domingo, 29 de marzo de 2026

  El amor que pasa, la vida que pesa, la muerte que pisa. Hay dolores inevitables, y así es nomás, y ni modo.

Eduardo Galeano

La frase de Eduardo Galeano tiene algo de sentencia antigua, como si viniera de alguien que ya miró demasiado y decidió dejar de disfrazarlo.

“El amor que pasa…”
Aquí no hay romanticismo ingenuo. El amor, incluso el más intenso, está atravesado por el tiempo. Desde la psicología, esto toca una verdad incómoda: el ser humano tiende a apegarse como si todo fuera permanente. Pero la realidad es otra. Todo vínculo cambia, muta o termina. El dolor no viene solo de perder el amor, sino de la ilusión de que debía quedarse intacto. Amar, entonces, implica aceptar de antemano una pérdida parcial o total.

“La vida que pesa…”
La vida no es ligera. Tiene densidad: responsabilidades, decisiones, culpas, cansancio. En términos psicológicos, podríamos hablar de la carga existencial: el hecho de tener que elegir, de construir sentido en un mundo que no lo da automáticamente. Aquí resuena algo cercano a Irvin D. Yalom: la vida pesa porque somos conscientes de ella. Y esa conciencia no siempre es un regalo; a veces es un fardo.

“La muerte que pisa…”
No dice que la muerte llegue, dice que pisa. Está presente, activa, cercana. No es un evento futuro, es una sombra constante. Filosóficamente, esto recuerda a Martin Heidegger y su idea de que vivimos siendo-hacia-la-muerte. Psicológicamente, ignorarla genera ansiedad; mirarla de frente puede, paradójicamente, ordenar la vida.

“Hay dolores inevitables…”
Aquí Galeano corta cualquier intento de autoengaño. No todo se puede evitar, no todo se puede “trabajar”, “sanar” o “superar” como promete cierta psicología moderna simplificada. Hay dolores estructurales: perder, envejecer, fracasar, despedirse. La madurez emocional no consiste en eliminarlos, sino en saber habitarlos sin romperse del todo.

“Y así es nomás, y ni modo.”
Este cierre suena resignado, pero no es derrotista. Es aceptación sin ornamentos. Hay algo profundamente sano en esto: dejar de pelear con lo que no depende de uno. No es pasividad, es lucidez. Es el punto donde se termina la fantasía de control absoluto.


Si se mira con crudeza, la frase dice algo duro:
vivir es amar sabiendo que perderás, cargar con lo que eres y avanzar con la muerte respirándote cerca.

Pero si se mira con profundidad, también dice algo liberador:
no estás fallando por sentir dolor; estás participando en lo humano.

Y eso cambia todo.

 "Yo, Bertolt Brecht, nací en tiempos difíciles. Pero ustedes, que sobrevivirán a la marea en la que nosotros perecimos, recuerden que también el odio contra la bajeza endurece los rasgos, que también la cólera contra la injusticia enronquece la voz. Nosotros, que quisimos preparar el camino para la bondad, no pudimos ser bondadosos, pero ustedes, que vivirán en el momento en que el hombre va a ser un amigo del hombre, traten de recordarnos con indulgencia."

sábado, 28 de marzo de 2026

 "Watching television is like taking black spray paint to your third eye." 

 -Bill Hicks

La frase de Bill Hicks no es solo provocación—es una crítica muy precisa al efecto psicológico y espiritual de la televisión.

“Watching television…”
No está hablando de ver contenido en sí, sino del acto pasivo. La televisión tradicional implica recibir sin cuestionar. No hay diálogo, no hay esfuerzo, no hay creación.

“…is like taking black spray paint…”
Aquí aparece la imagen violenta: no es que la televisión “entretenga”, sino que cubre, ensucia, anula. El color negro simboliza opacidad, bloqueo, ausencia de luz (entendimiento).

“…to your third eye.”
El “tercer ojo” es una metáfora antigua (presente en tradiciones como el hinduismo o el budismo) que representa la percepción profunda: intuición, conciencia crítica, capacidad de ver más allá de lo evidente.


Entonces, ¿qué está diciendo realmente?

Que el consumo pasivo de televisión bloquea tu capacidad de percibir la realidad con claridad.

No es solo que te distraiga. Es más grave:

  • adormece tu pensamiento crítico
  • sustituye tu imaginación por imágenes prefabricadas
  • te acostumbra a no cuestionar
  • te vuelve espectador de la vida, no protagonista

Hicks exagera a propósito, pero apunta a algo real:
la televisión (y hoy podríamos extenderlo a redes sociales, reels, contenido infinito) funciona como un anestésico de la conciencia.


Hay una capa más profunda

Hicks no odiaba la televisión por sí misma. Odiaba lo que hace cuando la consumes sin resistencia.

Porque el problema no es el medio, sino la relación que tienes con él.

  • Si consumes sin pensar → te “pintas el tercer ojo”
  • Si consumes críticamente → puedes usarlo como herramienta


 Hay versos que no describen: revelan. 

Javier Heraud no está hablando de la muerte como un final, sino como un ingrediente. No algo que llega, sino algo que ya está en nosotros, mezclado con el pulso mismo de la vida.

“Un trozo de muerte y de camino.”
Es una afirmación incómoda. Nos gusta pensar que estamos hechos de futuro, de posibilidades abiertas, de tiempo por delante. Pero Heraud nos recuerda que también estamos hechos de límite. Cada decisión que tomamos mata otras posibilidades. Cada día vivido es un día que ya no volverá. Hay una muerte silenciosa ocurriendo en cada instante: la de lo que no fue, la de lo que dejamos atrás, la de lo que ya no seremos.

Y sin embargo, no es una visión trágica: es una visión lúcida.

Porque el “camino” no está separado de ese trozo de muerte. No hay trayecto sin pérdida. No hay crecimiento sin renuncia. Vivir no es acumular, es elegir… y elegir es descartar. Por eso el camino no es limpio: está lleno de restos invisibles, de versiones nuestras que quedaron en el suelo como hojas secas.

Luego viene la imagen más poderosa: “uno siempre es río, o canto, o lágrima cubierta”.

Ser río es fluir, no aferrarse a ninguna forma fija. El río nunca es el mismo, y sin embargo sigue siendo río. Ahí hay una lección profunda: la identidad no es una cosa sólida, es un proceso. Somos cambio continuo, aunque nos empeñemos en definirnos como si fuéramos estatuas.

Ser canto es otra cosa: es transformar la experiencia en expresión. El canto no elimina el dolor, pero lo vuelve forma, lo vuelve algo compartible. Es la posibilidad de que lo vivido no se pierda del todo, de que tenga resonancia más allá de uno mismo.

Y ser “lágrima cubierta” es quizás lo más humano: el dolor que no siempre se muestra, la tristeza que se guarda, la fragilidad que se disfraza. No todo lo que somos se dice. Hay una parte de nosotros que permanece velada, incluso para nosotros mismos.

En conjunto, el verso sugiere algo radical: no somos entidades estables ni coherentes. Somos una tensión constante entre lo que fluye, lo que se expresa y lo que se oculta; entre lo que vive y lo que ya está muriendo.

Aceptar eso no es deprimente. Es liberador.

Porque si ya estamos hechos de muerte, entonces el miedo a morir pierde su absolutismo. Y si somos camino, entonces no estamos obligados a ser siempre lo mismo. Podemos cambiar, desviarnos, empezar de nuevo.

Tal vez la verdadera sabiduría no consiste en evitar esa mezcla, sino en habitarla con dignidad: fluir como río cuando sea necesario, cantar cuando la vida lo permita… y reconocer, sin vergüenza, las lágrimas que llevamos cubiertas.

 La inmensa pobreza y la obscena desigualdad son flagelos tan espantosos de esta época (en la que nos jactamos de impresionantes avances en ciencia, tecnología, industria y acumulación de riquezas) que deben clasificarse como males sociales tan graves como la esclavitud y el apartheid. 

NELSON MANDELA

 Mientras, a consecuencia de las leyes y de las costumbres, exista una condenación social que cree artificialmente infiernos en plena civilización, y enturbie con una fatalidad humana el destino, que es divino; mientras no se resuelvan los tres problemas del siglo: la degradación del hombre en el proletariado, la decadencia de la mujer por el hambre, la atrofia del niño por las tinieblas; mientras en ciertas regiones sea posible la asfixia social; en otros términos, y desde un punto de vista más dilatado aún, mientras haya ignorancia y miseria sobre la tierra, los libros de igual naturaleza que éste podrán no ser inútiles.

 V ICTOR H UGO 

  “Los vencedores no son aquéllos que están siempre aferrados a sus bienes; ni los que se pasan la vida rezando con las cuentas secas del deber; son aquéllos que aman porque viven, y vencen de veras porque de veras se dan; los que aceptan el dolor con toda su alma y con toda su alma separan el dolor; los que crean porque conocen el secreto de la única alegría, que es el secreto del desprendimiento.”

Rabindranath Tagore

viernes, 27 de marzo de 2026

 

Esa frase de Jean-Paul Sartre no es una idea: es un golpe seco. Como si la vida, en lugar de ser un poema divino, fuera una hoja arrastrada por el viento… sin autor, sin destino, sin disculpas.
Mírala de frente:
“Todo lo que existe nace sin razón…”
No hay prólogo cósmico. Nadie pidió nacer. No hay contrato firmado antes del primer llanto. Para Sartre, el universo no tiene intención, ni plan maestro: simplemente es. Y nosotros, arrojados a él, como actores sin guion en un escenario ya iluminado.
“…se prolonga en la debilidad…”
Aquí no habla solo de fragilidad física. Habla de esa condición humana que duda, que se equivoca, que se contradice. Vivir no es avanzar con firmeza heroica; es tambalearse, insistir, resistir. Somos criaturas que se sostienen con hilos invisibles: hábitos, afectos, pequeñas mentiras necesarias.
“…y muere por casualidad.”
Ni justicia, ni narrativa perfecta. La muerte no siempre llega como cierre digno de una historia bien escrita. A veces es absurda, arbitraria, incluso ridícula. Como si el telón cayera en medio de la escena equivocada.
Y entonces… ¿qué queda?
Aquí Sartre sonríe —una sonrisa incómoda— y te susurra lo importante:
si no hay razón previa, tú eres la razón que falta.
No hay sentido dado, pero hay sentido posible.
No hay destino, pero hay elección.
No hay esencia, pero hay construcción.
La frase parece nihilista, pero en el fondo es dinamita pura: destruye las excusas.
Porque si todo es contingente, entonces cada acto tuyo pesa más que cualquier destino escrito.
Dicho sin solemnidad:
la vida no viene con instrucciones… pero sí con herramientas.
Y ahí estás tú, en medio del caos, como un carpintero sin plano,
con madera imperfecta,
clavos torcidos,
y aun así… capaz de construir algo que, aunque no tenga razón de existir,
pueda tener sentido para ti.
Tal vez esa es la ironía más hermosa:
que en un universo sin propósito,
el único acto verdaderamente serio
sea inventarlo.

 Cuando era joven leí Guerra y paz de Tolstói, a una edad muy temprana, demasiado. Pero el verdadero impacto de esta gran novela se produjo después, junto con el que me causaron otros escritores rusos, novelistas y pensadores sociales, de mediados del siglo XIX. Estos escritores influyeron mucho en mi punto de vista. 

A mí me pareció, y sigue pareciéndome, que su objetivo primordial no era elaborar relatos realistas de las vidas y las relaciones que mantenían entre sí individuos o grupos sociales o clases, no el análisis psicológico o social como un valor en sí, aunque, por supuesto, los mejores de ellos lograsen exactamente eso, de un modo insuperable. 

A mí su enfoque me pareció esencialmente moral: les interesaba sobre todo saber a qué podían atribuirse la injusticia, la opresión, la falsedad en las relaciones humanas, el encarcelamiento con muros de piedra o con el conformismo (sumisión resignada a yugos construidos por el hombre), la ceguera moral, el egoísmo, la crueldad, la humillación, el servilismo, la pobreza, el desvalimiento, la amarga indignación, la desesperación de tantos. 

Les interesaba, en suma, el carácter de esas experiencias y sus raíces en la condición humana; la condición de Rusia en primer término, pero, implícitamente, la de toda la humanidad. Y querían saber, por otra parte, qué podría traer lo contrario de eso, un reino de verdad, amor, sinceridad, dignidad humana, honradez, independencia, libertad, plenitud espiritual.

Algunos, como Tolstói, buscaron esto en el punto de vista de la gente sencilla, no contaminada por la civilización. Tolstói quiso creer, como Rousseau, que el universo moral de los campesinos no era distinto al de los niños, que no estaba deformado por las convenciones e instituciones de la civilización, que nacían de los vicios humanos: codicia, egoísmo, ceguera espiritual; que el mundo podía salvarse si los hombres eran capaces de ver la verdad que yacía a sus pies; podrían hallarla, si se molestaban en mirar, en los evangelios cristianos, en el Sermón de la Montaña. 
Otros miembros de este grupo de rusos depositaban su fe en el racionalismo científico, o en la revolución social y política basada en la teoría verdadera del cambio histórico. Otros, por su parte, buscaban soluciones en las enseñanzas de la teología ortodoxa, o en la democracia liberal de Occidente, o en una vuelta a antiguos valores eslavos, marginados por las reformas de Pedro el Grande y de sus sucesores.
Lo que tenían en común todas estas posiciones era la creencia de que existían soluciones a los problemas básicos, que uno podía descubrirlas y, con un esfuerzo generoso suficiente, aplicarlas en este mundo. Todos creían que la esencia de los seres humanos radicaba en ser capaces de elegir cómo vivir; las sociedades podían transformarse según ideales verdaderos en los que se creyese con un fervor y una resolución suficientes. 
Si, como Tolstói, pensaban a veces que el hombre no era verdaderamente libre sino que se hallaba determinado por factores que escapaban a su control, sabían de sobra, como él, que si la libertad era una ilusión, era una ilusión sin la cual no podía uno vivir ni pensar. 
Isaiah Berlín 

 


Hablar de Jacob Levy Moreno es como abrir una puerta en medio del teatro… y descubrir que el escenario eres tú.
Nació en 1889, en Bucarest, aunque su vida se moldeó en Viena, ese hervidero donde la mente humana se diseccionaba como si fuera un reloj antiguo. Mientras Sigmund Freud escuchaba a sus pacientes en silencio, Moreno decidió hacer algo casi irreverente:
hacerlos actuar.
 El hombre que convirtió la terapia en teatro
Moreno no creía que bastara con hablar del dolor.
Pensaba que había que revivirlo, encarnarlo, sacarlo a la luz como un actor en escena.
Así nació el psicodrama: una terapia donde las personas representan sus conflictos, sus traumas, sus deseos. No hay diván… hay escenario. No hay interpretación distante… hay acción.
Él mismo lo resumió, con esa mezcla de poeta y rebelde:
“Una respuesta no vivida es una respuesta no aprendida.”
 Contra la rigidez: espontaneidad o muerte
Moreno tenía una obsesión casi romántica: la espontaneidad.
Creía que la enfermedad mental muchas veces era una especie de guion repetido, una obra mal actuada una y otra vez.
Su misión era romper ese libreto.
Por eso también inventó la sociometría, una forma de mapear relaciones humanas: quién elige a quién, quién queda fuera, quién gravita como un sol invisible en los grupos.
Era como leer las constelaciones… pero en las emociones humanas.
 El salto a América
En 1925 emigró a Estados Unidos, donde su trabajo encontró terreno fértil. Fundó teatros terapéuticos, clínicas y hasta una comunidad donde la gente podía explorar su mundo interior actuándolo.
Ahí su influencia creció, aunque nunca fue tan “mainstream” como Freud.
Moreno era demasiado libre, demasiado teatral… demasiado vivo para encajar del todo en la academia.
 Un hereje con alma de director
Hay una anécdota que lo pinta completo:
de joven, en Viena, se acercó a Freud y le dijo algo así como:
“Doctor, yo empiezo donde usted termina.”
Freud analizaba sueños.
Moreno los hacía caminar, hablar, llorar frente a todos.
 El legado
Murió en 1974, pero su eco sigue en terapias modernas, coaching, dinámicas de grupo… incluso en cómo entendemos las relaciones.
Porque, al final, Moreno dejó una idea simple y peligrosa:
No somos una historia fija.
Somos una obra en constante improvisación.
Y quizá —solo quizá— el mayor acto de valentía no es entendernos…
sino atrevernos a representarnos sin máscara, bajo la luz cruda del escenario.

jueves, 26 de marzo de 2026

                     Creo en mi genealogía nadapoderosa

De esa genealogía vengo
del ser sin casa ni padres
ni familia ni dioses
que arrojado al mundo
descifra las claves
del canto de aves
siniestras y sigue
el camino de bestias
sagradas que fundan
ciudades y charcos
descansando sobre
el blanco entregado
soy un bruto animal
un ternero cegado
por el canto de Orfeo
que deja palabras
en todas las almas
esparcidas do quiera
incapaz de imitar
que solo res crea
por la acción agraciada
de abandonar
y olvidar la
historia de nuestras
raíces sin tierra.

 Mario Chávez Carmona

1. “Creo en mi genealogía nadapoderosa”

Aquí hay un juego brutal: no es todopoderosa, sino nada-poderosa.
Es una genealogía sin linaje, sin herencia gloriosa. Es casi un acto de fe en el vacío.

👉 Lectura:
El yo poético renuncia a la idea de que venimos de algo grandioso. No hay sangre noble, ni destino, ni historia que nos sostenga.


2. El ser arrojado al mundo

“del ser sin casa ni padres
ni familia ni dioses”

Esto recuerda mucho a la idea existencialista (tipo Martin Heidegger): el ser humano como alguien “arrojado” al mundo.

👉 Lectura:
No hay origen protector. El sujeto está solo, sin estructura simbólica (familia, religión, identidad).


3. Aprender de lo salvaje

“descifra las claves
del canto de aves siniestras
y sigue el camino de bestias sagradas”

Aquí ocurre algo clave: si no hay cultura que lo forme, aprende de la naturaleza.

👉 Lectura:

  • Las “aves siniestras” → lo oscuro, lo instintivo, lo desconocido
  • Las “bestias sagradas” → lo primitivo pero con sentido fundacional

Es una inversión: lo animal ya no es inferior, es guía.


4. Fundar desde el barro

“que fundan
ciudades y charcos”

Esto es bellísimo: pone al mismo nivel lo elevado (ciudades) y lo humilde (charcos).

👉 Lectura:
Toda construcción humana —civilización o miseria— nace del mismo origen animal.


5. La identidad como animalidad

“soy un bruto animal
un ternero cegado”

Aquí no hay metáfora decorativa: hay afirmación.

👉 Lectura:
El sujeto se reconoce como:

  • vulnerable (ternero)
  • ciego (sin guía cultural)
  • bruto (sin refinamiento social)

Pero no lo dice con vergüenza… lo dice como verdad.


6. El canto de Orfeo

“por el canto de Orfeo”

Orfeo es el símbolo del arte que hechiza, que transforma, que ordena el caos con música.

👉 Lectura:
El ser humano, aunque animal, es tocado por el arte.
Pero ojo: no lo domina, lo “ciega”.

El arte no lo civiliza completamente… lo descoloca más.


7. Crear sin imitar

“incapaz de imitar
que solo res crea”

Esto es muy potente.

👉 Lectura:

  • Rechazo de la tradición
  • Rechazo de repetir lo heredado
  • Creación desde cero, casi instintiva

Es una poética de la originalidad radical.


8. Abandonar la raíz

“abandonar
y olvidar la historia
de nuestras raíces sin tierra”

Aquí está el cierre filosófico.

👉 Lectura:
No solo no tenemos raíces…
nuestras raíces ya eran “sin tierra” desde el inicio.

Entonces:

  • no hay pérdida real
  • lo que había ya era vacío

👉 La única libertad posible: olvidar.


🧠 Lectura global

Este poema es una especie de manifiesto existencial y casi “anti-identitario”:

  • Niega el linaje
  • Niega la tradición
  • Niega la pertenencia
  • Afirma lo animal
  • Afirma la creación desde el vacío

Es duro, pero también liberador.


 En una frase:

El poema dice:
no vienes de nada… pero justo por eso puedes inventarte todo.

miércoles, 25 de marzo de 2026



 

Hay una anécdota de Arthur Miller que revela mucho de su carácter y de su relación con el poder.

Durante la época del macartismo, en plena paranoia anticomunista en Estados Unidos, Miller fue llamado a declarar ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses. La práctica común era clara: si querías salvarte, dabas nombres de otros supuestos simpatizantes comunistas.

Miller hizo algo que, en ese contexto, era casi un acto de rebeldía moral.

Respondió todas las preguntas sobre sí mismo… pero se negó a dar nombres de otras personas.

Le dijeron que su carrera podía venirse abajo, que podía ser vetado, castigado. Y él respondió, en esencia: no iba a usar el nombre de otra persona para salvar el suyo.

Ese gesto le costó una condena por desacato (que después fue anulada), pero lo más importante es lo que revela: Miller no solo escribió sobre la integridad y la culpa en obras como Las brujas de Salem, sino que vivió exactamente ese conflicto en carne propia.

De hecho, esa obra es una alegoría directa de esa cacería de brujas moderna: no se trataba de demonios, sino del miedo, la delación y el poder.

Hay algo profundamente coherente en él: no era solo un escritor que denunciaba la histeria colectiva… era alguien dispuesto a pagar el precio de no someterse a ella.

 Eso no estaba en mi libro de la vida: crecer no te hace adulto

Crecí creyendo que la adultez llegaba como llegan los recibos: puntual, inevitable y con instrucciones claras. 
Un día te despiertas, te salen responsabilidades, te sabes el SAT de memoria y ya está: adulto certificado, con holograma y firma invisible.
Mentira. Crecer no te hace adulto. Solo te hace más alto y con más deudas.
La adultez no llega. Se improvisa.
Y casi siempre mal.

Nadie te dijo que cumplir años no ordena el caos; apenas lo amuebla. 
Que puedes tener agenda, hipoteca y dolor de espalda, y aun así sentirte un adolescente disfrazado de ser humano funcional. 
Nadie te advirtió que la madurez no es un estado, sino un acto de fe repetido diariamente, como lavarse los dientes esperando que esta vez sí funcione.
Uno crece. Sí.
Crece el cuerpo, crece el cansancio, crece la lista de cosas que “ya no toleras”.
Pero el yo profundo —ese animal confuso— sigue preguntándose lo mismo que a los quince:
¿qué estoy haciendo?,
¿por qué?,
¿y quién autorizó todo esto?

Crecimos creyendo que los adultos sabían.
Error fundacional.
Los adultos simulan.

Simulan certeza en reuniones, autoridad en la mesa, calma en el tráfico. 
Pero por dentro están igual que tú: negociando con el miedo, regateando con el deseo, posponiendo decisiones que ya deberían estar tomadas “a esta edad”.
¿Cuál edad?
Esa tampoco venía en el manual.
La adultez no es seguridad. Es administración del pánico.

Aprendes a no huir, no porque seas valiente, sino porque ya invertiste demasiado como para abandonar el barco. Aprendes a sonreír mientras dudas, a decir “todo bien” como quien dice “no quiero hablar de esto ahora porque si empiezo no paro”.
Y luego está la gran estafa cultural:
“Cuando seas grande, vas a entender”.
Entender qué.
Lo único que uno entiende al crecer es que nadie entendía cuando decía eso.

Crecemos y descubrimos que:
la estabilidad es frágil
el amor no madura solo, se negocia
el trabajo no dignifica, apenas distrae
y el éxito ajeno siempre parece más ordenado que el propio
Eso tampoco estaba en el libro.

La adultez llega con un lenguaje nuevo:
“más adelante”,
“ahorita no”,
“cuando se pueda”.
Frases adultas para decisiones no tomadas. 
El verdadero vocabulario de la madurez es el aplazamiento elegante.
Y sin embargo —porque la vida nunca es solo una cosa— crecer tiene su pequeña revancha.
No la épica.
La otra.
Crecemos y ganamos algo invaluable: derecho a elegir nuestras batallas. Ya no peleamos por todo. Nos cansamos. Seleccionamos. Dejamos pasar discusiones que antes eran guerras santas. Entendemos que no toda verdad necesita ser dicha y que algunas sí, aunque cuesten caro.
La adultez no es saber qué hacer.
Es saber qué no volver a hacer.

También crecemos en silencio. Nadie lo nota, pero ocurre.
Cuando dejamos de pedir permiso para sentir.
Cuando aceptamos que algunas heridas no cierran y aun así se vive.
Cuando entendemos que no vamos a ser todo lo que prometimos, pero quizá seamos algo suficiente.
Eso no estaba en el libro de la vida:
que el adulto no es el que tiene respuestas,
sino el que aprendió a convivir con las preguntas sin necesitar anestesia constante.

Ser adulto es aceptar que el miedo no se va, pero se vuelve habitual. Como el ruido de la ciudad: al principio molesta, luego acompaña.
Ser adulto es fracasar con menos drama y amar con menos ingenuidad, pero con más decisión.
Ser adulto es entender que nadie viene a rescatarte… y que, curiosamente, eso también libera.
Así que no: crecer no te hace adulto.
Te hace responsable de tu confusión.
Y eso, aunque no suene heroico, ya es bastante.

Lo otro —la adultez perfecta— sigue siendo un mito editorial.


 Hay algo profundamente incómodo en esa frase de Dante Alighieri, porque no describe solo a los ricos, ni a los poderosos, ni a los corruptos… nos describe a todos en potencia.

La avaricia no es simplemente querer más. Es no saber detenerse. Es una falla en el mecanismo interno que debería decir: “basta”. Como si el alma, en lugar de saciarse, se hubiera vuelto incapaz de reconocer la saciedad. Comes… y en lugar de sentir plenitud, aparece un vacío más grande. Obtienes… y en vez de descansar, se activa una nueva carencia.

Ahí está lo perverso: la avaricia promete satisfacción, pero en realidad se alimenta de la insatisfacción. Es un motor que necesita estar siempre encendido, siempre deseando, siempre persiguiendo algo que, en el fondo, no quiere alcanzar del todo. Porque si lo alcanzara, moriría.

Por eso el avaro no disfruta. Posee, pero no habita lo que posee. Acumula, pero no vive. Su relación con el mundo no es de encuentro, sino de captura. Todo se convierte en objeto: dinero, tiempo, incluso las personas. Y en ese proceso, sin darse cuenta, se va empobreciendo por dentro.

Hay una ironía trágica: quien más tiene, puede ser quien más hambre siente.

Y tal vez ahí está la advertencia de Dante, más vigente que nunca: el problema no es cuánto tenemos, sino qué tipo de hambre nos gobierna.

 Porque hay hambres que nutren —las del conocimiento, el amor, la creación— y hay hambres que devoran incluso a quien las padece.

La pregunta incómoda, no es si somos avaros… sino en qué momentos de nuestra vida empezamos a tener hambre justo después de haber comido.

 “Yo me quedo con las casas donde he sido feliz, donde he asistido a la belleza, a la bondad, donde he vivido plenamente. 

Guardo la fisonomía de las habitaciones como si fueran rostros; vuelvo a ellas con la imaginación, subo escaleras, toco puertas y contemplo cuadros. Yo no sé si los hombres son demasiado ingratos con las casas, o si en mi gratitud hacia ellas hay algo de neurosis. 

El hecho es que amo los recintos donde he encontrado un minuto de paz; no los olvido nunca, los llevo conmigo y conozco su esencia íntima, el misterio ansioso por revelarse que habita en toda pared, en todo mueble.

Me explico los fantasmas: ¿cómo no regresar de la muerte, algunas veces, a visitar las casas queridas? ¿Cómo no acariciar las colgaduras, entornar las puertas de los armarios, asistir al lago de los espejos, entreabrir el aire de los aparadores? Yo seré un fantasma incansable, alguna vez; ¡tengo tantas casas que visitar de nuevo, diseminadas en la ciudad, en los pueblos, en las novelas, en la historia..!”

Julio Cortázar

martes, 24 de marzo de 2026

 En la segunda mitad del siglo XX, el filósofo francés Michel Foucault escribió largo y tendido sobre la relación entre poder y conocimiento; actualmente, la relación entre poder e ignorancia requiere de idéntica atención.

Las personas siempre han encontrado maneras de cerrar los ojos, los oídos y la boca para ignorar, negar o denegar información que les resulte perturbadora. 
Se identifican, por ejemplo, con un líder aunque su discurso esté plagado de mentiras. 
La diferencia en estos tiempos de la «posverdad» es el auge de la «inercia cognitiva», esto es, el aumento de la indiferencia ante qué es verdad y qué es mentira. 
Esta indiferencia va ligada a la imposibilidad de saber, más que a una simple indisposición a aprender. 
Si nos fijamos en cómo se transmiten las noticias falsas (fake news) a través de internet, vemos lo difícil que a menudo resulta identificar sus fuentes o qué se pretende conseguir con ellas. 
En agosto de 2017, por ejemplo, una campaña en Twitter con la etiqueta #borderfreecoffee («café sin fronteras») creó una promoción falsa de Starbucks en la que la cadena presuntamente ofrecería a los inmigrantes ilegales un Frappuccino gratis en sus locales de todo Estados Unidos en una fecha concreta. 
Starbucks tuvo que emplearse a fondo para convencer a sus clientes de que aquella oferta era un bulo. Algunos pensaban que tal vez hubiera sido iniciativa de jáqueres proinmigrantes. La realidad, sin embargo, era la contraria. El engaño había sido pergeñado por personas contrarias a la inmigración que creyeron que sería muy buena idea atraer a inmigrantes ilegales con ese cebo hacia sitios concretos y, luego, cuando estuvieran ya esperando en la cola, llamar a la policía para que los arrestaran. 
Aunque algunas campañas de noticias falsas responden a una finalidad política o económica subyacente, muchas no pasan de ser herramientas para conseguir más clics y aumentar así los ingresos obtenidos por publicidad. 
No es extraño, pues, que, con la proliferación de las fake news, esté en alza también la desconfianza ante todas las fuentes de noticias. 
La indiferencia y la ignorancia en tales casos funcionan como un escudo protector para el individuo actual, que continuamente tiene que valorar qué información es fiable y cuál no. 
Como ha señalado William Davis al respecto, este hecho se convierte en un problema político de primer orden desde el momento en que el público se vuelve contra todas las representaciones y los «encuadres» de la realidad que ven u oyen en los medios de comunicación, convencido de que todos son igual de tendenciosos, ya que, a partir de ese momento, las personas creen, o bien que la verdad no existe, o bien que existen —fuera de los canales de comunicación política normales— otras formas de acceso a la verdad, más puras, sin intermediarios.
Renata Salecl


 Hay frases que no se leen: se mastican lento, como si tuvieran polvo de camino. Esta —atribuida a Juan Rulfo— suena a sentencia dicha al atardecer, cuando el mundo ya no presume y empieza a confesar.
“Nos salvamos juntos o nos hundimos separados.”
En el universo de Pedro Páramo, nadie se salva del todo. Los pueblos están llenos de voces que no pudieron sostenerse unas a otras. Y ahí está el filo de la frase: no habla de romanticismo barato, habla de supervivencia.
Porque el ser humano, aunque se crea isla, es más bien archipiélago.
Un cuerpo solo puede resistir mucho, sí… pero no eternamente.
La caída, en cambio, es contagiosa.
Salvarse juntos no significa caminar siempre al mismo ritmo ni pensar igual. Es algo más crudo:
es no soltarse cuando todo invita a hacerlo.
Es quedarse cuando lo fácil sería volverse fantasma —como tantos en Comala—.
Es entender que el destino no es una línea individual, sino una cuerda tensa que se rompe por el punto más débil.
Y hundirse separados… ah, eso es lo cotidiano disfrazado de normalidad:
cada quien en su trinchera, cada quien con su pequeño naufragio privado,
creyéndose fuerte mientras el agua le llega al cuello en silencio.
La frase también tiene una trampa elegante:
nos recuerda que la salvación individual es, muchas veces, una ilusión bien contada.
Puedes ganar dinero, prestigio, distancia…
y aun así terminar habitando un desierto interior donde nadie responde cuando llamas.
Rulfo no te lo diría con sermones.
Te lo dejaría caer como quien deja una piedra en el bolsillo:
ligera al principio… inevitable después.
Al final, la idea es simple y brutal:
no se trata de si puedes solo. Claro que puedes.
La pregunta es cuánto tiempo y a qué costo.
Porque hay victorias solitarias que suenan igual que una derrota:
mucho eco… y nadie escuchando. 


«Toda realidad que se ignora prepara su venganza.»

 esta frase es una advertencia elegante… y brutal.

Ortega no habla de “castigo” moral. No es que la realidad se enoje. Es más frío que eso: la realidad simplemente es. Y cuando la ignoras, no desaparece; se acumula. Y lo que se acumula, estalla.

1. En lo personal

Ignoras el dolor → se convierte en síntoma.
Ignoras el miedo → se convierte en agresividad.
Ignoras la tristeza → se convierte en cinismo.

La “venganza” no es sobrenatural. Es psicológica. Lo que no miras te gobierna desde la sombra.

Cuando enfrentas la realidad, la venganza pierde fuerza.

2. En lo político

Un país que ignora desigualdad, corrupción o racismo… prepara crisis.
Una sociedad que ignora el resentimiento social… prepara populismos o estallidos.

La historia está llena de realidades negadas que regresan con violencia. Las élites muchas veces creen que pueden administrar la apariencia. Pero la realidad no negocia con discursos.

3. En lo biológico

Ignoras el cuerpo → enfermedad.
Ignoras el planeta → crisis climática.
Ignoras límites → colapso.

La realidad siempre cobra con intereses.

4. En lo existencial

Quizá la frase más profunda es esta:

Ignorar quién eres, lo que deseas, lo que temes… prepara una vida ajena.

Y esa es la venganza más silenciosa: vivir sin haber vivido.


Lo poderoso de la frase es que no invita al miedo, sino al coraje.
La solución no es controlar la realidad. Es mirarla.

aquí hay una consigna orteguiana:

Lo que enfrento, pierde poder.
Lo que ignoro, se fortalece.

La realidad no necesita vengarse si la reconoces.
Se vuelve maestra en vez de verdugo.


 Chuck Palahniuk: biografía combativa (a puño limpio)

Chuck Palahniuk no nació para pedir permiso. Nació para patear la puerta del buen gusto, para escribir con los nudillos sangrando y decir: esto duele porque es verdad.
Mientras otros aprendían a decorar frases, él aprendía a dinamitar certezas.

Ingeniero industrial de día, saboteador del alma de noche. Trabajó entre motores, fábricas y manuales que prometen orden; pero su cabeza ya estaba escribiendo el caos. Vio morir a su padre —asesinado por la pareja de su ex— y entendió que el mundo no es una metáfora amable: es un ring. Desde entonces, cada libro fue un golpe directo al hígado de la complacencia.

Palahniuk escribe como quien confiesa bajo tortura. Sus personajes no buscan redención; buscan sentir algo, lo que sea, aunque queme. Fight Club no fue una novela: fue una granada envuelta en papel. Una crítica feroz al consumo, a la masculinidad domesticada, al yo convertido en producto. “No eres tu trabajo, no eres tu saldo bancario”, gritó… y millones sintieron el eco en los dientes.

Su estilo es minimalista, repetitivo, obsesivo. Frases cortas como puñaladas. Ritmo de mantra o de interrogatorio. Humor negro, negrísimo, como petróleo en misa. 
Palahniuk no embellece: desnuda. 
No consuela: empuja. 
No explica: exhibe.

Le dijeron misógino, nihilista, provocador barato. Él respondió escribiendo más. Porque su literatura no quiere gustar: quiere infectar. Sus libros son virus que cuestionan identidad, sexo, violencia, fe, muerte y espectáculo. Nada sagrado; todo sospechoso.

Chuck Palahniuk es un escritor para tiempos incómodos. Para lectores sin miedo a verse al espejo cuando el espejo se ríe.
No escribe para salvarte.
Escribe para recordarte que el mundo ya estaba roto… y que tú también.

Y en ese reconocimiento brutal —sin vendas ni anestesia— ocurre algo extraño:
una forma rara, sucia, peligrosa de libertad. 

lunes, 23 de marzo de 2026


En la madera que se resuelve en chispa y llamarada
luego en silencio y humo que se pierde
miraste deshacerse con sigiloso estruendo tu vida
Y te preguntas si habrá dado calor
si conoció alguna de las formas del fuego
si llegó a a rder e iluminar con su llama
De otra manera todo habrá sido en vano
Humo y ceniza no serán perdonados
pues no pudieron contra la oscuridad
—tal leña que arde en una estancia desierta
o en una cueva que sólo habitan los muertos

 La historia que cuenta La falsa medida del hombre sobre los tests de inteligencia a inmigrantes es una de las más impactantes de todo el libro. Según Stephen Jay Gould, muestra cómo una herramienta psicológica terminó influyendo en la política migratoria de Estados Unidos.


1. Los tests llegan a Estados Unidos

El test de inteligencia fue creado originalmente por Alfred Binet en Francia a principios del siglo XX.

Pero Binet tenía una idea muy clara:

  • el test servía solo para detectar niños que necesitaban ayuda escolar

  • no medía una inteligencia fija o biológica

Cuando el test llegó a Estados Unidos, algunos psicólogos lo reinterpretaron de forma muy distinta.

Uno de los más influyentes fue Lewis Terman, quien creía que:

  • la inteligencia era hereditaria

  • podía medirse con precisión

  • y algunas poblaciones eran naturalmente menos inteligentes.


2. El experimento masivo en el ejército

Durante la Primera Guerra Mundial, el psicólogo Robert Yerkes organizó el mayor experimento psicológico de la historia hasta ese momento.

Se aplicaron tests de inteligencia a más de un millón de soldados estadounidenses.

Los resultados parecían mostrar algo alarmante:

  • la “edad mental promedio” del soldado estadounidense era 13 años

  • los inmigrantes del sur y este de Europa obtenían puntajes más bajos

  • los afroamericanos obtenían puntajes aún más bajos.

Muchos científicos concluyeron entonces que:

la inmigración estaba “bajando el nivel intelectual del país”.


3. El problema oculto

Gould explica que esos resultados tenían problemas enormes.

Por ejemplo:

Muchos inmigrantes:

  • no hablaban inglés

  • nunca habían visto los objetos o referencias culturales del test

  • tenían poca educación formal.

Algunas preguntas eran absurdas para alguien recién llegado.

Ejemplos reales del tipo de preguntas:

  • completar analogías con palabras inglesas difíciles

  • reconocer marcas comerciales estadounidenses

  • preguntas culturales sobre la vida en Estados Unidos.

Es decir, el test medía cultura y educación, no inteligencia pura.


4. Consecuencias políticas

A pesar de esos problemas, los resultados se usaron como argumento para aprobar una ley histórica:

Immigration Act of 1924

Esta ley limitó severamente la inmigración de:

  • italianos

  • judíos de Europa del Este

  • eslavos

  • otros pueblos considerados “inferiores”.

Se establecieron cuotas raciales basadas en esos supuestos datos científicos.


5. La reflexión de Gould

Para Gould, este episodio muestra algo inquietante:

una idea científica aparentemente neutral puede tener consecuencias políticas enormes.

Los tests de inteligencia no solo se usaron en escuelas o laboratorios.

También ayudaron a justificar:

  • racismo

  • políticas migratorias discriminatorias

  • y programas de eugenesia.


6. Una frase fuerte del libro

Gould resume todo con una idea muy poderosa:

Cuando los prejuicios buscan legitimarse, a menudo se disfrazan de números.

 La medicina, en su lucha presuntamente prometeica contra el destino finito del hombre, ha perdido mucho de la nobleza que le concede su historia porque, con la excusa de servir a un buen propósito, se ha aliado con quienes la han convertido en una industria deshumanizada, más preocupada por los beneficios y el impacto mediático que por la salud y la calidad de vida de la ciudadanía. 

El siglo XXI vive de espaldas a la muerte y paga un alto precio por ello. 

Antonio Sitges 


1. “La lucha prometeica”
Sitges invoca a Prometeo por una razón precisa: la medicina moderna ya no solo quiere curar, quiere vencer al destino. No acepta el límite. La muerte deja de ser condición humana y pasa a ser vista como fracaso técnico. Ahí hay un cambio civilizatorio brutal: el médico deja de acompañar al paciente y pasa a competir contra la finitud. Y toda competencia necesita récords, titulares, estadísticas… no personas.

2. Pérdida de nobleza histórica
La medicina nace como vocación, como arte del cuidado. Hipócrates no prometía inmortalidad, prometía no dañar. Sitges señala que esa nobleza se erosiona cuando la medicina se fusiona con la lógica industrial: protocolos rígidos, tiempos cronometrados, pacientes convertidos en “casos”, “camas”, “números de expediente”. No es que los médicos sean villanos; es que el sistema los empuja a ser gestores de cuerpos, no cuidadores de vidas.

3. “La excusa del buen propósito”
Aquí está el veneno fino del texto. Todo se justifica en nombre del bien: innovación, avance científico, esperanza. Pero el “buen propósito” se vuelve coartada para alianzas peligrosas: farmacéuticas, aseguradoras, marketing sanitario, medicina espectáculo. 
Se vende la ilusión de control total mientras se mercantiliza la fragilidad humana
La salud deja de ser un derecho vivido y pasa a ser un producto optimizado.

4. Impacto mediático vs calidad de vida
Sitges clava el bisturí en una llaga contemporánea: importa más parecer que salvar, más el logro técnico que el bienestar real. Se prolonga la vida biológica aunque la vida humana —dignidad, autonomía, sentido— esté hecha pedazos. 
Se confunde alargar el tiempo con mejorar la vida. Y eso no es medicina: es obstinación tecnológica.

5. Vivir de espaldas a la muerte
Esta es la tesis de fondo. 
El siglo XXI niega la muerte, la esconde, la medicaliza hasta hacerla irreconocible. 
Ya no sabemos morir ni acompañar al que muere. 
Y el precio es altísimo: miedo crónico, tratamientos inútiles, sufrimiento innecesario, familias rotas por falsas esperanzas. 
Cuando una sociedad no acepta la muerte, tampoco sabe valorar la vida.

6. Lo que el texto exige, sin decirlo
Sitges no pide menos ciencia. Pide más humanidad. Pide una medicina que vuelva a reconocer el límite, que se atreva a decir “no todo se puede, no todo se debe”. Una medicina que no vea la muerte como enemiga, sino como parte del relato humano.

En el fondo, este texto no habla solo de médicos. Habla de nosotros:
de una civilización que quiere vivir para siempre,
pero ya no sabe para qué vivir.

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