sábado, 15 de agosto de 2026

 


Margaret Walker camina con los pies descalzos sobre la historia y no se quema. Avanza por el siglo XX como quien carga un tambor antiguo: cada golpe es memoria, cada silencio es amenaza. No escribe para adornar vitrinas; escribe para que el polvo hable, para que los muertos levanten la ceja y digan aquí seguimos.


Su poesía no pide permiso. For My People es un manifiesto con ritmo de blues y pulso de sermón: una letanía donde el “mi gente” no es posesión sino herida compartida. 
 Walker entiende algo elemental y feroz: la historia oficial es un cuento contado por quien tenía pluma y pólvora; la suya, en cambio, se escribe con rodillas dobladas, gargantas rotas y canciones que sobreviven a los látigos. 
No idealiza: recuerda. Y recordar, en su obra, es un acto político sin corbata.

Margaret Walker pertenece al linaje del Renacimiento de Harlem, pero no se deja encasillar como libro en estante universitario.

Dialoga con Langston Hughes y Countee Cullen, sí, pero su voz es más grave, más terrenal. Mientras otros juegan con la ironía elegante, Walker se arremanga y entra al barro. 
Su poesía es colectiva; su “yo” siempre viene acompañado, como marcha, como funeral, como fiesta clandestina.

En su novela Jubilee, la épica de la esclavitud se cuenta sin romanticismo ni látigo cinematográfico. Aquí no hay plantaciones de postal ni amos con conciencia tardía. Hay mujeres negras sosteniendo el mundo con las uñas, sobreviviendo no por milagro sino por terquedad. 
Walker escribe a contracorriente del mito sureño: desarma la nostalgia blanca con una prosa que no perdona y no olvida. Historia, sí; pero con nervio, sudor y rabia bien administrada.

Intelectual rigurosa, doctora, profesora, Walker también fue incómoda. No se dejó domesticar por modas ni por academias ansiosas de neutralidad. Su literatura insiste en algo que incomoda a los cómodos: el sufrimiento no es abstracto, tiene color, tiene cuerpo, tiene nombres. Y aun así, su obra no se ahoga en el dolor. Hay fe, hay esperanza, pero no de vitrina: una esperanza dura, trabajada, que nace del canto colectivo y no del optimismo barato.

Margaret Walker escribió para que su pueblo no desapareciera entre notas al pie. Su obra es un archivo vivo, una oración sin dios fijo, una carcajada triste frente al olvido. Leerla hoy es escuchar un tambor que no envejece. Suena. Retumba. Y nos recuerda, sin rodeos, que la literatura también sirve para levantar a los caídos y decirles: no fue en vano. 

 El autoengaño, la ignorancia y el hacer la vista gorda pueden ser también muy útiles en nuestra vida privada incluso cuando no se dan circunstancias tan extraordinarias. En una investigación sobre la felicidad marital, unos sociólogos descubrieron que las personas casadas que solo perciben los rasgos buenos y positivos de su pareja eran mucho más felices que aquellas que ven a su cónyuge desde una perspectiva más «realista».

¿Cuál es la conexión entre la ignorancia y el autoengaño? 

Leonardo da Vinci comentó que el mayor engaño que sufren las personas es el de sus propias opiniones. 

Upton Sinclair añadió que cuesta conseguir que un hombre entienda algo cuando su salario depende de no entenderlo. 

Como bien nos recordaba Henrik Ibsen en su obra El pato salvaje, si privamos al hombre corriente de sus mentiras, es muy posible que le quitemos también su felicidad.

Diversos sociólogos y psicólogos que han estudiado el autoengaño han observado que a las personas les gusta pensar que tienen una percepción consciente y realista de sí mismas, pero ¿hasta qué punto es correcto ese autoconocimiento?
A principios de la década de 1990, una investigación sobre el autoengaño en el mundo académico descubrió que un inverosímil 94 % de los profesores universitarios estadounidenses creían que eran mejores en su trabajo que sus colegas. 
Otro estudio similar entre estudiantes de último curso de secundaria detectó que una mayoría de ese alumnado pensaba que estaba por encima de la media en cuanto a su habilidad para llevarse bien con los demás. 
Un 25 % de los encuestados creía que estaban entre el 1 % de los estudiantes más sociables.

Renata Salecl 

 

LA POESÍA DEBE SER COMO UN RÍO QUE LO ARRASTRA TODO: ARENAS, RAMAS, TRONCOS Y POR SUPUESTO, PEPITAS DE ORO.

Czeslaw Milosz


Esta imagen de la poesía propuesta por Czesław Miłosz es una defensa de la abundancia y la complejidad de la experiencia humana.

Un río no elige únicamente las pepitas de oro. Arrastra también arena, barro, ramas rotas, hojas secas, troncos caídos y todo aquello que encuentra en su camino. Para Miłosz, la poesía auténtica no debe limitarse a lo bello, lo sublime o lo perfecto. Debe contener la totalidad de la vida.

Las arenas pueden ser los detalles cotidianos, aquello que parece insignificante. Las ramas y troncos representan los conflictos, las tragedias, los errores, las heridas de la historia y de la existencia. Y las pepitas de oro son esos instantes de belleza, revelación o verdad que iluminan el conjunto.

La frase también es una crítica a cierta idea de la poesía como objeto refinado y puramente ornamental. Miłosz sugiere que un poema demasiado limpio, demasiado perfecto, deja fuera gran parte de la realidad. El verdadero poema se parece más a un río salvaje que a una vitrina.

Hay además una enseñanza para la lectura y para la vida: quien busca únicamente el oro termina perdiéndose el río. Las revelaciones más valiosas suelen aparecer mezcladas con lo ordinario, lo confuso y lo imperfecto.

La metáfora encierra una paradoja hermosa: el oro tiene valor porque no viaja solo. Brilla precisamente porque viene acompañado por todo lo demás. Como en la vida, la belleza no surge a pesar del barro, sino muchas veces gracias a él.


 Durante mi estudio del proceso de reconsideración, me he dado cuenta de que en muchos casos se manifiesta como un ciclo. Empieza con la humildad intelectual; es decir, con saber lo que no sabemos. Todos deberíamos ser capaces de confeccionar una larga lista con las materias en que somos unos verdaderos ignorantes. La mía incluiría el arte, los mercados financieros, la moda, la química, la alimentación, por qué el acento británico se vuelve americano en las canciones y por qué es imposible hacerse cosquillas a uno mismo. Reconocer nuestras limitaciones abre la puerta a las dudas. A medida que vamos cuestionando nuestros conocimientos, sentimos mayor curiosidad por la información que nos estamos perdiendo. Esta búsqueda nos conduce a nuevos descubrimientos, que a su vez nos ayudan a conservar la humildad porque refuerzan la idea de que aún nos queda mucho que aprender. Si la información es poder, saber lo que no sabemos es sabiduría. 

Adam Grant.  


La idea de Adam Grant toca algo mucho más profundo que la simple virtud de decir «no sé». Está describiendo un mecanismo intelectual de renovación. La mente puede convertirse en una habitación cerrada donde todos los muebles son nuestras propias certezas. La reconsideración consiste en abrir una ventana.

1. La humildad intelectual no es modestia, es una herramienta

Grant comienza por una distinción importante: saber que ignoramos algo no equivale a ser ignorantes.

La ignorancia es inevitable. Lo peligroso es no reconocerla.

Una persona puede saber muchísimo y, sin embargo, tener una relación pésima con el conocimiento. Puede acumular datos, títulos y argumentos, pero haber dejado de preguntarse si sus conclusiones siguen siendo correctas.

Por eso la humildad intelectual tiene una paradoja:

Cuanto más consciente eres de lo que desconoces, más preparado estás para aprender.

El verdadero enemigo del aprendizaje no es la ignorancia. Es la ilusión de haber llegado.

2. La lista de Grant tiene algo genial

Cuando Grant enumera aquello que desconoce, incluye cosas aparentemente triviales: arte, mercados financieros, moda, química, alimentación, los acentos en las canciones...

Y ahí hay una pequeña lección escondida.

Nos gusta imaginar que somos personas razonables porque conocemos nuestra profesión, nuestra historia, nuestra ideología, nuestros libros y nuestras experiencias. Pero basta ampliar un poco el horizonte para descubrir que nuestro conocimiento ocupa una isla diminuta en un océano monstruoso.

Puedes ser excelente en política y no entender absolutamente nada de química.

Puedes conocer la historia de Roma y no saber explicar cómo funciona un mercado financiero.

Puedes leer filosofía durante cuarenta años y seguir sin comprender por qué no puedes hacerte cosquillas a ti mismo.

La inteligencia no elimina ese territorio oscuro. Simplemente puede hacerlo más visible.

3. La duda es la puerta que abre la curiosidad

Aquí aparece el verdadero ciclo:

humildad → duda → curiosidad → búsqueda → descubrimiento → nueva humildad.

Es una especie de rueda intelectual.

La persona dogmática funciona al revés:

certeza → confirmación → rechazo de la contradicción → mayor certeza.

Y este segundo ciclo puede ser terriblemente poderoso porque produce una sensación muy agradable: la de tener razón.

El problema es que tener razón se siente mejor que descubrir que estábamos equivocados.

Por eso reconsiderar nuestras ideas requiere cierta incomodidad psicológica. Tenemos que permitir que una información nueva entre en nuestra cabeza sin exigirle inmediatamente que se comporte como subordinada de nuestras opiniones anteriores.

4. La curiosidad necesita una herida en la certeza

No sentimos curiosidad por aquello que creemos comprender completamente.

Si pensamos que ya sabemos cómo funciona el mundo, ¿para qué investigar?

La duda introduce una pequeña grieta.

"¿Y si estoy equivocado?"

Esa pregunta puede ser intelectualmente devastadora y extraordinariamente fértil.

Porque obliga a buscar.

Y cuando buscamos, encontramos cosas que no esperábamos encontrar.

Entonces ocurre algo todavía más interesante: el conocimiento nuevo no siempre produce más seguridad; muchas veces produce mejores preguntas.

Ese es uno de los signos de una mente que está aprendiendo.

Un niño pregunta:

"¿Por qué?"

Un adulto que conserva viva la curiosidad puede llegar a una versión mucho más sofisticada:

"Creía saber por qué. Ahora resulta que no."

5. El conocimiento puede producir ignorancia si se convierte en identidad

Cuando una persona convierte sus ideas en parte de su identidad, cambiar de opinión deja de ser simplemente cambiar de opinión.

Se convierte en una derrota.

Si yo soy liberal, socialista, conservador, progresista, ateo, religioso, nacionalista, etc., una evidencia contraria puede sentirse como un ataque contra mí.

Entonces ya no preguntamos:

«¿Es verdad?»

Preguntamos:

«¿Cómo puedo defender lo que ya creo?»

Y ahí empieza la gimnasia mental destinada a proteger nuestras certezas.

La inteligencia puede incluso ponerse al servicio de esa defensa. Una persona muy inteligente puede construir argumentos extraordinariamente sofisticados para no tener que admitir algo bastante sencillo:

«Me equivoqué.»

6. Por eso la humildad es una forma de libertad

Hay algo liberador en poder decir:

"No sé."

"No entiendo esto."

"Nunca había pensado en ese punto."

"Creo que estaba equivocado."

"Necesito más información."

Estas frases parecen pequeñas derrotas, pero en realidad eliminan una enorme carga.

Ya no tienes que proteger una fortaleza.

Puedes explorar.

Y esa diferencia es fundamental entre tener opiniones y estar prisionero de ellas.

7. La última frase de Grant es probablemente la más importante

«Si la información es poder, saber lo que no sabemos es sabiduría.»

Yo la llevaría un poco más lejos:

La información aumenta lo que sabemos. La sabiduría también aumenta nuestra conciencia de aquello que ignoramos.

Un ignorante puede tener cien respuestas.

Una persona sabia puede tener menos respuestas y mejores preguntas.

Y quizá ahí esté una de las diferencias fundamentales entre una mente cerrada y una mente verdaderamente inteligente.

La primera busca certezas.

La segunda busca realidad.

Porque la realidad no tiene ninguna obligación de confirmar nuestras opiniones.

Y quizá la verdadera educación intelectual consista precisamente en eso: construir una mente lo bastante fuerte para cambiar de opinión sin sentir que se está desmoronando.

El conocimiento empieza cuando decimos «sé».

Pero la sabiduría comienza mucho más tarde, cuando aprendemos a decir:

«Esto creía saberlo. Ahora quiero averiguar si realmente es cierto.»

viernes, 14 de agosto de 2026

 En 2009, el British Museum de Londres celebró una exposición titulada «Moctezuma: Aztec Ruler» [Moctezuma: jefe azteca] que no sentó nada bien en algunos sectores. Sus detractores se molestaron porque se cambió el nombre de Montezuma por el de Moctezuma, pues el primero se había «utilizado satisfactoriamente» durante 500 años. Pero aparte de eso, dichos detractores consideraban que la artesanía azteca era de baja calidad, más o menos como un trasto que uno pueda encontrar en Portobello de arte de The Evening Standard opinaba que, en comparación con los logros de Donatello y Ghiberti (esto es, artistas europeos contemporáneos en líneas generales), el material azteca «era bastante pobre», que no había «arte» en el «barbarismo del mundo azteca» y que muchas de las máscaras eran «de lo más espantosas», grotescos fetiches de una cultura cruel. The Mail on Sunday se mostraba igual de directo. En un artículo titulado «Objetos del British Museum: tan malvados como las pantallas de lámpara nazis hechas de piel humana», Philip Hensher, un periodista que figura entre las cien personas más influyentes de Gran Bretaña, escribía: «Al margen de la fealdad moral y estética de los aztecas, este crítico ha llegado a la conclusión de que es difícil imaginar una exposición museística que transmita una sensación tan abrumadora de vileza humana como esta». 

Peter Watson   


Hay algo enternecedor en los imperios viejos: envejecen, pierden colonias, cambian los mapas, pero jamás pierden la costumbre de dar lecciones de civilización. Es como un pirómano jubilado dando conferencias sobre prevención de incendios.

Imaginen la escena. El British Museum organiza una exposición sobre Moctezuma y alguien dice: “Oigan, quizá deberíamos llamarlo Moctezuma y no Montezuma, porque ese era más o menos su nombre”. Y de inmediato aparecen unos señores indignados: “¡Pero Montezuma se ha usado durante quinientos años!”.

Quinientos años. Qué argumento tan conmovedor. También se usó durante siglos la sangría medicinal, la esclavitud y la idea de que las mujeres no debían votar. Pero al parecer el tiempo convierte cualquier error en patrimonio cultural.

Lo fascinante es la lógica. Si Europa pronuncia mal un nombre durante medio milenio, el error adquiere derechos adquiridos. Imaginen aplicar esa regla a todo. “Sí, sabemos que se llama Beijing, pero yo llevo cincuenta años diciendo Pekín y no pienso hacer gimnasia lingüística a mi edad”.

Luego viene la parte artística. Los críticos comparan las piezas mexicas con Donatello y Ghiberti. Claro. Porque cuando uno entra a una exposición azteca lo primero que piensa es: “Esto sería mejor si tuviera perspectiva florentina y un querubín renacentista en una esquina”.

Es una comparación maravillosa. Es como ir a un restaurante japonés y quejarse de que el sushi no sabe a lasaña. “Francamente, este sashimi es inferior a la cocina de mi abuela italiana”. Sí, campeón, porque pertenece a otra cultura. Ese es el detalle que se les escapa entre tanto refinamiento.

Dicen que las máscaras eran “espantosas”. ¡Por supuesto! Eran máscaras rituales, no decoración para una sala de estar en Chelsea. No estaban diseñadas para combinar con el sofá gris ni con la lámpara minimalista. Su función era invocar dioses, fuerzas cósmicas, terror sagrado. Pero el crítico las mira como quien evalúa cojines en una tienda de muebles.

Y entonces llega el golpe maestro: “No había arte en el barbarismo azteca”. Ah, la palabra mágica: barbarismo. Europa la ha usado durante siglos para describir a cualquiera que no se pareciera a Europa. Los romanos llamaban bárbaros a los germanos; luego los europeos llamaron bárbaros a los indígenas; y sospecho que si encontraran extraterrestres también les preguntarían primero si conocen la perspectiva lineal.

Lo divertido es que esta gente habla de barbarie desde un museo lleno de objetos obtenidos durante la expansión imperial británica. El mismo imperio que conquistó medio planeta, explotó colonias, provocó hambrunas y trazó fronteras con regla y whisky ahora examina una máscara mexica y murmura: “Qué civilización tan violenta”.

Es como si un tiburón criticara a una piraña por agresiva.

Y no me malinterpreten: los mexicas practicaban sacrificios humanos. Eso es brutal. Nadie sensato necesita romantizarlo. Pero me intriga el sistema de puntuación moral. Europa tenía inquisiciones, torturas públicas, hogueras, guerras religiosas y ejecuciones en plazas llenas de espectadores comiendo pan. Sin embargo, cuando la violencia es europea se llama “historia”; cuando es indígena se llama “vileza”.

El periodista incluso comparó la exposición con objetos nazis hechos de piel humana. Ahí ya no estamos en el terreno de la crítica; estamos en el concurso internacional de analogías histéricas. Es el equivalente intelectual de poner todas las mayúsculas en internet y pensar que uno ha demostrado algo.

Lo que realmente molestaba no era la sangre azteca. Era la posibilidad de que esas piezas fueran admiradas. Porque si el público contempla una escultura mexica y piensa “esto es extraordinario”, entonces el viejo cuento de “nosotros trajimos la civilización” empieza a hacer agua.

Ese es el secreto del escándalo. No discutían sobre estética; discutían sobre jerarquías. Durante siglos Europa ocupó el asiento del profesor y el resto del mundo el pupitre del alumno. La exposición insinuaba que quizá el alumno también tenía algo que enseñar. Y eso, amigos míos, produce urticaria imperial.

Los museos son lugares extraños. Uno entra esperando ver objetos antiguos y termina viendo prejuicios muy modernos. Las máscaras mexicas permanecen quietas detrás del cristal; los que gritan son los críticos. Y cuanto más gritan “¡barbarie!”, más revelan su propia incapacidad para imaginar que la belleza puede tener otro rostro.

Al final, tal vez la pieza más interesante de toda la exposición no era una máscara de turquesa ni una escultura de piedra. Era el espectáculo de unos europeos horrorizados ante una civilización distinta mientras olvidaban convenientemente el catálogo completo de horrores producido por la suya.

Eso sí que merece una vitrina en el British Museum.


 Esta famosa frase, pronunciada por el viejo pescador Santiago en la novela El viejo y el mar (1952), sintetiza la visión filosófica de Ernest Hemingway sobre la dignidad humana, la resistencia y el verdadero significado del éxito.


1. La diferencia entre lo físico y lo espiritual
El núcleo de la frase radica en la distinción radical entre dos conceptos que a menudo se confunden:

  • Ser destruido (el cuerpo y las circunstancias): Se refiere a la vulnerabilidad física, material y temporal del ser humano. La naturaleza, la vejez, las enfermedades o la mala suerte pueden aplastar el cuerpo, agotar las fuerzas o arruinar los planes materiales. Es una inevitabilidad externa.

  • Ser derrotado ( la voluntad y el espíritu): La derrota es una elección interna. Ocurre únicamente cuando la persona rinde su voluntad, pierde la dignidad o abandona sus principios. Mientras el espíritu se mantenga firme, la derrota no existe, independientemente de cuál sea el resultado material.

2. El ideal del héroe en Hemingway
Hemingway desarrolló a lo largo de su obra el concepto del "héroe trágico" o la idea de mostrar "gracia bajo presión" (grace under pressure). Para el autor, el valor de una persona no se mide por sus victorias externas o por superar a la naturaleza, sino por la elegancia, la valentía y la integridad con la que enfrenta luchas que sabe que, en última instancia, puede perder. Santiago pierde el pez ante los tiburones (su esfuerzo físico es destruido), pero jamás pierde su temple ni su respeto por el mar y por sí mismo (no es derrotado).

3. Dimensión existencial y universal
La cita propone una forma de estoicismo moderno:

  • La victoria reside en la actitud, no en el resultado: El éxito externo suele estar fuera de nuestro control, pero la postura con la que enfrentamos la adversidad depende enteramente de nosotros.

  • El sentido del esfuerzo: La vida está llena de batallas que físicamente no se pueden ganar a largo plazo (como el envejecimiento o la muerte). Sin embargo, el acto de luchar con integridad dota a la existencia de un propósito y una trascendencia que nada ni nadie puede arrebatar.

 Hans Selye y el día en que el cuerpo empezó a contar la historia de la mente

Durante mucho tiempo, la medicina imaginó el cuerpo como una máquina y la enfermedad como una avería.

Si había fiebre, se buscaba un agente infeccioso.
Si había una úlcera, una lesión.
Si había hipertensión, una alteración física.
Si dolía el corazón, se examinaba el corazón.


La tristeza pertenecía a otro territorio. La angustia era asunto de psicólogos, sacerdotes o filósofos. Las emociones podían atormentar al individuo, pero parecía absurdo pensar que pudieran modificar seriamente la maquinaria corporal.

Entonces apareció un médico nacido en Hungría llamado Hans Selye.

En 1936 publicó en Nature una breve comunicación que acabaría transformando la manera de pensar sobre la relación entre organismo y enfermedad.

Pero la historia comenzó de una manera bastante menos solemne.

Selye estaba experimentando con ratas. Quería estudiar los efectos de determinadas sustancias sobre el organismo. Administraba diferentes agentes y observaba qué ocurría.

Y encontró algo extraño.

No importaba demasiado qué sustancia utilizara. Las ratas parecían desarrollar un conjunto parecido de alteraciones fisiológicas: las glándulas suprarrenales aumentaban de tamaño, el timo y los ganglios linfáticos sufrían cambios y aparecían lesiones en el estómago, entre otras respuestas.

Era como si el organismo dijera:


«No sé exactamente qué me estás haciendo, pero sé que estoy bajo ataque.»

Aquello llevó a Selye hacia una idea extraordinariamente poderosa: el cuerpo posee una respuesta general ante las exigencias y amenazas, independientemente de cuál sea exactamente el agente que las provoque.

La llamó síndrome general de adaptación.

Primero aparece la alarma.

El organismo moviliza recursos. El corazón acelera, cambian las secreciones hormonales, aumenta la vigilancia. El cuerpo se prepara para responder.

Después viene la resistencia.

El organismo intenta adaptarse y mantener el equilibrio mientras la amenaza continúa.

Finalmente, si la situación se prolonga demasiado, aparece el agotamiento.

Selye había encontrado una especie de drama fisiológico en tres actos: alarma, resistencia y agotamiento.

Pero aquí estaba lo verdaderamente revolucionario.

Selye comenzó a sostener que el estrés no era simplemente una sensación psicológica. Era también un proceso biológico.

El organismo podía enfermar no solamente porque algo lo golpeara directamente, sino también porque tuviera que permanecer demasiado tiempo adaptándose a una exigencia.

Con el tiempo, Selye amplió enormemente esta idea. Llegó a relacionar las respuestas de estrés con enfermedades crónicas como la hipertensión y otras patologías, y empezó a hablar de las llamadas «enfermedades de adaptación».

Y ahí comenzó el choque.

Porque para una parte de la medicina de la época resultaba incómoda la idea de que algo tan intangible como una preocupación, una amenaza persistente o una situación emocional pudiera terminar produciendo consecuencias materiales en el cuerpo.

La medicina quería encontrar la causa.

Selye estaba señalando otra cosa:

también había que estudiar la respuesta del organismo.

No era suficiente preguntar:

«¿Qué enfermedad tiene este paciente?»

Había que preguntar también:

«¿Qué le está ocurriendo a este organismo desde hace meses o años?»

La diferencia parece pequeña. No lo es.

Imaginemos a una persona que vive permanentemente aterrorizada, sometida a conflictos, precariedad, violencia o incertidumbre. Su cuerpo no recibe el mensaje de que aquello pertenece al mundo de las ideas.

El cerebro interpreta la amenaza.

El sistema nervioso responde.

Las hormonas cambian.

El metabolismo cambia.

La presión arterial puede cambiar.

El sistema inmunitario puede verse afectado.

El cuerpo, en otras palabras, participa en la biografía de la persona.

Eso es lo que hacía tan incómoda la intuición de Selye. La frontera entre «lo psicológico» y «lo físico» comenzaba a parecer menos una frontera natural y más una división administrativa inventada por nosotros.

Y hay una ironía magnífica en todo esto.

Selye no comenzó estudiando emociones humanas.

Comenzó estudiando ratas.

Fueron precisamente sus experimentos fisiológicos los que ayudaron a construir un puente entre el mundo que la medicina consideraba material y ese otro mundo, aparentemente vaporoso, de las emociones y las experiencias.

Con las décadas, la investigación sobre estrés se convirtió en un campo enorme. El propio Selye dedicó buena parte de su vida a defender, precisar y también discutir las múltiples interpretaciones de su concepto. En 1976, cuarenta años después de su primera publicación, seguía escribiendo sobre las controversias y problemas que rodeaban la aplicación médica de su teoría.

Y conviene hacer una precisión importante.

Selye no demostró que «las emociones causan todas las enfermedades». Esa sería una caricatura de su trabajo.

Su contribución fue mucho más interesante: mostró que el organismo posee respuestas fisiológicas ante el estrés y que una adaptación prolongada puede tener consecuencias patológicas. La investigación posterior ha hecho muchísimo más sofisticada esta relación, incorporando al sistema nervioso, endocrino e inmunitario y distinguiendo entre tipos, intensidad y duración del estrés.

Pero la puerta ya estaba abierta.

Hoy resulta difícil imaginar que alguien pudiera considerar absurda la idea de que una vida sometida a estrés pueda afectar al cuerpo.

Sin embargo, hubo un tiempo en que había que demostrarlo.

Y quizá esa sea la parte más hermosa de la historia de Selye.

Durante siglos imaginamos al ser humano dividido en dos:

la mente por un lado,
el cuerpo por otro.

Selye ayudó a recordar algo que el organismo nunca había olvidado:

no existen dos seres viviendo dentro de nosotros.

Cuando una persona tiene miedo, no tiembla únicamente su pensamiento.

Tiembla el cuerpo.

Cuando vive bajo amenaza durante años, no se desgasta solamente su ánimo.

Se desgasta también su organismo.

El cuerpo escucha cosas que la conciencia cree estar diciendo únicamente con palabras.

Y quizá por eso una de las grandes lecciones de Selye no sea solamente médica.

Sea también política y social.

Porque si las condiciones de vida pueden convertirse en biología, entonces la pobreza, la inseguridad, la violencia, la humillación, la incertidumbre laboral o el miedo permanente no son solamente problemas sociales que ocurren «afuera» del individuo.

Pueden convertirse, literalmente, en problemas del organismo.

La historia de Selye comenzó con unas ratas en un laboratorio.

Terminó ayudándonos a comprender que, cuando la vida aprieta demasiado tiempo, el cuerpo termina pagando las facturas que la sociedad dejó sin pagar. 

jueves, 13 de agosto de 2026


 Esta célebre frase de Madame de Staël (Germaine de Staël), una de las pensadoras más influyentes del tránsito entre la Ilustración y el Romanticismo, ofrece una visión profunda sobre cómo evoluciona el pensamiento, la cultura y la condición humana.

«La mente humana siempre progresa, pero es un progreso en espiral.»

Madame de Staël

1. La ilusión del progreso lineal vs. la realidad en espiral

Para comprender la frase, conviene contrastar dos formas de entender el desarrollo humano:

  • El modelo lineal (Ilustración clásica): Asume que la humanidad avanza en una línea recta y constante hacia la perfección, la razón y el bienestar, dejando atrás los errores del pasado para no volver a tocarlos jamás.

  • El modelo en espiral (Madame de Staël): Postula que el avance existe, pero no es directo ni continuo. Al avanzar en espiral, la mente humana atraviesa círculos: parece regresar constantemente a los mismos puntos, debates o dilemas del pasado, pero cada vez desde un nivel superior de conciencia, experiencia y madurez.

Puntos clave del análisis

A. El retorno no es repetición, es reinterpretación

Cuando la historia o el pensamiento parecen "repetirse" (crisis políticas, debates éticos, movimientos artísticos), no estamos atrapados en un bucle cerrado. Volvemos a los mismos temas (la libertad, la justicia, la identidad), pero armados con lecciones previas. Es un regreso enriquecido por la experiencia acumulada.

B. Los retrocesos aparentes

Una espiral vista desde un solo costado puede parecer un movimiento en círculos o incluso un retroceso. De la misma manera, las crisis sociales, la pérdida de ciertos valores o los periodos de oscurantismo parecen desmentir la noción de progreso. Sin embargo, en la perspectiva de Staël, esos "bajones" o desviaciones forman parte de la trayectoria necesaria para tomar impulso hacia un plano superior.

C. Síntesis dialéctica

Esta noción conecta estrechamente con el pensamiento dialéctico (como el de Hegel o Vico):

  1. Tesis / Estado inicial: Un conjunto de ideas domina una época.

  2. Antítesis / Ruptura: Surge una reacción opuesta o crisis.

  3. Síntesis / Nivel superior: Se integra lo aprendido del conflicto, elevando la comprensión general.

3. Contexto histórico y vigencia

Madame de Staël vivió de cerca los convulsos eventos de la Revolución Francesa y el posterior ascenso y caída de Napoleón. Tras ver cómo un movimiento impulsado por la razón y la libertad degeneró en el Terror y el autoritarismo, comprendió que el progreso humano no es triunfal ni automático; tiene altibajos complejos.

En la actualidad, esta metáfora sigue siendo plenamente vigente:

  • En lo personal: A menudo sentimos que volvemos a tropezar con los mismos problemas o emociones del pasado, pero si observamos bien, los abordamos con mayor perspectiva y herramientas emocionales.

  • En lo social y tecnológico: Nos enfrentamos a viejos dilemas (privacidad, ética en el poder, desigualdad) proyectados ahora en nuevos escenarios (inteligencia artificial, redes sociales, biotecnología).

"Ven a vivir conmigo. Tendremos todos los libros de poesía que existen en el mundo. Toda la música. Todos los alcoholes que arden en los ojos y corroen el odio. Nos embriagaremos hasta oscilar como seres de una materia fosforescente, y diremos tantos poemas que nuestras lenguas se incendiarán como rosas."

Este no es un texto sobre una convivencia doméstica; es un manifiesto de una forma extrema de amar.

"Tendremos todos los libros de poesía que existen en el mundo."

No promete riqueza, una casa o comodidades. La primera posesión compartida será la poesía. Para Pizarnik, los poemas son una forma de supervivencia, un lenguaje capaz de decir lo que la vida ordinaria no alcanza a expresar.

"Toda la música."

La música es aquello que comunica incluso cuando las palabras fracasan. La pareja ideal compartiría no sólo libros, sino también el ritmo emocional del mundo.

"Todos los alcoholes que arden en los ojos y corroen el odio."

El alcohol aparece como símbolo de intensidad, de pérdida de los límites del yo. Pero el verso da un giro inesperado: ese fuego no alimenta el odio, sino que lo corroe. La embriaguez aquí busca destruir aquello que separa.

"Oscilar como seres de una materia fosforescente."

Es una imagen típicamente pizarnikiana: los amantes dejan de ser carne para convertirse en algo luminoso, casi sobrenatural. La fosforescencia ilumina en la oscuridad; es una luz tenue, nocturna, muy acorde con el universo de la autora.

"Nuestras lenguas se incendiarán como rosas."

Quizá sea la imagen más poderosa del fragmento.

La lengua representa la palabra, el beso y la poesía al mismo tiempo. Compararla con una rosa une dos símbolos tradicionales:

  • la belleza;
  • la herida (las espinas);
  • el amor;
  • lo efímero.

Que esas lenguas "se incendien" significa que hablar poemas será una experiencia tan intensa que consumirá a quienes los pronuncian.

Un amor absoluto

Lo más interesante del texto es que el amor no se sostiene sobre promesas realistas. No dice:

  • viajaremos,
  • tendremos hijos,
  • construiremos una casa.

Dice:

  • tendremos poesía,
  • música,
  • embriaguez,
  • palabras.

Es un amor construido sobre la imaginación y el lenguaje.

Sin embargo, leído en el contexto completo del texto, adquiere un matiz profundamente trágico. Esa invitación nace desde la ausencia. Después de imaginar ese universo compartido, la voz reconoce que la persona amada no vendrá. El paraíso verbal existe sólo porque el otro falta. La fantasía es una respuesta desesperada a la soledad.

En ese sentido, el fragmento resume una de las grandes obsesiones de Pizarnik: la poesía como refugio frente a una realidad que nunca alcanza la intensidad del deseo. Por eso sus imágenes son tan desbordadas: cuando la vida no basta, el lenguaje intenta crear un mundo donde el amor sí sea absoluto, aunque sólo pueda existir en las palabras.


 "Mi casa se estaba quemando y sólo podía

salvar una cosa. Decidí salvar el fuego. No

tengo dónde vivir pero el fuego vive en mí. Y

me defiende discretamente de todo lo impuro.

Mi futuro ya no es importante. Sólo cuenta Ia

intensidad del instante".

—Jean Cocteau.


Esta célebre e inquietante frase de Jean Cocteau —poeta, novelista, dramaturgo y cineasta francés— es una radiografía perfecta de la filosofía vanguardista y el espíritu surrealista del autor. No debe leerse desde la lógica literal, sino desde el terreno del arte, el desapego y la transmutación.


1. La paradoja de salvar el fuego

"Mi casa se estaba quemando y sólo podía salvar una cosa. Decidí salvar el fuego".

La casa representa la estructura, lo material, el pasado, la seguridad y las convenciones sociales. Ante la destrucción inminente de su realidad tangible, Cocteau toma una decisión contraintuitiva y radical: en lugar de salvar el contenedor (la casa) o los bienes, salva la causa de la destrucción (el fuego). Es un acto de aceptación absoluta del caos. Al adueñarse de la fuerza destructora, deja de ser una víctima de la tragedia para convertirse en el creador de su propio destino.

2. La interiorización del peligro y el desapego

"No tengo dónde vivir pero el fuego vive en mí".

Al perder la casa, se queda sin un lugar físico en el mundo (el exilio material), pero gana una vivienda espiritual. El fuego interior representa la pasión, la inspiración poética y la fuerza vital. Cocteau sugiere que la verdadera esencia del ser humano no está en lo que posee, sino en la intensidad de lo que lleva dentro. Prefiere la intemperie física si eso le garantiza la libertad absoluta del espíritu.

3. El fuego como elemento purificador

"Y me defiende discretamente de todo lo impuro".

En la mitología y la alquimia, el fuego no solo destruye, sino que purifica; quema la escoria para dejar solo lo esencial. Al decir que lo defiende "discretamente", Cocteau habla de una resistencia silenciosa pero implacable contra la mediocridad, la hipocresía social y el arte burgués de su época. Quien está lleno de ese fuego sagrado se vuelve inmune a las corrupciones del mundo exterior.

4. El existencialismo y el instante eterno

"Mi futuro ya no es importante. Sólo cuenta la intensidad del instante".

Este cierre es un manifiesto puramente existencialista y dionisíaco. El futuro es una construcción abstracta basada en la seguridad material (la "casa"). Sin pasado y sin un hogar que proteger, el poeta se libera de la ansiedad del mañana. Lo único real es el aquí y el ahora, vivido con una intensidad incandescente. Es la preferencia de una vida corta pero ardiente sobre una existencia larga, segura y opaca.

Conclusión

La cita de Cocteau es un canto a la creación a través de la destrucción. Nos dice que para el artista (o para cualquier persona que busque una autenticidad radical), las crisis no son el fin, sino el combustible. Cambiar la comodidad de una "casa" por la peligrosa pureza del "fuego" es el precio que se paga por la verdadera libertad y la genialidad.


 Mariana Enriquez es, sin duda, la figura central del llamado «terror verdoso» o del horror gótico rioplatense contemporáneo. Su obra no entiende el espanto como un ente sobrenatural aislado, abstracto o de utilería, sino como el síntoma visible de traumas históricos, fracturas sociales y la violencia de Estado.


Para Enriquez, lo monstruoso no proviene de dimensiones desconocidas, sino del terreno de lo real: la dictadura militar argentina, la brecha de clase, la pobreza estructural, la violencia machista, el despojo ambiental y el dolor de los desaparecidos.

1. El cuerpo como territorio de resistencia y castigo

En sus relatos, las aflicciones físicas y la violencia hacia el cuerpo son reflejos de tensiones colectivas.

  • En «Las cosas que perdimos en el fuego», un grupo de mujeres decide prenderse fuego voluntariamente para evitar ser mutiladas o asesinadas por la violencia machista. El horror corporal se convierte en una respuesta política extrema: adueñarse de la monstruosidad para anular la violencia patriarcal.

  • La enfermedad, las deformidades o el deterioro físico en sus textos suelen ser la manifestación visible del abandono institucional y la segregación económica.

2. La memoria histórica y las huellas de la dictadura

El periodo de la dictadura militar argentina (1976-1983) no es un simple trasfondo histórico; es el pozo traumático desde el que emergen sus fantasmas.

  • En «Nuestra parte de noche», la Orden (un culto oligárquico de familias poderosas que sacrifica vidas para perpetuarse y conservar la inmortalidad) opera en complicidad implícita con las altas esferas del poder. Las desapariciones, las torturas y la impunidad no difieren en la práctica de los métodos sistemáticos del terrorismo de Estado.

  • Los fantasmas de Enriquez no buscan asustar de forma efectista: son presencias no resueltas que reclaman justicia, memoria y restitución ante el olvido colectivo.

3. La arquitectura de la desigualdad

Las geografías que describe —barrios marginales, el Riachuelo contaminado, casas ruinosas de la periferia porteña o pueblos olvidados del interior— articulan la violencia de clase.

  • El peligro no solo reside en lo sobrenatural que habita en las sombras, sino en la indiferencia del sistema. Las casas abandonadas no son simples «casas embrujadas» de la tradición anglosajona, sino ruinas del colapso económico o sitios de tortura olvidados.

  • Los marginados, los niños de la calle y los desposeídos son quienes conviven de manera más directa con lo siniestro, pues ya viven marginados de las garantías básicas del pacto social.

4. La desmitificación del género y la tradición del terror

Enriquez toma la tradición del terror clásico (Lovecraft, Stephen King, Shirley Jackson) y la reinterpreta desde el cono sur y la experiencia latinoamericana.

  • Mientras que en el terror anglosajón lo sobrenatural irrumpía para alterar un orden social pacífico, en la obra de Enriquez el orden social ya está roto. Lo espeluznante no altera la normalidad; la expone.

El terror de Mariana Enriquez funciona como un espejo hiperbólico de la realidad política y social latinoamericana. La eficacia de su narrativa radica en que la verdadera pesadilla no es el fantasma que se aparece en la oscuridad, sino descubrir que la violencia, la desigualdad y el olvido institucional son los verdaderos monstruos que habitan a la luz del día.

martes, 11 de agosto de 2026

 Las familias son como viejos bosques. Bajo cada árbol hay hojas caídas de generaciones anteriores. Nadie pisa únicamente su propio suelo. Caminamos también sobre las vidas que nos precedieron. La verdadera libertad no consiste en fingir que ese bosque nunca existió, sino en recorrerlo con los ojos abiertos para decidir dónde termina la herencia y dónde comienza, por fin, nuestra propia historia.  

Hay frases que no describen una idea, sino un paisaje interior. Esta es una de ellas. Convierte a la familia en un bosque, y esa metáfora hace visible algo que con frecuencia olvidamos: nadie nace sobre tierra virgen.

El bosque representa la memoria acumulada. Cada árbol es una generación. Sus raíces se entrelazan bajo la superficie, invisibles para quien solo mira el presente. Las hojas caídas son los amores, las violencias, los silencios, las derrotas y las pequeñas victorias de quienes vivieron antes.

 Aunque el viento las cubra, siguen alimentando la tierra. Del mismo modo, los actos de nuestros abuelos, de nuestros padres y hasta de aquellos cuyos nombres ya nadie recuerda siguen nutriendo, o envenenando, el suelo sobre el que crecemos.

"Nadie pisa únicamente su propio suelo" es quizá la afirmación más poderosa del texto. Cuestiona la fantasía moderna del individuo completamente autónomo. Creemos que nuestras decisiones nacen solo de nosotros mismos, cuando muchas veces son respuestas a historias que comenzaron décadas antes de nuestro nacimiento. Los miedos heredados, las formas de amar, la relación con el dinero, el poder o el fracaso suelen viajar de generación en generación como ríos subterráneos.

Pero el texto no cae en el fatalismo. No dice que estemos condenados por la herencia. Introduce una idea mucho más difícil y más esperanzadora: la libertad.

La verdadera libertad no consiste en negar el bosque. Muchas personas intentan hacerlo. 

Dicen: "Eso ya pasó", "No quiero hablar del pasado", "Mi infancia no importa". 

Sin embargo, un bosque ignorado no desaparece. Solo se vuelve más oscuro. Aquello que no se reconoce suele gobernarnos desde las sombras.

La libertad aparece cuando recorremos ese bosque con los ojos abiertos. Es un viaje incómodo porque obliga a mirar tanto la belleza como las heridas. Descubrimos que no somos culpables de la historia recibida, pero sí responsables de lo que hacemos con ella.

La frase final es profundamente existencial: "decidir dónde termina la herencia y dónde comienza, por fin, nuestra propia historia."

Ese límite nunca está marcado de antemano. Cada persona debe trazarlo. Es el momento en que dejamos de vivir como repetición y empezamos a vivir como elección. No podemos escoger el bosque donde nacimos, pero sí el sendero que abrimos dentro de él. Y quizá, mientras avanzamos, plantemos árboles distintos para quienes caminarán después.

Porque toda familia deja un bosque. La pregunta es si nuestros hijos encontrarán en él un lugar donde perderse... o un lugar donde, finalmente, aprender el camino hacia la luz.

 


Aquí aparece otra ironía deliciosa de la psicología:

ser extremadamente inteligente no garantiza una vida exitosa.

De hecho, después de cierto punto, el IQ deja de marcar tanta diferencia.

Muchos estudios muestran algo curioso:
una vez que una persona tiene un IQ aproximadamente alto (digamos alrededor de 120), otros factores empiezan a pesar más.

Y ahí entran ingredientes mucho más humanos.

1. La inteligencia emocional

El psicólogo Daniel Goleman popularizó la idea de Inteligencia emocional.
No se trata de resolver ecuaciones, sino de habilidades como:

entender las emociones propias
leer a otras personas
manejar conflictos
colaborar

En muchos trabajos y relaciones, estas habilidades pesan más que el razonamiento abstracto.
Un genio incapaz de cooperar puede quedarse solo… y sin proyectos.

2. La perseverancia

Otra idea interesante viene de la psicóloga Angela Duckworth, que estudió algo llamado Grit.
El “grit” es una mezcla de:
perseverancia
pasión por objetivos a largo plazo
capacidad de seguir incluso cuando todo se complica

Muchos logros enormes no vienen de los más brillantes, sino de los más obstinados.

3. El talento social
Las oportunidades en la vida muchas veces llegan a través de otras personas.
Quien sabe:
persuadir
inspirar
generar confianza

suele avanzar más lejos que alguien brillante pero aislado.
La inteligencia abre puertas.
Las relaciones las mantienen abiertas.

4. El riesgo del exceso de inteligencia

Esto suena extraño, pero algunos estudios muestran que las personas muy inteligentes pueden caer en trampas como:
sobreanalizar todo
paralizarse ante demasiadas opciones
aburrirse en trabajos rutinarios
sentirse desconectados de los demás

El cerebro corre a 200 km/h… y el mundo no siempre tiene carreteras para esa velocidad.

La conclusión casi poética

El IQ es como la potencia del motor.
Pero para llegar lejos también hacen falta:
volante
frenos
combustible
y un buen mapa

La vida no es una carrera de caballos donde gana el más rápido.
Es más bien una travesía larga, llena de caminos torcidos.
Y a veces el viajero más sabio no es el que piensa más rápido…
sino el que sabe cuándo escuchar, insistir y cambiar de rumbo.

Hay un dato final sobre inteligencia que suele sorprender a todo el mundo:
las personas con IQ muy alto suelen tener más problemas de ansiedad y sobrepensamiento.
El cerebro brillante a veces se convierte en una máquina de preocuparse.
La explicación psicológica de eso es bastante fascinante. 

Hay una paradoja curiosa en la mente humana:
el mismo cerebro que puede ver más lejos… también puede ver demasiados peligros.

Muchos estudios muestran que las personas con inteligencia alta tienen una tendencia mayor a sobreanalizar. El pensamiento no camina: corre, salta, conecta, imagina consecuencias. Y cuando la mente tiene demasiados caminos, a veces termina perdida en ellos.

El cerebro que no se apaga
Una persona muy analítica suele hacer algo casi automático:
imagina escenarios futuros
calcula probabilidades
anticipa problemas
revisa errores pasados

Esto es útil para resolver problemas… pero también puede alimentar la ansiedad.
La mente empieza a girar como un molino de viento en noche de tormenta.

El fenómeno de la rumiación
Los psicólogos llaman a esto Rumiación.
Es cuando el pensamiento se queda atrapado dando vueltas a las mismas ideas:
¿Y si hubiera dicho otra cosa?”
“¿Y si sale mal?”
“¿Qué significa realmente esto?”

El cerebro intenta resolver el problema… pero a veces solo lo mastica sin parar.

La imaginación: bendición y maldición
La inteligencia suele ir acompañada de imaginación poderosa.
Eso permite descubrir teorías, escribir novelas o inventar máquinas.
Pero esa misma imaginación puede crear escenarios catastróficos muy detallados.
La mente ve diez futuros posibles…
y ocho de ellos son problemas.

Un ejemplo clásico
El filósofo Søren Kierkegaard decía algo hermoso y triste a la vez:

“La ansiedad es el vértigo de la libertad.”

Cuando una mente percibe muchas posibilidades, también percibe muchas maneras de fracasar.

El equilibrio extraño
Curiosamente, algunas investigaciones sugieren que las personas con inteligencia muy alta a veces deben aprender a pensar menos para vivir mejor.
No apagar el cerebro —eso sería imposible—
sino aprender a no seguir cada pensamiento hasta el abismo.
Como quien mira una nube pasar… sin subirse a ella.

La pequeña ironía final
El cerebro humano evolucionó para sobrevivir en la sabana, detectando peligros.
Pero ahora ese detector de amenazas vive dentro de ciudades, oficinas y pantallas.
Y cuando ese detector es muy potente…
a veces ve tigres donde solo hay sombras.



 Esa frase es un bisturí. Corta una contradicción humana muy vieja: protegemos con ferocidad lo material, pero dejamos las puertas del alma abiertas como una taberna al amanecer.

La idea central es brutalmente simple: la gente defiende su dinero, su casa, sus posesiones, porque entiende que son recursos limitados. Pero no aplica el mismo criterio a su tiempo, su atención, su intimidad o su paz mental. Ahí permite la entrada de “gente superflua”: personas que no aportan nada, que drenan energía, ocupan espacio emocional y convierten la vida en un mercado ruidoso de presencias inútiles.

Hay una crítica escondida al modo en que valoramos las cosas. El dinero se considera precioso; la vida interior, no tanto. Y sin embargo, el tiempo y la serenidad son más irreversibles que cualquier fortuna. Un billete perdido puede recuperarse. Una década entregada a relaciones vacías no.

También hay un matiz existencial: muchas personas toleran compañías mediocres por miedo al vacío. Prefieren una multitud tibia antes que el silencio. Pero el texto sugiere que la mente debería administrar sus vínculos con la misma severidad con que administra sus bienes. Como si dijera: “¿Por qué custodias tu cartera como un dragón y regalas tu conciencia a cualquiera que toque la puerta?”

La palabra “superflua” es clave. No habla solo de malas personas. Habla de exceso. De relaciones mantenidas por costumbre, conveniencia, miedo, aburrimiento o necesidad de validación. Gente que llena el espacio pero vacía el espíritu.

Hay ecos del estoicismo aquí, especialmente de Séneca: la vida es corta, y desperdiciarla en compañías degradantes es una forma elegante de suicidio lento. 
También recuerda a Arthur Schopenhauer, quien veía en la sociabilidad excesiva una fuga de uno mismo.

En el fondo, la frase pregunta algo incómodo:

¿Quién vive dentro de tu mente sin pagar alquiler?
Y esa pregunta cae como una llave oxidada en mitad de la noche.

 Esta es una de las ideas más profundas de Viktor E. Frankl, porque no habla de resignación, sino del último espacio de libertad que conserva el ser humano.

"Cuando no eres capaz de cambiar una situación, estás desafiado a cambiarte a ti mismo."

Frankl escribió desde la experiencia. Sobrevivió a los campos de concentración nazis, donde comprobó que existen circunstancias que ninguna voluntad puede modificar: la enfermedad, la muerte de un ser querido, una guerra, una injusticia, el paso del tiempo. Hay momentos en que el mundo simplemente no obedece nuestros deseos.

Sin embargo, ahí aparece la verdadera pregunta: ¿quién decides ser frente a aquello que no puedes cambiar?

Cambiarse a uno mismo no significa dejar de luchar ni conformarse. Significa transformar la manera de responder a la realidad. Una misma adversidad puede convertir a una persona en alguien amargado y a otra en alguien más fuerte, más sabio o más compasivo. El hecho externo es el mismo; la diferencia está en la respuesta interior.

La frase también es una advertencia contra el desperdicio de energía. Muchas personas pasan años intentando cambiar lo que está fuera de su control: el pasado, la personalidad de otros, las decisiones ajenas o el envejecimiento. Mientras tanto, descuidan aquello sobre lo que sí tienen influencia: sus hábitos, su carácter, sus creencias y su actitud.

Hay una paradoja interesante: cuando una persona cambia por dentro, muchas veces cambia también su relación con el problema. El obstáculo puede seguir ahí, pero deja de tener el mismo poder sobre ella.

Esta idea dialoga con el Estoicismo. Epicteto decía que no nos perturban las cosas, sino el juicio que hacemos sobre ellas. Frankl añade un matiz existencial: incluso cuando el sufrimiento es inevitable, siempre queda la libertad de encontrarle un sentido.

En la vida cotidiana, esto puede verse de muchas maneras:

  • No puedes impedir que pasen los años, pero puedes decidir en qué persona te conviertes con ellos.

  • No puedes cambiar el pasado, pero sí la interpretación que haces de él y lo que aprendes.

  • No puedes controlar el comportamiento de los demás, pero sí la dignidad con la que respondes.

En última instancia, la frase nos recuerda que la libertad humana no consiste en controlar el mundo, sino en elegir quién ser cuando el mundo no puede ser controlado. Esa elección, por pequeña que parezca, puede cambiar el significado completo de una vida.

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