martes, 3 de febrero de 2026

 


Kathrine Switzer: correr como quien abre una grieta en la historia


Kathrine Switzer no ganó una medalla olímpica aquel día de 1967 en Boston. Ganó algo más incómodo y duradero: el derecho a existir en la carrera. Corrió 42 kilómetros y 195 metros con un dorsal que decía 261, pero lo que realmente llevaba puesto era una herejía. En esa época, el deporte —como tantas otras cosas— venía con letrero invisible: prohibido mujeres. Ella lo leyó, sonrió con calma, y salió corriendo.

Su legado no es atlético en el sentido estrecho. No es solo resistencia física, sino resistencia histórica. Switzer convirtió el cuerpo femenino en argumento político: sudando, jadeando, insistiendo. Mientras un oficial intentaba arrancarle el número —esa escena grotesca, casi caricaturesca del patriarcado en pants—, ella siguió avanzando. Porque el poder siempre se delata cuando entra en pánico ante una mujer que no pide permiso.

Correr, en su caso, fue una forma de escritura. Cada zancada tachó una frase del viejo manual: “las mujeres no pueden”, “las mujeres no deben”, “las mujeres se dañan”. Switzer demostró que lo que realmente se daña cuando una mujer corre es el mito. Y los mitos, cuando se agrietan, hacen un ruido precioso.

Después vino lo más difícil: no quedarse en el gesto simbólico. Switzer entendió que el heroísmo aislado es bonito, pero insuficiente. Así que empujó estructuras, organizó maratones femeninos, presionó a instituciones, habló el idioma burocrático sin perder el pulso poético. Gracias a esa terquedad, el maratón femenino entró a los Juegos Olímpicos en 1984. Tardaron casi dos décadas. El sistema siempre llega tarde a su propia corrección.

Su legado nos recuerda algo incómodo y necesario: los derechos no se conceden por buena educación, se arrancan con constancia. A veces con pancartas, a veces con leyes, y a veces —deliciosamente— con tenis y una convicción absurda de que el mundo puede cambiar si sigues avanzando cuando te dicen que te detengas.

Kathrine Switzer no solo abrió una carrera para las mujeres; abrió una pregunta permanente para la historia:
¿quién está corriendo hoy donde se supone que no debería?
Ahí, justo ahí, suele empezar el futuro. 

  El cielo y la tierra son implacables. Los seres de la creación son para ellos meros perros de paja.

LAO TZU

El cielo y la tierra no acarician: respiran.
Y en ese respirar, todo arde o se enfría.

“El cielo y la tierra son implacables.
Los seres de la creación son para ellos meros perros de paja.”

La frase cae como una piedra en un lago moralista. No salpica consuelo; hace ondas incómodas. Laozi no está siendo cruel: está siendo exacto. El Tao no tiene favoritos. No ama, no odia, no se disculpa. Simplemente es. Y ese “ser” no negocia con nuestras ilusiones de protagonismo.

Los perros de paja eran figuras rituales: veneradas antes del rito, pisoteadas después. Ni sagradas ni malditas. Útiles… y luego prescindibles. Así somos frente al cielo y la tierra: importantes solo mientras existimos, irrelevantes cuando dejamos de hacerlo. El universo no guarda luto. No envía flores. No baja la persiana.

Y eso, paradójicamente, es una buena noticia.

Porque la implacabilidad del cielo no es sadismo: es imparcialidad absoluta. El rayo no elige al pecador. La sequía no lee currículums éticos. El terremoto no distingue entre verdugos y víctimas. La naturaleza no es injusta: es ajena. La injusticia empieza cuando nosotros exigimos que el cosmos funcione como un tribunal moral.

Aquí se derrumba el narcisismo humano, ese vicio elegante que nos hace creer que el mundo debería girar en torno a nuestras biografías. Laozi nos baja del pedestal con una sonrisa zen: no eres el centro, eres el tránsito. Polvo con agenda.

Pero atención: que no haya favoritismo no significa que no haya orden. El Tao es una lógica sin ego. Fluye. Ajusta. Corrige. No castiga, pero tampoco protege al necio de sus actos. El que se opone al río no recibe un sermón: se ahoga.

La implacabilidad, entonces, no es enemiga de la vida. Es su condición. Si el cielo fuera sentimental, el mundo sería un caos blando, una sopa tibia de excepciones. La vida existe porque las reglas no lloran.

Y ahí está la lección incómoda:
si el universo no nos debe nada, todo lo que tenemos es un regalo no garantizado. El amor, la justicia, la compasión no vienen del cielo ni de la tierra. Vienen de nosotros. No porque el mundo sea bueno, sino precisamente porque no lo es.

Laozi no nos invita a la resignación, sino a la lucidez. A vivir sin exigirle ternura al abismo. A dejar de negociar con el cosmos y empezar a hacernos cargo del pequeño margen donde sí importa lo humano.

El cielo y la tierra son implacables.
Por eso, si vamos a ser compasivos, tendrá que ser entre nosotros.
El Tao no abraza.
Pero nos deja el espacio —breve, frágil, feroz— para aprender a hacerlo. 



 Marie Curie: la mujer que aprendió a brillar sin permiso

Marie Curie no nació para ser un símbolo.
Nació para trabajar.
Y el mundo, incómodo ante una mujer que piensa, hizo todo lo posible por ignorarla.
Error de cálculo: ella sabía de números, pero también de resistencia.
Marie nació pobre, mujer y extranjera.
Tres pecados capitales en el templo científico del siglo XIX.

Mientras otros heredaban laboratorios, ella heredó hambre.
Mientras otros firmaban artículos, ella limpiaba pisos con una mano
y sostenía libros con la otra, como quien sostiene una antorcha en medio del invierno.
La ciencia no fue su vocación romántica:
fue su acto de rebelión.

El laboratorio como trinchera

París no la recibió con flores, sino con sospecha.
Acento extraño. Falda larga. Cerebro peligroso.
Marie entró a la Sorbona como quien se infiltra en un territorio hostil:
en silencio, pero con dinamita en las ideas.
No buscaba fama.
Buscaba verdad.
Y la verdad, como la radiación, no se ve…
pero lo cambia todo.

Junto a Pierre Curie no formó una pareja perfecta:
formó una alianza.

Dos mentes contra la materia.
Dos cuerpos contra el cansancio.
Un amor sin pedestal, sin musa, sin genio masculino por encima:
solo trabajo compartido, manos quemadas, cuadernos manchados.
Cuando descubrió el polonio y el radio,
la humanidad aplaudió…
pero el sistema dudó.
Porque una mujer que descubre es peligrosa.
Y una que no pide permiso, letal.

La gloria que quema
Ganó un Nobel.
Luego otro.
Como si la historia, a regañadientes, tuviera que admitirlo.
Y aun así, jamás le ofrecieron comodidad.
Marie Curie cargó tubos brillantes sin saber que eran veneno lento.
No hubo advertencias, ni guantes, ni cuidado.
La ciencia avanzaba
y su cuerpo pagaba la factura.
El radio iluminó hospitales,
pero apagó su sangre.

Ella no se victimizó.
No escribió lamentos.
Siguió trabajando.
Porque entendía algo brutalmente claro:
el conocimiento no es inocente,
pero la ignorancia mata más.
Viuda, madre, científica… y aún sospechosa
Cuando Pierre murió,
el mundo esperó que Marie se rompiera.
Que regresara al margen, al silencio, al rol permitido.
Ella hizo lo imperdonable:
ocupó su lugar.
Primera mujer profesora en la Sorbona.
Primera en hacerlo sin pedir disculpas.
Primera en demostrar que la mente no tiene género
y la genialidad no necesita permiso.
La prensa la atacó.
La moral la juzgó.
El machismo la señaló.
Marie respondió con lo único que sabía usar como arma:
resultados.

Ética sin espectáculo

Pudo patentar el radio.
Pudo hacerse rica.
Pudo encerrarse en el privilegio.
No lo hizo.
Porque para Marie Curie la ciencia no era mercancía,
era responsabilidad humana.
Creía que el conocimiento debía servir a todos
o no servir a nadie.
En tiempos de egos inflados y premios ruidosos,
ella eligió el anonimato útil.
Trabajó en la guerra,
creó unidades móviles de rayos X,
salvó cuerpos sin pedir aplausos.
Una científica sin ego es una anomalía histórica.
Una mujer sin miedo, una amenaza.

El cuerpo como campo de batalla
Murió lentamente,
no por debilidad,
sino por exceso de luz.
La radiación que descubrió
se le metió en los huesos,

le escribió la despedida desde dentro.
Aun hoy, sus cuadernos siguen siendo peligrosos.
Brillan.
Literalmente.
Como su legado.

Lo que nos dejó
Marie Curie no fue santa.
Fue incómoda.
No fue heroína de póster:
fue trabajadora hasta el agotamiento.
Nos dejó una lección sin maquillaje:
el progreso cuesta,
pero rendirse cuesta más.
Demostró que una mujer puede cambiar el mundo
sin levantar la voz,

sin pedir permiso,
sin traicionar su rigor.
No buscó ser inmortal.
Lo fue porque no se detuvo.
Marie Curie no brilló para ser admirada.
Brilló para que otros pudieran ver.
Y en ese acto —callado, feroz, luminoso—
se convirtió en algo más raro que un genio:
una conciencia que aún irradia. 

lunes, 2 de febrero de 2026



Nicanor Parra

Nací antes de nacer
y después me morí varias veces.
Eso soy: una contradicción con cédula chilena.

Me dijeron poeta
y yo respondí: protesto.
Porque el poeta se sube al Olimpo
y yo me senté en la vereda
a vender versos usados,
ligeramente golpeados,
con garantía vencida.

Fui hijo de una familia numerosa
—demasiado numerosa para la metafísica—
y hermano del folklore,
primo de la cueca,
sobrino del vino tinto
y cuñado del silencio incómodo.

Estudié física y matemáticas
para demostrar científicamente
que el alma humana no sirve para nada
y aun así insiste.
Di clases, sí,
pero aprendí poco:
los alumnos sabían más del absurdo
que los profesores.

Inventé la antipoesía
porque la poesía se había puesto insoportable:
muy bien peinada,
demasiado perfumada,
hablaba en francés
y no sabía tomar micro.
Yo la bajé del pedestal
a empujones verbales
y la senté en una silla coja.

Escribí con letras mayúsculas
para que nadie pudiera hacerse el sordo.
Me burlé de Dios,
del marxismo,
del capitalismo,
del poeta solemne
y de mí mismo
—que era el blanco más fácil—.

Me dieron premios
y los acepté con desconfianza:
todo aplauso es sospechoso.
Viví más de un siglo
para demostrar
que la inmortalidad
es una mala costumbre.

No dejé una obra:
dejé una advertencia.
No dejé discípulos:
dejé sobrevivientes.

Y si esta biografía no te gusta,
mejor todavía.
Eso quiere decir
que entendiste todo. 

 El éxito, tal como se usa hoy, está casi completamente vaciado de contenido ético y reducido a indicadores externos: dinero, visibilidad, poder, prestigio, “logro medible”. 

Es un concepto superficializado, no porque sea inútil en sí, sino porque fue secuestrado por la lógica del mercado.

1. ¿Es el éxito un concepto superfluo?

No del todo. Pero sí es ambiguo y peligrosamente pobre cuando se usa sin preguntar éxito para qué, a costa de qué y para quién.

En su forma dominante, el éxito:

  • No pregunta por el daño colateral

  • No exige coherencia moral

  • No distingue entre triunfo y dominación

  • No evalúa el sentido de lo logrado

Por eso puede llamar “exitoso” a:

  • Un especulador que empobreció a miles

  • Un político que ganó elecciones mintiendo

  • Una empresa que creció destruyendo comunidades

Ahí el éxito no es vacío: es cínico.

2. ¿Gandhi o Mandela se llamarían a sí mismos exitosos?

Probablemente no, y eso dice mucho.

Gandhi hablaba de verdad, disciplina, servicio, coherencia entre medios y fines.
Mandela hablaba de dignidad, reconciliación, sacrificio, responsabilidad histórica.

Ambos sabían algo clave:

Cuando luchas por algo que te excede, el éxito deja de ser una categoría personal.

Para ellos:

  • El logro no era propio, sino histórico y colectivo

  • El reconocimiento era irrelevante frente a la justicia

  • El triunfo nunca justificaba medios indignos

Llamarse “exitoso” habría sonado frívolo ante el sufrimiento que atravesaron y las vidas implicadas.

3. El éxito moderno vs la vida con sentido

Aquí está la fractura central:

  • Éxito → comparación, acumulación, exhibición

  • Sentido → coherencia, responsabilidad, profundidad

El éxito pregunta:

“¿Hasta dónde llegaste?”

El sentido pregunta:

“¿En qué te convertiste mientras caminabas?”

Por eso hay personas “exitosas” vacías, ansiosas, paranoicas…
y personas anónimas con una vida plena, íntegra, justa.

4. El verdadero desplazamiento

Lo grave no es solo que el éxito esté vacío, sino que reemplazó otras palabras más exigentes:

Antes importaban:

  • Dignidad

  • Honor

  • Vocación

  • Responsabilidad

  • Virtud

Hoy todo eso se resume en:

“¿Te fue bien?”

Una pregunta infantil para una vida adulta.

5. Una formulación más honesta

Tal vez la pregunta no es “¿tuve éxito?”, sino:

  • ¿Fui fiel a lo que consideré justo?

  • ¿No me traicioné?

  • ¿Reduje el sufrimiento o lo aumenté?

  • ¿Mi vida hizo el mundo un poco menos brutal?

Gandhi y Mandela no ganaron en el sentido banal.
Transformaron.
Y eso está en otra liga conceptual.

 «The Myth of Mechanism» de Mary Midgley


1. ¿Qué denuncia Midgley con “el mito del mecanismo”?

Midgley no está atacando a la ciencia, sino a una creencia filosófica disfrazada de ciencia. El “mecanismo” al que se refiere no es el uso de modelos mecánicos para explicar fenómenos, sino la idea de que:

la realidad entera es, en el fondo, una máquina
y que todo —vida, mente, valores, moral, cultura— puede reducirse sin pérdida a procesos físico-químicos.

A esto lo llama mito, no porque sea falso en todos sus aspectos, sino porque funciona como:

  • una narrativa totalizante,

  • que pretende explicarlo todo,

  • y que se acepta más por inercia cultural que por demostración racional.


2. El punto clave: confundir método con metafísica

Uno de los golpes más finos del ensayo es esta distinción:

  • El mecanismo como método científico: útil, potente, legítimo.

  • El mecanismo como visión del mundo: dogmático, empobrecedor.

Midgley acusa a muchos científicos y divulgadores de dar un salto ilegítimo:

“Como explicamos X mecánicamente, entonces solo existe lo mecánico”.

Ese salto no es científico, es metafísico, aunque se vista con bata blanca.

Aquí está el núcleo del mito:
👉 convertir una herramienta explicativa en una ontología absoluta.


3. La ilusión de la explicación completa

El mecanicismo promete algo seductor:
una explicación total, limpia, sin residuos.

Pero Midgley señala que esta promesa es ilusoria:

  • Explicar cómo funciona algo no equivale a explicar qué es.

  • Describir procesos no agota el significado.

  • Reducir no es lo mismo que comprender.

Ejemplo implícito:

  • Puedes explicar el amor en términos neuroquímicos.

  • Pero eso no reemplaza lo que el amor es en la vida humana.

El mito consiste en creer que, al reducir, ya no queda nada importante por decir.


4. El problema de la mente y la conciencia

Aquí el mecanicismo muestra su punto más débil.

Midgley no defiende un dualismo ingenuo, pero insiste en que:

  • La experiencia consciente no desaparece porque la expliquemos.

  • El dolor no deja de doler porque lo midamos.

  • El significado no se evapora porque lo correlacionemos con neuronas.

El mecanicismo radical suele reaccionar así:

“Eso que sientes es una ilusión”.

Midgley responde, implícitamente:

Una teoría que niega la realidad de la experiencia es peor que la experiencia que intenta negar.

Si una visión del mundo exige que dudemos de lo más inmediato y vivido, algo anda mal.


5. Consecuencias morales y políticas (esto es clave)

Aquí el ensayo se vuelve profundamente político, aunque no partidista.

Si aceptamos que:

  • los humanos son máquinas,

  • la mente es un epifenómeno,

  • los valores son ilusiones evolutivas,

entonces:

  • la responsabilidad moral se vuelve problemática,

  • la dignidad humana se diluye,

  • la ética se reduce a ingeniería social.

Midgley advierte que el mecanicismo no es neutral:
produce una imagen del ser humano fácilmente manipulable, administrable, optimizable.

No es casual que encaje tan bien con:

  • tecnocracias,

  • reduccionismos económicos,

  • visiones utilitarias extremas.


6. El verdadero objetivo del ensayo

Midgley no quiere reemplazar un mito por otro.
Quiere desactivar la pretensión de monopolio.

Su tesis final podría resumirse así:

El mundo es más rico que cualquier modelo único.
Necesitamos múltiples niveles de explicación, sin que uno anule a los demás.

Biología, psicología, ética, cultura, experiencia vivida:
no son competidores, son capas de sentido.


7. Por qué este ensayo sigue siendo incómodo hoy

Porque seguimos viviendo bajo ese mito, solo que actualizado:

  • algoritmos en vez de engranes,

  • cerebro-computadora en vez de reloj,

  • optimización en vez de verdad.

El mecanicismo ya no se presenta como ideología, sino como sentido común técnico.

Y eso, justamente, es lo que hace a los mitos más peligrosos.


Cierre

«The Myth of Mechanism» no es un ataque a la razón,
es una defensa de la razón contra su caricatura.

Nos recuerda algo esencial:

comprender el mundo no consiste en hacerlo pequeño,
sino en estar a la altura de su complejidad.

domingo, 1 de febrero de 2026

 Alfred Nobel nació en 1833, en Estocolmo, en una familia marcada por los explosivos y la quiebra. Su padre era ingeniero e inventor, obsesionado con la nitroglicerina, una sustancia tan poderosa como inestable. Desde niño, Alfred vivió entre laboratorios improvisados, accidentes, deudas y mudanzas. Aprendió idiomas como otros aprenden a caminar: sueco, ruso, francés, inglés, alemán. Era químico, sí, pero también poeta. Admiraba a Shelley y escribía versos melancólicos. Ese detalle suele olvidarse.

La nitroglicerina era una bomba esperando excusa. En 1864, una explosión mató a su hermano Emil y a varios trabajadores. Lejos de abandonar la investigación, Nobel se obsesionó con domar ese caos. En 1867 logró estabilizarla mezclándola con tierra de diatomeas: nació la dinamita. El mundo cambió. Túneles, carreteras, minería… y guerras. Nobel se volvió riquísimo, dueño de fábricas por toda Europa y América. Más de 350 patentes. Un imperio construido sobre algo que podía abrir montañas o despedazar cuerpos.

Pero aquí viene el quiebre moral.

En 1888 murió su hermano Ludvig. Un periódico francés confundió al muerto y publicó el obituario de Alfred con un título brutal:
“El mercader de la muerte ha muerto.”
Decía que se había enriquecido encontrando formas más eficientes de matar personas.

Nobel leyó su propio juicio final estando vivo. Y le dolió. No era un cínico; era un hombre solitario, depresivo, con mala salud y una conciencia que no lo dejaba dormir. Temía ser recordado solo como eso: un traficante de muerte con bata blanca.

Entonces hizo algo extraño para un multimillonario del siglo XIX: reconstruyó su legado.

En su testamento destinó casi toda su fortuna a crear premios anuales para quienes aportaran “el mayor beneficio a la humanidad” en física, química, medicina, literatura y paz. La paz: el inventor de explosivos financiando un premio para quienes lucharan contra la guerra. No es hipocresía simple; es culpa convertida en institución.

Murió en 1896, solo, en Italia. No tuvo hijos. Su familia peleó el testamento. Muchos lo consideraron una locura. Pero en 1901 se entregaron los primeros Premios Nobel, y desde entonces su nombre dejó de estar asociado únicamente a la dinamita.

La historia de Alfred Nobel no es la de un villano ni la de un santo. Es la de un hombre que entendió tarde que la memoria pública es una sentencia, y decidió intervenir en ella. Quiso que el mundo recordara no lo que había creado, sino lo que intentó reparar.

Una pregunta queda flotando —y no es menor hoy—:
¿basta con financiar el bien para redimir el daño que ayudaste a hacer?

Nobel nunca respondió. Solo dejó el dinero… y el remordimiento organizado.

 Decir “los humanos somos egoístas por naturaleza” es una frase potente, pero conceptualmente floja si se deja así, sin matices. Funciona más como provocación retórica que como verdad científica o filosófica sólida.

Vamos por partes.


1. ¿Existe evidencia de un egoísmo “natural”?

Depende de qué entiendas por naturaleza.

  • Biología evolutiva:
    Sí, los humanos tenemos impulsos de autopreservación. Comer, sobrevivir, protegernos. Eso no es egoísmo moral, es instinto. Un león no es egoísta por cazar.

  • Pero: la misma biología muestra cooperación, altruismo, empatía, incluso sacrificio. La especie humana sobrevive por cooperación, no por individuos aislados.

👉 Si el egoísmo fuera nuestra esencia dominante, no habría sociedades, ni lenguaje, ni cuidado prolongado de las crías, ni cultura.


2. El truco conceptual: confundir interés propio con egoísmo

Aquí muchos autores hacen trampa.

  • Interés propioegoísmo

  • Querer vivir bien, ser reconocido, amar, proteger a los tuyos no es egoísmo, es condición humana.

El egoísmo, en sentido fuerte, es:

Buscar el propio beneficio a costa del daño o la negación del otro.

Eso no es universal ni constante en los humanos. Es situacional, cultural, histórico.


3. Psicología: el humano es ambivalente, no egoísta

Desde la psicología profunda:

  • Freud: pulsión de vida y pulsión de muerte. Amor y agresión conviven.

  • Rogers / Yalom :
    El ser humano tiende al vínculo, al reconocimiento mutuo, a la autenticidad, si las condiciones no lo deforman.

No nacemos egoístas: nos defendemos cuando somos heridos, humillados o precarizados.


4. Sociología: el egoísmo como producto, no como esencia

Aquí está el punto político.

Sociedades competitivas, neoliberales, jerárquicas:

  • Premian el “sálvese quien pueda”

  • Castigan la solidaridad

  • Normalizan la indiferencia

Luego dicen:

“Ves, el humano es egoísta por naturaleza”.

No.
👉 Es una profecía autocumplida.

Como diría Bourdieu: el sistema produce sujetos acordes a su lógica y luego la presenta como “naturaleza humana”.


5. ¿Por qué esta frase gusta tanto?

Porque absuelve:

  • Al poderoso: “no es mi culpa, así somos”

  • Al cínico: “no esperes nada de nadie”

  • Al sistema: “no hay alternativa”

Es una frase ideológica, no inocente.


6. Una formulación más honesta

Si el autor fuera riguroso diría algo así:

“Los seres humanos tenemos capacidad tanto para el egoísmo como para la cooperación; qué predomina depende de las condiciones materiales, culturales y afectivas.”

Eso es menos provocador, pero mucho más verdadero.


Cierre

No: no somos egoístas por naturaleza.
Somos vulnerables, relacionales, capaces de cuidado y de daño.

Decir que el egoísmo es nuestra esencia dice más del mundo que habitamos que de lo que somos.

 

Fleischmann y Pons: la herejía de la energía imposible

En marzo de 1989, dos electroquímicos respetados —Martin Fleischmann y Stanley Pons— anunciaron algo que sonaba a milagro moderno: habían logrado fusión nuclear a temperatura ambiente, la llamada fusión fría. Si era cierto, el mundo cambiaría para siempre. Energía limpia, barata, prácticamente infinita. El Santo Grial científico.

Y sin embargo, lo que siguió fue una de las cacerías intelectuales más violentas del siglo XX.

I. No eran charlatanes

Este punto es crucial y suele borrarse.

Fleischmann no era un excéntrico marginal:
era uno de los electroquímicos más importantes del mundo, miembro de la Royal Society. Pons, su colaborador, tampoco era un improvisado. No eran vendedores de humo ni gurús new age. Eran científicos formados dentro del corazón de la ciencia institucional.

Esto vuelve el caso perturbador:
no era un ataque desde fuera del sistema, sino una grieta dentro de él.

II. El pecado original: anunciar antes de tiempo

Su error —y fue grave— no fue investigar algo “imposible”, sino anunciarlo públicamente antes de una validación sólida y reproducible.

¿Por qué lo hicieron?

Aquí entra la política de la ciencia:

  • Temían que otros grupos les robaran la primicia.

  • Había presión institucional (la Universidad de Utah quería prestigio y patentes).

  • La lógica mediática ya estaba colonizando la ciencia: publica o muere, pero ahora en horario estelar.

En vez de pasar primero por la comunidad científica, pasaron por la prensa. Y eso, en ciencia es como declarar una revolución por televisión antes de tomar el palacio.

III. La reacción: no solo escepticismo, sino humillación

Lo que vino después no fue un debate sereno.

Fue:

  • Ridiculización pública

  • Experimentos apresurados diseñados para refutarlos

  • Titulares crueles

  • Cancelación académica antes de que existiera la palabra

La fusión fría se convirtió en objeto de burla, no de investigación. Y aquí aparece algo muy humano:
la ciencia, que presume racionalidad, también defiende dogmas.

La física nuclear dominante decía:

eso no puede pasar, y si no puede pasar, entonces no pasó.

El principio de imposibilidad teórica pesó más que la observación experimental.

IV. ¿Tenían razón? La pregunta prohibida

La respuesta honesta —y esta es la parte incómoda— es:

No demostraron de forma concluyente lo que afirmaban.
Pero tampoco se demostró con claridad que todo fuera fraude o error trivial.

Décadas después:

  • Se han observado anomalías térmicas similares en otros laboratorios.

  • Se habla ahora de LENR (Low Energy Nuclear Reactions) para evitar el estigma de “fusión fría”.

  • Incluso agencias gubernamentales han financiado discretamente investigaciones relacionadas.

Lo que murió no fue la pregunta, sino la legitimidad de hacerla.

V. Ciencia y poder: una lección incómoda

Este caso revela algo profundo:

La ciencia no es solo un método,
es una institución con jerarquías, intereses y fronteras ideológicas.

Fleischmann y Pons no solo desafiaron una teoría física,
desafiaron:

  • Inversiones multimillonarias en fusión caliente

  • El prestigio de físicos teóricos dominantes

  • La idea de que solo ciertos campos “tienen derecho” a hacer descubrimientos fundamentales

Un electroquímico no debía resolver el problema energético del mundo.
Eso le correspondía al templo correcto.

VI. El miedo al milagro

Hay algo casi teológico aquí.

La fusión fría no daba miedo por imposible,
sino por demasiado posible y demasiado transformadora.

Energía abundante implica:

  • Menos control

  • Menos dependencia

  • Menos poder concentrado

No afirmo conspiraciones simplistas, pero sí resistencias estructurales.
Los sistemas no aman las disrupciones que no controlan.

VII. Epílogo trágico

Fleischmann murió sin ver rehabilitado su nombre.
Pons se exilió científicamente.

No como mártires heroicos sin culpa,
sino como figuras trágicas:
científicos que se atrevieron a decir “y si…”, y pagaron el precio máximo.


Conclusión

El caso Fleischmann–Pons no trata solo de fusión fría.
Trata de los límites invisibles del pensamiento aceptable.

Nos recuerda que:

  • La ciencia avanza cuestionando, pero castiga duramente al que se equivoca en público.

  • No todo lo rechazado es falso; a veces es simplemente intolerable para el orden vigente.

  • El escepticismo es sano, pero el escarnio es ideológico.

Como diría alguien más cercano

La herejía no siempre es verdad,
pero toda verdad nueva empieza siendo herejía.

sábado, 31 de enero de 2026

 


Aminetu Haidar: la voz que no se quiebra

En el silencio árido del Sahara, donde el viento arrastra la arena como si quisiera borrar la memoria, se alza una voz que no se quiebra: la voz de Aminetu Haidar. 

No es un grito de armas ni una explosión de furia; es un grito de dignidad, sostenido en cada gesto, en cada huelga de hambre, en cada palabra que desafía la opresión.

Haidar nació en El Aaiún, pero su patria fue arrebatada por la fuerza. Desde entonces, cada paso suyo ha sido un acto de resistencia, cada mirada un desafío al poder que intenta silenciarla. 

Detenida, golpeada, exiliada… su cuerpo ha sido un campo de batalla donde la violencia del otro se encuentra con la integridad inquebrantable de quien no tiene miedo de sí misma.

Lo extraordinario de Haidar no es solo su resistencia, sino que encarna la fuerza femenina en un mundo donde la política se confunde con la brutalidad. 

Su arma es la palabra, su escudo la coherencia, su victoria la conciencia que despierta en quienes la escuchan. Su lucha es paciente y feroz a la vez: lenta, porque no depende de ejércitos; poderosa, porque cuestiona la legitimidad de los que se creen dueños del mundo.

Cuando Aminetu Haidar se niega a comer para denunciar la injusticia, cuando enfrenta la indiferencia internacional con calma de desierto, nos recuerda algo esencial: la rebeldía no siempre se mide en balas ni en barricadas. 

A veces, la verdadera revolución nace del cuerpo que se niega a ceder, de la voz que se alza aunque todo parezca perdido, de la mirada que sigue firme frente al miedo.

Ella es la voz femenina de un pueblo que resiste sin armas, pero con un valor más grande que cualquier ejército. 

Aminetu Haidar nos enseña que la dignidad no se negocia, que la ética puede ser más poderosa que la fuerza, y que la resistencia pacífica puede resonar más allá de cualquier frontera. 

En su ejemplo, el desierto se convierte en símbolo de persistencia, y la voz se vuelve inmortal.

 Agotado y casi desesperado, Mendeléyev se durmió. 

Más tarde escribiría: 

 «Durante un sueño, vi una tabla en la que todos los elementos encajaban en su lugar. Al despertar, tomé nota de todo en un papel.»  

Jung se frotaría las manos con esta escena 😌
Para él, no es una anécdota romántica de la ciencia, es un caso casi de manual.


1. No fue “inspiración”, fue emergencia del inconsciente

Jung diría que Mendeléyev no “inventó” la tabla en el sueño.
La tabla ya estaba formada psíquicamente, pero no podía cruzar del todo al plano consciente.

El sueño no crea de la nada: revela una estructura latente.

El agotamiento, la obsesión y la frustración cumplen una función clave:
el yo consciente cede el control. Y cuando el ego afloja, el inconsciente habla.


2. El sueño como acto de compensación psíquica

Para Jung, los sueños compensan lo que la conciencia no puede resolver.

  • La conciencia de Mendeléyev: fragmentada, caótica, saturada de datos.

  • El sueño: orden, totalidad, forma.

El inconsciente le devuelve lo que le falta:
👉 una imagen de sentido.

No una lista, no una ecuación, sino una imagen simbólica: una tabla.


3. El arquetipo del orden oculto

Aquí Jung iría más lejos:
la tabla periódica no es solo una herramienta científica, es una imagen arquetípica.

Es una manifestación del arquetipo del Cosmos frente al Caos.
De lo que él llamaba:

“El orden subyacente que la psique reconoce antes de que la razón lo formule.”

La mente humana siente el orden antes de demostrarlo.


4. Sincronicidad: cuando la psique toca la realidad

Jung usaría este ejemplo para hablar de sincronicidad.

No es que el sueño “causara” la tabla.
Es que la estructura psíquica y la estructura de la materia coincidieron.

Dos órdenes —el interior y el exterior—
alineándose sin causa directa, pero con sentido.


5. El científico como médium (sí, Jung diría eso)

Jung rompería el mito del científico frío y racional:

Mendeléyev no fue solo un químico,
fue un traductor entre el inconsciente y la naturaleza.

El científico creativo, para Jung, escucha.
No fuerza la realidad: la deja hablar.


6. La frase clave que Jung subrayaría

Esta:

“vi una tabla en la que todos los elementos encajaban en su lugar”

Para Jung, eso es una visión, no una metáfora.
Una imagen autónoma que se impone al yo.

Eso es exactamente cómo describe él las irrupciones del inconsciente profundo.


En una frase:

Jung diría que Mendeléyev no soñó una idea,
soñó el momento en que el orden del mundo atravesó la psique humana.


Ahhh… Kekulé.
Aquí Jung ya no solo sonríe: asiente lentamente, como diciendo “exactamente de esto hablo”.


1. El sueño de la serpiente que se muerde la cola

Kekulé relata que, medio dormido frente al fuego, vio serpientes danzando y de pronto una se mordió la cola: el ouroboros.
Al despertar, entendió la estructura circular del benceno.

Para Jung, esto es oro puro.

No porque “funcionó”, sino porque el símbolo es arcaico, milenario, universal.


2. El ouroboros: símbolo del inconsciente colectivo

Jung diría sin dudar:

Kekulé no inventó el símbolo.
El símbolo lo encontró a él.

El ouroboros aparece:

  • en alquimia,

  • en mitologías antiguas,

  • en sueños modernos,

  • en visiones místicas.

Representa:

  • totalidad,

  • unidad de opuestos,

  • proceso cerrado,

  • transformación continua.

¿Y qué es el benceno?
Una estructura cerrada, estable, que no se entendía con modelos lineales.


3. De la alquimia a la química moderna

Aquí Jung se emociona.

Para él, la química nace de la alquimia, y la alquimia era una proyección psíquica:
la materia como espejo del alma.

Kekulé regresa sin saberlo a un símbolo alquímico para resolver un problema químico moderno.

No es retroceso: es profundidad.


4. La diferencia con Mendeléyev (y por qué ambos importan)

  • Mendeléyev sueña orden → una tabla.

  • Kekulé sueña forma → un círculo.

Jung diría:

  • Mendeléyev accede al arquetipo del Cosmos.

  • Kekulé al arquetipo del Sí-mismo (totalidad cerrada).

Uno organiza el mundo.
El otro revela la estructura íntima de la materia.


5. El símbolo llega cuando el intelecto se atasca

Punto clave jungiano:

El símbolo aparece cuando el pensamiento racional ya dio todo lo que podía dar.

Kekulé había probado modelos, fórmulas, hipótesis. Nada cuadraba.
El sueño no reemplaza la razón: la desbloquea.


6. Jung contra el cientificismo ingenuo

Jung usaría a Kekulé para atacar esta idea:

“La ciencia avanza solo con lógica.”

No.
Avanza con:

  • imágenes,

  • metáforas,

  • sueños,

  • símbolos.

La razón verifica.
El inconsciente descubre.


7. La frase que Jung pondría en cursivas

Kekulé dijo algo brutalmente honesto:

“Aprendamos a soñar, señores, y entonces quizá encontremos la verdad.”

Para Jung, eso no es poesía:
es metodología epistemológica.


Cierre

Si Mendeléyev muestra que el orden sueña en tablas,
Kekulé muestra que la verdad a veces muerde su propia cola.

Y Jung remataría:

“La naturaleza se deja comprender
cuando el alma está dispuesta a imaginar.”

 


1. ¿Qué es The Sandman?

En apariencia:
👉 un cómic sobre Sueño, una entidad oscura, pálida, seria, que gobierna el reino de los sueños.

En realidad:
👉 es una obra sobre el poder de las historias, la identidad, el cambio y lo que pasa cuando incluso los dioses ya no pueden seguir siendo los mismos.

No es un cómic de superhéroes.
No es fantasía épica clásica.
Es mitología moderna.


2. ¿Quién es Sandman?

Sandman se llama Sueño, también Morfeo, también Dream.

No es humano.
No es bueno ni malo.
Es una fuerza del universo, como el Tiempo o la Muerte.

Forma parte de una familia llamada Los Eternos:

  • Sueño

  • Muerte

  • Deseo

  • Desesperación

  • Delirio

  • Destino

  • Destrucción

Ellos existen mientras existan los conceptos que representan.

Clave:
👉 Sueño no gobierna a las personas mientras duermen; gobierna la necesidad humana de soñar, imaginar, narrar.


3. ¿De qué va la historia?

Muy resumido:

  1. Sueño es capturado por humanos durante décadas.

  2. Su reino se deteriora.

  3. Cuando escapa, debe reconstruir su poder.

  4. Pero el verdadero conflicto no es externo:
    👉 el problema es que Sueño no sabe cambiar.

Y en el universo de Gaiman:

aquello que no cambia, se rompe.


4. El verdadero tema: el cambio

Todos los personajes de The Sandman enfrentan una pregunta brutal:

¿Quién eres cuando ya no puedes seguir siendo el mismo?

Sueño cree que su identidad es fija.
Que su función lo define.
Que cambiar sería traicionarse.

Gaiman desmonta esa idea:

  • Los humanos cambian o mueren.

  • Los dioses cambian o desaparecen.

  • Las historias que no evolucionan se olvidan.

Sandman es trágico no porque sufra, sino porque entiende tarde.


5. ¿Por qué aparecen tantos mitos, dioses y escritores?

Porque Gaiman dice algo muy político y muy poético:

👉 Los dioses existen mientras alguien crea en ellos.
👉 Las historias son más duraderas que los imperios.

Por eso aparecen:

  • dioses nórdicos

  • Shakespeare

  • demonios

  • cuentos de hadas

  • pesadillas

  • personas comunes con sueños rotos

Todo cabe, porque todo es relato.


6. Muerte (el personaje)

Importante detenerse aquí.

La Muerte en Sandman:

  • no es terrorífica

  • no castiga

  • no juzga

Es cercana, irónica, compasiva.

Gaiman nos dice:

lo verdaderamente inhumano no es morir, sino vivir sin sentido.


7. ¿Por qué Sandman es tan importante?

Porque logró algo raro:

  • Llevar la literatura “seria” al cómic sin pedantería.

  • Tratar temas filosóficos sin sermonear.

  • Hablar de poder, identidad y destino sin moralejas baratas.

Es una obra sobre:

  • el fin de las certezas

  • el derrumbe de los roles rígidos

  • la melancolía de crecer

  • el precio de no cambiar


8. Para decirlo en una frase

The Sandman no trata de sueños.
Trata de lo que pasa cuando ya no puedes seguir soñando lo mismo.

 Jung + Gaiman no se cruzan: se reconocen.


1. The Sandman parte de una intuición jungiana radical

Gaiman toma una idea que Jung defendió toda su vida y la vuelve mito pop:

Los sueños no son productos privados.
Son un territorio compartido.

Morpheus no es “tu” sueño.
Es el arquetipo del Sueño personificado.

Exactamente lo que Jung llamaría una figura del inconsciente colectivo.


2. Morfeo = arquetipo autónomo

En Jung, los arquetipos:

  • no obedecen al yo,

  • tienen lógica propia,

  • pueden ser crueles, sabios o indiferentes.

¿Te suena?

Morpheus:

  • no consuela,

  • no explica,

  • impone estructura.

No es terapeuta.
Es ley psíquica.


3. Mendeléyev y Kekulé: visitas al Reino del Sueño

Desde The Sandman, Jung diría algo así:

Mendeléyev y Kekulé entraron al dominio de Morfeo
y regresaron con contrabando ontológico.

No soñaron fantasías.
Accedieron a formas reales que aún no tenían lenguaje científico.


4. Los sueños como arquitectura, no como metáfora

En Gaiman los sueños:

  • construyen mundos,

  • sostienen identidades,

  • organizan la realidad despierta.

En Jung:

  • los sueños modelan la psique,

  • anticipan transformaciones,

  • muestran estructuras profundas.

👉 En ambos, el sueño no representa: organiza.


5. El símbolo como objeto vivo

Kekulé no “interpretó” la serpiente.
La vio.

Eso es muy Sandman:
los símbolos no significan, actúan.

El ouroboros no explica: cierra la forma.


6. Cuando el soñador no elige soñar

En The Sandman hay una idea inquietante:

No soñamos porque queremos.
Soñamos porque algo necesita ser soñado.

Jung diría lo mismo con otra jerga:
el inconsciente exige representación.

Mendeléyev no soñó por genio.
Soñó porque el orden químico pedía nacer.


7. Sueño, poder y responsabilidad

Aquí Gaiman va más lejos que Jung.

Morpheus sabe que:

  • lo que se sueña afecta al mundo,

  • dar forma al sueño es un acto político.

Jung lo intuía:
los símbolos mal integrados se vuelven ideología, delirio o dogma.

Un sueño no escuchado posee.
Un sueño comprendido transforma.


8. La frase de Gaiman que Jung firmaría sin dudar

“Los sueños dan forma al mundo.”

Jung añadiría:

“…porque el mundo necesita imágenes para volverse pensable.”


Cierre

Mendeléyev, Kekulé y Morfeo comparten algo brutal:

👉 El conocimiento profundo no se fabrica: se recibe.

La diferencia entre genio y dogmático
no es quién sueña,
sino quién sabe despertar con cuidado.

 

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