.
Y esto cambia bastante nuestra pregunta.
En lugar de:
“¿Soy feliz?”
podríamos preguntarnos:
“¿Estoy dejando espacio para que ocurran pequeñas cosas que me producen alegría?”
La segunda pregunta es mucho más manejable.
3. Pero hay que ponerle una pequeña objeción
Alegría y felicidad no son exactamente lo mismo.
Puedes sentir alegría y tener una vida profundamente desgraciada. Y también puedes atravesar una etapa difícil, experimentar tristeza, preocupación o dolor y, sin embargo, considerar que tu vida tiene sentido y que eres una persona feliz.
Por eso se distinguirían tres cosas:
placer → alegría → felicidad
El placer puede ser momentáneo.
La alegría es una experiencia emocional positiva.
La felicidad, entendida de manera más profunda, tiene que ver también con cómo valoramos nuestra existencia en conjunto.
Puedes tener una tarde maravillosa y una vida terrible.
Pero también puedes tener una vida que consideras buena aunque hoy estés pasando por un mal día.
Eso evita caer en la versión superficial de la frase: “siempre hay que estar alegres”. No. La tristeza también forma parte de una vida humana saludable.
4. «Si la dejamos entrar»
Esta es quizá la mejor parte:
«Si la dejamos entrar…»
Porque introduce algo que suele olvidarse: la alegría no depende exclusivamente de que sucedan cosas extraordinarias; también depende de nuestra capacidad para percibirlas.
Dos personas pueden contemplar exactamente el mismo atardecer.
Una piensa:
“Qué bonito.”
La otra ni siquiera lo registra porque está pensando en el correo que tiene que contestar.
El mundo exterior es el mismo. La diferencia está en la atención.
Y aquí la frase conecta con una idea antiquísima: no solamente sufrimos por lo que nos ocurre, sino también por nuestra relación con lo que nos ocurre.
Los estoicos hablaban de la atención y del juicio; Epicuro reivindicaba los placeres sencillos; Montaigne encontraba materia filosófica en las experiencias ordinarias; y, mucho más recientemente, distintas corrientes psicológicas han estudiado nuestra tendencia a habituarnos rápidamente a lo bueno.
5. «Puesto que está en todas partes»
Aquí aparece una afirmación que conviene tomar con cautela.
La alegría no está literalmente en todas partes.
Hay enfermedad, injusticia, pérdidas, soledad, pobreza, violencia, tragedias. Decirle a alguien que “la alegría está en todas partes” cuando está sufriendo puede convertirse en una forma bastante desagradable de optimismo obligatorio.
Pero podemos interpretar la frase de una manera más razonable:
incluso dentro de una existencia imperfecta suelen existir pequeños espacios de bienestar que nuestra atención puede pasar por alto.
Eso es muy distinto.
No se trata de negar el dolor.
Se trata de no permitir que el dolor monopolice toda nuestra percepción de la realidad.
6. Y entonces llegamos a una idea todavía más profunda
La frase plantea, sin decirlo directamente, una pregunta sobre qué entendemos por vivir.
Hay dos modelos.
Modelo 1:
Trabajo → esfuerzo → logro → felicidad.
La felicidad aparece al final.
Modelo 2:
Trabajo → esfuerzo → pequeñas experiencias → relaciones → aprendizajes → momentos de alegría → sentido.
Aquí la felicidad no está esperando al final del camino.
Está distribuida a lo largo del camino.
Y eso parece muchísimo más interesante.
Porque si adoptamos el primer modelo, podemos pasar veinte años sacrificando el presente para conseguir un futuro que quizá nunca llegue como lo imaginábamos.
En cambio, el segundo modelo no elimina la ambición ni los proyectos. Simplemente dice:
persigue tus objetivos, pero no conviertas el presente en el precio que tienes que pagar para alcanzarlos.
7. La paradoja final
Hay una paradoja preciosa aquí:
quizá una de las mejores maneras de aumentar nuestra felicidad sea dejar de perseguirla directamente.
Porque cuando perseguimos obsesivamente “ser felices”, empezamos a evaluar constantemente nuestra vida:
¿Estoy suficientemente feliz?
¿Esto me hace feliz?
¿Mi vida debería ser mejor?
¿Por qué no soy tan feliz como aquella persona?
Y terminamos convirtiendo la felicidad en otra obligación.
En cambio, podemos prestar atención a algo mucho más humilde:
“Esto me gusta.”
“Qué bien se está aquí.”
“Qué buena conversación.”
“Qué bonito está el cielo.”
“Me ha hecho reír.”
Son cosas pequeñas. Pero quizá la felicidad no sea una gigantesca experiencia emocional extraordinaria.
Quizá sea, en buena medida, la suma de suficientes momentos que no quisimos que terminaran demasiado pronto.
Y hay una frase que podríamos añadir a la de Pearl S. Buck:
No siempre podemos elegir las grandes circunstancias de nuestra vida, pero sí podemos aprender a no pasar de largo frente a las pequeñas cosas que hacen que valga la pena vivirla.
Ahí, parece, está el verdadero corazón de la cita.
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