Pienso en el evangelio de Mateo. En uno de los
versículos Jesús dice: Donde haya más de dos personas reunidas en mi nombre, yo estaré.
No puedo dejar
de escuchar una súplica en esa frase: reúnanse en mi nombre.
No se olviden de mí.
Y recuerdo las últimas
palabras del revolucionario mexicano Pancho Villa:
No me dejen morir así Digan que dije algo.
Hay una conexión muy poderosa en ese pasaje, porque las dos frases —la de Jesús y la atribuida a Pancho Villa— pueden leerse como dos súplicas contra el mismo enemigo: el olvido.
Primero, una precisión: en Mateo 18:20 la formulación habitual es: «Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». No es exactamente una petición de Jesús, pero la lectura introduce algo literariamente muy interesante: escuchar detrás de la afirmación una especie de ruego.
1. «Reúnanse en mi nombre»
En el sentido religioso, Jesús está diciendo que su presencia no depende necesariamente del templo, de la multitud ni de una institución. Basta la reunión de unos cuantos en su nombre.
Pero si uno escucha la frase desde la perspectiva de la muerte, aparece otra lectura:
Mientras ustedes se reúnan y me recuerden, yo no habré desaparecido completamente.
La memoria convierte al ausente en una presencia.
Y ahí está la fuerza de la interpretación: «No se olviden de mí».
No necesariamente como una súplica consciente pronunciada por Jesús, sino como una súplica que el lector puede descubrir retrospectivamente en esas palabras.
2. Y entonces aparece Pancho Villa
La frase atribuida a Villa —«No me dejen morir así. Digan que dije algo»— produce un efecto completamente distinto.
Aquí ya no tenemos al hombre que promete estar presente cuando otros se reúnan. Tenemos al hombre que está a punto de desaparecer físicamente y pide que sus palabras sobrevivan a su muerte.
Es casi una inversión:
Jesús:
Reúnanse y yo estaré entre ustedes.
Villa:
No me dejen desaparecer; digan que dije algo.
En ambos casos aparece la misma batalla:
la lucha del ser humano contra la desaparición.
3. La palabra como forma de supervivencia
Hay algo profundamente humano en eso.
Morir significa perder progresivamente la presencia física. Pero queda la palabra: lo que dijimos, lo que hicimos, las historias que otros cuentan sobre nosotros.
Por eso los seres humanos escribimos epitafios, hacemos monumentos, contamos anécdotas de los muertos, conservamos fotografías, repetimos frases.
No solamente queremos haber vivido.
Queremos que nuestra existencia haya dejado alguna huella en la memoria de otros.
Y aquí la frase de Villa adquiere una dimensión casi universal:
«Digan que dije algo.»
No dice solamente recuerden mi nombre. Dice algo más interesante: recuerden mi voz.
Porque ser recordado como una estatua es una cosa; ser recordado como alguien que pensó, habló, quiso, luchó, se equivocó o dejó una palabra es otra.
4. Hay incluso una paradoja
Jesús, según Mateo, dice que estará presente cuando otros se reúnan.
Villa, ante la muerte, pide que otros hablen después de él.
En ambos casos, la continuidad depende de los vivos.
El muerto ya no puede producir su propia presencia.
Son los vivos quienes la reconstruyen.
Por eso la memoria no es simplemente guardar información del pasado. Es una forma de volver a convocar a los ausentes.
Cuando alguien dice:
«Mi padre siempre decía...»
el padre vuelve a entrar, por unos segundos, en la habitación.
Cuando alguien cuenta una historia de un amigo muerto, ese amigo vuelve a existir dentro de la conversación.
Cuando una sociedad repite las palabras de sus muertos, los muertos siguen participando —de alguna manera— en el presente.
5. Y aquí aparece algo todavía más profundo
la asociación hace pensar que quizá la frase podría resumirse así:
No basta con haber existido; necesitamos testigos de nuestra existencia.
El ser humano puede soportar muchas cosas, incluso la idea de su propia muerte. Lo que resulta más inquietante es imaginar que después de nosotros no quede absolutamente nada que diga: aquí estuvo alguien.
Por eso la súplica de Villa resulta tan desnuda.
No pide necesariamente una estatua.
No pide que lo conviertan en santo.
Pide algo mucho más elemental:
«Digan que dije algo.»
Es casi como decir:
No permitan que mi muerte borre completamente mi voz.
Y entonces Mateo y Villa, separados por siglos, religión, revolución y circunstancias completamente distintas, terminan tocando una preocupación idéntica:
¿Qué queda de nosotros cuando ya no estamos?
Quizá la respuesta más humana sea:
queda aquello que otros vuelven a pronunciar.
Y ahí la memoria deja de ser simplemente recordar el pasado. Se convierte en una forma humilde de resurrección.