viernes, 29 de abril de 2022


 

 Tertuliano, un teólogo que vivió en Cartago alrededor del año 200 de nuestra era, escribió a propósito del cristianismo: Certum est, quia impossible (Es cierto porque es imposible). Los humanistas son menos lúcidos, pero su fe es igual de irracional. No niegan que la historia sea un catálogo de sinrazones, pero su remedio es simple: la humanidad debe ser (y será) razonable. Sin esa fe absurda — del más puro estilo «tertuliano»— , la Ilustración es un evangelio de desesperación.

 El término más preciso para definir un sistema que elimina los límites en el gobierno y el sector empresarial no es liberal, conservador o capitalista sino corporativista. Sus principales características consisten en una gran transferencia de riqueza pública hacia la propiedad privada —a menudo acompañada de un creciente endeudamiento—, el incremento de las distancias entre los inmensamente ricos y los pobres descartables, y un nacionalismo agresivo que justifica un cheque en blanco en gastos de defensa y seguridad. Para los que permanecen dentro de la burbuja de extrema riqueza que este sistema crea, no existe una forma de organizar la sociedad que dé más beneficios. Pero dadas las obvias desventajas que se derivan para la gran mayoría de la población que está excluida de los beneficios de la burbuja, una de las características del Estado corporativista es que suele incluir un sistema de vigilancia agresiva (de nuevo, organizado mediante acuerdos y contratos entre el gobierno y las grandes empresas), encarcelamientos en masa, reducción de las libertades civiles y a menudo, aunque no siempre, tortura.


 Edith Eger

miércoles, 27 de abril de 2022

 


No patentó su vacuna sino que se la dio a todos los niños del mundo. La vacuna, con un terrón de azúcar, cambió la historia. A los que le preguntaron si quería venganza porque las SS habían matado a dos nietas, les respondió: "Pero salvé a los niños de toda Europa. ¿No encuentran una espléndida venganza?"


Albert Bruce Sabin nació en 1906 en Białystok, Polonia. Murió en 1993 en Washington. Médico y virólogo, descubrió la vacuna contra la poliomielitis y entregó dinero y patentes para difundirla incluso entre los pobres. La poliomielitis estaba acabando con generaciones enteras. Su vacuna, administrada en un terrón de azúcar, cambió la historia de la humanidad.

Declaró: “Muchos insistieron en que patentara la vacuna, pero yo no quería. Es mi regalo a todos los niños del mundo".

 Aunque nos esforzamos en la vida por vivir de a dos o en grupo, hay momentos, sobre todo cuando se acerca la muer-te, que la verdad irrumpe con escalofriante claridad: nacemos solos y morimos solos. He oído decir a muchos pacientes a punto de morir que lo más horrible que tiene la muerte es que uno debe morir solo. Sin embargo, inclusive en el momento de la muerte, el deseo de otra persona de hacer sentir su pre-sencia con plenitud puede llegar a penetrar la soledad. Como dice un paciente en “No vayas mansamente”: “Aunque estés solo en tu bote, siempre es un consuelo ver las luces de los otros botes moviéndose cerca.”




 

martes, 26 de abril de 2022

 McCarthy descubrió en 1950 que el del comunismo podía resultar un buen asunto, y conquistó la fama cuando, el 9 de febrero de 1950, declaró en público que tenía en la mano la lista de 205 miembros del Departamento de Estado que eran «comunistas y homosexuales que han vendido a cuatrocientos millones de asiáticos a un esclavismo ateo». Nunca tuvo tal lista y la cifra fue cambiando de un discurso a otro, entre 10 y 121, aunque nunca aceptó concretar las acusaciones. De hecho en sus años de campaña contra los «comunistas en el gobierno», en que amargó la vida al secretario de Estado Dean Acheson, no llegó a denunciar efectivamente ni a un solo miembro de su departamento (en una ocasión en que citó cuatro nombres como «riesgos de seguridad», resultó que tres de ellos no eran ni siquiera funcionarios del Departamento de Estado). McCarthy, alimentado con informaciones por Hoover y contando con la prensa, que le reservaba siempre la primera página —como dijo Dorothy Thompson, muchos periódicos «le concedían la primera página y lo condenaban en el editorial»—, hizo una carrera demagógica, que duró tanto como la guerra de Corea, en la que llegó a acusar a Eisenhower de desleal. Truman había dicho: «El mejor activo que tiene el Kremlin es el senador McCarthy». McCarthy actuaba en colaboración con Roy Cohn, un abogado, judío y antisemita a la vez, con intereses en el “Studio 54” de Nueva York, a través del cual proporcionaba cocaína a sus amigos. Un personaje de quien Eric Hobsbawm ha dicho que es probable que «fuera un auténtico príncipe de las tinieblas». Cohn —el protagonista de Angels in America— manipulaba las respuestas de los testigos y arruinó las vidas de mucha gente, a la vez que se dedicaba a inspeccionar las bibliotecas de las «Casas de América» en Europa, donde afirmó haber descubierto 30.000 libros procomunistas, lo que obligó a retirar obras de Tom Paine, Thoreau, Hemingway, Arthur Miller o Mark Twain, con la desafortunada consecuencia de que algunas de ellas, como La montaña mágica de Thomas Mann, La teoría de la relatividad de Einstein o las de Freud, fuesen las mismas que años antes habían arrojado a la hoguera los nazis (faltos de espacio para almacenarlos, algunos bibliotecarios de las «Casas de América» las quemaron también ahora). Desde 1953, al acabar la guerra de Corea, un McCarthy que temía perder la atención que hasta entonces había recibido fue aumentando su agresividad y cometió el error de atacar al ejército, en lo que era en realidad un ataque contra Eisenhower, acusando a los altos mandos de debilidad ante las penetraciones comunistas. El presidente y los militares decidieron entonces que había que acabar con él. Le enfrentaron a un abogado hábil y un McCarthy medio borracho quedó en evidencia en una audiencia transmitida por televisión, que duró treinta y seis días y acabó arruinando su crédito. En diciembre de 1954 recibió una censura del Senado, por 67 votos contra 22, en una votación en que J. F. Kennedy fue uno de los dos únicos senadores demócratas ausentes, lo que puede explicarse por la amistad de su familia con McCarthy. Empezó entonces una triste decadencia, abandonado por viejos amigos que ahora procuraban ignorarle; tres años después moría alcoholizado. Roy Cohn falleció de sida en 1986; mientras agonizaba recibió en el hospital un telegrama de Reagan: «Nancy y yo os recordaremos en nuestros pensamientos y oraciones».

Josep Fontana


 WASHINGTON SQUARE: A writing professor and I would often talk about how writers are hoarders, obsessed with little material things—how, for example, I was obsessed with a little hay cross my mother kept in her drawer. Do you agree that that’s true for writers? Are there any material things you obsess over?

RUEFLE: I can see that little cross made of hay! Though it’s probably straw. Yes, writers are mysteriously attracted to objects that seem to speak to them, either these objects have entered one’s life by association with an event or a person, or they have entered by their own powers of persuasion, as when you find something lying on the street which you can never again part with—I have a terribly chewed-up pencil in my study that entered my life that way. And my entire home is full of such objects, altars full of them, arrangements of them everywhere, and by the time you are my age, things are out of control! I think this speaks to the power of the image, as well as the power of an object to contain a world, not to mention the power of an object to communicate. No two collections are alike, but I have never been to the home of a writer that is void of them. They are not unlike little poems in themselves. Joseph Cornell made a life of them, they were his medium as an artist, and every time I spend too much time in a junk shop, I think of him and feel a little less guilty for spending my days this way, even if my friends look askance at me. These things feed my soul, whether we are talking about a shell found on a beach, a tiny tin man with a watering can, or an ivory Torah reader with the name Rosa carved on it. They feed my imagination.


 

 Sentirse completamente aislado y solitario conduce a la desintegración mental, del mismo modo que la inanición conduce a la muerte. Esta conexión con los otros nada tiene que ver con el contacto físico. Un individuo puede estar solo en el sentido físico durante muchos años y, sin embargo, estar relacionado con ideas, valores o, por lo menos, normas sociales que le cionan un sentimiento de comunión y "pertenencia" Por otra parte, puede vivir entre la gente y no obstante dejarse vencer por un sentimiento de aislamiento total, cuyo resultado será, una vez excedidos ciertos límites, aquel estado de insania expresado por los trastornos esquizofrénicos. Esta falta de conexión con valores, símbolos o normas, que podríamos llamar soledad moral, es tan intolerable como la soledad física; o, más bien, la soledad física se vuelve intolerable tan sólo si implica también soledad moral. La conexión espiritual con el mundo puede asumir distintas formas; en sus respectivas celdas, el monje que cree en Dios y el misionero político aislado de todos los demás, pero que se siente unido con sus compañeros de lucha, no están moralmente solos. Ni lo está el inglés que viste su smoking en el ambiente más exótico, ni el pequeño burgués que, aun cuando se halla profundamente aislado de los otros hombres, se siente unido a su nación y a sus símbolos. El tipo de conexión con el mundo puede ser noble o trivial, pero aun cuando se relacione con la forma más baja y ruin de la estructura social, es, de todos modos, mil veces preferible a la soledad. La religión y el nacionalismo, así como cualquier otra costumbre o creencia, por más que sean absurdas o degradantes, siempre que logren unir al individuo con los demás constituyen refugios contra lo que el hombre teme con mayor intensidad: el aislamiento. Esta necesidad compulsiva de evitar el aislamiento moral ha sido descrita con mucha eficacia por Balzac en el siguiente fragmento de Los sufrimientos del inventor: Pero debes aprender una cosa, imprimirla en tu mente todavía maleable: el hombre tiene horror a la soledad. Y de todas las especies de soledad, la soledad moral es la más terrible. Los primeros ermitaños vivían con Dios. Habitaban en el más poblado de los mundos: el mundo de los espíritus. El primer pensamiento del hombre, sea un leproso o un prisionero, un pecador o un inválido, es éste: tener un compañero en su desgracia. Para satisfacer este impulso, que es la vida misma, emplea toda su fuerza, todo su poder, las energías de toda su vida. ¿Hubiera encontrado compañeros Satanás, sin ese deseo todopoderoso? Sobre este tema se podría escribir todo un poema épico, que sería el prólogo del Paraíso Perdido, porque el Paraíso Perdido no es más que la apología de la rebelión.

sábado, 23 de abril de 2022


 Edith Eger

 


Cratilo, en el ‘Diálogo’ platónico al que presta su nombre, esconde a Heráclito entre los pliegues de su túnica. Por boca de su interlocutor Hermógenes habla Demócrito, el filósofo de lo lleno y lo vacío, y quizá también Protágoras, el antigeómetra, que en su impiedad llegó a sostener que el hombre es la medida de todas las cosas: de las que son, en cuanto son, y de las que no son, en cuanto no son.

A Cratilo le preocupó el problema de la lengua, eso que es tanto lo que es como lo que no es, y sobre su consideración se extiende en amena charla con Hermógenes. Cratilo piensa que los nombres de las cosas están naturalmente relacionados con las cosas. Las cosas nacen —o se crean, o se descubren, o se inventan— y en su ánima habita, desde su origen, el adecuado nombre que las señala y distingue de las demás. El significante —parece querer decirnos— es noción prístina que nace del mismo huevo de cada cosa; salvo en las razonables condiciones que mueven las etimologías, el perro es perro (en cada lengua antigua) desde el primer perro y el amor es amor, según indicios, desde el primer amor. La linde paradójica del pensamiento de Cratilo, contrafigura de Heráclito, se agazapa en el machihembrado de la inseparabilidad —o unidad— de los contrarios, en la armonía de lo opuesto (el día y la noche) en movimiento permanente y reafirmador de su substancia —las palabras también, en cuanto objetos en sí (no hay perro sin gato, no hay amor sin odio)—.

Hermógenes, por el contrario, piensa que las palabras son no más que convenciones establecidas por los hombres con el razonable propósito de entenderse. Las cosas aparecen o se presentan ante el hombre, y el hombre, encarándose con la cosa recién nacida, la bautiza. El significante de las cosas no es el manantial del bosque, sino el pozo excavado por la mano del hombre. La frontera parabólica del sentir —y del decir— de Hermógenes, máscara de Demócrito y a ratos de Protágoras, se recalienta en no pocos puntos: el hombre, eso que mide (y designa) todas y cada una de las cosas, ¿es el género o el individuo?; las cosas, ¿son las cosas físicas tan sólo o también las sensaciones y los conceptos? Hermógenes, al reducir el ser al parecer, degüella a la verdad en la cuna; como contrapartida, el admitir como única proposición posible la que formula el hombre por sí y ante sí, hace verdadero —y nada más que verdadero— tanto a lo que es verdad como a lo que no lo es. Recuérdese que el hombre, según famosa aporía de Victor Henry, da nombre a las cosas pero no puede arrebatárselo: hace cambiar el lenguaje y, sin embargo, no puede cambiarlo a voluntad.

Platón, al hablar —–quizá con demasiada cautela— de la rectitud de los nombres, parece como inclinar su simpatía, siquiera sea veladamente, hacia la postura de Cratilo: las cosas se llaman como se tienen que llamar (teorema orgánico y respetuoso al borde de ser admitido, en pura razón, como postulado) y no como los hombres convengan, según los vientos que soplen, que deban llamarse (corolario movedizo o, mejor aún: fluctuante según el rumbo de los mudables supuestos presentes —que no previos— de cada caso).

De esta segunda actitud originariamente romántica y, en sus consecuencias, demagógica, partieron los poetas latinos, con Horacio al frente, y se originaron todos los males que, desde entonces y en este terreno, hubimos de padecer sin que pudiéramos ponerle remedio.


 

miércoles, 13 de abril de 2022

 Las teorías de Milton Friedman le dieron el Premio Nobel; a Chile le dieron el general Pinochet.

    EDUARDO GALEANO

 Serás siempre presa o juguete de los demonios y los necios de este mundo si esperas verlos aproximarse con cuernos o tintineando sus campanas. Ten en mente que, en su trato con los demás, las personas son como la luna: sólo muestran una de sus caras. Cada hombre posee un talento innato para […] elaborar una máscara con su fisonomía, a fin de lucir siempre como si fuera lo que pretende ser, […] y el efecto es sumamente engañoso. Se pone la máscara cada vez que su propósito es vanagloriarse de la buena opinión de otro; tú debes prestar a ella tanta atención como si estuviera hecha de cartón o de cera. 

—ARTHUR SCHOPENHAUER


 

  


La naturaleza tenía previsto que no necesitáramos muchos pertrechos para vivir felices; cada uno de nosotros es capaz de crear su propia felicidad. Las cosas externas apenas tienen importancia. […] Todo lo que un hombre precisa está más allá del poder de otro hombre.


 


La crisis actual no es la expresión del destino inevitable de la especie humana; por el contrario, es una crisis de crecimiento, es el resultado de la progresiva liberación de sus inmensas potencialidades materiales y psíquicas; el hombre se halla en el umbral de un mundo nuevo, un mundo lleno de infinitas e imprevisibles posibilidades; pero está también al borde de una catástrofe total. La decisión está en sus manos; en su capacidad de comprender racionalmente y de dirigir según sus designios los procesos sociales que se desarrollan a su alrededor.


domingo, 10 de abril de 2022



 El trabajo es el refugio de la gente que no tiene nada mejor que hacer. 



 

 El marco de referencia más amplio del ser humano multisensorial nos permite comprender de manera empírica la distinción significativa entre la personalidad y el alma. Tu personalidad es aquella parte de ti mismo que ha nacido contigo, vive en tu interior y que morirá llegado el momento. Ser humano y poseer una personalidad es la misma cosa. Tu personalidad, al igual que tu cuerpo, son los vehículos de tu evolución. Las decisiones que tomas y las acciones que realizas en la Tierra son los medios que utilizas para evolucionar. En cada momento eliges las intenciones que marcarán tus experiencias. Estas elecciones afectan a tu proceso evolutivo. Y así sucede con cada persona. Si eliges de manera inconsciente, evolucionas también de manera inconsciente. Si eliges conscientemente, evolucionas de la misma manera.

 


Se afirma que Walt Disney dijo que hay tres clases de personas en el mundo. Los envenenadores de pozos que desaniman a otros, pisotean su creatividad, y les dicen qué es lo que no pueden hacer. Los cortadores de grama, personas que tienen buenas intenciones pero están absortos en sí mismos, que cortan su grama pero jamás ayudan a otros. Y los mejoradores de vida. Esta última categoría tiene personas que se esfuerzan en enriquecer la vida de otros, que los elevan y los inspiran. Cada uno de nosotros necesita hacer todo lo que pueda para convertirnos en mejoradores de vidas, para sustentar a las personas, para motivarlas a crecer y alcanzar su potencial. Es un proceso que requiere tiempo.

viernes, 8 de abril de 2022

 Los medios de comunicación son herramientas indispensables para controlar el pensamiento y, como consecuencia inmediata, la acción social. La ironía o paradoja en este caso es que precisamente la institución que, según el código deontológico del Periodismo, debería informar al ciudadano, trabaja para alcanzar justo lo contrario: desinformarlo. En una sociedad democrática la desinformación utiliza varias vías de acción: 1) El silencio, que consiste en callar los discursos de quienes defienden ideas contrarias, así como los hechos que pondrían en aprietos a los poderosos. No hay espacio en sus páginas para los críticos de su sistema. 2) El desprestigio y la ridiculización: cuando un pensador destacado revela una verdad determinante, se le infamia y minimiza para lograr su descrédito. El método es similar en el ámbito político, económico, cultural, etc. Se trata de aplastar al enemigo con un procedimiento desleal o ilegítimo en democracia (como por ejemplo la mentira), que tergiversa la realidad o que saca a la luz los aspectos más desfavorables del individuo concreto magnificándolos. 3) La negación consiste en negar un acontecimiento veraz, mediante argumentos sólidos (aunque sean disparatados) susceptibles de ser creídos por los ciudadanos aplicando la lógica de los hechos. El objetivo es mantener alejada de la información verdadera a los receptores del mensaje y para ello manipulan sin escrúpulos la realidad, de acuerdo a sus intereses propios, con el objetivo de influir y modelar el comportamiento colectivo. Un ejemplo muy presente lo encontramos en la llamada «Guerra de Irak». Para orientar la voluntad de la ciudadanía a favor de la misma, los gobernantes y sus líderes-manipuladores de opinión aseguraron que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva y que era uno de los principales guardianes del terrorismo internacional. Conocemos cómo se desarrollaron los acontecimientos que llevaron al derrocamiento del dictador iraquí. Y también sabemos que la prensa independiente presionó de tal forma que George Bush, el principal propulsor del ataque a Irak, tuvo que admitir públicamente que nunca existieron las tan manidas armas de destrucción masiva, una expresión surgida a raíz del 11- S.

Cristina Martin


 

 


Tenemos el mismo problema con Wagner. Durante el almuerzo, esperando a que sirvan el postre, Cosima Wagner dice a los criados: «Hay que esperar, el maestro está tocando el piano». Arriba, en el segundo piso, se le oye tocar. Estaba estudiando, preparando la música de Semana Santa de Parsifal. Wagner baja. Y en la mesa del almuerzo —tenemos el testimonio directo de Cosima— se pronuncia sobre la cuestión judía y dice: «¡Hay que quemar vivos a los judíos!». El mismo día en que compone la música de Semana Santa de Parsifal. Me dirá usted: «Hay que comprenderle.» ¡No! No se puede comprender. Nosotros somos hombres y mujeres insignificantes. Usted y yo. Gracias a esos gigantes tenemos una herencia inmensa; no imagino mi existencia sin Tristán, sin otras páginas de Wagner, sin Ser y Tiempo, sin los libros sobre Kant, sin los ensayos sobre los presocráticos, etc. La edición de las obras completas de Heidegger tendrá más de cien volúmenes [...]. ¿Qué hacer frente a eso? Como lector, como profesor, tengo una deuda enorme con esos textos. Son los textos que amueblan mi mente y mi ser. Ello no quiere decir ni por un instante que defienda a esos hombres.



 

   ¿Se ha preguntado alguna vez por qué la vida se presenta como una serie de opuestos? ¿Por qué todo lo que valoramos es un elemento de un par de opuestos? ¿Por qué todas las decisiones se toman entre opuestos, y en ellos se basan todos los deseos?

    Obsérvese que todas las dimensiones espaciales y direccionales son opuestas: arriba y abajo se oponen, como dentro y fuera, alto y bajo, largo y corto, norte y sur, grande y pequeño, aquí y allá, cima y fondo, derecha e izquierda. Y todas las cosas que consideramos serias e importantes son un polo de un par de opuestos: bien y mal, vida y muerte, placer y dolor, Dios y Satán, libertad y servidumbre.
    También nuestros valores sociales y estéticos son siempre algo que se da en función de opuestos: éxito y fracaso, bello y feo, fuerte y débil, inteligente y estúpido. Incluso nuestras abstracciones supremas se fundan en oposiciones. La lógica, por ejemplo, se ocupa de lo verdadero y lo falso; la epistemología, de la apariencia y la realidad; la ontología, del ser y el no ser. Parece que nuestro mundo es una impresionante colección de opuestos.
    Este hecho es tan común que apenas si es necesario mencionarlo, pero cuanto más se cavila sobre él, más sorprende por su peculiaridad. Porque la naturaleza, al parecer, no sabe nada de ese mundo de opuestos en que vive el hombre. En la naturaleza no hay ranas verdaderas y ranas falsas, árboles morales e inmorales, océanos justos e injustos. No hay montañas políticas y apolíticas. No hay siquiera especies bellas y feas; por lo menos, no las hay para la naturaleza, que se complace en producirlas de todas clases. Thoreau decía que la naturaleza jamás se disculpa, y, al parecer, no lo hace porque ignora la oposición entre error y acierto y, por ende, no reconoce lo que los humanos consideramos «errores».
    Sin duda, es verdad que algunas de las cosas que llamamos «opuestos» existen aparentemente en la naturaleza. Por ejemplo, hay ranas grandes y pequeñas, árboles altos y bajos, naranjas verdes y maduras. Pero es algo que, para ellos, no es problema; no los precipita en paroxismos de angustia. Incluso es posible que haya osos listos y osos tontos, pero no parece que a ellos les preocupe mucho. Nadie ha descubierto complejos de inferioridad en los osos.
    Del mismo modo, en el mundo de la naturaleza se da la vida y la muerte, pero tampoco esto parece asumir las dimensiones aterradoras que se le asigna en el mundo de los humanos. A un gato, por más viejo que sea, no le invade el terror de su muerte inminente. Se limita a refugiarse tranquilamente en el bosque, para morirse allí, enroscado bajo un árbol. Un petirrojo moribundo se asienta cómodamente en la rama de un sauce y se queda mirando el crepúsculo. Cuando ya no puede ver la luz, cierra por última vez los ojos y se deja caer blandamente al suelo. Qué diferente es la manera en que el hombre se enfrenta con la muerte:
    No te adentres con calma en esa hermosa noche,
    Clama con sorda furia contra la extinción de la luz.
    Aunque el dolor y el placer aparecen también en el mundo de la naturaleza, no son en ella motivo de preocupación. Cuando a un perro le duele algo, gañe, pero si no le duele nada, se despreocupa. No le angustia el dolor futuro ni se queja del dolor pasado; todo parece muy simple y muy natural.
    A veces decimos que todo eso es cierto porque, lisa y llanamente, la naturaleza es tonta. Pero la explicación no sirve del todo porque, precisamente, estamos empezando a darnos cuenta de que la naturaleza es mucho más lista de lo que nos gusta creer. El gran bioquímico Albert Szent-Gyorgyi nos da un ejemplo fantástico:
    [Cuando me incorporé al Instituto de Estudios Superiores de Princeton] lo hice con la esperanza de que, al codearme con esos grandes matemáticos y físicos atómicos, llegaría a aprender algo sobre los seres vivos. Pero tan pronto como revelé que en cualquier sistema viviente hay más de dos electrones, los físicos se negaron a hablarme. Con todos sus ordenadores, no eran capaces de pronosticar lo que podía hacer el tercer electrón. Lo notable es que el electrón sabe exactamente qué hacer. De manera que un electroncito sabe algo que todos los sabios de Princeton ignoran, y eso no puede ser más que algo muy simple.
    Me temo que la naturaleza no sólo es más despierta de lo que creemos, sino más de lo que podemos imaginar. Después de todo, la naturaleza produjo también el cerebro humano, y nosotros nos jactamos de contar con uno de los instrumentos más inteligentes del cosmos. ¿Acaso un completo idiota podría haber creado una auténtica obra maestra?
    Cuenta el Génesis que una de las primeras tareas confiadas por Dios a Adán fue dar nombre a las plantas y los animales que existían en la naturaleza, pues ésta no tiene etiquetas con sus nombres, y sería muy cómodo que pudiéramos clasificar y denominar los diversos aspectos del mundo natural. Dicho de otra manera, a Adán le encargaron que separase la complejidad de las formas y procesos de la naturaleza, y que les asignara nombres. Estos animales se parecen entre sí, pero no se parecen nada a aquellos otros, de modo que a este grupo le llamaremos «leones», y a aquel otro, «osos». A ver, este grupo de cosas se puede comer, pero aquél no. Llamemos a este grupo «uvas» y a aquél, «piedras».
    Pero la verdadera tarea de Adán no consistió tanto en inventar nombres para los animales y las plantas, por más trabajoso que esto fuera. La parte más importante de su tarea era más bien el proceso de selección como tal, pues a menos que hubiera un solo animal de cada clase, cosa improbable, Adán tenía que reunir los animales que eran similares y aprender a diferenciarlos mentalmente de los que no se les parecían. Tenía que aprender a trazar mentalmente una demarcación entre los diversos grupos de animales, porque sólo después de haberlo hecho podía reconocer cabalmente las diferentes bestias y, por consiguiente, nombrarlas. En otras palabras, la gran tarea que inició Adán fue el trazado de demarcaciones mentales o simbólicas. Adán fue el primero en delinear la naturaleza, dividirla mentalmente, delimitarla y diagramarla. Fue el primer gran cartógrafo: dibujaba fronteras.
    Su labor de cartografiar la naturaleza tuvo un éxito tal que aún hoy pasamos buena parte de nuestra vida dibujando fronteras. Cada decisión que tomamos, cada una de nuestras acciones y palabras, se basan en la construcción, consciente o inconsciente, de límites, de fronteras. No me estoy refiriendo ahora a un simple límite de la propia identidad por más importante que éste sea, sino a todos los límites en el sentido más amplio. Tomar una decisión significa trazar una frontera entre lo que se elige y lo que no. Desear algo significa trazar una demarcación entre los conceptos que uno considera verdaderos y los que considera no verdaderos. Recibir una educación es aprender dónde y cómo se han de trazar límites y qué se ha de hacer luego con los aspectos acotados. Mantener un sistema judicial es trazar una línea divisoria entre quienes se adecuan a las normas de la sociedad y quienes no lo hacen. Librar batalla es trazar una línea que separa a quienes están con nosotros de quienes están en contra. Estudiar ética es aprender a dibujar una frontera que diferencia el bien y el mal. Estudiar medicina occidental es precisar con mayor claridad un límite entre la enfermedad y la salud. Es del todo evidente que, desde los incidentes secundarios a las grandes crisis, desde las decisiones menudas a los actos trascendentes, desde una cierta preferencia a una pasión avasalladora, nuestra vida es un proceso de establecimiento de fronteras.
    Lo que caracteriza a una demarcación es que, por más compleja y enrarecida que sea, de hecho no delimita otra cosa que un dentro y un fuera. Por ejemplo, podemos representar la forma más simple de demarcación como una circunferencia y ver que delimita y enfrenta un dentro y un fuera:

    Pero observamos que los opuestos, dentro y fuera, no existían por sí mismos antes de que dibujáramos el límite del círculo. Dicho de otra manera, lo que crea un par de opuestos es la demarcación como tal; en suma, trazar fronteras es fabricar opuestos. Así, podemos empezar a ver que la razón de que vivamos en un mundo de opuestos es, precisamente, que la vida tal como la conocemos es un proceso de establecer demarcaciones.
    Y el mundo de los opuestos es un mundo de conflictos, como no tardaría en descubrir el propio Adán, que debe de haberse quedado fascinado por el poder que se genera al trazar límites e invocar nombres. Pensemos que un sonido tan breve como el de la palabra «cielo» podía representar toda la inmensidad de los cielos azules reconocidos, en virtud de las demarcaciones, como diferentes de la tierra, el agua y el fuego. De modo que, en vez de manejar y manipular objetos reales, Adán podía manipular en su cabeza esos nombres mágicos que ocupaban el lugar de los objetos mismos. Antes de la invasión de las fronteras y los nombres, si, por ejemplo, Adán quería decirle a Eva que, en su opinión, era una burra, tenía que cogerla del brazo y salir con ella en busca de una burra, indicársela, señalarla a ella y después empezar a saltar, gruñir y adoptar una expresión estúpida. Pero ahora, gracias a la magia de las palabras, le bastaba con levantar los ojos al cielo y decir: «Por el amor de Dios, cariño, mira que llegas a ser burra». Eva, que dicho sea de paso era en realidad mucho más sensata que Adán, no solía replicarle. Es decir, se negaba a entrar en el juego de la magia de las palabras, porque en lo más profundo de su ser sabía que las palabras eran un arma de dos filos, y quien a hierro mata, a hierro muere.
    Entretanto, los resultados del esfuerzo de Adán eran espectaculares, fantásticos, mágicos, y es muy comprensible que el éxito empezara a subírsele a la cabeza. Empezó a llevar sus fronteras a lugares que habría sido preferible dejar sin cartografiar y que por ese medio lograba conocer. Esa embriaguez culminó en el árbol de la ciencia —en realidad de los opuestos— del bien y del mal. Y cuando Adán reconoció la diferencia entre los opuestos del bien y del mal, es decir, cuando trazó una demarcación fatal, su mundo se desmoronó. Al pecar, la totalidad del mundo de los opuestos, que él mismo había ayudado a crear, se volvió contra él para acosarlo. Dolor y placer, bien y mal, vida y muerte, esfuerzo y juego… todo el espectro de opuestos en conflicto se abatió sobre la humanidad.
    El hecho exasperante que aprendió Adán fue que cada demarcación es también un frente de batalla potencial, de manera que el mero establecimiento de una frontera equivale a prepararse para el conflicto, y en concreto para el conflicto de la guerra de opuestos, de la lucha angustiosa de la vida contra la muerte, del placer contra el dolor, del bien contra el mal. Lo que aprendió Adán —y lo aprendió demasiado tarde— es que preguntarse dónde hay que trazar la línea significa, en realidad, preguntarse dónde se ha de librar la batalla.
    Lo cierto es que vivimos en un mundo de conflicto y oposición porque es un mundo de demarcaciones y fronteras. Y puesto que cada línea fronteriza es también una línea de batalla, henos aquí con la difícil situación humana: cuanto más firmes son nuestras fronteras, más encarnizadas son nuestras batallas. Cuanto más me aferro al placer, más temo —necesariamente— al dolor. Cuanto más voy en pos del bien, tanto más me obsesiona el mal. Cuantos más éxitos busco, mayor será mi terror al fracaso. Cuanto mayor sea el afán con que me aferro a la vida, más aterradora me parecerá la muerte. Cuanto mayor sea el valor que asigne a una cosa, más me obsesionará su pérdida. En otras palabras, la mayoría de nuestros problemas lo son de demarcaciones y de lo opuestos que éstas crean.

miércoles, 6 de abril de 2022

 


“Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso”.



 


«Cuidado con el intelecto, porque sabe tanto que no sabe nada y te deja colgada boca abajo, saboreando, mientras tu corazón se cae por tu boca».





 Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»... Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero»).

Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

martes, 5 de abril de 2022

 


"Los seres humanos somos sobre todo lo que hacemos y lo que le hacemos a las otras personas, mucho más de lo que decimos. Por supuesto que nos comunicamos con lo que decimos, pero es mucho más definitivo y determinante lo que hacemos."



lunes, 4 de abril de 2022

 


Las empresas de propiedad estatal pueden ser también idóneas allí donde existe "monopolio natural". Esto se refiere a la situación en que las condiciones tecnológicas dictaminan que tener solo un proveedor es el modo más eficiente de servir al mercado. Electricidad, agua, gas, ferrocarriles y teléfonos (terrestres) son ejemplos de monopolio natural. En estas industrias, el principal coste de la producción es la construcción de la red de distribución y, por lo tanto, el coste unitario de suministro disminuirá si el número de clientes que utilizan los servicios de la red aumenta. En cambio, disponer de varios proveedores, cada uno con sus propias redes de cañerías de agua, por ejemplo, incrementa el coste unitario de abastecer a cada familia. Históricamente, esas industrias empezaron a menudo en los países desarrollados con muchos pequeños productores competidores, pero luego se consolidaron en grandes monopolios regionales o nacionales (y entonces, a menudo, nacionalizados). Cuando hay un monopolio natural, el productor puede cobrar lo que quiera, ya que los consumidores no pueden acudir a nadie más. Pero no solo se trata de que el productor "explote" al consumidor. Esta situación genera también un coste social del que ni siquiera el proveedor monopolista puede apropiarse, conocido como "pérdida de eficiencia en asignación" en jerga técnica." En este caso, puede ser económicamente más eficiente para el gobierno asumir la actividad en cuestión y explotarla él mismo, produciendo la cantidad socialmente óptima. La tercera razón para que el gobierno funde empresas de propiedad estatal es la equidad entre los ciudadanos. Por ejemplo, si se dejan a compañías del sector privado, los habitantes de zonas remotas pueden no tener acceso a servicios esenciales como correo, agua o transporte: el coste de entregar una carta a una dirección en las remotas zonas montañosas de Suiza es muy superior al de una dirección en Ginebra. Si la empresa que entrega la carta estuviera únicamente interesada en los beneficios, subiría el precio de la entrega postal a las regiones montañosas, obligando a los residentes a reducir su uso del servicio postal, o podría incluso suspender el servicio por completo. Si el servicio en cuestión es vital y todos los ciudadanos deben tener derecho a él, el gobierno puede decidir dirigir la actividad por sí mismo a través de una empresa pública, aunque suponga perder dinero en el proceso. 

Ha Joon Chang

 


Me gusta ser persona porque sé que soy un ser condicionado, pero consciente del inacabamiento, sé que puedo ir más allá de él. Esta es la diferencia profunda entre el ser condicionado y el ser determinado. La diferencia entre el inacabamiento que no se sabe como tal y el inacabamiento que histórica y socialmente alcanzó la posibilidad de saberse inacabado.





 El físico Leo Szilard anunció una vez a su amigo, Hans Bethe, que estaba pensando en escribir un diario: «No me propongo publicado. Me limitaré a registrar los hechos para que Dios se informe». «¿Tú crees que Dios no conoce los hechos?», preguntó Bethe. «Sí —dijo Szilard—. Él conoce los hechos, pero no conoce esta versión de los hechos». 

HANS CHRISTIAN VON BAEYER, Taming the Atom [Controlando el átomo]

sábado, 2 de abril de 2022

 


Para conocer una cosa partiendo de su opuesto, recordemos la implacabilidad de El príncipe de Maquiavelo, libro al que Russell llamó «manual para pistoleros». Las técnicas de Maquiavelo ilustran a la perfección la relación Yo-Ello cuando relata cómo gobernar a los pueblos infundiéndoles miedo, cómo enriquecerse a costa de los demás y cómo aferrarse a cualquier parcela de poder que uno obtenga. Si el título profesional que busca es el de dictador, Maquiavelo le dará el mejor de los resultados.

    Sin embargo, si sus intereses sentimentales pertenecen al reino del «y fueron felices por siempre jamás», le irá mejor con Buber y Kant. Ambos se mostrarían de acuerdo con Hobbes en que el equilibrio de fuerzas es la clave de una relación pacífica y satisfactoria.

 Un monje tenía siempre una taza de té al lado de su cama. Por la noche, antes de acostarse, la ponía boca abajo y, por la mañana, le daba la vuelta. Cuando un novicio le preguntó perplejo acerca de esa costumbre, el monje explicó que cada noche vaciaba simbólicamente la taza de la vida, como signo de aceptación de su propia mortalidad. El ritual le recordaba que aquel día había hecho cuanto debía y que, por tanto, estaba preparado en el caso de que le sorprendiera la muerte. Y cada mañana ponía la taza boca arriba para aceptar el obsequio de un nuevo día. El monje vivía la vida día a día, reconociendo cada amanecer que constituía un regalo maravilloso, pero también estaba preparado para abandonar esté mundo al final de cada jornada.

 


Más ineficaz fue aun la desnazificación realizada por los propios alemanes. Para entenderlo hay que tener en cuenta que la mayor parte de la población había aceptado conscientemente los crímenes del nazismo —su falta, se ha dicho, no fue «su incapacidad de resistir, sino su disposición a servir»— y ayudó después a que permanecieran impunes. Durante la guerra los alemanes sabían lo que sucedía y no les preocupaba en absoluto —las persecuciones de la Gestapo no afectaron, por lo menos hasta los meses finales del derrumbe, a los ciudadanos comunes—, por lo que se acomodaron sin dificultad a la situación y no dudaron en colaborar en la represión con sus denuncias. Terminada la contienda se dedicaron colectivamente a fingir que no sabían nada y a callar lo que conocían los unos de los otros. Una actitud que acabó conduciendo a que «se concedieran a si mismos la condición de individuos “seducidos” políticamente, y convertidos al final en “mártires” por la guerra y por sus consecuencias».


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