jueves, 26 de abril de 2012

Sapere Aude





"Quiero una huelga donde vayamos todos.
Una huelga de brazos, piernas, de cabellos,
una huelga naciendo en cada cuerpo.
Quiero una huelga
de obreros de palomas
de choferes de flores
de técnicos de niños
de médicos de mujeres.
Quiero una huelga grande,
que hasta el amor alcance.
Una huelga donde todo se detenga,
el reloj las fábricas
el plantel los colegios
el bus los hospitales
la carretera los puertos.
Una huelga de ojos, de manos y de besos.
Una huelga donde respirar no sea permitido,
una huelga donde nazca el silencio
para oír los pasos del tirano que se marcha."

Xavier Velasco

"Los años infelices son los interesantes"

El premio alfaguara 2003 cuenta sus memorias de adolescente en 'La edad de la punzada'

 

 

Xavier Velasco en su casa de Ciudad de México. / PRADIP J. PHANSE

La casa de Xavier Velasco refleja el particular universo del escritor que uno intuye cuando habla con él. En el salón tiene un ajedrez con las figuras de Astérix y sobre la mesa reposa un puño americano. En una misma habitación se mezclan decenas de discos de música brasileña con los libros que se amontonan sin orden aparente. Del techo cuelga la marioneta de un vampiro y tienes la impresión de que, en cualquier momento, Boris, su perro, puede ponerse a escribir en uno de los teclados desperdigados por la estancia que no están conectados a ningún ordenador. Incluso puede encontrarse el manuscrito - sí, Velasco escribe siempre con la misma pluma sobre papel- de su última novela, ‘La edad de la punzada’.
En esa edad (la del pavo, la adolescencia) el escritor -que ganó el premio Alfaguara en 2003- empezó a convertirse en esa “persona irresponsable” que asegura que sigue siendo a sus 48 años. En la páginas de la novela, Velasco no tiene ningún pudor en contar su peregrinaje por varios colegios por su mal comportamiento, su paso por el Tribunal de menores, cómo perdió la virginidad con una prostituta o cómo le robó el rifle a su padre para vengarse de un vecino con un escopetazo.
Pregunta. El protagonista del libro tiene una ‘edad de la punzada’ de lo más trágica. ¿Cuánto de Xavier Velasco hay en el Xavier de la novela, además del nombre?
Respuesta. Sin exagerar, un 99,7%. No es un libro de memorias pero cuento una historia de mi vida, de esos años infelices, que son los realmente interesantes para un personaje. Cambian cosas como nombres, algunos lugares… Pero por lo demás, era exactamente igual, metiéndome en problemas e intentando demostrar que no era el niño bueno que esperaban. O al menos así lo dice mi memoria.
P. ¿Y qué tiene de especial esa adolescencia para que se convierta en un libro?
"Cuando me meto en problemas, el escritor que llevo dentro brinca de alegría"
R. Cuando me pasaban todas esas cosas me preguntaba: “¿Por qué me tiene que pasar todo esto a mí?” La respuesta es porque lo tenía que escribir. Durante todos esos años ha sido como un deber impuesto, una obligación moral, y nunca dejé de darle vueltas. Ahora que ya he contado lo que tenía que contar, puedo escribir sobre cualquier cosa.
P. ¿Se sentiría identificado un joven de ahora con lo que le ocurría a ese niño de clase alta que no paraba de meterse en líos?
R. A veces la gente no lee mi novela, sino que lee su propia adolescencia, que es muy parecida para todo el mundo independientemente del tiempo y el lugar. La diferencia es que ahora existe Internet y mientras yo me las tenía que arreglar para ver a una persona desnuda, ahora te las encuentras por kilos.
P. Hace unos años publicó una novela sobre su infancia (Este que ves, Alfaguara, 2006) y ahora una sobre su adolescencia. Si tuviera que hablar sobre el presente ¿cómo sería el argumento?
R. No, ya no habrá más continuaciones porque no hay nada tan divertido, tan interesante o tan fuerte como para que me sienta obligado a contarlo. Cuando termina ‘La edad de la punzada’ empiezo a vivir como un adolescente normal y feliz y eso ya no es interesante. Ahora escribiría una historia de una larga serie de felices frustraciones, porque cuando te dedicas a escribir recibes frustraciones todo el tiempo. Tal vez sería divertido pero no puedo imaginar cuál sería el clímax de la historia.
P. ¿Y qué queda de aquella época?
R. El resto de tu vida te dedicas a hacer con más ganas todas esas cosas que no pudiste hacer entonces. Durante esa edad aprendí a sobrevivir y a reírme en mitad de la desgracia. A disfrutar de la vida desfachatadamente, algo que continúo haciendo en la medida en que puedo.
Xavier Velasco y Boris. / P. J. Phanse

P. Tiene pinta de pasárselo muy bien todo el rato
R. Soy enfermizamente optimista y no se me pasa. Pero tengo una tendencia congénita a meterme en problemas.
P. Todo pensando en libros futuros, claro
R. Lo cierto es que cada vez que estoy en un problema, el escritor que está dentro de mí se frota las manos. Por más que esté desesperado tratando de salvarme, el escritor brinca de alegría. Y cuando salgo del problema, brincamos los dos.
P. ¿Antes de escribir sobre algo necesita experimentarlo?
R. Sí. O vivir algo equivalente porque si no es imposible dotar de humanidad a los personajes. La vida vale en la medida en la que sirve para la obra. Eso me da todas las coartadas para vivir todo lo que se me antoje. Por otra parte, la única manera de justificar esa coartada es que, cuando tienes información, la uses entera. Tienes que aguantarte.
P. Eso es un ejercicio de honestidad
R. No me importa mi reputación si eso sirve para que la novela funcione.
"A mí México no me preocupa, me divierte"
En esta novela de adolescencia, Velasco no tiene ningún pudor en contar su peregrinaje por varios colegios por su mal comportamiento, su paso por el Tribunal de menores, cómo perdió la virginidad con una prostituta o cómo le robó el rifle a su padre para vengarse de un vecino con un escopetazo.
P. Antes era publicista y también crítico musical. ¿Cómo ha cambiado desde que recibió el premio Alfaguara?
R. Ahora me dedico 100% a escribir y no pienso en otra cosa. Es el sueño de mi vida. También estoy mucho más solo.
P. ¿Está mucho más solo?
R. Si, cuando te va bien te vas quedando solo. La gente no quiere escuchar que te va bien. Además, esta profesión tiene algo de vocación de monje, que te aísla de los demás. No sé si he cambiado tanto porque soy una persona que cambia constantemente de opinión. Es un derecho: no soy un intelectual, soy un artista.
P. Y ahora que puede escribir sobre cualquier cosa, ¿no se siente tentado por la narcoliteratura?
R. Si yo hablara de la violencia del narco se reirían de mí porque sé lo mismo que tú. Para eso hay gente como Élmer Mendoza, que lo está haciendo como nadie porque está ahí. No conozco el mero drama del narcotráfico. Como mucho puedo hablar de los narcóticos que he probado.
P. ¿Y qué le preocupa del México actual?
R. A mí México no me preocupa, me divierte muchísimo. Soy muy irresponsable. Lo único que me preocupa de mi país –y de muchos otros – es la estrategia colectiva contra el narcotráfico que está acabando con nuestra paz. Debería haber un consenso elemental para despenalizarlas e invertir todo ese dinero en rehabilitación y prevención. Más que preocuparme, me molesta que haya leyes que sirvan para hacer ricos a los criminales. Intento no leer las noticias hasta la noche porque me enojo. Estamos en un país donde las opciones políticas son hijas del PRI. Me angustia que no haya una izquierda pensante y progresista que no sea la izquierda jurásica que aún cree en Cuba y Corea del Norte como modelos.

“Lo siento, pero yo no quiero ser emperador, ese no es mi oficio. No quiero gobernar ni conquistar a nadie, si no ayudar a todos si fuera posible, judíos y gentiles, blancos o negros. Tenemos que ayudarnos los unos a los otros. Los seres humanos somos así, queremos hacer felices a los demás no hacerlos desgraciados. No queremos despreciar ni odiar a nadie.
En este mundo hay sitio para todos. La buena Tierra es rica y puede alimentarnos a todos los seres. El camino de la vida puede ser libre y hermoso, pero lo hemos perdido. La codicia ha envenenado las almas, ha levantado barreras de odio, nos ha empujado hacia la miseria y las matanzas.
Hemos progresado muy deprisa pero nos hemos encarcelado nosotros. El maquinismo que crea abundancia, nos deja en la necesidad. Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos, nuestra inteligencia, duros y secos. Pensamos demasiado y sentimos muy poco. Más que máquinas, necesitamos humanidad; más que inteligencia, tener bondad y dulzura. Sin estas cualidades la vida será violenta, se perderá todo.
Los aviones y la radio nos hacen sentir más humanos. La verdadera naturaleza de estos inventos exige bondad humana, exige la hermandad universal que nos una a todos nosotros. Ahora mismo, mi voz llega a millones de seres en todo el mundo. A millones de hombres desesperados, mujeres y niños; víctimas de un sistema que hace torturar a los hombres y encarcelar a gentes inocentes. A los que puedan oírme, les digo: ¡No desesperéis!, la desdicha que padecemos no es más que la pasajera codicia y la amargura de hombres que temen seguir el camino del progreso humano. El odio de los hombres pasará y caerán los dictadores y el poder que le quitaron al pueblo se le reintegrará al pueblo y así mientras el hombre exista, la libertad no perecerá.
¡Soldados!, no os rindáis a esos hombres que, en verdad, os desprecian, os esclavizan, reglamentan vuestras vidas y os dicen lo que tenéis qué hacer, qué pensar y qué sentir. Os barren el cerebro, os ceban, os tratan como a ganado y como a carne de cañón. No os entreguéis a estos individuos inhumanos, hombres máquinas con cerebros y corazones de máquinas. ¡Vosotros no sois máquinas, no sois ganado!, ¡sois hombres! Lleváis el amor de la humanidad en vuestros corazones, no el odio. Sólo los que no aman, odian; los que no aman y los inhumanos. ¡Soldados!, no luchéis por la esclavitud, si no por la libertad.
En el capítulo 17 de S. Lucas se lee: “El reino de Dios está dentro del hombre”, no de un hombre, ni de un grupo de hombres, si no de todos los hombres, en vosotros. Vosotros, el pueblo, tenéis el poder.
El poder de crear máquinas, el poder de crear felicidad. ¡Vosotros, el pueblo, tenéis el poder de hacer esta vida libre y hermosa, de convertirla en una maravillosa aventura! ¡En nombre de la Democracia, utilicemos ese poder actuando todos unidos! ¡Luchemos por un mundo nuevo, digno y noble!, que garantice a los hombres trabajo y dé a la juventud un futuro y a la vejez, seguridad.
Con la promesa de esas cosas, las fieras alcanzaron el poder, pero mintieron. No han cumplido sus promesas, ni nunca las cumplirán. Los dictadores son libres sólo ellos, pero esclavizan al pueblo. ¡Luchemos ahora para hacer nosotros realidad lo prometido! ¡Todos a luchar para libertar al mundo, para derribar barreras nacionales, para eliminar la ambición, el odio y la intolerancia! ¡Luchemos por el mundo de la razón, un mundo donde la ciencia y el progreso nos conduzcan a todos a la felicidad!
¡Soldados, en nombre de la Democracia, debemos unirnos todos!”
Esa es la esperanza que me queda, que escuchemos, que leamos, que aprendamos, que actuemos. Que exijamos vivir y trabajar en paz.

Charles Chaplin
En 2006, el presidente de Mozambique, Armando Emilio Guebuza, se acercó a conocer a Pedro Muagura. Fue hasta su humilde casa y le hizo una pregunta: ¿por qué plantas árboles? Él pensó durante unos segundos y le contestó: “La mamá cuando va a dar a luz necesita una sombra con la que resguardarse del sol, el recién nacido una cuna de madera en la que descansar y en el final, en la muerte, un ataúd será nuestro último cobijo. Los árboles son la vida”.
La respuesta que escuchó el mandatario no es de alguien más, es de un hombre que ha plantado casi cien millones de árboles en 12 países distintos del planeta. Su historia es tan inverosímil como para parecer una película. ¿Qué decir de un hombre que adiestró gatos para acabar con las cobras que segaban vidas en un pueblo del norte de su país?
Muagura es un mozambiqueño de origen muy humilde. “Aprendí a amar los árboles porque mi padre no tenía dinero ni para darnos pan. Todo lo que comía me lo daban las plantas”, explica. Luego, su pasión se tornó con mucho empeño en estudio universitario y de ahí comenzó su pequeña leyenda. “En el final de mi tesis universitaria me fui al monte Kilimanjaro, en Tanzania. Entonces resolví un grave problema de inadaptación de cultivos en sus laderas”. La solución le hizo tan famoso, que el entonces presidente de Tanzania le pidió que se quedara trabajando en el país.
Pero el plantador de árboles decidió viajar por el mundo con una sola norma que se impone allí donde va. “En la primera hora que llego a un país tengo que plantar un árbol”. En el aeropuerto de Helsinki le permitieron hacerlo en la propia terminal, pero cuando lo intentó en Londres se llevó la hasta ahora única negativa. “Eran gente rara. Aterricé y le di los buenos días a tres personas. Dos no me contestaron y otra me preguntó qué quería. Nada, sólo darle los buenos días, le contesté. Luego hablé con alguien del recinto y le pregunté dónde podía plantar un árbol. Me dijo que en ningún sitio, así que decidí sentarme, no hablar con nadie e irme”.
Eran tiempos aquellos en los que Muagura recorría becado el norte de Europa y se quedaba extrañado al ver que en Finlandia crecía la vegetación del hielo: “No lo podía entender”. Sufría en Rusia ataques xenófobos: “Comí en un restaurante donde rompieron los platos en los que yo había comido por ser negro. Planté unos cuantos árboles allí y también me marché”.
Su vida tiene tintes humorísticos, como cuando en Suecia fue a comprar bananas. “Yo como en Mozambique decenas de plátanos al día. En Suecia fui a una frutería y vi que troceaban las bananas en pequeñas porciones. Me extrañó, pero quería comer de nuevo mi fruta favorita. Pedí sólo una y cuando me dijeron el precio no me lo podía creer, con ese dinero compraba 100 en mi país. No pude pagarla”. Por último, en el aeropuerto de Johannesburgo, en el hotel que hay frente a la terminal internacional, obligó a que regaran las mustias plantas o se negaba a comer. “Ya había pedido y a los empleados no les quedó más remedio que regar el jardín”.

‘Vi una tala ilegal desde el aire y lloré’

Sirvan estos ejemplos para escenificar la vida de una amante de la naturaleza. En la actualidad, trabaja en el Parque Nacional de Gorongosa, en Mozambique, repoblando un país en el que la deforestación por la venta de madera es importante. “En una ocasión me subieron a un helicóptero sin avisarme de lo que iba a ver. Desde el aire contemplé un área grande donde hacían tala ilegal y un incendio. Comencé a llorar». Muagura trabaja con las comunidades más humildes, enseñándoles a respetar el entorno. “Muchos de los que antes eran mis enemigos son ahora colaboradores que me ayudan en los viveros. En nada llegaré a la cifra de haber plantado en mi vida cien millones de árboles, llevo ya 97 millones”.
Además, él fue el artífice de acabar con un problema de picaduras de cobra en Guro, un poblado de Mozambique. “Me llamaron y contaron quemorían por sus picaduras cuatro personas cada seis meses. Pensé y decidí comprar 45 gatos y adiestrarlos”. Los encerró durante un tiempo y les fue dejando sin comida y acostumbrándolos en sucesivas pruebas a comer primero cobra a la brasa y luego viva. Los que no pasaban los exámenes los iba soltando. Al final quedó un ejército de 30 gatos que han provocado que sólo muera por picadura de cobra una persona cada dos años.
Por último, Muagura, el plantador de árboles al que la BBC hará en breve un reportaje, deja dos sentencias. ¿Quieres más a las plantas o a los hombres? “Quiero más a las plantas. Nosotros, los humanos, estamos destruyendo la naturaleza por no respetarla”. ¿En qué lugar del mundo plantarías un árbol si te dejaran elegir un único sitio? “En el lugar donde yo nací”.
Fuente: El Mundo.es

viernes, 13 de abril de 2012


Por qué el cielo es azul?

No lo sé.
¿Cómo puede ver el cielo sin saber por qué es azul?

Usted es el profesor.
Y usted es una persona. Si le explico por qué el cielo es azul, cuando lo mire verá mucho más de lo que veía. Y así vivirá más.

¿Y?
Enseñar es eso: ayudar a los demás a que vivan más y mejor.

¿En qué sentido?
Yo enseño a vivir con más sentido. Cuando aprende, su vida se llena de sentido. Por eso, yo no doy clases: doy vida al alumno.

¿Tan grave es no saber lo del cielo?
Más grave es no habérselo preguntado. Si logro que se lo pregunte, elevaré su nivel de conciencia y haré de usted mejor persona. ¿Ha estado hace poco en una guardería?

Sí.
Pues fíjese en los soles que dibujan hoy los parvulitos: pintan soles verdes o azules.

Los pintan de todos los colores.
¿Y sabe por qué?

¿...?
Porque hubo un Van Gogh que un día pintó un sol verde: ¡nos enseñó a ver el sol como yo le enseño a ver el cielo! Cuando yo era niño, el profesor que nos veía pintar un sol verde nos reñía: "Walter, no pintes el sol verde; ¿no ves que es amarillo?".

¿Y por qué hoy no se lo dicen al niño?
¡Porque existió Van Gogh! Y porque hubo un Picasso que nos enseñó a ver el cuerpo humano en Las señoritas de Aviñón, y hasta un Duchamp que convirtió un urinario en una obra de arte. El arte nos enseña a ver el mundo, y eso es lo que yo quiero hacer cuando enseño física y colecciono arte.

¿Qué tienen que ver arte y física?
Amo el arte porque me enseña a ver el mundo y, así, a crecer como persona y vivir más. Por eso soy artista cuando doy mis clases, porque aspiro a cambiar a mis alumnos.

Lo importante no es saber más.
Eso cree la mayoría de los profesores: que es mejor quien más materia cubre.

Yo diría lo mismo.
Pues no es mejor profesor quien más materia cubre, sino quien más mundos descubre. Para lograrlo, la preparación de las clases debe ser algo tan creativo como el arte.

¿Qué hace usted para darlas?
Yo me despierto de madrugada y me abalanzo sobre un cuaderno, que tengo en mi mesilla de noche, para apuntar las ideas que se me ocurren para mejorar mis clases. Si logro emocionarles, les haré pensar. Por eso estudio teatro, declamación, oratoria...

Lo he apreciado en sus vídeos.
¡Hace cincuenta años que no repito una clase! Porque son mis obras de arte.

Sé que la frecuentan no universitarios.
También vienen ancianas que se apasionan cuando aprenden qué es un agujero negro del universo: cambia su mente y su vida.

¿Cómo logra explicárselo?
Las reto, les hago reír, llorar, divertirse, pensar... ¡Y que se meen de miedo!

¿Les explica su cálculo de que la Tierra se acabará en 5.000 millones de años?
Claro.

¿Y no es deprimente pensarlo?
¡No! El universo rebosa de formas de vida. La nuestra es sólo una más. ¿Realmente cree usted que somos tan importantes?

Tal vez no somos gran cosa, pero somos lo único que tenemos.
En nuestro universo hay cien mil millones de galaxias y más de mil millones de planetas, y hay otros universos: un multiverso...

...
Y de todos esos billones, billones, billones, billones, billones, billones, billones, billones de planetas..., ¿cree usted que la Tierra es el único con vida? ¿Y que somos la única vida inteligente?

No lo sé.
Lo importante es que se lo pregunte, y tal vez coincida entonces conmigo en que nuestra existencia no es tan importante.

¡Pero es la nuestra!
Somos hijos de la casualidad cósmica. Tal vez algún día seamos capaces de fabricar una célula en el laboratorio, y ese día cambiarán las cosas. Mientras, somos irrelevantes.

Le veo ilusionado y resignado.
El cálculo es que a la Tierra le quedan 5.000 millones de años de existencia, pero si no rectificamos, los humanos acabaremos con nuestro planeta mucho antes. Y ahora habla un físico: hay cambio climático.

Cuando los humanos desaparezcamos, ¿no quedará nada de nosotros?
No. Pero si le resulta duro aceptar su propia desaparición y la de su especie, le daré una solución más allá de la razón: tenga fe.

¿En qué?
Adopte una religión y si un día un hijo suyo muere estúpidamente, no enloquecerá de dolor, sino que se dirá: "Dios lo quería tanto que se lo ha llevado consigo".

Es muy respetable.
Por supuesto. Yo le respetaré. Y espero que él respete a quienes no creemos.

Todos somos respetables.
La religión -no la razón- es el único modo de sentirse especial en el universo.

Usted tiene talento... Y ego.
Es verdad. El ego mueve el talento. Si repasa conmigo a los talentos del MIT...

Entrevisté allí a Chomsky: lo sé.
Son tan considerables como sus egos; pero los ponen al servicio de los demás.

¿Qué compensación le da enseñar?
Sé que, cuando usted mire al cielo a partir de ahora, se acordará de mí

Walter Lewin

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