El amor que pasa, la vida que pesa, la muerte que pisa. Hay dolores inevitables, y así es nomás, y ni modo.
Eduardo Galeano
La frase de Eduardo Galeano tiene algo de sentencia antigua, como si viniera de alguien que ya miró demasiado y decidió dejar de disfrazarlo.
“El amor que pasa…”
Aquí no hay romanticismo ingenuo. El amor, incluso el más intenso, está atravesado por el tiempo. Desde la psicología, esto toca una verdad incómoda: el ser humano tiende a apegarse como si todo fuera permanente. Pero la realidad es otra. Todo vínculo cambia, muta o termina. El dolor no viene solo de perder el amor, sino de la ilusión de que debía quedarse intacto. Amar, entonces, implica aceptar de antemano una pérdida parcial o total.
“La vida que pesa…”
La vida no es ligera. Tiene densidad: responsabilidades, decisiones, culpas, cansancio. En términos psicológicos, podríamos hablar de la carga existencial: el hecho de tener que elegir, de construir sentido en un mundo que no lo da automáticamente. Aquí resuena algo cercano a Irvin D. Yalom: la vida pesa porque somos conscientes de ella. Y esa conciencia no siempre es un regalo; a veces es un fardo.
“La muerte que pisa…”
No dice que la muerte llegue, dice que pisa. Está presente, activa, cercana. No es un evento futuro, es una sombra constante. Filosóficamente, esto recuerda a Martin Heidegger y su idea de que vivimos siendo-hacia-la-muerte. Psicológicamente, ignorarla genera ansiedad; mirarla de frente puede, paradójicamente, ordenar la vida.
“Hay dolores inevitables…”
Aquí Galeano corta cualquier intento de autoengaño. No todo se puede evitar, no todo se puede “trabajar”, “sanar” o “superar” como promete cierta psicología moderna simplificada. Hay dolores estructurales: perder, envejecer, fracasar, despedirse. La madurez emocional no consiste en eliminarlos, sino en saber habitarlos sin romperse del todo.
“Y así es nomás, y ni modo.”
Este cierre suena resignado, pero no es derrotista. Es aceptación sin ornamentos. Hay algo profundamente sano en esto: dejar de pelear con lo que no depende de uno. No es pasividad, es lucidez. Es el punto donde se termina la fantasía de control absoluto.
Si se mira con crudeza, la frase dice algo duro:
vivir es amar sabiendo que perderás, cargar con lo que eres y avanzar con la muerte respirándote cerca.
Pero si se mira con profundidad, también dice algo liberador:
no estás fallando por sentir dolor; estás participando en lo humano.
Y eso cambia todo.

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