La frase de Jordi Sierra i Fabra parece sencilla, pero contiene una pequeña rebelión contra la forma habitual de entender la vida. Nos hemos acostumbrado a medirla con relojes, calendarios, edades y años. La frase propone otra unidad de medida: la intensidad.
No es lo mismo respirar que estar vivo
Respirar es una función biológica. Vivir, en cambio, implica que algo nos suceda.
Podemos pasar diez años haciendo exactamente lo mismo: levantarnos, trabajar, comer, dormir, repetir. Desde el punto de vista del calendario, han transcurrido diez años. Pero quizá, emocionalmente, hayan ocurrido muy pocas cosas.
Y puede suceder lo contrario: una tarde, un viaje, una conversación, un amor, una pérdida, una carrera, un libro, una decisión inesperada pueden concentrar en unas horas una cantidad de vida que parece superior a la de meses enteros.
Por eso la metáfora de "los momentos que te dejan sin aliento" es poderosa. El aliento representa la respiración, pero también el asombro.
Hay momentos que nos obligan a detenernos.
La vida contra el piloto automático
La frase también contiene una crítica al automatismo.
El ser humano tiene una extraordinaria capacidad para acostumbrarse a casi todo. Incluso a su propia existencia. Podemos convertir nuestra vida en una sucesión de tareas y terminar viviendo como quien atraviesa un pasillo mirando solamente el suelo.
Comemos sin saborear. Caminamos sin mirar. Escuchamos sin escuchar. Estamos con alguien pensando en otra cosa.
Respiramos.
Pero no necesariamente vivimos.
Los momentos que nos dejan sin aliento rompen esa anestesia. Algo consigue atravesar la costumbre y decirnos: mira, esto está ocurriendo y tú estás aquí.
Pero hay una trampa
La frase puede interpretarse de manera demasiado romántica: buscar constantemente emociones fuertes, aventuras, peligros, grandes amores, viajes extraordinarios.
No hace falta.
Un momento que deja sin aliento puede ser contemplar a alguien que queremos mientras duerme. Encontrar una frase en un libro que parece escrita para nosotros. Terminar una carrera después de pensar que ya no podíamos dar un paso más. Escuchar una canción treinta años después y descubrir que todavía vive dentro de nosotros.
Incluso el dolor puede producir esos momentos.
Una muerte, una separación, una enfermedad, una derrota pueden detener el mundo durante unos segundos. No porque sean buenos, sino porque destruyen la ilusión de que todo continuará igual.
Y quizá ahí aparece una paradoja: algunas de las experiencias que más nos hacen sentir vivos son precisamente aquellas que nos recuerdan que estamos vivos porque podemos perderlo todo.
El tiempo no es la vida
Podemos imaginar dos personas.
Una vivió noventa años y pasó gran parte de ellos esperando que comenzara algo.
Otra vivió sesenta y tuvo momentos de amor, miedo, descubrimiento, fracaso, amistad, belleza y asombro.
El calendario favorecería a la primera.
La memoria quizá favorecería a la segunda.
Porque el tiempo transcurrido y la vida experimentada no son exactamente la misma cosa.
La primera puede haber acumulado años.
La segunda, instantes.
Y tal vez eso es lo que intenta decir Sierra i Fabra: no podemos controlar cuánto tiempo respiraremos, pero sí podemos intentar que nuestra respiración no sea simplemente una señal de que seguimos funcionando.
Al final, quizá la pregunta no sea:
"¿Cuántos años viviste?"
Sino:
"¿Cuántas veces la vida consiguió detenerte?"
Porque hay instantes que duran segundos y, sin embargo, ocupan décadas enteras en nuestra memoria.
El reloj cuenta respiraciones.
La memoria cuenta aquello que nos dejó sin aliento.

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