Soy fuerte, ¿sabes?
Soy fuerte, ¿sabes?
Soy fuerte, ¿sabes?
Soy fuerte, ¿sabes?
Soy fuerte, ¿sabes?
Soy fuerte, ¿sabes?
"El éxito nace con la buena suerte y la obligación nace con el éxito. Al crear suerte para los demás, usted puede alcanzar la cima más alta"
La frase de Jai Jaikumar plantea una idea interesante sobre el éxito: la suerte puede abrirte la puerta, pero lo que haces con las oportunidades que recibes determina qué responsabilidad adquieres y qué huella dejas en los demás. Sin embargo, su reflexión también merece una mirada crítica.
Esta primera afirmación cuestiona una de las creencias más arraigadas de nuestra sociedad: que el éxito es exclusivamente el resultado del esfuerzo individual.
Nos gusta pensar que quienes triunfan lo hacen porque son más inteligentes, disciplinados, trabajadores o talentosos que los demás. Esta explicación tiene algo de verdad, pero no cuenta toda la historia.
Imaginemos a dos personas igualmente trabajadoras y capaces. Una nace en una familia que puede pagarle una buena educación, le ofrece contactos y le permite asumir riesgos sin temor a quedarse sin comer. La otra nace en un entorno de pobreza, debe trabajar desde joven y carece de esas oportunidades.
¿Ambas tienen las mismas posibilidades de triunfar?
Evidentemente, no.
La suerte puede adoptar muchas formas:
Nacer en una familia con recursos o en una que apenas puede sobrevivir.
Encontrar a una persona que confíe en nosotros cuando nadie más lo hace.
Vivir en una época en la que nuestras habilidades son especialmente valoradas.
Tener buena salud, recibir una oportunidad o encontrarse en el lugar adecuado en el momento oportuno.
Esto no significa que el esfuerzo carezca de importancia. Significa que el esfuerzo individual y las circunstancias externas no son fuerzas opuestas: suelen combinarse para producir los resultados que llamamos éxito.
Reconocerlo no disminuye nuestros méritos. Simplemente nos ayuda a entender que no somos los únicos autores de nuestra historia.
Aquí aparece la parte más interesante de la frase.
Jaikumar introduce una idea que contradice la concepción individualista del triunfo: el éxito no solo concede privilegios; también puede generar responsabilidades.
Cuando una persona adquiere conocimientos, recursos, influencia o poder, sus posibilidades de intervenir en la vida de los demás aumentan.
Un empresario puede crear empleos dignos o aprovecharse de la necesidad de sus trabajadores. Un científico puede utilizar sus descubrimientos para mejorar la vida humana o ignorar sus consecuencias. Una persona que ha superado circunstancias difíciles puede utilizar su experiencia para ayudar a quienes atraviesan situaciones semejantes.
El éxito amplía nuestra capacidad de actuar, aunque no garantiza que actuemos correctamente.
Aquí conviene hacer una distinción: tener la capacidad de ayudar no significa que debamos resolver todos los problemas del mundo, pero sí nos invita a reflexionar sobre el uso que hacemos de nuestras ventajas.
En otras palabras, el éxito deja de ser exclusivamente una cuestión de cuánto conseguimos y se convierte también en una pregunta sobre qué hacemos con lo conseguido.
Esta es la idea central de la cita.
Crear suerte para los demás significa convertirse en una de esas circunstancias favorables que pueden cambiar la trayectoria de otra persona.
Pensemos en alguien que recomienda a un joven para su primer empleo, en una profesora que descubre el talento de un estudiante o en una persona que comparte sus conocimientos sin convertirlos en una herramienta de superioridad.
Para quien recibe esa ayuda, el encuentro puede parecer un golpe de suerte.
Pero hay algo todavía más profundo: quien ofrece la oportunidad puede no conocer las consecuencias de su gesto. Una recomendación aparentemente insignificante podría cambiar una carrera profesional; una conversación podría modificar una decisión importante; una ayuda oportuna podría evitar que alguien abandone un proyecto.
No podemos controlar toda la suerte que nos toca, pero podemos participar en la suerte que les toca a los demás.
Y esto modifica nuestra manera de entender el mérito.
En lugar de preguntarnos únicamente quién merece llegar a la cima, podemos preguntarnos cuántas personas tuvieron que contribuir para que alguien pudiera llegar hasta ella y cuántas podrían avanzar si quienes ya llegaron les tendieran la mano.
La cuestión no es negar el mérito individual, sino reconocer que el desarrollo humano rara vez ocurre en completo aislamiento.
La frase concluye relacionando la generosidad con la excelencia personal.
Sin embargo, aquí conviene detenernos un momento.
¿Alcanzar la cima más alta significa acumular más dinero, poder o reconocimiento? ¿O significa convertirse en una persona capaz de utilizar sus capacidades para producir algo valioso para los demás?
Son dos concepciones distintas del éxito.
En la primera, los demás aparecen principalmente como competidores. Su ascenso amenaza nuestra posición y sus logros pueden interpretarse como pérdidas para nosotros.
En la segunda, el crecimiento ajeno no necesariamente disminuye el nuestro. Podemos contribuir al desarrollo de otras personas y, al mismo tiempo, ampliar nuestras propias posibilidades.
Eso no significa que ayudar siempre produzca beneficios personales ni que la generosidad sea una fórmula mágica para triunfar. Hay personas que ayudan sin recibir reconocimiento y otras que se aprovechan de quienes las ayudan.
La bondad no garantiza el éxito material.
Pero sí permite formular una pregunta más exigente: ¿qué clase de éxito estamos buscando?
Aquí podemos llevar la reflexión un paso más allá.
Si aceptamos que la suerte influye en el éxito, debemos preguntarnos de dónde procede esa suerte y quién contribuyó a producirla.
Pensemos en una persona que funda una empresa y acumula una gran fortuna. Su inteligencia, su esfuerzo y su capacidad para asumir riesgos pueden haber sido determinantes. Pero su éxito también puede depender de la educación que recibió, de las infraestructuras públicas, de los trabajadores que hicieron posible su producción, de los conocimientos desarrollados por generaciones anteriores y de una sociedad que creó las condiciones para que su negocio prosperara.
Eso no invalida sus méritos ni significa que todas las fortunas sean injustificadas.
Significa que el éxito individual está inserto en una red de relaciones sociales que muchas veces permanece invisible.
El problema aparece cuando alguien interpreta sus resultados como prueba de que merece todo lo que posee y concluye que quienes no han triunfado simplemente no se esforzaron lo suficiente.
Esa interpretación convierte la fortuna en una supuesta prueba de superioridad moral y la desgracia en una presunta prueba de fracaso personal.
La realidad es mucho más compleja.
Una sociedad puede reconocer el esfuerzo y el talento sin ignorar las desigualdades de origen. Puede recompensar la iniciativa individual sin fingir que todos comienzan desde el mismo punto.
Desde esta perspectiva, crear suerte para los demás no consiste solamente en realizar actos individuales de generosidad. También puede significar contribuir a construir instituciones y condiciones sociales que permitan a más personas desarrollar sus capacidades.
Una buena educación, servicios de salud accesibles, oportunidades laborales dignas y reglas que eviten los privilegios arbitrarios pueden transformar lo que antes dependía del azar en una posibilidad más extendida.
La generosidad individual puede cambiar una vida; las condiciones sociales adecuadas pueden multiplicar las oportunidades de millones de personas.
Ambas dimensiones importan.
La cita contiene una paradoja moral muy sugerente.
Quizá no elegimos las circunstancias que nos permitieron llegar hasta donde estamos. Sin embargo, cuando adquirimos cierta capacidad de decisión, podemos influir en las circunstancias de quienes vienen detrás.
Recibimos oportunidades que no necesariamente creamos y podemos generar otras que quizá nunca lleguemos a presenciar.
Una persona puede beneficiarse de una beca y, años después, financiar la educación de alguien más. Puede haber encontrado un mentor y convertirse después en mentor de otra persona. Puede haber recibido una oportunidad inesperada y decidir que, cuando esté en condiciones de hacerlo, no cerrará la puerta detrás de sí.
Se produce así una especie de transmisión de oportunidades.
No es necesario devolver exactamente lo que recibimos a quien nos lo dio. Podemos trasladar ese beneficio hacia otras personas.
Y quizá esa sea una de las formas más valiosas de entender la responsabilidad: no como el pago de una deuda personal, sino como la decisión de contribuir a que las oportunidades no terminen con nosotros.
En lugar de preguntarnos solamente «¿cómo puedo llegar más alto?», nos invita a plantearnos otra cuestión:
«¿Cuántas personas podrían llegar más lejos porque yo estuve aquí?»
no deberíamos necesitar alcanzar el éxito para empezar a crear suerte para los demás. Una persona sin fortuna, poder ni reconocimiento también puede ofrecer apoyo, compartir conocimientos o ayudar a alguien a encontrar su camino.
La capacidad de contribuir no comienza necesariamente en la cima.
Y eso nos lleva a una conclusión que va más allá de la frase original: el éxito puede aumentar nuestra capacidad de ayudar, pero no es un requisito para ser útiles a los demás.
Tal vez la cima más alta no sea aquella desde la que podemos mirar a todos los demás desde arriba, sino aquella desde la que podemos ayudar a que más personas encuentren su propio camino.
Porque hay una diferencia fundamental entre llegar lejos y conseguir que nuestra llegada haga posible que otros también avancen.
«Posee únicamente aquello que siempre puedas llevar contigo: conoce idiomas, conoce países, conoce personas. Que tu memoria sea tu equipaje de viaje.
¡Usa tu memoria! ¡Usa tu memoria! Solo esas semillas amargas podrían germinar y crecer algún día.
Mira a tu alrededor: hay personas a tu alrededor. Quizá recuerdes a una de ellas durante toda tu vida y, más adelante, te arrepientas profundamente de no haber aprovechado la oportunidad de hacerle preguntas.
Y cuanto menos hables, más escucharás».
— Aleksandr Solzhenitsyn
Idea clave: El tesoro más valioso no se guarda en bolsillos ni en cuentas bancarias, sino en la capacidad de observar, escuchar y atesorar a las personas antes de que se conviertan en un recuerdo distante.
Ludwig Haberlandt: el hombre que quiso detener el reloj de la naturaleza
«Yo emprendo un viaje perpetuo».
Walt Whitman
Hay algo profundamente humano en esta frase: no estamos terminados; somos seres en permanente transformación.
Whitman no dice que haya llegado a su destino, que haya encontrado todas las respuestas o que finalmente comprenda el sentido de la existencia. Dice que emprende un viaje perpetuo. Lo importante no es llegar, sino continuar.
La frase de Whitman nos invita a pensar en una existencia que no se reduce a alcanzar una meta, cumplir una obligación o llegar a cierta edad con todo resuelto.
Podemos pasar años buscando el momento en que finalmente seremos quienes debemos ser. Pero quizá ese momento nunca llegue, porque hemos cometido un error al imaginar que existe una versión definitiva de nosotros mismos esperándonos al final del camino.
No somos una obra terminada que atraviesa el mundo: somos una obra en construcción que se transforma mientras lo atraviesa.
Y tal vez la sabiduría consista en aprender a caminar sin exigirle al camino que nos entregue todas las respuestas.
Porque mientras haya algo que aprender, alguna idea que revisar, alguna persona que conocer o alguna parte de nosotros mismos que todavía no comprendemos, el viaje continúa.
Lavoisier: la cabeza que perdió Francia y la idea que no pudo matar
«Si tienes un cuerpo, ERES UN ATLETA».
La frase, popularizada por el entrenador y autor estadounidense Bill Bowerman, expresa una idea sencilla, pero profundamente democrática: no necesitas ser un deportista de élite para reconocer que tu cuerpo está hecho para moverse.
La sociedad nos ha acostumbrado a dividir a las personas en dos categorías: los atletas y los que no lo son. Los primeros corren maratones, levantan pesas o compiten; los segundos observan desde fuera, como si el movimiento fuera una actividad reservada para quienes poseen un talento especial.
Pero esa división es engañosa.
Tener un cuerpo significa disponer de una capacidad de movimiento que podemos cultivar, perder parcialmente por el sedentarismo o recuperar mediante la práctica. Caminar, correr, nadar, montar en bicicleta o simplemente subir unas escaleras son formas de relacionarnos con esa capacidad.
No se trata de ganar una competición, sino de participar en la propia vida.
La frase también cuestiona la cultura del rendimiento. Hoy, incluso el ejercicio parece necesitar una justificación: quemar calorías, adelgazar, mejorar una marca, superar a alguien o alcanzar un objetivo cuantificable. Convertimos el movimiento en otra obligación productiva, como si hasta nuestro tiempo libre tuviera que generar resultados.
Sin embargo, el cuerpo no es solamente una máquina que debemos optimizar. Es nuestra manera de estar en el mundo.
Moverse también es experimentar el aire, sentir el esfuerzo, descubrir nuestros límites y comprobar que todavía podemos hacer cosas que ayer nos parecían difíciles.
Y hay algo más: no necesitas tener un cuerpo perfecto para merecer el movimiento, ni alcanzar un determinado rendimiento para sentirte orgulloso de él.
Un atleta no es únicamente quien corre más rápido. También puede ser quien, a su propio ritmo, sale a caminar cuando preferiría quedarse sentado, pedalea sin agotarse o aprende a respetar sus límites sin renunciar a mejorar.
Por supuesto, la frase es una metáfora, no una afirmación literal: tener un cuerpo no convierte automáticamente a todo el mundo en atleta, y las capacidades físicas varían enormemente. Su valor reside en invitarnos a abandonar la idea de que la actividad física pertenece exclusivamente a los privilegiados por su genética, juventud o rendimiento.
Esta frase nos recuerda que el movimiento no debería ser un espectáculo que contemplamos en otros, sino una posibilidad que habitamos nosotros mismos.
No todos seremos campeones. No todos correremos una maratón. No todos tendremos la misma fuerza, velocidad o resistencia.
Pero podemos encontrar una forma de movimiento que se adapte a nuestro cuerpo, nuestras circunstancias y nuestra edad.
Y quizá esa sea la victoria más importante: dejar de tratar nuestro cuerpo como un adorno, una carga o una máquina defectuosa y empezar a reconocerlo como nuestro compañero de vida.
No tienes que ser el mejor atleta del mundo. Solo necesitas descubrir qué puede hacer tu cuerpo y cuidarlo para que pueda seguir haciéndolo.
«Creo que hay una forma de hacer las cosas bien: pasar por el mundo procurando dejar la menor huella posible».
La frase parece sencilla, pero contiene una idea profunda: no se trata solamente de vivir, sino de preguntarnos cómo queremos hacerlo y qué consecuencias tiene nuestra manera de vivir sobre el mundo que compartimos.
Alex Honnold, conocido por sus ascensiones en solitario y sin cuerda, es alguien que se enfrenta físicamente a los límites de la naturaleza. Sin embargo, esta frase apunta en una dirección distinta de la que podríamos esperar de un hombre que escala paredes gigantescas: no habla de conquistar, dominar o someter, sino de aprender a pasar por el mundo con cierta delicadeza.
Honnold no dice que exista una única manera correcta de vivir. Dice que cree que hay una manera de hacer las cosas bien.
La diferencia es importante.
Su frase expresa una convicción ética: nuestras decisiones no son indiferentes. Podemos actuar de una manera que cause más daño o de otra que procure reducirlo. Podemos consumir sin preguntarnos por las consecuencias o podemos prestar atención a lo que nuestras acciones implican para los demás y para el entorno.
No siempre podemos evitar causar algún impacto, pero sí podemos decidir si nos importa ese impacto.
Aquí aparece una pregunta filosófica fundamental: ¿vivir bien consiste en obtener todo lo que deseamos o en aprender a relacionarnos responsablemente con aquello que nos permite vivir?
La primera opción pone el deseo individual en el centro. La segunda nos recuerda que no vivimos aislados: dependemos de otras personas, de comunidades y de sistemas naturales que existían antes de nosotros y que, idealmente, deberían continuar después de nuestra partida.
La expresión inglesa to tread lightly significa literalmente «pisar suavemente», pero también tiene un sentido figurado: actuar con cuidado, sin causar daños innecesarios.
La metáfora es poderosa porque caminar es una de las acciones más cotidianas que existen.
No necesitamos ser conquistadores para dejar una huella. Basta con vivir.
Nuestra huella puede ser ecológica: los recursos que consumimos, los residuos que generamos y los efectos de nuestro estilo de vida.
Pero también puede ser humana.
Podemos atravesar la vida de otras personas dejando confianza o desconfianza, tranquilidad o sufrimiento, oportunidades o heridas. Podemos ejercer nuestra libertad teniendo en cuenta que los demás también tienen derecho a ejercer la suya.
Por eso, la frase puede leerse más allá del ambientalismo. Nos invita a pensar en una ética de la moderación: no todo lo que podemos hacer necesita hacerse, no todo lo que podemos tomar nos pertenece moralmente y no toda nuestra fuerza tiene que convertirse en dominio.
Esto no significa vivir con miedo a equivocarnos ni renunciar a nuestros deseos. Significa reconocer que nuestra libertad tiene consecuencias.
Hay algo especialmente interesante en la última parte de la frase.
Honnold no habla de caminar suavemente por un jardín propio, por una propiedad privada o por un espacio que podamos controlar. Habla del mundo.
Y el mundo es aquello que compartimos, incluso con personas que nunca conoceremos.
Desde una perspectiva ecológica, esto nos obliga a mirar más allá de nuestra comodidad inmediata. El planeta no es un escenario colocado para satisfacer nuestras necesidades, sino el sistema del que formamos parte.
Desde una perspectiva existencial, la idea también tiene otra dimensión: nuestra vida es temporal. Pasaremos por aquí durante un periodo relativamente breve y después otros ocuparán los espacios que dejamos.
Podemos vivir como si todo nos perteneciera o aceptar que somos, en cierto sentido, huéspedes temporales.
La segunda actitud no exige despreciar la vida material ni idealizar la pobreza. Exige distinguir entre disfrutar del mundo y comportarnos como si tuviéramos derecho a agotarlo.
Hay una paradoja hermosa en esta frase.
Estamos acostumbrados a medir el éxito por el tamaño de nuestra huella: cuánto acumulamos, cuánto conquistamos, cuánto producimos, cuántas personas nos reconocen y qué tan lejos llega nuestra influencia.
La cultura del éxito suele decirnos que debemos dejar marca, destacar, sobresalir y demostrar que estuvimos aquí.
Honnold propone otra intuición: quizá una vida no se mida solamente por lo que consigue dejar atrás, sino también por aquello que consigue no destruir en el camino.
No todo lo valioso necesita imponerse. No toda existencia significativa necesita convertirse en un monumento. A veces, la madurez consiste en comprender que nuestra importancia no nos concede un derecho ilimitado sobre el mundo.
Y eso vale tanto para la naturaleza como para nuestras relaciones.
Podemos aspirar a ser fuertes sin ser crueles, ambiciosos sin ser depredadores y libres sin comportarnos como si nuestra libertad fuera la única que importa.
Al final, la pregunta que deja esta frase es sencilla, aunque responderla resulte difícil:
Cuando nos marchemos de un lugar, de una relación o de este mundo, ¿habremos contribuido a hacerlo un poco más habitable o simplemente habremos tomado todo lo que pudimos?
Quizá vivir bien no consista en no dejar ninguna huella. Eso sería imposible.
Quizá consista en aprender a distinguir entre las huellas que dan testimonio de que vivimos y las que demuestran que nunca aprendimos a compartir el mundo.
No tengo que convertirme en lo que deseas para merecer tu amor. Tú no tienes que convertirte en lo que deseo para merecer mi respeto. Pero, si decidimos compartir nuestras vidas, ambos tenemos la responsabilidad de construir una relación en la que nuestras diferencias puedan existir sin destruirnos.
Y hay algo más: en ocasiones, amar implica cambiar. No necesariamente para satisfacer las expectativas del otro, sino porque escuchar a alguien que nos importa puede ayudarnos a reconocer nuestros errores y convertirnos en mejores personas.
Cambiar por miedo a perder el amor no es lo mismo que cambiar porque el amor nos ha permitido comprender algo que antes no veíamos.
La madurez no consiste en afirmar que nadie tiene derecho a cambiarnos. Consiste en conservar la libertad de decidir qué cambios merecen formar parte de nosotros.
Al final, quizá la pregunta más importante no sea si podemos amar sin dejar de ser nosotros mismos.
Quizá sea esta:
¿Somos capaces de construir una relación en la que ninguno tenga que traicionarse para que ambos puedan seguir eligiéndose?
Porque el amor no debería exigirnos que dejemos de ser quienes somos. Pero tampoco debería condenarnos a seguir siendo exactamente quienes éramos antes de conocer a la otra persona.
Amar puede ser, precisamente, la experiencia de descubrir que podemos cambiar sin desaparecer y permanecer diferentes sin dejar de encontrarnos.
Muy pronto tuve claro también –tanto que no pude considerar otro punto de partida– que quería anclar la historia de mi desgarramiento social en la situación que había vivido como estudiante, la repugnante situación a la que el Estado francés seguía condenando a las mujeres, el recurso al aborto clandestino a manos de un fabricante de ángeles. Y quería describir todo lo que le pasó a mi cuerpo de niña, el descubrimiento del placer, el periodo. Así, en este primer libro, publicado en 1974, sin que yo fuera consciente de ello en aquel momento, se definió el ámbito en el que situaría mi escritura, un ámbito que era a la vez social y feminista. La venganza por mi raza y la venganza por mi sexo se convertían a partir de entonces en una sola. ¿Cómo no cuestionarse la vida sin cuestionarse también la escritura? ¿Sin preguntarse si confirma o perturba las representaciones aceptadas e interiorizadas de los seres y las cosas? ¿No refleja la escritura insurgente, con su violencia y burla, una actitud dominada? Cuando el lector era una persona culturalmente privilegiada, mantenía con respecto al personaje del libro la misma posición de prepotencia y condescendencia que en la vida real. Por eso, originalmente, para eludir esta perspectiva que, tendida sobre mi padre, cuya vida quería contar, la cual me habría resultado insoportable y sentía como una traición, adopté, a partir de mi cuarto libro, un estilo de escritura neutro y objetivo, "plano" en el sentido de que no contenía metáforas ni signos de emoción. La violencia ya no se exhibía, provenía de los propios hechos y no de la escritura. Encontrar las palabras que contengan a la vez la realidad y la sensación que ésta produce iba a convertirse, hasta la fecha, en mi preocupación constante a la hora de escribir, sea cual fuere el tema.
Continuar diciendo "yo" me fue necesario. La primera persona –aquella por la que, en la mayoría de las lenguas, existimos, desde que sabemos hablar, hasta la muerte– se considera a menudo, en su uso literario, narcisista cuando se refiere al autor, cuando no es un yo presentado como ficticio. Conviene recordar que el "yo", hasta entonces privilegio de nobles que relataban hazañas de armas en sus memorias, es en Francia una conquista democrática del siglo XVIII, la afirmación de la igualdad de los individuos y del derecho a ser sujeto de su propia historia, como reivindica Jean-Jacques Rousseau en el primer preámbulo de sus Confesiones: "Y que no se me objete que, siendo sólo un hombre del pueblo, no tengo nada que decir que merezca la atención de los lectores. […] En cualquier oscuridad que pude haber vivido, si he pensado más y mejor que los reyes, la historia de mi alma es más interesante que la de ellos”. No fue este orgullo plebeyo lo que me motivó (aun cuando...) sino el deseo de utilizar el "yo" -una forma que es a la vez masculina y femenina- como herramienta de exploración que capta las sensaciones, las que la memoria ha ocultado, las que el mundo que nos rodea no cesa de ofrecernos, en todas partes y todo el tiempo. Este antecedente de la sensación se ha convertido para mí tanto en la guía como en la garantía de la autenticidad de mi búsqueda. ¿Pero con qué fin? Para mí, no se trata de contar la historia de mi vida ni de entregarme a sus secretos, sino de descifrar una situación, un acontecimiento, una relación amorosa, y revelar así algo que sólo la escritura puede hacer existir y pasar, tal vez, a otras conciencias, a otros recuerdos. ¿Quién podría decir que el amor, el dolor y el luto, la vergüenza, no son universales? Victor Hugo escribió: "Ninguno de nosotros tiene el honor de tener una vida que le pertenezca". Pero como todas las cosas se viven inexorablemente de modo individual –“me está pasando a mí”–, sólo pueden leerse del mismo modo si el "yo" del libro se vuelve, en cierto modo, transparente, y el del lector o lectora pasa a ocuparlo. Que este Yo sea, en definitiva, transpersonal, que lo singular alcance lo universal.
Lo que más conmueve de estos versos es su desproporción.
Frente a la muerte, la voz no ofrece grandes argumentos metafísicos. No habla de la inmortalidad del alma, de la justicia del universo ni de una recompensa después de la vida.
Solo pide una cosa: que deje en paz la rama verde.
Es una petición pequeña frente a un poder inmenso. Y precisamente por eso resulta tan conmovedora.
La voz no pretende vencer a la muerte. Pretende salvar algo de ella.
En cierto sentido, es una defensa de todo aquello que merece tiempo para desarrollarse: el amor, la juventud, la libertad, los proyectos, la posibilidad de cambiar.
La tragedia no consiste únicamente en que los seres humanos mueran. Consiste también en que a veces destruimos, o permitimos que se destruya, aquello que hace que la vida merezca ser vivida.
En Bodas de sangre, la violencia humana y la fatalidad se entrelazan hasta convertir el deseo de vivir en una súplica desesperada.
Y la rama verde permanece como la imagen de todo lo que la muerte interrumpe.
Hay algo que estos versos nos recuerdan sin necesidad de formularlo explícitamente: solemos reconocer el valor de ciertas cosas cuando descubrimos que no tenemos garantizado el tiempo para disfrutarlas.
Amamos como si siempre hubiera un mañana. Posponemos conversaciones, reconciliaciones, encuentros y decisiones. Nos comportamos como si la vida fuera una reserva inagotable de oportunidades.
Pero no lo es.
Quizá por eso la súplica de Lorca sigue teniendo tanta fuerza: porque, en el fondo, todos quisiéramos tener la posibilidad de decirle a la muerte que espere un poco más.
Que todavía hay alguien a quien abrazar.
Que todavía queda algo por decir.
Que la rama sigue verde.
Y que, por una vez, deje al amor terminar de florecer.
Quien se alza de puntillas
Mi abuela me decía:
"En la vida ni se gana ni se pierde,
ni se fracasa
ni se triunfa.
En la vida se aprende,
se crece,
se descubre,
se escribe,
se borra.
Y se reescribe otra vez,
se hila,
se deshila y
se vuelve a hilar.
El día que comprendí
que lo único que me voy a llevar es lo que vivo, empecé a vivir lo que me quiero llevar".
Poesía Purépecha
Que me disculpe la coincidencia por llamarla necesidad. Que me disculpe la necesidad, si a pesar de ello me equivoco. Que no se enoje la felicidad por considerarla mía. Que me olviden los muertos que apenas si brillan en la memoria. Que me disculpe el tiempo por el mucho mundo pasado por alto a cada segundo. Que me disculpe mi viejo amor por considerar al nuevo el primero.
Perdonadme, guerras lejanas, por traer flores a casa. Perdonadme, heridas abiertas, por pincharme en el dedo. Que me disculpen los que claman desde el abismo el disco de un minué. Que me disculpe la gente en las estaciones por el sueño a las cinco de la mañana. Perdóname, esperanza acosada, por reírme a veces.
Perdonadme, desiertos, por no correr con una cuchara de agua. Y tú, gavilán, hace años el mismo, en esta misma jaula, inmóvil mirando fijamente el mismo punto siempre, absuélveme, aunque fueras un ave disecada. Que me disculpe el árbol talado por las cuatro patas de la mesa. Que me disculpen las grandes preguntas por las pequeñas respuestas. Verdad, no me prestes demasiada atención. Solemnidad, sé magnánima conmigo. Soporta, misterio de la existencia, que arranque hilos de tu cola.
No me acuses, alma, de poseerte pocas veces. Que me perdone todo por no poder estar en todas partes. Que me perdonen todos por no saber ser cada uno de ellos, cada una de ellas. Sé que mientras viva nada me justifica porque yo misma me lo impido. Habla, no me tomes a mal que tome prestadas palabras patéticas y que me esfuerce después para que parezcan ligeras.
Wislawa Szymborska.
“Si puedes hacer sólo una cosa, todo lo demás que es feo desaparecerá de tu vida, y todo lo que es hermoso llegará por sí mismo.
Y eso es simplemente aprender a estar en silencio, aprender a ser meditativo, ser un observador, ser natural, y aun así estar alerta y consciente de lo que estás haciendo, de lo que estás pensando.”
- Osho
Un espejo cóncavo tiene una superficie curvada hacia dentro. Dependiendo de la distancia, puede deformar las imágenes, agrandarlas o invertirlas.
Imagina que te miras en uno de esos espejos de feria: tu rostro puede aparecer enorme, alargado o grotescamente deformado.
Lo interesante es que la imagen que ves no es una invención completa: eres tú, pero transformado por el espejo.
Podemos interpretar la frase de esta manera: las imágenes más bellas, cuando se contemplan desde una perspectiva que las deforma, pueden parecer absurdas.
Piensa en una puesta de sol. Es hermosa porque la contemplamos bajo determinadas condiciones: la luz, los colores, el horizonte y nuestras propias emociones.
Ahora imagina que alguien utiliza una perspectiva completamente distinta para describirla. En lugar de hablar de su belleza, analiza el fenómeno mediante fórmulas físicas, longitudes de onda y refracciones atmosféricas.
Una misma realidad puede producir imágenes muy distintas dependiendo del instrumento con el que la observemos.
Para comprender mejor a Valle-Inclán, hay que conocer su concepto del esperpento, una forma de representar la realidad mediante la deformación grotesca.
En su obra Luces de bohemia, el protagonista, Max Estrella, reflexiona sobre la tragedia de España y plantea una idea fundamental: la realidad española puede resultar tan grotesca que, para representarla artísticamente, es necesario deformarla.
De ahí surge una paradoja fascinante:
A veces, deformar la realidad permite mostrar una verdad que su representación fiel oculta.
El problema aparece cuando confundimos nuestra imagen de la realidad con la realidad misma.
Y eso nos lleva a una idea muy cercana al espíritu del esperpento: lo sublime y lo grotesco pueden ser dos maneras de contemplar una misma cosa.
Todos contemplamos el mundo a través de nuestros propios espejos: nuestras creencias, prejuicios, deseos, miedos e ideologías.
Un idealista puede ver heroísmo donde otra persona ve ingenuidad. Un nacionalista puede ver grandeza donde un crítico ve fanatismo. Un enamorado puede ver perfección donde un observador externo percibe defectos evidentes.
No significa que todas las interpretaciones sean igualmente válidas. Significa que nuestra mirada interviene en la imagen que construimos del mundo.
Valle-Inclán nos permite pensar, además, en la posibilidad inversa: quizá algunas realidades que consideramos horribles solo necesitan ser contempladas desde otra perspectiva para revelar una belleza inesperada.
El espejo no siempre destruye la belleza. A veces la inventa; otras veces, la descubre.
Cuando Napoleón invadió Egipto, uno de sus soldados encontró, a orillas del Nilo, una gran piedra negra, toda grabada de signos.
La llamaron Rosetta.
Jean François Champollion, estudioso de lenguas perdidas, pasó sus años mozos dando vueltas alrededor de esa piedra.
Rosetta hablaba en tres lenguas. Dos habían sido descifradas. Los jeroglíficos egipcios, no. Seguía siendo un enigma la escritura de los creadores de las pirámides.
Una escritura muy mentida: Heródoto, Estrabón, Diodoro y Horapolo habían traducido lo que habían inventado, y el sacerdote jesuita Athanasius Kircher había publicado cuatro volúmenes de disparates.
Todos habían partido de la certeza de que los jeroglíficos eran imágenes que integraban un sistema de símbolos, y sus significados dependían de la fantasía de cada traductor.
¿Signos mudos? ¿Hombres sordos?
Champollion interrogó a la piedra Rosetta, durante toda su juventud, sin recibir más respuesta que un obstinado silencio. Ya el pobre estaba comido por el hambre y el desaliento, cuando un día se planteó una posibilidad que nadie nunca se había planteado:
¿Y si los jeroglíficos fueran sonidos, además de ser símbolos?
¿Si fueran también algo así como letras de un abecedario?
Ese día se abrieron las tumbas, y el reino muerto habló.
Eduardo Galeano
El problema de mis profesores es que no tenían imaginación. O, si alguna vez la tuvieron, la habían perdido por el camino. La rutina los había destruido. La realidad se los había tragado y quizá nunca llegaron a comprender una de las máximas de Richard Wagner, «la imaginación crea la realidad», y no al revés.
Ramón Gener