jueves, 31 de octubre de 2024


 

Autobiografía en cinco capítulos cortos

I.
Camino por la calle.
Hay un agujero profundo en la acera.
Me caigo en él. Estoy perdido. No tengo remedio.
No es mi culpa
Me lleva eternidad salir del agujero.

II.
Camino por la misma calle.
Hay un agujero profundo en la acera.
De nuevo no lo veo. Me caigo otra vez.
No lo puedo creer estoy en el mismo sitio.
No es mi culpa.
De nuevo me lleva mucho tiempo salir.

III.
Camino por la misma calle.
Hay un agujero profundo en la acera.
Veo que está ahí, aún así me caigo.
Es un hábito. Es mi culpa. Yo sé dónde estoy.
Salgo de él inmediatamente.

IV.
Camino por la misma calle.
Hay un agujero profundo en la acera.
Camino bordeándolo.

V.
Camino por una calle diferente.

 Portia Nelson, 

La psicología de repetir nuestros errores hasta que aprendemos a vivir de otra manera

Este breve poema de Portia Nelson es una de las metáforas más reveladoras sobre el comportamiento humano. En apenas cinco capítulos, describe un proceso psicológico que puede llevar años: pasar de ser víctimas inconscientes de nuestros patrones a reconocer nuestra participación en ellos y, finalmente, aprender a vivir de otra manera.

El agujero representa aquello que nos hace sufrir y en lo que, pese a todo, volvemos a caer. Puede ser una relación destructiva, una adicción, una conducta repetitiva, una forma de autosabotaje o una manera de interpretar el mundo que nos condena a experimentar una y otra vez el mismo dolor.

Lo extraordinario es que el agujero no cambia. Lo que cambia es nuestra relación con él.

Veamos qué sucede psicológicamente en cada capítulo.


I. La inconsciencia: «No es mi culpa»

Camino por la calle.

Hay un agujero profundo en la acera.

Me caigo en él. Estoy perdido. No tengo remedio.

En el primer capítulo, el protagonista ni siquiera sabe que existe un problema recurrente. La caída lo toma por sorpresa y su sufrimiento parece inexplicable.

Desde una perspectiva psicológica, aquí podemos encontrar varios mecanismos.

1. La falta de conciencia de nuestros patrones.

Hay personas que repiten determinadas experiencias sin reconocer el hilo que las conecta.

Se enamoran de alguien que las maltrata, buscan aprobación de personas que nunca están satisfechas, abandonan proyectos cuando están cerca de terminarlos o reaccionan con ira ante situaciones que podrían resolver de otra manera.

Cada experiencia parece diferente, pero debajo de ellas puede existir un patrón común.

La persona piensa que ha tenido mala suerte cinco veces, cuando quizá hay una forma de elegir, interpretar o reaccionar que contribuye a que esas situaciones se repitan.

2. La externalización de la responsabilidad.

«No es mi culpa».

Esta frase puede ser una defensa contra una verdad dolorosa: no siempre podemos controlar lo que nos sucede, pero algunas veces sí podemos reconocer nuestra participación en aquello que se repite.

Es importante hacer una distinción: responsabilizarnos de nuestras decisiones no significa culparnos por todo lo que nos ocurre. Nadie es responsable de que otra persona lo maltrate, lo engañe o abuse de su confianza.

Sin embargo, podemos llegar a tener cierta responsabilidad sobre las decisiones que tomamos después de reconocer el peligro.

El problema aparece cuando utilizamos la falta de control sobre los acontecimientos como explicación para renunciar a cualquier posibilidad de actuar.

3. La indefensión aprendida.

«Estoy perdido. No tengo remedio».

Esta expresión recuerda a la indefensión aprendida: la tendencia a creer que nuestras acciones no pueden cambiar un resultado cuando hemos experimentado repetidamente situaciones que parecen escapar a nuestro control.

La persona deja de buscar alternativas porque ha comenzado a interpretar su sufrimiento como un destino.

Ya no piensa: «No he encontrado una salida».

Piensa: «No hay salida».

Y esa diferencia es enorme.

La tragedia del primer capítulo es que la persona sufre sin comprender qué lugar ocupa ella misma en la repetición de su sufrimiento.


II. La repetición: «No lo puedo creer, estoy en el mismo sitio»

En el segundo capítulo, el protagonista vuelve a caer en el mismo agujero.

Ahora aparece algo especialmente interesante: la sorpresa.

Ya ha vivido esa experiencia, pero continúa comportándose como si fuera completamente nueva.

Psicológicamente, este capítulo nos recuerda que comprender intelectualmente un problema no siempre basta para modificar nuestra conducta. Incluso podemos reconocer ciertas señales de peligro y, aun así, continuar avanzando hacia ellas.

¿Por qué sucede?

1. Lo conocido puede resultar más atractivo que lo saludable

Los seres humanos no siempre elegimos lo que nos hace bien. A veces elegimos lo que nos resulta familiar.

Una persona que ha aprendido a asociar el amor con la incertidumbre puede confundir la tranquilidad con el aburrimiento.

Alguien acostumbrado a ganarse el afecto de los demás mediante sacrificios puede sentirse culpable cuando comienza a establecer límites.

Quien ha vivido durante años bajo una exigencia constante puede sentirse incómodo cuando, por fin, tiene permiso para descansar.

Esto no significa que estemos condenados a repetir nuestra infancia ni que todos nuestros patrones provengan de ella. Significa que las experiencias previas pueden influir en lo que esperamos de los demás y en aquello que nos resulta emocionalmente familiar.

A veces no regresamos a lo que nos hace felices, sino a lo que sabemos reconocer.

2. La esperanza de que esta vez será diferente

También existe una forma de autoengaño que consiste en creer que una situación conocida producirá un resultado distinto sin que nosotros cambiemos nada.

La persona regresa a una relación que ya le ha hecho daño porque esta vez la otra persona parece arrepentida.

Vuelve a abandonar sus necesidades para evitar un conflicto porque esta vez promete que será la última.

Reinicia un proyecto con entusiasmo, pero conserva los mismos hábitos que provocaron su fracaso anterior.

La esperanza no es el problema. El problema es utilizarla como sustituto del cambio.

3. El alivio inmediato frente al bienestar a largo plazo

Muchas conductas repetitivas se mantienen porque producen alguna recompensa inmediata, aunque sus consecuencias posteriores sean dolorosas.

Evitar una conversación difícil alivia la ansiedad durante unas horas, pero puede agravar el conflicto.

Buscar la aprobación de alguien puede proporcionar un instante de tranquilidad, pero reforzar la dependencia de su opinión.

Volver a una relación conocida puede aliviar temporalmente la soledad, aunque las razones que provocaron la ruptura continúen intactas.

Aquí aparece una de las contradicciones centrales de la psicología humana: podemos saber que algo nos perjudica y, sin embargo, desearlo porque satisface una necesidad inmediata.

El segundo capítulo es la historia de quien ya conoce el dolor, pero todavía no ha aprendido a interrumpir el camino que conduce hasta él.


III. El reconocimiento: «Es un hábito. Es mi culpa. Yo sé dónde estoy»

Este es el capítulo decisivo.

El protagonista ve el agujero antes de caer en él. Sabe dónde está. Reconoce que existe una repetición y comprende que su conducta habitual participa en ella.

Pero, aun así, cae.

Esta es quizá la observación psicológica más profunda de todo el poema:

La conciencia de un patrón no significa que hayamos dejado de estar sometidos a él.

Podemos comprender perfectamente por qué elegimos determinadas parejas y continuar eligiéndolas.

Podemos saber que nuestra ira destruye nuestras relaciones y seguir reaccionando impulsivamente.

Podemos reconocer que buscamos constantemente la aprobación de los demás y continuar organizando nuestra vida alrededor de esa necesidad.

¿Por qué?

Porque una cosa es comprender una conducta y otra muy distinta es modificar el mecanismo emocional que la sostiene.

1. Saber no es lo mismo que cambiar

La introspección tiene un valor enorme, pero no siempre transforma automáticamente los hábitos.

Una persona puede conocer las razones de su inseguridad sin haber desarrollado todavía la capacidad de tolerar el rechazo.

Puede identificar el origen de su necesidad de control sin saber cómo actuar cuando siente que pierde el control.

Puede reconocer que está repitiendo una conducta y experimentar, de todos modos, el impulso de repetirla.

El conocimiento abre una puerta, pero no recorre el camino por nosotros.

2. La responsabilidad sin condena

«Es mi culpa».

Esta frase merece una interpretación cuidadosa.

En términos psicológicos, sería más útil entenderla como una aceptación de responsabilidad que como una declaración de culpabilidad moral.

La culpa dice: «Hay algo malo en mí».

La responsabilidad dice: «Hay algo que hago y que necesito aprender a cambiar».

La primera puede conducir a la vergüenza, al ocultamiento y a la parálisis. La segunda puede abrir la posibilidad de actuar.

No elegimos todas nuestras heridas, nuestros impulsos ni las experiencias que nos marcaron. Pero, cuando adquirimos conciencia de determinados comportamientos, podemos comenzar a explorar otras respuestas.

No siempre lo conseguiremos a la primera.

Ni a la segunda.

Ni a la tercera.

La transformación psicológica suele ser irregular: podemos comprender algo hoy, repetirlo mañana y reconocerlo más rápidamente la próxima vez.

Eso no necesariamente significa que no hayamos avanzado.

3. El hábito como una especie de destino aprendido

La frase «Es un hábito» es fundamental porque introduce una explicación diferente del sufrimiento.

Lo que antes parecía una fatalidad comienza a verse como una secuencia de comportamientos que se ha repetido tantas veces que parece inevitable.

Y si existe un patrón, existe al menos la posibilidad de intervenir en él.

No significa que todo sufrimiento sea producto de nuestros hábitos ni que podamos resolver cualquier problema mediante la voluntad. Hay circunstancias sociales, económicas, biológicas y relacionales que limitan nuestras opciones.

Pero allí donde existe un margen de acción, reconocer el patrón nos permite empezar a utilizarlo.

En este capítulo, el protagonista todavía cae, pero ya no puede decir que ignora por completo lo que está sucediendo.

Y esa conciencia, aunque incómoda, constituye un cambio real.


IV. La resistencia: «Camino bordeándolo»

En el cuarto capítulo ocurre algo aparentemente sencillo: el protagonista ve el agujero y decide rodearlo.

No necesita caer para demostrar que ha aprendido.

No necesita acercarse al borde para comprobar que sigue siendo peligroso.

No necesita repetir el sufrimiento para confirmar lo que ya sabe.

Simplemente cambia su conducta.

Desde una perspectiva psicológica, este capítulo representa el paso de la comprensión a la autorregulación.

1. Dejar de negociar con aquello que nos hace daño

Hay situaciones en las que creemos que ser fuertes significa permanecer cerca de la tentación y resistirla constantemente.

Pensamos que debemos demostrar que podemos controlar nuestros impulsos, tolerar cualquier provocación o convivir con aquello que nos perjudica sin que nos afecte.

Sin embargo, la autorregulación no consiste exclusivamente en resistir. También consiste en modificar el entorno y tomar decisiones que reduzcan la probabilidad de repetir una conducta.

Una persona que desea abandonar un hábito perjudicial puede necesitar cambiar sus rutinas.

Quien se encuentra atrapado en una dinámica de manipulación puede necesitar establecer límites claros o interrumpir el contacto.

Alguien que siempre termina discutiendo con determinada persona puede aprender a retirarse de la conversación antes de perder el control.

Esto no es cobardía. Tampoco es una derrota.

Es comprender que no todas las batallas merecen librarse y que algunas de ellas se resuelven mejor evitando entrar en el campo de batalla.

2. La importancia de los límites

El protagonista ya no intenta demostrar que puede soportar la caída.

Ha dejado de confundir la resistencia con la obligación de exponerse al daño.

En ocasiones, madurar significa aceptar que ciertas situaciones no van a cambiar de la manera que deseamos.

Quizá nunca obtengamos una disculpa.

Quizá una persona no nos quiera de la forma en que necesitamos.

Quizá alguien continúe comportándose de una manera que nos lastima.

Nuestra libertad comienza, en parte, cuando dejamos de organizar nuestra vida alrededor de la esperanza de que los demás cambien y empezamos a decidir qué haremos nosotros frente a esa realidad.

Esto no significa que siempre debamos alejarnos de las personas difíciles ni que cualquier conflicto justifique una ruptura. Significa que podemos establecer límites en lugar de repetir indefinidamente una situación que nos perjudica.

3. La libertad de no repetir

En este capítulo, el protagonista no ha eliminado el agujero.

El agujero continúa allí.

La calle sigue siendo la misma.

Lo que ha cambiado es su comportamiento.

Esta distinción resulta esencial porque a menudo esperamos que la vida deje de presentarnos dificultades antes de sentirnos libres.

Queremos que desaparezcan las personas complicadas, que el pasado deje de doler, que nadie nos decepcione y que todas las circunstancias sean favorables.

Pero la madurez no consiste en conseguir un mundo sin obstáculos.

Consiste en desarrollar la capacidad de responder de otra manera ante obstáculos que quizá no podamos eliminar.

La libertad no siempre consiste en cambiar lo que encontramos en el camino. A veces consiste en dejar de responder como antes.


V. La transformación: «Camino por una calle diferente»

El último capítulo es el más breve y, al mismo tiempo, el más radical.

El protagonista ya no necesita caminar por la misma calle.

No se limita a reconocer el peligro ni a evitarlo. Cambia de recorrido.

Esta es una diferencia importante: el objetivo final no consiste únicamente en aprender a soportar las situaciones que nos hacen daño, sino también en construir una vida en la que ya no tengamos que regresar constantemente a ellas.

1. Cambiar de conducta puede transformar nuestra identidad

Al principio, el protagonista parece alguien condenado a caer.

Después se convierte en alguien que reconoce sus errores.

Finalmente, es alguien capaz de tomar decisiones diferentes.

Este proceso puede modificar la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Quien siempre se ha considerado incapaz de mantener una relación saludable puede empezar a construir vínculos basados en el respeto mutuo.

Quien se ha identificado durante años con el fracaso puede descubrir que sus resultados no determinan permanentemente su capacidad.

Quien ha vivido buscando aprobación puede comenzar a tomar decisiones que reflejen sus propios valores.

No se trata de repetir afirmaciones positivas hasta convencernos de que somos diferentes.

Se trata de acumular experiencias en las que actuamos de una manera distinta.

Poco a poco, la nueva conducta deja de sentirse extraña y empieza a formar parte de nuestra manera habitual de vivir.

2. No todas las transformaciones requieren una explicación interminable

A veces dedicamos años a intentar comprender por qué somos como somos.

Buscamos la experiencia original, la herida decisiva, el recuerdo que supuestamente explica todos nuestros problemas.

Comprender nuestra historia puede ser valioso, especialmente cuando existen experiencias dolorosas que necesitan elaborarse. Pero también podemos quedar atrapados en una búsqueda interminable de explicaciones.

El último capítulo introduce una posibilidad liberadora: quizá no necesitemos comprender cada detalle de nuestro pasado para empezar a tomar mejores decisiones en el presente.

Podemos conocer nuestras tendencias sin obedecerlas.

Podemos reconocer nuestras heridas sin convertirlas en nuestra identidad.

Podemos aceptar que algo nos marcó sin asumir que determinará todo lo que venga después.

No siempre necesitamos resolver completamente el misterio de por qué caemos en un agujero para comenzar a caminar por otra calle.

3. La nueva calle no es una vida perfecta

Sería un error interpretar el final como la promesa de que una persona que ha aprendido a cambiar dejará de sufrir.

La nueva calle también tendrá dificultades.

Habrá decepciones, pérdidas, errores y situaciones inesperadas.

La diferencia es que ya no se trata necesariamente del mismo agujero ni de la misma respuesta automática.

Además, los viejos patrones pueden reaparecer bajo estrés o en circunstancias nuevas. Aprender a reconocerlos sigue siendo importante.

La transformación no nos convierte en seres invulnerables.

Nos proporciona más posibilidades de elección.

La verdadera victoria no consiste en alcanzar una vida sin problemas, sino en dejar de contribuir inconscientemente a la repetición de los mismos.


Una lectura más profunda: ¿por qué repetimos aquello que nos hace sufrir?

El poema de Portia Nelson permite plantear una pregunta fundamental: si una experiencia nos ha hecho daño, ¿por qué volvemos a ella?

No existe una única respuesta. Sin embargo, podemos identificar cuatro mecanismos que ayudan a comprender esta paradoja.

1. La compulsión a la repetición

En el psicoanálisis, la idea de la compulsión a la repetición, asociada especialmente a Sigmund Freud, describe la tendencia a reproducir determinadas experiencias, conflictos o posiciones subjetivas, incluso cuando resultan dolorosos.

Una persona puede encontrarse una y otra vez en relaciones donde tiene que suplicar afecto, competir por atención o demostrar que merece ser querida.

No necesariamente desea sufrir.

Puede estar intentando, de manera consciente o inconsciente, obtener un desenlace diferente para un conflicto conocido.

Tal vez espera que esta vez la persona distante la elija.

Que esta vez consiga convencer a alguien de que merece amor.

Que esta vez pueda reparar una experiencia anterior de rechazo.

El problema es que, al intentar resolver una herida mediante una situación que reproduce sus condiciones, puede terminar renovando el sufrimiento.

Por supuesto, no todas las repeticiones responden a este mecanismo, y no sería correcto atribuir un origen inconsciente específico a cada comportamiento.

Pero el concepto permite comprender una paradoja: a veces repetimos una experiencia dolorosa no porque queramos sufrir, sino porque seguimos esperando que esta vez termine de otra manera.

2. La familiaridad emocional

Lo familiar no siempre es agradable, pero puede resultar predecible.

Una persona que conoce perfectamente una relación conflictiva puede sentirse más desorientada ante una relación tranquila que ante otra llena de discusiones.

En la primera sabe qué esperar, cómo reaccionar y qué papel desempeñar.

En la segunda tiene que aprender formas de vincularse que quizá nunca ha practicado.

Por eso, abandonar una dinámica perjudicial no siempre produce alivio inmediato. También puede generar incertidumbre, soledad o miedo.

La persona puede interpretar esas emociones como una señal de que tomó una mala decisión, cuando en realidad está atravesando el proceso de adaptación a una situación nueva.

Esto ayuda a entender por qué cambiar no consiste simplemente en reconocer lo malo, sino también en aprender a tolerar lo desconocido.

3. La identidad construida alrededor del sufrimiento

Existe otra posibilidad más sutil.

Con el tiempo, el sufrimiento puede convertirse en parte de la identidad.

Alguien puede acostumbrarse a ser quien siempre es abandonado, quien nunca tiene suerte, quien debe sacrificarse por todos o quien siempre termina decepcionado.

Estas historias personales permiten organizar experiencias dispersas y darles un sentido. El problema surge cuando se convierten en verdades rígidas que determinan cómo interpretamos cada acontecimiento.

Si alguien cree que siempre será rechazado, puede interpretar una demora en responder un mensaje como una prueba de desinterés.

Si alguien está convencido de que los demás siempre se aprovechan de él, puede interpretar cualquier petición como una amenaza.

No significa que sus preocupaciones sean necesariamente infundadas. Significa que las creencias previas pueden influir en aquello que percibimos y en cómo respondemos.

Salir del agujero también puede implicar abandonar una historia sobre nosotros mismos.

No porque el sufrimiento haya sido imaginario, sino porque una experiencia real no tiene por qué convertirse en una sentencia permanente sobre nuestra identidad.

4. El beneficio secundario del síntoma

En psicología se habla de beneficios secundarios cuando una conducta problemática, además de sus consecuencias negativas, produce alguna ventaja indirecta que contribuye a mantenerla.

Por ejemplo, evitar una situación temida reduce la ansiedad a corto plazo. Esa reducción puede reforzar la evitación, aunque a largo plazo limite la vida de la persona.

También puede suceder que quejarse constantemente de un problema permita recibir atención, posponer una decisión difícil o evitar exponerse a un posible fracaso.

Esto no significa que quien sufre esté fingiendo ni que el dolor sea voluntario.

Los beneficios pueden ser inconscientes y coexistir con un sufrimiento genuino.

El concepto simplemente nos recuerda que una conducta puede mantenerse por las consecuencias que produce en el presente, aunque perjudique a la persona a largo plazo.

Para cambiarla, no siempre basta con eliminar el comportamiento: también hay que encontrar otras maneras de satisfacer las necesidades que cumplía.


La paradoja central del poema: saber no basta

Si tuviera que reducir toda la enseñanza psicológica de estos cinco capítulos a una sola idea, sería esta:

Podemos comprender perfectamente aquello que nos perjudica y continuar haciéndolo, porque el conocimiento y el cambio pertenecen a dimensiones distintas de la experiencia humana.

Comprender un patrón significa poder reconocerlo.

Cambiarlo implica aprender a responder de otra manera cuando aparecen las emociones, los impulsos y las circunstancias que antes lo desencadenaban.

Por eso, el tercer capítulo es tan importante. El protagonista ya sabe lo que ocurre, pero todavía cae.

Y por eso el cuarto capítulo representa un avance decisivo: deja de depender exclusivamente de su capacidad de resistir y empieza a modificar su comportamiento.

Finalmente, en el quinto, ya no necesita enfrentarse una y otra vez a la misma situación.

Ha ampliado sus posibilidades.

Ha dejado de confundir la repetición con el destino.

¿Cómo aplicar los cinco capítulos a la vida cotidiana?

Podemos convertir el poema en una herramienta de autoobservación:

CapítuloPregunta psicológica
I. La inconsciencia¿Qué me está sucediendo que todavía no consigo reconocer?
II. La repetición¿Qué situación sigo repitiendo pese a sus consecuencias?
III. El reconocimiento¿Qué señales identifico y qué parte de mi conducta puedo cambiar?
IV. La resistencia¿Qué límite, decisión o estrategia me ayudaría a no repetir el patrón?
V. La transformación¿Qué alternativa concreta puedo construir para vivir de otra manera?

Estas preguntas no pretenden convertir toda dificultad en responsabilidad individual. Hay problemas que requieren apoyo profesional, cambios en las condiciones materiales o protección frente a otras personas.

La idea es identificar dónde existe un margen de acción y comenzar por ahí.


Reflexión final: el agujero también puede convertirse en una excusa

Hay una interpretación todavía más incómoda del poema.

Al principio, el protagonista cae en el agujero y no comprende qué ha sucedido.

Después vuelve a caer y se sorprende.

Más adelante reconoce el patrón, pero continúa cayendo.

Llega un momento en el que ya no puede alegar desconocimiento.

Sin embargo, esto tampoco significa que debamos juzgar con dureza a quien tarda en cambiar. Los hábitos, las dependencias emocionales y las circunstancias difíciles no desaparecen por decreto. Algunas personas necesitan tiempo, ayuda y recursos que no siempre tienen disponibles.

La cuestión es otra: ¿en qué momento la explicación de nuestro sufrimiento comienza a convertirse en una justificación para no intentar nada diferente?

Es una pregunta incómoda porque nos obliga a abandonar dos ideas igualmente engañosas.

La primera es que somos completamente responsables de todo lo malo que nos sucede.

La segunda es que no tenemos ninguna responsabilidad sobre lo que hacemos con aquello que nos sucede.

Entre ambas se encuentra un espacio mucho más realista: no siempre elegimos las circunstancias que nos hieren, pero podemos aprender a reconocer cuándo nuestras respuestas contribuyen a mantenernos atrapados en ellas.

Y quizá la mayor dificultad consista en aceptar que salir del agujero también puede significar renunciar a ciertas esperanzas: la esperanza de que alguien cambie, de que el pasado se repare exactamente como deseamos o de que una situación repetidamente dolorosa termine convirtiéndose, por fin, en aquello que nunca ha sido.

A veces, seguir intentando lo mismo no es perseverancia. Es negarse a aceptar la información que la experiencia nos está proporcionando.

El protagonista del quinto capítulo no ha vencido al agujero.

No lo ha destruido, no lo ha rellenado ni ha conseguido que desaparezca de la calle.

Simplemente ha dejado de organizar su recorrido alrededor de él.

Y esa es, quizá, la forma más profunda de libertad que propone Portia Nelson: dejar de esperar que la vida cambie para nosotros y comenzar a cambiar nuestra manera de vivirla.



 

 …el caso no ofrece

ningún adorno para la diadema de las Musas.

Ezra Pound

 

Me despido de mi mano

que pudo mostrar el paso del rayo

o la quietud de las piedras

bajo las nieves de antaño.

 

Para que vuelvan a ser bosques y arenas

me despido del papel blanco y de la tinta azul

de donde surgían los ríos perezosos,

cerdos en las calles, molinos vacíos.

 

Me despido de los amigos

en quienes más he confiado:

los conejos y las polillas,

las nubes harapientas del verano,

mi sombra que solía hablarme en voz baja.

 

Me despido de las Virtudes y de las Gracias del planeta:

Los fracasados, las cajas de música,

los murciélagos que al atardecer se deshojan

de los bosques de casas de madera.

 

Me despido de los amigos silenciosos

a los que sólo les importa saber

dónde se puede beber algo de vino,

y para los cuales todos los días

no son sino un pretexto

para entonar canciones pasadas de moda.

 

Me despido de una muchacha

que sin preguntarme si la amaba o no la amaba

caminó conmigo y se acostó conmigo

cualquiera tarde de esas que se llenan

de humaredas de hojas quemándose en las acequias.

Me despido de una muchacha

cuyo rostro suelo ver en sueños

iluminado por la triste mirada

de trenes que parten bajo la lluvia.

 

Me despido de la memoria

y me despido de la nostalgia

-la sal y el agua

de mis días sin objeto –

 

y me despido de estos poemas:

palabras, palabras -un poco de aire

movido por los labios- palabras

para ocultar quizás lo único verdadero:

que respiramos y dejamos de respirar.

Jorge Teillier

miércoles, 30 de octubre de 2024



 

 Los hombres nacen suaves y blandos;

    muertos, son rígidos y duros.
    Las plantas nacen flexibles y tiernas;
    muertas, son quebradizas y secas.
    Así, quien sea rígido e inflexible
    es un discípulo de la muerte.
    Quien sea suave y adaptable
    es un discípulo de la vida.
    Lo duro y rígido se quebrará.
    Lo suave y flexible prevalecerá.

Lao Tse


 

 




martes, 29 de octubre de 2024

  Los colores ciegan el ojo.

    Los sonidos ensordecen el oído.
    Los sabores nublan el gusto.
    Los pensamientos debilitan la mente.
    Los deseos marchitan el corazón.
    El Maestro observa el mundo
    pero confía en su visión interior.
    Permite que las cosas vengan y vayan.
    Su corazón permanece tan abierto como el cielo.

Lao Tse



 

 Existo sin saberlo y moriré sin quererlo. Soy el intervalo entre lo que soy y lo que no soy, entre el sueño y lo que la vida ha hecho de mí. ¡Qué desasosiego si siento, qué desconsuelo si pienso, qué inutilidad si quiero!"

Fernando Pessoa




 

lunes, 28 de octubre de 2024

 Cómo me gustaría dejar de oír hablar de posteridad. Si me pongo a hablar de ella, ¿quién hará reír a nuestra época? Esta quiere y debe disfrutar. Nunca es poco la presencia de un muchacho divertido; el que sabe expresarse con gracia no amargará el humor del pueblo; deseará estar ante un público amplio para conmoverlo con más seguridad. Por eso, pórtate bien y sé ejemplar; haz oír a la fantasía con todos sus coros, a la razón, al entendimiento, a la sensibilidad, a la pasión; pero, eso sí, cuídate de la locura. Pero, sobre todo, ¡que haya acción! Se viene a ver; lo que gusta es mirar. Si ante los ojos ofreces una trama con muchos sucesos, de manera que la gente se quede boquiabierta, te habrás ganado a la masa y serás un hombre bienamado. La masa sólo puede ser movida por la masa y así cada cual se procurará lo suyo. El que mucho reparte, da un poco a cada uno, y así todos salen contentos de la sala. Si les das una pieza, dásela en piezas, con ese ragú te sonreirá la fortuna: lo representado con sencillez es igual de fácil de imaginar. De nada sirve que lo ofrezcas todo entero, pues el público lo desmenuzará.

Goethe



 

 La tarde está muriendo

como un hogar humilde que se apaga.

Allá, sobre los montes,

quedan algunas brasas.

Y ese árbol roto en el camino blanco

hace llorar de lástima.

¡Dos ramas en el tronco herido, y una

hoja marchita y negra en cada rama!

¿Lloras?...Entre los álamos de oro,

lejos, la sombra del amor te aguarda.


Antonio Machado

domingo, 27 de octubre de 2024



 

 Cuando contemplamos algo y lo vemos bello,

    algo, en cambio, resulta feo.
    Cuando contemplamos algo y lo vemos bueno,
    algo, en cambio, resulta malo.
    El ser y el no-ser se crean mutuamente.
    Lo difícil y lo fácil se apoyan mutuamente.
    Lo largo y lo corto se definen mutuamente.
    Lo alto y lo bajo dependen mutuamente.
    El antes y el después se suceden mutuamente.
    Por ello, el Maestro
    actúa sin hacer
    y enseña sin decir.
    Las cosas surgen y él deja que vengan;
    las cosas desaparecen y él deja que partan.
    El Maestro tiene, pero no posee;
    actúa, mas no espera nada.
    Cuando su obra termina, la olvida;
    por eso es imperecedera.

Lao-Tsé

sábado, 26 de octubre de 2024

 



 En lo que se refiere a estos cambios en las esperanzas de vida, el progreso de Corea es como si Haití se hubiera convertido en Suiza. ¿Cómo ha sido posible este "milagro"? Para la mayoría de economistas, la respuesta es muy sencilla. Corea ha prosperado porque ha seguido los dictados del libre mercado. Ha adoptado los principios del dinero sólido (baja inflación), gobierno pequeño, empresa privada, libre comercio y simpatía por la inversión extranjera. Esta visión se conoce como economía neoliberal. La economía neoliberal es una versión actualizada de la economía liberal del economista del siglo xvii Adam Smith y sus seguidores. Apareció por primera vez en la década de 1960 y ha sido la visión económica predominante desde la de 1980. Los economistas liberales de los siglos xvii y xix creían que la competencia ilimitada en el libre mercado era la mejor manera de organizar una economía, porque obliga a todo el mundo a rendir con la máxima eficiencia. La intervención del gobierno se consideraba perjudicial porque reduce la presión competitiva restringiendo la entrada de los posibles competidores, ya sea mediante controles de importación o la creación de monopolios. Los economistas neoliberales apoyan ciertas cosas que los antiguos liberales no admitían, muy en particular ciertas formas de monopolio (como las patentes o el monopolio del banco central sobre la emisión de billetes) y la democracia política. Pero en general comparten el entusiasmo de los antiguos liberales por el libre mercado. Y pese a unos pocos "retoques" a consecuencia de toda una serie de resultados decepcionantes de medidas neoliberales aplicadas a naciones en vías de desarrollo durante el último cuarto de siglo, el programa central neoliberal de desregulación, privatización y apertura del comercio y la inversión internacional ha seguido siendo el mismo desde la Hijeada de 1980. Esta clase dirigente neoliberal nos haría creer que, durante sus años prodigiosos entre los sesenta y los ochenta, Corea emprendió una estrategia de desarrollo económico neoliberal.6 La realidad, sin embargo, fue de hecho muy distinta. Lo que Corea hizo durante esas décadas fue alimentar determinadas industrias nuevas, seleccionadas por el gobierno en consulta con el sector privado, a través de protección arancelaria, subvenciones y otras formas de apoyo gubernamental (por ejemplo, los servicios de información de comercialización en el extranjero suministrados por la agencia de exportación estatal), hasta que "crecieron" lo suficiente para resistir a la competencia internacional. El gobierno era propietario de todos los bancos, por lo que pudo dirigir el sustento de todo negocio: crédito. Algunos grandes proyectos fueron emprendidos directamente por empresas de titularidad estatal -el fabricante de acero POSCO constituye el mejor ejemplo-, aunque el país tenía una actitud pragmática, más que ideológica, con respecto a la propiedad del Estado. Si las empresas privadas funcionaban bien, ningún problema; si no invertían en áreas importantes, el gobierno no tenía ningún escrúpulo a la hora de fundar empresas de propiedad estatal (EPE); y si algunas compañías privadas se administraban mal, el gobierno solía adquirirlas, reestructurarlas y generalmente (pero no siempre) revenderlas. El gobierno coreano también tenía el control absoluto sobre las escasas reservas de divisas (la infracción de los controles del cambio de divisas podía castigarse con la pena de muerte). Cuando se combinaba con una lista de prioridades en el uso de divisas cuidadosamente diseñada, garantizaba que la moneda extranjera ganada con tanto esfuerzo se utilizara para importar maquinaria y materiales industriales fundamentales. El gobierno coreano controlaba también muchísimo la inversión extranjera, recibiéndola con los brazos abiertos en determinados sectores al mismo tiempo que la excluía por completo en otros, según el plan de desarrollo nacional en curso. También mostraba una actitud laxa hacia las patentes extranjeras, fomentando la "rctroingeniería" y pasando por alto el "pirateo" de productos patentados. La impresión popular de Corea como una economía de libre comercio fue creada por el éxito de sus importaciones. Pero este éxito no requiere libre cambio, como también han demostrado China y Japón. Las exportaciones coreanas de la primera época -artículos como prendas de ropa y componentes electrónicos baratospretendían todas ellas obtener las divisas fuertes requeridas para pagar las tecnologías avanzadas y las máquinas caras que eran necesarias para las industrias nuevas y más difíciles, que se protegían mediante aranceles y subvenciones. Al mismo tiempo, las barreras arancelarias y subvenciones no estaban allí para proteger las industrias de la competencia internacional para siempre, sino para concederles tiempo para asimilar nuevas tecnologías y establecer nuevas competencias organizativas hasta que pudieran competir en el mercado mundial. El milagro económico coreano fue consecuencia de una mezcla inteligente y pragmática de incentivos comerciales y dirección estatal. El gobierno coreano no venció el mercado como hicieron los estados comunistas. Sin embargo, tampoco tenía una fe ciega en el libre mercado. Si bien se tomaba los mercados en serio, la estrategia coreana reconocía que a menudo debían corregirse mediante la intervención política. Ahora bien, si fuera solo Corea la que se enriqueció a través de esas políticas "heréticas", los gurús del libre mercado podrían descartar su caso simplemente como la excepción que confirma la regla. Pero Corea no es una excepción. Como demostraré más adelante, prácticamente todos los países desarrollados de hoy en día, entre ellos Gran Bretaña y Estados Unidos, las supuestas patrias del libre mercado y el libre comercio, se han hecho ricos sobre la base de recetas políticas que van contra las economías neoliberales. Las naciones ricas de hoy utilizaron protección y subvenciones, al mismo tiempo que discriminaban a los inversores extranjeros: todo ello anatema para la ortodoxia económica actual y "ahora severamente restringido por tratados multilaterales, como los ¿cuerdos de la o.uc, y proscrito por donantes de ayuda y organizaciones financieras internacionales (particularmente el FMI y el Banco Mundial). Hay unos pocos países que no usaron excesiva protección, como Holanda y (hasta la Primera Guerra Mundial) Suiza. Pero se desviaron de la ortodoxia de otras maneras, como su negativa a proteger patentes (hablaré más de ello en capítulos sucesivos). Los antecedentes de los países ricos de hoy en políticas referentes a la inversión extranjera, empresas de propiedad estatal, dirección macroeconómica e instituciones políticas muestran también desviaciones importantes con respecto a la ortodoxia actual relativa a esas cuestiones. Pero, si ese es el caso, ¿por qué las naciones ricas no recomiendan a los países actualmente en vías de desarrollo las estrategias que tan buenos resultados les dieron? ¿Por qué en su lugar distribuyen una invención sobre la historia del capitalismo, y además mala? En 1841, un economista alemán, Friedrich List, criticó a Gran Bretaña por predicar el libre comercio a otros países, pese a que había conseguido su supremacía económica por medio de aranceles altos y subvenciones considerables. Acusó a los británicos de "retirar la escalera" por la que habían subido para alcanzar la posición más alta de la economía mundial: "es una argucia muy común que, cuando alguien ha alcanzado la cumbre de la grandeza, retira la escalera por la que ha subido para privar a los demás de los medios para trepar tras él [cursiva añadida]". Hoy en día, hay ciertamente algunas personas en las naciones ricas que predican el libre mercado y el libre comercio a las naciones pobres con la finalidad de capturar porciones más grandes de los mercados de estas y evitar la aparición de posibles competidores. Dicen: "Haced lo que decimos, no lo que nosotros hicimos" y actúan como "malos samaritanos", aprovechándose de aquellos que están en apuros." Pero lo más preocupante es que muchos de los malos samaritanos de hoy ni siquiera se dan cuenta de que están perjudicando a los países en vías de desarrollo con sus políticas. La historia del capitalismo se ha reescrito hasta tal punto que mucha gente del mundo rico no percibe la doble moral histórica que supone recomendar libre comercio y libre mercado a naciones en vías de desarrollo.

Ha Joon Chang

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