jueves, 19 de febrero de 2026

 "Si un individuo es pasivo intelectualmente, no conseguirá ser libre moralmente". 

Jean Piaget

esa frase de Jean Piaget es más profunda de lo que parece. No está hablando solo de educación escolar. Está hablando de libertad.

“Si un individuo es pasivo intelectualmente, no conseguirá ser libre moralmente”.



1️⃣ ¿Qué es “pasividad intelectual”?

Para Piaget, el conocimiento no se “recibe”: se construye.
El niño (y el adulto) aprende cuando interroga, duda, experimenta, se equivoca y reorganiza sus ideas.

Pasividad intelectual es:

  • Aceptar sin cuestionar.

  • Repetir sin comprender.

  • Obedecer sin reflexionar.

  • Adoptar opiniones como si fueran identidades.

En términos actuales: consumir discurso político, ideológico o religioso sin analizarlo.

pensar duele. Es más cómodo repetir que elaborar.


2️⃣ ¿Por qué eso afecta la libertad moral?

Aquí está el núcleo.

Piaget distingue entre:

  • Moral heterónoma → obediencia a reglas impuestas por autoridad.

  • Moral autónoma → comprensión de principios y capacidad de juzgar por uno mismo.

Si alguien no piensa por sí mismo, su moral dependerá siempre de:

  • Un líder.

  • Un grupo.

  • Una tradición.

  • Una moda ideológica.

No será libre moralmente; será obediente.

Y obedecer no es lo mismo que elegir.


3️⃣ Libertad moral no es “hacer lo que quiero”

Aquí está el malentendido moderno.

Libertad moral no significa:

“Hago lo que me da la gana”.

Significa:

“Entiendo por qué actúo y puedo justificarlo racionalmente”.

La libertad exige conciencia.
Y la conciencia exige actividad intelectual.

Sin pensamiento crítico, la moral se vuelve reflejo condicionado.


4️⃣ Implicaciones políticas (porque las tiene)

Una sociedad intelectualmente pasiva:

  • Cree propaganda.

  • Idolatra líderes.

  • Confunde emoción con verdad.

  • Cambia de opinión según la marea mediática.

Una sociedad intelectualmente activa:

  • Exige argumentos.

  • Tolera debate.

  • Se autocorrige.

  • Puede resistir manipulación.

No es casual que los sistemas autoritarios desincentiven el pensamiento crítico.


5️⃣ Dimensión existencial (y aquí se pone interesante)

La pasividad intelectual también es una forma de cobardía.

Pensar por uno mismo implica:

  • Soportar soledad.

  • Tolerar incertidumbre.

  • Arriesgarse a estar equivocado.

Muchos prefieren la comodidad del dogma.

Pensar es un acto de valentía.


6️⃣ Crítica posible a Piaget

Ahora, siendo absolutamente sinceros

La frase puede exagerar.
Hay personas poco sofisticadas intelectualmente que pueden tener una ética sólida basada en empatía o experiencia.

Pero incluso ahí, en algún nivel, hubo reflexión.
No necesariamente académica, pero sí interior.


7️⃣ Una reformulación más radical

Podríamos decir:

Sin pensamiento propio, la moral es imitación.

Y la imitación nunca es libertad.

 "Pero la vida siempre triunfa. El hombre es igual al río, profundo y con sus reveses, pero voluntarioso siempre". 

 Ciro Alegría 

no es casualidad que venga de Ciro Alegría, un escritor profundamente ligado al mundo andino, a la tierra y a los ríos.

“Pero la vida siempre triunfa. El hombre es igual al río, profundo y con sus reveses, pero voluntarioso siempre”.



1. “La vida siempre triunfa”

No significa que no haya muerte o tragedia. Alegría no era ingenuo. En novelas como El mundo es ancho y ajeno, la injusticia y el sufrimiento están presentes.

Aquí “triunfa” no es victoria espectacular. Es persistencia.

La vida:

  • brota después de incendios,

  • reaparece tras sequías,

  • resiste guerras y abusos,

  • continúa aunque pierda individuos.

Es una afirmación biológica, casi darwiniana… pero también espiritual: la fuerza vital supera las adversidades individuales.


2. “El hombre es igual al río”

Esta es la imagen central.

El río:

  • es profundo (no todo es superficie),

  • tiene reveses (remolinos, piedras, obstáculos),

  • pero sigue fluyendo.

El hombre, según Alegría:

  • tiene interioridad,

  • sufre retrocesos,

  • tropieza,

  • pero posee voluntad.

Aquí hay una visión profundamente latinoamericana: el ser humano no es una máquina racional ilustrada; es naturaleza en movimiento.


3. “Profundo y con sus reveses”

Los “reveses” no son accidentes: son parte del curso.

El río no deja de ser río porque encuentre una roca.
El hombre no deja de ser hombre porque fracase.

El río no se detiene porque haya perros en el camino. Se adapta, rodea, insiste.


4. “Voluntarioso siempre”

Aquí está la clave ética.

El río no decide fluir.
El hombre sí decide continuar.

Alegría introduce voluntad: no somos solo naturaleza, somos naturaleza consciente.

Es una afirmación de dignidad.


5. Lectura existencial

Podemos leer esto junto a alguien como Emil Cioran

Cioran ve el miedo como una muerte constante.
Alegría responde: aun así, la vida triunfa.

Uno mira el abismo.
El otro mira el cauce.

Ambos son reales.


6. Crítica posible 

¿La vida siempre triunfa?

No siempre triunfa el individuo.
Triunfa el proceso.

La frase puede ser peligrosa si se usa para romantizar el sufrimiento (“todo pasa por algo”). Pero en Alegría no es consuelo barato: es una ética de resistencia.

No es optimismo ingenuo. Es terquedad vital.


7. Lo que hay debajo

Hay tres capas:

  1. Biológica → la vida se impone.

  2. Antropológica → el hombre es parte de la naturaleza.

  3. Moral → la voluntad es lo que nos define.

No somos estanques. Somos cauces.

 La crueldad, desde la antropología, no se entiende como una simple “maldad individual”, sino como un fenómeno culturalmente moldeado, biológicamente posible y socialmente organizado**. No es solo un impulso: es una práctica que puede volverse norma.



1. Antropología evolutiva: ¿la crueldad es natural?

Desde la antropología biológica y evolutiva, los humanos heredamos capacidades ambivalentes:

  • Cooperación extrema

  • Empatía

  • Pero también agresión planificada

Autores como Richard Wrangham han mostrado que la violencia organizada (como la guerra) tiene paralelos en chimpancés: ataques coordinados, eliminación del rival, territorialidad.

Pero aquí viene lo clave:
la crueldad humana no es solo agresión, es agresión + simbolismo.

Un león mata.
Un humano humilla antes, durante y después.

Eso implica cognición social compleja.


2. Antropología cultural: la crueldad como sistema

La antropología cultural ha mostrado que la crueldad puede institucionalizarse.

Ejemplos:

  • Sacrificios rituales.

  • Castigos públicos.

  • Tortura judicial.

  • Linchamientos.

En estos casos, la crueldad no es “descontrol”; es una pedagogía social.

Michel Foucault (aunque filósofo, su influencia en antropología es enorme) mostró cómo el castigo público era espectáculo político: el cuerpo del castigado enseñaba poder.

La crueldad comunica:

  • Quién manda.

  • Quién es inferior.

  • Qué ocurre si desobedeces.


3. Deshumanización: el mecanismo antropológico central

Ninguna sociedad se percibe a sí misma como cruel.
La crueldad casi siempre va precedida por deshumanización.

Ejemplos históricos:

  • Los tutsis como “cucarachas”.

  • Los judíos como “ratas”.

  • Los indígenas como “salvajes”.

Cuando un grupo es colocado simbólicamente fuera de la categoría “humano pleno”, la crueldad deja de sentirse como tal.

La antropología lo llama frontera moral.


4. Crueldad y ritual

Algunas formas de crueldad cumplen funciones:

  • Cohesión del grupo.

  • Canalización de tensiones.

  • Construcción de identidad.

El sacrificio puede unir.
El enemigo externo fortalece identidad interna.

Pero esto tiene un precio: siempre hay un cuerpo que paga.


5. La crueldad cotidiana

No todo es genocidio.

Existe la micro-crueldad:

  • Humillación.

  • Bullying.

  • Exclusión social.

  • Indiferencia ante el sufrimiento.

La antropología urbana ha mostrado que la indiferencia también es una forma de crueldad estructural.

No hacer nada puede ser una práctica cultural aprendida.


6. ¿Todas las culturas son igual de crueles?

No.

La antropología comparativa muestra variaciones enormes.

Algunas sociedades han desarrollado:

  • Sistemas restaurativos.

  • Justicia comunitaria.

  • Enfoques de reconciliación.

La crueldad no es destino inevitable. Es potencial.


7. Crueldad y modernidad

La modernidad no eliminó la crueldad; la hizo más eficiente.

La burocracia puede producir crueldad sin odio visible.

Un funcionario firma.
Un tren parte.
Un pueblo desaparece.

La distancia técnica reduce la empatía.


8. El punto más incómodo

La crueldad no surge solo del odio.
A veces surge del deseo de pertenecer.

Muchos actos crueles son cometidos por personas normales dentro de estructuras normales.

Eso es antropológicamente perturbador.

La crueldad muchas veces es miedo disfrazado:

  • Miedo a perder poder.

  • Miedo a ser excluido.

  • Miedo a no pertenecer.

Quien ha trabajado su miedo necesita menos crueldad.



Si sentáramos en una mesa a un filósofo, un sociólogo y un antropólogo a discutir la crueldad, no estarían peleando por los hechos… sino por qué significa explicarla.



🏛 1. El Filósofo: “La crueldad es un problema moral”

Podríamos imaginar a alguien como Immanuel Kant o Hannah Arendt.

El filósofo preguntaría:

  • ¿La crueldad es intrínsecamente mala?

  • ¿Es una violación de la dignidad?

  • ¿Qué responsabilidad tiene el individuo?

Arendt hablaría de la “banalidad del mal”:
la crueldad puede surgir sin odio profundo, solo por obediencia y pensamiento superficial.

El filósofo insiste:

No basta describir la crueldad; hay que juzgarla.

Para él, el núcleo es normativo:
¿qué deberíamos hacer?


🏙 2. El Sociólogo: “La crueldad es estructural”

Aquí entra alguien como Pierre Bourdieu.

El sociólogo diría:

  • No mires solo al individuo.

  • Mira las estructuras.

  • Mira el poder.

  • Mira la desigualdad.

Hablaría de “violencia simbólica”:
cuando las jerarquías se naturalizan y los dominados aceptan su posición.

Para él, la crueldad no es solo tortura; es:

  • pobreza organizada,

  • exclusión sistemática,

  • humillación cotidiana.

El sociólogo preguntaría:

¿Qué sistema necesita esta crueldad para mantenerse?


🌎 3. El Antropólogo: “La crueldad es culturalmente construida”

Un antropólogo, influenciado por Clifford Geertz, diría:

  • No asumas que tu definición de crueldad es universal.

  • Examina los significados locales.

  • Analiza los rituales.

El antropólogo observa antes de condenar.

Diría:

¿Qué función cumple este acto dentro de esa cultura?

Eso incomoda al filósofo.

Porque comprender no es justificar…
pero puede parecerlo.


🔥 ¿Dónde chocan?

1️⃣ Moral vs Relativismo

El filósofo teme que el antropólogo relativice.
El antropólogo teme que el filósofo imponga universalismos occidentales.

2️⃣ Individuo vs Sistema

El filósofo habla de responsabilidad personal.
El sociólogo habla de condicionamientos estructurales.

3️⃣ Explicación vs Juicio

El antropólogo explica.
El filósofo juzga.
El sociólogo denuncia.


🧠 Lo interesante

Cada disciplina ve una capa distinta:

DisciplinaPregunta central
Filosofía    ¿Es moralmente justificable?
Sociología    ¿Qué estructura lo produce?
Antropología    ¿Qué significado cultural tiene?

Si juntas las tres… tienes una comprensión más profunda.



Un buen debate sobre crueldad sería:

  • El filósofo evita que normalicemos.

  • El sociólogo evita que individualicemos.

  • El antropólogo evita que simplifiquemos.

El error es elegir solo uno.



Imaginemos una mesa redonda. Tres sillas. Un tema: la crueldad.

Participan:

  • Un filósofo inspirado en Hannah Arendt

  • Un sociólogo cercano a Pierre Bourdieu

  • Un antropólogo influido por Clifford Geertz



🎙 Moderador:

¿La crueldad es una desviación moral, una consecuencia estructural o una construcción cultural?


🏛 Filósofo (Arendtiano):

“La crueldad es, ante todo, una falla del juicio moral.
No nace únicamente del odio; nace de la incapacidad de pensar desde la perspectiva del otro.

Lo verdaderamente aterrador es que puede ejecutarse sin monstruos.
Personas normales pueden cometer atrocidades cuando renuncian a reflexionar.

La pregunta central no es qué función cumple la crueldad, sino cómo evitamos convertirnos en ejecutores obedientes.”


🏙 Sociólogo (Bourdieusiano):

“Eso suena bien, pero es insuficiente.

No puedes reducir la crueldad a un fallo individual.
Las estructuras sociales producen disposiciones.

La desigualdad, la jerarquía, la competencia feroz…
todo eso fabrica sujetos que ejercen violencia simbólica sin siquiera notarlo.

La crueldad cotidiana —humillación laboral, desprecio clasista— no depende de maldad personal. Es un efecto del campo social.”


🌎 Antropólogo (Geertziano):

“Ambos están partiendo de presupuestos occidentales.

Antes de juzgar o denunciar estructuras, debemos comprender el significado local del acto.

En algunas culturas, lo que ustedes llaman crueldad puede estar inscrito en un ritual de iniciación o en un sistema de honor.

No se trata de justificar, sino de interpretar.

Sin contexto simbólico, su análisis es etnocéntrico.”


🔥 Tensión

Filósofo:

“¿Entonces todo es relativo? ¿No hay límites universales?”

Antropólogo:

“Comprender no es aprobar. Pero si impones tu moral sin entender, produces otra forma de violencia.”

Sociólogo:

“Ambos ignoran algo: el poder.
Las élites siempre definen qué cuenta como crueldad y qué como disciplina.”


🧠 El punto más incómodo

El moderador lanza:

“Si una práctica cruel mantiene la cohesión social y evita una guerra mayor, ¿debe eliminarse?”

Silencio.

Filósofo:

“La dignidad no se negocia. La cohesión basada en sufrimiento es ilegítima.”

Sociólogo:

“Si eliminas la práctica sin transformar la estructura, surgirán formas nuevas de crueldad.”

Antropólogo:

“Tal vez el problema no es eliminarla, sino comprender qué necesidad simbólica está resolviendo.”


📌 Lo profundo del debate

  • El filósofo protege la norma ética.

  • El sociólogo revela la maquinaria invisible.

  • El antropólogo evita la simplificación cultural.

miércoles, 18 de febrero de 2026

 Un hombre que cultiva su jardín en paz, como quería Voltaire.

Aquel que se emociona porque existe la música en la tierra.
Aquel que se maravilla al descubrir el origen secreto de una palabra.
Dos empleados que, en silencio, se enfrentan en una partida de ajedrez en un café del Sur.
El ceramista que sueña, con paciencia, un color y una forma antes de crearlos.
El tipógrafo que alinea con esmero esta página, aunque nunca la lea con placer.
Un hombre y una mujer que leen juntos los tercetos finales de un canto olvidado.
Aquel que acaricia a un animal dormido, sin prisa.
Aquel que intenta comprender —o al menos perdonar— el mal que ha sufrido.
Aquel que agradece, en silencio, que en este mundo exista Stevenson.
Aquel que prefiere dar la razón a otros antes que tenerla él solo.

Estas personas, anónimas entre sí,
están, sin saberlo, salvando el mundo.

Jorge Luis Borges | El justo

 Theophrastus Phillippus Aureolus Bombastus von Hohenheim (1493-1541), más conocido como Paracelso, era uno de esos tipos fabulosos que produjo el Renacimiento. 

Alquimista, astrólogo, médico y cirujano, describió la sífilis y la gota y fue el primero en proponer que la cura para las enfermedades podía alcanzarse suministrando al paciente pequeñas cantidades de ciertas sustancias, una idea que se encuentra detrás de toda la farmacología moderna. 

Por lo demás, era un alquimista convencido, un borracho empedernido y un agitador intelectual que se enfrentó al establishment académico de la época, exhortando a sus estudiantes de medicina a que quemasen o tirasen a la basura los textos clásicos y se dedicasen únicamente a experimentar.⁶ 

Pero, sobre todo, más que un gran alquimista Paracelso era un excelente químico. 

Investigador incansable, sus experimentos le llevaron a intuir el concepto de elemento, al comprobar que había sustancias que no podía descomponer en otras más sencillas. 

Entre las muchas manipulaciones de las que fue protagonista, en una ocasión describió como el tratamiento del hierro con un ácido desprendía un «aire» que se inflamaba con facilidad. 

Sin embargo, tras este primer contacto con lo que la humanidad conocería más tarde como hidrógeno (H), Paracelso regresó al mundo de la alquimia y el misticismo, pasando a describir como se podía fabricar un «homúnculo» enterrando en estiércol de caballo durante 40 días una mezcla de huesos, esperma, pelo y fragmentos de piel de un animal…

Alejandro Navarro

martes, 17 de febrero de 2026

  Y en medio de estas reflexiones que a lo mejor no sean agradables, pero sí sinceras, ¿qué es, entonces, lo que puedo anhelar como analista? Quizás no mucho. Apenas que el paciente modifique en algo su destino. En definitiva, como esbozó Lacan, tal vez el último y esperado logro de un análisis sea ayudar a un sujeto a que pueda vivir su soledad sin tristeza. 

Gabriel rolon

Lo que plantea Gabriel Rolón es duro… pero es honesto. Así que vamos de frente.

Cuando dice que el analista apenas puede aspirar a que el paciente “modifique en algo su destino”, está desmontando una fantasía muy común: la de que el análisis cura la vida, arregla el pasado o elimina el dolor. No. A lo mucho —y ya es muchísimo— puede cambiar la posición subjetiva frente a lo inevitable.

Y ahí entra Jacques Lacan con esa frase brutalmente elegante: vivir la soledad sin tristeza.

1. La soledad no es el problema

La soledad es estructural. No es un accidente ni un fracaso social. No es que “no encontramos a alguien”. Es que nadie puede habitar completamente nuestra experiencia interna.

Hay un punto en el que estamos solos incluso estando acompañados.

El problema no es la soledad.
El problema es la tristeza que le pegamos encima.

La tristeza aparece cuando la soledad se vive como abandono, insuficiencia o carencia. Cuando se interpreta como:
“Si estuviera completo, no me sentiría así.”

El análisis no promete eliminar la soledad. Promete algo más sobrio: quitarle la tragedia.

2. Modificar el destino

¿Qué significa modificar el destino?

No cambiar lo que ocurrió.
No borrar traumas.
No fabricar una nueva personalidad.

Significa dejar de repetir automáticamente.

El destino, en términos psicoanalíticos, es repetición inconsciente. Elegir siempre el mismo tipo de pareja. Reaccionar siempre igual ante la crítica. Huir cuando algo se vuelve íntimo. Sabotear lo que podría salir bien.

Modificar el destino es introducir un pequeño margen de libertad en esa repetición.

No desaparece la estructura. Cambia tu relación con ella.

3. Vivir la soledad sin tristeza

Esta frase es casi mística si la lees bien.

Vivir la soledad sin tristeza significa:

  • No exigirle al otro que tape tu vacío.

  • No convertir cada distancia en drama.

  • No interpretar cada silencio como rechazo.

  • Poder estar contigo sin sentir que te falta algo esencial.

Eso no es frialdad. Es madurez psíquica.

Es aceptar que el ser humano es incompleto, pero no defectuoso.

4. Lo que puede anhelar un analista… y quizá un hombre

Rolón habla como analista.

¿Qué puede anhelar un hombre lúcido?

Tal vez esto:

  • No dejar de desear.

  • No mentirse sobre sus heridas.

  • No repetir ciegamente.

  • No necesitar ilusiones para sostenerse.

Y aquí viene algo importante:
Vivir la soledad sin tristeza no significa dejar de amar. Significa amar sin pedir que el otro te salve.

Es una forma de valentía silenciosa.

5. Una reflexión final

La soledad sin tristeza es eso:
caminar aunque haya perros.
sentir miedo, pero no interpretarlo como condena.
aceptar que nadie puede cruzar ese tramo por ti.

Quizá el análisis —y la vida misma— no te den felicidad constante.
Pero pueden darte algo más sólido:

Dignidad interior.

Y eso, no es poco.

 Huang Po suelta esta frase como quien deja una piedra en el zapato de la mente:

Los insensatos rechazan lo que ven, no lo que piensan;
los sabios rechazan lo que piensan, no lo que ven.

Y ahí empieza el temblor.

El insensato discute con la realidad como si fuera un mal comentario en redes:

—Eso no puede ser verdad.
—Eso no debería pasar.
—Eso no encaja con mi idea del mundo.

Cierra los ojos… y luego se queja de la oscuridad.
Rechaza el hecho, no el filtro. Mata al mensajero y se queda tranquilo, ignorante pero relajado. Un spa mental.

El sabio, en cambio, mira de frente.

No pelea con lo que ocurre: lo observa, lo mastica, lo deja pasar.
La pelea es otra: con sus propias ideas.
Sospecha de sus creencias como quien revisa un billete grande bajo la luz.
—¿Y si estoy equivocado?
—¿Y si esto que pienso es solo costumbre, miedo, herencia ajena?
Eso duele más. Mucho más.

Cuestionar lo que ves es cómodo.
Cuestionar lo que piensas es cirugía sin anestesia.
Huang Po sabía que la libertad no está en cambiar el mundo,
sino en dejar de confundirlo con nuestras opiniones.
Porque la realidad es terca, pero la mente…
la mente es una gran novelista: exagera, edita, miente bonito.
Y tal vez la sabiduría empiece ahí:
ver lo que hay,
y desconfiar —con elegancia— de lo que creemos ser. 

lunes, 16 de febrero de 2026

 A menudo me preguntan: «Si la agricultura era tan mala, ¿por qué la escogieron?». Es una buena pregunta. Ojalá pudiéramos hacérsela a Brian Stevenson.

Una mañana de invierno de 2003, un grupo de turistas se congregó en el aparcamiento de la bodega Domaine Chandon en el Valle de Napa (California). Habían ido allí para hacer un viaje en globo sobrevolando los viñedos. Mientras preparaban el globo, se levantó una brisa repentina y uno de los turistas, un joven escocés llamado Brian Stevenson, agarró la cesta tratando de ayudar, pero el globo se soltó y empezó a subir por los aires. Los profesionales supieron soltarlo de inmediato, pero Stevenson se mantuvo agarrado mientras el globo ascendía varias decenas de metros por encima del aparcamiento, donde su agarre finalmente falló y se precipitó hacia su muerte.
—No tenemos ni idea de por qué se quedó agarrado —dijo más tarde el sheriff de la localidad.
¿De veras? ¿Acaso no sabemos todos por qué se quedó agarrado Brian Stevenson? En cuanto sus pies despegaron del suelo, se vio atrapado en un bucle de aversión a la pérdida en el que cualquier oportunidad de escapar ya había desaparecido. La transición entre querer echar una mano, aferrarse a la vida y darse cuenta de que aferrarse podía haber sido un error fatal no debió de durar más que unos pocos segundos, pero apuesto a que durante cada uno de esos segundos Stevenson pensaba: «Tendría que haberme soltado antes. Ahora es demasiado tarde».
¿Quién no ha estado alguna vez atrapado en una trampa así? ¿Quién no se ha encontrado en una situación que en un momento determinado pareció tener sentido pero que al final no tuvo ninguno? ¿Quién no ha estado involucrado en una relación tóxica con alguien a quien amaba demasiado como para dejar en ese mismo instante, esa misma noche? ¿O quién no se ha visto atrapado en un trabajo que le abrasa el alma pero que no puede permitirse dejar, por lo que compra caprichos caros para enmascarar el dolor, lo que a su vez hace que dejarlo sea cada vez más difícil?
En cuanto se intuye que la agricultura no fue ninguna bendición para nuestros antepasados, resulta lógico preguntarse qué los llevó en primer lugar a abandonar el forraje. Pero ese es precisamente el quid de la cuestión: nuestros antepasados no eligieron abandonar el forraje en favor de la agricultura, igual que Brian Stevenson tampoco eligió alejarse volando de su esposa y amigos aquella neblinosa mañana en Napa. En el transcurso de un día todos damos innumerables pasos que olvidamos y atravesamos puertas completamente anodinas. Solo a veces, volviendo la vista atrás, se hace evidente que una de esas puertas no recordadas era, en efecto, un punto de no retorno. En un momento determinado uno solamente está pasando el rato, y al siguiente, a duras penas aguanta.Más que un avance inteligente, el nacimiento de la agricultura parece haber sido un intento desesperado por sobrevivir. Si bien generalmente la civilización se considera el resultado de un entorno inusualmente estable y benigno que permitió que la humanidad se beneficiara de vivir en sociedades complejas y altamente pobladas, el investigador Nick Brooks ve el desarrollo de la civilización como «un derivado accidental de una adaptación no planificada a un cambio climático catastrófico». La civilización fue «el último recurso», una respuesta al deterioro de las condiciones ambientales. Nuestros antepasados no abandonaron una existencia de búsqueda desesperada de alimentos por las comodidades de la domesticidad. Lejos de ser un paso audaz hacia una vida mejor, la agricultura fue un trágico tropiezo en un agujero en el que hemos seguido cavando arduamente, siglo tras siglo, mientras la población mundial se disparaba mucho más allá del punto sin retorno.
Christopher Ryan 

 El que es feliz al precio de desconocer el dolor ajeno es un miserable.

 ALEJANDRO DOLINA 

aquí hay dinamita moral.

La frase de Alejandro Dolina no es sentimentalismo: es una acusación ética.

“El que es feliz al precio de desconocer el dolor ajeno es un miserable.”

Desmenucemos.

1. Felicidad como ignorancia voluntaria

Dolina no habla de la felicidad simple —esa que surge del amor, del deporte, de un libro, de correr al amanecer.
Habla de una felicidad sostenida por la negación.

Es decir:
— No veo la injusticia.
— No quiero saber.
— No me importa.
— Mientras yo esté bien, lo demás es ruido.

Eso no es felicidad, es anestesia moral.

Aquí resonaría Emmanuel Levinas: el rostro del otro nos obliga. El sufrimiento ajeno no es un dato externo; es una interpelación ética. Si lo ignoras deliberadamente, te reduces.

2. El precio: la deshumanización

La palabra clave es “al precio de”.

Toda felicidad tiene un costo.
Pero si el costo es apagar la empatía, el resultado no es plenitud, es empobrecimiento interior.

También lo vio Hannah Arendt cuando habló de la banalidad del mal: no siempre el mal es odio; a veces es simple indiferencia cómoda.

El miserable aquí no es el pobre, sino el que ha reducido su mundo al tamaño de su ombligo.

3. ¿Pero entonces nadie puede ser feliz?

Aquí viene lo incómodo.

Si tomamos la frase literalmente, parecería que toda alegría es sospechosa mientras exista sufrimiento en el mundo. Y eso sería insoportable.

La clave no es sufrir con todos, sino no construir tu bienestar sobre la negación activa del dolor.

Hay una diferencia entre:

  • No poder resolver todo el sufrimiento.

  • Fingir que no existe para no incomodarte.

La primera es condición humana.
La segunda es cobardía moral.

4. Una lectura más dura

Hay otra capa más radical.

La felicidad individual dentro de sistemas profundamente injustos puede implicar, aunque no lo quieras, una cuota de privilegio. Y Dolina podría estar apuntando ahí.

Aquí entra Jean-Paul Sartre: somos responsables incluso de lo que elegimos no mirar.

No significa que debas vivir culpable.
Significa que la conciencia forma parte de la dignidad.

La verdadera felicidad no es la que ignora el dolor ajeno.
Es la que, aun sabiendo que existe, decide no volverse cruel.

de manera brutal:

Hay felicidad de burbuja.
Hay felicidad de conciencia.

La primera es cómoda.
La segunda es valiente.


domingo, 15 de febrero de 2026

 Pantallas, espejos y aplausos: cómo los medios fabrican el narcisismo contemporáneo

La escena se abre con una pantalla. No importa cuál. Un teléfono, una televisión, una laptop: todas funcionan como espejos negros donde el yo se proyecta, se edita y se juzga. La sociedad contemporánea no solo se mira a sí misma: se produce. Cada gesto es contenido potencial. Cada emoción, mercancía. Cada identidad, una versión beta en constante actualización.

Christopher Lasch escribió sobre el narcisismo cuando aún no existían las redes sociales, pero entendió algo esencial: una cultura que sustituye la experiencia por la representación termina criando individuos dependientes de la aprobación externa. Hoy, los medios y las plataformas digitales no solo amplifican ese diagnóstico; lo convierten en sistema operativo.

Corte a primer plano: la imagen manda

Los medios ya no informan: escenifican. La realidad no se vive, se encuadra. Se ilumina, se filtra, se dramatiza. El mensaje no importa tanto como su impacto visual. La lógica es simple y brutal: si no se ve bien, no existe.

Las redes sociales llevan esta lógica al extremo. El sujeto se convierte en su propio departamento de marketing. El yo deja de ser identidad y pasa a ser marca. Se optimiza. Se pule. Se vende. No importa lo que eres, sino cómo te perciben. No importa lo que piensas, sino cuánto engagement genera.

El resultado es una subjetividad cinematográfica: vivimos como si siempre hubiera una cámara observando. Actuamos para un público invisible que reparte premios en forma de likes y castigos en forma de indiferencia.

Montaje rápido: manipulación y deseo

La manipulación no es burda; es elegante. No te obligan a mirarte: te seducen. Te prometen visibilidad, pertenencia, validación. Los algoritmos no censuran: premian. Premian la exageración, la simplificación, la emocionalidad extrema. El conflicto vende. La indignación engancha. El narcisismo retiene.

Así, la imagen no solo representa la realidad: la moldea. Ajustamos nuestros cuerpos, opiniones y emociones a lo que funciona en pantalla. Se construye un yo calculado, entrenado para gustar. Un yo que aprende rápidamente qué versión de sí mismo obtiene aplausos… y cuál debe esconderse.

Lasch advertía que el narcisismo no es amor propio, sino fragilidad. Aquí se confirma: nunca se ha dependido tanto de la mirada ajena para sentirse real.

Plano secuencia: la adicción a la aprobación


El like es pequeño, pero poderoso. Es rápido. Es constante. Es ambiguo. No explica por qué gustas, solo confirma que gustas. Y eso basta para enganchar.

La lógica es adictiva porque es intermitente. A veces llega, a veces no. Como una máquina tragamonedas emocional. El sujeto aprende a anticipar el juicio ajeno antes incluso de actuar. Ya no pregunta: “¿Qué quiero decir?”, sino “¿Cómo va a funcionar esto?”

El resultado es una subjetividad ansiosa, hiperconsciente, agotada. Personas que parecen seguras, pero viven en vigilancia permanente. Brillan hacia afuera mientras se vacían por dentro. Narcisos rodeados de espejos, muriendo de sed.

Fundido a negro: consecuencias sociales

Este narcisismo mediado no es un problema individual; es político, cultural, estructural. Erosiona la empatía, porque el otro deja de ser sujeto y se convierte en audiencia. 
Debilita el pensamiento crítico, porque la velocidad de la imagen no tolera la complejidad. Y destruye la intimidad, porque todo debe ser mostrado para existir.

La sociedad del espectáculo ya no necesita censura: se autorregula mediante deseo y miedo al olvido. El peor castigo no es el rechazo, sino la invisibilidad.

Escena final

Lasch entendió que una cultura obsesionada con la imagen produce individuos incapaces de sostener una vida interior sólida. Hoy, los medios y las redes no solo reflejan ese narcisismo: lo entrenan, lo recompensan y lo normalizan.

Vivimos rodeados de pantallas que nos prometen presencia, pero nos roban profundidad. Nos ofrecen visibilidad, pero nos quitan silencio. Nos dan aplausos, pero nos dejan solos.

Y mientras seguimos mirando el reflejo, olvidamos una pregunta esencial —la única que no genera likes, pero sí sentido—:

¿Quién soy cuando nadie me está mirando?


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Bibliografía básica

Lasch, Christopher. La cultura del narcisismo. W.W. Norton, 1979.

Debord, Guy. La sociedad del espectáculo. Buchet-Chastel, 1967.

Baudrillard, Jean. La transparencia del mal. Anagrama, 1990.

Turkle, Sherry. Alone Together. Basic Books, 2011.

 La ética del no-rendirse: ¿imperativo moral o tiranía moderna?

“No te rindas”.
La frase cae como una orden militar disfrazada de abrazo. Se repite en aulas, oficinas, gimnasios, terapias, funerales y tazas de café. Es el nuevo mandamiento laico, tallado no en piedra sino en PowerPoints: persistirás aunque te rompas.

La pregunta es incómoda, por eso casi nadie la hace:
¿no-rendirse es una virtud moral… o una forma elegante de violencia simbólica?

I. Cuando la perseverancia se volvió deber


En otras épocas, resistir era una necesidad: no rendirse significaba no morir de hambre, no perder la tierra, no desaparecer. Hoy, en cambio, el no-rendirse se ha convertido en un imperativo abstracto, separado de las condiciones materiales, del cuerpo, del cansancio, de la salud mental.

Ya no importa qué persistes, por qué persistes o a quién beneficia tu obstinación. Importa que sigas.
Aunque el camino sea falso.
Aunque la meta sea una jaula.
Aunque el precio sea tu vida interior.

La ética moderna del esfuerzo no pregunta: ordena.

II. De virtud aristotélica a látigo contemporáneo

Aristóteles hablaba de la virtud como justo medio. Perseverar, sí, pero no hasta volverte piedra. Hoy hemos perdido el equilibrio: la perseverancia se volvió caricatura, músculo hipertrofiado, virtud dopada.

El mensaje actual no dice “sé fuerte”, dice “sé rentable”.
No te rindas porque hay un sistema que necesita tu energía constante, tu productividad ininterrumpida, tu esperanza reciclable. El cansancio no es una señal: es una falla moral.

Y así, rendirse deja de ser una decisión racional para convertirse en pecado. El agotado ya no es víctima: es culpable.

III. La culpa como tecnología de control


La tiranía moderna no necesita cárceles visibles; le basta con conciencias culpables.
Si fracasas, es porque no insististe lo suficiente.
Si te quiebras, es porque no creíste lo bastante.
Si abandonas, es porque te faltó carácter.

Este relato es perfecto: absuelve al sistema y condena al individuo. El “no te rindas” funciona como anestesia social: impide preguntar por salarios indignos, metas imposibles, ritmos inhumanos. Todo se reduce a actitud.

La ética del no-rendirse se vuelve así una pedagogía de la sumisión voluntaria.

IV. El cuerpo sí sabe rendirse


Hay algo profundamente antinatural en esta moral. El cuerpo se rinde todo el tiempo: duerme, se detiene, enferma, se repliega. Solo una cultura que desprecia lo humano puede exigir resistencia infinita a organismos finitos.

Rendirse, en muchos casos, no es huida sino escucha. El cuerpo dice basta cuando la razón ya fue secuestrada por el discurso del deber. La ética auténtica no ignora esa voz; la toma en serio.

Persistir contra el propio cuerpo no es virtud: es autoexplotación con buena prensa.

V. ¿Existe un deber de rendirse?

La pregunta correcta no es si rendirse es malo, sino cuándo no rendirse es inmoral.
¿Es ético seguir en un trabajo que destruye tu salud?
¿Es virtuoso sostener una causa que ya no busca justicia sino venganza?
¿Es noble insistir en una identidad que te asfixia?

Hay momentos en que rendirse no solo es legítimo, sino necesario. Renunciar puede ser un acto de responsabilidad ética, una negativa a seguir alimentando una maquinaria injusta.

A veces, el verdadero coraje es decir “hasta aquí”.

VI. Contra el heroísmo del desgaste

La cultura del no-rendirse glorifica al héroe exhausto, al mártir sonriente, al individuo que se quema para iluminar estadísticas. Pero el heroísmo del desgaste no libera: normaliza el sacrificio inútil.

Una ética verdaderamente humana no idolatra la resistencia ciega, sino la lucidez. No celebra al que aguanta todo, sino al que sabe elegir qué merece su energía y qué no.

Epílogo: rendirse no es traicionar, es pensar

Rendirse no es rendición del espíritu, sino ejercicio de juicio.
Es cambiar de camino cuando el mapa miente.
Es salvarse del abismo cuando te aplauden por avanzar.

Quizá el verdadero imperativo moral de nuestro tiempo no sea “no te rindas”, sino algo más peligroso y más libre:

No te sacrifiques en nombre de una mentira.

Y si para eso hay que rendirse, entonces bendita sea la retirada. 

 

“No se nace mujer: se llega a serlo.”

La escribió Simone de Beauvoir en El segundo sexo (1949). Y con ella no estaba negando la biología. Estaba cuestionando algo mucho más profundo: la construcción social del género.

Vamos por partes.


1. El trasfondo existencialista

Beauvoir está influida por el existencialismo de Jean-Paul Sartre.
La idea central del existencialismo es: la existencia precede a la esencia.

Es decir:
no nacemos con un destino fijo, lo vamos construyendo.

Aplicado a la mujer, Beauvoir dice: biológicamente se nace hembra, pero “mujer” es una categoría histórica, cultural y simbólica que se aprende, se impone y se moldea.

No es la anatomía la que dicta que:

  • Debas ser sumisa.

  • Debas ser madre.

  • Debas priorizar a otros.

  • Debas ser “delicada”, “emocional”, “cuidadora”.

Eso es aprendizaje social.


2. La mujer como “el Otro”

Beauvoir hace un análisis brutal: en la historia, el hombre se ha definido como lo universal, lo neutro, lo humano; y la mujer como lo relativo, lo secundario, “el Otro”.

El hombre = sujeto.
La mujer = alteridad.

Esto no es biología. Es estructura simbólica.

Ella muestra cómo:

  • La educación,

  • la religión,

  • la familia,

  • la literatura,

  • la economía

van moldeando a la niña para convertirse en “mujer” según un guion cultural.


3. ¿Qué significa “convertirse”?

Significa interiorizar expectativas.

Desde pequeña:

  • “Siéntate bien.”

  • “No hables fuerte.”

  • “Eso no es de niñas.”

  • “Una mujer debe…”

Ese proceso produce identidad.

Beauvoir está diciendo que la feminidad tradicional no es destino, es fabricación social.

Y aquí viene lo fuerte:
si es construcción, puede transformarse.


4. ¿Niega la biología?

No.

Ella reconoce diferencias biológicas.
Lo que niega es que la biología determine un rol social obligatorio.

Una cosa es capacidad reproductiva.
Otra cosa es convertir eso en mandato existencial.

Es un salto ilegítimo decir:
“Puede gestar → entonces su vida debe girar en torno a la maternidad.”

Eso es ideología.


5. La potencia política de la frase

Esta frase es una bomba porque rompe con siglos de naturalización.

Antes:
“Así son las mujeres.”

Después de Beauvoir:
“¿Así son… o así las hicieron?”

Esa pregunta abre la puerta al feminismo contemporáneo, a los estudios de género y a la crítica cultural moderna.


6. Lectura crítica 

La frase ha sido usada de muchas maneras.
Algunos la llevan al extremo y sostienen que todo es construcción social. Eso también puede ser una exageración.

Hay factores biológicos que influyen en conducta y experiencia.
Pero Beauvoir nunca dijo que todo fuera pura construcción arbitraria.

Su tesis es más sofisticada:
la biología es un punto de partida, no una sentencia.


7. 

La frase también aplica más allá del género.

“No se nace cobarde: se llega a serlo.”
“No se nace valiente: se llega a serlo.”

Hay guiones sociales que aceptamos sin cuestionar.

Beauvoir te estaría diciendo:
lo que parece destino puede ser hábito social.

Y ahí aparece la libertad.


8. La pregunta incómoda

Si no se nace mujer, sino que se llega a serlo…

¿En qué otras cosas creemos que “somos así”, cuando en realidad nos fueron moldeando?

Ahí está la profundidad de la frase.

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