71 % DE VIDA RESTANTE
Mi esposa miró su reloj inteligente y preguntó:
—¿Y ese 71 % qué significa?
No sé exactamente qué función del reloj estaba viendo. Probablemente algo relacionado con salud, recuperación, batería, sueño, actividad física o alguna otra de esas cosas que ahora nuestros aparatos saben de nosotros y que nosotros mismos apenas sospechamos.
Pero le respondí:
—El porcentaje que te queda de vida.
Nos reímos.
Y ahí debió terminar el asunto.
Pero no terminó.
Porque mientras seguía mirándola pensé: ¿qué pasaría si realmente existiera un aparato capaz de decirnos cuánto nos queda de vida?
No una aproximación estadística escondida detrás de una letra pequeña.
No “según tus hábitos podrías vivir hasta los 87”.
No.
Un pequeño círculo luminoso en la muñeca:
71 %.
Tu vida restante.
Y debajo:
Estimación actualizada hace 14 minutos.
Eso cambiaría algunas cosas.
Por ejemplo, dejaríamos de preguntar cuánto falta para las vacaciones.
Preguntaríamos:
—¿Cuánto me queda?
Y el aparato contestaría:
—23 años, 7 meses, 12 días.
—¿Seguro?
—Probabilidad de error: 8.4 %.
Ah, qué alivio.
Porque la humanidad siempre ha tenido un extraño talento para convertir cualquier misterio en una tabla de Excel.
Al principio, por supuesto, sería un invento maravilloso.
Los médicos estarían encantados.
Las aseguradoras, todavía más.
Las compañías de seguros empezarían a ofrecer planes personalizados:
“¿Su reloj marca más de 70 %? Tenemos una póliza ideal para usted.”
Los bancos también se adaptarían.
—¿Cuánto tiempo piensa pagar la hipoteca?
—Treinta años.
—Imposible.
—¿Por qué?
—Su reloj dice que le quedan veintisiete.
Y aparecería una nueva forma de discriminación.
No te preguntarían únicamente tu edad.
Te preguntarían tu porcentaje.
“¿Cuánto le queda?”
—Cuarenta y dos.
—Ah.
Silencio incómodo.
—¿Y a usted?
—Ochenta y uno.
—¡Qué maravilla!
Y entonces probablemente empezaríamos a mentir.
Como mentimos con la edad.
Como mentimos con el salario.
Como mentimos diciendo que “estamos muy bien”.
La gente comenzaría a presumir de su porcentaje.
“Yo tengo 76 %.”
“Pues mi hermano tiene 84.”
“Sí, pero él hace maratones.”
“Ya bajará.”
Porque incluso la muerte terminaría convertida en una competencia.
Y aparecería, naturalmente, la industria para evitarla.
No podía faltar.
En unos cuantos meses encontraríamos anuncios como:
¡RECUPERA HASTA UN 9 % DE VIDA!
Con un hombre musculoso, sonriente, de 94 años, levantando una pesa de cinco kilos.
LIFE MAX™
La fórmula que la industria farmacéutica no quiere que conozcas.
Ingredientes naturales.
Científicamente comprobados.
Resultados variables.
Muerte inevitable.
Pero eso último aparecería en letras muy pequeñas.
También tendríamos aplicaciones.
Una llamada LifeTrack nos avisaría:
“Ayer perdió 0.3 % de expectativa de vida.”
—¿Por qué?
“Durmió cinco horas.”
—¿Y si duermo ocho?
“Podría recuperar 0.1 %.”
—¿Y el otro 0.2?
“No sabemos.”
—¿Entonces para qué me avisas?
“Para aumentar su ansiedad.”
La tecnología, finalmente, habría conseguido aquello que durante siglos no pudieron conseguir ni la religión ni la filosofía:
hacer que nos preocupáramos profesionalmente por nuestra propia muerte.
Y las parejas tendrían conversaciones maravillosas.
—A ti te quedan 63 %.
—Sí.
—A mí 57.
—Bueno.
—¿Bueno?
—Pues sí.
—¿No te preocupa?
—No.
—¿Por qué?
—Porque cuando nos conocimos tú tenías 92 y yo 89.
—¿Y?
—Que siempre fuiste peor inversión.
Y quizá empezaríamos a tomar decisiones absurdas.
“Me quedan veinte años, así que ya no vale la pena estudiar otra carrera.”
“Me quedan sesenta, así que todavía tengo tiempo.”
“Me quedan cinco.”
Y ahí cambia todo.
Porque cinco años parecen mucho cuando los miramos desde fuera y poquísimo cuando sabemos que son nuestros últimos cinco.
Lo verdaderamente interesante del aparato no sería que pudiera predecir nuestra muerte.
Sería lo que haríamos nosotros con la información.
Porque actualmente sabemos que vamos a morir, pero no sabemos cuándo.
Y esa ignorancia tiene una función extraordinaria.
Nos permite vivir.
Nos permite comportarnos como si el futuro fuera una habitación todavía sin ocupar.
Podemos decir:
“Después lo hago.”
“Algún día viajaré.”
“Algún día aprenderé piano.”
“Algún día le diré que la quiero.”
“Algún día leeré ese libro.”
“Algún día dejaré ese trabajo.”
“Algún día empezaré de nuevo.”
El “algún día” es una de las ficciones más poderosas inventadas por el ser humano.
Y funciona precisamente porque no tiene fecha.
Pero imaginemos que el reloj dice:
6 %.
De repente, “algún día” se convierte en una expresión obscena.
Ya no significa futuro.
Significa desperdicio.
Y aquí aparece la paradoja.
Hemos pasado siglos intentando conquistar la muerte.
Primero inventamos dioses.
Después rituales.
Después médicos.
Después hospitales.
Después antibióticos.
Después cirugías.
Después tecnología.
Ahora tenemos relojes capaces de medir nuestros pasos, nuestro sueño, nuestra frecuencia cardiaca, nuestro nivel de estrés, nuestra recuperación y quién sabe cuántas cosas más.
Estamos rodeados de pequeños aparatos que nos recuerdan constantemente que nuestro cuerpo es una máquina.
Y quizá el siguiente paso lógico sea convertir la vida misma en una cifra.
71 %.
Pero hay algo que ningún algoritmo podría medir.
Qué hacemos con ese 71 %.
Porque una persona puede tener 80 años por delante y no vivir realmente ninguno.
Y otra puede tener diez y llenar esos diez años de cosas que justifican haber estado aquí.
Podríamos incluso imaginar dos personas con exactamente el mismo porcentaje.
Una tiene 72 % y vive aterrorizada porque algún día llegará a 71.
La otra tiene 72 % y esa tarde se sienta a tomar café con alguien que quiere.
El aparato marca lo mismo.
La vida no.
Tal vez por eso la incertidumbre no sea un defecto de la existencia.
Tal vez sea una condición necesaria.
No saber cuánto tiempo tenemos nos permite desperdiciar un domingo sin sentir que hemos perdido 0.03 % de nuestra existencia.
Nos permite conversar durante horas.
Leer novelas enormes.
Enamorarnos cuando estadísticamente ya deberíamos habernos comportado con mayor prudencia.
Cambiar de opinión.
Cambiar de trabajo.
Tener hijos.
No tenerlos.
Viajar.
Quedarnos.
Empezar tarde.
Empezar otra vez.
Perdonar.
Y también, claro, perder el tiempo.
Porque hasta perder el tiempo forma parte de estar vivo.
Una sociedad obsesionada con optimizar cada minuto acabaría descubriendo una ironía formidable:
podríamos prolongar nuestra vida hasta el límite y, sin embargo, no haber vivido demasiado.
Así que quizá aquel 71 % del reloj de mi esposa fue una especie de accidente filosófico.
Ella solamente quería saber qué significaba un número.
Yo le contesté con una broma.
Pero después pensé que quizá ese aparato imaginario sería el dispositivo más peligroso que podríamos inventar.
No porque nos dijera cuándo moriríamos.
Sino porque nos obligaría a mirar constantemente cuánto nos queda.
Y quizá terminaríamos haciendo con la vida lo mismo que hacemos con la batería del teléfono.
Mirarla.
Administrarla.
Ahorrarla.
Cuidarla.
Preocuparnos cuando baja.
Y olvidarnos de usarla.
Tal vez la verdadera maravilla de estar vivos sea precisamente que no tenemos un pequeño círculo en la muñeca diciendo:
“Te quedan 71 %.”
Porque si lo tuviéramos, quizá pasaríamos tanto tiempo comprobando cuánto queda que olvidaríamos la única pregunta que realmente importa:
¿Qué estás haciendo con lo que tienes ahora?
Tal vez por eso no existe un reloj que nos diga cuánto nos queda.
No porque la tecnología todavía no haya conseguido fabricarlo.
Sino porque, si algún día lo consigue, quizá descubramos que llevábamos toda la vida mirando el reloj equivocado.
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