Cuidar las palabras
es una forma —humilde,
obstinada, casi invisible—
de cuidar la vida.
Esta hermosa cita (atribuida frecuentemente al poeta y ensayista argentino Santiago Kovadloff) es una profunda reflexión sobre la ética del lenguaje y su impacto en la realidad. A través de una estructura poética y minimalista, el autor conecta el acto de hablar y escribir con el acto fundamental de proteger la existencia.
1. La premisa: "Cuidar las palabras"
El fragmento no habla de usar las palabras, sino de cuidarlas. Esto implica que el lenguaje no es una herramienta utilitaria, inagotable o indestructible; es un recurso vivo, delicado y propenso al desgaste. Cuidar la palabra significa:
Evitar su vaciamiento de sentido (la demagogia, la mentira, la exageración).
Elegirlas con precisión para no dañar al otro.
Respetar el silencio en lugar de llenarlo con ruido verbal.
2. Los tres adjetivos: La naturaleza del cuidado
El autor define la acción de cuidar el lenguaje a través de una tríada de virtudes silenciosas:
Humilde: Quien cuida sus palabras no busca el lucimiento personal, el ego o la grandilocuencia. Reconoce los límites del lenguaje y habla desde el respeto, no desde la soberbia.
Obstinada: Es una tarea diaria, constante y que requiere esfuerzo. Vivimos en un mundo propenso al grito, al insulto rápido y a la simplificación; mantener la delicadeza y la verdad en el hablar es un acto de resistencia permanente.
Casi invisible: No busca el aplauso ni el reconocimiento. Los mayores actos de cuidado lingüístico ocurren en la cotidianidad: en el tono en que le respondemos a alguien, en la prudencia de callar un rumor o en la empatía al consolar. Pasar desapercibido es, paradójicamente, su mayor fuerza.
3. La conclusión: "De cuidar la vida"
Este es el núcleo filosófico de la frase. El autor establece una equivalencia directa: el lenguaje es vida.
Las palabras tienen poder creador y destructor. Una palabra de aliento puede salvar a alguien de la desesperanza; una palabra cruel puede destruir la autoestima de un niño o desatar un conflicto. Al cuidar lo que decimos (y cómo lo decimos), protegemos la dignidad humana, tejemos lazos comunitarios sanos y preservamos la salud mental y emocional del entorno. Cuidar el tejido del lenguaje es, en última instancia, cuidar el tejido social y vital.
En resumen: La frase es un llamado a la responsabilidad lingüística. Nos recuerda que la delicadeza con el idioma no es un asunto meramente estético o académico, sino un compromiso ético y humano de primer orden.


.jpg)
.jpg)