Siempre tuve la sensación de que se me acababa el tiempo.
La llama del descubrimiento
Nací en 1811 en Bourg-la-Reine, cerca de París. Mi infancia no presagiaba la tempestad que vendría. Mi madre me educó en los clásicos y en el amor por la libertad. Pero a los quince años, en el colegio Louis-le-Grand, tropecé con las matemáticas. Fue como una revelación religiosa.
Devoré los elementos de geometría de Legendre como si fueran novelas de aventuras. Mientras mis compañeros memorizaban reglas mecánicas, yo estudiaba a los grandes maestros: Lagrange y Abel. Me di cuenta de algo fundamental: los matemáticos llevaban tres siglos intentando encontrar una fórmula general para resolver ecuaciones polinómicas de quinto grado o superior mediante radicales (sumas, restas, multiplicaciones, divisiones y raíces), tal como hacemos con la fórmula cuadrática para grado dos.
Nadie entendía por qué para grado dos, tres y cuatro existían soluciones por radicales, pero para grado cinco la puerta se cerraba. Descubrí que la respuesta no estaba en los números en sí, sino en las simetrías de las raíces. Desarrollé lo que hoy llamáis la Teoría de Grupos: si las permutaciones de las raíces de una ecuación forman un grupo con una estructura particular ("resoluble"), la ecuación se puede resolver. Si no, es conceptualmente imposible.
Un mundo sordo a mi voz
Trágicamente, el mundo exterior no avanzaba al ritmo de mis ecuaciones.
Mi vida empezó a fracturarse en 1829. Intenté ingresar dos veces en la École Polytechnique, la cuna de los mejores matemáticos de Francia. La primera me rechazaron por no explicar los pasos que para mí eran evidentes; la segunda, exasperado por las preguntas superficiales del examinador, le tiré el borrador de la pizarra a la cabeza. Me suspendieron.
Ese mismo año, mi padre, un hombre decente y alcalde de nuestro pueblo, se suicidó tras ser víctima de una cruel campaña de calumnias orquestada por el cura local. La injusticia me desgarró el alma.
Para colmo, la suerte de mis descubrimientos fue trágica:
Envié mis manuscritos a Augustin-Louis Cauchy, pero los traspapeló.
Se los envié a Joseph Fourier para el gran premio de la Academia de Ciencias; Fourier murió días después y el papel desapareció.
Finalmente, Siméon Denis Poisson leyó mi memoria sobre la resolubilidad de ecuaciones y me la devolvió diciendo que era "incomprensible".
"Se ha burlado de mí la Academia, se han burlado los examinadores, se ha burlado el destino."
Barricadas y la última noche
Imposibilitado para dedicarme solo a la ciencia, me entregué a la revolución. En la Francia de 1830, ser republicano era una sentencia. Unirme a la Société des Amis du Peuple me costó la expulsión de la École Normale y varias estancias en la prisión de Sainte-Pélagie.
Allí, entre rejas, consumido por la fiebre y la desesperación, también conocí el amor —o la ilusión de él— con Stéphanie-Félicie du Motel. Un asunto turbio, quizás una trampa política o un duelo de honor malentendido por el amor de esa mujer, me llevó a ser desafiado a un duelo a pistolas para la mañana del 30 de mayo de 1832.
Sabía que no sobreviviría. Tenía veinte años.
Pasé la noche del 29 de mayo en vela, a la luz de una vela que se consumía. Mis manos temblaban mientras repasaba mis manuscritos, añadiendo notas al margen, corrigiendo demostraciones y sintetizando en unas pocas páginas años de trabajo teórico. Escribí cartas de despedida a mis amigos republicanos y dejé una nota desesperada que aún resuena en la historia:
"Je n'ai pas le temps..." (No tengo tiempo...)
El legado
A la mañana siguiente, en un campo cerca de Gentilly, me dispararon en el abdomen. Quedé abandonado en la hierba hasta que un campesino me encontró y me llevó al hospital de Cochin. Morí al día siguiente, el 31 de mayo de 1832, en brazos de mi hermano Alfred. Mis últimas palabras para él fueron:
"No llores, Alfred. Necesito todo mi valor para morir a los veinte años."
Pasaron catorce años hasta que el matemático Joseph Liouville rescató mis papeles del olvido, los comprendió y los publicó en 1846. Hoy, los conceptos que ideé en mi adolescencia guían la física cuántica, la criptografía moderna y la simetría de las partículas fundamentales.
Mi vida fue breve y tempestuosa, pero mis ideas demostraron ser eternas.