Mariana Enriquez es, sin duda, la figura central del llamado «terror verdoso» o del horror gótico rioplatense contemporáneo. Su obra no entiende el espanto como un ente sobrenatural aislado, abstracto o de utilería, sino como el síntoma visible de traumas históricos, fracturas sociales y la violencia de Estado.
Para Enriquez, lo monstruoso no proviene de dimensiones desconocidas, sino del terreno de lo real: la dictadura militar argentina, la brecha de clase, la pobreza estructural, la violencia machista, el despojo ambiental y el dolor de los desaparecidos.
1. El cuerpo como territorio de resistencia y castigo
En sus relatos, las aflicciones físicas y la violencia hacia el cuerpo son reflejos de tensiones colectivas.
- En «Las cosas que perdimos en el fuego», un grupo de mujeres decide prenderse fuego voluntariamente para evitar ser mutiladas o asesinadas por la violencia machista. El horror corporal se convierte en una respuesta política extrema: adueñarse de la monstruosidad para anular la violencia patriarcal.
- La enfermedad, las deformidades o el deterioro físico en sus textos suelen ser la manifestación visible del abandono institucional y la segregación económica.
2. La memoria histórica y las huellas de la dictadura
El periodo de la dictadura militar argentina (1976-1983) no es un simple trasfondo histórico; es el pozo traumático desde el que emergen sus fantasmas.
- En «Nuestra parte de noche», la Orden (un culto oligárquico de familias poderosas que sacrifica vidas para perpetuarse y conservar la inmortalidad) opera en complicidad implícita con las altas esferas del poder. Las desapariciones, las torturas y la impunidad no difieren en la práctica de los métodos sistemáticos del terrorismo de Estado.
- Los fantasmas de Enriquez no buscan asustar de forma efectista: son presencias no resueltas que reclaman justicia, memoria y restitución ante el olvido colectivo.
3. La arquitectura de la desigualdad
Las geografías que describe —barrios marginales, el Riachuelo contaminado, casas ruinosas de la periferia porteña o pueblos olvidados del interior— articulan la violencia de clase.
- El peligro no solo reside en lo sobrenatural que habita en las sombras, sino en la indiferencia del sistema. Las casas abandonadas no son simples «casas embrujadas» de la tradición anglosajona, sino ruinas del colapso económico o sitios de tortura olvidados.
- Los marginados, los niños de la calle y los desposeídos son quienes conviven de manera más directa con lo siniestro, pues ya viven marginados de las garantías básicas del pacto social.
4. La desmitificación del género y la tradición del terror
Enriquez toma la tradición del terror clásico (Lovecraft, Stephen King, Shirley Jackson) y la reinterpreta desde el cono sur y la experiencia latinoamericana.
- Mientras que en el terror anglosajón lo sobrenatural irrumpía para alterar un orden social pacífico, en la obra de Enriquez el orden social ya está roto. Lo espeluznante no altera la normalidad; la expone.
El terror de Mariana Enriquez funciona como un espejo hiperbólico de la realidad política y social latinoamericana. La eficacia de su narrativa radica en que la verdadera pesadilla no es el fantasma que se aparece en la oscuridad, sino descubrir que la violencia, la desigualdad y el olvido institucional son los verdaderos monstruos que habitan a la luz del día.

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