jueves, 12 de febrero de 2026

 

La historia de Kekulé y la serpiente que se muerde la cola

Friedrich August Kekulé era un químico alemán del siglo XIX. 

En su tiempo, la química orgánica estaba llena de piezas sueltas: se conocían los átomos, se sabían sus combinaciones, pero nadie entendía bien cómo estaban ordenados en el espacio. El caso más desesperante era el del benceno.

El benceno tenía una fórmula simple: C₆H₆.
Pero esa fórmula era un escándalo. No cuadraba con ninguna estructura lineal conocida. Si se acomodaban los átomos “en fila”, las cuentas no salían. Era como tener seis letras y seis sobres… pero ninguna forma de meterlas sin que algo sobrara o faltara.

Kekulé llevaba años obsesionado con ese problema.

Una noche —él mismo lo contó muchos años después, ya consagrado— estaba somnoliento frente al fuego. No dormía del todo, no estaba del todo despierto. En ese estado raro, liminal, las ideas empezaron a moverse solas. Vio átomos danzando, uniéndose y separándose, formando cadenas.

Y entonces ocurrió la imagen decisiva.

Una de esas cadenas se dobló sobre sí misma
hasta formar un anillo.
Y en el anillo apareció una figura antiquísima:
una serpiente mordiéndose la cola.

El ouroboros.

Kekulé se despertó de golpe. No era una alucinación sin sentido: era la solución. El benceno no era una cadena abierta, sino una estructura cerrada, un anillo hexagonal. Seis carbonos enlazados en círculo, con hidrógenos hacia afuera.

Esa intuición cambió la química para siempre.
De ahí nace la química estructural moderna, los plásticos, los fármacos, la industria orgánica entera.


Lo que esta historia dice en el fondo

Kekulé no resolvió el problema pensando más fuerte, sino pensando distinto.

  1. El inconsciente pensó antes que el cálculo
    Él llevaba años trabajando el problema. El sueño no fue magia: fue destilación. El cerebro hizo lo que la vigilia no podía.

  2. La ciencia también piensa con símbolos
    El ouroboros no es químico: es mítico, alquímico, arcaico. Y aun así, fue exacto. La razón moderna se apoyó en una imagen milenaria.

  3. La verdad a veces aparece cuando soltamos el control
    No llegó en el laboratorio, sino frente al fuego, medio dormido. Como si el conocimiento exigiera humildad: dejar de empujar.

Kekulé lo dijo con una frase famosa, casi una advertencia:

“Aprendamos a soñar, caballeros, y quizá encontremos la verdad.”


Por qué esta historia sigue siendo incómoda

Porque rompe un mito que todavía nos obsesiona:
que el conocimiento nace solo del método frío, del cálculo puro, de la mente disciplinada.

No.

A veces nace del símbolo, del sueño, del desorden fértil.
Como diría Freud después: el inconsciente también piensa.
Como diría Jung: los arquetipos saben antes que nosotros.

Y por último
hay verdades que no se descubren marchando en línea recta,
sino atreviéndose a dar la vuelta completa.

 


Qué cosa más bella y dolorosa.

Vamos verso por verso, porque Storni no escribe para que la leamos rápido; escribe para que la atravesemos.


“¿De qué desierto antiguo eres memoria”

Aquí hay una imagen brutal.

El “desierto antiguo” no es geográfico: es existencial.
Es algo primigenio, arcaico, que viene de antes. Puede ser:

  • La soledad original del ser humano.

  • Una herida ancestral.

  • La falta constitutiva que nos habita.

  • El vacío anterior a todo amor.

Decir que alguien “es memoria” de ese desierto implica que encarna una carencia vieja, profunda, casi mítica. No es un simple abandono: es una sequía ontológica.

Es como si esa persona estuviera hecha de ausencia.


“que tienes sed y en agua te consumes”

Aquí está la paradoja.

Tiene sed… pero cuando encuentra agua, se consume en ella.

¿Qué significa esto?

El deseo que destruye lo que lo satisface.
La incapacidad de recibir amor sin autodestruirse.
El hambre emocional que no sabe nutrirse.

Es muy heideggeriano sin quererlo: el ser humano desea plenitud, pero la plenitud lo desborda.

O dicho más brutalmente: hay personas que cuando aman, se anulan.

La sed no se sacia: se vuelve combustión.


“y alzas el cuerpo muerto hacia el espacio”

El cuerpo muerto.

Aquí puede haber dos cosas:

  1. El cuerpo agotado por esa sed eterna.

  2. El cuerpo que ya no siente, pero todavía se levanta.

Y lo levanta “hacia el espacio”. Hacia arriba.
Hay una tensión vertical: tierra ↔ cielo.

Es casi una imagen religiosa: un cadáver que aún intenta trascender.

Como si el deseo fuera tan grande que ni la muerte lo apaga.


“como si tu agua fuera del cielo”

Aquí está la clave simbólica.

No busca agua terrenal.
Busca agua celestial.

No quiere amor humano.
Quiere absoluto.

No quiere compañía.
Quiere redención.

Es la sed de infinito.


¿Qué está diciendo Storni en el fondo?

Está describiendo a alguien (¿un amante? ¿ella misma?) que:

  • Viene de una sequía ancestral.

  • Tiene una sed imposible de saciar.

  • Se destruye cuando intenta saciarla.

  • Busca algo que no es humano, sino trascendente.

Es una radiografía del alma insatisfecha.

Hay una sed de sentido.

Y cuando el agua no es suficiente, uno empieza a buscar cielo.


Capa psicológica

Podría leerse como:

  • Amor dependiente.

  • Melancolía estructural.

  • Personalidad que necesita absoluto y no soporta lo ordinario.

Storni tenía una conciencia aguda del deseo femenino, del amor desigual, del desgaste emocional. Hay algo autobiográfico inevitable en esa imagen.


Capa existencial

El ser humano es desierto que busca lluvia.

Pero a veces la lluvia no salva. A veces disuelve.

La pregunta del poema no acusa: interroga.
“¿De qué desierto eres memoria?”
Es casi compasiva.


miércoles, 11 de febrero de 2026

 Los hombres se humedecieron los labios, conscientes de su sed. Y todos sintieron un poco de terror. 

 JOHN STEINBECK 

Steinbeck ahí está haciendo algo muy fino.

En apariencia habla de sed física: hombres que se humedecen los labios porque tienen la boca seca. Pero Steinbeck rara vez se queda en lo literal. Esa imagen casi siempre apunta a algo más profundo.

Veamos la frase por partes:

“Se humedecieron los labios, conscientes de su sed.”
Eso implica que la necesidad ya no es instintiva, sino consciente. No es solo un impulso corporal: es darse cuenta de que falta algo.

“Y todos sintieron un poco de terror.”
¿Por qué terror por tener sed? Porque cuando el deseo se vuelve consciente, aparece la vulnerabilidad. La sed significa dependencia. Significa que algo afuera es necesario para sobrevivir.

En Steinbeck, la “sed” suele simbolizar:

  • Hambre de justicia

  • Hambre de dignidad

  • Hambre de tierra

  • Hambre de afecto

  • Hambre de poder

  • Hambre de supervivencia

Cuando un grupo de hombres se da cuenta de su sed colectiva, ocurre algo peligroso. Porque la necesidad compartida puede convertirse en furia, rebelión o desesperación.

El terror no es solo por la carencia.
Es por lo que esa carencia puede provocar.

En Las uvas de la ira, por ejemplo, la conciencia de la injusticia es lo que asusta a los poderosos. Cuando los hombres reconocen su hambre, dejan de resignarse.

Hay también otra lectura más existencial:
La sed es deseo. Y el deseo revela que no somos autosuficientes. Somos seres necesitados. Y eso siempre da un poco de miedo.

Steinbeck entendía muy bien algo 
cuando la necesidad se acumula —económica, social o emocional— se vuelve fuerza histórica.

Esa frase es una antesala. Es el momento previo a algo grande.
Un silencio cargado.

 Claro que Dios existe. Es mujer y se llama Lluvia. 

GUSTAVO DUCH 


esta frase es poesía con filo.

“Claro que Dios existe.
Es mujer
y se llama Lluvia.”

No es una afirmación teológica literal. Es una declaración simbólica y política.



1. “Claro que Dios existe”

Empieza con una certeza rotunda. No argumenta. No debate. Afirma.

Eso ya es interesante: en vez de entrar en la discusión clásica de si Dios existe o no, desplaza la pregunta. No discute la existencia; redefine el concepto.

Es un gesto casi nietzscheano al revés: no mata a Dios… lo transforma.


2. “Es mujer”

Aquí hay ruptura.

Durante siglos, en las religiones monoteístas dominantes, Dios ha sido representado como masculino: Padre, Rey, Señor.
Nombrarlo mujer es un acto de subversión simbólica.

No necesariamente feminismo doctrinal, sino algo más profundo:

  • La mujer como principio de fertilidad.

  • La mujer como dadora de vida.

  • La mujer como matriz de lo existente.

Es una corrección cultural. Un recordatorio de que lo divino no tiene sexo, pero nuestra imaginación sí… y ha sido patriarcal.


3. “Y se llama Lluvia”

Aquí está la clave.

La lluvia:

  • Da vida.

  • No discrimina.

  • Cae sobre ricos y pobres.

  • Es necesaria, humilde, silenciosa.

  • No exige culto.

En vez de un Dios juez, guerrero o legislador, aparece un Dios-ciclo natural.

Esto conecta más con visiones panteístas o indígenas que con el monoteísmo clásico. Dios no como autoridad moral, sino como fenómeno vital.

al que ama los árboles, entenderá la fuerza de esa imagen:
sin lluvia no hay bosque.
sin bosque no hay mundo respirable.

La lluvia es invisible antes de caer y esencial después. Como lo sagrado en su versión más simple.


4. ¿Qué está haciendo realmente la frase?

Está desplazando lo divino:

  • Del cielo al clima.

  • Del dogma a la naturaleza.

  • Del poder al cuidado.

  • Del castigo a la fertilidad.

Es una especie de teología ecológica en tres líneas.


5. Pero ojo

También tiene una trampa poética:
si Dios es la lluvia, entonces Dios también es sequía.
Y tormenta.
Y huracán.

La naturaleza no es moral. No es buena ni mala. Es.

Entonces la frase no humaniza a Dios… deshumaniza lo divino. Lo vuelve ciclo.

Eso puede ser profundamente liberador… o profundamente inquietante.


6. Lo más interesante

La frase no busca probar nada. Busca cambiar la imagen mental.

Y quien controla la imagen de Dios, controla la imaginación moral de una cultura.


martes, 10 de febrero de 2026


 

 Charlie Chaplin: el silencio que gritó humanidad


Charlie Chaplin caminó por el mundo con zapatos más grandes que la injusticia y un bastón que no servía para apoyarse, sino para señalar. Señalar al poder, al hambre, a la risa mal distribuida. Era un vagabundo, sí, pero de esos que saben más que los ministros y sienten más que los banqueros.

Chaplin nació pobre —como nacen las verdades incómodas— y decidió que el silencio podía ser un arma cargada de ternura. Mientras el mundo aprendía a gritar con micrófonos nuevos, él eligió callar y hacer que el cuerpo hablara: una ceja levantada era una tesis; una caída, un manifiesto; una sonrisa torcida, una revolución chiquita pero persistente.

El cine, con él, dejó de ser espectáculo y se volvió espejo. No uno amable: uno que te devuelve la cara sucia después de la fábrica, el estómago vacío después del turno, la dignidad hecha migas… y aun así, la risa. Porque Chaplin no negaba la tragedia: la hacía bailar. Convertía la maquinaria del capitalismo en un monstruo ridículo que se atraganta con sus propios engranes. Y ahí, entre tuercas y relojes, el hombre diminuto se rehúsa a ser cosa.

Su vagabundo no pide limosna: exige humanidad.
No conquista reinos: conquista miradas. No habla, pero dice todo. En Luces de la ciudad, el amor es ciego pero no tonto; en Tiempos modernos, el progreso corre tan rápido que se olvida de a quién deja atrás. Chaplin entendió algo elemental y peligroso: que la risa puede ser más subversiva que el discurso, más contagiosa que el miedo.

Lo persiguieron por pensar, lo exiliaron por sentir, lo acusaron por no alinearse.
Nada nuevo: al que se ríe del emperador siempre le quieren cortar la carcajada. Pero Chaplin siguió caminando, hacia el horizonte, con ese paso torcido que es pura poesía física. Nos enseñó que la dignidad cabe en un gesto mínimo, que el amor puede sobrevivir al barro, y que el silencio —bien usado— puede tumbar imperios.

Chaplin se fue, pero el vagabundo sigue ahí, cruzando la pantalla y la calle, recordándonos que ser humano es tropezar, levantarse, sacudirse el polvo… y seguir riendo. Porque, al final, la risa no fue su escape: fue su ética. Y vaya que hacía falta. 

 "El que no conoce la verdad es simplemente un ignorante. Pero el que la conoce y la llama mentira, ¡ese es un criminal!" 

 Bertolt Brecht 

esta frase de Brecht es un martillazo ético. No distingue entre error y maldad por capricho: marca una frontera moral muy clara.

El ignorante no es culpable en el sentido pleno. No sabe, no ve, no tuvo acceso, no tuvo herramientas. Su falla es cognitiva, no ética. Puede aprender, corregirse, despertar. Por eso la ignorancia —aunque peligrosa— todavía es rescatable.

Pero el segundo caso es otra cosa: sabe. Ha visto la evidencia, ha entendido la verdad, y aun así decide llamarla mentira. Ahí ya no hay confusión, hay voluntad. Es una elección consciente: torcer la realidad para proteger intereses, poder, comodidad o identidad. Eso ya no es error: es daño deliberado.

Brecht apunta al núcleo de la propaganda, de la hipocresía política, del cinismo intelectual. El criminal no es solo quien aprieta el gatillo, sino quien falsea la realidad sabiendo que al hacerlo empuja a otros al abismo. El que miente desde el micrófono, el que distorsiona desde la cátedra, el que relativiza lo evidente con tal de no perder privilegios.

Hay algo todavía más inquietante: llamar mentira a la verdad no solo engaña a otros, también corrompe el lenguaje, y cuando el lenguaje se corrompe, la gente ya no puede pensar con claridad. Ahí nacen los “es que no es tan simple”, los “hay que ver los dos lados” incluso frente a hechos brutales. Brecht entendía que el poder más siniestro no es el que reprime, sino el que confunde.

Y ojo: esta frase también incomoda a los “neutrales”. Porque muchas veces no se trata de no saber, sino de no querer saber. De mirar para otro lado. De hacerse el tonto. En ese punto, la ignorancia empieza a dejar de ser inocente.

En tiempos donde la mentira se disfraza de opinión y la verdad se llama “narrativa”, Brecht nos recuerda algo incómodo pero necesario:
la verdad no solo importa; genera responsabilidad.
Y cuando se traiciona a sabiendas, ya no estamos ante un error humano, sino ante una falta moral grave.

Como diría Carlin: no todos los idiotas son peligrosos… pero los mentirosos conscientes, esos sí mueven el mundo para peor.

lunes, 9 de febrero de 2026

 Esa frase de Flannery O’Connor es corta pero profunda, y merece que la desmenucemos con cuidado. 

1. “La base del arte es la verdad”
Aquí O’Connor establece un principio casi moral o filosófico sobre el arte: la verdad no es solo un ingrediente, sino el cimiento. Esto no significa necesariamente que el arte deba ser documental o literal, sino que debe resonar con una verdad profunda sobre la condición humana, la existencia, o la experiencia. En el caso de O’Connor, que era escritora de ficción con fuerte carga religiosa y moral, la verdad a menudo se traduce en verdad espiritual o ética, aunque encarnada en personajes y situaciones muy humanas, incluso grotescas o violentas.

2. “Tanto en la materia como en el modo”
Esto es lo que lo hace más interesante: distingue dos niveles:

  • Materia: el contenido del arte, lo que se cuenta, el tema, los personajes, la situación. La verdad aquí implica autenticidad: los personajes actúan como seres humanos reales, los conflictos son verosímiles, el mundo narrativo funciona de manera coherente. Por ejemplo, O’Connor a menudo muestra la fe, la crueldad, la hipocresía y la redención de manera que nadie puede negar que “podría pasar”.

  • Modo: el cómo se cuenta. Esto incluye el estilo, la estructura, la voz narrativa, el ritmo, los símbolos, la forma. Incluso si la materia es profunda, si el modo no es sincero o está manipulado, el arte pierde su verdad. Por ejemplo, un autor que fuerza emociones o utiliza clichés pierde esa “veracidad del modo” que O’Connor valora.

3. Implicaciones

  • El arte no es solo un entretenimiento o decoración; tiene una responsabilidad ética y estética.

  • La “verdad” en el arte puede ser incómoda, perturbadora, o fea. O’Connor misma no evitaba lo grotesco ni lo violento porque eso reflejaba la verdad de la vida.

  • La frase sugiere que la falsedad, aunque sea técnica o estéticamente atractiva, debilita la esencia del arte.

En resumen:
Para O’Connor, un cuento, novela o pintura auténtica toca algo real en quien lo experimenta, tanto por lo que dice como por cómo lo dice. No se trata solo de verosimilitud externa, sino de coherencia interna y resonancia moral o existencial.

Vamos a aplicar la frase de O’Connor a “Un hombre bueno es difícil de encontrar”, su cuento más famoso, y ver cómo la verdad aparece en la materia y en el modo.


1. Materia (el contenido)

En este cuento, O’Connor nos presenta a una familia que viaja de Georgia a Florida, y su encuentro con El Asesino, “El Misfit”.

  • La verdad aparece en los personajes: la abuela es manipuladora, egoísta, pero también temerosa y vulnerable; los niños son inocentes y algo crueles; el Misfit es brutal, pero no caricaturesco, tiene su lógica y su código moral retorcido.

  • Los conflictos reflejan la condición humana real: egoísmo, hipocresía, miedo a la muerte, búsqueda de sentido.

  • La tragedia final no es gratuita: surge de las decisiones y la psicología de los personajes, no de un artificio externo. Es una verdad brutal de la vida y de la muerte, típica de O’Connor.

→ Materia verdadera: personajes y trama que podrían existir, con conflictos humanos universales y consecuencias inevitables.


2. Modo (cómo se cuenta)

  • El estilo de O’Connor combina humor negro, detalle minucioso y tensión creciente. La manera en que describe la carretera, el paisaje, la actitud de la abuela o los gestos del Misfit crea un tono inquietante pero verosímil.

  • Los diálogos son naturales y reveladores; cada línea construye carácter y tensión.

  • O’Connor no edulcora la violencia ni la fe: presenta los hechos y las decisiones sin sentimentalismos, pero con una precisión casi clínica. Esto genera un efecto de auténtica resonancia emocional y moral.

→ Modo verdadero: estilo que respeta la realidad emocional y ética de la historia, sin manipular artificialmente al lector.


3. Síntesis

La historia funciona como arte porque la verdad está en ambas dimensiones:

  • Materia: personajes creíbles, conflictos auténticos, temas universales.

  • Modo: estilo coherente, lenguaje preciso, tensión y simbolismo que reflejan la realidad de la experiencia humana.

O’Connor demuestra que el arte no consiste solo en contar algo interesante, sino en que ese algo sea profundo, honesto y plenamente humano, tanto en lo que dice como en cómo lo dice.

 El infierno como herramienta pedagógica: educar con miedo


Hay métodos educativos que no envejecen: la curiosidad, el juego, la paciencia.
Y hay otros que huelen a sótano antiguo, a vela apagada y a grito contenido.
El infierno pertenece a esta segunda categoría.

Sam Harris no se anda con metáforas suaves: enseñar a un niño que puede arder eternamente por pensar mal no es educación, es intimidación metafísica. Un chantaje cósmico envuelto en lenguaje piadoso.
Pórtate bien… o arde para siempre.
Ni el peor maestro de primaria se atrevió a tanto.

El infierno funciona como una pedagogía del terror. 
No busca comprensión, busca obediencia. No cultiva la ética, la reemplaza por reflejos condicionados. Como entrenar perros, pero con almas eternas de por medio.

Y ojo: no hablamos de monstruos con cuernos saliendo del clóset. Hablamos de algo más fino, más eficiente.
El miedo interiorizado.
La culpa anticipada.

La voz invisible que vigila incluso cuando nadie mira.

Educar con infierno es enseñarle al niño que pensar es peligroso,
que dudar es pecado y que la curiosidad tiene consecuencias eternas. Es sembrar ansiedad donde debería crecer criterio.
Una mente así no decide: se protege.

Harris señala una paradoja brutal:
si un adulto amenazara a un niño con tortura perpetua para que se comporte, lo llamaríamos abuso.
Pero si la amenaza viene firmada por Dios, la llamamos tradición.

El infierno convierte la moral en cálculo:
¿Esto es bueno… o solo evita el castigo?
¿Soy ético… o simplemente tengo miedo?

Y una moral basada en el miedo no es moral:
es supervivencia emocional.
No hay virtud en obedecer con la garganta apretada.

Peor aún: el infierno infantil no desaparece al crecer. Se queda como eco. Se transforma en angustia, en autocensura, en culpa crónica. Un firewall emocional que bloquea ideas nuevas “por si acaso”.

Educar debería ser lo contrario:

enseñar a elegir incluso cuando nadie castiga,
a actuar bien incluso sin recompensa,
a pensar sin pedir absolución.

Una ética madura no necesita fuego eterno como respaldo.
Necesita empatía, razones, consecuencias reales en este mundo real.

Harris no propone criar niños sin límites, sino sin terrores innecesarios.

Porque un niño que actúa por miedo no es bueno: está domesticado.
Y una sociedad de adultos domesticados es fácil de gobernar, fácil de manipular, fácil de asustar.

Al final, la pregunta no es teológica, es ética:
¿qué clase de humanidad estamos formando cuando enseñamos que el amor viene acompañado de amenaza?

Quizá ya va siendo hora de jubilar al infierno como método educativo.
Apagar el fuego.
Y dejar que la moral aprenda a caminar sin gasolina espiritual.

  Los amores son como los imperios cuando desaparece la idea sobre la cual han sido construidos ...perecen ellos también.


(Milan Kundera)

Kundera lanza la frase como quien deja caer una copa de cristal desde un imperio en ruinas: no hace ruido inmediato, pero el eco dura años.

“Los amores son como los imperios: cuando desaparece la idea sobre la cual han sido construidos… perecen ellos también.”

Aquí no habla del amor como sentimiento, sino como arquitectura. El amor —como el imperio— no se sostiene solo por emoción, sino por una idea fundacional: fidelidad, eternidad, destino, salvación, proyecto compartido, incluso una mentira hermosa. Cuando esa idea se evapora, el edificio queda en pie… pero ya está muerto. 
Un cadáver con balcón.

En La insoportable levedad del ser, Kundera dinamita la ilusión romántica de que el amor se basta a sí mismo. 
No. El amor necesita peso simbólico. 
Necesita creer en algo más grande que el deseo momentáneo. Cuando ese “algo” cae —como cae una ideología, una fe, una narrativa— el amor entra en fase imperial tardía: burocracia emocional, gestos automáticos, besos como trámites.
El paralelismo con los imperios es cruel y exacto:
Nacen de una idea poderosa (Roma: orden; el amor: sentido).
Se expanden mientras esa idea seduce.
Decaen cuando la idea ya no convence, pero el aparato sigue funcionando por inercia.
Colapsan no por falta de fuerza, sino por falta de creencia.
Y aquí entra la gran obsesión de Kundera: la levedad.
Si el amor pierde su idea, se vuelve liviano, intercambiable, prescindible. 
Flota. 
No duele lo suficiente como para quedarse ni pesa lo suficiente como para luchar. 
La levedad no es libertad: es evaporación.
Por eso en la novela los personajes aman, pero no logran fundar del todo sus amores. 
Falta el mito. 
Falta la épica. 
Falta esa mentira necesaria que hace que dos personas digan: “esto importa más que yo”. 
Sin eso, el amor es turismo emocional: se disfruta, se fotografía, se abandona.
Kundera no es un moralista; es peor: es un forense del amor moderno. Nos muestra que no se muere porque falte pasión, sino porque ya nadie cree en lo que esa pasión prometía.
En resumen, dicho sin incienso:  
No mueren los amores cuando se acaba el amor.
Mueren cuando se acaba la idea que los justificaba.
Y entonces sí: cae el imperio, se apagan las banderas, y solo queda una frase perfecta para escribir sobre las ruinas.

domingo, 8 de febrero de 2026

 


Nina Simone: la rabia como forma superior de honestidad

Nina Simone no fue una cantante de protesta.
Eso es una simplificación cómoda, casi una falta de respeto.
Nina Simone fue una mujer a la que el mundo le cerró la puerta en la cara y que, en lugar de pedir disculpas por incomodar, decidió tocar el piano con furia, cantar con verdad y mirar al poder sin bajar los ojos.

Ella quería ser pianista clásica.
Eso es importante decirlo desde el inicio, porque ahí comienza la herida. Estudió Bach con disciplina religiosa, amaba la estructura, el rigor, la belleza matemática de la música europea. Pero cuando intentó entrar al Curtis Institute of Music, fue rechazada. No por falta de talento —eso lo sabía cualquiera que la escuchara— sino por algo más antiguo, más viscoso: el racismo.
Ese rechazo no solo le cerró una carrera; le abrió una conciencia.

El sistema no solo le dijo “no entras”, sino algo peor:
“No perteneces.”

Y Nina entendió algo que muchos artistas tardan décadas en comprender: que el arte no existe en el vacío, que el escenario también es un campo de batalla, y que el silencio, en ciertas condiciones, es una forma de complicidad.

La mentira de la neutralidad

A Nina Simone le exigieron calma.
Como a tantos otros antes y después. Le pidieron que “se concentrara en la música”, que no mezclara política con arte, que no fuera tan dura, tan explícita, tan incómoda. En otras palabras: que fuera decorativa.

Pero Nina sabía que la neutralidad es un lujo que solo puede permitirse quien no está siendo aplastado.
Por eso Mississippi Goddam no pide permiso. No es metafórica, no es elegante, no es ambigua. Es directa, casi grosera. Es una bofetada musical que dice: estamos hartos, nos están matando, y no vamos a cantar suavemente mientras sucede.

Incluso hoy, esa canción incomoda.
Y eso dice más de nosotros que de ella.

Porque seguimos prefiriendo la protesta que no molesta, la denuncia que cabe en un anuncio, la rabia empaquetada para consumo cultural. Nina Simone no encajaba en eso. No sabía —ni quería— sonreír mientras ardía el mundo.

Cuando el mercado castiga la dignidad

El precio de no suavizarse fue alto.
La industria la castigó. Las radios dejaron de tocarla. Los contratos se volvieron escasos. Fue empujada al exilio, no solo geográfico, sino emocional. Nina Simone pagó con soledad, con inestabilidad, con una salud mental frágil, el haber sido demasiado honesta en un mundo que premia la complacencia.

Aquí hay una verdad incómoda:
el mercado dice amar a los rebeldes, pero solo cuando están muertos o domesticados.

Mientras vivía, Nina era “difícil”, “problemática”, “demasiado intensa”. Después, se convirtió en leyenda. Como si el tiempo pudiera borrar la violencia del rechazo que sufrió en vida.

Una mujer sin manual

Nina Simone tampoco encajaba en los moldes del feminismo digerible.
No era amable, no era conciliadora, no pedía perdón por su carácter. No explicaba su dolor para tranquilizar a nadie. Era una mujer negra, brillante, furiosa, contradictoria. Y eso la hizo insoportable para muchos.

Hoy se habla mucho de empoderamiento, pero Nina vivió algo más áspero: la consecuencia de decir lo que pensaba sin calcular el costo. No fue un ícono de redes, fue una mujer real, con heridas reales, enfrentándose a estructuras reales.

No era un símbolo cómodo.
Y por eso importa.

La pregunta que nos deja

Escuchar a Nina Simone no es una experiencia nostálgica.
Es un examen de conciencia.

Nos obliga a preguntarnos qué tipo de arte queremos:

  • ¿El que nos acompaña mientras todo sigue igual?

  • ¿O el que nos incomoda, nos desarma, nos señala?

Porque Nina Simone no cantaba para entretener.
Cantaba para recordarnos que la dignidad también puede sonar como rabia, que la belleza no siempre es suave, y que hay verdades que solo pueden decirse alzando la voz.

Su legado no es solo musical.
Es ético.

Nina Simone nos dejó una lección incómoda y necesaria:
cuando el mundo es injusto, la serenidad puede ser una traición, y la rabia —bien dirigida— una forma profunda de amor por la humanidad.

Y tal vez por eso sigue incomodando.
Porque no vino a calmarnos.
Vino a despertarnos.

 La de Fritz Haber es una historia fascinante y terrible a la vez, de esas que no se olvidan porque obligan a pensar qué hacemos con el conocimiento.


Fritz Haber: el hombre que alimentó al mundo… y perfeccionó la muerte

Fritz Haber nació en 1868, en Breslavia, entonces parte del Imperio alemán. Era judío en una Alemania que empezaba a exigir asimilación como condición para existir. Haber eligió la ciencia como patria. Más aún: eligió Alemania como idea moral. Tanto, que terminó convirtiéndose al protestantismo convencido de que así serviría mejor a su país.

Desde joven tuvo una obsesión: dominar la naturaleza. No contemplarla, no dialogar con ella, sino someterla mediante fórmulas. Y lo logró.

A principios del siglo XX resolvió uno de los grandes problemas de la humanidad: cómo fijar el nitrógeno del aire para producir fertilizantes de manera industrial. Hasta entonces, la agricultura dependía de fuentes limitadas como el guano o el salitre chileno. El proceso Haber-Bosch permitió fabricar amoníaco a gran escala.
Resultado: alimentos para millones.
Sin exagerar: se calcula que hoy la mitad de la humanidad vive gracias a ese descubrimiento.

Por eso recibió el Premio Nobel de Química en 1918.

Pero la misma reacción química que produce fertilizantes… también produce explosivos.

Y ahí comienza la otra cara.


La guerra como laboratorio

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Haber no dudó un segundo. Para él, la ciencia no tenía ética propia: su ética era la victoria alemana. Dirigió el programa de armas químicas del Imperio. Fue uno de los cerebros detrás del primer uso masivo de gas venenoso en el frente de Ypres en 1915.

Haber estaba allí. No como espectador: como director del experimento.

Los soldados aliados murieron ahogados en sus propios pulmones, en silencio verde.

Ese mismo día, su esposa Clara Immerwahr, también química y pacifista convencida, se suicidó con la pistola de Haber. No soportó lo que él había hecho con la ciencia.

A la mañana siguiente, Haber partió al frente oriental.
La guerra no espera a las viudas.


El patriota expulsado

Haber creía haber entregado todo a Alemania. Pero Alemania nunca lo consideró del todo suyo.

En 1933, con la llegada del nazismo, fue expulsado de su cargo por ser judío. El mismo Estado por el que había sacrificado su conciencia lo desechó sin remordimientos.

Murió en el exilio en 1934, solo, enfermo y derrotado.

Ironía final: uno de los pesticidas desarrollados en su instituto, el Zyklon B, sería usado años después en los campos de exterminio nazis. Haber no lo vio, pero su sombra sí llegó hasta Auschwitz.


El dilema Haber

Fritz Haber encarna una pregunta incómoda:

¿Puede un científico decir “yo solo descubrí la fórmula” y lavarse las manos de lo que viene después?

Haber diría que sí.
La historia parece decir que no.

Fue un hombre que alimentó al mundo y al mismo tiempo ayudó a industrializar la muerte. Un genio sin freno moral, un patriota traicionado, un símbolo del siglo XX: brillante, eficaz… y ciego.

No fue un monstruo. Eso es lo más inquietante.
Fue algo peor: un hombre convencido de que el deber justifica cualquier cosa.

 Dodge hizo algo que desconcertó a todo el equipo. En vez de intentar aventajar al fuego, dejó de correr y se agachó. Sacó una caja de cerillas, empezó a encender un fósforo tras otro y a arrojarlos entre los matojos. «Se ha vuelto loco —recordaría más tarde uno de los bomberos—. Tenemos las llamas a nuestra espalda, ¿qué narices está haciendo el jefe encendiendo otro fuego ahí delante?» Aquel bombero pensó para sus adentros: «Ese cabrón de Dodge está intentando que muera aquí calcinado». Nadie debería sorprenderse de que el equipo ignorara a Dodge cuando señaló con los brazos el incendio que había provocado y empezó a gritar: «¡Rápido, rápido! ¡Por aquí!».

Los bomberos no se dieron cuenta de que Dodge había ideado una nueva estrategia para sobrevivir: había puesto en marcha una quema controlada de seguridad. Al quemar los arbustos que tenía por delante, había eliminado el combustible que el incendio necesitaba para avanzar. A continuación, empapó un pañuelo con agua de la cantimplora, se cubrió bien la boca y, durante el siguiente cuarto de hora, se tumbó boca abajo entre la tierra carbonizada. Mientras el fuego se encabritaba sobre su cuerpo, pudo sobrevivir gracias a la bolsa de oxígeno que había quedado cerca de la tierra.
En la tragedia perdieron la vida doce bomberos. Más adelante, se encontró un reloj de bolsillo de una de las víctimas, con las manecillas fundidas a las 5.56 h de la tarde.
¿Por qué sólo sobrevivieron tres miembros del grupo de bomberos paracaidistas? La fortaleza física pudo ser uno de los factores; los otros dos supervivientes consiguieron aventajar al fuego y llegar a la cresta del barranco. Pero Dodge salvó la vida por su fortaleza mental.
Cuando la gente piensa en los requisitos necesarios para disponer de una buena fortaleza mental, la primera idea que suele venir a la cabeza tiene que ver con la inteligencia. Cuanto más inteligente eres, más complejos son los problemas que puedes resolver  y más rápido puedes encontrar la solución. Pero en un mundo tan turbulento como el nuestro, hay otra capacidad cognitiva que puede llegar a ser aún más importante: la de reconsiderar las cosas y olvidar todo lo aprendido. 
Adam Grant

sábado, 7 de febrero de 2026


 Apollinaire, el poeta que dibuja el aire

En París camina
con los zapatos llenos de luz
y el corazón partido
entre la guerra y los cafés.

Escribía poemas
que no caben en la línea,
que se rompen en el papel
como los vidrios del tiempo
y se curvan, se elevan,
se hacen barcos y torres
y gritos
y besos
y fantasmas.

Alcools es su atlas
de ciudades y amores,
de calles mojadas y canciones rotas,
donde el pasado y el presente
se confunden
y tú no sabes si lees
o estás flotando.

Inventó el caligrama
porque las palabras no bastaban:
había que verlas, tocarlas,
sentir cómo se doblan
y te abrazan,
como un abrazo que duele
y que ríe al mismo tiempo.

Pero debajo del juego
había melancolía:
la guerra, los amigos muertos,
el amor que escapa
y la ciudad que observa,
silenciosa y cruel.

Apollinaire nos enseña
que la poesía es riesgo,
que es valentía nombrar el mundo
cuando el mundo duele,
cuando el mundo se quiebra,
cuando la palabra parece insuficiente
y aún así la lanzamos al aire
como un globo azul
que nunca regresa.

Leerlo es respirar París
entre risa y llanto,
es mirar los fragmentos
y descubrir que
todo, todo puede ser poesía
si nos atrevemos a abrir los ojos
y el corazón.

 ¿Qué entendemos por progreso en la era de las redes?

Una lectura crítica de Futuro perfecto de Steven Johnson

Hablar de progreso siempre ha sido peligroso. Durante siglos, la palabra funcionó como una promesa moral: avanzar era mejorar; ir hacia adelante era, casi por definición, ir hacia lo correcto. El siglo XX rompió brutalmente esa ilusión. Guerras industriales, genocidios técnicamente eficientes, devastación ambiental y desigualdad estructural hicieron sospechosa cualquier fe ingenua en la marcha ascendente de la humanidad. En este contexto, Futuro perfecto. Sobre el progreso en la era de las redes, de Steven Johnson, se atreve a una apuesta incómoda: el progreso existe, pero no donde solemos buscarlo ni de la forma grandilocuente que imaginamos.

El objetivo es examinar qué entiende Johnson por progreso, cómo se diferencia de las concepciones clásicas y qué tan sostenible resulta su propuesta en un mundo atravesado por crisis políticas, tecnológicas y éticas.


1. El progreso como mito lineal

Tradicionalmente, el progreso se concibió como una línea ascendente: más ciencia, más tecnología, más riqueza, más bienestar. Este relato fue heredero directo de la Ilustración y del optimismo industrial del siglo XIX. El problema, como sabemos, es que ese progreso lineal fue profundamente asimétrico: benefició a algunos mientras condenó a otros, produjo comodidad junto con dominación, y conocimiento junto con destrucción.

Johnson reconoce esta crisis del concepto. De hecho, su libro parte de una constatación incómoda: la mayoría de la gente siente que el mundo va peor, aunque los indicadores históricos digan lo contrario. Hay más alfabetización, mayor esperanza de vida, menos violencia proporcional que en siglos anteriores, pero la percepción colectiva es de decadencia.

Aquí aparece su primera tesis provocadora:

el problema no es que el progreso no exista, sino que esperamos verlo de la forma equivocada.


2. Progreso invisible y redes distribuidas

Para Johnson, el progreso contemporáneo no se manifiesta como grandes rupturas heroicas, sino como mejoras graduales, acumulativas y distribuidas. No ocurre en catedrales ideológicas ni en líderes mesiánicos, sino en redes: sistemas abiertos donde miles o millones de personas contribuyen pequeñas mejoras que, en conjunto, producen avances significativos.

Ejemplos como internet, el software libre, Wikipedia o ciertos modelos de innovación científica sirven a Johnson para ilustrar una idea central:

el progreso hoy es más ecológico que épico.

Esta metáfora es clave. El progreso ya no se parece a una flecha disparada al futuro, sino a un ecosistema: lento, desordenado, colaborativo, imperfecto. No hay una dirección única, sino múltiples trayectorias que se corrigen mutuamente.

En este sentido, Johnson redefine el progreso no como “llegar a un estado ideal”, sino como aumentar la capacidad colectiva de resolver problemas.


3. De la centralización al “peer progress”

Uno de los conceptos más interesantes del libro es lo que Johnson llama, implícitamente, un progreso entre pares. Durante siglos confiamos en sistemas centralizados: gobiernos fuertes, expertos únicos, instituciones jerárquicas. En la era de las redes, sostiene Johnson, muchos de esos sistemas muestran su rigidez frente a problemas complejos.

Las redes, en cambio, permiten:

  • Retroalimentación constante

  • Corrección de errores distribuida

  • Innovación desde abajo

  • Adaptación rápida

Aquí el progreso ya no depende de la genialidad de unos pocos, sino de la inteligencia colectiva. No se trata de que todos sean sabios, sino de que los sistemas estén diseñados para aprender.

Este punto es fundamental: el progreso no es una cualidad moral de las personas, sino una propiedad emergente de ciertos diseños sociales.


4. El riesgo del optimismo tecnológico

Hasta aquí, la propuesta de Johnson resulta estimulante. Sin embargo, es necesario tensarla críticamente. Las redes no son neutrales. También producen:

  • Vigilancia masiva

  • Concentración de poder en plataformas privadas

  • Polarización política

  • Manipulación emocional y algorítmica

El progreso distribuido puede convertirse fácilmente en desorden distribuido, y la inteligencia colectiva puede degenerar en ruido colectivo. Johnson tiende a subestimar este lado oscuro, confiando en que los sistemas abiertos se autocorrigen.

Pero la historia muestra que las redes también pueden capturarse, cerrarse y volverse extractivas. El progreso, entonces, no está garantizado por la mera existencia de conexiones, sino por las reglas éticas, políticas y económicas que las gobiernan.


5. Progreso sin destino final

Quizá el aporte más valioso de Futuro perfecto es que desacraliza el progreso. No lo presenta como salvación ni como destino, sino como proceso frágil y reversible. El progreso no es “el sentido de la historia”, sino una tarea constante.

En esta visión, el fracaso no invalida el progreso; lo corrige. El error no es un pecado, sino una fuente de aprendizaje. Y lo más importante: el progreso no promete felicidad, solo mejores condiciones para vivir con dignidad.


Conclusión: un progreso modesto, pero defendible

Steven Johnson no nos ofrece una utopía. Nos propone algo más modesto y, quizá por eso, más honesto: un progreso sin grandilocuencia, sin héroes, sin finales felices garantizados. Un progreso que ocurre cuando diseñamos sistemas que permiten cooperar, corregir errores y aprender juntos.

En una época saturada de cinismo y nostalgia reaccionaria, Futuro perfecto incomoda porque se niega a declarar la derrota. Afirma que el progreso es real, pero exige una mirada adulta: menos fe ciega, más diseño inteligente; menos promesas absolutas, más mejoras concretas.

Tal vez el progreso no sea avanzar hacia el paraíso, sino evitar el infierno con mayor eficacia colectiva. Y en ese sentido, la era de las redes no es la solución, pero sí una oportunidad que todavía estamos aprendiendo a usar.

Siempre me ha encantado escalar montañas. Siendo niño, en mi India natal viajaba con frecuencia de mi casa en Madras hacia el norte para dedicarme a mi pasión. Cuando llegué a la universidad, me pasaba casi cuatro meses al año dedicándome a lo que yo llamaba mi verdadera vocación, y dedicaba los otro ocho, mi tiempo libre, a la ingeniería. A medida que fui volviéndome mejor escalador, me sentí tentado por el Himalaya.

En esas montañas, tuve una experiencia que amenazó mi vida al tiempo que la cambiaba, conformando mi punto de vista sobre la relación entre privilegio y responsabilidad y me condujo a una pasión completamente nueva.

Era un día de verano de 1966 y me encontraba con uno de mis más íntimos compañeros de escalada en la cima del Himalaya. Nuestra ascensión final había comenzado en el campamento más alto a las dos de la mañana y había resultado ser mucho más difícil y dura de lo que habíamos previsto.

Después de una breve celebración empezamos el descenso. El descenso siguió un reborde especialmente precario, donde el viento había creado una cornisa, una plancha de hielo y nieve que se extendía en cierto puntos más allá de la roca sólida.

Yo iba a la cabeza. A punto de dar mi siguiente paso, oí un sonido fuerte y explosivo. Instintivamente salté hacia un lado y mi amigo hacia el otro.

Aterricé en una ladera resbaladiza y durante un segundo me sentí aliviado al notar terreno sólido, pero el terreno era tan inclinado que mis pies resbalarón y caí de espaldas.

Empecé a deslizarme hacia abajo adquiriendo una velocidad tremenda a cada momento.

Para guiar mi camino hundí los pies con toda mi fuerza en la superficie de nieve y hielo, confiando evitar una colisión fatal con las rocas que se acercaban a toda velocidad. Lsa fricción de mi cuerpo contra la superficie abrasiva me chamuscó las ropas y me laceró el cuerpo.

Por fin el terreno se niveló y me detuve. Mi piel estaba ensangrentada y chamuscada y gran parte de mi torso estaba en carne viva. Como era consciente de que la exposición al frío extremo de la noche pronto me dejaría inmóvil, me puse en pie lentamente.

Era una agonía. Utilizando mis piernas para intentar relentizar mi rápido descenso, las había dañado gravemente. Aparte de un pequeño paquete de comida, había perdido todas las provisiones. Y lo que era peor, ami amigo no se le veía por parte alguna.

Sin ninguna idea de dónde me encontraba o de lo lejos que estaba la civilización, decidí andar hasta que ya no pudiera más. Estuve andando día y noche. Me es difícil describir esas horas: la terrible soledad y desespero, el agonizante dolor físico y el frío así como el conocimiento que me perseguía de que mi amigo era casi seguro que había perecido.

De repente oí un perro que ladraba en la distacia. Seguí avanzando y llegué a un claro donde había una pequeña y modesta cabaña. Abrumado de alivio y agotamiento me desplomé sin conocimiento.

Me desperté y vi a una mujer bajita que me limpiaba las heridas y hablaba en un idioma que no era capaz de comprender. Me quede inmóvil durante horas, incapaz de hacer nada que no fuera aceptar comida y el agua que la mujer me ofrecía e intentar comunicarle por signos que necesitaba seguir adelante.

Ante mi sorpresa, la mujer me hizo señales de que tenía intención de llevarme a cuestas hasta el pueblo más próximo. Colocándome sobre su espalda, me sacó de la cabaña, camino unos cuantos metros y luego me dejó en el suelo para poder descansar. Seguimos así, avanzando unos cuantos metros cada vez, durante tres días enteros.

Cuando llegamos al pueblo más cercano, la mujer se negó a abandonarme hasta que estuvo segura de que llegaría a salvo y se negó a aceptar pago alguno por su amabilidad y generosidad. Parecía estar satisfecha sabiendo que estaría a salvo. Se limitó a hacerme un gesto de despedida y se marchó.

Me estuve preguntando cuál era la fuente de la generosidad de la pastora, con quien nunca pude mantener una conversación y quie, sin embargo, ma había dado tanto sin condiciones.

Mi recuperación física fue rápida, pero no podía dejar de pensar en mi caída y en los acontecimientos inmediatamente posteriores. Durante mi recuperación empecé a reflexionar en lo afortunado que había sido, en la suerte de haber saltado al lado derecho de la cornisa y de haber sobrevivido, en la suerte de haber tropezado con la cabaña y con su magnánima ocupante y en la suerte de recuperarme lo bien que lo hice.

Me di cuenta de que cualquier éxito que tuviera era fruto de mi buena suerte y la obligación nacía de mi propio éxito.

Al cabo de un año de mi caída, consciente de mi gratitud con la pastora, planeé mi vuelta a su pueblo, confiando en devolverle, de alguna manera, mi enorme deuda. El dinero, lo sabía, era de poca utilidad para ella, pero como recordaba lo aislada que era el área  y los recursos limitados de sus habitantes, tuve una idea ¿por qué no intentar mejorar la "suerte" de los habitantes del pueblo construyendo una escuela y dar a los niños del lugar su primera oportunidad de una educación? A lo largo de los meses siguientes conseguí reunir reunir fondos para pagar los sueldos de los maestros y los costes de la construcción. En los treinta años pasados desde mi caída he seguido consiguiendo dinero para apoyar la construcción y funcionamiento de escuelas en comunidades remotas. Todo, por supuesto, mientras sigo dedicándome a mi verdadera vocación: escalar montaña tras montaña.

El éxito nace con la buena suerte y la obligación nace con el éxito. Al crear suerte para los demás, usted puede alcanzar la cima más alta.

 Jai Jaikumar

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