miércoles, 30 de junio de 2021


 La Tierra como león enjaulado

da vueltas alrededor del Sol
con su cadena de hombres.

Desde que hemos nacido viajamos
a ciento doce mil kilómetros por hora.
La Tierra no se para
y sigue dando vueltas,
por eso hay tanto viento,
por eso siempre hay olas,
por eso envejecemos tan deprisa,
por eso estamos locos,
porque toda la vida haciendo un viaje sin llegada
cansa mucho los nervios.

Otro gran ejemplo de lo que es y de cómo funciona una convicción es el famoso efecto placebo. En un estudio científico de Greenberg en el año 2003 desvela que los pacientes que habían tomado "falsos fármacos" tales como pastillas de azúcar, experimentaban un grado de efectividad igual de efectivo que los que habían tomado los combinados químicos creados por los mejores ingenieros del mundo. ¿Cómo es ese posible? Tu convicción de que esa pastilla te cura es la que realmente te cura, más allá de lo que contenga la pastilla. Como decía Jesús, "no es lo que entra por la boca lo que contamino al hombre sino lo que sale de ella..." ¡TUS CREENCIAS! Evidentemente este dato molesta mucho a la industria farmacéutica

 La mente nunca es decidida. No importa que se trate de la mente de una persona o de otra; la mente es indecisión. El funcionamiento de la mente consiste en vagar entre dos opciones opuestas y tratar de averiguar cuál es el camino correcto. Es como intentar encontrar la puerta con los ojos cerrados. Con toda seguridad, te encontrarás colgado entre las dos opciones: ir por aquí o por allá. Estarás siempre en una condición de «esto o lo otro». Esa es la naturaleza de la mente. Soren Kierkegaard fue un gran filósofo danés. Escribió un libro titulado “O esto o aquello”. Era la experiencia de su propia vida: ¡nunca había sido capaz de decidir nada! Todo se le presentaba siempre de tal manera que si se decidía por este camino, entonces aquel parecía el correcto. Y si se decidía por aquello, entonces el correcto parecía este camino. Nunca se casó, aunque había una mujer que le amaba y se lo había pedido. Pero él dijo: «Tendré que pensármelo. El matrimonio es una cosa muy importante y no puedo decir que sí o que no inmediatamente.» y murió dudando, sin llegar a casarse. Vivió muchos años, tal vez setenta, y siempre estaba discutiendo y argumentando, pero no encontraba ninguna respuesta que pudiera considerarse definitiva y no tuviera una contraria de igual peso. No llegó nunca a ser profesor. Había rellenado la solicitud, tenía las mejores calificaciones posibles, había escrito muchos libros de tan inmensa importancia que al cabo de un siglo siguen teniendo validez, no son viejos, no han quedado anticuados... Rellenó la solicitud, pero no fue capaz de firmarla, porque... o esto o aquello...¿quería ser profesor universitario o no? Encontraron la solicitud cuando murió, en la pequeña habitación donde vivía. En los cruces de caminos se detenía para decidir si ir por aquí o por allá... ¡durante horas! Todo Copenhague conocía las rarezas de este hombre, y los niños le llamaban «Esto o aquello». Los golfillos le seguían por todas partes, gritándole: «¿Esto o aquello?» En vista de la situación, su padre, antes de morir, liquidó todos sus negocios, reunió todo el dinero, lo depositó en una cuenta bancaria y dejó dispuesto que el primer día de cada mes Kierkegaard recibiera cierta cantidad de dinero. Así, por lo menos, podría sobrevivir durante bastante tiempo. Y esto os va a sorprender: un día primero de mes, cuando volvía a su casa después de haber cobrado el último pago -el dinero se había agotado-, se cayó en la calle y murió. ¡Con el último pago! Era lo más adecuado. ¿Qué otra cosa podía hacer? Porque después de aquel mes, ¿qué iba a hacer? Escribía libros, pero no era capaz de decidir si publicarlos o no. Todas sus obras quedaron inéditas. Y son obras enormemente valiosas. Todos sus libros muestran una gran penetración en las cosas. Cuando escribía sobre un tema, llegaba hasta las raíces mismas, hasta el más minúsculo detalle... Era un genio, pero un genio de la mente. Ese es el problema con la mente... y cuanto mejor mente tengas, mayor será el problema. Las mentes inferiores no se enfrentan tan a menudo con ese problema. Es la mente del genio la que se queda atascada entre dos polaridades y no sabe elegir. Y entonces se siente en un limbo.

El caso es que Soren Kierkegaard tenía una gran mente, pero como era cristiano no conocía el concepto de la conciencia. Podía pensar, y pensar cosas muy profundas, pero no podía quedarse en silencio y observar. Aquel pobre hombre nunca había oído hablar de cosas como observar, ser testigo, ganar conciencia. Solo había oído hablar de pensar, y aplicó todo su genio a pensar. Produjo grandes libros, pero fue incapaz de procurarse una gran vida. Vivió en una completa miseria. 

martes, 29 de junio de 2021

 «¿Por qué hacer el esfuerzo de explicar por qué algo no sirve si los demás no han hecho los deberes para comprobar si sirve?» Maria podía pasarse todo el día respondiendo peticiones fuera de lugar para rechazarlas con amabilidad. Reflexiono a menudo sobre cómo enfoca ella ahora estos casos. ¿Se tomaron esas personas diez minutos para hacer sus deberes? ¿Están cuidando los detalles? Si no es así, no fomentes la incompetencia premiándola. La persona que es desatenta en la luna de miel (al principio) irá a peor en el futuro. Para ver un ejemplo hilarante de cómo comprobar por sorpresa la atención al detalle, busca en Google «David Lee Roth Ferriss». Neil Strauss (capítulo con el mismo título) pone a menudo al pie de sus ofertas de empleo en Craigslist: «No responda por correo electrónico, llame al [número de teléfono] y deje un mensaje de voz con A, B y C». Toda la gente que responde por correo electrónico queda descartada. No caigas en responder a todo el mundo para no tener cargo de conciencia. Maria dice: «El sentimiento de culpa [es] interesante porque la culpa es lo contrario del prestigio, y ambos son razones horribles para hacer las cosas».



 Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,

que son dos hormigueros solitarios,
y son mis manos sin las tuyas varios
intratables espinos a manojos..

No me encuentro los labios sin tus rojos,
que me llenan de dulces campanarios,
sin ti mis pensamientos son calvarios
criando nardos y agostando hinojos.

No sé qué es de mi oreja sin tu acento,
ni hacia qué polo yerro sin tu estrella,
y mi voz sin tu trato se afemina.

Los olores persigo de tu viento
y la olvidada imagen de tu huella,
que en ti principia, amor, y en mí termina.

 El término inercia describe un estado en el que el individuo es incapaz de moverse, incapaz de actuar. En tal estado se mantendrá usted inmóvil o será arrastrado "en la misma dirección de antes" o según las directrices o las presiones de otros. En lo que respecta a la solución de problemas, la inercia suele seguir a un espasmo de pánico. En el aspecto emotivo va normalmente asociada con la depresión y /o el aburrimiento. Si la depresión es crónica y profunda, o el aburrimiento es "existencial" (es decir, no es aburrimiento o hastío por esta o aquella situación o actividad, sino respecto a la vida en general) puede llevar a la psicosis y /o al suicidio. Sóren Kierkegaard captó la herencia del hastío existencial en esto o lo otro: No me interesa nada. No me interesa cabalgar, pues el ejercicio es demasiado violento. No me interesa caminar; caminar es demasiado trabajoso. No me interesa tumbarme; pues debería permanecer tumbado, y no me interesa hacerlo, o debería levantarme de nuevo, y tampoco me interesa. Summa summarum: No me interesa nada en absoluto. La depresión y el hastío producen una falta de iniciativa generalizada, una conducta pasiva que empuja al individuo a quedarse en la cama o en casa sin hacer nada más que compadecerse de si mismo. No sólo padecen esta inercia los individuos, sino también muchas relaciones entre individuos. En él fondo, una pareja que ha tenido peleas escandalosas y serías a diario durante veinte años, seguirá integrada porque ambas partes tienen miedo de hacer algo, porque por lo menos hay "seguridad" (en la forma de predecibilidad) en saber que habrá una pelea a las tres y media esta tarde, y el mundo en su conjunto ha pasado a resultar tan lúgubre que los individuos no pueden imaginar ningún cambio que pudiera significar diferencia apreciable. No pueden imaginar siquiera la posibilidad de vivir a un nivel más alto. La inercia es mucho más peligrosa y dolorosa que el pánico para el individuo medio o "normal". Cuando carece usted de capacidad de acción, es candidato al género más deprimente de vida imaginable. E1 individuo, en esa situación, vegeta y se deteriora. Puede que la causa principal de tensión y angustia y desgaste del organismo humano no proceda de cambios de trabajo o de emplazamiento, o del divorcio, ni siquiera de la muerte, sino más bien de vivir día tras día en relaciones no resueltas, sin saber hacia dónde se va pero sintiendo una depresión crónica respecto a su vida. La inercia convierte su interior en un torbellino. Y vela con un telón gris el mundo externo. Si se halla usted en estado de inercia, cualquier paso, cualquier acción que emprenda le ayudará a aliviar ese torbellino. Volviendo a la rueda pinchada en un lugar desierto: después de haber gritado, de haberle dado patadas al coche, de haber maldecido el clavo y haber desahogado su cólera, quizá pierda usted más tiempo aún en un estado de inercia. Quizá se limite a sentarse en el suelo y a mascullar para si. Puede que se meta de nuevo en el coche y se dedique a cavilar un rato sobre su desdicha. Es evidente que si la inercia se prolonga demasiado, nunca llegará a arreglar el neumático... pero usted sabe también que lo de permanecer inerte no resultará eficaz, así que pasa al siguiente nivel de la salud mental en esta escalerilla de cinco peldaños.

lunes, 28 de junio de 2021

 


Lo cotidiano. No sólo es aburrimiento, futilidad, repetición, mediocridad; también es belleza; por ejemplo, el sortilegio de las atmósferas; cada cual lo conoce a partir de su propia vida: una música que proviene del apartamento de al lado y se oye a lo lejos; el viento que hace vibrar la ventana; la voz monótona de un profesor al que una alumna con mal de amores oye sin escuchar; estas circunstancias fútiles imprimen una impronta de inimitable singularidad a un acontecimiento íntimo que, así, queda fechado y pasa a ser inolvidable.






 “La filosofía parece ocuparse sólo de la verdad, pero quizá no diga más que fantasías, y la literatura parece ocuparse sólo de fantasías, pero quizá diga la verdad”.



 Vengo, mas no sé de dónde.

Soy, mas no sé quién.
Moriré, mas no sé cuándo.
Camino, mas no sé hacia dónde.
Me sorprende que esté contento y ría.

Rodrigo Felguerez

domingo, 27 de junio de 2021

 


Los Estados Unidos poseen ocho mil cabezas nucleares activas y utilizables. Dos mil están en sus disparaderos, alerta, listas para ser lanzadas 15 minutos después de una advertencia. Están desarrollando nuevos sistemas de fuerza nuclear, conocidos como 'destructores de búnkeres'. Los británicos, siempre cooperativos, están intentando reemplazar su propio misil nuclear, Trident. ¿A quién, me pregunto, están apuntando? ¿A Osama Bin Laden? ¿A ti? ¿A mí? ¿A mi vecino? ¿China? ¿París? Quién sabe. Lo que sí sabemos es que esta locura infantil -la posesión y uso en forma de amenazas de armas nucleares- constituye el meollo de la actual filosofía política de Estados Unidos. Debemos recordarnos a nosotros mismos que Estados Unidos está en una continua misión militar y no muestra indicios de aminorar el paso. Muchos miles, si no millones, de personas en los propios Estados Unidos están demostrablemente asqueadas, avergonzadas y enfadadas por las acciones de su gobierno, pero, tal y como están las cosas, no son una fuerza política coherente, todavía. Pero la ansiedad, la incertidumbre y el miedo que podemos ver crecer cada día en los Estados Unidos no es probable que disminuya. Sé que el presidente Bush tiene algunos escritores de discursos muy competentes pero quisiera prestarme voluntario para el puesto. Propongo el siguiente discurso breve que él podría leer en televisión a la nación. Le veo solemne, con el pelo cuidadosamente peinado, serio, confiado, sincero, frecuentemente seductor, a veces empleando una sonrisa irónica, curiosamente atractiva, un auténtico macho. "Dios es bueno. Dios es grande. Dios es bueno. Mi dios es bueno. El Dios de Bin Laden es malo. El suyo es un mal Dios. El dios de Saddam también era malo, aunque no tuviera ninguno. Él era un bárbaro. Nosotros no somos bárbaros. Nosotros no decapitamos a la gente. Nosotros creemos en la libertad. Dios también. Yo no soy bárbaro. Yo soy el líder democráticamente elegido de una democracia amante de la libertad. Somos una sociedad compasiva. Electrocutamos de forma compasiva y administramos una compasiva inyección letal. Somos una gran nación. Yo no soy un dictador. Él, sí. Yo no soy un bárbaro. Él, sí. Y aquel otro, también. Todos lo son. Yo tengo autoridad moral. ¿Ves mi puño? Esta es mi autoridad moral. Y no lo olvides" La vida de un escritor es extremadamente vulnerable, apenas una actividad desnuda. No tenemos que llorar por ello. El escritor hace su elección y queda atrapado en ella. Pero es cierto que estás expuesto a todos los vientos, alguno de ellos en verdad helados. Estás solo, por tu cuenta. No encuentras refugio, ni protección -a menos que mientas- en cuyo caso, por supuesto, te habrás construido tu propia protección y, podría decirse, te habrás vuelto un político. Me he referido un par de veces esta tarde a la muerte. Voy a citar ahora un poema mío llamado "Muerte" 

 ¿Dónde se halló el cadáver? ¿Quién lo encontró? ¿Estaba muerto cuando lo encontraron? ¿Cómo lo encontraron? ¿Quién era el cadáver? ¿Quién era el padre o hija, o hermano o tío o hermana o madre o hijo del cadáver abandonado? ¿Estaba muerto el cuerpo cuando fue abandonado? ¿Fue abandonado? ¿Quién lo abandonó? ¿Estaba el cuerpo desnudo o vestido para un viaje? ¿Qué le hizo declarar muerto al cadáver? ¿Fue usted quien declaró muerto al cadáver? ¿Cómo de bien conocía el cadáver? ¿Cómo sabía que estaba muerto el cadáver? ¿Lavó el cadáver? ¿Le cerró ambos ojos? ¿Enterró el cuerpo? ¿Lo dejó abandonado? ¿Le dio un beso al cadáver?

 Cuando miramos un espejo pensamos que la imagen que nos ofrece es exacta. Pero si te mueves un milímetro la imagen cambia. Ahora mismo, nosotros estamos mirando un círculo de reflejos sin fin. Pero a veces el escritor tiene que destrozar el espejo -porque es en el otro lado del espejo donde la verdad nos mira a nosotros. Creo que, a pesar de las enormes dificultades que existen, una firme determinación, inquebrantable, sin vuelta atrás, como ciudadanos, para definir la auténtica verdad de nuestras vidas y nuestras sociedades es una necesidad crucial que nos afecta a todos. Es, de hecho, una obligación. Si una determinación como ésta no forma parte de nuestra visión política, no tenemos esperanza de restituir lo que casi hemos perdido - la dignidad como personas.

 


Cuando la muerte sorprendió en marzo de 1940 a Selma Lagerlöf, la primera mujer en ganar el Nobel de Literatura luchaba su última batalla, no contra el machismo que intentó privarla del mayor premio universal de las letras, sino contra el nazismo.

Utilizaba su justamente ganada influencia para dar refugio en su país (la neutral Suecia) a poetas judíos huidos del nazismo. Hacía tres décadas de la concesión del Nobel en 1909, tras ser bloqueada su candidatura hasta en cinco ocasiones por el intransigente secretario de la Academia.

https://www.lavanguardia.com/hemeroteca/20200316/474144205635/selma-lagerlof-escritoras-premio-nobel-literatura-suecia.html

sábado, 26 de junio de 2021

 


Jacques Mayol tenía siete años cuando descubrió los delfines por primera vez. Era en un barco a vapor que viajaba de China a Francia y su corazón se aceleró lleno de curiosidad y entusiasmo ante la visión de esos simpáticos mamíferos marinos que saltaban a su alrededor. Nacido en Shanghai en 1927 de padres franceses, Jacques se pasaba el día en el agua junto a su hermano y sus amigos eran hijos de buceadoras ‘ama’, mujeres del océano que practicaban buceo a pulmón para recoger ostras.

El pequeño Mayol soñaba con vivir en una isla tropical, desnudo, disfrutando de los placeres de la madre naturaleza. Con 21 años decidió colocarse la mochila a la espalda y recorrer el mundo a sus anchas. Sus ansias de aventuras y viaje le llevaron a todas partes hasta que conoció a una joven danesa con la que se casó y formó una familia en Miami.

Además del mar y la aventura, su otra gran pasión eran las mujeres. Su espíritu nómada le alejó de su esposa y sus dos hijos para viajar de un lado a otro casi sin pertenencias. Se aprovechaba de sus amistades y no era precisamente generoso a cambio, pero sus amigos le aceptaban tal y como era. Ese alma positiva que ansiaba la libertad por encima de todo incluso se atrevió a dirigir y protagonizar un filme erótico bajo el mar. Y cuando creyó hallar la felicidad al lado de la alemana Gerda, la fatalidad hizo acto de presencia. Toda la ilusión de crear una nueva familia se desvaneció entonces por arte de un cruel destino que le guió hacia una profunda depresión.
Logró existir en el más absoluto de los silencios; fue objeto de estudio de muchos investigadores interesados en la fisiología del ser humano bajo el agua y se preparó a conciencia con un gran equipo de médicos para coronar su gran hazaña. El 23 de noviembre de 1976 batió el récord mundial de apnea junto a la isla de Elba al descender a 100 metros de profundidad a pulmón libre. Tenía 49 años y su rostro fue portada de diarios y revistas especializadas. En 1983, con 56, alcanzó los 105 con una sola bocanada de aire.

https://www.lavanguardia.com/cultura/20180704/45574753823/increible-vida-jacques-mayol-hombre-delfin.html


 Zola es el gigante literario en la sombra. Nunca será el icono de masas y, sus novelas, como las de otros grandes silenciados, nunca serán tratadas como las de un Cervantes o un Shakespeare… Zola nos castiga y nos enseña la realidad, en esas descripciones maravillosas de los barrios de París… quizá demasiado cruda a veces, quizá con un sentido demasiado moralizante y aleccionador pero… ¿No nos enseña también Shakespare el peligro de los celos y la conspiración, el dolor de la muerte y la miseria del que todo lo tiene?

Emile Zola nace en París el 2 de abril de 1840. Hijo de un ingeniero civil italiano. No es, como el conde Tolstoi, el hijo sensible que todo lo tuvo, sino el hijo de la pobreza que, gracias a los poemas, críticas y artículos, pudo granjearse un futuro en este difícil campo que es la literatura. Desde luego, era un campo propicio, ya que coincide con los movimientos impresionistas en la pintura, o con el fin del romanticismo musical. Zola bebe de todos ellos (o mejor dicho, crece junto a todos ellos), y nos ofrece “retazos de la vida en París” como si se tratase de un Renoir o de un Lautrec. Zola pinta las gentes y las describe con pequeños toques, como hacen los grandes. El trazo es suave y, a la vez, fuerte y profundo. Zola marca el acento en los personajes desfavorecidos (prostitutas, alcohólicos y asesinos varios) pero les otorga una humanidad que, precisamente, dotará de grandeza y complejidad a la obra.

https://www.liceus.com/emile-zola/

 El soberano de un gran reino se encontraba ya en una avanzada edad y quería asegurarse de que, antes de abandonar el mundo, le transmitía a su hijo una importante lección. A lo largo de las épocas más difíciles de su reinado, aquello había sido clave para mantenerse firme y conseguir que finalmente reinara en su país la paz y la armonía. Por alguna razón, el joven príncipe no acababa de entender lo que su padre le decía.

    —Sí, padre, comprendo que para ti es muy importante el equilibrio, pero creo que es más importante la astucia y el poder.
    Un día, cuando el rey cabalgaba con su corcel, tuvo una gran idea.
    —Tal vez mi hijo necesita no que yo se lo repita más veces, sino verlo representado de alguna manera.
    Llevado por un lógico entusiasmo, convocó a las personas más importantes de su corte en el salón principal del palacio.
    —Quiero que se convoque un concurso de pintura, el más grande e importante que se haya nunca creado. Los pregoneros han de hacer saber en todos los lugares del mundo que se dará una extraordinaria recompensa al ganador del concurso.
    —Majestad —preguntó uno de los nobles—, ¿cuál es el tema del concurso?
    —El tema es la serenidad, el equilibrio. Sólo una orden os doy —dijo el rey—: bajo ningún concepto rechazaréis ninguna obra, por extraña que os parezca o por disgusto que os cause.
    Aquellos nobles se alejaron sin entender muy bien la sorprendente instrucción que el rey les había dado.
    De todos los lugares del mundo conocido acudieron maravillosos cuadros. Algunos de ellos mostraban mares en calma, otros cielos despejados en los que una bandada de pájaros planeaba creando una sensación de calma, paz y serenidad.
    Los nobles estaban entusiasmados ante cuadros tan bellos.
    —Sin duda, su majestad el rey va a tener muy difícil elegir el cuadro ganador entre obras tan magníficas.
    De repente, ante el asombro de todos, apareció un cuadro extrañísimo. Pintado con tonos oscuros y con escasa luminosidad, reflejaba un mar revuelto en plena tempestad en el que enormes olas golpeaban con violencia las rocas oscuras de un acantilado. El cielo aparecía cubierto de enormes y oscuros nubarrones.
    Los nobles se miraron unos a otros sin salir de su incredulidad y pronto irrumpieron en burlas y carcajadas.
    —Sólo un demente podría haber acudido a un concurso sobre la serenidad con un cuadro como éste.
    Estaban a punto de arrojarlo fuera de aquella sala cuando uno de los nobles se interpuso diciendo:
    —Tenemos una orden del rey que no podemos desobedecer. Nos dijo que no se podía rechazar ningún cuadro por extraño que fuese. Aunque no hayamos entendido esta orden, procede de nuestro soberano y no podemos ignorarla.
    —Está bien —dijo otro de los nobles—, pero poned este cuadro en aquel rincón, donde apenas se vea.
    Llegó el día en el que su majestad el rey tenía que decidir cuál era el cuadro ganador. Al llegar al salón de la exposición, su cara reflejaba un enorme júbilo y, sin embargo, a medida que iba viendo las distintas obras su rostro transmitía una creciente decepción.
    —Majestad, ¿es que no os satisface ninguna de estas obras? —preguntó uno de los nobles.
    —Sí, si son muy hermosas, de eso no cabe duda, pero hay algo que a todas les falta.
    El rey había llegado al final de la exposición sin encontrar lo que tanto buscaba cuando, de repente, se fijó en un cuadro que asomaba en un rincón.
    —¿Qué es lo que hay allí que apenas se ve?
    —Es otro cuadro majestad.
    —¿Y por qué lo habéis colocado en un lugar tan apartado?
    —Majestad, es un cuadro pintado por un demente, nosotros lo habríamos rechazado, pero siguiendo vuestras órdenes de aceptar todos los que llegaran, hemos decidido colocarlo en un rincón para que no empañe la belleza del conjunto.
    El rey, que tenía una curiosidad natural, se acercó a ver aquel extraño cuadro, que, en efecto, resultaba difícil de entender.
    Entonces hizo algo que ninguno de los miembros de la corte había hecho y que era acercarse más y fijarse bien. Fue entonces cuando, súbitamente, todo su rostro se iluminó y, alzando la voz, declaró:
    —Éste, éste es, sin duda, el cuadro ganador.
    Los nobles se miraron unos a otros pensando que el rey había perdido la cabeza. Uno de ellos, tímidamente, le preguntó:
    —Majestad, nunca hemos discutido vuestros dictámenes, pero ¿qué veis en ese cuadro para que lo declaréis ganador?
    —No lo habéis visto bien, acercaos.
    Cuando los nobles se acercaron, el rey les mostró algo entre las rocas. Era un pequeño nido donde había un pajarito recién nacido. La madre le daba de comer, completamente ajena a la tormenta que estaba teniendo lugar.
    El rey les explicó qué era lo que tanto ansiaba trasmitir a su hijo el príncipe.
    —La serenidad no surge de vivir en las circunstancias ideales como reflejan los otros cuadros con sus mares en calma y sus cielos despejados. La serenidad es la capacidad de mantener centrada tu atención, en medio de la dificultad, en aquello que para ti es una prioridad.
    Este cuento refuerza aún más hasta qué punto la manera en la que enfocamos nuestra atención puede ser fuente de equilibrio o de desequilibrio en nuestras vidas. Si la enfocamos en aquello que para nosotros es incómodo o desagradable, aquello que son «las tempestades de la vida», nos llenaremos de tensión y perderemos nuestro equilibrio personal. Sin embargo, si somos dueños de nuestra atención y decidimos enfocarla en lo que para nosotros es lo más importante, mantendremos una mente clara y centrada cuando todos los demás la pierdan.
    Por eso es tan importante entrenarse, ejercitarse en la capacidad de mantener la atención centrada. Por eso hay que apartarse de ciertas compañías, de esas personas que son como agujeros negros, que merman nuestra energía, nuestra eficiencia y nuestra salud. Son personas que parece que sólo disfrutan recordándonos de manera continua todo lo que está mal en el mundo, todo lo que es imposible de alcanzar y todo lo que hay de defectuoso en nosotros o en los otros. Si les prestamos atención, acabaremos viendo la realidad como ellos. Tal vez sea lo que buscan para sentir que controlan otras vidas, mas no creo que sea lo que a nosotros, en el ejercicio de nuestra libertad, más nos interese elegir.
    Resumen final
    Sea usted el dueño de su atención. El precio de la libertad es la vigilancia permanente. Recuerde que donde vaya su atención irán sus emociones y su energía. Donde ponga su atención se hará siempre más real para usted.

viernes, 25 de junio de 2021

 


Tuve suerte en la escuela. Mi interés por las matemáticas y la literatura me convirtió en uno de esos escasos niños a los que les gusta ir a la escuela. Pero no reaccioné así frente a las clases obligatorias y semanales de religión. Fue una pena, porque ciertamente sentía inclinación por lo espiritual. Pero el pastor R., que era el ministro protestante del pueblo, enseñaba las Sagradas Escrituras los domingos de un modo que sólo inspiraba miedo y culpabilidad, y yo no me identificaba con "su" Dios. Era un hombre insensible, brutal y rudo. Sus cinco hijos, que sabían lo poco cristiano que era en realidad, llegaban a la escuela hambrientos y con el cuerpo cubierto de cardenales. Los pobres se veían cansados y macilentos. Nosotros les guardábamos bocadillos para que desayunaran en el recreo, y les poníamos suéteres y cojines en los bancos de madera del patio para que pudieran aguantar sentados. Finalmente sus secretos familiares se filtraron hasta el patio de la escuela: cada mañana su muy reverendo padre les propinaba una paliza con lo primero que encontraba a mano. En lugar de echarle en cara su comportamiento cruel y abusivo, los adultos admiraban sus sermones elocuentes y teatrales, pero todos los niños que estábamos sometidos a su tiránico modo de enseñar lo conocíamos mejor. Un suspiro durante su charla, o un ligero movimiento de la cabeza y ¡zas!, te caía la regla sobre el brazo, la cabeza, la oreja, o recibías un castigo Perdió totalmente mi aprecio, como la religión en general, el día en que le pidió a mi hermana Eva que recitara un salmo. La semana anterior habíamos memorizado el salmo, y Eva lo sabía muy bien; pero antes de que hubiera terminado de recitarlo, la niña que estaba al lado de ella tosió, y el pastor R. pensó que le había susurrado al oído el salmo. Sin hacer ninguna pregunta, las cogió por las trenzas a las dos e hizo entrechocar las cabezas de ambas. Sonó un crujido de huesos que nos hizo temblar a toda la clase. Encontré que eso era demasiado y estallé. Lancé mi libro negro de salmos a la cara del pastor; le dio en la boca. Se quedó atónito y me miró fijamente, pero yo estaba demasiado furiosa para sentir miedo. Le grité que no practicaba lo que predicaba. - No es usted un ejemplo de pastor bueno, compasivo, comprensivo y afectuoso —le chillé—. No quiero formar parte de ninguna religión que usted enseñe. Dicho eso me marché de la escuela jurando que no volvería jamás. Cuando iba de camino a casa me sentía nerviosa y asustada. Aunque sabía que lo que había hecho estaba justificado, temía las consecuencias. Me imaginé que me expulsarían de la escuela. Pero la mayor incógnita era mi padre. Ni siquiera quería pensar de qué modo me castigaría. Pero por otro lado, mi padre no era admirador del pastor R. Hacía poco el pastor había elegido a nuestros vecinos como a la familia más ejemplar del pueblo, y sin embargo todas las noches oíamos cómo los padres se peleaban, gritaban y golpeaban a sus hijos. Los domingos se mostraban como una familia encantadora. Mi padre se preguntaba cómo podía estar tan ciego el pastor R. Antes de llegar a casa me detuve a descansar a la sombra de uno de los frondosos árboles que bordeaban un viñedo. Esa era mi iglesia. El campo abierto, los árboles, los pájaros, la luz del sol. No tenía la menor duda respecto a la santidad de la Madre Naturaleza y a la reverencia que inspiraba. La Naturaleza era eterna y digna de confianza; hermosa y benévola en su trato a los demás; era clemente. En ella me cobijaba cuando tenía problemas, en ella me refugiaba para sentirme a salvo de los adultos farsantes. Ella llevaba la impronta de la mano de Dios. Mi padre lo entendería. Era él quien me había enseñado a venerar el generoso esplendor de la naturaleza llevándonos a hacer largas excursiones por las montañas, donde explorábamos los páramos y praderas, nos bañábamos en el agua limpia y fresca de los riachuelos y nos abríamos camino por la espesura de los bosques. Nos llevaba a agradables caminatas en primavera y también a peligrosas expediciones por la nieve. Nos contagiaba su entusiasmo por las elevadas montañas, una edelweiss medio escondida en una roca o la fugaz visión de una rara flor alpina. Saboreábamos la belleza de la puesta de sol. También respetábamos el peligro, como aquella vez que me caí en una grieta de un glaciar, caída que habría sido fatal si no hubiera llevado atada una cuerda con la que me rescató. Esos recorridos quedaron impresos para siempre en nuestras almas.


 PARA CERRAR BIEN LOS CICLOS

1. Agradece la experiencia. Todo problema vino a enseñarte una lección, no a acabar contigo.
2. Agradécele al espejo.  Agradece a esa persona por venir a hacer consciente lo inconsciente.
3. No ames por necesidad o te volverás adicto a la compañía e incapaz de ser feliz solo.  
4. No pierdas tus días pensando en lo que no fue, en tus errores o en lo mal que te trata la vida. El pesimismo atrae lo negativo. 
5. No vivas siendo víctima, las víctimas no tienen poder, no asumen su vida.
6. No desperdicies la vida intentando desesperadamente ser aceptado. 
7. No desistas. Sigue tu sueño, tu sueño no debe depender de la aprobación de alguien más.
¿Porqué te quedas encerrado cuando la puerta está totalmente abierta?
Lo que se va, tenía que irse. Lo que no funciona, no era para ti. Cada uno de tus fracasos es una lección mas, te ayudará a construir un futuro de éxito, si tienes la suficiente autoestima para no dejar de intentarlo.
¡Mírate! ¡Estás vivo!
Tus ojos ven, tu corazón late, tus manos se mueven y generan cosas geniales.
Hazte responsable. Deja a los otros en paz con ellos mismos. 
No esperes que te traigan flores. Sé tu propio jardín y ahí posaran las mariposas, no tendrás que correr tras ellas.

 Las palabras dignifican, construyen, modelan la realidad, porque los pensamientos son palabras que habitan en tu ser, será mejor que tengas buenos inquilinos, aquellos que te acerquen a la grandeza y despierten en ti el entusiasmo perdido de la niñez.

jueves, 24 de junio de 2021

 


El relato tiene el mérito de hacer alternar un lenguaje presidiario con momentos de alta poesía. Red, por ejemplo, en la parte en que escucha una ópera que Andy ha puesto por los altoparlantes de la prisión, comenta así el efecto que causa sobre los presidiarios oír «Le nozze di Figaro” de Mozart: “No tengo ni la más remota idea de qué demonios cantaban aquellas dos italianas, y lo cierto es que no quiero saberlo. Las cosas buenas no hacen falta entenderlas. Supongo que cantaban sobre algo tan hermoso que no podía expresarse con palabras, y precisamente por eso, te hacía palpitar el corazón. Les aseguro que esas voces te elevaban más alto y más lejos de lo que nadie viviendo en un lugar tan gris pudiera soñar. Fue como si un hermoso pájaro hubiese entrado en nuestra monótona jaula y hubiese disuelto aquellos muros. Y por unos breves instantes hasta el último hombre de Shawshank se sintió libre”.

Un sorpresivo final, con una fuga de antología, convertía a este crudo relato en un esperanzador cuento de redención, dignidad y lazos fraternos, en medio de circunstancias amargas. “La esperanza es una buena cosa, y las buenas cosas nunca mueren”, le dice Dufresne a Red en un momento del cuento.

El cuento se convierte en una memorable película

Debieron pasar más de 10 años para que este cuento del libro “Las cuatro estaciones” tuviera por fin su adaptación a la pantalla grande. El director Frank Darabont convocó a los actores Tim Robbins y Morgan Freeman para que encarnaran a Andy Dufresne y Red Redding

 ¿Y si no te llama? Vive

¿Y si no te contesta? Vive
¿Y si no le gustas? Vive
¿Y si no hay de tu talla? Vive
¿Y si estás flaca? Vive
¿Y si hablan de ti? Vive
¿Y si te tropiezas? Vive
¿Y si te decepcionan? Vive
¿Y si te mienten? Vive
¿Y si el agobio un día te puede? Vive
¿Y si un examen sale mal? Vive
¿Y si ya no le quieres? Vive
¿Y si te equivocas? Vive

Vive y nunca dejes que tu vida dependa de alguien. Y si no sale como esperabas, sigue esforzándote, sigue soñando, sigue buscando las opciones para cumplir esos sueños. 

No renuncies a enamorarte porque un amor se acabó. 
No rechaces a todo el mundo porque alguien te falló. 
No martirices tu futuro por haber cometido un error. 

Aprende a pedir perdón. 
No te pares, no dejes que te paren. 

No te aferres a nadie por ese miedo estúpido a lo que vendrá. 

No dudes de tus capacidades, no hagas lo que no te gustaría que te hicieran. 
Y no pierdas energía y tiempo en quien actúa con maldad. 

Ponte la sonrisa y saca pecho de tus cicatrices. Aprovecha cada momento y bésate.
Y mientras todo eso pasa, sigue viviendo.

Metamorfosis




 "Tu risa me hace libre,

me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea".


miércoles, 23 de junio de 2021



Ningún Dante podría elevar a Gil Bles. Sancho y Tartufo hasta el rincón de su paraíso donde moran Cyrano, Quijote y Stockmann. Son dos mundos morales, dos razas, dos temperamentos: Sombras y Hombres. Seres desiguales no pueden pensar de igual manera. Siempre habrá evidente contraste entre el servilismo y la dignidad, la torpeza y el genio, la hipocresía y la virtud. La imaginación dará a unos el impulso original hacia lo perfecto; la imitación organizará en otros los hábitos colectivos. Siempre habrá, por fuerza, idealistas y mediocres. El perfeccionamiento humano se efectúa con ritmo diverso en las sociedades y en los individuos. Los más poseen una experiencia sumisa al pasado: rutinas, prejuicios, domesticidades. Pocos elegidos varían, avanzando sobre el porvenir; al revés de Anteo, que tocando el suelo cobraba alientos nuevos, los toman clavando sus pupilas en las constelaciones lejanas y de apariencia inaccesible. Esos hombres, predispuestos a emanciparse de su rebaño, buscando alguna perfección más allá de lo actual, son los «idealistas». 

 Si me niego a aceptar el hecho de que a menudo vivo inconscientemente, ¿cómo aprenderé a vivir más conscientemente? Si me niego a aceptar el hecho de que a menudo vivo irresponsablemente, ¿cómo aprenderé a vivir más responsablemente? Si me niego a aceptar el hecho de que a menudo vivo pasivamente, ¿cómo aprenderé a vivir más activamente?

    No puedo superar un miedo cuya realidad niego. No puedo corregir un problema sexual cuya existencia no admito. No puedo curar un dolor que rehúso reconocer como propio. No puedo cambiar rasgos de mi carácter que insisto en que no poseo. No puedo perdonarme por una acción que no reconozco haber realizado.
    Aceptarnos a nosotros mismos es aceptar el hecho de que lo que pensamos, sentimos y hacemos son expresiones del si-mismo en el momento en que ocurren. Pero esto no significa que esas expresiones sean las definitivas sobre quiénes somos, a menos que las cubramos con cemento por medio de nuestras negaciones y desestimaciones.
    Permítanme compartir otro ejemplo personal para iluminar un poco más este tema:
    Hace algunos años, mi esposa Patricia, a quien yo amaba mucho, murió. Durante largo tiempo mi mente revisó sin cesar los diferentes aspectos de nuestra relación. Recordaba incidentes en los que yo había sido desconsiderado o grosero, y a veces rehuía esos recuerdos porque eran insoportablemente dolorosos. No los negaba de una manera directa, pero tampoco los aceptaba plenamente ni permitía que ellos y sus implicaciones fueran asimilados e integrados. Una parte de mí mismo quedó fragmentada, alienada del resto.
    Más tarde volví a casarme, y aunque soy feliz y estoy profundamente enamorado de mi actual esposa, Devers, vi que ciertos modelos de negligencia y falta de consideración se repetían. Comencé a pensar en algo que yo les enseñaba a otros: que si una persona no acepta plenamente una parte de su conducta pasada, es casi inevitable que la repita de una forma u otra. De modo que empecé a dedicar más tiempo a la tarea de convertir en reales para mí mismo ciertas acciones que había realizado en mi matrimonio anterior, como por ejemplo no responder en alguna ocasión en que Patricia necesitaba mi comprensión o mi ayuda, o ser sumamente impaciente, o dejarme absorber en exceso por mi trabajo es decir, el tipo de desconsideraciones más comunes que el amor no nos impide automáticamente cometer. Revivir esos ejemplos específicos, revisándolos detalle por detalle, fue doloroso. Obligarme a mirar detenidamente mis acciones me resultaba a veces más perturbador que lo que pueda expresarse en palabras, pues Patricia ya no estaba y no había manera de hacerme perdonar esas actitudes. Pero yo sabía que si insistía (y por supuesto, si alcanzaba la misma claridad sobre mi conducta en mi matrimonio con Devers) sucederían dos cosas: me sentiría más integrado, y sería menos probable que repitiera las acciones que entonces lamentaba.
    Le invito a considerar alguna acción suya que lamente. Trate de dejar de lado la culpa, pero conservando la experiencia de usted mismo como autor de la acción. Descubra cómo es aceptar que en algún momento de su vida decidió ejecutar esa acción. ¿Cómo se siente esta forma de honestidad? ¿Qué enseña sobre la autoestima?

 El espacio se curva, en realidad, de un modo que le permite no tener límites pero ser al mismo tiempo finito. Ni siquiera podemos decir propiamente que se esté expandiendo, porque, como nos indica el físico y premio Nobel Steven Wenberg, «los sistemas solares y las galaxias no se están expandiendo, y el espacio no se está expandiendo». Lo que sucede es más bien que las galaxias se apartan unas de otras . Todo eso es una especie de desafío a la intuición. O como dijo el biólogo J. B. S. Haldane en un comentario famoso: «El universo no sólo es más raro de lo que suponemos. Es más raro de lo que podemos suponer».

martes, 22 de junio de 2021



Tengo tanto sentimiento
que es frecuente persuadirme
de que soy sentimental,
mas reconozco al medirme,
que todo esto es pensamiento
que yo no sentí al final
Tenemos quienes vivimos
una vida que es vivida
y otra vida que es pensada,
y la única en que existimos
es la que está dividida
entre la cierta y la errada
Mas a cuál de verdadera
o errada el nombre conviene
nadie lo sabrá explicar;
y vivimos de manera
que la vida que uno tiene
es la que él se ha de pensar.


 


Todo el mundo está esperando la eternidad y los chamanes dicen: ¿Qué tal esta misma noche? 


 



No entres dócilmente en esa buena noche,
Que al final del día debería la vejez arder y delirar;
Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.

Aunque los sabios entienden al final que la oscuridad es lo correcto,
Como a su verbo ningún rayo ha confiado vigor,
No entran dócilmente en esa buena noche.

Llorando los hombres buenos, al llegar la última ola
Por el brillo con que sus frágiles obras pudieron haber danzado en una verde bahía,
Se enfurecen, se enfurecen ante la muerte de la luz.

Y los locos, que al sol cogieron al vuelo en sus cantares,
Y advierten, demasiado tarde, la ofensa que le hacían,
No entran dócilmente en esa buena noche.

Y los hombres graves, que cerca de la muerte con la vista que se apaga
Ven que esos ojos ciegos pudieron brillar como meteoros y ser alegres,
Se enfurecen, se enfurecen ante la muerte de la luz.

Y tú, padre mio, allá en tu cima triste,
Maldíceme o bendíceme con tus fieras lágrimas, lo ruego.
No entres dócilmente en esa buena noche.
Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.

lunes, 21 de junio de 2021

 


Habría que bailar ese danzón que tocan en el cabaret de abajo, dejar mi cuarto encerrado y bajar a bailar entre borrachos. Uno es un tonto en una cama acostado, sin mujer, aburrido, pensando, sólo pensando. No tengo "hambre de amor", pero no quiero pasar todas las noches embrocado mirándome los brazos o apagada la luz, trazando líneas con la luz del cigarro. Leer, o recordar, o sentirme tufo de literato, o esperar algo. Habría que bajar a una calle desierta y con las manos en las bolsas, despacio, caminar con mis pies e irles diciendo: uno, dos, tres, cuatro... Este cielo de México es obscuro, lleno de gatos, con estrellas miedosas y con el aire apretado. (Anoche, sin embargo, había llovido y era fresco, amoroso, delgado.) Hoy habría que pasármela llorando en una acera húmeda, al pie de un árbol, o esperar un tranvía escandaloso para gritar con fuerzas, bien alto. Si yo tuviera un perro podría acariciarlo. Si yo tuviera un hijo le enseñaría mi retrato o le diría un cuento que no dijera nada, pero que fuera largo. Yo ya no quiero, no, yo ya no quiero seguir todas las noches vigilando cuándo voy a dormirme, cuándo. Yo lo que quiero es que pase algo, que me muera de veras o que de veras esté fastidiado, o cuando menos que se caiga el techo de mi casa un rato. La jaula que me cuente sus amores con el canario. La pobre luna, a la que todavía le cantan los gitanos, y la dulce luna de mi armario, que me digan algo, que me hablen en metáforas, como dicen que hablan, este vino es amargo, bajo la lengua tengo un escarabajo. ¡Qué bueno que se quedará mi cuarto toda la noche solo, hecho un tonto, mirando!



 


Por qué escribimos? Aquí, también, tuve suerte, porque nunca se me ocurrió que cuando se llega a esta pregunta, uno tiene una opción. Describí un incidente relevante en mi novela Fracaso.Me paré en el pasillo vacío de un edificio de oficinas, y todo lo que pasó fue que desde la dirección de otro corredor que se cruzaba oí pisadas que resonaban. Una excitación extraña se apoderó de mí. El sonido se hizo cada vez más fuerte y, aunque claramente eran los pasos de una sola persona invisible, de repente tuve la sensación de que estaba escuchando los pasos de miles. Era como si una enorme procesión estuviera caminando por ese corredor. Y en ese momento percibí la atracción irresistible de aquellos pasos, esa multitud que marchaba. En un momento comprendí el éxtasis del abandono, el embriagador placer de fundirse en la multitud, lo que Nietzsche llamaba, en un contexto diferente, aunque relevante también para este momento, una experiencia dionisíaca. Era casi como si alguna fuerza física me estuviera empujando, tirando de mí hacia las columnas de marcha invisibles. Sentí que tenía que apoyarme contra la pared, para evitar que cediera a esta fuerza magnética y seductora. He relatado este intenso momento como lo experimenté. La fuente de donde brotaba, como una visión, parecía fuera de mí, no en mí. Cada artista está familiarizado con esos momentos. En un tiempo se llamaron inspiraciones repentinas. Aún así, no clasificaría la experiencia como una revelación artística, sino como un auto-descubrimiento existencial. Lo que gané no era mi arte, sus herramientas no serían mías por algún tiempo, sino mi vida, que casi había perdido. La experiencia fue sobre la soledad, una vida más difícil, y las cosas que ya he mencionado – la necesidad de salir de la multitud fascinante, fuera de la historia, lo que hace que sin rostro y sin destino. Para mi horror, me di cuenta de que diez años después de haber regresado de los campos de concentración nazis, ya a medio camino del terrible hechizo del terror estalinista, todo lo que quedaba de toda la experiencia eran unas pocas impresiones confusas, unas pocas anécdotas. Como si ni siquiera me hubiera, como la gente suele decir. Está claro que tales momentos visionarios tienen una larga prehistoria. Sigmund Freud los remontaría a una experiencia traumática reprimida. Y puede que tenga razón. Yo también me inclino hacia el enfoque racional; el misticismo y el rapto irracional de todo tipo me son ajenos. Así que cuando hablo de una visión, debo decir algo real que asume un aspecto sobrenatural: la repentina y casi violenta erupción de un pensamiento lentamente maduro dentro de mí. Algo transmitido en el antiguo grito, «Eureka!» – «¡Lo tengo!» ¿Pero que? Una vez dije que el llamado socialismo para mí era el pastel de la petite madeleine que, sumergido en el té de Proust, evocaba en él el sabor de los años pasados. Por razones que tenían que ver con el idioma que hablaba, decidí, después de la supresión de la revuelta de 1956, permanecer en Hungría. Así pude observar, no como un niño esta vez sino como un adulto, cómo funciona una dictadura. Vi cómo una nación entera podría ser hecha para negar sus ideales, y ver los primeros pasos cautelosos hacia la acomodación. Comprendí que la esperanza es un instrumento del mal, y que el imperativo categórico kantiano, la ética en general, no es más que la servidora flexible de la autoconservación. ¿Se puede imaginar una mayor libertad que la que disfruta un escritor en una dictadura relativamente limitada, bastante cansada, incluso decadente? 

 Bueno, cuando murió mi madre... ¡ahí empezó la tragedia! Yo tenía unos diez años cuando me fui a vivir con mi padre. Como a los doce años, cuando mucho, salí de casa para trabajar. No tuvimos madrastra hasta mucho más tarde. Yo estaba fuera de casa cuando sucedió este asunto. Mi padre se casó con una señora de por allí, una mujer que le robó, le quitó todo y lo dejó en la calle; ella y sus hermanos. Ya iban a matarlo una noche, por el dinero, nada más que unos vecinos se metieron, y entonces se separó la mujer. Se habían casado por lo civil. La mujer, en combinación con la gente de allí, le quitó la casa y le quitó todo. Entonces compró otra casita por otro lado del mismo pueblo, y ahí se puso a trabajar otra vez en el comercio. Pero entonces él se enfermó de muerte. Sí, a veces los hombres queremos ser muy fuertes y muy machos, pero en el fondo no lo somos. Cuando se trata de una cosa moral... una cosa de familia que le toca a uno las fibras del corazón, a solas el hombre llora y le duele. Usted se habrá dado cuenta que mucha gente toma hasta ahogarse y caerse, y otros agarran la pistola y se pegan un tiro porque ya no pueden con aquello que sienten dentro. No hallan cómo expresarse, no hallan con quién explayarse, a quién contarle sus penas; agarran la pistola, y fuera... ¡se acabó! Y, a veces, los que se creen muy machos, cuando están a solas con su conciencia, no lo son. Nomás son valentonadas de momento. Cuando murió mi padre, dejó allí una casita con algo de mercancía, que yo recogí. Yo era el único hijo que quedaba. Estaba ya en México, trabajando en el restaurante, pero unos señores de allá me mandaron un telegrama. Encontré a mi padre todavía con vida, y yo lo vi morir. Cuando estaba junto a su cabecera me dijo: —No les dejo nada, pero sí un consejo les doy: nunca se junten con amigos, es mejor andar solo. —Así hice yo toda mi vida.

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