lunes, 7 de septiembre de 2026


 A LA HORA DE LAS

ACUSACIONES.

EL CUCHILLAZO DEFINITIVO

ES LA HIGIENE MORAL PROPIA


VALERIA LUISELLI

 

Ese fragmento de Valeria Luiselli tiene una idea muy potente: cuando llega el momento de acusar a otros, la defensa más contundente consiste en presentarse como moralmente limpio.

«A la hora de las acusaciones»

La frase parte de una situación de conflicto, juicio o confrontación. No habla simplemente de una discusión: habla de ese momento en que alguien señala culpables, reparte responsabilidades y construye una frontera entre los buenos y los malos.

Y ahí aparece:

«El cuchillazo definitivo es la higiene moral propia».

La metáfora del cuchillazo es deliberadamente violenta. Una acusación puede herir, destruir reputaciones, cerrar una discusión. Pero Luiselli introduce una paradoja: el golpe definitivo no necesariamente consiste en encontrar el argumento más sólido, sino en demostrar que uno mismo está moralmente limpio.

¿Qué significa «higiene moral»?

La expresión es irónica.

La higiene normalmente sirve para eliminar suciedad. Aplicada a la moral, convierte la conducta ética en una especie de limpieza personal:

  • Yo no hice eso.

  • Yo no soy como ellos.

  • Yo estoy del lado correcto.

  • Mis manos están limpias.

El problema es que esa limpieza puede convertirse en una estrategia de poder.

Porque quien consigue presentarse como moralmente impecable adquiere una posición privilegiada para acusar a los demás. Ya no necesita solamente demostrar que el otro está equivocado: se coloca en el lugar del juez.

La crítica más profunda

Luiselli está señalando algo que ocurre constantemente en la vida política, intelectual y cotidiana: la construcción de una superioridad moral.

Cuando alguien acusa, puede desplazar la discusión desde:

«¿Qué ocurrió y quién es responsable?»

hacia:

«¿Quién de nosotros es moralmente mejor?»

Y esa segunda pregunta puede ser mucho más peligrosa.

Porque permite que alguien evite examinar sus propias contradicciones. La persona se somete a una especie de lavado moral antes de señalar la suciedad ajena.

Hay incluso una resonancia casi religiosa: «mis manos están limpias». El acusador se presenta como alguien sin culpa, mientras el acusado queda convertido en el contaminado.

La paradoja

Lo interesante es que la higiene moral puede ser precisamente una forma de suciedad moral.

¿Por qué?

Porque puede esconder:

  • hipocresía;

  • autojustificación;

  • superioridad;

  • simplificación del conflicto;

  • incapacidad para reconocer complicidades;

  • necesidad de encontrar siempre un culpable externo.

En otras palabras, «yo soy moralmente puro» puede convertirse en una manera de no pensar.

Y eso conecta muy bien con el fragmento de que uno no debería colocarse como centro absoluto de la existencia. Aquí aparece algo parecido desde otro ángulo: la obsesión por nuestra propia corrección moral puede terminar convirtiéndose en una forma de narcisismo.

Una lectura política

En política esto es especialmente poderoso.

La «higiene moral propia» permite construir una identidad basada no tanto en lo que uno hace, sino en aquello de lo que puede acusar a los demás.

Es el mecanismo:

Yo denuncio → por tanto soy bueno.
Ellos son denunciados → por tanto son malos.

Pero denunciar una injusticia no demuestra automáticamente la propia inocencia.

La verdadera pregunta sería:

¿Qué responsabilidad tengo yo dentro del sistema que estoy criticando?

Ahí se acaba la comodidad de la pureza moral.

En una frase

El fragmento podría resumirse así:

Cuando todos quieren ser acusadores, la supuesta pureza moral se convierte en un arma: quien consigue demostrar que está «limpio» obtiene el poder de señalar a los demás como «sucios».

Y Luiselli parece advertirnos de algo bastante incómodo: quizá la verdadera ética no consiste en demostrar que somos mejores que los otros, sino en tener el valor de reconocer nuestra propia mezcla de culpa, contradicción y responsabilidad.


 Esta frase de Kierkegaard tiene una trampa interesante: no está hablando simplemente de “ser auténtico”, como solemos entenderlo hoy. Está hablando de una forma mucho más profunda de desesperación: la incapacidad —o la negativa— de aceptar quién somos.

La frase pertenece a La enfermedad mortal (1849), donde Kierkegaard desarrolla su concepto de desesperación.

«La forma más profunda de desesperación es elegir no ser uno mismo.»

1. ¿Qué significa “no ser uno mismo”?

Para Kierkegaard, el yo no es simplemente nuestra personalidad, nuestros gustos o nuestra manera de vestir.

El yo es una relación consigo mismo. Somos seres que podemos preguntarnos:

¿Quién soy? ¿Qué quiero ser? ¿Qué hago con mi existencia?

Y ahí aparece el problema.

Podemos intentar convertirnos en otra cosa porque no soportamos lo que somos.

El individuo puede pensar:

  • «Quisiera ser como él.»
  • «Si tuviera dinero, sería feliz.»
  • «Si todos me admiraran, tendría valor.»
  • «Si tuviera otra vida, sería yo mismo.»
  • «Lo que soy no es suficiente.»

La desesperación comienza cuando nuestra existencia real entra en conflicto con la existencia que creemos que deberíamos tener.

2. Pero Kierkegaard va todavía más lejos

Hay una paradoja:

también podemos desesperarnos intentando ser nosotros mismos.

Es decir, existen dos movimientos aparentemente contrarios.

Uno sería:

«No quiero ser quien soy.»

Y el otro:

«Voy a convertirme en quien yo quiero ser, sin aceptar ningún límite.»

Para Kierkegaard, ambos pueden ser formas de desesperación porque el problema fundamental es nuestra relación con nuestro propio yo.

Por eso la cuestión no es simplemente:

«Sé tú mismo.»

Es mucho más incómoda:

«¿Eres capaz de aceptar y asumir responsablemente el yo que eres?»

3. Aquí aparece algo muy moderno

Y esto es lo que hace que Kierkegaard siga siendo tremendamente actual.

Vivimos rodeados de mecanismos que nos dicen quién deberíamos ser.

La publicidad:

Compra esto y serás alguien.

Las redes sociales:

Muéstrate así y los demás te aprobarán.

La cultura del éxito:

Gana más y serás alguien.

La política:

Pertenece a este grupo y encontrarás identidad.

Incluso ciertas versiones de la autoayuda:

Construye la mejor versión de ti mismo.

El problema es que podemos pasar toda la vida fabricando un personaje.

Y entonces ocurre algo bastante kierkegaardiano:

terminamos siendo muy buenos interpretando a alguien que no somos.

Tenemos una imagen pública, una profesión, una ideología, una cuenta de Instagram, opiniones políticas, gustos culturales, títulos, posesiones... y aun así podemos no saber quién está detrás de todo eso.

4. La parte más brutal de la frase

Kierkegaard dice “elegir”.

No simplemente:

«No ser uno mismo.»

Sino:

«Elegir no ser uno mismo.»

Eso implica que existe cierta responsabilidad.

No siempre escogemos las circunstancias que nos forman. No elegimos nuestra familia, nuestro cuerpo, nuestra época, muchas de nuestras limitaciones ni buena parte de nuestras experiencias.

Pero sí podemos terminar colaborando con nuestra propia desaparición.

Aceptamos el papel que otros escribieron para nosotros.

Y llega un momento en que ya ni siquiera sabemos si estamos viviendo nuestra vida o cumpliendo un guion.

5. La paradoja final

Y aquí está lo más poderoso:

la desesperación no necesariamente parece desesperación.

Una persona puede tener trabajo, dinero, pareja, reconocimiento, amigos y éxito y, sin embargo, estar profundamente desesperada.

Porque puede estar viviendo una vida perfectamente funcional...

pero que no siente como propia.

Kierkegaard anticipa así una pregunta que después aparecerá en muchos filósofos existencialistas:

¿Qué significa realmente existir como individuo?

Y quizá por eso esta frase tiene tanta fuerza.

No nos está diciendo:

«Sé especial.»

Nos está diciendo algo bastante más difícil:

«No huyas de ti mismo convirtiéndote en alguien que los demás puedan aceptar.»

Porque quizá la peor forma de perder la vida no sea fracasar en ser aquello que soñábamos.

Quizá sea tener éxito siendo alguien que nunca quisimos ser.

 

«Toda nuestra vida —dijo William James en un prólogo— no es sino una masa de hábitos —prácticos, emocionales e intelectuales— sistemáticamente organizados para bien o para mal, que nos conduce irresistiblemente hacia nuestro destino, sea éste lo que fuere.»    


La frase de William James tiene mucha más profundidad de la que parece, porque plantea una idea bastante incómoda: nuestra vida no está compuesta principalmente por decisiones aisladas, sino por hábitos que, acumulados, terminan construyendo nuestro destino.

1. «Toda nuestra vida no es sino una masa de hábitos»

James está desmontando la idea de que somos seres que deciden constantemente desde cero.

Cada día hacemos cientos de cosas casi automáticamente: cómo reaccionamos ante una crítica, cómo gastamos el dinero, cómo tratamos a nuestra pareja, cómo enfrentamos un problema, qué pensamos al despertar, cuánto postergamos, qué comemos, cuánto leemos, cómo hablamos de los demás.

Muchas de esas acciones dejan de requerir una decisión consciente.

Y ahí está el punto interesante: lo que hacemos repetidamente termina haciéndonos a nosotros.

No solamente tenemos hábitos. En cierta medida, somos el resultado de nuestros hábitos.


2. «Prácticos, emocionales e intelectuales»

Esta parte es especialmente importante porque James no reduce el hábito a conductas físicas.

Hay tres dimensiones:

Hábitos prácticos:
Lo que hacemos repetidamente. Trabajar, correr, estudiar, fumar, ahorrar, procrastinar, hacer ejercicio, etc.

Hábitos emocionales:
Cómo acostumbramos reaccionar. Hay personas que han adquirido el hábito de indignarse, de desconfiar, de sentirse víctimas, de preocuparse, de explotar ante cualquier contratiempo. Pero también puede adquirirse el hábito de mantener la calma, tener paciencia o buscar soluciones.

Hábitos intelectuales:
Cómo acostumbramos pensar. Esto es potentísimo.

Una persona puede desarrollar el hábito de cuestionar lo que escucha; otra, el hábito de creer inmediatamente lo que confirma sus prejuicios.

Una puede acostumbrarse a cambiar de opinión cuando encuentra evidencia; otra puede acostumbrarse a defender una opinión aunque la evidencia la contradiga.

En otras palabras:

También pensamos por hábito.

Y eso tiene enormes consecuencias políticas, sociales y personales.


3. «Sistemáticamente organizados»

Aquí aparece una idea casi biológica: los hábitos no están aislados.

Un hábito puede alimentar a otro.

Por ejemplo:

No leo → conozco menos → tengo opiniones más superficiales → busco información que confirme mis opiniones → me vuelvo más seguro de ellas → dejo de cuestionarlas.

Se crea un sistema.

Pero también puede ocurrir lo contrario:

Leo → descubro que no sé → siento curiosidad → investigo → cambio alguna opinión → descubro nuevas preguntas → sigo leyendo.

Un hábito genera otro.

Por eso cambiar una vida no siempre consiste en hacer una transformación espectacular. A veces consiste en alterar una pequeña pieza del sistema.


4. «Para bien o para mal»

James evita una interpretación moralista.

Los hábitos no son buenos o malos por naturaleza: pueden conducirnos hacia consecuencias distintas.

El mismo mecanismo que permite que alguien se vuelva disciplinado puede convertir a otro en una persona rígida.

La repetición nos facilita la vida, pero también puede encerrarnos.

Y aquí aparece una paradoja fascinante:

Los hábitos nos liberan y nos esclavizan al mismo tiempo.

Cuando aprendes a correr, por ejemplo, ya no necesitas negociar mentalmente cada paso. El cuerpo sabe qué hacer.

Pero exactamente el mismo mecanismo puede hacer que alguien repita durante veinte años una conducta destructiva sin preguntarse jamás por qué la hace.


5. «Nos conduce irresistiblemente hacia nuestro destino»

Esta es probablemente la parte más provocadora.

James no está diciendo necesariamente que exista un destino predeterminado.

El «destino» puede entenderse como el resultado probable de nuestras tendencias acumuladas.

Si durante diez años repites determinadas acciones, pensamientos y reacciones, estás aumentando enormemente la probabilidad de terminar en determinado lugar.

No es:

decisión → destino.

Es más bien:

pequeña decisión → repetición → hábito → carácter → conducta → consecuencias → trayectoria vital.

El futuro aparece entonces como algo que estamos fabricando silenciosamente mientras creemos que simplemente estamos viviendo el presente.


6. Y hay una consecuencia filosófica muy fuerte

La frase cuestiona nuestra idea de libertad.

Nos gusta pensar:

«Yo hago lo que quiero.»

James podría responder:

¿Y cuánto de eso que quieres ha sido previamente moldeado por tus hábitos?

Quizá creemos que elegimos libremente, cuando en realidad muchas de nuestras elecciones son simplemente respuestas automatizadas que hemos practicado durante años.

Pero aquí hay una salida esperanzadora: si los hábitos construyen nuestra trayectoria, también podemos construir nuevos hábitos.

La frase no tiene que leerse como fatalismo.

Puede leerse como una advertencia:

Si no eliges conscientemente algunos de tus hábitos, tus hábitos terminarán eligiendo buena parte de tu vida por ti.

Y esa parece la verdadera fuerza de la frase de James: el destino no necesariamente llega desde fuera; muchas veces llega disfrazado de rutina.

domingo, 6 de septiembre de 2026


Estar en carne viva significa que algo todavía no ha cicatrizado. Una herida abierta, expuesta, sensible.

Sontag parece rechazar aquí la comodidad de cerrar demasiado pronto las heridas de la experiencia. Hay cosas que, si las convertimos rápidamente en una explicación, una lección o una anécdota del pasado, pierden su capacidad de interpelarnos.

Una experiencia dolorosa puede convertirse en algo muerto: «ya pasó, ya lo superé, ya entendí». Pero también puede permanecer viva, formando parte de nosotros.

La herida, entonces, no es únicamente sufrimiento: es sensibilidad.

 «Que duela»

Esta es quizá la parte más incómoda.

No dice que deje de doler. Dice que duela.

Porque el dolor puede ser una forma de conocimiento. Hay verdades que no comprendemos intelectualmente hasta que algo nos afecta de verdad. El dolor rompe la distancia entre nosotros y aquello que contemplamos.

Y esto encaja muy bien con una preocupación central de Sontag: la necesidad de mirar de frente.

No apartar la mirada de la enfermedad, de la guerra, de la injusticia, de la muerte, del sufrimiento humano. No anestesiarse.

Pero hay una diferencia importante: Sontag no está necesariamente glorificando el sufrimiento. No dice busca el dolor. Dice, más bien: no conviertas el dolor inevitable en indiferencia.

 «Pero que sobreviva»

Aquí está el giro fundamental.

La frase no termina en que duela. Termina en que sobreviva.

La herida puede permanecer, pero nosotros también.

Eso introduce una tensión muy poderosa:

sentir sin destruirse.

Puedes conservar una herida sin convertirte en la herida. Puedes recordar sin quedar atrapado en el pasado. Puedes seguir siendo sensible sin permitir que el sufrimiento te consuma.

Es casi una ética de la resistencia:

que la experiencia te marque, pero que no consiga aniquilarte.

La alternativa: cicatrizar demasiado pronto

Hay una lectura todavía más interesante.

A veces queremos que todo sane inmediatamente porque la herida incomoda. Entonces construimos explicaciones:

«Así tenía que suceder.»
«Todo pasa por algo.»
«Ya lo superé.»
«No vale la pena pensar en eso.»

Son formas de cerrar la herida.

Pero quizá algunas cosas merecen seguir doliendo un poco, porque si dejan de doler completamente también pueden dejar de importarnos.

La muerte de alguien.
Una injusticia.
Una traición.
Una derrota.
Una pérdida.
Una época que terminó.

El dolor puede ser el último vínculo que tenemos con aquello que hemos perdido.

 Y hay algo muy sontaguiano aquí

Sontag desconfiaba de la anestesia intelectual: de convertir la realidad en algo cómodo mediante explicaciones prefabricadas.

Por eso esta frase podría leerse como una pequeña rebelión contra la indiferencia.

No pide felicidad.

No pide resignación.

No pide olvidar.

Pide algo más difícil:

conservar la capacidad de sentir y, al mismo tiempo, continuar viviendo.

En una sola frase podría resumirse así:

No quiero que la herida desaparezca si para curarla tengo que dejar de sentir. Pero tampoco quiero que la herida me mate.

Y ahí aparece una paradoja preciosa: sobrevivir no significa salir intacto. A veces sobrevivir significa seguir adelante llevando las cicatrices, pero sin permitir que se conviertan en una razón para dejar de mirar, de pensar y de sentir.

 

 

Nunca estás solo ni desamparado.
La fuerza que guía a las estrellas
también te guía a ti.

 

Shrii Shrii Anandamurti

 

La frase tiene una estructura sencilla, pero detrás de ella hay una idea filosófica bastante poderosa: el ser humano no está abandonado al azar, sino que forma parte de una realidad mucho más grande que él.

La primera afirmación —«Nunca estás solo ni desamparado»— no necesariamente significa que siempre haya físicamente alguien a nuestro lado. Puede entenderse en un sentido más profundo: incluso en los momentos de aislamiento, fracaso o incertidumbre, nuestra existencia está inscrita en algo que nos trasciende.

La segunda parte introduce la imagen de las estrellas. Es una metáfora especialmente bella porque las estrellas representan algo que parece completamente ajeno a nuestra pequeña vida cotidiana. Una fuerza capaz de ordenar el movimiento de los astros sería, por definición, inmensa. Anandamurti establece entonces una correspondencia:

si existe una fuerza capaz de sostener el orden del universo, esa misma fuerza sostiene nuestra existencia.

Hay aquí una concepción espiritual del universo: no somos un accidente completamente separado del resto de la realidad, sino una expresión de ella.

Pero la frase también puede leerse de manera menos religiosa. «La fuerza que guía las estrellas» puede representar las leyes de la naturaleza, la vida, el devenir, la totalidad de la existencia. Desde esa perspectiva, el mensaje sería: no tienes que controlar el universo para encontrar tu lugar dentro de él; tú ya formas parte de aquello que lo hace posible.

Y ahí aparece quizá lo más interesante: no promete que la vida será fácil. No dice que esa fuerza evitará el sufrimiento, el fracaso o la muerte. Dice algo distinto: que incluso cuando no entendemos hacia dónde vamos, no estamos fuera del movimiento de la realidad.

Es una idea cercana al estoicismo, aunque con un tono mucho más espiritual. Epicteto podría decir que pertenecemos a un orden universal que no controlamos; Anandamurti transforma esa idea en una especie de consuelo cósmico.

Y la imagen final tiene mucha fuerza:

Las estrellas no necesitan saber quién las guía para seguir su curso. Nosotros tampoco necesitamos comprender completamente el sentido de nuestra existencia para continuar caminando.

En ese sentido, la frase puede leerse como una invitación a confiar: cuando no tengas respuestas, no confundas la falta de respuestas con la ausencia de dirección.

 Siempre que leo uno de los escasos artículos que se publican de vez en cuando sobre la guerra busco alguna referencia o alguna mala noticia sobre Katire, el diminuto pueblecito maderero situado al borde de la meseta de los montes Imatong. 

Y, ante la falta de noticias, deduzco que sus gentes siguen bailando cada noche, ataviadas con sus camisas y sus blusas blancas y que, a varios miles de kilómetros por encima de ellos, en la espesura de la selva, mis pueblecitos aún están a salvo, que sus habitantes continúan cazando monos y cultivando maíz, ajenos al planeta arrasado que hay a sus pies. 

Y esa remota posibilidad me consuela.

Roberto Sapolsky. 

Este pasaje es precioso porque, debajo de la anécdota, hay una idea muy profunda: Sapolsky descubre que puede llegar a sentir responsabilidad afectiva por un lugar diminuto que, en términos geopolíticos, no le importa prácticamente a nadie.

Katire no es para él simplemente un punto perdido en un mapa. Se ha convertido en una especie de refugio mental. Durante su estancia allí había encontrado algo que contrastaba brutalmente con el mundo que quedaba abajo: agua, sombra, bosque, trabajo, música, baile y una comunidad viviendo su cotidianidad. Sapolsky cuenta que cada noche la gente bailaba, y que aquella población le produjo una impresión de felicidad y seguridad extraordinarias.

Y entonces aparece la guerra.

1. La guerra vista desde un rincón del mundo

Lo interesante es que Sapolsky no habla de la guerra desde el punto de vista habitual.

No habla de presidentes, generales, fronteras, estrategias militares ni grandes batallas.

Habla de Katire.

Eso cambia completamente la escala moral.

Para los periódicos, una guerra puede ser:

ofensiva, retirada, territorio conquistado, bajas, negociaciones...

Para Sapolsky significa:

¿Seguirán bailando esta noche en Katire?

Y esa pregunta es muchísimo más humana.

Porque una guerra no destruye solamente edificios o instituciones. Destruye la normalidad de personas que ni siquiera saben que son parte de la gran historia que los periódicos están contando.

Un hombre quiere ir a trabajar.
Una mujer quiere cultivar maíz.
Alguien quiere salir a bailar por la noche.
Un niño quiere jugar.

Y de pronto aparece la Historia con mayúscula, esa señora brutal que nunca pidió permiso para entrar.

2. Hay algo casi infantil en su esperanza

parece especialmente conmovedor que Sapolsky diga, en esencia:

No hay noticias de Katire → probablemente todo sigue bien.

Es una inferencia completamente irracional.

Pero emocionalmente es perfecta.

Él sabe que la ausencia de noticias no significa necesariamente seguridad. Sin embargo, necesita creerlo.

Es casi el mecanismo psicológico que utilizamos cuando queremos proteger mentalmente a alguien que está lejos:

"No he sabido nada malo, así que seguramente está bien."

La razón dice: no puedes saberlo.

El afecto responde: déjame imaginar que sí.

Y ahí aparece una de las cosas más interesantes del pasaje: la esperanza no nace de la certeza, sino de la falta de evidencia de la catástrofe.

3. "Mis pueblecitos": aquí está el corazón del fragmento

Hay una expresión particularmente reveladora: "mis pueblecitos".

No son suyos.

No es ciudadano de allí.
No nació allí.
No pertenece a aquella comunidad.

Pero después de haber pasado por allí, de haber conocido a sus habitantes y de haber experimentado aquel lugar, psicológicamente se ha apropiado de él.

No mediante propiedad, sino mediante afecto.

Eso es muy importante.

Uno puede desarrollar una relación emocional con lugares donde apenas estuvo unos días. Una calle, una estación, una cafetería, una montaña, una casa donde alguien nos recibió.

El territorio deja de ser geografía y se convierte en memoria.

Katire ya no es simplemente Katire.

Es:

"el lugar donde fui feliz, donde conocí a esta gente, donde vi bailar a estas personas".

Por eso la guerra amenaza algo suyo.

4. Y aquí Sapolsky hace algo muy inteligente

Hay una especie de inversión de perspectiva.

Normalmente pensamos que nosotros observamos África.

Aquí ocurre lo contrario:

África comienza a observar el mundo desde Sapolsky.

Él llega como científico occidental, con sus instrumentos, sus proyectos y sus teorías sobre babuinos.

Pero termina emocionalmente implicado en una pequeña comunidad.

Y entonces comprende algo incómodo:

El planeta que aparece en los periódicos —el planeta de las guerras, los Estados, los ejércitos y la geopolítica— no es necesariamente el planeta que viven las personas.

Para el periódico puede estar ocurriendo una guerra.

Para Katire quizá sigue siendo martes.

Y por la noche hay baile.

Hasta que un día deja de haberlo.

5. "El planeta arrasado que hay a sus pies"

Esta imagen es brutal.

Sapolsky imagina los pueblos situados por encima de la destrucción.

No necesariamente literalmente —aunque las montañas y la selva crean efectivamente ese aislamiento— sino moralmente.

Abajo está el planeta de los seres humanos organizados en tribus políticas:

gobiernos, rebeldes, ejércitos, bloqueos, hambre, violencia.

Arriba:

monos, maíz, bosque, música, baile.

Es casi como si hubiera descubierto una pequeña burbuja de civilización inocente suspendida sobre la barbarie.

Y aquí aparece una ironía tremenda:

los humanos supuestamente civilizados son los que están abajo haciendo pedazos el mundo.

Los habitantes de Katire, en cambio, simplemente están intentando vivir.

6. La verdadera tragedia: la guerra alcanza a quienes no la hicieron

Esto conecta con algo que aparece repetidamente en Memorias de un primate: Sapolsky tiene una fascinación científica por la violencia, pero también una especie de horror moral ante ella.

La guerra del sur de Sudán terminó convirtiéndose en un conflicto devastador, con enormes pérdidas civiles y desplazamientos. Sapolsky señala además que las presencias occidentales que había conocido fueron expulsadas y que lugares como Juba y Torit sufrieron ocupaciones, bloqueos y hambre. 

Pero lo que hace memorable el fragmento es que no termina hablando de cifras.

Termina pensando en gente bailando.

Eso es mucho más poderoso.

Porque una estadística puede decir:

"murieron X personas".

Pero la imaginación de Sapolsky dice:

"quizá esta noche esas personas todavía estén bailando".

Y de repente los muertos potenciales dejan de ser números.

Son personas.

7. También hay una paradoja muy sapolskiana

El hombre que estudia babuinos termina descubriendo algo profundamente humano:

el vínculo no necesita proximidad ni parentesco.

No hace falta que alguien sea familia, compatriota o amigo íntimo para que su posible sufrimiento nos importe.

Basta con haberlo conocido.

Sapolsky había pasado años estudiando cómo los babuinos forman vínculos, jerarquías, alianzas y relaciones sociales. Su trabajo científico posterior incluso mostraría hasta qué punto pueden existir tradiciones sociales duraderas entre primates. 

Y aquí, en cambio, vemos al propio Sapolsky convertido en objeto de ese mismo fenómeno:

una criatura social que ha creado un vínculo con otros seres vivos y ahora sufre ante la posibilidad de perderlos.

8. Y hay algo todavía más hermoso

La última frase dice que esa posibilidad remota lo consuela.

No dice:

"sé que están bien".

Dice, esencialmente:

"puedo imaginar que están bien".

Y eso basta.

Hay ocasiones en que la esperanza no es creer que las cosas saldrán bien.

Es simplemente reservar dentro de nosotros un pequeño territorio donde la tragedia todavía no ha ocurrido.

Para Sapolsky ese territorio se llama Katire.

Y mientras no aparezca una noticia que diga lo contrario, en algún lugar de su imaginación siguen sonando los tambores, siguen bailando los hombres y las mujeres con sus camisas y blusas blancas, alguien sigue cazando monos, alguien sigue sembrando maíz y, por unas horas más, el mundo no ha conseguido alcanzarlos.

Ese es el verdadero significado del pasaje: a veces sobrevivimos a las catástrofes del mundo protegiendo mentalmente un pequeño lugar que todavía no ha sido destruido.

sábado, 5 de septiembre de 2026


«Que ningún exorcista te dañe,
y que ninguna brujería te hechice.
¡Que los espectros insepultos te esquiven!
¡Que nada malo se te acerque!
¡Tranquilo fin tengas, y honrada sea tu tumba!»


Lo primero que llama la atención es que Shakespeare no dice simplemente: «Que tengas una vida feliz». Para desearle bien a alguien, enumera todo aquello que podría destruirlo: exorcistas, brujería, espectros, fuerzas malignas.

Es una lógica muy antigua:

«Que el mal no te encuentre.»

La protección aparece definida por aquello de lo que debe mantenerse lejos. Como si la vida fuera un territorio rodeado de peligros invisibles y la felicidad consistiera, en buena medida, en atravesarlo sin ser alcanzado.

Y eso hace que la frase tenga una extraña intensidad: no promete que el mundo sea bueno; pide que el mundo malo no llegue hasta ti.

«Que los espectros insepultos te esquiven»

Esta imagen es especialmente poderosa.

El muerto que no ha recibido sepultura representa algo que no ha podido descansar. Es un ser atrapado entre dos estados: ni pertenece completamente al mundo de los vivos ni puede reposar entre los muertos.

Por eso el deseo de que esos espectros te esquiven puede leerse simbólicamente como:

Que no cargues con los muertos que no te corresponden.
Que no heredes sus tormentos.
Que el pasado no venga a reclamarte.

Hay algo profundamente humano ahí. Todos llevamos fantasmas: pérdidas, culpas, recuerdos, errores, personas que ya no están. Algunos fantasmas desaparecen; otros permanecen porque algo quedó sin resolver.

Shakespeare convierte ese miedo en una imagen sobrenatural.

«Que nada malo se te acerque»

Después de toda la imaginería sobrenatural, aparece una frase casi desnuda:

«Que nada malo se te acerque.»

Y quizá sea la parte más conmovedora.

Porque debajo de exorcistas, brujerías y espectros hay un deseo elemental que seguimos teniendo siglos después:

que la desgracia pase de largo.

No necesariamente pedimos riqueza, gloria o poder. A veces la mejor bendición posible es mucho más modesta:

que estés a salvo.

Y entonces aparece la muerte

La última línea cambia completamente el tono:

«¡Tranquilo fin tengas, y honrada sea tu tumba!»

Aquí Shakespeare hace algo extraordinario: la bendición no termina con «que vivas para siempre», sino con una buena muerte.

Eso es muy importante.

La existencia humana aparece como un recorrido completo: primero hay que protegerse de las fuerzas oscuras, después vivir, y finalmente llegar a la muerte en paz y con dignidad.

No se está pidiendo inmortalidad.

Se está pidiendo algo quizá más realista:

una vida que pueda terminar sin vergüenza y una muerte que pueda descansar.

«Honrada sea tu tumba»

Esta expresión contiene una idea muy antigua y muy bella: la dignidad no termina con la muerte.

Una persona puede desaparecer físicamente, pero queda aquello que hizo, aquello que amó, las personas a las que tocó y la memoria que dejó.

Una tumba honrada no significa necesariamente un monumento. Significa que, cuando ya no puedas defenderte ni hablar por ti mismo, alguien pueda pronunciar tu nombre con respeto.

Y eso convierte la frase en algo más profundo que una protección contra fantasmas.

Es casi un deseo de buena vida y buena memoria.

Hay una paradoja hermosa

La frase empieza con lo sobrenatural:

exorcistas → brujería → espectros → mal

y termina con algo absolutamente humano:

paz → muerte → memoria.

Es decir, debajo del lenguaje fantástico hay una preocupación universal:

Que puedas atravesar este mundo sin que el mal te destruya, y que al final puedas descansar en paz.

Por eso la frase sigue teniendo fuerza. Podemos no creer en brujas ni espectros y, sin embargo, entender perfectamente el deseo.

Porque hoy podríamos traducirla a un lenguaje completamente secular:

Que ninguna violencia te alcance.
Que ningún fantasma del pasado te persiga.
Que encuentres tranquilidad.
Que vivas con dignidad.
Y que, cuando mueras, hayas dejado razones para que alguien te recuerde con honor.

Y quizá esa sea una de las bendiciones más grandes que se pueden ofrecer a otro ser humano: no pedirle que conquiste el mundo, sino que el mundo no consiga quitarle la paz.

 

Este poema es una de las obras más célebres de la literatura moderna y ofrece una profunda crítica sobre la decadencia política y la necesidad humana de inventar un "enemigo externo".

Autor

  • Constantino Cavafis (Konstantinos Kavafis, 1863–1933), poeta griego nacido en Alejandría, Egipto. Es una de las figuras más importantes de la poesía universal del siglo XX.

Análisis Temático y Estructural

  • Estructura formal: Está escrito en forma de diálogo dramático entre dos ciudadanos. Uno formula preguntas llenas de extrañeza ante la parálisis de la ciudad, mientras que el otro responde justificando la situación por la inminente llegada de los "bárbaros".

  • El enemigo como chivo expiatorio: El tema central es cómo una sociedad decadente prefiere proyectar su inacción, vacíos y crisis en una amenaza externa. La figura del "bárbaro" justifica la falta de gobierno, la pérdida de sentido institucional y la desidia generalizada.

  • La parálisis de la élite: Los senadores no legislan, los oradores callan y las autoridades (emperador, cónsules, pretores) se engalanan con lujos banales solo para impresionar o someterse al invasor. Muestra a una clase dirigente dispuesta a entregar el poder sin resistencia con tal de librarse de la responsabilidad de gobernar.

  • Ironía y giro final: Al caer la noche, se confirma que "ya no hay bárbaros" en la frontera. La estrofa final revela la verdadera paradoja: los bárbaros eran la única narrativa que sostenía la cohesión y el propósito de la ciudad ("De algún modo esa gente era una solución"). Sin ellos, la sociedad queda enfrentada a su propia vacuidad e incapacidad de autoreformarse.

  El hombre tiene la facultad de entregarse por entero a lo espiritual, al intento de aproximación a lo divino, al ideal de los santos. Tiene también, por el contrario, la facultad de entregarse por completo a la vida del instinto, a los apetitos sensuales y de dirigir todo su afán a la obtención de placeres del momento. 

Uno de los caminos acaba en el santo, en el mártir del espíritu, en la propia renunciación y sacrificio por amor a Dios. El otro camino acaba en el libertino, en el mártir de los instintos, en el propio sacrificio en aras de la descomposición y el aniquilamiento. 

Ahora bien, el burgués trata de vivir en un término medio confortable entre ambas sendas. Nunca habrá de sacrificarse o de entregarse ni a la embriaguez ni al ascetismo, nunca será mártir ni consentirá en su aniquilamiento. Al contrario, su ideal no es sacrificio, sino conservación del yo, su afán no se dirige ni a la santidad ni a lo contrario; la incondicionalidad le es insoportable; sí quiere servir a Dios, pero también a los placeres del mundo; sí quiere ser virtuoso, pero al mismo tiempo pasarlo en la tierra un poquito bien y con comodidad. 

En resumen, trata de colocarse en el centro, entre los extremos, en una zona templada y agradable, sin violentas tempestades ni tormentas, y esto lo consigue, desde luego, aun a costa de aquella intensidad de vida y de sensaciones que proporciona una existencia enfocada hacia lo incondicional y extremo. 

Intensivamente no se puede vivir más que a costa del yo. Pero el burgués no estima nada tanto como al yo (claro que un yo desarrollado sólo rudimentariamente). A costa de la intensidad alcanza seguridad y conservación; en vez de posesión de Dios, no cosecha sino tranquilidad de conciencia; en lugar de placer, bienestar; en vez de libertad, comodidad; en vez de fuego abrasador, una temperatura agradable. 

El burgués es consiguientemente por naturaleza una criatura de débil impulso vital, miedoso, temiendo la entrega de sí mismo, fácil de gobernar. Por eso ha sustituido el poder por el régimen de mayorías, la fuerza por la ley, la responsabilidad por el sistema de votación. Es evidente que este ser débil y asustadizo, aun existiendo en cantidad tan considerable, no puede sostenerse, que por razón de sus cualidades no podría representar en el mundo otro papel que el de rebaño de corderos entre lobos errantes. 

Sin embargo, vemos que, aunque en tiempos de los gobiernos de naturalezas muy vigorosas el ciudadano burgués es inmediatamente aplastado contra la pared, no perece nunca, y a veces hasta se nos antoja que domina en el mundo. 

¿Cómo es esto posible? 

Ni el gran número de sus rebaños, ni la virtud, ni el common sense, ni la organización serían lo bastante fuertes para salvarlo de la derrota. No hay medicina en el mundo que pueda sostener a quien tiene la intensidad vital tan debilitada desde el principio. 

Y sin embargo, la burguesía vive, es poderosa y próspera. ¿Por qué? La respuesta es la siguiente: por los lobos esteparios. En efecto, la fuerza vital de la burguesía no descansa en modo alguno sobre las cualidades de sus miembros normales, sino sobre las de los extraordinariamente numerosos outsiders que puede contener aquélla gracias a lo desdibujado y a la elasticidad de sus ideales. 

Viven siempre dentro de la burguesía una gran cantidad de temperamentos vigorosos y fieros. Nuestro lobo estepario, Harry, es un ejemplo característico. 

Él, que se ha individualizado mucho más allá de la medida posible a un hombre burgués, que conoce las delicias de la meditación, igual que las tenebrosas alegrías del odio a todo y a sí mismo, que desprecia la ley, la virtud y el common sense es un adepto forzoso de la burguesía y no puede sustraerse a ella. 

Y así acampan en torno de la masa burguesa, verdadera y auténtica, grandes sectores de la humanidad, muchos millares de vidas y de inteligencias, cada una de las cuales, aunque se sale del marco de la burguesía y estaría llamada a una vida de incondicionalidades, es, sin embargo, atraída por sentimientos infantiles hacia las formas burguesas y contagiada un tanto de su debilitación en la intensidad vital, se aferra de cierta manera a la burguesía, quedando de algún modo sujeta, sometida y obligada a ella. Pues a ésta le cuadra, a la inversa, el principio de los poderosos: «Quien no está contra mí, está conmigo.»

Hermann Hesse


   «Hasta que no te valores a ti mismo, no valorarás tu tiempo. Hasta que no valores tu tiempo, no harás nada de valor con él.» 

M. Scott Peck

Esta frase encaja muy bien con una de las preocupaciones centrales de Peck: hacernos responsables de nuestra propia vida.

No podemos controlar completamente lo que nos sucede.

Pero sí podemos preguntarnos:

¿Qué hago con el tiempo que tengo?

Y esa pregunta es mucho más seria de lo que parece.

Porque finalmente no estamos administrando horas.

Estamos administrando nuestra existencia.

Quizá por eso la frase podría condensarse todavía más:

Quien no siente que su vida vale, entrega su tiempo sin demasiadas preguntas. Quien descubre que su vida vale, empieza a elegir cuidadosamente dónde poner sus horas.

Y ahí está lo verdaderamente provocador de Peck: valorar nuestro tiempo no es convertirnos en máquinas de productividad; es reconocer que nuestra vida es demasiado limitada como para vivirla enteramente según las prioridades de otros.

Cuando empiezas a valorar tu tiempo, inevitablemente empiezas a decir no.

No a determinadas personas.

No a determinadas obligaciones.

No a discusiones inútiles.

No a trabajos que consumen toda tu vida.

No a la necesidad permanente de agradar.

Y eso puede resultar incómodo porque muchas veces nuestra relación con el tiempo está determinada por las expectativas ajenas.

Vivimos como si nuestro tiempo fuera un recurso público:

"¿Puedes hacerme este favor?"
"¿Puedes venir?"
"¿Puedes encargarte de esto?"
"¿Por qué no contestaste?"

Y poco a poco podemos terminar entregando nuestra vida en pequeñas porciones.

viernes, 4 de septiembre de 2026

 La habilidad financiera más difícil es conseguir que la meta deje de moverse.

Pero es una de las más importantes. Si las expectativas aumentan con los resultados, no tiene lógica aspirar a más porque sentirás lo mismo tras echarle más esfuerzo. Eso es peligroso cuando el prurito de tener más —más dinero, más poder, más prestigio— hace aumentar la ambición más deprisa que la satisfacción. En ese caso, un paso adelante hace avanzar la meta dos pasos. Tienes la sensación de que te estás quedando atrás, y la única forma de recuperar terreno es asumir más y más riesgo.

Morgan Housel

Este fragmento de Morgan Housel toca una de las trampas más profundas del dinero: no es difícil solamente ganar más; lo difícil es decidir cuánto es suficiente.

La meta que corre

Imagina una carrera en la que la línea de llegada se mueve cada vez que te acercas.

Ganas 100 y quieres 200.
Llegas a 200 y quieres 500.
Tienes 500 y ahora necesitas un millón.
Y cuando aparece el millón, ya no estás pensando en vivir mejor, sino en no quedarte atrás respecto al que tiene diez.

El problema ya no es económico. Es psicológico.

Housel señala algo brutalmente sencillo: si cada aumento de riqueza produce un aumento proporcional de las expectativas, el esfuerzo adicional no necesariamente aumenta la satisfacción.

Puedes subir de nivel sin sentir que has avanzado.

El dinero puede convertir el deseo en una cinta de correr

Hay una paradoja:

cuanto más consigues, más fácil resulta acostumbrarte a lo conseguido.

Lo extraordinario se vuelve normal.

El coche que ayer era un sueño mañana es simplemente "mi coche".
La casa que parecía enorme empieza a parecer pequeña.
El salario que parecía una fortuna termina convirtiéndose en el mínimo necesario para mantener el nuevo estilo de vida.

Y entonces ocurre algo perverso: el éxito empieza a generar las condiciones de su propia insuficiencia.

No necesitas menos porque tienes más.

Necesitas más precisamente porque tienes más.

Aquí aparece el verdadero peligro: el riesgo

Esta es quizá la parte más importante del texto.

Si la satisfacción no crece al ritmo de la riqueza, aparece la sensación de estar perdiendo.

Y quien siente que está perdiendo cuando objetivamente está ganando puede empezar a tomar decisiones cada vez más arriesgadas.

Un ejecutivo quiere más poder.
Un empresario quiere superar al competidor.
Un inversor quiere rendimientos extraordinarios.
Un político quiere conservar indefinidamente su posición.

Cada uno puede terminar sacrificando algo que ya posee para conseguir algo que todavía desea.

Y ahí aparece la tragedia: arriesgar lo necesario para obtener lo innecesario.

La ambición deja de ser combustible y se convierte en incendio.

La comparación es el acelerador

Además, nuestra meta rara vez la establece una cifra absoluta.

La establece el vecino.

No importa tanto tener 10 millones si alguien del círculo tiene 30.

El problema es que la comparación social no tiene techo. Siempre existe alguien más rico, más poderoso, más famoso, más joven, más exitoso.

Por eso una persona puede poseer una fortuna y experimentar psicológicamente la pobreza.

No porque carezca de recursos, sino porque su definición de suficiente ha sido secuestrada por la comparación.

"Suficiente" es una frontera de seguridad

Decir "esto es suficiente" no significa renunciar a crecer.

Significa establecer una frontera:

A partir de aquí, no voy a poner en peligro lo que ya tengo para conseguir algo que no necesito.

Esa frase tiene una enorme importancia financiera.

Porque una persona que sabe cuánto necesita puede rechazar oportunidades demasiado arriesgadas.

Puede decir:

"Podría ganar más, pero no necesito hacerlo."

Y esa capacidad de decir no es una forma extraordinaria de riqueza.

La paradoja final

La sociedad suele enseñarnos a perseguir metas.

Housel nos obliga a formular una pregunta mucho más incómoda:

¿Qué ocurrirá si alcanzo mi meta y entonces invento otra inmediatamente?

Porque quizá el problema no sea que todavía no hemos llegado.

Quizá el problema sea que hemos construido una meta que jamás permite llegar.

Y entonces la vida se convierte en una persecución absurda: correr cada vez más rápido detrás de una línea que también corre.

La verdadera riqueza podría consistir justamente en detenerla.

No dejar de ganar.

No dejar de crecer.

No dejar de soñar.

Sino poder mirar aquello que ya tienes y decir, sin miedo y sin vergüenza:

"Esto me basta. A partir de aquí, no voy a jugarme la vida para demostrar que puedo tener más."

Porque quizá una de las formas más sofisticadas de libertad financiera sea esta:

tener suficiente dinero para que el dinero deje de dictarte cuánto necesitas.




 


 «… y en verdad te digo que la acción es superior a la inacción … es dificilísimo, ¡oh Arjuna!, renunciar a la acción sin antes haber servido por medio de la acción … Escucha mis palabras, ¡oh príncipe!; en verdad te digo que quien ejecuta la acción como un deber, sin apetencia por el fruto de la acción, renuncia a la acción al tiempo que la realiza».  


Este pasaje del Bhagavad Gita contiene una de sus ideas centrales: no se trata de abandonar la acción, sino de abandonar el apego a sus resultados.

1. «La acción es superior a la inacción»

Krishna está hablando con Arjuna, que quisiera no combatir para evitar las consecuencias de la guerra. Su tentación es retirarse: si no actúo, no hago daño.

Pero Krishna le plantea una paradoja: no actuar también es una forma de actuar.

La vida no permite una neutralidad absoluta. Elegir no hacer algo produce consecuencias. Incluso quien se retira del mundo está tomando una decisión dentro del mundo.

Por eso, el Gita no propone la pasividad como camino espiritual. No dice:

«No hagas nada».

Dice, más bien:

«Haz lo que corresponde hacer, pero cambia tu relación con lo que haces».


2. «Es dificilísimo renunciar a la acción sin antes haber servido por medio de la acción»

Aquí aparece una idea muy interesante.

Krishna distingue entre renunciar a actuar y trascender el apego a la acción.

Alguien puede abandonar su trabajo, sus responsabilidades, sus deseos, incluso retirarse a una montaña, y continuar siendo interiormente esclavo de aquello que ha dejado.

Puedes estar sentado en silencio y tener la cabeza llena de ambición.

Puedes abandonar el dinero y seguir pensando obsesivamente en él.

Puedes dejar de competir y continuar compitiendo mentalmente con todos.

La verdadera renuncia, entonces, no consiste en cambiar lo que haces exteriormente, sino en transformar la intención desde la que actúas.


3. «Ejecuta la acción como un deber»

Esta es quizá la parte más poderosa.

El dharma puede entenderse aquí como aquello que corresponde hacer de acuerdo con la propia condición, responsabilidad y naturaleza.

Arjuna es guerrero. Su problema no es simplemente decidir si quiere luchar. Tiene que preguntarse:

¿Qué debo hacer, independientemente de lo que deseo obtener?

Y ahí aparece una distinción fundamental:

Deseo:
«Haré esto porque quiero ganar».

Deber:
«Haré esto porque considero que debo hacerlo».

La primera actitud ata la acción a un resultado.

La segunda permite actuar sin convertirse en prisionero del resultado.


4. «Sin apetencia por el fruto de la acción»

Esta frase suele malinterpretarse.

No significa que debamos ser indiferentes a todo.

Puedes querer ganar una carrera.
Puedes querer que tu libro sea leído.
Puedes querer que tu trabajo salga bien.

El Gita no exige convertirse en una piedra.

Lo que propone es algo más difícil:

hacer todo lo posible sin entregar tu paz al resultado.

Porque cuando dependes completamente del resultado, ocurre algo peligroso.

Si ganas, eres feliz.

Si pierdes, te destruyes.

Entonces ya no eres dueño de tu acción. El resultado se convierte en tu amo.


5. La paradoja final: «renuncia a la acción al tiempo que la realiza»

Esta es la joya del fragmento.

¿Cómo puedes renunciar a una acción mientras la estás realizando?

Renunciando al apego.

El agricultor siembra, pero no puede ordenar al cielo que llueva.

El escritor escribe, pero no puede obligar a nadie a leerlo.

El corredor entrena, pero no puede garantizar el tiempo que hará el día de la carrera.

El ciudadano vota, participa y lucha por aquello que considera justo, pero no controla completamente el resultado histórico.

La acción pertenece a nosotros. El resultado, no completamente.

Por eso Krishna propone concentrarse en la primera y soltar el segundo.


Una lectura más profunda

El Gita está intentando liberar a Arjuna de una trampa psicológica muy humana:

confundir nuestro valor con el resultado de nuestras acciones.

Cuando pensamos:

«Si fracaso, significa que soy un fracaso»,

hemos fusionado la acción con nuestra identidad.

Cuando pensamos:

«Tengo que conseguir esto para poder estar en paz»,

hemos convertido el futuro en condición de nuestra felicidad.

Krishna propone cortar esa cadena.

Actúa.
Hazlo bien.
Hazlo con atención.
Hazlo porque corresponde hacerlo.
Pero no pongas tu alma en manos del resultado.

Y esto tiene una resonancia extraordinariamente moderna. Vivimos obsesionados con métricas: dinero, seguidores, reconocimiento, productividad, victorias, títulos, tiempos, estadísticas. Hemos convertido casi cada actividad humana en un marcador.

El Gita introduce una pregunta incómoda:

¿Qué pasaría si pudiéramos hacer algo magníficamente sin necesitar que el mundo nos recompensara por ello?

Ahí está la libertad.

No consiste en dejar de actuar.

Consiste en actuar sin ser esclavo de aquello que esperamos obtener.

Y quizá esa sea la paradoja más hermosa del pasaje:

La verdadera renuncia no es abandonar el mundo. Es entrar en él plenamente, hacer lo que nos corresponde y, después, soltar.

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