jueves, 5 de febrero de 2026

 


Hegel I: La dialéctica — el motor incómodo del mundo

O cómo el conflicto piensa mejor que nosotros.

La dialéctica hegeliana tiene mala fama. Se la ha reducido a un eslogan escolar —tesis, antítesis, síntesis— como si Hegel hubiera escrito para diapositivas de PowerPoint. Nada más injusto. La dialéctica no es una receta; es una herida abierta en la realidad. No explica el mundo: lo pone en crisis.

Para Hegel, el movimiento de lo real no es armónico ni progresivo en línea recta. Avanza tropezando consigo mismo. Cada forma de vida, cada idea, cada institución contiene una contradicción interna que tarde o temprano estalla. No porque algo externo la ataque, sino porque no puede sostener lo que promete ser.

La dialéctica comienza ahí: cuando lo que es traiciona lo que dice ser.

La contradicción no es un error: es el motor

En la lógica cotidiana, la contradicción es un defecto. Algo que hay que corregir, silenciar o maquillar. Para Hegel, en cambio, la contradicción es la energía vital del pensamiento y de la historia. Donde no hay contradicción, no hay movimiento; hay estancamiento, momificación.

Un sistema perfectamente coherente es un sistema muerto.

Esto resulta profundamente incómodo para el siglo XXI, obsesionado con la consistencia moral, la pureza ideológica y el no te contradigas. Hoy se cancela al que cambia de opinión, al que duda, al que no cabe en una etiqueta estable. Hegel diría: ahí donde no hay contradicción, no hay pensamiento, solo repetición.

Negación: el momento impopular

La dialéctica avanza por negaciones. Pero cuidado: negar no es destruir sin más. La negación hegeliana es un gesto más fino y más cruel. Es decirle a algo: no eres lo que creías ser, y obligarlo a enfrentarse a su propio límite.

Toda forma histórica —una idea política, una moral, una identidad— nace afirmándose como definitiva. Y toda, sin excepción, es negada. No por maldad del destino, sino porque pretendió ser total.

Aquí Hegel es brutalmente actual: el siglo XXI está lleno de afirmaciones absolutas que se creen finales. Proyectos políticos que se anuncian como “el fin de la historia”, identidades cerradas sobre sí mismas, tecnologías vendidas como redención. La dialéctica actúa como ácido: nada de eso sobrevive intacto.

Aufhebung: destruir, conservar, elevar (todo a la vez)

El corazón del escándalo hegeliano tiene un nombre casi impronunciable: Aufhebung. Una palabra imposible que significa tres cosas contradictorias al mismo tiempo:

suprimir

conservar

elevar

Cuando una forma es superada, no desaparece. Es negada, sí, pero también preservada en un nivel distinto. El pasado no muere: se recicla como fantasma.

Por eso la historia no es un progreso limpio. Es un cementerio activo. Las ideas que creemos superadas regresan disfrazadas, refinadas, a veces más peligrosas. Nacionalismos, fanatismos, mitologías políticas: la dialéctica no los elimina; los transforma.

Creer que algo ha sido “superado” para siempre es una ingenuidad cara.

La dialéctica hoy: redes, política y guerra cultural


El siglo XXI vive una dialéctica sin mediación. Contradicciones expuestas en tiempo real, sin elaboración, sin Aufhebung. Solo choque.

Opiniones que no se escuchan, se embisten.

Identidades que no se reconocen, se excluyen.

Conflictos que no se piensan, se viralizan.

Hegel habría visto en esto un síntoma claro: la negación sin superación. Mucha antítesis, cero síntesis. El resultado no es avance, sino parálisis histérica.

La dialéctica no promete reconciliación fácil. Promete algo más incómodo: comprensión a través del conflicto, no a pesar de él.

Epílogo: pensar es arriesgarse a perder

Hegel no ofrece consuelo. Ofrece vértigo. Pensar dialécticamente es aceptar que ninguna idea que amemos está a salvo, ni siquiera la nuestra. Que toda certeza será puesta en duda. Que el conflicto no es una anomalía, sino el precio de estar vivos históricamente.

La dialéctica no nos dice quién tiene razón.

Nos recuerda algo peor:

Que la razón siempre llega tarde, pero llega.

Y cuando llega, nada queda intacto. 

En Estados Unidos tuve un amigo maravilloso cuya situación familiar era casi una parábola. Eran cerca de treinta primos y primas, y uno de los temas de conversación favoritos en las grandes reuniones familiares era su tía Esther. Ésta tenía 85 años y continuaba inspirando un cierto terror –ahora mezcla de piedad- tanto entre sus hermanas como entre todos sus primos, e incluso entre los hijos de todos. Siempre había tenido mal genio y había sido difícil, pero contaba con una inteligencia viva y hacía veinte años que había heredado una considerable fortuna a la muerte de su marido. 

Gracias a esas dos cualidades, conseguía imponerse en todos los asuntos familiares. No dejaba de telefonear a todo el mundo para enterarse de cómo les iba, o pedir un servicio, insistiendo en que se la llevase aquí o allá, quejándose constantemente de que no se la visitaba a menudo y, siempre que quería, se autoinvitaba a cenar, o incluso a pasar el fin de semana. Era evidente que Esther tenía necesidad de afecto y reconocimiento, pero su estilo agresivo ponía en fuga a todos los que ella hubiera querido tener cerca. 

 Los treinta primos estaban divididos en tres categorías muy claras respecto a las relaciones con la tía Esther. Los más numerosos, con mucho, eran los que nunca decían <<no>> directamente a la tía Esther. Siempre buscaban una excusa para evitarla y , cuando se sentían arrinconados por sus insistencias y argumentos, acababan por decir que <<sí>> a su pesar para evitar sus diatribas, sus interminables llamadas y sus recriminaciones. Por el contrario, éstos también eran los que nunca la llamaban, ni siquiera cuando habían prometido hacerlo, saltándose a veces citas a las que habían aceptado acudir, o bien llegando muy tarde. A espaldas de ella se burlaban e incluso intentaban sacarle dinero, a veces de manera deshonesta, como si su personalidad imposible y los esfuerzos que debían realizar por ella a su pesar les diese derecho. A este tipo de comportamiento se le denomina <<pasivo>> o <<pasivo-agresivo>>: es la reacción humana más corriente en las sociedades tradicionales frente a una persona en posición de autoridad que desagrada, pero también, curiosamente, en familias y empresas.¹ Es el comportamiento que adoptamos cuando sobre todo queremos evitar conflictos. Es el comportamiento que se ve entre las personas que se describen como: <<seres sensibles>>, <<respetuosos con los demás>>, <<que no quieren meterse en líos>>, <<que prefieren dar antes que pedir>>, etc. Pero al igual que en las sociedades tradicionales o en las empresas, eso tampoco funciona especialmente bien en la familia de Georges. Por una parte, estos primos y primas se sentían utilizados por Esther, y todos albergaban un cierto resentimiento al respecto; por otro, Esther, que percibía muy bien su mala voluntad y que sospechada su falsedad, les despreciaba. Como, además, contaba con relaciones muy bien situadas en su ciudad, eso les solía complicar la vida. 

 Los primos del segundo grupo eran menos numerosos. Un día, Esther despertó a uno de ellos a medianoche. Larry, que no le tenía miedo, le había dicho que estaba harto de sus modales. Después, a causa de la acumulación de años de irritación sin expresar, la llamó de todo. Esther se sintió muy herida, pero como ella tampoco era manca, le devolvió el cumplido añadiendo dos o tres cosas que le hirieron igualmente. Aunque Larry no se arrepintió nunca de decir lo que pensaba, sabía que, a partir de entonces, la tía Esther se le opondría a la mínima ocasión. Y, en efecto, no tardó en hacérselo sentir en el transcurso de los años siguientes, al igual que a los demás miembros de la familia que se habían comportado de manera parecida con ella. El despacho de abogados de Larry perdió varios clientes; no obstante, es cierto que para compensar la tía Esther dejó de importunarlo e incluso hacía todo lo posible por evitarle. Al menos, no tenía que volver a tratar directamente con ella y había tenido el gusto de decirle en voz alta todo lo que llevaba pensando desde hacía años. El comportamiento de Larry y de sus otros primos y primas que se habían conducido de manera parecida era lo que se denomina un comportamiento <<agresivo>>. Es menos frecuente que el primero y más típicamente masculino. Pero tampoco contribuye más a resolver los problemas y se suele saldar con pérdidas materiales (divorcio, despido, etc.). Además, se ha comprobado que este tipo de comportamiento es un factor de hipertensión y de enfermedades cardiovasculares.²  Y por fin, estaba mi amigo Georges, que reconocía perfectamente los defectos de Esther. Pero no sólo le veía de manera regular, sino que daba la impresión de que no le molestaba. Incluso sentía auténtico afecto por ella, que era recíproco. De hecho era ella la que solía hacerle bastantes encargos, ocupándose de sus hijos, llevándole el coche al mecánico, y otras cosas por el etilo. También le había prestado el dinero que necesitaba para poder ampliar su casa, y le había ayudado, muy acertadamente, a redecorar su despacho. 

Georges trabajaba en mi mismo hospital, y yo siempre había admirado el dominio del que hacía gala en sus relaciones con colaboradores y compañeros, así como su manera de manejar los inevitables momentos de tensión que habían aflorado en nuestra amistad a lo largo de los diez últimos años. 

 Me costó largo tiempo comprender lo que le distinguía de los demás, y que sin duda le había [permitido mantener relaciones de calidad con alguien tan difícil como su tía Esther. Georges era un consumado maestro de la tercera manera de comportamiento, la que no es pasiva ni agresiva. Había descubierto por sí mismo la comunicación emocional no violenta, que a veces se denomina <<comunicación asertiva>>, la única que permite dar y recibir a cambio lo que es necesario, respetando siempre los límites propios y las necesidades del otro. 

 Una noche que me invitó a cenar a su casa pude verla manos a la obra con su tía. Esther debía acompañarle en un viaje de estudios que tenía que realizar en nombre de la universidad en una ciudad donde ella contaba con muchas relaciones. Esa noche era la tercera vez en dos días que ella le llamaba para pedirle que añadiese a otras varias personas en la agenda de sus citas, ya muy cargada. Georges había tenido un día muy largo en el hospital, era tarde, y yo sabía cuánto le gustaba cenar tranquilo, sobre todo cuando tenía amigos invitados. Me pregunté cómo manejaría esa situación. Primero respiró hondo, y después pasó al ataque: <<Esther, ya sabes la ilusión que me hace este viaje que vamos a hacer junto y lo agradecido que estoy por todo lo que has hecho por mí>>. Era cierto, y yo sentía que no tenía que forzarse para reconocerlo. No sé qué le contestó Esther, pero de repente tuve la impresión de que había bajado la tensión al otro lado del la línea. Después continuó: <<Pero cuando me llamas tres veces seguidas para decirme lo mismo, cuando resulta que acabamos de hablar hace una hora y ya estuvimos de acuerdo, me siento frustrado. Necesito sentir que formamos un equipo y que respetas mis necesidades igual que yo respeto las tuyas. ¿Podemos ponernos de acuerdo en que no volveremos a hablar de cosas que ya hemos decidido?>>. La conversación finalizó en dos minutos, y pudo volver a concentrarse en nuestra cena. Y estaba perfectamente sereno, como si acabasen de llamarle para decirle a qué hora salía el avión… Pensé en todos los pacientes que, a lo largo de los años, me habían llamado al “busca” a horas intempestivas. ¡Si les hubiera podido hablar así! Más tarde descubrí la lógica y la mecánica perfectamente engrasadas que se ocultaban tras la fuerza tranquila de mi amigo Georges…

David servan 

 


Esta historia duele, porque no es solo ciencia: es poder, silencio y una injusticia que se volvió “normal”.

Rosalind Franklin no fue una ayudante, ni una figura secundaria. Fue la persona que vio el ADN con claridad cuando nadie más pudo hacerlo.

En los años 50, Franklin trabajaba en el King’s College de Londres. Era experta en difracción de rayos X, una técnica complejísima. Gracias a su rigor obsesivo, obtuvo la famosa Fotografía 51: una imagen tan nítida que mostraba, sin metáforas, que el ADN tenía una estructura helicoidal. No era una intuición. Era evidencia.

Pero aquí entra la historia sucia.

James Watson y Francis Crick —en Cambridge— estaban desesperados. Tenían teorías, modelos bonitos, pero les faltaba la prueba. Y entonces, sin que Franklin lo supiera, Maurice Wilkins mostró la Fotografía 51 a Watson. Un robo elegante, académico, perfectamente respetable… en apariencia.

Watson lo entendió al instante:
—“Es una hélice doble”.

Con esa imagen —que no era suya— Watson y Crick construyeron el modelo que cambiaría la biología. Publicaron en Nature en 1953. Franklin publicó en el mismo número, pero relegada, como si su trabajo fuera un apoyo técnico, no el corazón del descubrimiento.

Ella nunca fue informada del uso real de sus datos. Nunca fue consultada. Nunca fue reconocida en vida.

Cinco años después, en 1958, Rosalind Franklin murió de cáncer de ovario, con apenas 37 años. Algunos historiadores sospechan que la exposición prolongada a radiación sin protección tuvo mucho que ver. Murió pensando que había fallado, creyendo que no había llegado a una conclusión definitiva.

En 1962, Watson, Crick y Wilkins recibieron el Premio Nobel.
Franklin no fue mencionada.
Ni una disculpa.
Ni un reconocimiento póstumo serio en ese momento.

El Nobel no se otorga a personas fallecidas, dicen.
Pero el silencio previo sí fue una decisión política.

Durante décadas, Watson incluso la retrató de forma condescendiente, como “difícil”, “poco colaborativa”, “demasiado seria”. El viejo truco: desacreditar a la mujer para justificar el despojo.

Hoy sabemos la verdad:
Sin Rosalind Franklin no hay doble hélice.
No hay biología molecular.
No hay genética moderna como la conocemos.

Su historia no es una excepción. Es un patrón.
El patrón de una ciencia que se decía neutral, pero operaba como el mundo:
—quien tiene poder, se lleva el mérito;
—quien es incómoda, se borra.

Rosalind Franklin no buscaba fama. Buscaba verdad.
Y por eso su figura incomoda todavía.

Porque nos recuerda algo peligroso para el sistema:
que muchas de las grandes “hazañas” del progreso se construyeron sobre silencios cuidadosamente administrados.

Ella no tuvo monumentos en vida.
Pero hoy, cada vez que se habla del ADN con honestidad,
la doble hélice también lleva su nombre, aunque algunos aún no quieran pronunciarlo.

miércoles, 4 de febrero de 2026

 

La sociedad en transformación

Grecia y Roma: la ciudad, la ley y la esclavitud

Después de las primeras civilizaciones agrícolas, el mundo mediterráneo comenzó a experimentar transformaciones que aún hoy nos asombran: la ciudad-estado griega y el imperio romano nos legaron la idea de ciudadanía, de leyes escritas y de pensamiento crítico, pero también de jerarquías rígidas y exclusión sistemática.

En Grecia, especialmente en Atenas, surgió el concepto de democracia, aunque limitada: solo los hombres libres nacidos de padres ciudadanos podían participar en la vida política. Las mujeres, los esclavos y los metecos (extranjeros residentes) quedaban al margen total. 

La educación era intensa y exigente, enfocada en la filosofía, la retórica y la gimnasia, pero bajo un régimen de disciplina severa que incluía castigos físicos y una exigencia moral absoluta. La infancia se entendía como una preparación para la vida adulta, no como un espacio protegido de desarrollo.

Roma, por su parte, construyó un imperio que combinaba derecho, administración y violencia. La Ley de las Doce Tablas estableció las bases legales que buscaban cierto orden, pero la sociedad romana estaba profundamente jerarquizada: patricios, plebeyos, libertos y esclavos. 

La esclavitud era central: la economía y la vida cotidiana dependían del trabajo forzado de millones de seres humanos. Las mujeres, aunque podían heredar y administrar propiedades, seguían subordinadas al paterfamilias, el padre o esposo que tenía control absoluto sobre sus vidas.

La disciplina y la violencia eran aceptadas como parte de la vida, tanto en el hogar como en la escuela. Los castigos físicos y la severidad moral formaban parte de la educación, concebida como preparación para la ciudadanía o la guerra. La violencia no era percibida como un abuso, sino como un instrumento necesario para la formación de ciudadanos y soldados.

Paradójicamente, Grecia y Roma también nos legaron ideas que siglos después serían revolucionarias: la filosofía política, la reflexión sobre la justicia, la ética y el derecho natural. Sócrates, Platón, Aristóteles y Cicerón cuestionaban, al menos en el plano teórico, la naturaleza del poder, la moral y la virtud, aunque estas ideas rara vez se aplicaban de manera práctica a mujeres, esclavos o extranjeros.

En resumen, la sociedad de Grecia y Roma nos muestra un contraste fascinante: por un lado, el florecimiento del pensamiento, la ley y la cultura; por otro, la persistencia de la desigualdad, la violencia institucionalizada y la exclusión de amplios sectores de la población. 

Estas civilizaciones consolidaron la idea de que el orden social y político debía ser estructurado, pero definieron desde muy temprano quién quedaba dentro y quién fuera de la ciudadanía plena.

 "Digamos que no tiene comienzo el mar

Empieza donde lo hallas por vez primera
y te sale al encuentro por todas partes".

"Mar eterno", José Emilio Pacheco


 la frase de Romain Gary es mucho más seria de lo que parece. No está hablando del chiste fácil ni del humor como evasión, sino del humor como acto moral.

Cuando Gary dice que el humor es una afirmación de dignidad, está diciendo esto:
aunque la realidad te aplaste, aunque el dolor sea real, aunque el mundo sea injusto, tú no te reduces a lo que te ocurre. El humor marca una distancia. No niega el sufrimiento, pero se niega a ser poseído por él.

Reír —o sonreír con lucidez— es decir: esto me pasa, pero no me define.
Ahí está la dignidad.

La segunda parte es aún más incómoda: una declaración de superioridad del hombre con todo lo que le sucede. Hoy la palabra “superioridad” nos incomoda, pero Gary no habla de dominio ni de arrogancia. Habla de no ser arrastrado. De no quedar aplastado por el destino, la desgracia, el absurdo o incluso la propia muerte.

El humor es superioridad existencial, no social.
Es la superioridad del que no se arrodilla ante el caos.

Por eso el humor verdadero aparece en los contextos más oscuros: guerras, enfermedades, cárceles, pobreza. No como frivolidad, sino como resistencia. El que puede hacer humor en el infierno está diciendo: no me has vencido del todo.

Y aquí hay una distinción clave:

  • El cinismo se burla para no sentir.

  • El humor profundo se burla a pesar de sentir.

En ese sentido, el humor es una forma de valentía. Muy cercana a lo que se valora: no huir, no anestesiarse, no negar la realidad, pero tampoco entregarse a ella. Es una postura erguida frente al mundo, “como si dijera: el mundo es mío”.

Reír no es minimizar el dolor.
Es no permitir que el dolor tenga la última palabra.

Por eso los autoritarios odian el humor, por eso los dogmas lo temen, por eso el poder intenta domesticarlo. El humor recuerda algo intolerable para cualquier sistema: que el ser humano, incluso derrotado, sigue siendo libre por dentro.

En pocas palabras:
el humor no es escapismo.
Es una forma elegante, feroz y profundamente humana de decirle a la vida:

“No me tragas entero.”

martes, 3 de febrero de 2026

 


Kathrine Switzer: correr como quien abre una grieta en la historia


Kathrine Switzer no ganó una medalla olímpica aquel día de 1967 en Boston. Ganó algo más incómodo y duradero: el derecho a existir en la carrera. Corrió 42 kilómetros y 195 metros con un dorsal que decía 261, pero lo que realmente llevaba puesto era una herejía. En esa época, el deporte —como tantas otras cosas— venía con letrero invisible: prohibido mujeres. Ella lo leyó, sonrió con calma, y salió corriendo.

Su legado no es atlético en el sentido estrecho. No es solo resistencia física, sino resistencia histórica. Switzer convirtió el cuerpo femenino en argumento político: sudando, jadeando, insistiendo. Mientras un oficial intentaba arrancarle el número —esa escena grotesca, casi caricaturesca del patriarcado en pants—, ella siguió avanzando. Porque el poder siempre se delata cuando entra en pánico ante una mujer que no pide permiso.

Correr, en su caso, fue una forma de escritura. Cada zancada tachó una frase del viejo manual: “las mujeres no pueden”, “las mujeres no deben”, “las mujeres se dañan”. Switzer demostró que lo que realmente se daña cuando una mujer corre es el mito. Y los mitos, cuando se agrietan, hacen un ruido precioso.

Después vino lo más difícil: no quedarse en el gesto simbólico. Switzer entendió que el heroísmo aislado es bonito, pero insuficiente. Así que empujó estructuras, organizó maratones femeninos, presionó a instituciones, habló el idioma burocrático sin perder el pulso poético. Gracias a esa terquedad, el maratón femenino entró a los Juegos Olímpicos en 1984. Tardaron casi dos décadas. El sistema siempre llega tarde a su propia corrección.

Su legado nos recuerda algo incómodo y necesario: los derechos no se conceden por buena educación, se arrancan con constancia. A veces con pancartas, a veces con leyes, y a veces —deliciosamente— con tenis y una convicción absurda de que el mundo puede cambiar si sigues avanzando cuando te dicen que te detengas.

Kathrine Switzer no solo abrió una carrera para las mujeres; abrió una pregunta permanente para la historia:
¿quién está corriendo hoy donde se supone que no debería?
Ahí, justo ahí, suele empezar el futuro. 

  El cielo y la tierra son implacables. Los seres de la creación son para ellos meros perros de paja.

LAO TZU

El cielo y la tierra no acarician: respiran.
Y en ese respirar, todo arde o se enfría.

“El cielo y la tierra son implacables.
Los seres de la creación son para ellos meros perros de paja.”

La frase cae como una piedra en un lago moralista. No salpica consuelo; hace ondas incómodas. Laozi no está siendo cruel: está siendo exacto. El Tao no tiene favoritos. No ama, no odia, no se disculpa. Simplemente es. Y ese “ser” no negocia con nuestras ilusiones de protagonismo.

Los perros de paja eran figuras rituales: veneradas antes del rito, pisoteadas después. Ni sagradas ni malditas. Útiles… y luego prescindibles. Así somos frente al cielo y la tierra: importantes solo mientras existimos, irrelevantes cuando dejamos de hacerlo. El universo no guarda luto. No envía flores. No baja la persiana.

Y eso, paradójicamente, es una buena noticia.

Porque la implacabilidad del cielo no es sadismo: es imparcialidad absoluta. El rayo no elige al pecador. La sequía no lee currículums éticos. El terremoto no distingue entre verdugos y víctimas. La naturaleza no es injusta: es ajena. La injusticia empieza cuando nosotros exigimos que el cosmos funcione como un tribunal moral.

Aquí se derrumba el narcisismo humano, ese vicio elegante que nos hace creer que el mundo debería girar en torno a nuestras biografías. Laozi nos baja del pedestal con una sonrisa zen: no eres el centro, eres el tránsito. Polvo con agenda.

Pero atención: que no haya favoritismo no significa que no haya orden. El Tao es una lógica sin ego. Fluye. Ajusta. Corrige. No castiga, pero tampoco protege al necio de sus actos. El que se opone al río no recibe un sermón: se ahoga.

La implacabilidad, entonces, no es enemiga de la vida. Es su condición. Si el cielo fuera sentimental, el mundo sería un caos blando, una sopa tibia de excepciones. La vida existe porque las reglas no lloran.

Y ahí está la lección incómoda:
si el universo no nos debe nada, todo lo que tenemos es un regalo no garantizado. El amor, la justicia, la compasión no vienen del cielo ni de la tierra. Vienen de nosotros. No porque el mundo sea bueno, sino precisamente porque no lo es.

Laozi no nos invita a la resignación, sino a la lucidez. A vivir sin exigirle ternura al abismo. A dejar de negociar con el cosmos y empezar a hacernos cargo del pequeño margen donde sí importa lo humano.

El cielo y la tierra son implacables.
Por eso, si vamos a ser compasivos, tendrá que ser entre nosotros.
El Tao no abraza.
Pero nos deja el espacio —breve, frágil, feroz— para aprender a hacerlo. 



 Marie Curie: la mujer que aprendió a brillar sin permiso

Marie Curie no nació para ser un símbolo.
Nació para trabajar.
Y el mundo, incómodo ante una mujer que piensa, hizo todo lo posible por ignorarla.
Error de cálculo: ella sabía de números, pero también de resistencia.
Marie nació pobre, mujer y extranjera.
Tres pecados capitales en el templo científico del siglo XIX.

Mientras otros heredaban laboratorios, ella heredó hambre.
Mientras otros firmaban artículos, ella limpiaba pisos con una mano
y sostenía libros con la otra, como quien sostiene una antorcha en medio del invierno.
La ciencia no fue su vocación romántica:
fue su acto de rebelión.

El laboratorio como trinchera

París no la recibió con flores, sino con sospecha.
Acento extraño. Falda larga. Cerebro peligroso.
Marie entró a la Sorbona como quien se infiltra en un territorio hostil:
en silencio, pero con dinamita en las ideas.
No buscaba fama.
Buscaba verdad.
Y la verdad, como la radiación, no se ve…
pero lo cambia todo.

Junto a Pierre Curie no formó una pareja perfecta:
formó una alianza.

Dos mentes contra la materia.
Dos cuerpos contra el cansancio.
Un amor sin pedestal, sin musa, sin genio masculino por encima:
solo trabajo compartido, manos quemadas, cuadernos manchados.
Cuando descubrió el polonio y el radio,
la humanidad aplaudió…
pero el sistema dudó.
Porque una mujer que descubre es peligrosa.
Y una que no pide permiso, letal.

La gloria que quema
Ganó un Nobel.
Luego otro.
Como si la historia, a regañadientes, tuviera que admitirlo.
Y aun así, jamás le ofrecieron comodidad.
Marie Curie cargó tubos brillantes sin saber que eran veneno lento.
No hubo advertencias, ni guantes, ni cuidado.
La ciencia avanzaba
y su cuerpo pagaba la factura.
El radio iluminó hospitales,
pero apagó su sangre.

Ella no se victimizó.
No escribió lamentos.
Siguió trabajando.
Porque entendía algo brutalmente claro:
el conocimiento no es inocente,
pero la ignorancia mata más.
Viuda, madre, científica… y aún sospechosa
Cuando Pierre murió,
el mundo esperó que Marie se rompiera.
Que regresara al margen, al silencio, al rol permitido.
Ella hizo lo imperdonable:
ocupó su lugar.
Primera mujer profesora en la Sorbona.
Primera en hacerlo sin pedir disculpas.
Primera en demostrar que la mente no tiene género
y la genialidad no necesita permiso.
La prensa la atacó.
La moral la juzgó.
El machismo la señaló.
Marie respondió con lo único que sabía usar como arma:
resultados.

Ética sin espectáculo

Pudo patentar el radio.
Pudo hacerse rica.
Pudo encerrarse en el privilegio.
No lo hizo.
Porque para Marie Curie la ciencia no era mercancía,
era responsabilidad humana.
Creía que el conocimiento debía servir a todos
o no servir a nadie.
En tiempos de egos inflados y premios ruidosos,
ella eligió el anonimato útil.
Trabajó en la guerra,
creó unidades móviles de rayos X,
salvó cuerpos sin pedir aplausos.
Una científica sin ego es una anomalía histórica.
Una mujer sin miedo, una amenaza.

El cuerpo como campo de batalla
Murió lentamente,
no por debilidad,
sino por exceso de luz.
La radiación que descubrió
se le metió en los huesos,

le escribió la despedida desde dentro.
Aun hoy, sus cuadernos siguen siendo peligrosos.
Brillan.
Literalmente.
Como su legado.

Lo que nos dejó
Marie Curie no fue santa.
Fue incómoda.
No fue heroína de póster:
fue trabajadora hasta el agotamiento.
Nos dejó una lección sin maquillaje:
el progreso cuesta,
pero rendirse cuesta más.
Demostró que una mujer puede cambiar el mundo
sin levantar la voz,

sin pedir permiso,
sin traicionar su rigor.
No buscó ser inmortal.
Lo fue porque no se detuvo.
Marie Curie no brilló para ser admirada.
Brilló para que otros pudieran ver.
Y en ese acto —callado, feroz, luminoso—
se convirtió en algo más raro que un genio:
una conciencia que aún irradia. 

lunes, 2 de febrero de 2026



Nicanor Parra

Nací antes de nacer
y después me morí varias veces.
Eso soy: una contradicción con cédula chilena.

Me dijeron poeta
y yo respondí: protesto.
Porque el poeta se sube al Olimpo
y yo me senté en la vereda
a vender versos usados,
ligeramente golpeados,
con garantía vencida.

Fui hijo de una familia numerosa
—demasiado numerosa para la metafísica—
y hermano del folklore,
primo de la cueca,
sobrino del vino tinto
y cuñado del silencio incómodo.

Estudié física y matemáticas
para demostrar científicamente
que el alma humana no sirve para nada
y aun así insiste.
Di clases, sí,
pero aprendí poco:
los alumnos sabían más del absurdo
que los profesores.

Inventé la antipoesía
porque la poesía se había puesto insoportable:
muy bien peinada,
demasiado perfumada,
hablaba en francés
y no sabía tomar micro.
Yo la bajé del pedestal
a empujones verbales
y la senté en una silla coja.

Escribí con letras mayúsculas
para que nadie pudiera hacerse el sordo.
Me burlé de Dios,
del marxismo,
del capitalismo,
del poeta solemne
y de mí mismo
—que era el blanco más fácil—.

Me dieron premios
y los acepté con desconfianza:
todo aplauso es sospechoso.
Viví más de un siglo
para demostrar
que la inmortalidad
es una mala costumbre.

No dejé una obra:
dejé una advertencia.
No dejé discípulos:
dejé sobrevivientes.

Y si esta biografía no te gusta,
mejor todavía.
Eso quiere decir
que entendiste todo. 

 El éxito, tal como se usa hoy, está casi completamente vaciado de contenido ético y reducido a indicadores externos: dinero, visibilidad, poder, prestigio, “logro medible”. 

Es un concepto superficializado, no porque sea inútil en sí, sino porque fue secuestrado por la lógica del mercado.

1. ¿Es el éxito un concepto superfluo?

No del todo. Pero sí es ambiguo y peligrosamente pobre cuando se usa sin preguntar éxito para qué, a costa de qué y para quién.

En su forma dominante, el éxito:

  • No pregunta por el daño colateral

  • No exige coherencia moral

  • No distingue entre triunfo y dominación

  • No evalúa el sentido de lo logrado

Por eso puede llamar “exitoso” a:

  • Un especulador que empobreció a miles

  • Un político que ganó elecciones mintiendo

  • Una empresa que creció destruyendo comunidades

Ahí el éxito no es vacío: es cínico.

2. ¿Gandhi o Mandela se llamarían a sí mismos exitosos?

Probablemente no, y eso dice mucho.

Gandhi hablaba de verdad, disciplina, servicio, coherencia entre medios y fines.
Mandela hablaba de dignidad, reconciliación, sacrificio, responsabilidad histórica.

Ambos sabían algo clave:

Cuando luchas por algo que te excede, el éxito deja de ser una categoría personal.

Para ellos:

  • El logro no era propio, sino histórico y colectivo

  • El reconocimiento era irrelevante frente a la justicia

  • El triunfo nunca justificaba medios indignos

Llamarse “exitoso” habría sonado frívolo ante el sufrimiento que atravesaron y las vidas implicadas.

3. El éxito moderno vs la vida con sentido

Aquí está la fractura central:

  • Éxito → comparación, acumulación, exhibición

  • Sentido → coherencia, responsabilidad, profundidad

El éxito pregunta:

“¿Hasta dónde llegaste?”

El sentido pregunta:

“¿En qué te convertiste mientras caminabas?”

Por eso hay personas “exitosas” vacías, ansiosas, paranoicas…
y personas anónimas con una vida plena, íntegra, justa.

4. El verdadero desplazamiento

Lo grave no es solo que el éxito esté vacío, sino que reemplazó otras palabras más exigentes:

Antes importaban:

  • Dignidad

  • Honor

  • Vocación

  • Responsabilidad

  • Virtud

Hoy todo eso se resume en:

“¿Te fue bien?”

Una pregunta infantil para una vida adulta.

5. Una formulación más honesta

Tal vez la pregunta no es “¿tuve éxito?”, sino:

  • ¿Fui fiel a lo que consideré justo?

  • ¿No me traicioné?

  • ¿Reduje el sufrimiento o lo aumenté?

  • ¿Mi vida hizo el mundo un poco menos brutal?

Gandhi y Mandela no ganaron en el sentido banal.
Transformaron.
Y eso está en otra liga conceptual.

 «The Myth of Mechanism» de Mary Midgley


1. ¿Qué denuncia Midgley con “el mito del mecanismo”?

Midgley no está atacando a la ciencia, sino a una creencia filosófica disfrazada de ciencia. El “mecanismo” al que se refiere no es el uso de modelos mecánicos para explicar fenómenos, sino la idea de que:

la realidad entera es, en el fondo, una máquina
y que todo —vida, mente, valores, moral, cultura— puede reducirse sin pérdida a procesos físico-químicos.

A esto lo llama mito, no porque sea falso en todos sus aspectos, sino porque funciona como:

  • una narrativa totalizante,

  • que pretende explicarlo todo,

  • y que se acepta más por inercia cultural que por demostración racional.


2. El punto clave: confundir método con metafísica

Uno de los golpes más finos del ensayo es esta distinción:

  • El mecanismo como método científico: útil, potente, legítimo.

  • El mecanismo como visión del mundo: dogmático, empobrecedor.

Midgley acusa a muchos científicos y divulgadores de dar un salto ilegítimo:

“Como explicamos X mecánicamente, entonces solo existe lo mecánico”.

Ese salto no es científico, es metafísico, aunque se vista con bata blanca.

Aquí está el núcleo del mito:
👉 convertir una herramienta explicativa en una ontología absoluta.


3. La ilusión de la explicación completa

El mecanicismo promete algo seductor:
una explicación total, limpia, sin residuos.

Pero Midgley señala que esta promesa es ilusoria:

  • Explicar cómo funciona algo no equivale a explicar qué es.

  • Describir procesos no agota el significado.

  • Reducir no es lo mismo que comprender.

Ejemplo implícito:

  • Puedes explicar el amor en términos neuroquímicos.

  • Pero eso no reemplaza lo que el amor es en la vida humana.

El mito consiste en creer que, al reducir, ya no queda nada importante por decir.


4. El problema de la mente y la conciencia

Aquí el mecanicismo muestra su punto más débil.

Midgley no defiende un dualismo ingenuo, pero insiste en que:

  • La experiencia consciente no desaparece porque la expliquemos.

  • El dolor no deja de doler porque lo midamos.

  • El significado no se evapora porque lo correlacionemos con neuronas.

El mecanicismo radical suele reaccionar así:

“Eso que sientes es una ilusión”.

Midgley responde, implícitamente:

Una teoría que niega la realidad de la experiencia es peor que la experiencia que intenta negar.

Si una visión del mundo exige que dudemos de lo más inmediato y vivido, algo anda mal.


5. Consecuencias morales y políticas (esto es clave)

Aquí el ensayo se vuelve profundamente político, aunque no partidista.

Si aceptamos que:

  • los humanos son máquinas,

  • la mente es un epifenómeno,

  • los valores son ilusiones evolutivas,

entonces:

  • la responsabilidad moral se vuelve problemática,

  • la dignidad humana se diluye,

  • la ética se reduce a ingeniería social.

Midgley advierte que el mecanicismo no es neutral:
produce una imagen del ser humano fácilmente manipulable, administrable, optimizable.

No es casual que encaje tan bien con:

  • tecnocracias,

  • reduccionismos económicos,

  • visiones utilitarias extremas.


6. El verdadero objetivo del ensayo

Midgley no quiere reemplazar un mito por otro.
Quiere desactivar la pretensión de monopolio.

Su tesis final podría resumirse así:

El mundo es más rico que cualquier modelo único.
Necesitamos múltiples niveles de explicación, sin que uno anule a los demás.

Biología, psicología, ética, cultura, experiencia vivida:
no son competidores, son capas de sentido.


7. Por qué este ensayo sigue siendo incómodo hoy

Porque seguimos viviendo bajo ese mito, solo que actualizado:

  • algoritmos en vez de engranes,

  • cerebro-computadora en vez de reloj,

  • optimización en vez de verdad.

El mecanicismo ya no se presenta como ideología, sino como sentido común técnico.

Y eso, justamente, es lo que hace a los mitos más peligrosos.


Cierre

«The Myth of Mechanism» no es un ataque a la razón,
es una defensa de la razón contra su caricatura.

Nos recuerda algo esencial:

comprender el mundo no consiste en hacerlo pequeño,
sino en estar a la altura de su complejidad.

domingo, 1 de febrero de 2026

 Alfred Nobel nació en 1833, en Estocolmo, en una familia marcada por los explosivos y la quiebra. Su padre era ingeniero e inventor, obsesionado con la nitroglicerina, una sustancia tan poderosa como inestable. Desde niño, Alfred vivió entre laboratorios improvisados, accidentes, deudas y mudanzas. Aprendió idiomas como otros aprenden a caminar: sueco, ruso, francés, inglés, alemán. Era químico, sí, pero también poeta. Admiraba a Shelley y escribía versos melancólicos. Ese detalle suele olvidarse.

La nitroglicerina era una bomba esperando excusa. En 1864, una explosión mató a su hermano Emil y a varios trabajadores. Lejos de abandonar la investigación, Nobel se obsesionó con domar ese caos. En 1867 logró estabilizarla mezclándola con tierra de diatomeas: nació la dinamita. El mundo cambió. Túneles, carreteras, minería… y guerras. Nobel se volvió riquísimo, dueño de fábricas por toda Europa y América. Más de 350 patentes. Un imperio construido sobre algo que podía abrir montañas o despedazar cuerpos.

Pero aquí viene el quiebre moral.

En 1888 murió su hermano Ludvig. Un periódico francés confundió al muerto y publicó el obituario de Alfred con un título brutal:
“El mercader de la muerte ha muerto.”
Decía que se había enriquecido encontrando formas más eficientes de matar personas.

Nobel leyó su propio juicio final estando vivo. Y le dolió. No era un cínico; era un hombre solitario, depresivo, con mala salud y una conciencia que no lo dejaba dormir. Temía ser recordado solo como eso: un traficante de muerte con bata blanca.

Entonces hizo algo extraño para un multimillonario del siglo XIX: reconstruyó su legado.

En su testamento destinó casi toda su fortuna a crear premios anuales para quienes aportaran “el mayor beneficio a la humanidad” en física, química, medicina, literatura y paz. La paz: el inventor de explosivos financiando un premio para quienes lucharan contra la guerra. No es hipocresía simple; es culpa convertida en institución.

Murió en 1896, solo, en Italia. No tuvo hijos. Su familia peleó el testamento. Muchos lo consideraron una locura. Pero en 1901 se entregaron los primeros Premios Nobel, y desde entonces su nombre dejó de estar asociado únicamente a la dinamita.

La historia de Alfred Nobel no es la de un villano ni la de un santo. Es la de un hombre que entendió tarde que la memoria pública es una sentencia, y decidió intervenir en ella. Quiso que el mundo recordara no lo que había creado, sino lo que intentó reparar.

Una pregunta queda flotando —y no es menor hoy—:
¿basta con financiar el bien para redimir el daño que ayudaste a hacer?

Nobel nunca respondió. Solo dejó el dinero… y el remordimiento organizado.

 Decir “los humanos somos egoístas por naturaleza” es una frase potente, pero conceptualmente floja si se deja así, sin matices. Funciona más como provocación retórica que como verdad científica o filosófica sólida.

Vamos por partes.


1. ¿Existe evidencia de un egoísmo “natural”?

Depende de qué entiendas por naturaleza.

  • Biología evolutiva:
    Sí, los humanos tenemos impulsos de autopreservación. Comer, sobrevivir, protegernos. Eso no es egoísmo moral, es instinto. Un león no es egoísta por cazar.

  • Pero: la misma biología muestra cooperación, altruismo, empatía, incluso sacrificio. La especie humana sobrevive por cooperación, no por individuos aislados.

👉 Si el egoísmo fuera nuestra esencia dominante, no habría sociedades, ni lenguaje, ni cuidado prolongado de las crías, ni cultura.


2. El truco conceptual: confundir interés propio con egoísmo

Aquí muchos autores hacen trampa.

  • Interés propioegoísmo

  • Querer vivir bien, ser reconocido, amar, proteger a los tuyos no es egoísmo, es condición humana.

El egoísmo, en sentido fuerte, es:

Buscar el propio beneficio a costa del daño o la negación del otro.

Eso no es universal ni constante en los humanos. Es situacional, cultural, histórico.


3. Psicología: el humano es ambivalente, no egoísta

Desde la psicología profunda:

  • Freud: pulsión de vida y pulsión de muerte. Amor y agresión conviven.

  • Rogers / Yalom :
    El ser humano tiende al vínculo, al reconocimiento mutuo, a la autenticidad, si las condiciones no lo deforman.

No nacemos egoístas: nos defendemos cuando somos heridos, humillados o precarizados.


4. Sociología: el egoísmo como producto, no como esencia

Aquí está el punto político.

Sociedades competitivas, neoliberales, jerárquicas:

  • Premian el “sálvese quien pueda”

  • Castigan la solidaridad

  • Normalizan la indiferencia

Luego dicen:

“Ves, el humano es egoísta por naturaleza”.

No.
👉 Es una profecía autocumplida.

Como diría Bourdieu: el sistema produce sujetos acordes a su lógica y luego la presenta como “naturaleza humana”.


5. ¿Por qué esta frase gusta tanto?

Porque absuelve:

  • Al poderoso: “no es mi culpa, así somos”

  • Al cínico: “no esperes nada de nadie”

  • Al sistema: “no hay alternativa”

Es una frase ideológica, no inocente.


6. Una formulación más honesta

Si el autor fuera riguroso diría algo así:

“Los seres humanos tenemos capacidad tanto para el egoísmo como para la cooperación; qué predomina depende de las condiciones materiales, culturales y afectivas.”

Eso es menos provocador, pero mucho más verdadero.


Cierre

No: no somos egoístas por naturaleza.
Somos vulnerables, relacionales, capaces de cuidado y de daño.

Decir que el egoísmo es nuestra esencia dice más del mundo que habitamos que de lo que somos.

 

Fleischmann y Pons: la herejía de la energía imposible

En marzo de 1989, dos electroquímicos respetados —Martin Fleischmann y Stanley Pons— anunciaron algo que sonaba a milagro moderno: habían logrado fusión nuclear a temperatura ambiente, la llamada fusión fría. Si era cierto, el mundo cambiaría para siempre. Energía limpia, barata, prácticamente infinita. El Santo Grial científico.

Y sin embargo, lo que siguió fue una de las cacerías intelectuales más violentas del siglo XX.

I. No eran charlatanes

Este punto es crucial y suele borrarse.

Fleischmann no era un excéntrico marginal:
era uno de los electroquímicos más importantes del mundo, miembro de la Royal Society. Pons, su colaborador, tampoco era un improvisado. No eran vendedores de humo ni gurús new age. Eran científicos formados dentro del corazón de la ciencia institucional.

Esto vuelve el caso perturbador:
no era un ataque desde fuera del sistema, sino una grieta dentro de él.

II. El pecado original: anunciar antes de tiempo

Su error —y fue grave— no fue investigar algo “imposible”, sino anunciarlo públicamente antes de una validación sólida y reproducible.

¿Por qué lo hicieron?

Aquí entra la política de la ciencia:

  • Temían que otros grupos les robaran la primicia.

  • Había presión institucional (la Universidad de Utah quería prestigio y patentes).

  • La lógica mediática ya estaba colonizando la ciencia: publica o muere, pero ahora en horario estelar.

En vez de pasar primero por la comunidad científica, pasaron por la prensa. Y eso, en ciencia es como declarar una revolución por televisión antes de tomar el palacio.

III. La reacción: no solo escepticismo, sino humillación

Lo que vino después no fue un debate sereno.

Fue:

  • Ridiculización pública

  • Experimentos apresurados diseñados para refutarlos

  • Titulares crueles

  • Cancelación académica antes de que existiera la palabra

La fusión fría se convirtió en objeto de burla, no de investigación. Y aquí aparece algo muy humano:
la ciencia, que presume racionalidad, también defiende dogmas.

La física nuclear dominante decía:

eso no puede pasar, y si no puede pasar, entonces no pasó.

El principio de imposibilidad teórica pesó más que la observación experimental.

IV. ¿Tenían razón? La pregunta prohibida

La respuesta honesta —y esta es la parte incómoda— es:

No demostraron de forma concluyente lo que afirmaban.
Pero tampoco se demostró con claridad que todo fuera fraude o error trivial.

Décadas después:

  • Se han observado anomalías térmicas similares en otros laboratorios.

  • Se habla ahora de LENR (Low Energy Nuclear Reactions) para evitar el estigma de “fusión fría”.

  • Incluso agencias gubernamentales han financiado discretamente investigaciones relacionadas.

Lo que murió no fue la pregunta, sino la legitimidad de hacerla.

V. Ciencia y poder: una lección incómoda

Este caso revela algo profundo:

La ciencia no es solo un método,
es una institución con jerarquías, intereses y fronteras ideológicas.

Fleischmann y Pons no solo desafiaron una teoría física,
desafiaron:

  • Inversiones multimillonarias en fusión caliente

  • El prestigio de físicos teóricos dominantes

  • La idea de que solo ciertos campos “tienen derecho” a hacer descubrimientos fundamentales

Un electroquímico no debía resolver el problema energético del mundo.
Eso le correspondía al templo correcto.

VI. El miedo al milagro

Hay algo casi teológico aquí.

La fusión fría no daba miedo por imposible,
sino por demasiado posible y demasiado transformadora.

Energía abundante implica:

  • Menos control

  • Menos dependencia

  • Menos poder concentrado

No afirmo conspiraciones simplistas, pero sí resistencias estructurales.
Los sistemas no aman las disrupciones que no controlan.

VII. Epílogo trágico

Fleischmann murió sin ver rehabilitado su nombre.
Pons se exilió científicamente.

No como mártires heroicos sin culpa,
sino como figuras trágicas:
científicos que se atrevieron a decir “y si…”, y pagaron el precio máximo.


Conclusión

El caso Fleischmann–Pons no trata solo de fusión fría.
Trata de los límites invisibles del pensamiento aceptable.

Nos recuerda que:

  • La ciencia avanza cuestionando, pero castiga duramente al que se equivoca en público.

  • No todo lo rechazado es falso; a veces es simplemente intolerable para el orden vigente.

  • El escepticismo es sano, pero el escarnio es ideológico.

Como diría alguien más cercano

La herejía no siempre es verdad,
pero toda verdad nueva empieza siendo herejía.

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