sábado, 31 de agosto de 2013

Roger Bannister

Roger Bannister: la milla milagro

El 6 de mayo de 1954 caía una de las barreras más míticas del atletismo: los cuatro minutos en la milla (1.609 metros), la prueba clásica del medio fondo. El protagonista de la hazaña fue un joven estudiante de medicina, Roger Bannister.


El día resultó ser ventoso, lo que no era precisamente una buena noticia para Bannister, quien horas después tenía una cita con la historia en el viejo estadio Iffley Road de Oxford. Como era costumbre, pasó la mañana haciendo sus prácticas en el hospital de Saint Mary; después, cogió el tren desde Londres hasta Oxford para disputar un encuentro atlético en el que participarían una amplia nómina de atletas británicos (Chris Chataway, Chris Brasher, Alan Gordon, George Dole..). Viajó sólo, en segunda clase, algo impensable hoy en día para una estrella del deporte.
Bannister iba a atacar una de las grandes fronteras del atletismo (“el muro”, lo llamaban algunos): los cuatro minutos en la milla, la prueba por excelencia del medio fondo. Hoy en día puede parecer un objetivo menor a la vista de los 3:43.13 que tiene El Guerrouj como mejor marca mundial, pero entonces era un reto enorme que mantuvo durante años a los mejores atletas y entrenadores en busca de la forma de conseguirlo. “La milla en cuatro minutos se había convertido en una especie de Everest. Era un desafío al espíritu humano, un obstáculo que parecía mofarse de todos cuantos intentaban vencerlo, un llamamiento punzante contra el que el hombre luchaba en vano”, escribiría años después el propio Bannister en su autobiografía First Four Minutes (Los primeros cuatro minutos).
No extraña, por tanto, la enorme expectación generada cuando se supo que el mejor mediofondista británico iba a intentar semejante gesta. Bajo la supervisión del preparador austriaco Franz Stampfl, llevaba meses entrenándose para rebajar esta marca. Bannister entrenaba solo, cinco días a la semana y apenas una hora diaria, para no perjudicar sus estudios. Con vistas a este reto, y para rentabilizar al máximo su escaso tiempo, buscaba la calidad del entrenamiento –haciendo continuas series- antes que la cantidad.
En Oxford almuerza con un matrimonio amigo y las hijas de éstos. Llueve y el viento sopla con fuerza, lo que sin duda complicaría todavía más su desafío... pero estaba decidido a intentarlo. Sabía que tenía el récord en sus piernas y que no tendría muchas más oportunidades porque ya había tomado la decisión de abandonar la práctica del atletismo a finales de año para realizar el doctorado en Neurología. Sabía además que el australiano John Landy estaba logrando marcas cada vez más cercanas a los 4 minutos, y que con la progresión que llevaba pronto podría superar la mítica barrera. “Así que ahora o nunca”, debió pensar Bannister.


Cae el muro
En una época muy alejada del actual profesionalismo, la pista elegida también distaba mucho de los escenarios sobre los que se logran hoy en día las grandes marcas. La pista de Iffley Road era de ceniza y apenas una modesta tribuna de madera se levantaba junto a la recta principal. Pero la expectación era tan grande que unos 3.000 espectadores se agolparon alrededor de la misma para presenciar la prueba, que fue retransmitida por la cadena de radio de la BBC, con el antiguo campeón olímpico de los 100 metros Harold Abrahams como comentarista. Apenas media hora antes del inicio de la carrera la velocidad del viento descendía hasta los dos metros por segundo, y dejaba de llover.
Todos los participantes en esa carrera llevaron dorsales de dos cifras que empezaban por 4 (en alusión a los cuatro minutos que se pretendían rebajar); Bannister llevaba el 41. Para ayudarle a conseguir su objetivo contaría con la colaboración de Brasher y Chataway, quienes le harían de liebres. Los dos atletas londinenses llevaron la carrera a un ritmo vivo, pero Bannister parecía inquieto, deseoso aún de una mayor rapidez. A falta de 400 metros para el final el tiempo era bueno (3:00.07) pero no lo suficiente para lograr la marca deseada. Tendría que cubrir la última vuelta en menos de un minuto. Fueron 400 metros agónicos, en dura lucha contra el viento y la fatiga, que se reflejaba en su rostro crispado, la boca abierta, los ojos cerrados... En la tribuna y alrededores del viejo estadio el público animaba con entusiasmo. Cuando Bannister rompió la cinta de llegada el crono marcó… ¡3:59.4!, lo que suponía rebajar en dos segundos el anterior récord mundial (4:01.4), en poder del sueco Gunder Hägg desde 1945. La noticia llegó incluso a paralizar la actividad del parlamento inglés.
El joven estudiante de medicina había conseguido derrotar al “muro”; había logrado lo que durante medio siglo se le había resistido a los grandes especialistas del medio fondo. Por eso, algunos bautizaron aquella carrera como "la milla milagro" (miracle mile). Resulta curioso, sin embargo, que uno de los récords más famosos de la historia del atletismo fuera, a su vez, uno de los más efímeros. El 21 de junio, sólo 46 días después, el australiano John Landy le arrebataba la plusmarca, al correr la distancia en Turku (Finlandia) en 3:58.0.
Pero eso poco importaba ya. En 1953 Edmund Hillary conquistaba por primera vez la cima del Everest. Después, otros muchos alpinistas seguirían sus pasos, pero la gesta de Hillary continuará imborrable por los siglos de los siglos... Él fue el primero en conseguirlo. De igual manera, aquel 6 de mayo de 1954 Bannister conquistaba su particular Everest y –pese a lo efímero de su récord- nunca ya nadie le quitará su lugar privilegiado en el recuerdo de los aficionados al atletismo. Aquel día, en definitiva, conquistó la eternidad.




Una carrera fugaz
Roger Gilbert Bannister nació el 23 de marzo de 1929 en Harrow (Londres). Hijo de una familia adinerada, se educó en algunas de las mejores escuelas de Inglaterra. Cursó estudios de medicina en la Universidad de Oxford, estudios que compaginaba con el atletismo, deporte que practicaba desde su juventud y en el que pronto empezó a destacar. Desde sus inicios Bannister -alto (1,87 metros), flaco (70 kilos), rubio, de rostro afilado, pómulos muy marcados y exquisitos modales- se especializó en las pruebas de medio fondo. En 1950, con sólo 21 años, logró la medalla de bronce en los 800 metros de los Campeonatos de Europa de Bruselas, y dos años después participó en los Juegos Olímpicos de Helsinki, donde rozó la medalla en los 1.500 metros (finalizó 4º con un tiempo de 3:46.0). Pero no fue hasta el ya rememorado 6 de mayo de 1954 cuando alcanzó la gloria. Al récord de Bannister le siguió, un mes y medio después, el del australiano John Landy. Eran los dos mejores atletas del medio fondo mundial, y la expectación era máxima por ver un enfrentamiento entre ambos. El duelo no tardó mucho en llegar; el 7 de agosto de ese mismo año, en Vancouver, competían juntos por primera vez en su vida, con motivo de los Juegos de la Commonwealth. Bannister impuso su poderosos final para acabar ganando con un tiempo de 3:58.8, por los 3:59.6 de Landy.
Esta carrera fue un gran acontecimiento seguido ampliamente por los medios de comunicación de todo el mundo, y los británicos lo celebraron con orgullo como un gran éxito nacional. Pocas semanas después, conquistaba la medalla de oro de los 1.500 metros en los Campeonatos de Europa disputados en Berna con 3:43.8. Pero la vida deportiva de Bannister fue incomprensiblemente corta. A finales de 1954, con tan sólo 25 años de edad, decide retirarse del atletismo para centrarse en la medicina, actividad en la que llegaría a ser un prestigioso neurólogo. Una vez retirado recibió numerosos honores: fue el primero en ser elegido “deportista del año” por la revista americana Sports Illustrated (en 1954); fue el primer Presidente del Consejo Inglés de Deportes; la reina de Inglaterra le nombró Sir (caballero) en 1975 por sus hazañas deportivas... La pronta retirada, en la cúspide de su carrera, agrandó la fascinación hacia su figura. De hecho, su historia ha sido llevada en dos ocasiones a la pequeña pantalla: en una miniserie de 1988 titulada The Four Minutes Mile, protagonizada por Michael York, y en el telefilm producido en 2005 Four Minutes, con Jamie Machlachlan dando vida a Roger Bannister y Christopher Plummer como su entrenador.
Desde que Bannister rompiera la barrera de los cuatro minutos, otros trece atletas han poseído el récord de la milla: John Landy, Derek Ibbotson, Herb Elliot, Meter Snell, Michel Jazy, Jim Ryun, Filbert Bayi, John Walter, Sebastián Coe, Steve Ovett, Steve Cram, Nourredine Morcelli e Hicham El Guerrouj. De todos ellos, sólo tres han impresionado a Sir Roger: el australiano Elliot, el norteamericano Ryun y el marroquí El Guerruj. "Elliott tenía un gran margen de superioridad sobre sus contemporáneos, a diferencia de otras épocas; El Guerruj tiene ahora el récord y es extraordinariamente bueno, especialmente construido para esta prueba; Ryun corrió en 3:52 sobre las pistas antiguas y se puede asegurar que valía 3:48, una marca que en la actualidad equivaldría a 3:43 ó 3:44", explicaba en 2004, con motivo del 50 aniversario de su gesta: la milla milagro.

Benjamin Mee



Yo me compré un zoo

 
Esta es una historia única. El periodista Benjamin Mee compró un zoo con 250 animales que estaba a punto de cerrar y se fue a vivir allí con su familia. lo que pasó después es una aventura que narra en este texto en exclusiva para 'el país semanal'.

Hace ahora cinco años, mi familia compró un zoo. No teníamos pensado comprarlo, fue una cosa que surgió así como así. Después de la muerte de mi padre, mi madre, que tenía 76 años, se quedó sola en una gran casa. En vez de venderla y mudarse a otra más pequeña para vivir también sola allí, decidimos comprar una todavía más grande en la que pudiera vivir con alguno de sus cinco hijos y varios nietos. Al buzón llegaron muchas informaciones interesantes de agentes inmobiliarios. Entre ellas, una destartalada casona de 13 dormitorios en Devon, al suroeste de Inglaterra, rodeada de 12 hectáreas de bellas tierras con bosques, campos, lagos y una vistas asombrosas.
En el folleto había fotos de la casa con pavos reales en el jardín y los típicos planos de cuartos de baños, dormitorios, cocina... e imágenes de leones, tigres y osos. Era un zoo semiabandonado, a punto de cerrar, necesitado de alguien que lo rescatara. Nos reímos de tan absurda situación: ¿quién iba a comprar un zoo? Pero cuanto más pensábamos en ello, más volvíamos a la conclusión de que nos gustaría hacerlo. Si podíamos. Mi padre había querido mudarse a vivir a un apartamento pequeño, de dos habitaciones, con doble cristal, sin jardín que cuidar y cerca de una biblioteca. Mi madre, por el contrario, era un poco más aventurera. Y como quienes vivirían con las consecuencias iban a ser ella y los niños de su entorno, aceptó la idea.
En mes y medio gastamos 2.000 libras semanales para mantener a los animales con vida
Un día, mi hermano llegó gritando: "¡Se ha escapado uno de los grandes felinos!"
Dirigir un zoo permite ver el desastre que representamos para otras especies
Nos pusimos a estudiarlo y averiguamos que si se contrata a expertos cualificados para que cuiden de los animales y se pasa periódicamente la inspección para mantener en vigor la licencia, cualquiera puede tener un zoo. De modo que nos lanzamos. Solo el proceso de compra supuso mucho más tiempo y fue mucho más difícil de lo que pensábamos, porque, como estaba a punto de cerrar, necesitábamos alimentar a los animales o habría que sacrificarlos antes de que nos diera tiempo a hacernos cargo. Nuestra familia no es rica. La casa de mi madre tenía cinco dormitorios y un jardín de menos de una hectárea, pero estaba cerca de Londres, así que valía casi el mismo precio que pedían por el zoo, un millón de libras (1.150.000 euros). Sin embargo, era la única cosa que teníamos, y necesitábamos venderla antes, y luego firmar una hipoteca de 500.000 libras para hacer obras y volver a abrirlo al público.
Batallamos durante seis meses. Durante mes y medio cargamos 2.000 libras semanales a nuestras tarjetas de crédito para mantener a los animales con vida. Casi todos nuestros conocidos pensaban que nos habíamos vuelto locos y nos decían que no debíamos hacerlo. Algunos amigos incluso vinieron a vernos, preocupados por nuestra salud mental. A pesar de todo, en octubre de 2006 nos convertimos en los orgullosos propietarios de Dartmoor Zoological Park y nos propusimos reabrirlo a tiempo de aprovechar la temporada de verano del año siguiente. Si fracasábamos, perderíamos todo y habría que sacrificar a muchos de los animales. Por consiguiente, no teníamos más que una opción: triunfar.
Empezamos a conocer el lugar y a los 250 animales que vivían en él: nutrias, flamencos, serpientes, monos, el tapir brasileño llamado Ronnie; intentamos aprender lo que necesitaban y lo que necesitábamos nosotros para obtener una licencia que nos permitiera reabrir al público. Mi experiencia de escritor y periodista resultó útil. Estaba acostumbrado a entrevistar a expertos, pasar sus consejos por un tamiz y seleccionar lo esencial de sus opiniones. Ahora tenía que hacerlo en tres dimensiones, con legisladores, constructores y profesionales de la zoología. Pero si a eso se añadían las preocupaciones por el dinero, los problemas meteorológicos, las normas cambiantes, las viejas instalaciones eléctricas que era preciso modernizar y el riesgo constante de que se escapara algún animal, se trataba de una actividad mucho más difícil que la de escribir un artículo en una acogedora oficina.
Me había costado un poco convencer a mi esposa, Katherine, de que debíamos emprender esta aventura. Tres años antes había trasladado a toda la familia al sur de Francia para escribir un libro sobre inteligencia animal. Los niños estaban creciendo bronceados y bilingües, y ella se había hecho ya a la idea. Ahora, de pronto, quería comprar un zoo en Inglaterra. La convencí de que su talento como directora de arte de revistas podía venirnos muy bien. Estaba acostumbrada a manejar grandes presupuestos en reportajes de moda -siempre gastaba menos de lo previsto, incluso en lujosas sesiones de fotos en Miami-, y en el zoo íbamos a necesitar mucha imagen corporativa. Señales, uniformes, logotipos, la decoración del restaurante... Pero lo que más necesitaba de ella era su sensatez. En nuestra relación, su tarea consistía en rebatir mis ideas más alocadas. Si decía que sí esta vez, tendría muchas oportunidades de tenerme controlado después. Con su papel en el organigrama claro, emprendió la labor de reorganizar la oficina y diseñar nuestro logotipo. Nuestros hijos, Milo y Ella, que tenían cinco y tres años en aquel momento, no podían creérselo. "¡Shhh!", les había dicho muchas veces en Francia, cuando estaba al teléfono y venían a interrumpirme. "Papá está intentando comprar un zoo". Y era verdad. Allí estábamos. Se paseaban con los ojos muy abiertos. Aunque al principio el zoo daba algo de miedo con su vegetación desbordada y su pésimo estado, se enamoraron de inmediato de las nutrias, que chillaban como juguetes de goma.
El cuarto día sucedió la catástrofe (la primera de muchas). Estaba sentado en la cocina hablando de estrategia con el cuidador jefe cuando mi hermano Duncan entró gritando: "Uno de los grandes felinos se ha escapado. ¡No es un simulacro!". Y volvió a salir corriendo. Me pareció extraño, porque Duncan nunca se excita ni habla en ese tono. El cuidador desapareció. Había ido a buscar el fusil. Todas las voces que me dijeron que estaba loco volvieron de pronto a mi cabeza. Me levanté despacio y salí en medio de un estruendo de gritos y rugidos. Estaba seguro de que habían devorado a alguien vivo en el recinto de los leones. O que un tigre aparecería a la vuelta de la esquina en busca de algo con lo que jugar y ese algo iba a ser yo. Al final resultó que un cuidador joven y novato había metido la pata mientras limpiaba al jaguar, Solomon, y este se había escapado sin matarle primero (milagrosamente). Sin embargo, Solomon, en vez de irse a correr por el parque nacional de Dartmoor, donde sin duda hoy estaría aún en libertad, o acercarse al pueblo, donde podría haberse comido a varios parroquianos del pub, decidió saltar un muro para entrar en el recinto de los tigres. Quería pelearse con ellos desde hacía ocho años, y esa era su oportunidad. Tuvimos mucha suerte. De todos los sitios a los que podía haber ido, escogió un recinto con un foso y una valla electrificada de cinco metros de altura. La historia detallada de cómo lo atrapamos aparece en mi libro Nos compramos un zoo (Planeta), que llega a España el próximo 9 de noviembre.
Pero ese no fue más que el comienzo de nuestros problemas. En Navidades recibimos la peor noticia posible. Cuando vivíamos en Francia, dos años y medio antes, mi mujer tuvo un tumor en el cerebro, y ahora reapareció. Estaba extendido por la cabeza y no podíamos hacer nada. Falleció en marzo del año siguiente. Cuarenta años y dos hijos de seis y cuatro años: una catástrofe para la que uno no puede prepararse. Sin embargo, mientras permanecía en casa con los niños, tratando de asumir su desaparición, miraba por la ventana y veía que la vida seguía adelante. Los cuidadores iban todos los días a dar de comer y limpiar a los animales. En ese periodo murieron algunos de ellos y nacieron otros. Fuera de casa, en el zoológico, el ciclo de la vida continuaba, y nos ayudó a poner en perspectiva que no éramos más que una familia de mamíferos más de las muchas que habían sufrido, un pequeño elemento en el gran orden de cosas. Y el zoo nos necesitaba. Requería que trabajásemos para sacar todo adelante. Teníamos que abrir en julio o todo habría sido en vano. Con tanta gente involucrada -todos los nuevos empleados que se trasladaron a la región para trabajar en el zoo- y un objetivo tan positivo como el de mantener a los animales con vida, parecía claro lo que debíamos hacer. Nos dedicamos a arreglar los recintos y los senderos y a renovar el restaurante para los visitantes, todo ello bajo una lluvia torrencial, nada propia de la estación, que lo complicó todo. Logramos pasar la inspección y abrir al público. Durante dos días brilló el sol. Parecía que lo habíamos conseguido. Por supuesto, acababa de empezar el trabajo de verdad.
Por desgracia, 2007 fue el primer año en el que empezaron a sentirse en Reino Unido los auténticos efectos del calentamiento global. En Inglaterra tenemos una primavera y un otoño más cálidos que en España, inviernos mucho más fríos y veranos muchísimo más húmedos. El de 2007 fue el julio más lluvioso de los últimos 100 años, y agosto de 2008, uno de los que más, lo cual constituye un problema cuando el 65% de los visitantes anuales acuden en esos dos meses. Después, como es natural, llegó la recesión. Y ahí estamos, en primera línea de fuego. Los bancos aprietan las tuercas, los visitantes aprietan la cartera y nosotros apretamos los esfínteres. Visto desde ahora, quizá no era el mejor momento para comprar una atracción que depende del turismo estacional y tiene gastos administrativos y de mantenimiento sin fin.
Dirigir un zoo ofrece un punto de vista privilegiado desde el que observar el desastre ecológico que representa la humanidad para otras especies. El agotamiento del hábitat se transmite directamente al volumen de cuidados urgentes que necesitan varias de esas especies y, a veces, incluso categorías completas de animales. Por ejemplo, en la actualidad, las ranas están pasando un mal momento en todo el mundo, y estamos a punto de entrar a formar parte de un programa internacional de cría de ranas venenosas de dardo procedentes de Sudamérica.
No todas las noticias inesperadas son malas. Poco después de llegar, cuando todavía escribía una columna para The Guardian, sonó el teléfono. Me estaba retrasando con mi original. "¿Qué estás haciendo?", preguntó la redactora que debía editarme, al oírme como si estuviera sin aliento. Hice una pausa. No sabía si confesar la verdad. En el periódico no había comentado nada sobre el zoo que habíamos comprado. Sospechaba que pensarían que algo así me retrasaría en mis entregas (habrían tenido razón). En aquel momento decidí contarlo. "Estoy en un árbol colocando cabezas de buey para los leones". Se oyó un largo silencio al otro lado de la línea. Seguramente era la excusa más original por un retraso en la entrega que había oído nunca.
Poco después se publicó un extenso artículo en la revista semanal de The Guardian con grandes fotografías. Lo vio un agente literario que llevaba toda su vida profesional buscando a alguien como yo, un escritor que trabajara en estrecho contacto con animales. Me animó a escribir un libro, y lo hice. Sugirió que le diera el título provisional de Nos compramos un zoo. Desde entonces se ha vendido en 20 países y se ha traducido a 16 lenguas. Pero no acaba ahí lo bueno.
Un día, mientras limpiaba bajo la lluvia un desagüe al fondo del camino de entrada, recibí una llamada telefónica. Me advirtieron de que no me emocionase mucho, pero 20th Century Fox, en Hollywood, había comprado los derechos del libro y quería hacer una película sobre nuestra historia. Es frecuente que esos proyectos se queden sin hacer. Pero durante los dos años siguientes recibí más llamadas, cada pocos meses, contándome cómo iban avanzando las cosas. Un día me confirmaron que Matt Damon, ¡nada menos!, había aceptado encarnarme en la pantalla. El rodaje comenzó en enero de este año, y en abril fui de visita con mis hijos. Vimos algo que nos resultó muy extraño: un zoo muy parecido al nuestro, pero construido en las colinas del sur de California. Estaban los tigres, estaba Scarlett Johansson y estaba Matt Damon, vestido de cuidador, con una placa que decía "Benjamin". Pero lo niños pasaron de todo eso, porque estaba Krystal, la mona de Noche en el museo 2. Pasamos dos días en el lugar de rodaje y almorzamos con Krystal en la cantina, donde ella comió fruta con muy buenas maneras. Todos fueron de lo más amable con nosotros, y Matt Damon posó con la camiseta del personal del Dartmoor Zoo para una foto que colgamos en nuestra página web. La suerte estaba empezando a cambiar para nuestro zoo. Es una historia imposible de inventar.
Milo y Ella tienen hoy 10 y ocho años, respectivamente, y pasan todos sus fines de semana y sus vacaciones ayudando en el departamento educativo del zoo. Dan charlas, limpian a los animales y ayudan a preparar su comida. Milo quiere ser director de zoo, escritor, y también artista y actor. Ella, tal vez como su madre, no está tan segura de querer trabajar en zoos desde que se escapó Solomon, y tiene el sentido común suficiente para darse cuenta de que es un trabajo muy duro, "con gente que te cuenta sus problemas todo el tiempo". Pero le encanta estar allí y, por suerte, no se ha cansado de visitar otros zoos para recoger o entregar animales. Por ejemplo, este año, sus vacaciones de verano consistieron en un viaje a Alemania para observar a los macacos japoneses que vamos a adquirir el año que viene. Y los dos están de acuerdo en que lo mejor de todo, después de un largo día de trabajar con los animales, es el helado gratis.
Ahora me piden con frecuencia que hable en público. Sobre todo en colegios. Siempre digo a los niños que si tienes todo bien pensado y estás seguro de que puedes, eres capaz de hacer lo que te propongas en la vida. Aunque los demás te digan que es imposible.
Sal y haz lo que quieras. Menos comprar un zoo.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

 http://elpais.com/diario/2011/11/06/eps/1320564418_850215.html

Oscar Wilde

jueves, 22 de agosto de 2013

Kailashgiri Brahmachari.

Pilgrim carries mother on 17-year trek

By Habib Beary
BBC correspondent in Bangalore

Kailashgiri Brahmachari and mother Kethakdevi
Kailashgiri says he aches but is determined to finish the pilgrimage
Village womenfolk consider him a saint as he trudges along the national highway leading towards India's technology hub, Bangalore, in the southern state of Karnataka. Some of them prostrate themselves before the saffron-clad 32-year-old, Kailashgiri Brahmachari.
Swami, as he is described, is on an epic mission - he is carrying his aged, blind mother, Kethakdevi, on his shoulders on an all-India pilgrimage.
He has already covered more than 6,000km (3,750 miles), beginning the journey in his native village of Piparia, near Jabalpur in the northern state of Madhya Pradesh eight years ago.
If all goes well, Kailashgiri's grand plan is to end his spiritual quest at the next Kumbh Mela Hindu festival in the holy city of Varanasi in 2013.
"It is the will of God," says Kailashgiri on his decision to carry his mother on the holy expedition.

Indian mythology
Ash stuck on his forehead, the bearded pilgrim dresses like a swami, or a Hindu holy man.
The loving son carries two baskets on his shoulders, balanced by a wooden bar.

He is a nice son but I am getting tired. I sometimes feel like ending the journey and getting back home
Kethakdevi, mother

In one, his mother, in the other his meagre belongings.
"It does ache, but I am determined to complete the yatra [pilgrimage] even it takes another 12 years," says Kailashgiri.
Villagers liken him to the Hindu mythological figure, Shravana Kumar, who is said to have carried his aged, blind parents on pilgrimages.
"In this modern age, this is very rare. It shows how much he cares for his mother," says Gowaramma, a grandmother from Buvanahalli, a village 25km from Bangalore.
"He is truly a swami," says another woman, seeking Kailashgiri's blessing.
"My message is simple," Kailashgiri says. "Take care of your parents. If you don't, your children will also neglect you."
Lifelong wish
People offer money and food along the route but Kailashgiri says his mother prefers food cooked by him.

Kailashgiri Brahmachari and mother Kethakdevi
The couple attract blessings from villagers
Her favourite food is roti with cereal.
"He is a nice son but I am getting tired. I sometimes feel like ending the journey and getting back home," says his mother, wrapped in a white sari.
In her 60s, Kethakdevi, who was born blind, is dependent on her only surviving son. She lost her elder son and daughter over a decade ago.
Kailashgiri undertook the trip to fulfil his mother's lifelong wish to offer prayers at important holy places in the country.
The holy trek has covered the northern city of Ayodhya, the birthplace of Lord Rama and Kashi, one of the holiest Hindu sites.
It has taken son and mother to Madhya Pradesh, Uttar Pradesh, Maharashtra, Andhra Pradesh and Karnataka.
"I am very happy. I have visited so many temples," says Kethakdevi.
Her remaining wish?
"I want to touch the abode of God," she says.
Devotee
Kailashgiri is philosophical about the health risks of such an epic journey.

Kailashgiri Brahmachari and mother Kethakdevi
The pair rest at temples on the way
"It does not bother me. Even if I die it does not matter. What is important is the spirit of our yatra."
He walks three or four kilometres every day but on occasions logs more than 20.
"It all depends on how my mother and I feel. Sometimes, we are so exhausted, we take a rest for a couple of days before resuming our journey," says Kailashgiri.
The pair rest at temples and schools on the way.
Dagaji Shivaji Shellar, a truck driver who met Kailashgiri on the highway has become a devotee.
"I will be spending some time to serve the guru," says Shellar, who helps with daily chores.
Kailashgiri says he and his mother have been treated well. "Only near Ananthpur [in Andhra Pradesh], my money and a bag were stolen."
His Spartan possessions include a stove and pots, a couple of rugs, some clothes, a gold-plate wristwatch and a mobile phone.
Is this to keep in touch with relatives?
"The entire Sansar [world] is my family," he says.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Hikikomori: Why are so many Japanese men refusing to leave their rooms?


A messy hikikomori room
As many as a million young people in Japan are thought to remain holed up in their homes - sometimes for decades at a time. Why?
For Hide, the problems started when he gave up school.
"I started to blame myself and my parents also blamed me for not going to school. The pressure started to build up," he says.
"Then, gradually, I became afraid to go out and fearful of meeting people. And then I couldn't get out of my house."
Gradually, Hide relinquished all communication with friends and eventually, his parents. To avoid seeing them he slept through the day and sat up all night, watching TV.
"I had all kinds of negative emotions inside me," he says. "The desire to go outside, anger towards society and my parents, sadness about having this condition, fear about what would happen in the future, and jealousy towards the people who were leading normal lives."
Hide had become "withdrawn" or hikikomori.
In Japan, hikikomori, a term that's also used to describe the young people who withdraw, is a word that everyone knows.

Find out more

Tamaki Saito was a newly qualified psychiatrist when, in the early 1990s, he was struck by the number of parents who sought his help with children who had quit school and hidden themselves away for months and sometimes years at a time. These young people were often from middle-class families, they were almost always male, and the average age for their withdrawal was 15.
It might sound like straightforward teenage laziness. Why not stay in your room while your parents wait on you? But Saito says sufferers are paralysed by profound social fears.
"They are tormented in the mind," he says. "They want to go out in the world, they want to make friends or lovers, but they can't."
Symptoms vary between patients. For some, violent outbursts alternate with infantile behaviour such as pawing at the mother's body. Other patients might be obsessive, paranoid and depressed.

Otaku v hikikomori

A man looking at some adult manga comics
  • An overlapping group of people with the hikikomori, otaku are "geeks" or "nerds"
  • They are known for their obsessions, especially manga cartoons and anime
  • "Otaku" is the formal word for "you" in Japanese - it's thought that the term came about from the tendency of socially awkward manga fans to use over-formal language
  • In press coverage, both otaku and hikikomori have been linked with serious sex crimes
When Saito began his research, social withdrawal was not unknown, but it was treated by doctors as a symptom of other underlying problems rather than a pattern of behaviour requiring special treatment.
Since he drew attention to the phenomenon, it is thought the numbers of hikikomori have increased. A conservative estimate of the number of people now affected is 200,000, but a 2010 survey for the Japanese Cabinet Office came back with a much higher figure - 700,000. Since sufferers are by definition hidden away, Saito himself places the figure higher still, at around one million.
The average age of hikikomori also seems to have risen over the last two decades. Before it was 21 - now it is 32.
So why do they withdraw?
The trigger for a boy retreating to his bedroom might be comparatively slight - poor grades or a broken heart, for example - but the withdrawal itself can become a source of trauma. And powerful social forces can conspire to keep him there.
One such force is sekentei, a person's reputation in the community and the pressure he or she feels to impress others. The longer hikikomori remain apart from society, the more aware they become of their social failure. They lose whatever self-esteem and confidence they had and the prospect of leaving home becomes ever more terrifying.
Parents are also conscious of their social standing and frequently wait for months before seeking professional help.
A comic strip from Welcome to NHK!Welcome to NHK! was a novel, comic book and cartoon that focused on the life of a hikikomori
A second social factor is the amae - dependence - that characterises Japanese family relationships. Young women traditionally live with their parents until marriage - men may never move out of the family home. Even though about half of hikikomori are violent towards their parents, for most families it would be unthinkable to throw them out.
But in exchange for decades of support for their children, parents expect them to show respect and fulfil their role in society of getting a job.
Matsu became hikikomori after he fell out with his parents about his career and university course.

What about the girls?

An unhappy Asian girl
  • Hikikomori are seen as predominantly male - Tamaki Saito says males occupy 70%- 80% of the group
  • However, an internet survey by NHK found just 53% to be male
  • Andy Furlong at the University of Glasgow speculates that female withdrawal into the home seems so natural to Japanese society that women hikikomori may remain unreported
"I was very well mentally, but my parents pushed me the way I didn't want to go," he says. "My father is an artist and he runs his own business - he wanted me to do the same." But Matsu wanted to become a computer programmer in a large firm - one of corporate Japan's army of "salarymen".
"But my father said: 'In the future there won't be a society like that.' He said: 'Don't become a salaryman.'"
Like many hikikomori, Matsu was the eldest son and felt the full weight of parental expectation. He grew furious when he saw his younger brother doing what he wanted. "I became violent and had to live separately from my family," he says.
One way to interpret Matsu's story is see him as being at the faultline of a cultural shift in Japan.
"Traditionally, Japanese psychology was thought to be group-oriented - Japanese people do not want to stand out in a group," says Yuriko Suzuki, a psychologist at the National Institute for Mental Health in Tokyo. "But I think especially for the younger generation, they want more individualised or personalised care and attention. I think we are in a mixed state."
But even hikikomori who desperately want to fulfil their parents' plans for them may find themselves frustrated.
Andy Furlong, an academic at the University of Glasgow specialising in the transition from education to work, connects the growth of the hikikomori phenomenon with the popping of the 1980s "bubble economy" and the onset of Japan's recession of the 1990s.
It was at this point that the conveyor belt of good school grades leading to good university places leading to jobs-for-life broke down. A generation of Japanese were faced with the insecurity of short-term, part-time work.
And it came with stigma, not sympathy.
Job-hopping Japanese were called "freeters" - a combination of the word "freelance" and the German word for "worker", arbeiter. In political discussion, freeters were frequently bundled together with "neets" - an adopted British acronym meaning "not in education, employment or training". Neets, freeters, hikikomori - these were ways of describing the good-for-nothing younger generation, parasites on the flagging Japanese economy. The older generation, who graduated and slotted into steady careers in the 1960s and 1970s, could not relate to them.
Japanese men celebrating with fists in the airUniversity graduates at a job-hunting fair in February... but freeters, neets and hikikomori find themselves on the periphery of Japan's labour market
"The opportunities have changed fundamentally," says Furlong. "I don't think the families always know how to handle that."
A common reaction is for parents to treat their recalcitrant son with anger, to lecture them and make them feel guilty for bringing shame on the family. The risk here is that - as with Hide - communication with parents may break down altogether. But some parents have been driven to extreme measures.
For a time one company operating in Nagoya could be hired by parents to burst into their children's rooms, give them a big dressing down, and forcibly drag them away to a dormitory to learn the error of their ways.
Kazuhiko Saito, the director of the psychiatry department at Kohnodai Hospital in Chiba, says that sudden interventions - even by healthcare professionals - can prove disastrous.
"In many cases, the patient becomes violent towards the staff or the parents in front of the counsellors, or after the counsellors have left," he says.
Kazuhiko Saito is in favour of healthcare professionals visiting hikikomori, but he says they must be fully briefed on the patient, who must know in advance that they are coming.

Hikikomori - just a Japanese thing?

A man and his son arguing
  • Hikikomori has entered the Oxford English Dictionary as "In Japan: abnormal avoidance of social contact"
  • But Saito Tamaki believes it is also a problem in Korea and Italy
  • After a 2002 BBC documentary, Saito received a flurry of emails from British parents who said their children were in a similar condition
  • Andy Furlong points out that young people in Western societies frequently "take time out" in gap years or have "false starts" on careers or courses without attracting stigma
  • He adds that the preconditions for a hikikomori-like problem are falling into place in Europe, with 50% youth unemployment in some countries, forcing young people to continue living at home
In any case, the do-nothing approach has been shown not to work. Tamaki Saito likens the hikikomori state to alcoholism, in that it is impossible to give up without a support network.
His approach is to begin with "reorganising" the relationship between the patient and his parents, arming desperate mothers and fathers with strategies to restart communication with their children. When the patient is well enough to come to the clinic in person he can be treated with drugs and therapy. Group therapy is a relatively new concept to Japanese psychology, but self-help groups have become a key way of drawing hikikomori into wider society.
For both Hide and Matsu, the journey to recovery was helped by visiting a charity-run youth club in Tokyo known as an ibasho - a safe place for visitors to start reintroducing themselves to society.
Both men have made progress in their relationships with their parents. Matsu has been for a job interview as a computer programmer, and Hide has a part-time job. He thinks that by starting to talk again with his parents, the whole family has been able to move on.
"They thought about their way of life in the past and in the future," he says. "I think that before - even though they were out working - their mental attitude was just like a hikikomori, but now they're more open and honest with themselves. So as their child I'm very happy to see them change."
Many parents of hikikomori visit the ibasho even though their children may never be well enough to come with them.
Yoshiko's son withdrew from society very gradually when he was 22.
At first he would go out to buy shopping, but she observes ruefully that internet shopping means this is no longer necessary and he no longer leaves the house. He is now 50 years old.
"I think my son is losing the power or desire to do what he wants to do," she says. "Maybe he used to have something he wanted to do but I think I ruined it."
You can listen to The 

domingo, 18 de agosto de 2013

Karl Marx

En la madrugada del 18 de agosto de 1936, Federico García Lorca fue fusilado junto a un olivo en la carretera que une las localidades de Víznar y Alfacar. Se trataba del final de una historia llena de rivalidades políticas en la ciudad en la que habitaba "la peor burguesía de España", como dijo el poeta.
“El mundo está detenido ante el hambre que asola a los pueblos. Mientras haya desequilibrio económico, el mundo no piensa. Yo lo tengo visto. Van dos hombres por la orilla de un río. Uno es rico, otro es pobre. Uno lleva la barriga llena, y el otro pone sucio el aire con sus bostezos. Y el rico dice: ‘¡Oh, qué barca más linda se ve por el agua! Mire, mire usted el lirio que florece en la orilla’. Y el pobre reza: ‘Tengo hambre, no veo nada. Tengo hambre, mucha hambre’. Natural. El día que el hambre desaparezca, va a producirse en el mundo la explosión espiritual más grande que jamás conoció la humanidad. Nunca jamás se podrán figurar los hombres la alegría que estallará el día de la gran revolución. ¿Verdad que te estoy hablando en socialista puro?” [Entrevista en La Voz, Madrid, 7 de abril de 1936]

El cielo es de ceniza - Federico Garcia Lorca.

El cielo es de ceniza.
Los árboles son blancos,
Y son negros carbones
Los rastrojos quemados.
Tiene sangre reseca
La herida del ocaso,
Y el papel incoloro
Del monte está arrugado.
El polvo del camino
Se esconde en los barrancos,
Están las fuentes turbias
Y quietos los remansos.
Suena en un gris rojizo
La esquila del rebaño,
Y la noria materna
Acabó su rosario.

El cielo es de ceniza,
Los árboles son blancos.

jueves, 15 de agosto de 2013

Helga Weissová

La superviviente que dibujó el horror nazi

Helga Weissová sobrevivió a tres campos de concentración. También sus dibujos. Con 12 años documentó su paso por Terezín, Auschwitz, Mauthausen… Hoy nos lo cuenta en su casa


Ilustración de Holga Weissová

Lo peor de todo era el transporte… El tiempo que pasaba entre la llegada de uno u otro tren podía soportarse con cierta decencia en Terezín antes de que el gueto quedara superpoblado a medida que se iba aplicando la solución final. Pero cuando llegaba el transporte caía de golpe la angustia. Aquellos trenes terminaban con la tregua de cada espera fundamentada, con una más que razonable terquedad, en la necesaria evasión de la supervivencia.
Cuando crujían las ruedas sobre los raíles y se perdían en mitad de la niebla matinal de Bohemia, rumbo a Auschwitz, a Treblinka o Mauthausen, las familias quedaban rotas, las vidas cobraban el valor de una sentencia de muerte, a todos les invadía una sensación de despedida definitiva y el tiempo, la vida, se diluía sin remisión en un inquietante chasquido metálico y un crujir de maderas de vagón llenas de futuros cadáveres. Quienes entraban en aquellos vehículos dejaban atrás un paréntesis de espejismos dedicado por parte de los nazis a dar buena imagen ante las inspecciones de la Cruz Roja Internacional. El gueto de Terezín, a unos 50 kilómetros de Praga, ofrecía escenas cotidianas de supervivencia poco traumática para los estándares del Holocausto.
A pesar de que allí, de los 144.000 judíos que pasaron por sus contornos, perecieron 35.000 –“sin cámaras de gas ni asesinatos en masa, solo por razones de enfermedad, insalubridad y hacinamiento”, según relata Vojtech Blodig, vicedirector del Terezin Memorial–, los chavales jugaban con normalidad en aquel pueblo fortificado entre 1780 y 1790 por los efectivos del Imperio Austrohúngaro para defenderse de las probables invasiones. “Para un niño era un sueño, no había escuela, ni deberes, pasabas hambre, cierto, pero no como en otros campos, nos daban carne una vez por semana”, cuenta hoy el escritor, también superviviente en Terezín, Ivan Klima, autor de El espíritu de Praga (El Acantilado). “Ahora sí, sabías que al entrar en aquellos trenes no volverías jamás”.
Entre las anchas avenidas, los restos de talleres y los patios conservados hoy, resulta fácil imaginar a los viejos fumando para combatir el frío del destino. También a las mujeres con sus labores y a los artistas mientras entretenían con conciertos y obras de teatro aquella espera contemplada con sorna por los oficiales alemanes, plenamente conscientes del final que tenían reservado para todos aquellos judíos a algunos kilómetros al norte.


Los camastros en campos de concentración como Auschwitz acogían a varios presos por literia.
Terezín ha pasado a la historia por ser el campo de los artistas. Su museo muestra el paso de varias leyendas checas y eslovacas por sus barracones. No solo en la Segunda Guerra, también allí fue recluido Gavrilo Princip, autor del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo, un acto que provocó, por ejemplo, la guerra de 1914.
En los habitáculos del gueto, un tanto alejado del campo para prisioneros comunes en cuya entrada luce hoy una enorme estrella de David junto a varias tumbas, quedan reproducidos los espacios acotados y también los escenarios improvisados para las representaciones. Allí fue a parar la joven Helga Weissová, que hoy, en la misma casa de Praga de donde salió rumbo al incierto impasse de Terezín, recuerda las vivencias y las imágenes plasmadas en cuadros y dibujos que fueron perfilando su vocación de artista hasta el presente.
Helga fue una niña feliz antes de la ocupación, según relata en su Diario, publicado por la editorial Sexto Piso. Vivía su preadolescencia de lógicas preocupaciones arropada en una familia sin agobios con padre empleado en un banco estatal y madre modista. Hoy nos invita a escuchar su historia sentados en el salón de su casa. Destila un humor envidiable y sus dotes de negociante para vendernos el libro con sus dibujos reproducidos. Los originales no los quiere mostrar… “Necesitan su oscuridad. Los tengo escondidos”, se excusa.
“Nos dejaron llevar 50 kilos de equipaje”, cuenta la superviviente. Allí debía entrar todo: “ropa de abrigo para el invierno, comida, hornillos, velas y, en mi caso, unas acuarelas o crayones con los que pintar y dos muñecas”. Más o menos, así son los objetos que muestran sus dibujos. En ellos, las mantas desbordan las ventanas, los calcetines cuelgan de unos finísimos hilos en el interior, los atriles se hacen hueco entre cada bulto, los camastros parecen despedir un hedor aterrado ante el sueño imposible de conciliar, el gesto sonriente de los niños se va tornando en gélido desamparo y los colores templados dan paso sucesivamente al dramatismo de las sombras.


Weissová tenía 12 años cuando comenzó su recorrido por el horror.
Son trazos proverbiales, de gran valor documental. Cuando Helga llegó a Terezín con su familia, no había plazo ni fecha de regreso. La vida cambió radicalmente. Lo que para el pequeño Klima, hoy escritor reconocido en todo el mundo, suponía cierta liberación, para la joven pintora resultaba preocupante. “Los niños por encima de 13 años debían trabajar en el campo, plantar patatas, verduras. Prohibieron la educación, no había clases, si querías aprender algo, dependías de que algún adulto te explicara matemáticas, geografía, inglés…”.
La falta de disciplina escolar para los niños contrastaba con la promoción de actividades culturales. Para los nazis, lo último rentaba más en términos de propaganda. Se mostraban obsesionados en el cinismo de querer esconder sus verdaderas intenciones y de paso aparentar que tampoco era para tanto… De allí han salido novelas, obras de teatro, composiciones musicales como la ópera Brundibar, de Hans Krása, quien, aunque la concibió antes de entrar en el gueto, la reconstruyó en Terezín para ser representada allí con los niños del campo. “Fue muy importante, porque participar en aquellas iniciativas conservaba en nosotros la conciencia de que éramos seres humanos”.
Terezín fue un lugar en el que tanto ella como sus compañeros de penurias comprendieron en una dimensión única el significado de la amistad. “Quienes hemos sobrevivido de allí, permanecimos siempre en contacto”. Ahora todo es más fácil con Internet. Pero esa necesidad de apego permanente comenzó muy pronto entre ellos. Empezaron con cartas, ansiosamente, después de haber sufrido restricciones en el envío o descubrir más tarde métodos truculentos. “En muchos casos, los soldados obligaban a los prisioneros a poner fechas posteriores en sus misivas, de forma que cuando las recibían sus familiares ya estaban muertos”.
El día en que llegó su temido transporte le dieron 24 horas para recoger sus cosas. Salió de allí con su madre. Su padre partió en otro tren. Con los hombres…
En octubre de 1944 llegaron a Auschwitz. “Habíamos viajado en vagones de ganado apilados durante 48 horas. No nos dejaron sacar nuestras pertenencias del tren. Nos alinearon y pese a tener 15 años tuve la suerte de que me apartaran para trabajar, junto a quienes tenían más de 16. Los más pequeños iban a la cámara de gas, así que me salvé. Fui uno de los 100 que pudieron seguir con vida entre los 15.000 niños que gasearon”, recuerda Weissová imponiendo su conciencia superviviente.
“No digáis que estáis enfermos. Insistid en que no para que os pongan a trabajar”, les aconsejaban quienes llevaban algún tiempo en sus barracones. Así es como la posteridad debe entender ese macabro eslogan que los nazis pintaban a la entrada de cada campo y que también puede leerse hoy tanto en Terezín como en Auschwitz: “Arbeit macht frei” (El trabajo os hará libres).


Helga Weissová pintó las escenas de Terezín en color mientras que las de Auschwitz y Mauthausen se reflejan en blanco, negro y sepia.
Su madre, que entonces había cumplido 38 años, también valía para trabajar. Y para aterrorizarse, porque cada vez que las enviaban a las duchas creían que no volverían a salir… Cuando el agua cesaba dentro, continuaba fuera porque las echaban al barro para rematarlas de una pulmonía cuando caían chuzos de punta.
De Auschwitz salieron para Mauthausen, allí necesitaban refuerzos para trabajar en una fábrica de piezas para la aviación. Pero las condiciones en el nuevo campo eran terribles. Ya ni comían, fueron dejándolas a merced del hambre y del frío. “Tan solo unos españoles nos acogieron y nos ayudaron a sobrevivir esos días. Con solo acotarles un espacio donde dormir en el suelo, fueron tirando. Se habían rendido. Únicamente cabía dejarse morir. Helga guarda el nombre y la dirección de uno de ellos: Manuel Caballero Domínguez, de Barcelona. “Me gustaría saber qué fue de él”.
¿Y los cuadros? ¿Cómo sobrevivieron? “Se los dejé a un tío mío que antes de salir los ocultó en la pared del campo tras unas piedras. Cuando todo acabó, volvimos y allí estaban. Un milagro”. ¿Y ahora no me los va a dejar ver? “No”, responde recelosa esta mujer heroica, testigo en lápiz y acuarela del apocalipsis. “Aunque está usted encima de ellos…”, asegura mirando al asiento que hace las veces de baúl. Un baúl donde Helga Weissová oculta los turbios tesoros del horror que entonces vivió.
 http://elpais.com/elpais/2013/08/12/eps/1376325639_007346.html

martes, 6 de agosto de 2013

Terese Alstin & Anna Haupt

Terese Alstin & Anna Haupt

- Industrial Designers / Inventors -

"Delusions of grandeur are exactly what it takes."

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Terese Alstin and Anna Haupt were both born in Sweden. They met whilst attending the University of Lund where they studied Industrial Design. In 2005, they decided to work on their master thesis together; a decision that completely changed the course of their life.

At that time, a new law was just introduced in Sweden that made it obligatory for children up to the age of 15 to wear bicycle helmets. Quickly, all over the country debates arose on whether or not this law should be applied to adults too. Everybody was concerned about the thought of being forced to wear bicycle helmets, but unlike the rest, Terese and Anna decided to do something about it. The two graduates set out to collaborate on their master thesis and find a better and new solution that would encourage people to wear their helmets. The two entrepreneurs were sure of one thing: “It wasn’t the bicyclists who needed to change, it was the product”. Undergoing surveys and asking people on the streets, it was clear that what most desired was something innovative and cool, something that you could fold up or that would not mess up your hair. Terese’s and Anna’s moment of eureka finally came when an interviewee mentioned one word: “invisible”. Struck and inspired by the power that this word conveyed, the two students decided to achieve the unimaginable and build an invisible helmet. When sharing their idea with others, Terese and Anna were mostly discouraged and told it was impossible. This did not hold them back – quite the opposite; it fuelled their drive and made them dream even bigger. Seven years of research and hard work later, what had started out as an exam project became “Hövding”: the invisible helmet. The two designers had invented the first cyclist-airbag and proving everyone wrong, accomplished the impossible. Not only does Terese’s and Anna’s invention work, it looks good too. In recent years, their invisible helmet has gained international acclaim and won numerous international awards.

Today, Terese and Anna continue to lead their company Hövding. They now have 16 employees, each with unique skills and backgrounds. Their invisible helmet is being distributed all across the globe and represents the power their perseverance and hard work.
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Fb 

Why did you agree to become a part of amazers.org?

amazers.org is a great initiative, to collect people that are doing things that hopefully can inspire others to make their dreams into reality. Seeing other people reach their goals, is one of the best ways to realize that you can do it too. We did what people said to us was impossible. It wasn't. So, what else out there is not impossible? You tell me.

What was the hardest thing to do during your seven years of research? Any tips for those for people with similar ambitions?

We had a lot of employees during our development time, from electrical engineers to airbag specialists and mathematicians, obviously they needed to get paid and this was very costly. So for us, finding good investors, the right investors, was the hardest part; it took us a lot of time and effort. A tip would be to work for yourself or with a small team, it is much better to dot hat from the star and not include investors in the early stage. This because the hard thing with investors is that they have a time line and they are quite stressed getting the product out in the market. It could be really time consuming to just keep them happy and in a good mood so that they support you. Do not use venture capital if you do not need to. Just believe in yourself because the capacity in every human is really really big.

Were there time where things were difficult and you were afraid to fail or thought about giving up?

Yes, and there are still times that can be really hard actually. Now we are in a phase where we are selling the products, and there are always new challenges along the way. It can be that the future will be even harder as we focus on the development of future products, take care of our customers in the best possible way, and at the same time also try to find the right distributors in every country. At the moment it is really frustrating that due to the huge time and effort it takes, we are not able to distribute to all our global demand; especially the one in Japan and the USA.

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