miércoles, 26 de agosto de 2026


 La frase de Rafael Pérez Gay tiene una imagen muy eficaz porque convierte algo psicológico en una escena casi mecánica: el montacargas. La autoestima está abajo, en el sótano, y aparece la gentileza para subirla varios pisos. El problema es que un montacargas puede levantar algo muy pesado rápidamente, pero no necesariamente arregla lo que está roto.

El “viejo truco”

Pérez Gay habla de un truco porque la amabilidad puede utilizarse de manera sincera, pero también como instrumento de manipulación emocional.

Hay personas que saben exactamente dónde tocar: elogian, validan, halagan, escuchan, dicen aquello que el otro necesita desesperadamente escuchar. Y el efecto es inmediato.

“Eres extraordinario.”

“Qué inteligente eres.”

“Yo sí te entiendo.”

“Poca gente piensa como tú.”


Durante unos minutos, quizá unas horas, el edificio interior se ilumina.

Pero una cosa es dar afecto y otra muy distinta es administrar autoestima.

La gentileza como analgésico

La frase resulta interesante porque no critica la gentileza en sí. Critica su utilización como elevador artificial.

Una persona con una autoestima frágil puede volverse dependiente de esas pequeñas dosis de reconocimiento. Necesita que alguien le confirme constantemente que vale, que es interesante, deseable, inteligente, especial.

Y entonces aparece una paradoja:

cuanto más necesita que otros le digan quién es, menos segura está de quién es.

La aprobación ajena funciona como un espejo prestado. El problema es que, cuando el dueño del espejo se marcha, uno vuelve a quedarse a oscuras.

El peligro del halago


El halago tiene algo de narcótico porque no exige demasiado. No obliga a cambiar, crecer ni enfrentarse a uno mismo.

Decirle a alguien:


> “Eres maravilloso”

es mucho más cómodo que decirle:

> “Tienes cosas maravillosas, pero también tienes defectos que deberías mirar.”


La verdadera consideración hacia una persona puede incluir la incomodidad.

Quien solamente nos halaga quizá no nos esté cuidando. Quizá esté comprándonos.

Con afecto, con sonrisas, con palabras bonitas, pero comprándonos al fin y al cabo.

Y aquí aparece algo todavía más interesante

La autoestima saludable no debería depender de estar permanentemente elevado por los demás.

Porque si necesito que alguien me suba con el montacargas cada mañana, entonces mi problema no es que esté abajo.

Mi problema es que todavía no sé caminar por mí mismo.

La autoestima más sólida nace de algo menos espectacular: conocerse, aceptar las propias limitaciones, reconocer los errores, desarrollar capacidades, sobrevivir a los fracasos y descubrir que uno continúa teniendo valor incluso cuando nadie está aplaudiendo.

Por eso la frase de Pérez Gay tiene una pequeña dosis de ironía: la gentileza puede elevarnos, pero también puede convertirse en una forma elegante de mantenernos dependientes de quien mueve el interruptor.

El elogio sincero dice: “Veo algo valioso en ti.”

La adulación dice: “Te diré lo que necesitas escuchar para que necesites seguir escuchándome.”

Entre ambas cosas hay apenas unas palabras de distancia, pero psicológicamente hay un abismo.

Y quizá ahí esté la mejor lectura de la frase: no desconfiar de la gentileza, sino aprender a distinguir entre quien nos levanta porque nos quiere y quien nos levanta porque necesita tenernos en el aire. 

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