Hegel I: La dialéctica — el motor incómodo del mundo
O cómo el conflicto piensa mejor que nosotros.La dialéctica hegeliana tiene mala fama. Se la ha reducido a un eslogan escolar —tesis, antítesis, síntesis— como si Hegel hubiera escrito para diapositivas de PowerPoint. Nada más injusto. La dialéctica no es una receta; es una herida abierta en la realidad. No explica el mundo: lo pone en crisis.
Para Hegel, el movimiento de lo real no es armónico ni progresivo en línea recta. Avanza tropezando consigo mismo. Cada forma de vida, cada idea, cada institución contiene una contradicción interna que tarde o temprano estalla. No porque algo externo la ataque, sino porque no puede sostener lo que promete ser.
La dialéctica comienza ahí: cuando lo que es traiciona lo que dice ser.
La contradicción no es un error: es el motor
En la lógica cotidiana, la contradicción es un defecto. Algo que hay que corregir, silenciar o maquillar. Para Hegel, en cambio, la contradicción es la energía vital del pensamiento y de la historia. Donde no hay contradicción, no hay movimiento; hay estancamiento, momificación.
Un sistema perfectamente coherente es un sistema muerto.
Esto resulta profundamente incómodo para el siglo XXI, obsesionado con la consistencia moral, la pureza ideológica y el no te contradigas. Hoy se cancela al que cambia de opinión, al que duda, al que no cabe en una etiqueta estable. Hegel diría: ahí donde no hay contradicción, no hay pensamiento, solo repetición.
Negación: el momento impopular
La dialéctica avanza por negaciones. Pero cuidado: negar no es destruir sin más. La negación hegeliana es un gesto más fino y más cruel. Es decirle a algo: no eres lo que creías ser, y obligarlo a enfrentarse a su propio límite.
Toda forma histórica —una idea política, una moral, una identidad— nace afirmándose como definitiva. Y toda, sin excepción, es negada. No por maldad del destino, sino porque pretendió ser total.
Aquí Hegel es brutalmente actual: el siglo XXI está lleno de afirmaciones absolutas que se creen finales. Proyectos políticos que se anuncian como “el fin de la historia”, identidades cerradas sobre sí mismas, tecnologías vendidas como redención. La dialéctica actúa como ácido: nada de eso sobrevive intacto.
Aufhebung: destruir, conservar, elevar (todo a la vez)
El corazón del escándalo hegeliano tiene un nombre casi impronunciable: Aufhebung. Una palabra imposible que significa tres cosas contradictorias al mismo tiempo:
suprimir
conservar
elevar
Cuando una forma es superada, no desaparece. Es negada, sí, pero también preservada en un nivel distinto. El pasado no muere: se recicla como fantasma.
Por eso la historia no es un progreso limpio. Es un cementerio activo. Las ideas que creemos superadas regresan disfrazadas, refinadas, a veces más peligrosas. Nacionalismos, fanatismos, mitologías políticas: la dialéctica no los elimina; los transforma.
Creer que algo ha sido “superado” para siempre es una ingenuidad cara.
La dialéctica hoy: redes, política y guerra cultural
El siglo XXI vive una dialéctica sin mediación. Contradicciones expuestas en tiempo real, sin elaboración, sin Aufhebung. Solo choque.
Opiniones que no se escuchan, se embisten.
Identidades que no se reconocen, se excluyen.
Conflictos que no se piensan, se viralizan.
Hegel habría visto en esto un síntoma claro: la negación sin superación. Mucha antítesis, cero síntesis. El resultado no es avance, sino parálisis histérica.
La dialéctica no promete reconciliación fácil. Promete algo más incómodo: comprensión a través del conflicto, no a pesar de él.
Epílogo: pensar es arriesgarse a perder
Hegel no ofrece consuelo. Ofrece vértigo. Pensar dialécticamente es aceptar que ninguna idea que amemos está a salvo, ni siquiera la nuestra. Que toda certeza será puesta en duda. Que el conflicto no es una anomalía, sino el precio de estar vivos históricamente.
La dialéctica no nos dice quién tiene razón.
Nos recuerda algo peor:
Que la razón siempre llega tarde, pero llega.





