El mito del caos: por qué creemos que la gente se vuelve salvaje en los desastres
Hay una idea que aparece con puntualidad cada vez que ocurre una catástrofe: cuando todo se rompe, el ser humano se vuelve bestia. Saqueos, violencia, egoísmo, guerra de todos contra todos. La narrativa es tan automática que parece una ley natural. Terremoto, huracán, apagón, pandemia: junto con la tragedia llega el relato del caos.
Rebecca Solnit, en A Paradise Built in Hell, no solo cuestiona esta creencia: la desmonta pieza por pieza. Y lo que queda al descubierto no es una verdad incómoda sobre la naturaleza humana, sino una mentira útil para el poder.
I. El miedo como herencia filosófica
La raíz de este mito es antigua. Thomas Hobbes imaginó al ser humano, fuera del control del Estado, como una criatura violenta, dominada por el miedo y el interés propio. De ahí su célebre “guerra de todos contra todos”. Esta visión no fue solo una hipótesis filosófica: se convirtió en una justificación política. Si el ser humano es peligroso, necesita ser vigilado. Si el caos es su estado natural, el orden debe imponerse, incluso por la fuerza.
El problema es que esa imagen nunca fue comprobada empíricamente. Fue aceptada, repetida, heredada. El miedo se volvió teoría, y la teoría se volvió sentido común.
II. El cine, los medios y la pedagogía del pánico
La cultura popular ha hecho el resto del trabajo. Películas, noticieros, series y discursos oficiales repiten una misma escena: cuando cae la autoridad, aparece la barbarie. La cámara busca el saqueo aislado, la violencia excepcional, la anécdota escandalosa. No interesa la ayuda mutua, la organización espontánea, el vecino que cuida al vecino. Eso no genera pánico, y el pánico es rentable.
Solnit muestra cómo, tras muchos desastres reales, los medios amplificaron o directamente inventaron escenas de violencia masiva. El huracán Katrina es el caso emblemático: se habló de hordas criminales, violaciones y asesinatos que, en su mayoría, nunca ocurrieron. Mientras tanto, la ayuda comunitaria real fue ignorada.
No es un error: es una pedagogía. Se nos enseña a temer al otro.
III. La evidencia que contradice el mito
Lo verdaderamente subversivo del libro de Solnit no es su optimismo, sino su empirismo. Terremotos, incendios, explosiones, huracanes: una y otra vez, los datos muestran lo mismo. Las personas cooperan. Comparten comida. Rescatan desconocidos. Se organizan sin jerarquías formales. Actúan con una solidaridad que rara vez aparece en la vida cotidiana.
La violencia existe, sí, pero es marginal. Lo común es la ayuda. Lo dominante es la cooperación. Y, sin embargo, eso no se convierte en relato dominante.
¿Por qué?
IV. El mito del caos como herramienta de control
Porque si aceptáramos la evidencia, muchas cosas se volverían incómodas. Habría que admitir que la gente puede organizarse sin órdenes. Que la autoridad no siempre es necesaria. Que la solidaridad no necesita incentivos económicos ni castigos legales.
El mito del caos cumple una función política clara: justificar la intervención autoritaria. Toques de queda, militarización, suspensión de derechos, criminalización de la ayuda espontánea. No se trata solo de gestionar la emergencia, sino de restaurar rápidamente la jerarquía.
La catástrofe no solo destruye edificios: suspende, por un momento, la obediencia. Y eso es lo verdaderamente peligroso.
V. El verdadero temor: que descubramos quiénes somos
Solnit sugiere algo profundamente incómodo para el orden establecido: que el ser humano no es mejor cuando lo vigilan, sino cuando lo necesitan. En el desastre, desaparecen muchas ficciones sociales —estatus, competencia, éxito— y aparece algo más elemental: el otro como alguien real.
Tal vez por eso el mito del caos se defiende con tanta insistencia. Porque si aceptáramos que, en las peores circunstancias, somos capaces de actuar con decencia, entonces habría que preguntarse por qué en la normalidad no lo hacemos. Y esa pregunta no apunta al individuo, sino al sistema.
VI. Conclusión: desmontar el mito es un acto político
Creer que la gente se vuelve salvaje en los desastres no es realismo: es obediencia intelectual. Es repetir una historia que favorece al miedo y al control.
A Paradise Built in Hell nos recuerda algo elemental pero peligroso: que la solidaridad no es una excepción heroica, sino una posibilidad latente.
El mito del caos no describe lo que somos cuando todo se derrumba. Describe lo que el poder necesita que creamos para que nada cambie cuando todo vuelve a levantarse.



