"El
día pasará y la vida seguirá. Ganarán los mismos, perderán los de
siempre, y quizás, si eres paciente, si dejas de correr, y te perdonas;
la vida deje de ser ese autobús que se escapa justo cuando llegas a la
parada".
Charles Bukowski
Bukowski no consuela: desnuda.
Aquí
no hay promesa de justicia poética ni final de película indie. Dice lo
obvio que casi nadie quiere mirar de frente: el mundo no se reordena
para premiar la virtud. Ganan los mismos, los de traje planchado y
sonrisa de tiburón; pierden los de siempre, los que llegan tarde porque
vienen caminando desde lejos.
Pero —y aquí está la
trampa hermosa del texto— Bukowski no se queda en el cinismo barato. No
dice “resígnate”. Dice algo más incómodo: deja de correr.
Porque
correr no es avanzar; correr es obedecer al reloj de otro. Es vivir con
la lengua fuera persiguiendo un ideal que no te invitó a la fiesta.
El autobús es una imagen perfecta:
la
vida moderna como transporte público cruel, que arranca justo cuando
extiendes la mano. Y tú ahí, jadeando, culpándote por no haber sido más
rápido, más listo, más “todo”. Como si el problema fueras tú y no el
sistema de horarios imposibles.
Bukowski sugiere una herejía suave pero radical: el perdón propio.
Perdonarte por no llegar.
Perdonarte por cansarte.
Perdonarte por no querer competir en una carrera donde el premio es seguir corriendo.
Tal vez —solo tal vez— cuando dejas de correr, el autobús deja de importar.
Y
descubres algo escandaloso: que caminar también es llegar, que perder
no siempre es fracasar, y que a veces la vida no te abandona…
solo te está pidiendo que te sientes un momento, respires, y dejes de pedirle permiso al mundo para existir.
Bukowski, viejo borracho lúcido, no ofrece esperanza.
Ofrece descanso.
Y en estos tiempos, eso ya es una forma de rebelión.

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