Theophrastus Phillippus Aureolus Bombastus von Hohenheim (1493-1541),
más conocido como Paracelso, era uno de esos tipos fabulosos que produjo
el Renacimiento.
Alquimista, astrólogo, médico y cirujano, describió la
sífilis y la gota y fue el primero en proponer que la cura para las
enfermedades podía alcanzarse suministrando al paciente pequeñas
cantidades de ciertas sustancias, una idea que se encuentra detrás de
toda la farmacología moderna.
Por lo demás, era un alquimista
convencido, un borracho empedernido y un agitador intelectual que se
enfrentó al establishment académico de la época, exhortando a sus
estudiantes de medicina a que quemasen o tirasen a la basura los textos
clásicos y se dedicasen únicamente a experimentar.⁶
Pero, sobre todo,
más que un gran alquimista Paracelso era un excelente químico.
Investigador incansable, sus experimentos le llevaron a intuir el
concepto de elemento, al comprobar que había sustancias que no podía
descomponer en otras más sencillas.
Entre las muchas manipulaciones de
las que fue protagonista, en una ocasión describió como el tratamiento
del hierro con un ácido desprendía un «aire» que se inflamaba con
facilidad.
Sin embargo, tras este primer contacto con lo que la
humanidad conocería más tarde como hidrógeno (H), Paracelso regresó al
mundo de la alquimia y el misticismo, pasando a describir como se podía
fabricar un «homúnculo» enterrando en estiércol de caballo durante 40
días una mezcla de huesos, esperma, pelo y fragmentos de piel de un
animal…
Alejandro Navarro