viernes, 10 de julio de 2026

 

"La maldad es de los necios, de los que aún no han comprendido que no viviremos para siempre".


Alda Merini

La frase de Alda Merini es una reflexión sobre la relación entre la conciencia de la muerte y la conducta moral.

No dice que las personas malas tengan poca inteligencia en un sentido académico. "Necios" aquí significa quienes carecen de sabiduría existencial. Son aquellos que viven como si el tiempo fuera infinito, como si sus actos no tuvieran consecuencias y como si siempre hubiera otra oportunidad para reparar el daño.

La segunda parte de la frase es la clave: "no han comprendido que no viviremos para siempre." Merini sugiere que aceptar la propia mortalidad transforma la forma de vivir. Cuando uno comprende realmente que la vida es breve, muchas de las razones para odiar, humillar, vengarse o acumular poder pierden importancia. El ego se relativiza.

Esta idea tiene ecos de varias tradiciones filosóficas:

  • Los estoicos practicaban el memento mori ("recuerda que morirás") para aprender a valorar lo esencial.
  • Martin Heidegger sostenía que solo cuando asumimos nuestra condición de seres finitos vivimos de manera auténtica.
  • Irvin D. Yalom afirma que la conciencia de la muerte puede despertar una vida más compasiva y significativa. El encuentro con la finitud no conduce necesariamente a la desesperación; muchas veces conduce a una mayor humanidad.

Desde un punto de vista psicológico, la frase también sugiere que gran parte de la maldad nace de una ilusión de permanencia. Quien cree, aunque sea inconscientemente, que siempre habrá tiempo para disfrutar del poder, guardar rencor o explotar a otros, actúa con arrogancia. En cambio, quien comprende la fragilidad de la existencia suele desarrollar empatía: sabe que todos comparten el mismo destino.

Sin embargo, la frase también admite un matiz crítico. No toda la maldad desaparece cuando alguien toma conciencia de la muerte. La historia muestra personas plenamente conscientes de su mortalidad que siguieron cometiendo atrocidades. Por eso conviene leer la frase como una intuición poética más que como una ley universal: la conciencia de la finitud puede favorecer la compasión, pero no garantiza la virtud.

En el fondo, Merini nos deja una pregunta incómoda: si recordáramos cada mañana que nuestra vida tiene un límite, ¿seguiríamos dedicando tanta energía al odio, al orgullo o a las pequeñas guerras cotidianas? Para ella, la verdadera necedad no consiste en ignorar muchos conocimientos, sino en olvidar la única certeza que todos compartimos: que el tiempo es finito y que precisamente por eso cada acto hacia los demás adquiere un peso moral.

 


La frase resume una idea central del budismo, aunque de manera un poco más absoluta de lo que suelen enseñarla muchos maestros. El problema no es cualquier deseo. Si elimináramos todos los deseos, dejaríamos de querer comer, beber o ayudar a un hijo. El budismo distingue entre el deseo que esclaviza, el apego obsesivo, y las aspiraciones saludables.

¿Es posible lograrlo sin ser Buda?

La respuesta budista sería: se puede avanzar mucho, pero alcanzar una liberación completa es extraordinariamente difícil. Buda no decía que hubiera nacido diferente. Sostenía que entrenó su mente durante años hasta despertar. La mayoría de las personas no llegan a ese nivel, pero sí pueden reducir enormemente su sufrimiento.

La psicología moderna, curiosamente, coincide en parte. Terapias como la aceptación y compromiso (ACT) o el mindfulness no intentan eliminar los deseos, sino cambiar la relación con ellos. Puedes desear un ascenso sin que tu felicidad dependa por completo de conseguirlo. Puedes sentir tristeza sin convertirla en desesperación.

Quizá el punto más difícil de la frase sea este: "experimentar la realidad tal como es".

¿Alguien puede hacerlo completamente? Probablemente no. Nuestro cerebro siempre interpreta. Vemos el mundo a través de recuerdos, miedos, cultura, lenguaje y expectativas. Incluso la neurociencia muestra que gran parte de lo que percibimos es una construcción del cerebro. Tal vez lo máximo a lo que podemos aspirar es a ver la realidad con menos distorsiones, no con ninguna.

Hay una paradoja fascinante. Si conviertes "dejar de desear" en tu mayor deseo, acabas atrapado otra vez. Es como intentar dormir repitiéndote: "¡Tengo que dormirme ya!". Cuanto más lo persigues, más se aleja.

Por eso muchos maestros budistas sonríen cuando les preguntan cómo alcanzar la iluminación. Saben que perseguirla con ansiedad puede convertirse en otro apego.

Quizá la enseñanza más útil para quienes no somos Buda sea mucho más humilde: no eliminar todos los deseos, sino evitar que ellos nos posean. Seguir amando, trabajando, corriendo, escribiendo o soñando, pero con la ligereza de quien puede abrir la mano cuando la vida decide cambiar el viento.

No hace falta ser un Buda para vivir con menos sufrimiento. Basta con empezar a notar, una y otra vez, cuándo un deseo dejó de ser un compañero de viaje y se convirtió en el conductor de nuestra vida. Ahí comienza el entrenamiento de la mente.

El nihilismo dice: nada tiene sentido. Si nada tiene sentido, entonces tampoco importa demasiado lo que hagas.

El budismo dice algo muy distinto: el sufrimiento tiene una causa, y es posible liberarse de él. No niega el sentido de la existencia. Lo desplaza. El sentido deja de estar en acumular riqueza, prestigio o placer, y pasa a estar en cultivar lucidez, compasión y libertad interior.

Es una diferencia enorme.

El nihilista podría decir:

"Nada importa."

El budista respondería:

"Todo cambia."

Parecen frases parecidas, pero son mundos distintos.

El nihilismo suele terminar en el vacío. El budismo parte del vacío para descubrir la interdependencia de todas las cosas. En el budismo, el vacío no significa que nada exista, sino que nada posee una esencia fija e independiente. Precisamente porque todo cambia, todo merece cuidado.

De hecho, Friedrich Nietzsche criticó el nihilismo porque veía que podía llevar a la desesperanza. Curiosamente, también admiró ciertas tradiciones contemplativas por su disciplina, aunque criticó aspectos del budismo al considerarlo demasiado orientado a extinguir el deseo. Muchos estudiosos creen que esa interpretación era incompleta.

Hay otra paradoja interesante. Si alguien eliminara todo deseo en un sentido nihilista, probablemente diría: "Ya nada importa". Si alguien trascendiera el apego según el budismo, diría algo más cercano a: "Todo importa, pero ya no necesito poseerlo".

Es como contemplar una puesta de sol.

El nihilista podría pensar: "Da igual. En unos minutos desaparecerá."

El budista podría pensar: "Precisamente porque desaparecerá, puedo disfrutarla plenamente sin intentar retenerla."

Uno mira la impermanencia y encuentra vacío existencial. El otro mira la misma impermanencia y encuentra libertad.

Quizá esa sea la diferencia más hermosa entre ambas posturas: el nihilismo ve un universo silencioso y escucha una ausencia; el budismo escucha ese mismo silencio y descubre que no necesitaba una respuesta para vivir plenamente


 «Que levante la mano el que todavía quiera parecerse a sí mismo.»

— Carlos Monsiváis


Esta frase de Monsiváis parece sencilla, pero es una pequeña carga de profundidad.

Vivimos rodeados de modelos de lo que deberíamos ser: exitosos, atractivos, eficientes, felices, productivos, visibles. La sociedad ofrece disfraces en oferta permanente. En ese contexto, querer parecerse a uno mismo se vuelve un acto de resistencia.

La frase está formulada como una invitación pública: "que levante la mano". Como si Monsiváis preguntara en una multitud quién sigue dispuesto a conservar su identidad cuando todo empuja hacia la imitación. La pregunta es irónica porque sospecha que no serán muchos.

También encierra una paradoja. Parecerse a uno mismo no es algo automático. Uno podría pensar que ya somos nosotros mismos por definición. Pero Monsiváis apunta a otra cosa: a la distancia que se abre entre lo que somos y lo que terminamos representando. Hay quienes pasan años pareciéndose a las expectativas familiares, a las modas, a las ideologías o a los algoritmos, y cada vez menos a su propia voz.

La frase tiene además un eco ético. No pregunta quién quiere ser mejor que los demás, ni más rico, ni más famoso. Pregunta quién quiere ser fiel a sí mismo. Y esa fidelidad suele ser incómoda, porque obliga a reconocer contradicciones, límites y deseos auténticos.

Hay algo de melancolía en ella. Monsiváis, observador feroz de la cultura mexicana, sabía que la modernidad produce máscaras con gran facilidad. Su pregunta suena como la de alguien que mira una plaza llena y busca a los pocos que aún conservan el coraje de ser quienes son.

En el fondo, la frase podría traducirse así:

Entre tantas copias, imitaciones y personajes, ¿quién sigue dispuesto a convertirse en su propia versión y no en la de otro?

Y esa mano levantada, aunque sea una sola, ya constituye una pequeña victoria contra la uniformidad. 

 Todo lo negativo

hay que eliminarlo,

aunque sea tu amigo

tu padre

tu madre

tu hijo

o tu amor.

(Como se destruye un virus o dos)

Porque si se vuelve contra ti,

no es tu amigo

ni tu padre

ni tu madre

ni tu hijo

ni tu amor. 

 Gloria Fuertes


Este poema de Gloria Fuertes posee la crudeza y la precisión de una incisión quirúrgica. A primera vista, parece un manifiesto de desapego radical, casi despiadado. Sin embargo, al pasarlo por el tamiz del psicoanálisis y la psicoterapia existencial, lo que emerge no es crueldad, sino un desgarrador intento de supervivencia psíquica.

Analicemos estos versos bajo la mirada de Sigmund Freud, Irvin Yalom y Gabriel Rolón.

1. La mirada de Freud: La ruptura de la ambivalencia y el imperativo del Yo

Para Freud, los vínculos humanos más profundos —padre, madre, hijo, amor— están estructurados por la ambivalencia afectiva: coexisten el amor y el odio. El poema de Fuertes choca de frente con esta realidad. Cuando dice "Aunque sea tu amigo / tu padre / tu madre...", está tocando los objetos primarios, los cimientos de nuestro aparato psíquico.

En términos freudianos, el poema describe una defensa radical ante un objeto persecutorio.

Cuando el vínculo se vuelve destructivo, el Yo se enfrenta a una decisión de vida o muerte psíquica. La metáfora del virus es profundamente freudiana: el virus es algo que se introduce en el organismo (o en la mente) y parasita sus recursos. Si ese objeto primario (la madre, el padre) se "vuelve contra ti", el Yo debe recurrir a una escisión drástica para no ser destruido por la culpa o la neurosis. Es el imperativo de la autoconservación: mutilar el vínculo para salvar al Yo.

2. La mirada de Yalom: La responsabilidad existencial y el aislamiento

Irvin Yalom abordaría este poema desde una de las mayores angustias existenciales: la libertad y la responsabilidad. Yalom sostiene que somos los autores de nuestra propia vida y que curarse implica asumir la responsabilidad de nuestros límites.

Desde esta perspectiva, el poema es un acto de soberanía existencial absoluto:

  • El precio de la libertad: Romper con un hijo o un padre devenidos en "lo negativo" es quizás el acto de libertad más terrorífico y costoso que puede experimentar un ser humano. Al eliminar lo que destruye, el individuo acepta el aislamiento existencial definitivo.

  • Renuncia a la ilusión: Fuertes desmiente la ilusión de que los roles de sangre o los títulos amorosos garantizan el bienestar. Yalom diría que el poema es una confrontación directa con la realidad despojada de mitos protectores: un padre o un hijo pueden ser destructivos, y aceptarlo es el primer paso para salir de la sumisión y el autoengaño.

3. La mirada de Rolón: El dolor de la pérdida necesaria y el desengaño

Gabriel Rolón suele repetir una premisa fundamental en su clínica: "El amor no todo lo puede, y a veces, el amor no alcanza". Este poema es, esencialmente, una radiografía de ese límite.

Rolón analizaría el texto desde el concepto del duelo y el desengaño:

  • Desarmar el rol: El poema dice "si se vuelve contra ti, no es tu amigo / ni tu padre...". Rolón explicaría que aquí hay una deconstrucción del estatuto simbólico. Un padre que destruye deja de operar como padre; un amor que daña deja de ser amor. El poema desarma la trampa neurótica de justificar el maltrato bajo el ala del "parentesco" o el "afecto".

  • La destrucción del virus: Comparar el vínculo dañino con un virus apela a la noción de Rolón sobre las "pérdidas necesarias". Hay dolores que curan y alivios que matan. Cortar ese lazo duele como una amputación, pero es una destrucción necesaria para frenar la hemorragia del sufrimiento neurótico. No es odio; es el límite ético del amor propio.

Síntesis Psicoanalítica

Gloria Fuertes no hace una invitación ligera al egoísmo. Al contrario, escribe desde la herida de quien ha descubierto que los roles sagrados no eximen de la perversión o el daño.

Pasado por el diván, este poema deja de ser una declaración fría para convertirse en un grito de trinchera: cuando el lazo de sangre o el pacto amoroso se transforman en una fuerza que deshace la subjetividad, la distancia no es una opción de desamor; es la última frontera de la cordura.

jueves, 9 de julio de 2026


 Es fácil repartir el futuro. 

Es barato donar lo imaginario. 

El sacrificio auténtico empieza cuando hay que entregar algo que ya te pertenece, algo que tiene olor, peso, rutina. 

Lo que te sostiene.  


Este es un fragmento profundamente filosófico y psicológico sobre la naturaleza del compromiso, la generosidad y el verdadero sacrificio. 

1. La ilusión de la generosidad futura

"Es fácil repartir el futuro. Es barato donar lo imaginario."

  • El desapego sin costo: Hablar de lo que haremos "mañana", de lo que daremos "cuando tengamos más" o de cómo cambiaremos el mundo en un plano hipotético no cuesta nada. El futuro es un lienzo en blanco donde todos podemos ser héroes, filántropos o santos porque no exige una pérdida real en el presente.

  • La trampa del ego: Prometer o planificar sacrificios futuros funciona como un analgésico moral. Nos hace sentir buenas personas hoy, consumiendo la gratificación de un acto noble sin haber pagado el precio por él.

2. La materialidad del sacrificio real

"El sacrificio auténtico empieza cuando hay que entregar algo que ya te pertenece, algo que tiene olor, peso, rutina."

  • La pérdida tangible: Aquí el texto introduce la sensorialidad (olor, peso). El verdadero sacrificio no es abstracto; duele y se siente. Desprenderse de lo que ya forma parte de nuestra identidad o de nuestro día a día genera un vacío real.

  • La renuncia a la comodidad: La mención de la rutina es clave. La rutina es predictibilidad y seguridad. Entregar algo que tiene rutina significa romper nuestra estructura, incomodarnos y aceptar la incertidumbre por el bien de otra cosa o persona.

3. El despojo de la identidad

"Lo que te sostiene."

  • El desapego radical: Esta última línea eleva la apuesta. No se trata solo de dar lo que nos sobra, ni siquiera de dar lo que nos cuesta; se trata de entregar el fundamento.

  • Vulnerabilidad pura: Ofrecer "lo que te sostiene" (ya sea tu tiempo vital, tu seguridad económica, tu estabilidad emocional o tus propias certezas) implica quedar suspendido en el aire. Es el nivel más alto de entrega porque desmantela el instinto de autopreservación.

En conclusión

El texto contrasta la retórica del altruismo con la acción del desapego. Nos confronta con una realidad incómoda: es muy fácil ser generosos con lo que no tenemos (el futuro, los ideales abstractos) y sumamente difícil serlo con lo que nos define y nos da seguridad en el aquí y el ahora. El verdadero valor de una entrega no se mide por la grandeza de la promesa, sino por el tamaño del vacío que deja en quien lo da.

 Este pasaje es de P. L. Travers. Aunque es conocida por Mary Poppins, gran parte de su obra está impregnada de simbolismo, mitología y espiritualidad.

Ave y bestia, piedra
y estrella: todos somos uno,
todos uno —murmuró el
Hamadriade, recogiendo suavemente
su capucha alrededor de sí
mientras se balanceaba entre
los niños.

Niño y serpiente, estrella y
piedra: todos somos uno.

¿Qué es el Hamadriade?

Aquí conviene aclarar un detalle. El "Hamadryad" de este pasaje probablemente alude al Cobra egipcia (también llamada hamadryad en algunos textos antiguos en inglés), más que a la hamadríade de la mitología griega (la ninfa de los árboles). La referencia a que "pliega su capucha" indica claramente una cobra.

La cobra habla como un sabio, no como un enemigo.

El poema expresa una de las intuiciones más antiguas y profundas de la humanidad: la unidad de toda la existencia.

La enumeración es significativa:

  • ave (el cielo)
  • bestia (la tierra)
  • piedra (lo mineral)
  • estrella (el cosmos)

Luego la segunda enumeración rompe una frontera aún más importante:

  • niño (lo humano)
  • serpiente (lo animal, lo temido)
  • estrella (lo infinito)
  • piedra (lo aparentemente inerte)

La idea es que las diferencias son superficiales. En un nivel más profundo, todo participa del mismo ser.

Es una visión cercana a varias tradiciones:

  • el tat tvam asi ("Tú eres eso") del hinduismo;
  • la interdependencia del budismo;
  • el estoicismo, que veía al universo como un solo organismo;
  • el panteísmo de Baruch Spinoza;
  • incluso la célebre frase atribuida al jefe Seattle: "Todo está conectado."

La serpiente

En la tradición occidental solemos asociar la serpiente con el peligro o el pecado.

Travers hace exactamente lo contrario.

La serpiente se convierte en quien recuerda una verdad olvidada por los humanos: que no estamos separados del resto de la naturaleza.

Es una inversión muy poderosa del símbolo.

El tono

No proclama esta verdad con grandilocuencia.

La cobra la murmura.

Eso sugiere que la unidad del mundo no necesita imponerse; simplemente está ahí para quien quiera escuchar.

Una reflexión final

Hay algo especialmente hermoso en la última frase:

"Niño y serpiente, estrella y piedra: todos somos uno."

No dice que todos seamos iguales. Un niño no es una estrella ni una piedra.

Dice algo más sutil: todos pertenecemos a la misma realidad.

Es una invitación a abandonar la ilusión de que el ser humano está separado o por encima del resto de la creación. Desde esa perspectiva, dañar la naturaleza no es destruir "algo externo", sino lesionar el mismo tejido del que formamos parte.

En apenas unas líneas, Travers condensa una visión del mundo profundamente poética y filosófica: la diversidad de las formas no contradice la unidad del ser; la hace visible.



 Horacio Quiroga: el hombre que escuchaba hablar a la selva

La selva no es un lugar.

Es un latido.

Un corazón inmenso que respira bajo millones de hojas, que devora lo que nace y alimenta lo que muere. Allí, entre el rumor de los insectos y la paciencia de los ríos, encontró su hogar Horacio Quiroga, un hombre que parecía haber sido escrito por uno de sus propios cuentos.

Nació en 1878, en Uruguay, bajo un cielo que ya guardaba nubes para él. La muerte lo acompañó desde los primeros pasos. Antes de aprender el significado de las palabras, conoció el significado de la pérdida. Su padre cayó por un disparo accidental. Más tarde, su padrastro se quitó la vida. Los años fueron pasando, pero la tragedia seguía encontrando su dirección.

Muchos hombres habrían aprendido a temer al destino.

Quiroga decidió observarlo.

Lo observó como quien contempla una tormenta acercándose sobre el horizonte.

Y comenzó a escribir.

Las palabras fueron su machete para abrirse paso entre la espesura del mundo. Leyó a Poe y comprendió que el verdadero espanto no vive en castillos embrujados, sino en el corazón humano. Descubrió que el miedo tiene raíces profundas y que la muerte suele caminar con zapatos silenciosos.

Entonces apareció Misiones.

La selva argentina lo llamó con una voz antigua, una voz hecha de agua, barro y pájaros invisibles.

Y él respondió.

Construyó casas, cultivó la tierra, reparó motores, navegó ríos. Vivió como un colono, como un aventurero, como un náufrago voluntario. Mientras otros escritores buscaban inspiración en cafés y bibliotecas, Quiroga la encontraba en una serpiente cruzando un sendero o en el rugido lejano de una creciente.

La naturaleza le enseñó una lección que jamás olvidó: el universo no es cruel ni bondadoso.

Simplemente es.

El árbol cae.

El río arrastra.

El jaguar acecha.

La lluvia llega.

Y el hombre, pequeño y obstinado, intenta seguir adelante.

Por eso sus cuentos no tienen héroes invencibles. Sus personajes sudan, se equivocan, sangran. Son hombres comunes enfrentados a fuerzas inmensas. En sus páginas la muerte no aparece vestida de negro. Aparece disfrazada de fiebre, de veneno, de accidente, de descuido.

Como en la vida.

Pero sería injusto decir que Quiroga fue únicamente un escritor de la muerte.

También fue un escritor de la intensidad.

Amó la vida con la misma pasión con que la vio desaparecer. Amó los ríos, las herramientas, los animales, la aventura. Había en él algo de poeta y algo de mecánico. Podía reparar una máquina y luego escribir una página capaz de estremecer a un continente entero.

Sin embargo, las sombras nunca dejaron de seguirlo.

La muerte visitó nuevamente su casa, llevándose a seres queridos. Y cuando el cáncer llamó finalmente a su propia puerta, Quiroga reconoció a aquel viejo compañero de viaje. No era un desconocido. Había convivido con él durante toda su existencia.

En 1937 decidió marcharse por voluntad propia.

Y la selva quedó atrás.

O quizás no.

Porque algunos hombres mueren y desaparecen.

Otros mueren y se transforman en paisaje.

Quiroga pertenece a estos últimos.

Todavía vive en el zumbido de los insectos al anochecer. En el brillo amarillo de los ojos que observan desde la maleza. En el silencio que precede a una tormenta tropical. Vive cada vez que un lector abre uno de sus cuentos y escucha, entre las palabras, el rumor de hojas invisibles.

La selva sigue respirando.

Y en algún rincón de ese inmenso pulmón verde, Horacio Quiroga continúa escribiendo con tinta de sombra, barro y luna.

 "Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre

porque se detendría la muerte y el reposo

Tu voz, que es la campana de los cinco sentidos,
sería el tenue faro buscando por mi niebla.

Cuando sepas que he muerto di sílabas extrañas.
Pronuncia flor, abeja, lágrima, pan, tormenta.
No dejes que tus labios hallen mis once letras.
Tengo sueño, he amado, he ganado el silencio.
No pronuncies mi nombre cuando sepas que he muerto:
desde la oscura tierra vendría por tu voz.
No pronuncies mi nombre, no pronuncies mi nombre.
Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre".

Roque Dalton | Alta hora de la noche

miércoles, 8 de julio de 2026


 La frase "Todo tiene un riesgo, incluso las historias de éxito", de Rafael Pérez Gay, parece sencilla, pero encierra una observación profunda sobre la naturaleza de la vida y del éxito.

En una primera lectura, desmonta una ilusión muy común: la de que el éxito representa el final de la incertidumbre. Solemos imaginar las historias exitosas como relatos lineales en los que, una vez alcanzada la meta, desaparecen los problemas. Pérez Gay recuerda que no es así. Llegar a la cima no elimina el riesgo; simplemente lo transforma.

Hay al menos tres niveles de interpretación:

1. El riesgo de intentar.
Toda historia de éxito comenzó con una apuesta. Alguien decidió invertir tiempo, dinero, prestigio o estabilidad en algo cuyo resultado era incierto. Si observamos solo el desenlace, olvidamos que antes hubo miedo, posibilidad de fracaso y decisiones difíciles.

2. El riesgo de tener éxito.
Paradójicamente, el éxito también crea nuevas vulnerabilidades. Quien triunfa puede enfrentarse a expectativas imposibles, al miedo de no repetir el logro, a la pérdida de privacidad, a la envidia o incluso a la complacencia. El éxito nunca garantiza seguridad permanente.

3. El riesgo de la narrativa.
Las historias de éxito suelen contarse como si fueran inevitables. Mirando hacia atrás, todo parece lógico: "era evidente que iba a triunfar". Pero esa claridad es una ilusión retrospectiva. En el momento de tomar las decisiones, el futuro estaba lleno de incertidumbre.

Desde una perspectiva filosófica, la frase cuestiona nuestro deseo de controlar completamente la existencia. Vivir implica asumir riesgos. No existe una opción absolutamente segura. Incluso no hacer nada también es una decisión con consecuencias.

En términos económicos y sociales, también recuerda un principio básico: toda inversión implica riesgo. El empresario, el artista, el científico o el atleta exitoso suelen ser recordados por el resultado, no por la enorme cantidad de incertidumbre que aceptaron en el camino.

Hay además una enseñanza psicológica. Muchas personas esperan sentirse "libres de riesgo" antes de actuar: cambiar de empleo, escribir un libro, emprender un proyecto o iniciar una relación. Esa seguridad absoluta nunca llega. El riesgo no desaparece; únicamente cambia de forma.

En el fondo, Pérez Gay parece sugerir una idea serena: la ausencia de riesgo no es la condición del éxito; es la condición de la inmovilidad. Las mejores historias no son las que evitaron el peligro, sino las que decidieron convivir con él.

La frase también invita a mirar con menos envidia las vidas ajenas. Detrás de cada aparente éxito suele haber una parte invisible hecha de incertidumbre, renuncias, errores y riesgos que el público rara vez conoce. Esa perspectiva hace el éxito menos mítico y más humano.


 La frase "La felicidad constante es la curiosidad", atribuida a Alice Munro, parece sencilla, pero encierra una idea profunda sobre la naturaleza de una vida plena.

La mayoría de las personas entiende la felicidad como un estado emocional: sentirse bien, estar satisfecho o experimentar placer. Pero esos estados son inevitablemente pasajeros. Un ascenso, unas vacaciones, enamorarse o comprar algo nuevo producen felicidad... durante un tiempo. Después aparece la adaptación: lo extraordinario se vuelve cotidiano.

Munro propone algo distinto. La única felicidad que puede ser constante no es la euforia, sino la curiosidad.

La curiosidad mantiene viva la capacidad de sorprenderse. Quien conserva el deseo de aprender nunca termina de habitar el mismo mundo, porque cada día descubre uno nuevo. Una persona curiosa encuentra interés donde otros sólo ven rutina: en una conversación, en una calle conocida, en un libro antiguo o incluso en una pregunta que nunca antes se había planteado.

También hay una dimensión psicológica importante. La curiosidad desplaza el foco del ego hacia el mundo. En lugar de preguntarse constantemente "¿soy feliz?", la persona curiosa se pregunta "¿qué puedo descubrir?". Ese pequeño cambio reduce la obsesión por medir el propio bienestar y aumenta la participación activa en la realidad.

Desde la filosofía, la frase recuerda a Sócrates, quien convirtió la pregunta en una forma de vida, y a Aristóteles, que afirmaba que todos los seres humanos desean conocer por naturaleza. La curiosidad no es un entretenimiento; es una expresión de nuestra condición humana.

En la ciencia ocurre algo similar. Investigadores como Richard Feynman hablaban de la alegría de no dejar de hacerse preguntas. Para ellos, el conocimiento no eliminaba el asombro; lo multiplicaba.

En definitiva, Munro sugiere que la felicidad más duradera no depende de que todo salga bien. Depende de conservar una mirada infantil en el mejor sentido: la capacidad de seguir preguntando "¿por qué?" y "¿qué hay más allá?". Mientras exista esa inquietud por descubrir, la vida nunca se agota del todo, porque siempre ofrece algo nuevo que comprender.


 «Lo peor que le puede pasar a alguien, querido Yanis, es encontrarse tan desesperado que esté dispuesto a vender su alma al diablo y que éste no quiera comprarla».  


Esta demoledora frase —atribuida frecuentemente al político, escritor e historiador español Manuel Azaña (presidente de la Segunda República Española) y dirigida a su amigo y colaborador Yanis— es una de las reflexiones más amargas, lúcidas y existenciales sobre la desesperación humana y la pérdida absoluta de valor.


 La degradación de la desesperación

Vender el alma al diablo es el mito arquetípico de la literatura occidental (desde Fausto hasta Dorian Gray). Representa el último recurso del ser humano: cuando ya no te queda nada terrenal, estás dispuesto a sacrificar tu moralidad, tu eternidad o tu esencia más pura a cambio de un deseo inmediato (poder, juventud, salvación o simple alivio).

La frase sitúa al individuo en ese límite absoluto. La persona ya ha cruzado la línea del no retorno; ya ha decidido corromperse porque el dolor o la necesidad son insoportables.

 El rechazo del Diablo: La pérdida total de valor

El giro trágico y brillante de la frase ocurre cuando el diablo no quiere comprarla. En la teología y el folclore, el diablo siempre está codiciando almas; es el comprador definitivo de la debilidad humana.

Que el diablo te rechace no es una salvación moral; es el insulto supremo. Significa que:

  • Careces de valor: Incluso para las fuerzas del mal, tu alma, tu dolor o tu sacrificio no valen nada. No tienes nada que ofrecer que interese ni al mercado de la corrupción.

  • La irrelevancia absoluta: Estás tan hundido, tan derrotado o eres tan insignificante en ese momento que ni siquiera mereces ser tentado o castigado.

 El limbo existencial (El peor escenario)

Si vendes tu alma y el diablo la compra, al menos obtienes algo a cambio (un pacto, un respiro, una última victoria efímera). Pero si el diablo la rechaza, te quedas en el peor de los mundos:

  • Te quedas con la culpa y la vergüenza de haber estado dispuesto a traicionarte a ti mismo.

  • Te quedas atrapado exactamente en la misma desesperación que te llevó a buscar el pacto, pero ahora con el peso del rechazo.

En resumen:

La frase es una metáfora de la soledad y la insignificancia absoluta. Describe ese punto de quiebre donde una persona descubre con horror que ha tocado un fondo tan profundo que ni siquiera el mismísimo mal considera que valga la pena rescatarla (ni para destruirla). Es la bancarrota moral y existencial completa.

¿Cuáles fueron los argumentos principales de Chinua Achebe en su famoso ensayo criticando a Joseph Conrad y 'El corazón de las tinieblas'?

El ensayo en cuestión es "An Image of Africa: Racism in Conrad's Heart of Darkness" (Una imagen de África: Racismo en El corazón de las tinieblas de Conrad), originalmente una conferencia dictada por Achebe en la Universidad de Massachusetts en 1975 y publicada en 1977.

Este texto cayó como una bomba en los departamentos de literatura de Occidente. Hasta ese momento, la novela corta de Joseph Conrad era considerada unánimemente una obra maestra indiscutible, un retrato psicológico de la locura humana y una crítica feroz al imperialismo belga en el Congo.

Achebe dinamitó esa lectura cómoda con argumentos demoledores:

1. África como un "telón de fondo" deshumanizado

El principal argumento de Achebe es que, para Conrad, África no es un lugar real con seres humanos reales, sino un simple escenario decorativo y una herramienta psicológica. Conrad utiliza el río Congo y la selva como un espejo de la regresión mental y el horror espiritual del hombre blanco (Kurtz). Para Achebe, reducir a todo un continente y a sus habitantes a un mero "trasfondo de la neurosis de un puñado de europeos" es un acto de profunda deshumanización y racismo.

2. La negación del lenguaje y la razón a los africanos

Achebe señala cómo en la novela los africanos rara vez hablan. Cuando lo hacen, emiten "gritos", "gruñidos" o un inglés roto y salvaje (como cuando dicen la famosa frase sobre comerse a los prisioneros). Al privar a los nativos del lenguaje, Conrad les niega la facultad humana básica de la razón y la articulación cultural. Se les retrata como una masa amorfa de cuerpos negros balanceándose, una prolongación violenta de la propia naturaleza salvaje.

3. La fobia a la "parentesco" humano

Achebe analiza un fragmento clave donde el narrador de Conrad, Marlow, observa a los nativos bailando en la orilla del río y experimenta un escalofrío al sospechar que comparte cierta "humanidad común" con esos seres "salvajes". Achebe argumenta que el gran horror de la novela no es la crueldad colonial, sino la angustia existencial del hombre blanco ante la idea de que el negro sea su igual.

4. La distinción entre "buen arte" y deshumanización

El ensayo aborda una veta estética crucial: ¿puede una obra ser artísticamente genial si promueve el racismo? La respuesta de Achebe es un "no" rotundo. Argumenta que la brillantez estilística de Conrad no justifica las bajas pasiones que alimenta. Usó una analogía tajante: si una obra literaria retratara a los judíos con el mismo desprecio con el que Conrad retrata a los africanos, Occidente nunca la consideraría una obra maestra atemporal debido al peso moral de ese prejuicio.

La conclusión de Achebe:

"Joseph Conrad fue un racista sangriento. (...) El punto de la historia es que el viaje de Marlow por el río Congo es un viaje hacia atrás en el tiempo, hacia los orígenes de la humanidad... Para Conrad, África es el otro mundo, la antítesis de la Europa civilizada".

El impacto del ensayo

El texto de Achebe transformó las universidades. No logró que se prohibiera a Conrad, pero cambió para siempre la forma de leerlo. Hoy en día, es prácticamente imposible estudiar El corazón de las tinieblas en cualquier programa académico del mundo sin leer en paralelo el ensayo de Achebe, obligando a los estudiantes a confrontar las profundas e incómodas raíces racistas de la literatura canónica.

martes, 7 de julio de 2026


 Jorge Teillier


 Esa frase resume a la perfección el núcleo filosófico del Bhagavad Gita: la integración. Aunque el texto original suele referirse al "verdadero yogui" o al "ser humano realizado", la idea central es que la espiritualidad y la plenitud no se logran aislándose del mundo, sino unificando tres caminos esenciales que a menudo se enseñan por separado.

En el Gita, estos tres elementos corresponden a las tres grandes disciplinas o Yogas:

1. Acción (Karma Yoga)

No puedes renunciar a actuar; el simple hecho de vivir ya es una acción. El Gita no te pide que te vayas a una cueva, sino que actúes en el mundo cumpliendo con tu deber (Dharma), pero con una condición clave: renunciar al apego por los resultados. Actúas porque es lo correcto, no por el aplauso, el dinero o el miedo al fracaso. Esto transforma el trabajo diario en un acto sagrado y libre de estrés.

2. Meditación (Dhyana o Raja Yoga)

La acción sin control mental se vuelve caótica. El Gita dedica secciones enteras (como el Capítulo 6) a la necesidad de dominar la mente. La meditación es la herramienta para calmar el "oleaje" de los pensamientos, permitiéndote mantener la ecuanimidad tanto en el éxito como en la derrota. Es el espacio de silencio interior que sostiene la actividad externa.

3. Sabiduría (Jnana Yoga)

La acción y la meditación necesitan una dirección, y eso lo da el conocimiento superior. No se trata de acumular información intelectual, sino de comprender la verdadera naturaleza de la realidad: entender que hay una chispa divina o consciencia universal (Atman) dentro de cada ser vivo. La sabiduría te permite ver la unidad en la diversidad.

El análisis clave:

Si solo tienes sabiduría, corres el riesgo de volverte un intelectual pasivo. Si solo haces meditación, puedes caer en el aislamiento egoísta. Si solo te enfocas en la acción, terminas agotado y atrapado en el materialismo.

El "verdadero integra" porque entiende que el carruaje de la vida necesita las tres ruedas: la sabiduría aclara el mapa, la meditación estabiliza al conductor y la acción es el movimiento que te lleva hacia adelante.

Y ahora se inicia

la pequeña vida

del sobreviviente de la catástrofe del amor:

hola, perros pequeños,

hola, vagabundos,

hola, autobuses y transeúntes

Soy una niña de pecho

acabo de nacer

del terrible parto del amor

Ya no amo

Ahora puedo ejercer en el mundo

inscribirme en él

soy una pieza más del engranaje

Ya no estoy loca.


Este poema de Cristina Peri Rossi es una de las descripciones más lúcidas del momento que sigue a una gran ruptura amorosa. Lo sorprendente es que no celebra el amor, sino la extraña normalidad que regresa cuando el amor termina.

Un nacimiento después de una muerte

"Y ahora se inicia
la pequeña vida
del sobreviviente de la catástrofe del amor"

Peri Rossi invierte la metáfora habitual. Normalmente pensamos que enamorarse es "nacer a una nueva vida". Aquí ocurre lo contrario: el verdadero nacimiento sucede después del amor.

El amor ha sido una "catástrofe". No en el sentido de que haya sido malo, sino porque trastornó completamente la existencia. Quien sale de él es un sobreviviente, alguien que ha atravesado un terremoto emocional.

Pero la vida que comienza no es grandiosa: es una "pequeña vida". Es la existencia cotidiana, menos intensa, menos luminosa, pero también más estable.

El descubrimiento del mundo ordinario

"Hola, perros pequeños,
hola, vagabundos,
hola, autobuses y transeúntes."

Mientras se ama apasionadamente, el mundo desaparece. Todo gira alrededor de una sola persona.

Cuando el amor termina, vuelven a aparecer los detalles que siempre estuvieron allí:

  • los perros de la calle,

  • los vagabundos,

  • los autobuses,

  • la gente que pasa.

Es casi un despertar después de una fiebre. El mundo cotidiano recupera su presencia.

"Soy una niña de pecho"

Esta es quizá la imagen más poderosa.

"Soy una niña de pecho
acabo de nacer
del terrible parto del amor."

El parto no es el comienzo del amor: el parto es salir de él.

El amor ha sido el vientre y, al mismo tiempo, el sufrimiento del nacimiento.

La mujer sale de esa experiencia completamente transformada, como si hubiera perdido la identidad anterior y tuviera que aprender otra vez a vivir.

La recuperación de la identidad

"Ya no amo.
Ahora puedo ejercer en el mundo
inscribirme en él
soy una pieza más del engranaje."

Aquí aparece una idea casi sociológica.

Mientras estaba enamorada, estaba fuera del funcionamiento normal del mundo. El amor la había apartado de la lógica cotidiana.

Ahora puede:

  • trabajar,

  • cumplir horarios,

  • formar parte del sistema,

  • volver a ser una ciudadana cualquiera.

Hay una ironía evidente.

Volver a ser "una pieza más del engranaje" no parece una victoria absoluta. Es recuperar la funcionalidad... pero también perder la intensidad.

Peri Rossi sugiere que el amor nos vuelve improductivos, distraídos, incapaces de vivir según las reglas ordinarias.

El verso final

"Ya no estoy loca."

Toda la tradición occidental ha asociado el amor con una forma de locura, desde Platón hasta William Shakespeare.

Pero este verso admite dos lecturas simultáneas.

La primera:

  • he recuperado la cordura.

La segunda, mucho más triste:

  • he perdido esa hermosa locura que daba sentido a mi vida.

No sabemos cuál pesa más.

El estilo

Peri Rossi utiliza un lenguaje casi conversacional. No hay metáforas rebuscadas ni solemnidad. Precisamente esa sencillez hace que el golpe emocional sea mayor.

El poema avanza como quien sale de un hospital después de una operación: todavía débil, saludando el mundo con sorpresa.

En el fondo...

El poema plantea una pregunta incómoda:

¿Qué es más humano: vivir cuerdamente dentro del engranaje o perder la cabeza por amor?

Peri Rossi no responde. Solo muestra que ambas formas de existir tienen un precio. La cordura trae estabilidad, pero también una cierta reducción de la vida; la "locura" amorosa desordena el mundo, pero lo vuelve extraordinariamente intenso.

Ese equilibrio entre ironía, melancolía y lucidez es una de las marcas más reconocibles de la poesía de Cristina Peri Rossi.

 

Las imágenes son [...] puentes tendidos hacia una orilla invisible.

 CARLJUNG

Esta célebre frase de Carl Jung resume a la perfección su perspectiva sobre el inconsciente y cómo este se comunica con nuestra mente consciente.

Para Jung, las imágenes —que se manifiestan principalmente a través de los sueños, las visiones, las expresiones artísticas y los mitos— no son meras fantasías aleatorias ni subproductos del cerebro. Son símbolos cargados de significado profundo.

1. El "Puente" (La función mediadora)

En la psicología analítica, la psique está dividida. Por un lado tenemos el ego y la mente consciente (la orilla donde estamos parados); por el otro, el vasto e inexplorado océano del inconsciente. Las imágenes actúan como un puente que conecta ambos mundos. La mente racional a menudo no puede comprender el lenguaje directo del inconsciente porque este no habla con palabras ni lógica formal; habla a través de símbolos visuales y arquetipos.

2. La "Orilla Invisible" (El Inconsciente Colectivo y el Sí-Mismo)

Esa orilla que no podemos ver a simple vista representa el Inconsciente Colectivo y, en última instancia, el Sí-Mismo (Selbst), que es el centro de la totalidad de la psique. Es "invisible" porque no podemos acceder a él de forma directa o voluntaria; solo podemos intuir su existencia y su forma a través de lo que cruza el puente (las imágenes).

3. El proceso de Individuación

Para Jung, la salud psicológica y la autorrealización dependen de cruzar ese puente. A este proceso lo llamó individuación: el camino para integrarnos y volvernos seres completos.

  • Cuando prestamos atención a una imagen unificadora (un símbolo en un sueño, por ejemplo), estamos permitiendo que la sabiduría de esa "orilla invisible" cure las divisiones, neurosis o conflictos de nuestra vida consciente.

En resumen: Jung nos dice que cuando una imagen poderosa nos impacta (ya sea en un sueño o en el arte), no debemos descartarla. Es un mensaje enviado desde lo más profundo de nuestra naturaleza humana, intentando guiar al consciente hacia un equilibrio y una comprensión más profunda de nosotros mismos.

lunes, 6 de julio de 2026


 Esta cita de Madame de Staël (Germaine de Staël) es una brillante y afilada observación sobre la psicología humana y el ciclo de las expectativas.

 por qué su vigencia es absoluta:

1. La personificación de las emociones

De Staël convierte dos conceptos abstractos en personajes de una obra muda: el entusiasmo y el desengaño (la desilusión).

  • El entusiasmo va adelante: es ciego, avanza rápido, lleno de energía, luz y expectativas. No mira hacia atrás porque está completamente absorbido por el futuro o el ideal.

  • El desengaño camina justo detrás: no corre, no hace ruido. Simplemente sigue los pasos del entusiasmo, sabiendo con total seguridad que su momento llegará.

2. La ironía de la sonrisa

El detalle más potente de la frase es que el desengaño camina "sonriendo". Esta sonrisa no es necesariamente maliciosa, sino una sonrisa de inevitable certeza. Es la sonrisa del que sabe cómo termina la historia. El desengaño sonríe porque el propio entusiasmo, al ser tan desmedido o poco realista, está construyendo el camino para su propia caída. Cuanto más alto vuela el entusiasmo, más espacio genera para que el desengaño actúe.

3. Una verdad psicológica (y no un mero pesimismo)

Aunque a primera vista la frase puede sonar cínica o pesimista, en realidad describe un sesgo cognitivo humano muy real. El entusiasmo nos desborda y nos hace idealizar personas, proyectos o situaciones. El desengaño no es un enemigo externo; es la consecuencia natural de la colisión entre nuestras altas expectativas y la cruda realidad.

Madame de Staël, una de las mentes más brillantes del Romanticismo y el pensamiento político europeo, no buscaba destruir el entusiasmo (un concepto que ella misma defendía en sus escritos como el motor del alma), sino advertir sobre su fragilidad. La madurez, sugiere implícitamente la cita, consiste en caminar con entusiasmo pero sabiendo que la realidad, tarde o temprano, nos pedirá cuentas.

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