Saqué el libro que había traído. En cada viaje me llevo un libro gordo y puesto que aquél iba a ser un viaje largo, había elegido un verdadero tocho. En Nairobi había comprado los libros a peso y con el dinero que tenía había adquirido el libro más grueso que pude encontrar.
Se trataba de José y sus hermanos, de Thomas Mann, una adaptación de tropecientas mil páginas de la historia bíblica del mismo nombre.
No tardé mucho en darme cuenta del tremendo error que había cometido. Había ido a pasar un mes a Sudán y el único material que me había traído para leer cuando estuviese cansado de mirar el paisaje del desierto eran las prolijas e inacabables descripciones que Mann hacía del mismo al insoportable ritmo de una escena de cinco páginas por varios cientos de páginas de descripciones de higueras y distintos tipos de caravanas de camellos y, si la memoria no me falla, capítulos y más capítulos sobre el proceso de secado del tamarindo.
Es el peor error literario del que tengo noticia, a excepción del caso del sesudo estudiante alemán que quería mejorar su pobre inglés durante su viaje por África y el único libro que se había traído con tal propósito era El almuerzo desnudo de William Burroughs, una obra que, a los que no la conozcan, les diré que es el típico relato beat de los años cincuenta sobre el consumo abusivo de drogas. Un texto compuesto por un veinte por ciento de palabras que no se han utilizado en inglés ni antes ni después de su publicación y un cinco por ciento de símbolos y auxiliares que sustituyen a la sintaxis.
Deseaba con todas mis fuerzas haber comprado la versión original alemana de José y sus hermanos, ya que no conozco la lengua y al menos podría haber seguido leyendo sin entender nada.
En vez de ello, me preparé para pasar diez días de calor, alternando la contemplación del desierto en un estado de deshidratación semicomatosa con la lectura obligada de las descripciones que Mann hacía de él en su rígido y tortuoso estilo germánico.
Habría dado lo que fuese por haber podido leer alguna comedia de costumbres inglesa o alguna novela de espionaje de alta tecnología ambientada en la Sección Estratégica de las Fuerzas Aéreas. O una guía telefónica. Cualquier cosa.
Roberto Sapolsky
Es un pasaje muy Sapolsky: mezcla de erudición, autodesprecio, observación antropológica y un humor que consiste en exagerar una desgracia perfectamente trivial hasta convertirla en una tragedia épica.
La broma central es deliciosa porque surge de una mala estrategia aparentemente racional. Sapolsky piensa: "voy a estar un mes viajando, necesito un libro largo". Entonces aplica una lógica casi económica: comprar el libro más grueso posible para maximizar páginas por dólar. El problema es que la literatura no funciona por kilogramo. Descubre demasiado tarde que ha optimizado la variable equivocada.
Luego aparece la ironía mayor: viaja a Sudán, al desierto real, y lleva consigo una novela llena de desiertos. Es como ir a una playa paradisíaca y cargar un documental de ocho horas sobre arena. Mientras tiene delante el Sahara auténtico, Thomas Mann insiste en describirle otro Sahara imaginario con precisión teutónica.
La caricatura de Mann es especialmente divertida. Sapolsky exagera el estilo del novelista hasta volverlo casi una forma de tortura: "cinco páginas por escena", "cientos de páginas de higueras", "capítulos y más capítulos sobre el secado del tamarindo". No importa si Mann escribió exactamente eso; el chiste consiste en transmitir la sensación subjetiva del lector atrapado. Cuando uno está aburrido, diez páginas parecen cien. Cuando uno está agotado por el calor, una descripción de árboles puede sentirse como una condena judicial.
La anécdota del estudiante alemán que intenta aprender inglés leyendo El almuerzo desnudo añade otra capa de humor. Sapolsky establece una competencia por el peor libro posible para una circunstancia determinada. Su error es grande, pero el del estudiante quizá sea peor. Es una especie de olimpiada de malas decisiones literarias.
También hay una observación muy humana sobre la lectura. Un libro extraordinario puede convertirse en el libro equivocado si llega en el momento equivocado. José y sus hermanos es considerada una obra maestra de la literatura del siglo XX, pero una obra maestra de mil quinientas páginas sobre patriarcas bíblicos y caravanas no necesariamente es lo que uno desea mientras se derrite bajo cuarenta grados en un camión africano.
La frase más graciosa, es cuando dice que habría preferido la edición alemana porque no entiende alemán. Ahí el absurdo alcanza su punto máximo: la novela se ha vuelto tan pesada que la incomprensión total parece una mejora. Es un elogio involuntario de la ignorancia como forma de entretenimiento.
Y el remate es perfecto: termina deseando leer una novela de espionaje mediocre, una comedia ligera o incluso una guía telefónica. La guía telefónica funciona porque representa el grado cero de la literatura. Sapolsky no está diciendo que Mann sea malo; está diciendo que, en ese momento y lugar, cualquier secuencia de palabras habría sido más llevadera.
En el fondo, es una pequeña lección sobre la diferencia entre la cultura idealizada y la experiencia real. En nuestra imaginación somos el viajero sofisticado que cruza África leyendo a Thomas Mann. En la realidad, después de diez horas de calor y polvo, uno descubre que lo que realmente quiere es una novela barata, agua fría y una sombra. Y probablemente en ese orden.


