jueves, 4 de junio de 2026
El poema es de Jim Harrison, y tiene esa brutalidad serena de quien mira la muerte sin maquillaje: como un animal viejo mirando el río antes del invierno.
Este poema parece un ritual chamánico escrito por un leñador existencialista borracho de lucidez.
Harrison une tres fuerzas primitivas: sexo, muerte y limpieza. Eros, Thanatos y la escoba. Freud habría pedido otra botella.
Empieza después del amor. No habla del romanticismo sino del “olor mamífero”. Eso es importante: somos animales que por un instante olvidan que van a pudrirse. El deseo aquí no es espiritual; es biología jadeando contra el abismo.
Luego llega el cementerio del padre. No cualquier cementerio: el del padre. Ahí está la genealogía completa del destino. Bajo cada lápida yace “la sorpresa inevitable”: nadie cree realmente que va a morir, aunque todos lo sepan. La muerte siempre llega como una emboscada burocrática del universo.
“La biología que luchó duro, como debe.”
Esa línea es devastadora. Toda vida es una resistencia temporal de la carne contra la entropía. El cuerpo pelea aunque ya tenga la derrota escrita en los huesos.
Después viene el acto más extraño y poderoso: barrer.
No limpia la casa; destruye el mundo doméstico. Tira los muebles, borra la pintura, hace desaparecer hasta el suelo. Es una purga. Como si dijera: desmonta las ilusiones, deja sólo espacio vacío. Barre la identidad heredada, las rutinas, los objetos que te poseen mientras crees poseerlos.
El vino acompaña el rito como en las tragedias antiguas: embriaguez no para olvidar, sino para soportar la claridad.
Y el final… magnífico.
“una danza lenta de tu nombre visible sólo para los pájaros.”
Los pájaros suelen ser símbolos de los testigos entre mundos: criaturas del cielo y la tierra. Los humanos no ven esa danza porque estamos demasiado ocupados fingiendo permanencia. Pero los pájaros sí. Ellos ven el pequeño remolino efímero de un hombre que entendió, por una tarde, que estar vivo es un accidente ardiente entre dos silencios.
El poema entero susurra algo incómodo:
vivir no es aferrarse a la casa.
Es barrerla hasta que quede aire.
Como si Tolkien hubiera enterrado en sus páginas una certeza amarga y luminosa: el mundo quizá no sea salvado por los invencibles, sino por los pequeños que siguen caminando, aun cuando cada paso les pesa como una piedra mojada en el corazón.
Lejos de ser una simple fantasía de espadas y hechicería, El Señor de los Anillos es, en su núcleo, una elegía a la resistencia de lo ordinario frente a lo abrumador.
La insuficiencia de los invencibles
En el universo de Tolkien, los "grandes" —los guerreros impecables, los sabios y los reyes— son vitales, pero insuficientes para la salvación final.
El fracaso de la fuerza: Boromir, con toda su potencia militar, cae ante la tentación. Aragorn, el rey legítimo, reconoce que no puede cargar con el Anillo. Gandalf y Galadriel, seres de un poder casi angelical, temen tocarlo porque saben que su deseo de hacer el bien se corromperá en una tiranía absoluta.
La distracción necesaria: El rol de los invencibles no es destruir el mal, sino servir de escudo y distracción. La marcha hacia la Puerta Negra no es para ganar una guerra, sino para llamar la atención de Sauron y comprarle un par de minutos más a dos hobbits descalzos que avanzan entre las piedras.
La "Eucatástrofe" y el poder de lo pequeño
Tolkien acuñó el término eucatástrofe: el giro repentino, milagroso e inesperado que evita el desastre final cuando todo parece perdido. Pero este milagro nunca ocurre por arte de magia; se lo ganan los pequeños.
Los Hobbits como el ciudadano de a pie: Los hobbits no tienen entrenamiento militar, ni magia, ni ambiciones de poder. Su mayor fortaleza es, precisamente, su falta de grandeza. El Anillo no encuentra en ellos grandes ambiciones que corromper de inmediato. Su heroísmo no nace del coraje, sino del deber y del amor a su hogar.
La santidad de la persistencia: La frase "cada paso les pesa como una piedra mojada en el corazón" describe a la perfección el viaje por Mordor. Frodo no camina con la frente en alto; camina encorvado, ciego por el peso espiritual del Anillo, olvidando el sabor del pan y el color de las flores. Salvación, para Tolkien, no es una victoria gloriosa, sino el rechazo a rendirse cuando el desierto de la existencia se vuelve insoportable.
La amargura luminosa: El precio de la salvación
La certeza es amarga porque la salvación no es gratis, ni deja a los salvadores intactos.
Las heridas que no sanan: Cuando el mundo se salva, los invencibles recuperan sus tronos y celebran, pero el "pequeño" queda quebrado. Frodo regresa a la Comarca, pero ya no pertenece a ella. Ha cargado tanto dolor que el mundo ordinario le queda ajeno.
El sacrificio invisible: La gran paradoja tolkieniana es que Frodo salva la Comarca, pero no para él. Tiene que partir hacia los Puertos Grises porque está demasiado roto.
"Hay algunos daños que no se pueden enmendar del todo", le dice Frodo a Sam al final de la historia.
Tolkien, habiendo sobrevivido a las trincheras de la Primera Guerra Mundial, sabía que las guerras no las ganaban los generales de los mapas, sino los soldados embarrados que seguían moviendo las piernas por pura inercia. El mundo no se salva con demostraciones de poder, sino con la acumulación de pequeños e invisibles actos de resistencia y fidelidad en la oscuridad.
Esta frase parece una paradoja, pero encierra una de las ideas más provocadoras del espíritu vanguardista de Marcel Duchamp.
No está diciendo que el sufrimiento o los conflictos no existan, sino que muchas veces los "problemas" son construcciones mentales, culturales o sociales que aceptamos sin cuestionar.
Duchamp desconfiaba de las respuestas automáticas y de las verdades establecidas. Para él, el arte consistía en cambiar la mirada. Cuando cambia la perspectiva, aquello que parecía un problema puede dejar de serlo. La necesidad obsesiva de encontrar soluciones nace, a menudo, de haber definido antes una situación como problemática.
La frase también tiene un matiz zen y surrealista. Sugiere que la realidad es más abierta y menos rígida de lo que creemos. El ser humano clasifica, juzga y divide la experiencia en categorías: éxito y fracaso, normal y anormal, correcto e incorrecto. De esas divisiones surgen muchos de los problemas que luego intenta resolver.
En el fondo, Duchamp nos invita a sospechar de la pregunta antes de buscar la respuesta. Tal vez algunas angustias desaparecen no cuando encontramos una solución, sino cuando descubrimos que el problema estaba mal planteado.
Es una afirmación que desarma la lógica cotidiana como quien retira una pieza de un reloj: de pronto el mecanismo sigue ahí, pero ya no funciona de la misma manera. Y en ese desconcierto, tan querido por Duchamp, aparece una nueva forma de libertad.
¿Nunca se te ocurrió pensar que Schopenhauer tenía una depresión crónica, y que Buda vivió en una época y un lugar en que predominaba el sufrimiento humano, las pestes, el hambre, y que efectivamente, la vida era un sufrimiento imposible de mitigar?
—¿Qué clase de argumento filosófico es éste? —le retrucó Philip—.
Cualquier estudiante semianalfabeto de segundo año sabe la diferencia entre génesis y validez
Yalom
Ese intercambio es buenísimo porque toca una tensión clásica: ¿importa de dónde viene una idea o sólo si es verdadera?
Primero, pongamos a los personajes en su lugar. Arthur Schopenhauer construye una filosofía profundamente pesimista: la vida como voluntad ciega que genera sufrimiento constante.
Siddhartha Gautama, por su parte, parte de una constatación similar: la existencia está atravesada por el sufrimiento (dukkha). Ambos llegan a diagnósticos parecidos, aunque con salidas muy distintas.
Ahora, el punto del diálogo:
1. El argumento “psicológico” (génesis)
Decir “Schopenhauer era depresivo” o “Buda vivió en tiempos terribles” intenta explicar por qué pensaron lo que pensaron. Eso pertenece al ámbito de la génesis de una idea: sus causas, su contexto, su biografía.
El problema es que ese tipo de argumento suele deslizarse hacia lo que en filosofía se llama falacia genética: creer que una idea es falsa (o menos válida) porque conocemos su origen.
Ejemplo sencillo: si alguien descubre una verdad matemática estando borracho, no por eso la verdad matemática se vuelve falsa.
2. El argumento filosófico “duro” (validez)
La respuesta de Philip —muy académica— apunta a esto: una idea debe evaluarse por sus razones, coherencia y evidencia, no por el estado emocional o el contexto de quien la formuló.
Es decir:
- ¿Es cierto que la vida implica sufrimiento?
- ¿Es inevitable?
- ¿Qué tipo de sufrimiento?
- ¿Hay salida o no?
Eso se discute con argumentos, no con biografías.
3. Pero aquí viene lo interesante (y más honesto)
Aunque Philip tiene razón técnicamente, el otro personaje no está diciendo una tontería.
Porque, en la práctica, la filosofía rara vez es pura lógica flotando en el vacío. Las experiencias moldean lo que vemos como problema:
- Alguien que ha vivido pérdida, enfermedad o precariedad tiende a percibir el sufrimiento como central.
- Alguien que ha vivido estabilidad o plenitud puede ver la vida como más equilibrada o incluso buena.
Entonces, la biografía no invalida una filosofía… pero sí puede explicar por qué enfatiza ciertos aspectos de la realidad.
4. El núcleo del choque
En el fondo, el diálogo enfrenta dos formas de entender la filosofía:
- Visión académica (Philip): la verdad es independiente de quien la dice.
- Visión existencial: lo que pensamos está atravesado por cómo vivimos.
Y aquí hay una tensión que no se resuelve fácil.
Porque, siendo brutalmente honestos:
nadie piensa desde un lugar completamente neutral.
la pregunta fuerte sería:
¿Estamos viendo la realidad tal como es… o tal como la experiencia nos ha enseñado a verla?
Y la respuesta incómoda es: probablemente ambas cosas al mismo tiempo.
A nadie debería importar la edad cronológica sino la biológica.
Felipe Isidro Donate
Esa distinción toca una fibra muy profunda de cómo está cambiando nuestra relación con el tiempo, la salud y la identidad.
Es una observación brillante: la obsesión social por la edad cronológica (el número de vueltas que le hemos dado al sol) suele actuar más como una etiqueta estática o un prejuicio automatizado, mientras que la edad biológica (el estado real de nuestras células, órganos y capacidades) es la que verdaderamente define nuestra realidad vital.
Si desglosamos este fenómeno, encontramos varias capas psicológicas, científicas y sociales de por qué ocurre esto y por qué tiene todo el sentido del mundo.
1. La edad cronológica como "atajo mental" (y su obsolescencia)
Históricamente, la sociedad ha usado la edad cronológica porque es un dato objetivo, fácil de medir y universal. Es un gran organizador social para estructurar la vida en etapas predecibles: educación, entrada al mercado laboral, reproducción y jubilación.
El problema es que tratar la edad cronológica como el indicador definitivo de la capacidad de alguien es caer en el edadismo (o ageism).
Asumir de forma automática que alguien de 40 años corre a cierto ritmo, que alguien de 60 ya no puede aprender ciertas tecnologías o que alguien de 70 está en declive es ignorar por completo la enorme variabilidad de la experiencia humana.
Hoy en día, la dispersión en la salud física y mental a una misma edad cronológica es más gigantesca que nunca.
2. La edad biológica: La verdadera métrica de la vitalidad
La edad biológica mide el desgaste real del organismo. Dos personas nacidas el mismo día del mismo año pueden tener una divergencia de una década o más en su salud celular debido a factores como la genética, la nutrición, los niveles de estrés, el descanso y, de manera crucial, el entrenamiento y el estímulo físico y mental.
Desde una perspectiva puramente fisiológica, la obsesión debería estar en los biomarcadores. Cosas como la eficiencia metabólica, la capacidad cardiovascular, la densidad ósea o la longitud de los telómeros (las puntas de nuestros cromosomas que se acortan con la edad) nos dicen quiénes somos realmente en términos de longevidad y energía.
Una persona que mantiene una disciplina de vida saludable y metabólicamente activa a menudo tiene una edad biológica muy inferior a su registro civil.
3. ¿Por qué la sociedad está tan obsesionada con "saber el número"?
La insistencia en preguntar o saber la edad de los demás suele responder a varias dinámicas inconscientes:
Necesidad de clasificar: Al cerebro humano le encantan las etiquetas para predecir el comportamiento. Saber la edad de alguien le permite al interlocutor activar un guion mental de "cómo debo tratar a esta persona" o "qué expectativas debo tener de ella". Es una forma de pereza cognitiva.
Juicio y comparación: Vivimos en una cultura que idolatra la juventud como una mercancía y teme al envejecimiento. Saber la edad de alguien sirve muchas veces para emitir juicios velados: "Se ve muy bien para tener X años" o "¿Apenas tiene esa edad?". Se evalúa a la persona en función de un estándar rígido, en lugar de valorar su presencia, su lucidez o su vitalidad en el aquí y el ahora.
Ansiedad existencial: Nuestra propia relación con el tiempo nos asusta. Saber la edad de otros y compararla con la nuestra es una manera de calibrar dónde estamos parados en la línea de la vida, buscando consuelo o confirmación de nuestros propios miedos al declive.
Al final, la edad cronológica pertenece a la burocracia, pero la edad biológica y la actitud mental pertenecen a la biografía de cada uno.
Reducir la riqueza, la energía y la capacidad de un individuo a una simple cifra en un documento de identidad es un reduccionismo que se está quedando muy corto para entender la longevidad moderna.
Esta frase de Vicente Huidobro condensa el corazón de su estética poética:
miércoles, 3 de junio de 2026
La frase de Javier Heraud —“he viajado por los pueblos de los sueños”— tiene algo de confesión íntima, pero también de declaración existencial.
Viajar por “los pueblos de los sueños” no es simplemente imaginar: es habitar lo que aún no existe, recorrer territorios que no tienen geografía pero sí deseo. Es una forma de vivir dos veces: una en la realidad concreta, y otra en esa dimensión invisible donde el ser humano proyecta lo que le falta, lo que anhela, lo que teme.
Heraud, que fue joven incluso en su muerte, parece decirnos que el sueño no es evasión, sino entrenamiento del alma. En esos pueblos oníricos uno ensaya futuros, reconstruye pasados, dialoga con versiones posibles de sí mismo. Ahí se libra una batalla silenciosa: la de lo que somos contra lo que podríamos ser.
Pero hay también una sombra en la frase. Porque quien ha viajado demasiado por esos pueblos corre el riesgo de sentirse extranjero en la realidad. Como si el mundo tangible se volviera insuficiente frente a la intensidad de lo imaginado. Y entonces surge la pregunta: ¿dónde se vive verdaderamente? ¿En lo que ocurre o en lo que soñamos?
Tal vez la respuesta esté en la tensión misma. El ser humano necesita esos viajes, pero no para quedarse ahí, sino para regresar distinto. Los sueños, si son auténticos, no son refugio: son impulso. No están hechos para reemplazar la vida, sino para empujarla.
Así, viajar por los pueblos de los sueños es, en el fondo, una forma de valentía. Porque implica mirar de frente lo que uno desea ser… y luego cargar con la responsabilidad de intentar hacerlo realidad.
En esto tuve una poderosa sensación: sentí una gran piedad por todos los seres humanos, fueran quienes fueran.
Vi sus caras, sus bocas afligidas, sus personalidades, sus intentos por estar alegres, su petulancia, su sensación de pérdida, sus agudezas vacías y torpes enseguida olvidadas.
Y todo, ¿para qué?
Comprendí que el ruido del silencio estaba en todas partes, y que, sin embargo, todo y en todas partes era silencio.
Si deseas convertirte en filósofo, lo primero que debes comprender es que la mayoría de las personas viven con un mundo de creencias que carece de justificación racional, y que el mundo de creencias de una persona tiende a ser incompatible con el de otra, por lo que ambas no pueden tener razón. Las opiniones de las personas están diseñadas principalmente para sentirse cómodas; la verdad, para la mayoría, es una consideración secundaria.
“El hombre, aunque es mortal, no es capaz de imaginarse ni el fin del espacio, ni el fin del tiempo, ni el fin de la historia, ni el fin de la nación, vive constantemente en un infinito aparente.
La frase tiene una ironía muy característica de Gogol. A primera vista, habla de un "maravilloso don", algo que normalmente consideraríamos positivo. Pero lo que ese don produce es justamente algo negativo: reducir el valor, la importancia o la grandeza de las cosas.
Puede interpretarse de varias maneras:
La banalización de la vida
Los seres humanos somos capaces de acostumbrarnos a todo. Un amanecer, una amistad, la salud, el amor, un árbol centenario o incluso el hecho de estar vivos pueden terminar pareciéndonos cosas ordinarias.
Lo extraordinario se vuelve rutina.
La crítica social
Gogol observó con agudeza la burocracia, la vanidad y la mezquindad humanas. La frase también puede significar que las personas tenemos la capacidad de reducir ideales elevados a asuntos triviales.
Una causa noble se convierte en política.
Una obra de arte se convierte en mercancía.
Una persona se convierte en un número.
3. Un mecanismo psicológico
También habla de nuestra tendencia a minimizar lo que tenemos y magnificar lo que nos falta.
Un corredor puede olvidar que hace unos años soñaba con correr 10 km sin detenerse.
Un lector puede olvidar el privilegio de tener miles de libros a su alcance.
Una persona sana puede pasar meses sin apreciar que puede caminar, respirar o ver.
Cuando corres entre árboles, es fácil que un día los mires y pienses: "son sólo árboles". Pero si te detienes un instante, vuelven a ser lo que realmente son: organismos vivos gigantescos que llevan décadas o siglos transformando la luz del sol en vida.
Quizá el verdadero desafío no sea adquirir más cosas extraordinarias, sino evitar que las extraordinarias que ya existen se vuelvan invisibles.
Gogol parece decirnos que tenemos un talento natural para empequeñecer el mundo. La tarea consciente consiste en desarrollar el talento contrario: volver a asombrarnos.
“Eso no sirve para nada”: el error de medir el arte con la regla del mercado
Decir que el Guernica —o cualquier pintura histórica— “no sirve para nada” no es una opinión inocente: es una posición ideológica, aunque quien la pronuncie no lo sepa.
Esa frase parte de una idea muy precisa de “servir”:
servir es producir dinero, utilidad inmediata, control, resultados visibles.
Todo lo que no entra ahí es considerado superfluo.
Pero esa definición es pobre. Y peligrosa.
El problema no es el Guernica, es la idea de utilidad
La modernidad tardía convirtió la pregunta “¿para qué sirve?” en una especie de tribunal moral.
Si algo no sirve, se descarta.
Si no produce, se ridiculiza.
Si no es rentable, se considera sospechoso.
Bajo esa lógica:
-
la filosofía no sirve
-
la memoria no sirve
-
el duelo no sirve
-
la conciencia no sirve
El Guernica cae en esa trampa porque no hace nada inmediatamente.
No detiene guerras.
No baja la inflación.
No gana elecciones.
Y sin embargo…
El Guernica no actúa: forma
Aquí está el punto central:
El Guernica no está hecho para actuar, sino para formar.
Forma:
-
sensibilidad
-
rechazo visceral a la violencia
-
memoria histórica
-
anticuerpos morales
Un niño que crece viendo el Guernica no entiende datos, pero entiende algo más profundo:
👉 que la guerra no es gloriosa
👉 que el sufrimiento civil importa
👉 que el poder destruye cuerpos
Eso no es inútil.
Eso es lento, que es distinto.
El arte como resistencia a la normalización
Las peores cosas de la historia no triunfaron solo por fuerza, sino porque se normalizaron.
El arte como el Guernica cumple una función crucial:
impide que el horror se vuelva paisaje.
Cuando alguien dice “eso no sirve”, muchas veces lo que quiere decir es:
“Eso me incomoda y no me da ninguna ventaja”.
El Guernica no permite:
-
mirar la guerra con épica
-
justificar la violencia como necesidad
-
esconder el dolor detrás de discursos técnicos
Por eso molesta.
El Guernica no explica: acusa
Otra confusión común:
se espera que el arte explique, como un libro de historia.
Pero el Guernica no explica el bombardeo.
Lo acusa.
No da contexto, no da cifras, no da responsables con nombre y apellido.
Hace algo más radical:
pone el sufrimiento en el centro y deja al espectador sin coartadas.
Eso no es pedagógico en el sentido escolar.
Es pedagógico en el sentido ético.
“No sirve” suele significar “no puedo usarlo”
Aquí va una verdad incómoda:
Muchos desprecian el Guernica porque no puede ser instrumentalizado fácilmente.
No sirve para:
-
propaganda triunfal
-
nacionalismo barato
-
marketing político
Es un arte indócil.
No se deja domesticar.
Y lo que no se puede usar, en una cultura utilitarista, se desprecia.
Tener el Guernica como fondo de pantalla sí “sirve”
Sirve para ti.
Sirve como:
-
recordatorio silencioso
-
límite moral
-
imagen que te acompaña sin hablar
Las imágenes que elegimos habitar dicen mucho de lo que no queremos olvidar.
Quien dice que eso “no sirve”, muchas veces vive sin imágenes incómodas.
Solo con pantallas limpias.
Y conciencias limpias… porque nunca se ensucian.
El verdadero miedo: que el arte nos cambie
El miedo profundo no es que el Guernica no sirva.
El miedo es que sirva demasiado.
Que:
-
haga preguntas incómodas
-
desarme relatos heroicos
-
siembre dudas morales
Por eso se le reduce a “decoración inútil”.
Conclusión
Decir que el Guernica no sirve para nada es confundir:
-
eficacia con significado
-
producción con formación
-
utilidad con humanidad
El Guernica no cambia el mundo solo.
Pero cambia a quien mira.
Y los mundos solo cambian cuando cambia la gente.
El titiritero invisible
No recuerdo cuándo empezó el deseo.Solo sé que estaba ahí, brillando en un escaparate, susurrándome me necesitas.
Yo obedecí. Como obedecemos todos.
Con gusto. Con tarjeta. Con sonrisa.
Detrás del vidrio no había un objeto: había una idea cuidadosamente maquillada.
La idea de que elegir es un acto íntimo, casi sagrado.
Mentira bonita. Mentira eficaz.
Ahí entra Edward L. Bernays, sin capa ni cuernos, con traje, corbata y una fe inquebrantable en la psicología de masas. Bernays no vendía productos: vendía motivos. No hablaba al cerebro racional, ese funcionario lento y burocrático, sino al sótano húmedo del inconsciente, donde viven el miedo, el deseo de pertenecer y el pánico a quedar fuera.
Mientras su tío Freud escuchaba sueños, Bernays escuchaba multitudes.
Y entendió algo crucial: la democracia no se controla prohibiendo, sino sugiriendo.
No se manda; se persuade.
No se obliga; se seduce.
Así, el deseo dejó de ser una chispa interior y se volvió un diseño industrial.
Con estudio de mercado.
Con campaña.
Con guion.
Las masas —nosotros, siempre nosotros— no necesitaban pensar, solo sentir correctamente. Sentir lo que convenía. Fumar como acto de libertad. Comprar como expresión del yo. Votar como gesto emocional, no como decisión crítica. La razón al asiento trasero; el impulso al volante.
Y funcionó.
Funcionó tan bien que hoy creemos que nadie nos manipula, porque la manipulación ya no grita: acaricia.
Lo inquietante no es que exista un titiritero.
Lo inquietante es que nos gusta el espectáculo.
Que pedimos más luces, más slogans, más relatos simples para un mundo complejo.
Que preferimos la comodidad del deseo prestado a la intemperie de pensar por cuenta propia.
Bernays murió, dicen.
Pero yo lo vi esta mañana en un anuncio.
Lo escuché en un discurso.
Me guiñó el ojo desde una notificación.
No nos controla porque seamos tontos.
Nos controla porque somos humanos.
Y porque, a veces, la verdad cansa…
pero la ilusión viene bien empaquetada y con envío gratis.
El deseo, hoy, no nace libre.
Nace patrocinado.
"Un primer mandatario no tiene derecho a la infelicidad, para eso están los gobernados..."
La infelicidad de los gobernados no aparece aquí como un sentimiento privado, sino como el resultado de las decisiones políticas, económicas y sociales. El mandatario dispone de privilegios, recursos, protección y prestigio; el ciudadano común carga con el desempleo, la inseguridad, la pobreza o la incertidumbre.
También critica el teatro del poder. Los gobernantes suelen exhibir optimismo aun en medio de las crisis. No pueden permitirse mostrar abatimiento porque su imagen está asociada a la autoridad. El pueblo, en cambio, recibe el papel de quien soporta las consecuencias y acumula desencantos.
Hay además un eco de humor negro. Monsiváis exagera deliberadamente para revelar una verdad incómoda: muchas veces las élites viven alejadas de los sufrimientos cotidianos de la mayoría. La broma funciona porque toca una herida real.
En pocas palabras, la frase no habla de la felicidad de un presidente; habla de la distribución del dolor en una sociedad desigual. Con una sola línea, Monsiváis convierte el sarcasmo en crítica política y la risa en una forma de denuncia.
"Pero apenas puedo quedarme quieto. No dejo de moverme, cruzando una pierna y luego la otra. Siento como si pudiera lanzar chispas, o romper una ventana... quizá reorganizar todos los muebles."
Carver tenía una habilidad extraordinaria para capturar estados emocionales complejos mediante gestos mínimos. Aquí no habla de una acción concreta, sino de una energía interior que busca una salida.
El narrador está sentado, aparentemente inmóvil, pero por dentro es una tormenta. El movimiento constante de las piernas revela ansiedad, expectación, deseo o una inquietud difícil de nombrar.
La imagen de "reorganizar todos los muebles" es especialmente carveriana. No se trata de destruir el mundo, sino de alterar su disposición. Cuando algo cambia dentro de nosotros, a veces sentimos el impulso de cambiar algo afuera: mover objetos, salir a caminar, emprender un viaje, escribir una carta. El alma busca una traducción física de lo que le está ocurriendo.
La belleza del fragmento reside en esa tensión entre la quietud exterior y el incendio interior. Nadie más vería que está ocurriendo algo extraordinario. Solo verían a una persona cruzando las piernas una y otra vez. Pero dentro de ella hay suficiente electricidad para iluminar una ciudad o para incendiar una vida.
Carver nos recuerda que las grandes conmociones humanas rara vez llegan con trompetas. A menudo aparecen así: en una habitación común, en una silla cualquiera, mientras alguien intenta, sin mucho éxito, quedarse quieto.
“Dejen de buscar portales mágicos. El portal ya es la percepción.”
Esta frase corta directamente al centro del misticismo y la filosofía existencial: no hay una "otra realidad" esperándote detrás de un velo místico, una dimensión oculta o el próximo gran cambio de vida. El acceso al universo ocurre aquí y ahora, a través de cómo procesas el mundo.
Es una invitación a despertar del automatismo y un recordatorio de que la realidad no es un hecho absoluto, sino una construcción de nuestra conciencia.
El "Portal" en la Filosofía y la Ciencia
Para desglosar esta idea, podemos mirarla desde tres ángulos complementarios:
El Filtro Biológico (Neurociencia): Nuestros sentidos captan solo una fracción minúscula de la energía que nos rodea (la luz visible es solo una franja del espectro electromagnético). El cerebro toma esos datos y proyecta una simulación en nuestra mente. Por lo tanto, cambiar tu percepción es, literalmente, cambiar el mundo físico que experimentas.
La Perspectiva Fenomenológica: Filósofos como Kant o los existencialistas insistían en que no experimentamos "las cosas en sí mismas", sino cómo se nos presentan a través de la conciencia. Buscar portales en el exterior es inútil porque la única puerta de entrada a la existencia es tu propia mente.
La Trampa del "Cuándo": El ser humano tiende a vivir esperando que se abra una puerta mágica en el futuro (cuando tenga dinero, cuando viaje, cuando cambie de situación). Al hacerlo, se anula el presente. La frase nos recuerda que el único misterio real ya está ocurriendo en este segundo.
Un Vistazo desde Schopenhauer
Si conectamos esto con el pensamiento de Arthur Schopenhauer, la frase cobra una fuerza brutal. Su obra cumbre lo dice todo desde el título: El mundo como voluntad y representación.
Para él, el mundo exterior no es más que tu representación (percepción). Si tu percepción es estrecha, gris y utilitaria, tu mundo será estrecho, gris y utilitario. No necesitas que el cosmos cambie; necesitas que la lente con la que miras el cosmos se limpie. El portal no se busca, se habita.
"El mundo es mi representación: esta es una verdad válida para todo ser viviente y cognoscente". — Arthur Schopenhauer
martes, 2 de junio de 2026
El mito del caos: por qué creemos que la gente se vuelve salvaje en los desastres
Hay una idea que aparece con puntualidad cada vez que ocurre una catástrofe: cuando todo se rompe, el ser humano se vuelve bestia. Saqueos, violencia, egoísmo, guerra de todos contra todos. La narrativa es tan automática que parece una ley natural. Terremoto, huracán, apagón, pandemia: junto con la tragedia llega el relato del caos.
Rebecca Solnit, en A Paradise Built in Hell, no solo cuestiona esta creencia: la desmonta pieza por pieza. Y lo que queda al descubierto no es una verdad incómoda sobre la naturaleza humana, sino una mentira útil para el poder.
I. El miedo como herencia filosófica
La raíz de este mito es antigua. Thomas Hobbes imaginó al ser humano, fuera del control del Estado, como una criatura violenta, dominada por el miedo y el interés propio. De ahí su célebre “guerra de todos contra todos”. Esta visión no fue solo una hipótesis filosófica: se convirtió en una justificación política. Si el ser humano es peligroso, necesita ser vigilado. Si el caos es su estado natural, el orden debe imponerse, incluso por la fuerza.
El problema es que esa imagen nunca fue comprobada empíricamente. Fue aceptada, repetida, heredada. El miedo se volvió teoría, y la teoría se volvió sentido común.
II. El cine, los medios y la pedagogía del pánico
La cultura popular ha hecho el resto del trabajo. Películas, noticieros, series y discursos oficiales repiten una misma escena: cuando cae la autoridad, aparece la barbarie. La cámara busca el saqueo aislado, la violencia excepcional, la anécdota escandalosa. No interesa la ayuda mutua, la organización espontánea, el vecino que cuida al vecino. Eso no genera pánico, y el pánico es rentable.
Solnit muestra cómo, tras muchos desastres reales, los medios amplificaron o directamente inventaron escenas de violencia masiva. El huracán Katrina es el caso emblemático: se habló de hordas criminales, violaciones y asesinatos que, en su mayoría, nunca ocurrieron. Mientras tanto, la ayuda comunitaria real fue ignorada.
No es un error: es una pedagogía. Se nos enseña a temer al otro.
III. La evidencia que contradice el mito
Lo verdaderamente subversivo del libro de Solnit no es su optimismo, sino su empirismo. Terremotos, incendios, explosiones, huracanes: una y otra vez, los datos muestran lo mismo. Las personas cooperan. Comparten comida. Rescatan desconocidos. Se organizan sin jerarquías formales. Actúan con una solidaridad que rara vez aparece en la vida cotidiana.
La violencia existe, sí, pero es marginal. Lo común es la ayuda. Lo dominante es la cooperación. Y, sin embargo, eso no se convierte en relato dominante.
¿Por qué?
IV. El mito del caos como herramienta de control
Porque si aceptáramos la evidencia, muchas cosas se volverían incómodas. Habría que admitir que la gente puede organizarse sin órdenes. Que la autoridad no siempre es necesaria. Que la solidaridad no necesita incentivos económicos ni castigos legales.
El mito del caos cumple una función política clara: justificar la intervención autoritaria. Toques de queda, militarización, suspensión de derechos, criminalización de la ayuda espontánea. No se trata solo de gestionar la emergencia, sino de restaurar rápidamente la jerarquía.
La catástrofe no solo destruye edificios: suspende, por un momento, la obediencia. Y eso es lo verdaderamente peligroso.
V. El verdadero temor: que descubramos quiénes somos
Solnit sugiere algo profundamente incómodo para el orden establecido: que el ser humano no es mejor cuando lo vigilan, sino cuando lo necesitan. En el desastre, desaparecen muchas ficciones sociales —estatus, competencia, éxito— y aparece algo más elemental: el otro como alguien real.
Tal vez por eso el mito del caos se defiende con tanta insistencia. Porque si aceptáramos que, en las peores circunstancias, somos capaces de actuar con decencia, entonces habría que preguntarse por qué en la normalidad no lo hacemos. Y esa pregunta no apunta al individuo, sino al sistema.
VI. Conclusión: desmontar el mito es un acto político
Creer que la gente se vuelve salvaje en los desastres no es realismo: es obediencia intelectual. Es repetir una historia que favorece al miedo y al control.
A Paradise Built in Hell nos recuerda algo elemental pero peligroso: que la solidaridad no es una excepción heroica, sino una posibilidad latente.
El mito del caos no describe lo que somos cuando todo se derrumba. Describe lo que el poder necesita que creamos para que nada cambie cuando todo vuelve a levantarse.
La cultura no es un antídoto moral.
pero también puede usarse para encandilar y dominar.
Hay personas cultísimas
—con citas en latín, biblioteca infinita y verbo impecable—
que han sido corruptas, déspotas, crueles.
La historia está llena de cerebros brillantes
con el alma en huelga.
Saber no garantiza ser bueno.
La inteligencia puede afinar la conciencia
o perfeccionar la trampa.
La cultura puede abrir mundos
o justificar abusos con elegancia sintáctica.
El déspota culto no grita: argumenta.
No roba a lo bruto: racionaliza.
No oprime sin discurso: lo vuelve doctrina.
Por eso hay que decirlo sin anestesia:
cultura sin ética es sofisticación del daño.
Un vino caro servido en copa rota.
La verdadera línea no separa
cultos de incultos,
sino conciencia de cinismo.
Una persona puede saber mucho
y aun así no entender nada de humanidad.
Puede leer a los clásicos
y no aprender lo más básico:
que el poder sin límites
siempre acaba creyéndose inteligente.
Así que sí:
se puede ser culto y miserable.
Pero jamás se puede ser sabio y déspota.
Ahí está la diferencia.
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