lunes, 9 de febrero de 2026

 Esa frase de Flannery O’Connor es corta pero profunda, y merece que la desmenucemos con cuidado. 

1. “La base del arte es la verdad”
Aquí O’Connor establece un principio casi moral o filosófico sobre el arte: la verdad no es solo un ingrediente, sino el cimiento. Esto no significa necesariamente que el arte deba ser documental o literal, sino que debe resonar con una verdad profunda sobre la condición humana, la existencia, o la experiencia. En el caso de O’Connor, que era escritora de ficción con fuerte carga religiosa y moral, la verdad a menudo se traduce en verdad espiritual o ética, aunque encarnada en personajes y situaciones muy humanas, incluso grotescas o violentas.

2. “Tanto en la materia como en el modo”
Esto es lo que lo hace más interesante: distingue dos niveles:

  • Materia: el contenido del arte, lo que se cuenta, el tema, los personajes, la situación. La verdad aquí implica autenticidad: los personajes actúan como seres humanos reales, los conflictos son verosímiles, el mundo narrativo funciona de manera coherente. Por ejemplo, O’Connor a menudo muestra la fe, la crueldad, la hipocresía y la redención de manera que nadie puede negar que “podría pasar”.

  • Modo: el cómo se cuenta. Esto incluye el estilo, la estructura, la voz narrativa, el ritmo, los símbolos, la forma. Incluso si la materia es profunda, si el modo no es sincero o está manipulado, el arte pierde su verdad. Por ejemplo, un autor que fuerza emociones o utiliza clichés pierde esa “veracidad del modo” que O’Connor valora.

3. Implicaciones

  • El arte no es solo un entretenimiento o decoración; tiene una responsabilidad ética y estética.

  • La “verdad” en el arte puede ser incómoda, perturbadora, o fea. O’Connor misma no evitaba lo grotesco ni lo violento porque eso reflejaba la verdad de la vida.

  • La frase sugiere que la falsedad, aunque sea técnica o estéticamente atractiva, debilita la esencia del arte.

En resumen:
Para O’Connor, un cuento, novela o pintura auténtica toca algo real en quien lo experimenta, tanto por lo que dice como por cómo lo dice. No se trata solo de verosimilitud externa, sino de coherencia interna y resonancia moral o existencial.

Vamos a aplicar la frase de O’Connor a “Un hombre bueno es difícil de encontrar”, su cuento más famoso, y ver cómo la verdad aparece en la materia y en el modo.


1. Materia (el contenido)

En este cuento, O’Connor nos presenta a una familia que viaja de Georgia a Florida, y su encuentro con El Asesino, “El Misfit”.

  • La verdad aparece en los personajes: la abuela es manipuladora, egoísta, pero también temerosa y vulnerable; los niños son inocentes y algo crueles; el Misfit es brutal, pero no caricaturesco, tiene su lógica y su código moral retorcido.

  • Los conflictos reflejan la condición humana real: egoísmo, hipocresía, miedo a la muerte, búsqueda de sentido.

  • La tragedia final no es gratuita: surge de las decisiones y la psicología de los personajes, no de un artificio externo. Es una verdad brutal de la vida y de la muerte, típica de O’Connor.

→ Materia verdadera: personajes y trama que podrían existir, con conflictos humanos universales y consecuencias inevitables.


2. Modo (cómo se cuenta)

  • El estilo de O’Connor combina humor negro, detalle minucioso y tensión creciente. La manera en que describe la carretera, el paisaje, la actitud de la abuela o los gestos del Misfit crea un tono inquietante pero verosímil.

  • Los diálogos son naturales y reveladores; cada línea construye carácter y tensión.

  • O’Connor no edulcora la violencia ni la fe: presenta los hechos y las decisiones sin sentimentalismos, pero con una precisión casi clínica. Esto genera un efecto de auténtica resonancia emocional y moral.

→ Modo verdadero: estilo que respeta la realidad emocional y ética de la historia, sin manipular artificialmente al lector.


3. Síntesis

La historia funciona como arte porque la verdad está en ambas dimensiones:

  • Materia: personajes creíbles, conflictos auténticos, temas universales.

  • Modo: estilo coherente, lenguaje preciso, tensión y simbolismo que reflejan la realidad de la experiencia humana.

O’Connor demuestra que el arte no consiste solo en contar algo interesante, sino en que ese algo sea profundo, honesto y plenamente humano, tanto en lo que dice como en cómo lo dice.

 El infierno como herramienta pedagógica: educar con miedo


Hay métodos educativos que no envejecen: la curiosidad, el juego, la paciencia.
Y hay otros que huelen a sótano antiguo, a vela apagada y a grito contenido.
El infierno pertenece a esta segunda categoría.

Sam Harris no se anda con metáforas suaves: enseñar a un niño que puede arder eternamente por pensar mal no es educación, es intimidación metafísica. Un chantaje cósmico envuelto en lenguaje piadoso.
Pórtate bien… o arde para siempre.
Ni el peor maestro de primaria se atrevió a tanto.

El infierno funciona como una pedagogía del terror. 
No busca comprensión, busca obediencia. No cultiva la ética, la reemplaza por reflejos condicionados. Como entrenar perros, pero con almas eternas de por medio.

Y ojo: no hablamos de monstruos con cuernos saliendo del clóset. Hablamos de algo más fino, más eficiente.
El miedo interiorizado.
La culpa anticipada.

La voz invisible que vigila incluso cuando nadie mira.

Educar con infierno es enseñarle al niño que pensar es peligroso,
que dudar es pecado y que la curiosidad tiene consecuencias eternas. Es sembrar ansiedad donde debería crecer criterio.
Una mente así no decide: se protege.

Harris señala una paradoja brutal:
si un adulto amenazara a un niño con tortura perpetua para que se comporte, lo llamaríamos abuso.
Pero si la amenaza viene firmada por Dios, la llamamos tradición.

El infierno convierte la moral en cálculo:
¿Esto es bueno… o solo evita el castigo?
¿Soy ético… o simplemente tengo miedo?

Y una moral basada en el miedo no es moral:
es supervivencia emocional.
No hay virtud en obedecer con la garganta apretada.

Peor aún: el infierno infantil no desaparece al crecer. Se queda como eco. Se transforma en angustia, en autocensura, en culpa crónica. Un firewall emocional que bloquea ideas nuevas “por si acaso”.

Educar debería ser lo contrario:

enseñar a elegir incluso cuando nadie castiga,
a actuar bien incluso sin recompensa,
a pensar sin pedir absolución.

Una ética madura no necesita fuego eterno como respaldo.
Necesita empatía, razones, consecuencias reales en este mundo real.

Harris no propone criar niños sin límites, sino sin terrores innecesarios.

Porque un niño que actúa por miedo no es bueno: está domesticado.
Y una sociedad de adultos domesticados es fácil de gobernar, fácil de manipular, fácil de asustar.

Al final, la pregunta no es teológica, es ética:
¿qué clase de humanidad estamos formando cuando enseñamos que el amor viene acompañado de amenaza?

Quizá ya va siendo hora de jubilar al infierno como método educativo.
Apagar el fuego.
Y dejar que la moral aprenda a caminar sin gasolina espiritual.

  Los amores son como los imperios cuando desaparece la idea sobre la cual han sido construidos ...perecen ellos también.


(Milan Kundera)

Kundera lanza la frase como quien deja caer una copa de cristal desde un imperio en ruinas: no hace ruido inmediato, pero el eco dura años.

“Los amores son como los imperios: cuando desaparece la idea sobre la cual han sido construidos… perecen ellos también.”

Aquí no habla del amor como sentimiento, sino como arquitectura. El amor —como el imperio— no se sostiene solo por emoción, sino por una idea fundacional: fidelidad, eternidad, destino, salvación, proyecto compartido, incluso una mentira hermosa. Cuando esa idea se evapora, el edificio queda en pie… pero ya está muerto. 
Un cadáver con balcón.

En La insoportable levedad del ser, Kundera dinamita la ilusión romántica de que el amor se basta a sí mismo. 
No. El amor necesita peso simbólico. 
Necesita creer en algo más grande que el deseo momentáneo. Cuando ese “algo” cae —como cae una ideología, una fe, una narrativa— el amor entra en fase imperial tardía: burocracia emocional, gestos automáticos, besos como trámites.
El paralelismo con los imperios es cruel y exacto:
Nacen de una idea poderosa (Roma: orden; el amor: sentido).
Se expanden mientras esa idea seduce.
Decaen cuando la idea ya no convence, pero el aparato sigue funcionando por inercia.
Colapsan no por falta de fuerza, sino por falta de creencia.
Y aquí entra la gran obsesión de Kundera: la levedad.
Si el amor pierde su idea, se vuelve liviano, intercambiable, prescindible. 
Flota. 
No duele lo suficiente como para quedarse ni pesa lo suficiente como para luchar. 
La levedad no es libertad: es evaporación.
Por eso en la novela los personajes aman, pero no logran fundar del todo sus amores. 
Falta el mito. 
Falta la épica. 
Falta esa mentira necesaria que hace que dos personas digan: “esto importa más que yo”. 
Sin eso, el amor es turismo emocional: se disfruta, se fotografía, se abandona.
Kundera no es un moralista; es peor: es un forense del amor moderno. Nos muestra que no se muere porque falte pasión, sino porque ya nadie cree en lo que esa pasión prometía.
En resumen, dicho sin incienso:  
No mueren los amores cuando se acaba el amor.
Mueren cuando se acaba la idea que los justificaba.
Y entonces sí: cae el imperio, se apagan las banderas, y solo queda una frase perfecta para escribir sobre las ruinas.

domingo, 8 de febrero de 2026

 


Nina Simone: la rabia como forma superior de honestidad

Nina Simone no fue una cantante de protesta.
Eso es una simplificación cómoda, casi una falta de respeto.
Nina Simone fue una mujer a la que el mundo le cerró la puerta en la cara y que, en lugar de pedir disculpas por incomodar, decidió tocar el piano con furia, cantar con verdad y mirar al poder sin bajar los ojos.

Ella quería ser pianista clásica.
Eso es importante decirlo desde el inicio, porque ahí comienza la herida. Estudió Bach con disciplina religiosa, amaba la estructura, el rigor, la belleza matemática de la música europea. Pero cuando intentó entrar al Curtis Institute of Music, fue rechazada. No por falta de talento —eso lo sabía cualquiera que la escuchara— sino por algo más antiguo, más viscoso: el racismo.
Ese rechazo no solo le cerró una carrera; le abrió una conciencia.

El sistema no solo le dijo “no entras”, sino algo peor:
“No perteneces.”

Y Nina entendió algo que muchos artistas tardan décadas en comprender: que el arte no existe en el vacío, que el escenario también es un campo de batalla, y que el silencio, en ciertas condiciones, es una forma de complicidad.

La mentira de la neutralidad

A Nina Simone le exigieron calma.
Como a tantos otros antes y después. Le pidieron que “se concentrara en la música”, que no mezclara política con arte, que no fuera tan dura, tan explícita, tan incómoda. En otras palabras: que fuera decorativa.

Pero Nina sabía que la neutralidad es un lujo que solo puede permitirse quien no está siendo aplastado.
Por eso Mississippi Goddam no pide permiso. No es metafórica, no es elegante, no es ambigua. Es directa, casi grosera. Es una bofetada musical que dice: estamos hartos, nos están matando, y no vamos a cantar suavemente mientras sucede.

Incluso hoy, esa canción incomoda.
Y eso dice más de nosotros que de ella.

Porque seguimos prefiriendo la protesta que no molesta, la denuncia que cabe en un anuncio, la rabia empaquetada para consumo cultural. Nina Simone no encajaba en eso. No sabía —ni quería— sonreír mientras ardía el mundo.

Cuando el mercado castiga la dignidad

El precio de no suavizarse fue alto.
La industria la castigó. Las radios dejaron de tocarla. Los contratos se volvieron escasos. Fue empujada al exilio, no solo geográfico, sino emocional. Nina Simone pagó con soledad, con inestabilidad, con una salud mental frágil, el haber sido demasiado honesta en un mundo que premia la complacencia.

Aquí hay una verdad incómoda:
el mercado dice amar a los rebeldes, pero solo cuando están muertos o domesticados.

Mientras vivía, Nina era “difícil”, “problemática”, “demasiado intensa”. Después, se convirtió en leyenda. Como si el tiempo pudiera borrar la violencia del rechazo que sufrió en vida.

Una mujer sin manual

Nina Simone tampoco encajaba en los moldes del feminismo digerible.
No era amable, no era conciliadora, no pedía perdón por su carácter. No explicaba su dolor para tranquilizar a nadie. Era una mujer negra, brillante, furiosa, contradictoria. Y eso la hizo insoportable para muchos.

Hoy se habla mucho de empoderamiento, pero Nina vivió algo más áspero: la consecuencia de decir lo que pensaba sin calcular el costo. No fue un ícono de redes, fue una mujer real, con heridas reales, enfrentándose a estructuras reales.

No era un símbolo cómodo.
Y por eso importa.

La pregunta que nos deja

Escuchar a Nina Simone no es una experiencia nostálgica.
Es un examen de conciencia.

Nos obliga a preguntarnos qué tipo de arte queremos:

  • ¿El que nos acompaña mientras todo sigue igual?

  • ¿O el que nos incomoda, nos desarma, nos señala?

Porque Nina Simone no cantaba para entretener.
Cantaba para recordarnos que la dignidad también puede sonar como rabia, que la belleza no siempre es suave, y que hay verdades que solo pueden decirse alzando la voz.

Su legado no es solo musical.
Es ético.

Nina Simone nos dejó una lección incómoda y necesaria:
cuando el mundo es injusto, la serenidad puede ser una traición, y la rabia —bien dirigida— una forma profunda de amor por la humanidad.

Y tal vez por eso sigue incomodando.
Porque no vino a calmarnos.
Vino a despertarnos.

 La de Fritz Haber es una historia fascinante y terrible a la vez, de esas que no se olvidan porque obligan a pensar qué hacemos con el conocimiento.


Fritz Haber: el hombre que alimentó al mundo… y perfeccionó la muerte

Fritz Haber nació en 1868, en Breslavia, entonces parte del Imperio alemán. Era judío en una Alemania que empezaba a exigir asimilación como condición para existir. Haber eligió la ciencia como patria. Más aún: eligió Alemania como idea moral. Tanto, que terminó convirtiéndose al protestantismo convencido de que así serviría mejor a su país.

Desde joven tuvo una obsesión: dominar la naturaleza. No contemplarla, no dialogar con ella, sino someterla mediante fórmulas. Y lo logró.

A principios del siglo XX resolvió uno de los grandes problemas de la humanidad: cómo fijar el nitrógeno del aire para producir fertilizantes de manera industrial. Hasta entonces, la agricultura dependía de fuentes limitadas como el guano o el salitre chileno. El proceso Haber-Bosch permitió fabricar amoníaco a gran escala.
Resultado: alimentos para millones.
Sin exagerar: se calcula que hoy la mitad de la humanidad vive gracias a ese descubrimiento.

Por eso recibió el Premio Nobel de Química en 1918.

Pero la misma reacción química que produce fertilizantes… también produce explosivos.

Y ahí comienza la otra cara.


La guerra como laboratorio

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Haber no dudó un segundo. Para él, la ciencia no tenía ética propia: su ética era la victoria alemana. Dirigió el programa de armas químicas del Imperio. Fue uno de los cerebros detrás del primer uso masivo de gas venenoso en el frente de Ypres en 1915.

Haber estaba allí. No como espectador: como director del experimento.

Los soldados aliados murieron ahogados en sus propios pulmones, en silencio verde.

Ese mismo día, su esposa Clara Immerwahr, también química y pacifista convencida, se suicidó con la pistola de Haber. No soportó lo que él había hecho con la ciencia.

A la mañana siguiente, Haber partió al frente oriental.
La guerra no espera a las viudas.


El patriota expulsado

Haber creía haber entregado todo a Alemania. Pero Alemania nunca lo consideró del todo suyo.

En 1933, con la llegada del nazismo, fue expulsado de su cargo por ser judío. El mismo Estado por el que había sacrificado su conciencia lo desechó sin remordimientos.

Murió en el exilio en 1934, solo, enfermo y derrotado.

Ironía final: uno de los pesticidas desarrollados en su instituto, el Zyklon B, sería usado años después en los campos de exterminio nazis. Haber no lo vio, pero su sombra sí llegó hasta Auschwitz.


El dilema Haber

Fritz Haber encarna una pregunta incómoda:

¿Puede un científico decir “yo solo descubrí la fórmula” y lavarse las manos de lo que viene después?

Haber diría que sí.
La historia parece decir que no.

Fue un hombre que alimentó al mundo y al mismo tiempo ayudó a industrializar la muerte. Un genio sin freno moral, un patriota traicionado, un símbolo del siglo XX: brillante, eficaz… y ciego.

No fue un monstruo. Eso es lo más inquietante.
Fue algo peor: un hombre convencido de que el deber justifica cualquier cosa.

 Dodge hizo algo que desconcertó a todo el equipo. En vez de intentar aventajar al fuego, dejó de correr y se agachó. Sacó una caja de cerillas, empezó a encender un fósforo tras otro y a arrojarlos entre los matojos. «Se ha vuelto loco —recordaría más tarde uno de los bomberos—. Tenemos las llamas a nuestra espalda, ¿qué narices está haciendo el jefe encendiendo otro fuego ahí delante?» Aquel bombero pensó para sus adentros: «Ese cabrón de Dodge está intentando que muera aquí calcinado». Nadie debería sorprenderse de que el equipo ignorara a Dodge cuando señaló con los brazos el incendio que había provocado y empezó a gritar: «¡Rápido, rápido! ¡Por aquí!».

Los bomberos no se dieron cuenta de que Dodge había ideado una nueva estrategia para sobrevivir: había puesto en marcha una quema controlada de seguridad. Al quemar los arbustos que tenía por delante, había eliminado el combustible que el incendio necesitaba para avanzar. A continuación, empapó un pañuelo con agua de la cantimplora, se cubrió bien la boca y, durante el siguiente cuarto de hora, se tumbó boca abajo entre la tierra carbonizada. Mientras el fuego se encabritaba sobre su cuerpo, pudo sobrevivir gracias a la bolsa de oxígeno que había quedado cerca de la tierra.
En la tragedia perdieron la vida doce bomberos. Más adelante, se encontró un reloj de bolsillo de una de las víctimas, con las manecillas fundidas a las 5.56 h de la tarde.
¿Por qué sólo sobrevivieron tres miembros del grupo de bomberos paracaidistas? La fortaleza física pudo ser uno de los factores; los otros dos supervivientes consiguieron aventajar al fuego y llegar a la cresta del barranco. Pero Dodge salvó la vida por su fortaleza mental.
Cuando la gente piensa en los requisitos necesarios para disponer de una buena fortaleza mental, la primera idea que suele venir a la cabeza tiene que ver con la inteligencia. Cuanto más inteligente eres, más complejos son los problemas que puedes resolver  y más rápido puedes encontrar la solución. Pero en un mundo tan turbulento como el nuestro, hay otra capacidad cognitiva que puede llegar a ser aún más importante: la de reconsiderar las cosas y olvidar todo lo aprendido. 
Adam Grant

sábado, 7 de febrero de 2026


 Apollinaire, el poeta que dibuja el aire

En París camina
con los zapatos llenos de luz
y el corazón partido
entre la guerra y los cafés.

Escribía poemas
que no caben en la línea,
que se rompen en el papel
como los vidrios del tiempo
y se curvan, se elevan,
se hacen barcos y torres
y gritos
y besos
y fantasmas.

Alcools es su atlas
de ciudades y amores,
de calles mojadas y canciones rotas,
donde el pasado y el presente
se confunden
y tú no sabes si lees
o estás flotando.

Inventó el caligrama
porque las palabras no bastaban:
había que verlas, tocarlas,
sentir cómo se doblan
y te abrazan,
como un abrazo que duele
y que ríe al mismo tiempo.

Pero debajo del juego
había melancolía:
la guerra, los amigos muertos,
el amor que escapa
y la ciudad que observa,
silenciosa y cruel.

Apollinaire nos enseña
que la poesía es riesgo,
que es valentía nombrar el mundo
cuando el mundo duele,
cuando el mundo se quiebra,
cuando la palabra parece insuficiente
y aún así la lanzamos al aire
como un globo azul
que nunca regresa.

Leerlo es respirar París
entre risa y llanto,
es mirar los fragmentos
y descubrir que
todo, todo puede ser poesía
si nos atrevemos a abrir los ojos
y el corazón.

 ¿Qué entendemos por progreso en la era de las redes?

Una lectura crítica de Futuro perfecto de Steven Johnson

Hablar de progreso siempre ha sido peligroso. Durante siglos, la palabra funcionó como una promesa moral: avanzar era mejorar; ir hacia adelante era, casi por definición, ir hacia lo correcto. El siglo XX rompió brutalmente esa ilusión. Guerras industriales, genocidios técnicamente eficientes, devastación ambiental y desigualdad estructural hicieron sospechosa cualquier fe ingenua en la marcha ascendente de la humanidad. En este contexto, Futuro perfecto. Sobre el progreso en la era de las redes, de Steven Johnson, se atreve a una apuesta incómoda: el progreso existe, pero no donde solemos buscarlo ni de la forma grandilocuente que imaginamos.

El objetivo es examinar qué entiende Johnson por progreso, cómo se diferencia de las concepciones clásicas y qué tan sostenible resulta su propuesta en un mundo atravesado por crisis políticas, tecnológicas y éticas.


1. El progreso como mito lineal

Tradicionalmente, el progreso se concibió como una línea ascendente: más ciencia, más tecnología, más riqueza, más bienestar. Este relato fue heredero directo de la Ilustración y del optimismo industrial del siglo XIX. El problema, como sabemos, es que ese progreso lineal fue profundamente asimétrico: benefició a algunos mientras condenó a otros, produjo comodidad junto con dominación, y conocimiento junto con destrucción.

Johnson reconoce esta crisis del concepto. De hecho, su libro parte de una constatación incómoda: la mayoría de la gente siente que el mundo va peor, aunque los indicadores históricos digan lo contrario. Hay más alfabetización, mayor esperanza de vida, menos violencia proporcional que en siglos anteriores, pero la percepción colectiva es de decadencia.

Aquí aparece su primera tesis provocadora:

el problema no es que el progreso no exista, sino que esperamos verlo de la forma equivocada.


2. Progreso invisible y redes distribuidas

Para Johnson, el progreso contemporáneo no se manifiesta como grandes rupturas heroicas, sino como mejoras graduales, acumulativas y distribuidas. No ocurre en catedrales ideológicas ni en líderes mesiánicos, sino en redes: sistemas abiertos donde miles o millones de personas contribuyen pequeñas mejoras que, en conjunto, producen avances significativos.

Ejemplos como internet, el software libre, Wikipedia o ciertos modelos de innovación científica sirven a Johnson para ilustrar una idea central:

el progreso hoy es más ecológico que épico.

Esta metáfora es clave. El progreso ya no se parece a una flecha disparada al futuro, sino a un ecosistema: lento, desordenado, colaborativo, imperfecto. No hay una dirección única, sino múltiples trayectorias que se corrigen mutuamente.

En este sentido, Johnson redefine el progreso no como “llegar a un estado ideal”, sino como aumentar la capacidad colectiva de resolver problemas.


3. De la centralización al “peer progress”

Uno de los conceptos más interesantes del libro es lo que Johnson llama, implícitamente, un progreso entre pares. Durante siglos confiamos en sistemas centralizados: gobiernos fuertes, expertos únicos, instituciones jerárquicas. En la era de las redes, sostiene Johnson, muchos de esos sistemas muestran su rigidez frente a problemas complejos.

Las redes, en cambio, permiten:

  • Retroalimentación constante

  • Corrección de errores distribuida

  • Innovación desde abajo

  • Adaptación rápida

Aquí el progreso ya no depende de la genialidad de unos pocos, sino de la inteligencia colectiva. No se trata de que todos sean sabios, sino de que los sistemas estén diseñados para aprender.

Este punto es fundamental: el progreso no es una cualidad moral de las personas, sino una propiedad emergente de ciertos diseños sociales.


4. El riesgo del optimismo tecnológico

Hasta aquí, la propuesta de Johnson resulta estimulante. Sin embargo, es necesario tensarla críticamente. Las redes no son neutrales. También producen:

  • Vigilancia masiva

  • Concentración de poder en plataformas privadas

  • Polarización política

  • Manipulación emocional y algorítmica

El progreso distribuido puede convertirse fácilmente en desorden distribuido, y la inteligencia colectiva puede degenerar en ruido colectivo. Johnson tiende a subestimar este lado oscuro, confiando en que los sistemas abiertos se autocorrigen.

Pero la historia muestra que las redes también pueden capturarse, cerrarse y volverse extractivas. El progreso, entonces, no está garantizado por la mera existencia de conexiones, sino por las reglas éticas, políticas y económicas que las gobiernan.


5. Progreso sin destino final

Quizá el aporte más valioso de Futuro perfecto es que desacraliza el progreso. No lo presenta como salvación ni como destino, sino como proceso frágil y reversible. El progreso no es “el sentido de la historia”, sino una tarea constante.

En esta visión, el fracaso no invalida el progreso; lo corrige. El error no es un pecado, sino una fuente de aprendizaje. Y lo más importante: el progreso no promete felicidad, solo mejores condiciones para vivir con dignidad.


Conclusión: un progreso modesto, pero defendible

Steven Johnson no nos ofrece una utopía. Nos propone algo más modesto y, quizá por eso, más honesto: un progreso sin grandilocuencia, sin héroes, sin finales felices garantizados. Un progreso que ocurre cuando diseñamos sistemas que permiten cooperar, corregir errores y aprender juntos.

En una época saturada de cinismo y nostalgia reaccionaria, Futuro perfecto incomoda porque se niega a declarar la derrota. Afirma que el progreso es real, pero exige una mirada adulta: menos fe ciega, más diseño inteligente; menos promesas absolutas, más mejoras concretas.

Tal vez el progreso no sea avanzar hacia el paraíso, sino evitar el infierno con mayor eficacia colectiva. Y en ese sentido, la era de las redes no es la solución, pero sí una oportunidad que todavía estamos aprendiendo a usar.

Siempre me ha encantado escalar montañas. Siendo niño, en mi India natal viajaba con frecuencia de mi casa en Madras hacia el norte para dedicarme a mi pasión. Cuando llegué a la universidad, me pasaba casi cuatro meses al año dedicándome a lo que yo llamaba mi verdadera vocación, y dedicaba los otro ocho, mi tiempo libre, a la ingeniería. A medida que fui volviéndome mejor escalador, me sentí tentado por el Himalaya.

En esas montañas, tuve una experiencia que amenazó mi vida al tiempo que la cambiaba, conformando mi punto de vista sobre la relación entre privilegio y responsabilidad y me condujo a una pasión completamente nueva.

Era un día de verano de 1966 y me encontraba con uno de mis más íntimos compañeros de escalada en la cima del Himalaya. Nuestra ascensión final había comenzado en el campamento más alto a las dos de la mañana y había resultado ser mucho más difícil y dura de lo que habíamos previsto.

Después de una breve celebración empezamos el descenso. El descenso siguió un reborde especialmente precario, donde el viento había creado una cornisa, una plancha de hielo y nieve que se extendía en cierto puntos más allá de la roca sólida.

Yo iba a la cabeza. A punto de dar mi siguiente paso, oí un sonido fuerte y explosivo. Instintivamente salté hacia un lado y mi amigo hacia el otro.

Aterricé en una ladera resbaladiza y durante un segundo me sentí aliviado al notar terreno sólido, pero el terreno era tan inclinado que mis pies resbalarón y caí de espaldas.

Empecé a deslizarme hacia abajo adquiriendo una velocidad tremenda a cada momento.

Para guiar mi camino hundí los pies con toda mi fuerza en la superficie de nieve y hielo, confiando evitar una colisión fatal con las rocas que se acercaban a toda velocidad. Lsa fricción de mi cuerpo contra la superficie abrasiva me chamuscó las ropas y me laceró el cuerpo.

Por fin el terreno se niveló y me detuve. Mi piel estaba ensangrentada y chamuscada y gran parte de mi torso estaba en carne viva. Como era consciente de que la exposición al frío extremo de la noche pronto me dejaría inmóvil, me puse en pie lentamente.

Era una agonía. Utilizando mis piernas para intentar relentizar mi rápido descenso, las había dañado gravemente. Aparte de un pequeño paquete de comida, había perdido todas las provisiones. Y lo que era peor, ami amigo no se le veía por parte alguna.

Sin ninguna idea de dónde me encontraba o de lo lejos que estaba la civilización, decidí andar hasta que ya no pudiera más. Estuve andando día y noche. Me es difícil describir esas horas: la terrible soledad y desespero, el agonizante dolor físico y el frío así como el conocimiento que me perseguía de que mi amigo era casi seguro que había perecido.

De repente oí un perro que ladraba en la distacia. Seguí avanzando y llegué a un claro donde había una pequeña y modesta cabaña. Abrumado de alivio y agotamiento me desplomé sin conocimiento.

Me desperté y vi a una mujer bajita que me limpiaba las heridas y hablaba en un idioma que no era capaz de comprender. Me quede inmóvil durante horas, incapaz de hacer nada que no fuera aceptar comida y el agua que la mujer me ofrecía e intentar comunicarle por signos que necesitaba seguir adelante.

Ante mi sorpresa, la mujer me hizo señales de que tenía intención de llevarme a cuestas hasta el pueblo más próximo. Colocándome sobre su espalda, me sacó de la cabaña, camino unos cuantos metros y luego me dejó en el suelo para poder descansar. Seguimos así, avanzando unos cuantos metros cada vez, durante tres días enteros.

Cuando llegamos al pueblo más cercano, la mujer se negó a abandonarme hasta que estuvo segura de que llegaría a salvo y se negó a aceptar pago alguno por su amabilidad y generosidad. Parecía estar satisfecha sabiendo que estaría a salvo. Se limitó a hacerme un gesto de despedida y se marchó.

Me estuve preguntando cuál era la fuente de la generosidad de la pastora, con quien nunca pude mantener una conversación y quie, sin embargo, ma había dado tanto sin condiciones.

Mi recuperación física fue rápida, pero no podía dejar de pensar en mi caída y en los acontecimientos inmediatamente posteriores. Durante mi recuperación empecé a reflexionar en lo afortunado que había sido, en la suerte de haber saltado al lado derecho de la cornisa y de haber sobrevivido, en la suerte de haber tropezado con la cabaña y con su magnánima ocupante y en la suerte de recuperarme lo bien que lo hice.

Me di cuenta de que cualquier éxito que tuviera era fruto de mi buena suerte y la obligación nacía de mi propio éxito.

Al cabo de un año de mi caída, consciente de mi gratitud con la pastora, planeé mi vuelta a su pueblo, confiando en devolverle, de alguna manera, mi enorme deuda. El dinero, lo sabía, era de poca utilidad para ella, pero como recordaba lo aislada que era el área  y los recursos limitados de sus habitantes, tuve una idea ¿por qué no intentar mejorar la "suerte" de los habitantes del pueblo construyendo una escuela y dar a los niños del lugar su primera oportunidad de una educación? A lo largo de los meses siguientes conseguí reunir reunir fondos para pagar los sueldos de los maestros y los costes de la construcción. En los treinta años pasados desde mi caída he seguido consiguiendo dinero para apoyar la construcción y funcionamiento de escuelas en comunidades remotas. Todo, por supuesto, mientras sigo dedicándome a mi verdadera vocación: escalar montaña tras montaña.

El éxito nace con la buena suerte y la obligación nace con el éxito. Al crear suerte para los demás, usted puede alcanzar la cima más alta.

 Jai Jaikumar

viernes, 6 de febrero de 2026

 Lo que eres

me distrae de lo que dices.
Lanzas palabras veloces,
empavesadas de risas,
invitándome
a ir adonde ellas me lleven.
No te atiendo, no las sigo:
estoy mirando
los labios donde nacieron.
Miras de pronto a lo lejos.
Clavas la mirada allí,
no sé en qué, y se te dispara
a buscarlo ya tu alma
afilada, de saeta.

Pedro Salinas

 El flogisto: la sustancia que explicaba el fuego (hasta que dejó de hacerlo)

En el siglo XVII, el mundo científico estaba obsesionado con una pregunta básica:
¿qué es el fuego y por qué las cosas arden?

En 1667, el médico y químico alemán Johann Joachim Becher propuso que los cuerpos combustibles contenían una sustancia especial, una especie de “principio del fuego”.
Su alumno Georg Ernst Stahl refinó la idea y le dio nombre:

👉 flogisto (del griego phlogistós, “inflamable”).

La teoría decía, más o menos, esto:

  • Todo lo que arde contiene flogisto.

  • Cuando algo se quema, libera flogisto al aire.

  • Lo que queda (ceniza, cal, residuo) es la materia “desflogistizada”.

Parecía funcionar.
La madera arde → queda ceniza.
El carbón se quema → queda polvo.
Caso cerrado.


El problema incómodo: los metales engordan al quemarse

Aquí empieza el drama.

Cuando los metales se “queman” (en realidad, se oxidan), se transforman en una sustancia llamada cal (óxido metálico).
Pero al medirlos, ocurrió algo escandaloso:

🔴 pesaban más después de quemarse.

Según la teoría del flogisto, deberían pesar menos, porque perdieron algo.

Los defensores del flogisto hicieron malabares conceptuales:

  • Que el flogisto tenía peso negativo.

  • Que el aire empujaba la balanza.

  • Que era una sustancia muy rara, invisible y caprichosa.

No estaban locos: estaban defendiendo un paradigma.


El aire entra en escena

En el siglo XVIII, varios científicos empezaron a estudiar el aire con más cuidado:

  • Joseph Black descubre el “aire fijo” (CO₂).

  • Joseph Priestley aísla un gas que permite que las cosas ardan mejor.
    Lo llama: aire desflogistizado (seguía creyendo en el flogisto).

Ese gas era, claro, oxígeno.


Lavoisier y la ejecución del flogisto

El francés Antoine Lavoisier hace algo revolucionario:
📏 mide todo con precisión obsesiva.

Descubre que:

  • En la combustión no se pierde nada.

  • La materia se combina con algo del aire.

  • Ese “algo” es el oxígeno.

Conclusión devastadora:

No existe el flogisto.
La combustión es una reacción química con oxígeno.

En 1789, Lavoisier publica su Tratado elemental de química y básicamente decapita al flogisto (metafóricamente… aunque a él lo decapitaron literalmente durante la Revolución Francesa).


¿Entonces el flogisto fue una estupidez?

No. Y esto es lo importante.

El flogisto fue:

  • Un marco explicativo coherente para su época.

  • Un paso intermedio necesario.

  • Una teoría falsa… pero productiva.

Permitió:

  • Pensar la combustión como proceso.

  • Formular preguntas correctas, aunque con respuestas equivocadas.

  • Llegar a la ley de conservación de la masa.

Como diría Thomas Kuhn:

la ciencia no avanza solo acumulando verdades, sino superando errores bien construidos.


Una lección política (porque siempre la hay)

El flogisto nos recuerda algo incómodo:

👉 Las ideas dominantes no caen cuando son absurdas,
👉 caen cuando dejan de explicar la realidad.

Y aun así, se defienden hasta el último momento, con excusas cada vez más barrocas.

Teoría científica ayer,
ideología hoy.

 Según David Nivison, para Mo Ti, los bienes materiales y morales están interconectados: «más riqueza básica, más reproducción, más gente, más producción y riqueza. Si la gente tiene abundancia, su comportamiento será bueno, filial, amable».


Mo Ti —ese utilitarista con sandalias— propone una ecuación tentadora: pan primero, virtud después. 
Según Nivison, el argumento es casi hidráulico: llena el estómago y la moral sube como la marea. Más grano → más hijos → más brazos → más riqueza → más bondad. 
Una cadena limpia, elegante, demasiado limpia.
El atractivo es obvio. 
Mo Ti escribe contra el hambre y la guerra; su ética no nace en el templo sino en el granero. 
Para él, la moral no florece en el vacío: la miseria es una escuela de vicios. Aquí acierta con puntería. La precariedad erosiona la confianza, vuelve urgente el cálculo, afila el egoísmo. 
Pedir virtud a quien no tiene qué comer es pedir poesía a un naufragio. En este sentido, Mo Ti es brutalmente moderno: antes de sermonear, redistribuye.
Pero el argumento se vuelve resbaloso cuando la abundancia pasa de condición a causa suficiente de la bondad. 
La historia —esa señora sin paciencia— desmiente el automatismo. 
Hay sociedades ricas con comportamientos depredadores; hay élites opulentas con ética de saqueo; hay abundancia que engorda la indiferencia. 
El dinero, como el fuego, calienta o quema: no trae instrucciones morales impresas.
Además, Mo Ti confunde correlación con destino. Que la escasez propicie el mal no implica que la riqueza produzca el bien. 
La moral no es un subproducto del PIB. 
Requiere instituciones, educación, normas compartidas, sanciones, ejemplos. 
Sin esos mediadores, la abundancia puede amplificar tanto la virtud como el vicio. 
Más recursos, sí; pero también más poder para abusar.
Hay otra grieta: la demografía como motor ético. “Más gente” no garantiza “mejor gente”. Sin cuidado institucional, la multiplicación puede tensar recursos, degradar vínculos y reactivar la competencia feroz que Mo Ti quería apagar. 
El círculo virtuoso se vuelve carrusel.
Con todo, no conviene despachar a Mo Ti con sarcasmo fácil. Su intuición central sigue siendo incómodamente cierta: no hay ética sostenible sobre estómagos vacíos. 
La moral que ignora las condiciones materiales suele acabar en hipocresía. 
El error está en el determinismo: creer que la prosperidad, por sí sola, nos vuelve filiales y amables.
En síntesis: Mo Ti acierta al exigir justicia material como preámbulo de la ética; falla al suponer que la ética brota automáticamente de la abundancia. 
La virtud necesita pan, sí. 
Pero también reglas, relatos y responsabilidad. 
Sin eso, la riqueza no civiliza: solo amplifica lo que ya somos.

jueves, 5 de febrero de 2026

 


Hegel I: La dialéctica — el motor incómodo del mundo

O cómo el conflicto piensa mejor que nosotros.

La dialéctica hegeliana tiene mala fama. Se la ha reducido a un eslogan escolar —tesis, antítesis, síntesis— como si Hegel hubiera escrito para diapositivas de PowerPoint. Nada más injusto. La dialéctica no es una receta; es una herida abierta en la realidad. No explica el mundo: lo pone en crisis.

Para Hegel, el movimiento de lo real no es armónico ni progresivo en línea recta. Avanza tropezando consigo mismo. Cada forma de vida, cada idea, cada institución contiene una contradicción interna que tarde o temprano estalla. No porque algo externo la ataque, sino porque no puede sostener lo que promete ser.

La dialéctica comienza ahí: cuando lo que es traiciona lo que dice ser.

La contradicción no es un error: es el motor

En la lógica cotidiana, la contradicción es un defecto. Algo que hay que corregir, silenciar o maquillar. Para Hegel, en cambio, la contradicción es la energía vital del pensamiento y de la historia. Donde no hay contradicción, no hay movimiento; hay estancamiento, momificación.

Un sistema perfectamente coherente es un sistema muerto.

Esto resulta profundamente incómodo para el siglo XXI, obsesionado con la consistencia moral, la pureza ideológica y el no te contradigas. Hoy se cancela al que cambia de opinión, al que duda, al que no cabe en una etiqueta estable. Hegel diría: ahí donde no hay contradicción, no hay pensamiento, solo repetición.

Negación: el momento impopular

La dialéctica avanza por negaciones. Pero cuidado: negar no es destruir sin más. La negación hegeliana es un gesto más fino y más cruel. Es decirle a algo: no eres lo que creías ser, y obligarlo a enfrentarse a su propio límite.

Toda forma histórica —una idea política, una moral, una identidad— nace afirmándose como definitiva. Y toda, sin excepción, es negada. No por maldad del destino, sino porque pretendió ser total.

Aquí Hegel es brutalmente actual: el siglo XXI está lleno de afirmaciones absolutas que se creen finales. Proyectos políticos que se anuncian como “el fin de la historia”, identidades cerradas sobre sí mismas, tecnologías vendidas como redención. La dialéctica actúa como ácido: nada de eso sobrevive intacto.

Aufhebung: destruir, conservar, elevar (todo a la vez)

El corazón del escándalo hegeliano tiene un nombre casi impronunciable: Aufhebung. Una palabra imposible que significa tres cosas contradictorias al mismo tiempo:

suprimir

conservar

elevar

Cuando una forma es superada, no desaparece. Es negada, sí, pero también preservada en un nivel distinto. El pasado no muere: se recicla como fantasma.

Por eso la historia no es un progreso limpio. Es un cementerio activo. Las ideas que creemos superadas regresan disfrazadas, refinadas, a veces más peligrosas. Nacionalismos, fanatismos, mitologías políticas: la dialéctica no los elimina; los transforma.

Creer que algo ha sido “superado” para siempre es una ingenuidad cara.

La dialéctica hoy: redes, política y guerra cultural


El siglo XXI vive una dialéctica sin mediación. Contradicciones expuestas en tiempo real, sin elaboración, sin Aufhebung. Solo choque.

Opiniones que no se escuchan, se embisten.

Identidades que no se reconocen, se excluyen.

Conflictos que no se piensan, se viralizan.

Hegel habría visto en esto un síntoma claro: la negación sin superación. Mucha antítesis, cero síntesis. El resultado no es avance, sino parálisis histérica.

La dialéctica no promete reconciliación fácil. Promete algo más incómodo: comprensión a través del conflicto, no a pesar de él.

Epílogo: pensar es arriesgarse a perder

Hegel no ofrece consuelo. Ofrece vértigo. Pensar dialécticamente es aceptar que ninguna idea que amemos está a salvo, ni siquiera la nuestra. Que toda certeza será puesta en duda. Que el conflicto no es una anomalía, sino el precio de estar vivos históricamente.

La dialéctica no nos dice quién tiene razón.

Nos recuerda algo peor:

Que la razón siempre llega tarde, pero llega.

Y cuando llega, nada queda intacto. 

En Estados Unidos tuve un amigo maravilloso cuya situación familiar era casi una parábola. Eran cerca de treinta primos y primas, y uno de los temas de conversación favoritos en las grandes reuniones familiares era su tía Esther. Ésta tenía 85 años y continuaba inspirando un cierto terror –ahora mezcla de piedad- tanto entre sus hermanas como entre todos sus primos, e incluso entre los hijos de todos. Siempre había tenido mal genio y había sido difícil, pero contaba con una inteligencia viva y hacía veinte años que había heredado una considerable fortuna a la muerte de su marido. 

Gracias a esas dos cualidades, conseguía imponerse en todos los asuntos familiares. No dejaba de telefonear a todo el mundo para enterarse de cómo les iba, o pedir un servicio, insistiendo en que se la llevase aquí o allá, quejándose constantemente de que no se la visitaba a menudo y, siempre que quería, se autoinvitaba a cenar, o incluso a pasar el fin de semana. Era evidente que Esther tenía necesidad de afecto y reconocimiento, pero su estilo agresivo ponía en fuga a todos los que ella hubiera querido tener cerca. 

 Los treinta primos estaban divididos en tres categorías muy claras respecto a las relaciones con la tía Esther. Los más numerosos, con mucho, eran los que nunca decían <<no>> directamente a la tía Esther. Siempre buscaban una excusa para evitarla y , cuando se sentían arrinconados por sus insistencias y argumentos, acababan por decir que <<sí>> a su pesar para evitar sus diatribas, sus interminables llamadas y sus recriminaciones. Por el contrario, éstos también eran los que nunca la llamaban, ni siquiera cuando habían prometido hacerlo, saltándose a veces citas a las que habían aceptado acudir, o bien llegando muy tarde. A espaldas de ella se burlaban e incluso intentaban sacarle dinero, a veces de manera deshonesta, como si su personalidad imposible y los esfuerzos que debían realizar por ella a su pesar les diese derecho. A este tipo de comportamiento se le denomina <<pasivo>> o <<pasivo-agresivo>>: es la reacción humana más corriente en las sociedades tradicionales frente a una persona en posición de autoridad que desagrada, pero también, curiosamente, en familias y empresas.¹ Es el comportamiento que adoptamos cuando sobre todo queremos evitar conflictos. Es el comportamiento que se ve entre las personas que se describen como: <<seres sensibles>>, <<respetuosos con los demás>>, <<que no quieren meterse en líos>>, <<que prefieren dar antes que pedir>>, etc. Pero al igual que en las sociedades tradicionales o en las empresas, eso tampoco funciona especialmente bien en la familia de Georges. Por una parte, estos primos y primas se sentían utilizados por Esther, y todos albergaban un cierto resentimiento al respecto; por otro, Esther, que percibía muy bien su mala voluntad y que sospechada su falsedad, les despreciaba. Como, además, contaba con relaciones muy bien situadas en su ciudad, eso les solía complicar la vida. 

 Los primos del segundo grupo eran menos numerosos. Un día, Esther despertó a uno de ellos a medianoche. Larry, que no le tenía miedo, le había dicho que estaba harto de sus modales. Después, a causa de la acumulación de años de irritación sin expresar, la llamó de todo. Esther se sintió muy herida, pero como ella tampoco era manca, le devolvió el cumplido añadiendo dos o tres cosas que le hirieron igualmente. Aunque Larry no se arrepintió nunca de decir lo que pensaba, sabía que, a partir de entonces, la tía Esther se le opondría a la mínima ocasión. Y, en efecto, no tardó en hacérselo sentir en el transcurso de los años siguientes, al igual que a los demás miembros de la familia que se habían comportado de manera parecida con ella. El despacho de abogados de Larry perdió varios clientes; no obstante, es cierto que para compensar la tía Esther dejó de importunarlo e incluso hacía todo lo posible por evitarle. Al menos, no tenía que volver a tratar directamente con ella y había tenido el gusto de decirle en voz alta todo lo que llevaba pensando desde hacía años. El comportamiento de Larry y de sus otros primos y primas que se habían conducido de manera parecida era lo que se denomina un comportamiento <<agresivo>>. Es menos frecuente que el primero y más típicamente masculino. Pero tampoco contribuye más a resolver los problemas y se suele saldar con pérdidas materiales (divorcio, despido, etc.). Además, se ha comprobado que este tipo de comportamiento es un factor de hipertensión y de enfermedades cardiovasculares.²  Y por fin, estaba mi amigo Georges, que reconocía perfectamente los defectos de Esther. Pero no sólo le veía de manera regular, sino que daba la impresión de que no le molestaba. Incluso sentía auténtico afecto por ella, que era recíproco. De hecho era ella la que solía hacerle bastantes encargos, ocupándose de sus hijos, llevándole el coche al mecánico, y otras cosas por el etilo. También le había prestado el dinero que necesitaba para poder ampliar su casa, y le había ayudado, muy acertadamente, a redecorar su despacho. 

Georges trabajaba en mi mismo hospital, y yo siempre había admirado el dominio del que hacía gala en sus relaciones con colaboradores y compañeros, así como su manera de manejar los inevitables momentos de tensión que habían aflorado en nuestra amistad a lo largo de los diez últimos años. 

 Me costó largo tiempo comprender lo que le distinguía de los demás, y que sin duda le había [permitido mantener relaciones de calidad con alguien tan difícil como su tía Esther. Georges era un consumado maestro de la tercera manera de comportamiento, la que no es pasiva ni agresiva. Había descubierto por sí mismo la comunicación emocional no violenta, que a veces se denomina <<comunicación asertiva>>, la única que permite dar y recibir a cambio lo que es necesario, respetando siempre los límites propios y las necesidades del otro. 

 Una noche que me invitó a cenar a su casa pude verla manos a la obra con su tía. Esther debía acompañarle en un viaje de estudios que tenía que realizar en nombre de la universidad en una ciudad donde ella contaba con muchas relaciones. Esa noche era la tercera vez en dos días que ella le llamaba para pedirle que añadiese a otras varias personas en la agenda de sus citas, ya muy cargada. Georges había tenido un día muy largo en el hospital, era tarde, y yo sabía cuánto le gustaba cenar tranquilo, sobre todo cuando tenía amigos invitados. Me pregunté cómo manejaría esa situación. Primero respiró hondo, y después pasó al ataque: <<Esther, ya sabes la ilusión que me hace este viaje que vamos a hacer junto y lo agradecido que estoy por todo lo que has hecho por mí>>. Era cierto, y yo sentía que no tenía que forzarse para reconocerlo. No sé qué le contestó Esther, pero de repente tuve la impresión de que había bajado la tensión al otro lado del la línea. Después continuó: <<Pero cuando me llamas tres veces seguidas para decirme lo mismo, cuando resulta que acabamos de hablar hace una hora y ya estuvimos de acuerdo, me siento frustrado. Necesito sentir que formamos un equipo y que respetas mis necesidades igual que yo respeto las tuyas. ¿Podemos ponernos de acuerdo en que no volveremos a hablar de cosas que ya hemos decidido?>>. La conversación finalizó en dos minutos, y pudo volver a concentrarse en nuestra cena. Y estaba perfectamente sereno, como si acabasen de llamarle para decirle a qué hora salía el avión… Pensé en todos los pacientes que, a lo largo de los años, me habían llamado al “busca” a horas intempestivas. ¡Si les hubiera podido hablar así! Más tarde descubrí la lógica y la mecánica perfectamente engrasadas que se ocultaban tras la fuerza tranquila de mi amigo Georges…

David servan 

 


Esta historia duele, porque no es solo ciencia: es poder, silencio y una injusticia que se volvió “normal”.

Rosalind Franklin no fue una ayudante, ni una figura secundaria. Fue la persona que vio el ADN con claridad cuando nadie más pudo hacerlo.

En los años 50, Franklin trabajaba en el King’s College de Londres. Era experta en difracción de rayos X, una técnica complejísima. Gracias a su rigor obsesivo, obtuvo la famosa Fotografía 51: una imagen tan nítida que mostraba, sin metáforas, que el ADN tenía una estructura helicoidal. No era una intuición. Era evidencia.

Pero aquí entra la historia sucia.

James Watson y Francis Crick —en Cambridge— estaban desesperados. Tenían teorías, modelos bonitos, pero les faltaba la prueba. Y entonces, sin que Franklin lo supiera, Maurice Wilkins mostró la Fotografía 51 a Watson. Un robo elegante, académico, perfectamente respetable… en apariencia.

Watson lo entendió al instante:
—“Es una hélice doble”.

Con esa imagen —que no era suya— Watson y Crick construyeron el modelo que cambiaría la biología. Publicaron en Nature en 1953. Franklin publicó en el mismo número, pero relegada, como si su trabajo fuera un apoyo técnico, no el corazón del descubrimiento.

Ella nunca fue informada del uso real de sus datos. Nunca fue consultada. Nunca fue reconocida en vida.

Cinco años después, en 1958, Rosalind Franklin murió de cáncer de ovario, con apenas 37 años. Algunos historiadores sospechan que la exposición prolongada a radiación sin protección tuvo mucho que ver. Murió pensando que había fallado, creyendo que no había llegado a una conclusión definitiva.

En 1962, Watson, Crick y Wilkins recibieron el Premio Nobel.
Franklin no fue mencionada.
Ni una disculpa.
Ni un reconocimiento póstumo serio en ese momento.

El Nobel no se otorga a personas fallecidas, dicen.
Pero el silencio previo sí fue una decisión política.

Durante décadas, Watson incluso la retrató de forma condescendiente, como “difícil”, “poco colaborativa”, “demasiado seria”. El viejo truco: desacreditar a la mujer para justificar el despojo.

Hoy sabemos la verdad:
Sin Rosalind Franklin no hay doble hélice.
No hay biología molecular.
No hay genética moderna como la conocemos.

Su historia no es una excepción. Es un patrón.
El patrón de una ciencia que se decía neutral, pero operaba como el mundo:
—quien tiene poder, se lleva el mérito;
—quien es incómoda, se borra.

Rosalind Franklin no buscaba fama. Buscaba verdad.
Y por eso su figura incomoda todavía.

Porque nos recuerda algo peligroso para el sistema:
que muchas de las grandes “hazañas” del progreso se construyeron sobre silencios cuidadosamente administrados.

Ella no tuvo monumentos en vida.
Pero hoy, cada vez que se habla del ADN con honestidad,
la doble hélice también lleva su nombre, aunque algunos aún no quieran pronunciarlo.

miércoles, 4 de febrero de 2026

 

La sociedad en transformación

Grecia y Roma: la ciudad, la ley y la esclavitud

Después de las primeras civilizaciones agrícolas, el mundo mediterráneo comenzó a experimentar transformaciones que aún hoy nos asombran: la ciudad-estado griega y el imperio romano nos legaron la idea de ciudadanía, de leyes escritas y de pensamiento crítico, pero también de jerarquías rígidas y exclusión sistemática.

En Grecia, especialmente en Atenas, surgió el concepto de democracia, aunque limitada: solo los hombres libres nacidos de padres ciudadanos podían participar en la vida política. Las mujeres, los esclavos y los metecos (extranjeros residentes) quedaban al margen total. 

La educación era intensa y exigente, enfocada en la filosofía, la retórica y la gimnasia, pero bajo un régimen de disciplina severa que incluía castigos físicos y una exigencia moral absoluta. La infancia se entendía como una preparación para la vida adulta, no como un espacio protegido de desarrollo.

Roma, por su parte, construyó un imperio que combinaba derecho, administración y violencia. La Ley de las Doce Tablas estableció las bases legales que buscaban cierto orden, pero la sociedad romana estaba profundamente jerarquizada: patricios, plebeyos, libertos y esclavos. 

La esclavitud era central: la economía y la vida cotidiana dependían del trabajo forzado de millones de seres humanos. Las mujeres, aunque podían heredar y administrar propiedades, seguían subordinadas al paterfamilias, el padre o esposo que tenía control absoluto sobre sus vidas.

La disciplina y la violencia eran aceptadas como parte de la vida, tanto en el hogar como en la escuela. Los castigos físicos y la severidad moral formaban parte de la educación, concebida como preparación para la ciudadanía o la guerra. La violencia no era percibida como un abuso, sino como un instrumento necesario para la formación de ciudadanos y soldados.

Paradójicamente, Grecia y Roma también nos legaron ideas que siglos después serían revolucionarias: la filosofía política, la reflexión sobre la justicia, la ética y el derecho natural. Sócrates, Platón, Aristóteles y Cicerón cuestionaban, al menos en el plano teórico, la naturaleza del poder, la moral y la virtud, aunque estas ideas rara vez se aplicaban de manera práctica a mujeres, esclavos o extranjeros.

En resumen, la sociedad de Grecia y Roma nos muestra un contraste fascinante: por un lado, el florecimiento del pensamiento, la ley y la cultura; por otro, la persistencia de la desigualdad, la violencia institucionalizada y la exclusión de amplios sectores de la población. 

Estas civilizaciones consolidaron la idea de que el orden social y político debía ser estructurado, pero definieron desde muy temprano quién quedaba dentro y quién fuera de la ciudadanía plena.

Archivo del blog

Buscar este blog