Esta frase de Leonora Carrington condensa una visión profundamente poética y, al mismo tiempo, melancólica del paso del tiempo:
“Los sueños con los años también se van, las arrugas que tenemos es la tierra que nos jala".
Los sueños representan aquí no solo las ilusiones juveniles, sino también las posibilidades infinitas que imaginamos para nuestra vida.
Carrington reconoce que el tiempo no pasa en vano: algunas aspiraciones se cumplen, otras se transforman y muchas desaparecen silenciosamente.
La segunda imagen es especialmente poderosa. Las arrugas no aparecen como una simple señal biológica del envejecimiento, sino como la huella visible de una fuerza más profunda: la gravedad de la existencia, la llamada inevitable de la tierra. Cuando dice que "la tierra nos jala", evoca el destino común de todos los seres vivos: regresar al lugar del que proceden.
Sin embargo, la frase no suena derrotista. En la obra de Carrington, marcada por el surrealismo, la vejez no es únicamente pérdida; también es acumulación de experiencias, memoria y transformación. Las arrugas son la escritura del tiempo sobre el cuerpo, como si cada línea contara una historia vivida.
Hay una paradoja hermosa en estas palabras: los sueños pueden irse, pero quienes los soñaron permanecen inscritos en el rostro. Lo que desaparece como deseo reaparece como recuerdo. Las arrugas son, en cierto sentido, los fósiles de nuestros sueños.
La frase parece susurrar que envejecer no es solo acercarse a la tierra, sino también convertirse poco a poco en la biografía visible de la propia vida.




