No hay que lamentarse por la muerte, como no hay que lamentarse por una flor que crece. Lo terrible no es la muerte, sino las vidas que la gente vive o no vive hasta su muerte. No hacen honor a sus vidas. Estúpidos gilipollas. Se concentran demasiado en follar, ir al cine, el dinero, la familia, follar. Sus mentes están llenas de algodón. Se tragan a Dios sin pensar, se tragan la patria sin pensar. Muy pronto se olvidan de cómo pensar, dejan que otros piensen por ellos. Sus cerebros están rellenos de algodón. Son feos, hablan feo, caminan feo. Ponles la gran música de los siglos y no la oyen. La muerte de la mayoría de la gente es una farsa. No queda nada que pueda morir.
viernes, 23 de diciembre de 2011
jueves, 22 de diciembre de 2011
Leyenda del té
De acuerdo con la leyenda China, el emperador Shen Nung descubrió esta bebida cuando estaba bebiendo agua a la sombra de un árbol silvestre, que se mecía cadenciosamente con los aires de primavera, casualmente unas hojas cayeron en la olla del emperador y este bebió la infusión, se sintió reconfortado y con una especial sensación de bienestar. El té había nacido.
Los indios atribuyen el descubrimiento al príncipe Bodhi-Dharma, hijo del rey Kosjuwo, quien partió en un largo peregrinaje con el propósito de predicar el budismo a lo largo del camino. Al final del quinto año, estaba enfermo y débil, entonces por sugerencia de los sabios recogió algunas hojas de un árbol especial y tras beber su infusión, se curó. Sus extraordinarias propiedades estimulantes le permitieron cumplir su promesa.
La leyenda japonesa cuenta que al final de los tres primeros años de peregrinación, el Príncipe Bodhi-Dharma un día soñó con todas las mujeres que había amado, que no habían sido pocas. Al despertar se sintió avergonzado, y se le ocurrió hacer una promesa imposible de cumplir: no volver a dormir, y de esta manera no podía volver a soñar con sus pecados. Cuando estaba a punto de sucumbir y quebrantar la promesa, ya que el sueño y el cansancio lo doblegaban, se puso a masticar las hojas de un arbusto que encontró en su camino. Descubrió que tenían la propiedad de mantener sus ojos bien abiertos.
Los indios atribuyen el descubrimiento al príncipe Bodhi-Dharma, hijo del rey Kosjuwo, quien partió en un largo peregrinaje con el propósito de predicar el budismo a lo largo del camino. Al final del quinto año, estaba enfermo y débil, entonces por sugerencia de los sabios recogió algunas hojas de un árbol especial y tras beber su infusión, se curó. Sus extraordinarias propiedades estimulantes le permitieron cumplir su promesa.
La leyenda japonesa cuenta que al final de los tres primeros años de peregrinación, el Príncipe Bodhi-Dharma un día soñó con todas las mujeres que había amado, que no habían sido pocas. Al despertar se sintió avergonzado, y se le ocurrió hacer una promesa imposible de cumplir: no volver a dormir, y de esta manera no podía volver a soñar con sus pecados. Cuando estaba a punto de sucumbir y quebrantar la promesa, ya que el sueño y el cansancio lo doblegaban, se puso a masticar las hojas de un arbusto que encontró en su camino. Descubrió que tenían la propiedad de mantener sus ojos bien abiertos.
Sísifo
Desde los tiempos de Homero, Sísifo tuvo fama de ser el más astuto de los hombres. Cuando Tánatos fue a buscarle, Sísifo le puso grilletes, por lo que nadie murió hasta que Ares vino, liberó a Tánatos, y puso a Sísifo bajo su custodia.
Pero Sísifo aún no había agotado todos sus recursos: antes de morir le dijo a su esposa que cuando él se marchase no ofreciera el sacrificio habitual a los muertos, así que en el infierno se quejó de que su esposa no estaba cumpliendo con sus deberes, y convenció a Hades para que le permitiese volver al mundo superior y así persuadirla. Pero cuando estuvo de nuevo en Corinto, rehusó volver de forma alguna al inframundo, hasta que allí fue devuelto a la fuerza por Hermes.
En el infierno Sísifo fue obligado a empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada, pero antes de que alcanzase la cima de la colina la piedra siempre rodaba hacia abajo, y Sísifo tenía que empezar de nuevo desde el principio
martes, 20 de diciembre de 2011

Persistencia de la memoria
Aquí, Dalí se inicia con sus famosos relojes blandos. El decía que no eran otra cosa que el queso Camembert del espacio y el tiempo, suave, extravagante, solitario y paranoico-crítico. En este autorretrato, un Dalí similar al que aparece en “El gran masturbador” (1929), se encuentra inmóvil y con la lengua afuera. Aparte de los insectos, se encuentra aislado en un paisaje árido y caluroso. En estas condiciones, la percepción del tiempo y del espacio, y el comportamiento de los recuerdos, adquieren formas blandas que se ajustan a las circunstancias. Veinte años más tarde en “La desintegración de la persistencia de la memoria” (1952), Dalí descompone estas imágenes incorporando el conocimiento de las consecuencias del uso destructivo de la energía atómica.
jueves, 15 de diciembre de 2011
Un perro andaluz
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