domingo, 15 de febrero de 2026

 Pantallas, espejos y aplausos: cómo los medios fabrican el narcisismo contemporáneo

La escena se abre con una pantalla. No importa cuál. Un teléfono, una televisión, una laptop: todas funcionan como espejos negros donde el yo se proyecta, se edita y se juzga. La sociedad contemporánea no solo se mira a sí misma: se produce. Cada gesto es contenido potencial. Cada emoción, mercancía. Cada identidad, una versión beta en constante actualización.

Christopher Lasch escribió sobre el narcisismo cuando aún no existían las redes sociales, pero entendió algo esencial: una cultura que sustituye la experiencia por la representación termina criando individuos dependientes de la aprobación externa. Hoy, los medios y las plataformas digitales no solo amplifican ese diagnóstico; lo convierten en sistema operativo.

Corte a primer plano: la imagen manda

Los medios ya no informan: escenifican. La realidad no se vive, se encuadra. Se ilumina, se filtra, se dramatiza. El mensaje no importa tanto como su impacto visual. La lógica es simple y brutal: si no se ve bien, no existe.

Las redes sociales llevan esta lógica al extremo. El sujeto se convierte en su propio departamento de marketing. El yo deja de ser identidad y pasa a ser marca. Se optimiza. Se pule. Se vende. No importa lo que eres, sino cómo te perciben. No importa lo que piensas, sino cuánto engagement genera.

El resultado es una subjetividad cinematográfica: vivimos como si siempre hubiera una cámara observando. Actuamos para un público invisible que reparte premios en forma de likes y castigos en forma de indiferencia.

Montaje rápido: manipulación y deseo

La manipulación no es burda; es elegante. No te obligan a mirarte: te seducen. Te prometen visibilidad, pertenencia, validación. Los algoritmos no censuran: premian. Premian la exageración, la simplificación, la emocionalidad extrema. El conflicto vende. La indignación engancha. El narcisismo retiene.

Así, la imagen no solo representa la realidad: la moldea. Ajustamos nuestros cuerpos, opiniones y emociones a lo que funciona en pantalla. Se construye un yo calculado, entrenado para gustar. Un yo que aprende rápidamente qué versión de sí mismo obtiene aplausos… y cuál debe esconderse.

Lasch advertía que el narcisismo no es amor propio, sino fragilidad. Aquí se confirma: nunca se ha dependido tanto de la mirada ajena para sentirse real.

Plano secuencia: la adicción a la aprobación


El like es pequeño, pero poderoso. Es rápido. Es constante. Es ambiguo. No explica por qué gustas, solo confirma que gustas. Y eso basta para enganchar.

La lógica es adictiva porque es intermitente. A veces llega, a veces no. Como una máquina tragamonedas emocional. El sujeto aprende a anticipar el juicio ajeno antes incluso de actuar. Ya no pregunta: “¿Qué quiero decir?”, sino “¿Cómo va a funcionar esto?”

El resultado es una subjetividad ansiosa, hiperconsciente, agotada. Personas que parecen seguras, pero viven en vigilancia permanente. Brillan hacia afuera mientras se vacían por dentro. Narcisos rodeados de espejos, muriendo de sed.

Fundido a negro: consecuencias sociales

Este narcisismo mediado no es un problema individual; es político, cultural, estructural. Erosiona la empatía, porque el otro deja de ser sujeto y se convierte en audiencia. 
Debilita el pensamiento crítico, porque la velocidad de la imagen no tolera la complejidad. Y destruye la intimidad, porque todo debe ser mostrado para existir.

La sociedad del espectáculo ya no necesita censura: se autorregula mediante deseo y miedo al olvido. El peor castigo no es el rechazo, sino la invisibilidad.

Escena final

Lasch entendió que una cultura obsesionada con la imagen produce individuos incapaces de sostener una vida interior sólida. Hoy, los medios y las redes no solo reflejan ese narcisismo: lo entrenan, lo recompensan y lo normalizan.

Vivimos rodeados de pantallas que nos prometen presencia, pero nos roban profundidad. Nos ofrecen visibilidad, pero nos quitan silencio. Nos dan aplausos, pero nos dejan solos.

Y mientras seguimos mirando el reflejo, olvidamos una pregunta esencial —la única que no genera likes, pero sí sentido—:

¿Quién soy cuando nadie me está mirando?


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Bibliografía básica

Lasch, Christopher. La cultura del narcisismo. W.W. Norton, 1979.

Debord, Guy. La sociedad del espectáculo. Buchet-Chastel, 1967.

Baudrillard, Jean. La transparencia del mal. Anagrama, 1990.

Turkle, Sherry. Alone Together. Basic Books, 2011.

 La ética del no-rendirse: ¿imperativo moral o tiranía moderna?

“No te rindas”.
La frase cae como una orden militar disfrazada de abrazo. Se repite en aulas, oficinas, gimnasios, terapias, funerales y tazas de café. Es el nuevo mandamiento laico, tallado no en piedra sino en PowerPoints: persistirás aunque te rompas.

La pregunta es incómoda, por eso casi nadie la hace:
¿no-rendirse es una virtud moral… o una forma elegante de violencia simbólica?

I. Cuando la perseverancia se volvió deber


En otras épocas, resistir era una necesidad: no rendirse significaba no morir de hambre, no perder la tierra, no desaparecer. Hoy, en cambio, el no-rendirse se ha convertido en un imperativo abstracto, separado de las condiciones materiales, del cuerpo, del cansancio, de la salud mental.

Ya no importa qué persistes, por qué persistes o a quién beneficia tu obstinación. Importa que sigas.
Aunque el camino sea falso.
Aunque la meta sea una jaula.
Aunque el precio sea tu vida interior.

La ética moderna del esfuerzo no pregunta: ordena.

II. De virtud aristotélica a látigo contemporáneo

Aristóteles hablaba de la virtud como justo medio. Perseverar, sí, pero no hasta volverte piedra. Hoy hemos perdido el equilibrio: la perseverancia se volvió caricatura, músculo hipertrofiado, virtud dopada.

El mensaje actual no dice “sé fuerte”, dice “sé rentable”.
No te rindas porque hay un sistema que necesita tu energía constante, tu productividad ininterrumpida, tu esperanza reciclable. El cansancio no es una señal: es una falla moral.

Y así, rendirse deja de ser una decisión racional para convertirse en pecado. El agotado ya no es víctima: es culpable.

III. La culpa como tecnología de control


La tiranía moderna no necesita cárceles visibles; le basta con conciencias culpables.
Si fracasas, es porque no insististe lo suficiente.
Si te quiebras, es porque no creíste lo bastante.
Si abandonas, es porque te faltó carácter.

Este relato es perfecto: absuelve al sistema y condena al individuo. El “no te rindas” funciona como anestesia social: impide preguntar por salarios indignos, metas imposibles, ritmos inhumanos. Todo se reduce a actitud.

La ética del no-rendirse se vuelve así una pedagogía de la sumisión voluntaria.

IV. El cuerpo sí sabe rendirse


Hay algo profundamente antinatural en esta moral. El cuerpo se rinde todo el tiempo: duerme, se detiene, enferma, se repliega. Solo una cultura que desprecia lo humano puede exigir resistencia infinita a organismos finitos.

Rendirse, en muchos casos, no es huida sino escucha. El cuerpo dice basta cuando la razón ya fue secuestrada por el discurso del deber. La ética auténtica no ignora esa voz; la toma en serio.

Persistir contra el propio cuerpo no es virtud: es autoexplotación con buena prensa.

V. ¿Existe un deber de rendirse?

La pregunta correcta no es si rendirse es malo, sino cuándo no rendirse es inmoral.
¿Es ético seguir en un trabajo que destruye tu salud?
¿Es virtuoso sostener una causa que ya no busca justicia sino venganza?
¿Es noble insistir en una identidad que te asfixia?

Hay momentos en que rendirse no solo es legítimo, sino necesario. Renunciar puede ser un acto de responsabilidad ética, una negativa a seguir alimentando una maquinaria injusta.

A veces, el verdadero coraje es decir “hasta aquí”.

VI. Contra el heroísmo del desgaste

La cultura del no-rendirse glorifica al héroe exhausto, al mártir sonriente, al individuo que se quema para iluminar estadísticas. Pero el heroísmo del desgaste no libera: normaliza el sacrificio inútil.

Una ética verdaderamente humana no idolatra la resistencia ciega, sino la lucidez. No celebra al que aguanta todo, sino al que sabe elegir qué merece su energía y qué no.

Epílogo: rendirse no es traicionar, es pensar

Rendirse no es rendición del espíritu, sino ejercicio de juicio.
Es cambiar de camino cuando el mapa miente.
Es salvarse del abismo cuando te aplauden por avanzar.

Quizá el verdadero imperativo moral de nuestro tiempo no sea “no te rindas”, sino algo más peligroso y más libre:

No te sacrifiques en nombre de una mentira.

Y si para eso hay que rendirse, entonces bendita sea la retirada. 

 

“No se nace mujer: se llega a serlo.”

La escribió Simone de Beauvoir en El segundo sexo (1949). Y con ella no estaba negando la biología. Estaba cuestionando algo mucho más profundo: la construcción social del género.

Vamos por partes.


1. El trasfondo existencialista

Beauvoir está influida por el existencialismo de Jean-Paul Sartre.
La idea central del existencialismo es: la existencia precede a la esencia.

Es decir:
no nacemos con un destino fijo, lo vamos construyendo.

Aplicado a la mujer, Beauvoir dice: biológicamente se nace hembra, pero “mujer” es una categoría histórica, cultural y simbólica que se aprende, se impone y se moldea.

No es la anatomía la que dicta que:

  • Debas ser sumisa.

  • Debas ser madre.

  • Debas priorizar a otros.

  • Debas ser “delicada”, “emocional”, “cuidadora”.

Eso es aprendizaje social.


2. La mujer como “el Otro”

Beauvoir hace un análisis brutal: en la historia, el hombre se ha definido como lo universal, lo neutro, lo humano; y la mujer como lo relativo, lo secundario, “el Otro”.

El hombre = sujeto.
La mujer = alteridad.

Esto no es biología. Es estructura simbólica.

Ella muestra cómo:

  • La educación,

  • la religión,

  • la familia,

  • la literatura,

  • la economía

van moldeando a la niña para convertirse en “mujer” según un guion cultural.


3. ¿Qué significa “convertirse”?

Significa interiorizar expectativas.

Desde pequeña:

  • “Siéntate bien.”

  • “No hables fuerte.”

  • “Eso no es de niñas.”

  • “Una mujer debe…”

Ese proceso produce identidad.

Beauvoir está diciendo que la feminidad tradicional no es destino, es fabricación social.

Y aquí viene lo fuerte:
si es construcción, puede transformarse.


4. ¿Niega la biología?

No.

Ella reconoce diferencias biológicas.
Lo que niega es que la biología determine un rol social obligatorio.

Una cosa es capacidad reproductiva.
Otra cosa es convertir eso en mandato existencial.

Es un salto ilegítimo decir:
“Puede gestar → entonces su vida debe girar en torno a la maternidad.”

Eso es ideología.


5. La potencia política de la frase

Esta frase es una bomba porque rompe con siglos de naturalización.

Antes:
“Así son las mujeres.”

Después de Beauvoir:
“¿Así son… o así las hicieron?”

Esa pregunta abre la puerta al feminismo contemporáneo, a los estudios de género y a la crítica cultural moderna.


6. Lectura crítica 

La frase ha sido usada de muchas maneras.
Algunos la llevan al extremo y sostienen que todo es construcción social. Eso también puede ser una exageración.

Hay factores biológicos que influyen en conducta y experiencia.
Pero Beauvoir nunca dijo que todo fuera pura construcción arbitraria.

Su tesis es más sofisticada:
la biología es un punto de partida, no una sentencia.


7. 

La frase también aplica más allá del género.

“No se nace cobarde: se llega a serlo.”
“No se nace valiente: se llega a serlo.”

Hay guiones sociales que aceptamos sin cuestionar.

Beauvoir te estaría diciendo:
lo que parece destino puede ser hábito social.

Y ahí aparece la libertad.


8. La pregunta incómoda

Si no se nace mujer, sino que se llega a serlo…

¿En qué otras cosas creemos que “somos así”, cuando en realidad nos fueron moldeando?

Ahí está la profundidad de la frase.

sábado, 14 de febrero de 2026

 Todo el que quiere nacer debe antes destruir un mundo. 

HERMANN HESSE 

Esa frase es de Hermann Hesse, y aparece en su novela Demian. No es una frase motivacional superficial. Es brutal.

“Todo el que quiere nacer debe antes destruir un mundo.”

1. Nacer no es biológico: es espiritual

En Demian, el “nacer” no es venir al mundo, sino convertirse en uno mismo. Es el momento en que una persona deja de vivir según el guion heredado —familia, religión, moral social, expectativas— y empieza a escuchar su propia voz interior.

Ese nacimiento implica ruptura.

2. ¿Qué mundo hay que destruir?

No habla de destruir el planeta ni hacer revolución política. Habla de destruir:

  • El mundo de las certezas infantiles.

  • El mundo de la obediencia.

  • El mundo de la identidad impuesta.

  • El mundo cómodo donde no cuestionas nada.

Es el mundo que te dio seguridad… pero también te limitó.

Hesse diría que el verdadero nacimiento empieza cuando uno se atreve a cuestionar esa imposición.

3. El símbolo del huevo

En Demian aparece otra frase clave:

“El pájaro rompe el cascarón. El huevo es el mundo. Quien quiera nacer debe destruir un mundo.”

El huevo protege… pero también encierra.

Romperlo es doloroso. Es perder protección. Es exponerse. Es soledad.

Por eso no todos quieren nacer de verdad.

4. Destruir no es odio, es transformación

No es nihilismo. No es quemarlo todo por rabia.

Es una muerte necesaria para una transformación.

Como Nietzsche hablaba de la “transvaloración”, o como en psicología profunda cuando el yo viejo debe desmoronarse para que emerja algo más auténtico.

El problema es que destruir un mundo implica:

  • Dejar de agradar.

  • Dejar de pertenecer.

  • Dejar de ser el hijo obediente.

  • Aceptar que quizá estabas viviendo una vida prestada.

Eso asusta.

5. Lo incómodo

Hesse está diciendo algo peligroso:
que la madurez implica traición.
Traición a lo que fuiste.
A lo que esperaban de ti.
A veces incluso a tu propia autoimagen.

Y eso duele.

Esa frase no es romántica. 

Es una advertencia.
El nacimiento verdadero no es suave. 

Es ruptura.

¿Hay algún “mundo” que todavía no te has atrevido a romper?


 El inconsciente es ante todo una curiosa memoria […] cuando se trata de un recuerdo inconsciente, su lugar de aparición no es necesariamente la mente. Puede manifestarse a través de actos impulsivos, como una serie de torpezas o incluso por una elección amorosa. Hablando con propiedad, esa vuelta al pasado no es mental sino en acto. En los asuntos del corazón no elegimos sino lo impuesto y no queremos sino lo inevitable. 

JUAN DAVID NASIO 

La idea central de Juan-David Nasio es profundamente freudiana y lacaniana: el inconsciente no es un “archivo escondido” en la mente, sino una memoria que actúa.

Vamos por partes.


1. El inconsciente como memoria… pero no mental

Para el psicoanálisis clásico de Sigmund Freud, el inconsciente no es simplemente “lo que olvidé”, sino lo que fue reprimido y sigue operando.

Nasio da un giro importante:

El recuerdo inconsciente no aparece necesariamente como recuerdo.

No vuelve como imagen clara del pasado.
Vuelve como acto.

Eso significa:

  • Repeticiones de errores.

  • Elecciones de pareja que parecen “casuales” pero siguen un patrón.

  • Torpezas recurrentes.

  • Decisiones que después no entendemos.

El pasado no se recuerda: se actúa.

Aquí está la clave: el inconsciente no habla en pensamientos, habla en conductas.


2. “La vuelta al pasado no es mental sino en acto”

Esto conecta directamente con la noción de repetición en Jacques Lacan.

Para Lacan, el sujeto no recuerda el trauma: lo repite.

Por ejemplo:

  • Un niño que se sintió abandonado puede, de adulto, elegir parejas emocionalmente ausentes.

  • Alguien humillado puede buscar situaciones donde vuelve a sentirse inferior.

  • Una persona criada en conflicto puede sentirse “viva” solo en relaciones tormentosas.

No porque quiera sufrir.
Sino porque el psiquismo intenta resolver lo no resuelto.

La repetición es un intento fallido de elaborar.


3. “En los asuntos del corazón no elegimos sino lo impuesto”

Esta frase es brutal.

Nos creemos libres en el amor, pero muchas veces:

  • Elegimos lo familiar, no lo mejor.

  • Confundimos intensidad con destino.

  • Llamamos “química” a un patrón antiguo.

Aquí aparece algo muy incómodo:
el amor no siempre es elección consciente, sino compulsión estructural.

En términos existenciales (y aquí podemos meter a Irvin D. Yalom), la libertad es una carga enorme. Muchas veces preferimos repetir lo conocido antes que enfrentar la angustia de elegir algo radicalmente nuevo.

Lo inevitable no es destino metafísico.
Es destino psíquico.


4. ¿Somos entonces marionetas del pasado?

Aquí es donde hay que ser rigurosos.

El psicoanálisis no dice que no haya libertad.
Dice que la libertad exige conciencia.

Mientras no veas el patrón, lo repetirás creyendo que es casualidad.

Cuando lo ves:

  • Puedes seguir repitiéndolo.

  • O puedes elegir distinto (con esfuerzo y angustia).

Ahí comienza la verdadera responsabilidad.


5. Un ejemplo concreto (sin romanticismo)

Supón que alguien creció sintiendo que tenía que “ganarse el amor”.

De adulto:

  • Se enamora de personas difíciles.

  • Se esfuerza de más.

  • Tolera migajas.

  • Confunde tensión con pasión.

No está eligiendo racionalmente.
Está actuando una memoria.

Y hasta que no vea eso, seguirá llamándolo “mala suerte”.


6. Lo más inquietante de la cita

“En los asuntos del corazón no queremos sino lo inevitable.”

Esto suena fatalista. Pero en realidad señala algo más trágico:

Queremos lo que coincide con nuestra herida.

la valentía no es solo enfrentar perros en la calle.
Es enfrentar los patrones internos.


7. Pregunta incómoda (pero honesta)

Si revisas tu historia amorosa o tus decisiones repetidas:

  • ¿Qué patrón aparece?

  • ¿Qué escena infantil parece estar actuándose?

  • ¿Qué emoción se repite aunque cambien las personas?

Porque si Nasio tiene razón, tu inconsciente no está pensando… está haciendo.

Y la verdadera libertad comienza cuando el acto se vuelve consciente.



viernes, 13 de febrero de 2026

  "Y entonces miré las estrellas, 

y pensé en lo horrible que sería para un hombre

 volver su rostro hacia ellas 

mientras se congelaba hasta morir,

 y no ver ayuda ni piedad 

en toda la multitud resplandeciente


Charles Dickens

  A demás de valorar la fama, la gente suele apreciar la riqueza. Ambos valores pueden parecer independientes, pero es posible que la razón principal por la que buscamos riqueza es que buscamos fama. [1] Más exactamente, buscamos la riqueza porque advertimos que los bienes materiales que nuestra riqueza puede comprar nos granjearán la admiración de otras personas y por lo tanto nos atribuirán un cierto grado de fama. Pero si no merece la pena perseguir la fama, y si nuestra principal razón para buscar la riqueza es conquistar la celebridad, entonces tampoco merece la pena perseguir la riqueza. Y según los estoicos, no la merece.

 En su Consolación a Helvia , por ejemplo, Séneca recuerda la fragilidad de nuestro cuerpo y plantea esta pregunta: «¿No es acaso locura y la demencia más salvaje desear tanto cuando podemos sostener tan poco?». 

Por otra parte, afirma, es ridículo «pensar que la cantidad de dinero y no el estado de la mente es lo que importa». [2] Musonio está de acuerdo con estas palabras. La posesión de la riqueza, observa, no nos permitirá vivir sin aflicciones ni nos consolará en la vejez. Y aunque la riqueza puede aportarnos lujos físicos y diversos placeres de los sentidos, no nos aportará satisfacción ni alejará nuestra tristeza. En apoyo a esta afirmación, Musonio alude a todos los ricos que se sienten tristes y miserables pese a su riqueza. [3] En el mismo sentido, Epicteto afirma que «es mejor morir de hambre y sin miedo ni angustia que vivir irritado en medio de la opulencia». [4] En líneas generales, afirma que no necesitar riqueza es más valioso que la riqueza misma. [5]

 Ya sería bastante malo que la adquisición de riqueza no hiciera feliz a la gente, pero Musonio cree que la situación es aún peor: la riqueza tiene el poder de hacer infelices a las personas. De hecho, si quieres que alguien sea realmente miserable, cúbrelo de riquezas. 

Una vez, Musonio entregó una suma de dinero a un hombre que se postulaba como filósofo. Cuando le dijeron que aquel hombre era un impostor, que en realidad era un ser vicioso y nocivo, en lugar de quitarle el dinero, Musonio dejó que se lo quedara. Con una sonrisa dijo que si de veras era una mala persona, merecía el dinero. [6]

William Irvine

jueves, 12 de febrero de 2026

 

La historia de Kekulé y la serpiente que se muerde la cola

Friedrich August Kekulé era un químico alemán del siglo XIX. 

En su tiempo, la química orgánica estaba llena de piezas sueltas: se conocían los átomos, se sabían sus combinaciones, pero nadie entendía bien cómo estaban ordenados en el espacio. El caso más desesperante era el del benceno.

El benceno tenía una fórmula simple: C₆H₆.
Pero esa fórmula era un escándalo. No cuadraba con ninguna estructura lineal conocida. Si se acomodaban los átomos “en fila”, las cuentas no salían. Era como tener seis letras y seis sobres… pero ninguna forma de meterlas sin que algo sobrara o faltara.

Kekulé llevaba años obsesionado con ese problema.

Una noche —él mismo lo contó muchos años después, ya consagrado— estaba somnoliento frente al fuego. No dormía del todo, no estaba del todo despierto. En ese estado raro, liminal, las ideas empezaron a moverse solas. Vio átomos danzando, uniéndose y separándose, formando cadenas.

Y entonces ocurrió la imagen decisiva.

Una de esas cadenas se dobló sobre sí misma
hasta formar un anillo.
Y en el anillo apareció una figura antiquísima:
una serpiente mordiéndose la cola.

El ouroboros.

Kekulé se despertó de golpe. No era una alucinación sin sentido: era la solución. El benceno no era una cadena abierta, sino una estructura cerrada, un anillo hexagonal. Seis carbonos enlazados en círculo, con hidrógenos hacia afuera.

Esa intuición cambió la química para siempre.
De ahí nace la química estructural moderna, los plásticos, los fármacos, la industria orgánica entera.


Lo que esta historia dice en el fondo

Kekulé no resolvió el problema pensando más fuerte, sino pensando distinto.

  1. El inconsciente pensó antes que el cálculo
    Él llevaba años trabajando el problema. El sueño no fue magia: fue destilación. El cerebro hizo lo que la vigilia no podía.

  2. La ciencia también piensa con símbolos
    El ouroboros no es químico: es mítico, alquímico, arcaico. Y aun así, fue exacto. La razón moderna se apoyó en una imagen milenaria.

  3. La verdad a veces aparece cuando soltamos el control
    No llegó en el laboratorio, sino frente al fuego, medio dormido. Como si el conocimiento exigiera humildad: dejar de empujar.

Kekulé lo dijo con una frase famosa, casi una advertencia:

“Aprendamos a soñar, caballeros, y quizá encontremos la verdad.”


Por qué esta historia sigue siendo incómoda

Porque rompe un mito que todavía nos obsesiona:
que el conocimiento nace solo del método frío, del cálculo puro, de la mente disciplinada.

No.

A veces nace del símbolo, del sueño, del desorden fértil.
Como diría Freud después: el inconsciente también piensa.
Como diría Jung: los arquetipos saben antes que nosotros.

Y por último
hay verdades que no se descubren marchando en línea recta,
sino atreviéndose a dar la vuelta completa.

 


Qué cosa más bella y dolorosa.

Vamos verso por verso, porque Storni no escribe para que la leamos rápido; escribe para que la atravesemos.


“¿De qué desierto antiguo eres memoria”

Aquí hay una imagen brutal.

El “desierto antiguo” no es geográfico: es existencial.
Es algo primigenio, arcaico, que viene de antes. Puede ser:

  • La soledad original del ser humano.

  • Una herida ancestral.

  • La falta constitutiva que nos habita.

  • El vacío anterior a todo amor.

Decir que alguien “es memoria” de ese desierto implica que encarna una carencia vieja, profunda, casi mítica. No es un simple abandono: es una sequía ontológica.

Es como si esa persona estuviera hecha de ausencia.


“que tienes sed y en agua te consumes”

Aquí está la paradoja.

Tiene sed… pero cuando encuentra agua, se consume en ella.

¿Qué significa esto?

El deseo que destruye lo que lo satisface.
La incapacidad de recibir amor sin autodestruirse.
El hambre emocional que no sabe nutrirse.

Es muy heideggeriano sin quererlo: el ser humano desea plenitud, pero la plenitud lo desborda.

O dicho más brutalmente: hay personas que cuando aman, se anulan.

La sed no se sacia: se vuelve combustión.


“y alzas el cuerpo muerto hacia el espacio”

El cuerpo muerto.

Aquí puede haber dos cosas:

  1. El cuerpo agotado por esa sed eterna.

  2. El cuerpo que ya no siente, pero todavía se levanta.

Y lo levanta “hacia el espacio”. Hacia arriba.
Hay una tensión vertical: tierra ↔ cielo.

Es casi una imagen religiosa: un cadáver que aún intenta trascender.

Como si el deseo fuera tan grande que ni la muerte lo apaga.


“como si tu agua fuera del cielo”

Aquí está la clave simbólica.

No busca agua terrenal.
Busca agua celestial.

No quiere amor humano.
Quiere absoluto.

No quiere compañía.
Quiere redención.

Es la sed de infinito.


¿Qué está diciendo Storni en el fondo?

Está describiendo a alguien (¿un amante? ¿ella misma?) que:

  • Viene de una sequía ancestral.

  • Tiene una sed imposible de saciar.

  • Se destruye cuando intenta saciarla.

  • Busca algo que no es humano, sino trascendente.

Es una radiografía del alma insatisfecha.

Hay una sed de sentido.

Y cuando el agua no es suficiente, uno empieza a buscar cielo.


Capa psicológica

Podría leerse como:

  • Amor dependiente.

  • Melancolía estructural.

  • Personalidad que necesita absoluto y no soporta lo ordinario.

Storni tenía una conciencia aguda del deseo femenino, del amor desigual, del desgaste emocional. Hay algo autobiográfico inevitable en esa imagen.


Capa existencial

El ser humano es desierto que busca lluvia.

Pero a veces la lluvia no salva. A veces disuelve.

La pregunta del poema no acusa: interroga.
“¿De qué desierto eres memoria?”
Es casi compasiva.


miércoles, 11 de febrero de 2026

 Los hombres se humedecieron los labios, conscientes de su sed. Y todos sintieron un poco de terror. 

 JOHN STEINBECK 

Steinbeck ahí está haciendo algo muy fino.

En apariencia habla de sed física: hombres que se humedecen los labios porque tienen la boca seca. Pero Steinbeck rara vez se queda en lo literal. Esa imagen casi siempre apunta a algo más profundo.

Veamos la frase por partes:

“Se humedecieron los labios, conscientes de su sed.”
Eso implica que la necesidad ya no es instintiva, sino consciente. No es solo un impulso corporal: es darse cuenta de que falta algo.

“Y todos sintieron un poco de terror.”
¿Por qué terror por tener sed? Porque cuando el deseo se vuelve consciente, aparece la vulnerabilidad. La sed significa dependencia. Significa que algo afuera es necesario para sobrevivir.

En Steinbeck, la “sed” suele simbolizar:

  • Hambre de justicia

  • Hambre de dignidad

  • Hambre de tierra

  • Hambre de afecto

  • Hambre de poder

  • Hambre de supervivencia

Cuando un grupo de hombres se da cuenta de su sed colectiva, ocurre algo peligroso. Porque la necesidad compartida puede convertirse en furia, rebelión o desesperación.

El terror no es solo por la carencia.
Es por lo que esa carencia puede provocar.

En Las uvas de la ira, por ejemplo, la conciencia de la injusticia es lo que asusta a los poderosos. Cuando los hombres reconocen su hambre, dejan de resignarse.

Hay también otra lectura más existencial:
La sed es deseo. Y el deseo revela que no somos autosuficientes. Somos seres necesitados. Y eso siempre da un poco de miedo.

Steinbeck entendía muy bien algo 
cuando la necesidad se acumula —económica, social o emocional— se vuelve fuerza histórica.

Esa frase es una antesala. Es el momento previo a algo grande.
Un silencio cargado.

 Claro que Dios existe. Es mujer y se llama Lluvia. 

GUSTAVO DUCH 


esta frase es poesía con filo.

“Claro que Dios existe.
Es mujer
y se llama Lluvia.”

No es una afirmación teológica literal. Es una declaración simbólica y política.



1. “Claro que Dios existe”

Empieza con una certeza rotunda. No argumenta. No debate. Afirma.

Eso ya es interesante: en vez de entrar en la discusión clásica de si Dios existe o no, desplaza la pregunta. No discute la existencia; redefine el concepto.

Es un gesto casi nietzscheano al revés: no mata a Dios… lo transforma.


2. “Es mujer”

Aquí hay ruptura.

Durante siglos, en las religiones monoteístas dominantes, Dios ha sido representado como masculino: Padre, Rey, Señor.
Nombrarlo mujer es un acto de subversión simbólica.

No necesariamente feminismo doctrinal, sino algo más profundo:

  • La mujer como principio de fertilidad.

  • La mujer como dadora de vida.

  • La mujer como matriz de lo existente.

Es una corrección cultural. Un recordatorio de que lo divino no tiene sexo, pero nuestra imaginación sí… y ha sido patriarcal.


3. “Y se llama Lluvia”

Aquí está la clave.

La lluvia:

  • Da vida.

  • No discrimina.

  • Cae sobre ricos y pobres.

  • Es necesaria, humilde, silenciosa.

  • No exige culto.

En vez de un Dios juez, guerrero o legislador, aparece un Dios-ciclo natural.

Esto conecta más con visiones panteístas o indígenas que con el monoteísmo clásico. Dios no como autoridad moral, sino como fenómeno vital.

al que ama los árboles, entenderá la fuerza de esa imagen:
sin lluvia no hay bosque.
sin bosque no hay mundo respirable.

La lluvia es invisible antes de caer y esencial después. Como lo sagrado en su versión más simple.


4. ¿Qué está haciendo realmente la frase?

Está desplazando lo divino:

  • Del cielo al clima.

  • Del dogma a la naturaleza.

  • Del poder al cuidado.

  • Del castigo a la fertilidad.

Es una especie de teología ecológica en tres líneas.


5. Pero ojo

También tiene una trampa poética:
si Dios es la lluvia, entonces Dios también es sequía.
Y tormenta.
Y huracán.

La naturaleza no es moral. No es buena ni mala. Es.

Entonces la frase no humaniza a Dios… deshumaniza lo divino. Lo vuelve ciclo.

Eso puede ser profundamente liberador… o profundamente inquietante.


6. Lo más interesante

La frase no busca probar nada. Busca cambiar la imagen mental.

Y quien controla la imagen de Dios, controla la imaginación moral de una cultura.


martes, 10 de febrero de 2026


 

 Charlie Chaplin: el silencio que gritó humanidad


Charlie Chaplin caminó por el mundo con zapatos más grandes que la injusticia y un bastón que no servía para apoyarse, sino para señalar. Señalar al poder, al hambre, a la risa mal distribuida. Era un vagabundo, sí, pero de esos que saben más que los ministros y sienten más que los banqueros.

Chaplin nació pobre —como nacen las verdades incómodas— y decidió que el silencio podía ser un arma cargada de ternura. Mientras el mundo aprendía a gritar con micrófonos nuevos, él eligió callar y hacer que el cuerpo hablara: una ceja levantada era una tesis; una caída, un manifiesto; una sonrisa torcida, una revolución chiquita pero persistente.

El cine, con él, dejó de ser espectáculo y se volvió espejo. No uno amable: uno que te devuelve la cara sucia después de la fábrica, el estómago vacío después del turno, la dignidad hecha migas… y aun así, la risa. Porque Chaplin no negaba la tragedia: la hacía bailar. Convertía la maquinaria del capitalismo en un monstruo ridículo que se atraganta con sus propios engranes. Y ahí, entre tuercas y relojes, el hombre diminuto se rehúsa a ser cosa.

Su vagabundo no pide limosna: exige humanidad.
No conquista reinos: conquista miradas. No habla, pero dice todo. En Luces de la ciudad, el amor es ciego pero no tonto; en Tiempos modernos, el progreso corre tan rápido que se olvida de a quién deja atrás. Chaplin entendió algo elemental y peligroso: que la risa puede ser más subversiva que el discurso, más contagiosa que el miedo.

Lo persiguieron por pensar, lo exiliaron por sentir, lo acusaron por no alinearse.
Nada nuevo: al que se ríe del emperador siempre le quieren cortar la carcajada. Pero Chaplin siguió caminando, hacia el horizonte, con ese paso torcido que es pura poesía física. Nos enseñó que la dignidad cabe en un gesto mínimo, que el amor puede sobrevivir al barro, y que el silencio —bien usado— puede tumbar imperios.

Chaplin se fue, pero el vagabundo sigue ahí, cruzando la pantalla y la calle, recordándonos que ser humano es tropezar, levantarse, sacudirse el polvo… y seguir riendo. Porque, al final, la risa no fue su escape: fue su ética. Y vaya que hacía falta. 

 "El que no conoce la verdad es simplemente un ignorante. Pero el que la conoce y la llama mentira, ¡ese es un criminal!" 

 Bertolt Brecht 

esta frase de Brecht es un martillazo ético. No distingue entre error y maldad por capricho: marca una frontera moral muy clara.

El ignorante no es culpable en el sentido pleno. No sabe, no ve, no tuvo acceso, no tuvo herramientas. Su falla es cognitiva, no ética. Puede aprender, corregirse, despertar. Por eso la ignorancia —aunque peligrosa— todavía es rescatable.

Pero el segundo caso es otra cosa: sabe. Ha visto la evidencia, ha entendido la verdad, y aun así decide llamarla mentira. Ahí ya no hay confusión, hay voluntad. Es una elección consciente: torcer la realidad para proteger intereses, poder, comodidad o identidad. Eso ya no es error: es daño deliberado.

Brecht apunta al núcleo de la propaganda, de la hipocresía política, del cinismo intelectual. El criminal no es solo quien aprieta el gatillo, sino quien falsea la realidad sabiendo que al hacerlo empuja a otros al abismo. El que miente desde el micrófono, el que distorsiona desde la cátedra, el que relativiza lo evidente con tal de no perder privilegios.

Hay algo todavía más inquietante: llamar mentira a la verdad no solo engaña a otros, también corrompe el lenguaje, y cuando el lenguaje se corrompe, la gente ya no puede pensar con claridad. Ahí nacen los “es que no es tan simple”, los “hay que ver los dos lados” incluso frente a hechos brutales. Brecht entendía que el poder más siniestro no es el que reprime, sino el que confunde.

Y ojo: esta frase también incomoda a los “neutrales”. Porque muchas veces no se trata de no saber, sino de no querer saber. De mirar para otro lado. De hacerse el tonto. En ese punto, la ignorancia empieza a dejar de ser inocente.

En tiempos donde la mentira se disfraza de opinión y la verdad se llama “narrativa”, Brecht nos recuerda algo incómodo pero necesario:
la verdad no solo importa; genera responsabilidad.
Y cuando se traiciona a sabiendas, ya no estamos ante un error humano, sino ante una falta moral grave.

Como diría Carlin: no todos los idiotas son peligrosos… pero los mentirosos conscientes, esos sí mueven el mundo para peor.

lunes, 9 de febrero de 2026

 Esa frase de Flannery O’Connor es corta pero profunda, y merece que la desmenucemos con cuidado. 

1. “La base del arte es la verdad”
Aquí O’Connor establece un principio casi moral o filosófico sobre el arte: la verdad no es solo un ingrediente, sino el cimiento. Esto no significa necesariamente que el arte deba ser documental o literal, sino que debe resonar con una verdad profunda sobre la condición humana, la existencia, o la experiencia. En el caso de O’Connor, que era escritora de ficción con fuerte carga religiosa y moral, la verdad a menudo se traduce en verdad espiritual o ética, aunque encarnada en personajes y situaciones muy humanas, incluso grotescas o violentas.

2. “Tanto en la materia como en el modo”
Esto es lo que lo hace más interesante: distingue dos niveles:

  • Materia: el contenido del arte, lo que se cuenta, el tema, los personajes, la situación. La verdad aquí implica autenticidad: los personajes actúan como seres humanos reales, los conflictos son verosímiles, el mundo narrativo funciona de manera coherente. Por ejemplo, O’Connor a menudo muestra la fe, la crueldad, la hipocresía y la redención de manera que nadie puede negar que “podría pasar”.

  • Modo: el cómo se cuenta. Esto incluye el estilo, la estructura, la voz narrativa, el ritmo, los símbolos, la forma. Incluso si la materia es profunda, si el modo no es sincero o está manipulado, el arte pierde su verdad. Por ejemplo, un autor que fuerza emociones o utiliza clichés pierde esa “veracidad del modo” que O’Connor valora.

3. Implicaciones

  • El arte no es solo un entretenimiento o decoración; tiene una responsabilidad ética y estética.

  • La “verdad” en el arte puede ser incómoda, perturbadora, o fea. O’Connor misma no evitaba lo grotesco ni lo violento porque eso reflejaba la verdad de la vida.

  • La frase sugiere que la falsedad, aunque sea técnica o estéticamente atractiva, debilita la esencia del arte.

En resumen:
Para O’Connor, un cuento, novela o pintura auténtica toca algo real en quien lo experimenta, tanto por lo que dice como por cómo lo dice. No se trata solo de verosimilitud externa, sino de coherencia interna y resonancia moral o existencial.

Vamos a aplicar la frase de O’Connor a “Un hombre bueno es difícil de encontrar”, su cuento más famoso, y ver cómo la verdad aparece en la materia y en el modo.


1. Materia (el contenido)

En este cuento, O’Connor nos presenta a una familia que viaja de Georgia a Florida, y su encuentro con El Asesino, “El Misfit”.

  • La verdad aparece en los personajes: la abuela es manipuladora, egoísta, pero también temerosa y vulnerable; los niños son inocentes y algo crueles; el Misfit es brutal, pero no caricaturesco, tiene su lógica y su código moral retorcido.

  • Los conflictos reflejan la condición humana real: egoísmo, hipocresía, miedo a la muerte, búsqueda de sentido.

  • La tragedia final no es gratuita: surge de las decisiones y la psicología de los personajes, no de un artificio externo. Es una verdad brutal de la vida y de la muerte, típica de O’Connor.

→ Materia verdadera: personajes y trama que podrían existir, con conflictos humanos universales y consecuencias inevitables.


2. Modo (cómo se cuenta)

  • El estilo de O’Connor combina humor negro, detalle minucioso y tensión creciente. La manera en que describe la carretera, el paisaje, la actitud de la abuela o los gestos del Misfit crea un tono inquietante pero verosímil.

  • Los diálogos son naturales y reveladores; cada línea construye carácter y tensión.

  • O’Connor no edulcora la violencia ni la fe: presenta los hechos y las decisiones sin sentimentalismos, pero con una precisión casi clínica. Esto genera un efecto de auténtica resonancia emocional y moral.

→ Modo verdadero: estilo que respeta la realidad emocional y ética de la historia, sin manipular artificialmente al lector.


3. Síntesis

La historia funciona como arte porque la verdad está en ambas dimensiones:

  • Materia: personajes creíbles, conflictos auténticos, temas universales.

  • Modo: estilo coherente, lenguaje preciso, tensión y simbolismo que reflejan la realidad de la experiencia humana.

O’Connor demuestra que el arte no consiste solo en contar algo interesante, sino en que ese algo sea profundo, honesto y plenamente humano, tanto en lo que dice como en cómo lo dice.

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