El poema es de Jim Harrison, y tiene esa brutalidad serena de quien mira la muerte sin maquillaje: como un animal viejo mirando el río antes del invierno.
Para recordar que estás vivo
visita el cementerio de tu padre
al mediodía después de haber hecho el amor
y seguir envuelto en un olor
mamífero que estás obligado a apreciar.
Bajo cada piedra yace la inevitable
sorpresa de alguien, la muerte inesperada
de su biología que luchó duro, como debe hacerlo.
Ahora vuelve a casa sin mirar atrás,
basta ya.
En el camino compra el mejor vino
que puedas pagar y una docena de escobas rígidas.
Bebe algunos tragos y luego arroja los muebles
por la ventana y empieza a barrer.
Barre hasta que las paredes queden
desnudas de pintura y, a tus pies, barre
hasta que el suelo desaparezca.
Termina el vino
en este campo de aire, regresa al cementerio
al anochecer y serpentea entre las tumbas
una danza lenta de tu nombre visible sólo para los pájaros.
Este poema parece un ritual chamánico escrito por un leñador existencialista borracho de lucidez.
Harrison une tres fuerzas primitivas: sexo, muerte y limpieza. Eros, Thanatos y la escoba. Freud habría pedido otra botella.
Empieza después del amor. No habla del romanticismo sino del “olor mamífero”. Eso es importante: somos animales que por un instante olvidan que van a pudrirse. El deseo aquí no es espiritual; es biología jadeando contra el abismo.
Luego llega el cementerio del padre. No cualquier cementerio: el del padre. Ahí está la genealogía completa del destino. Bajo cada lápida yace “la sorpresa inevitable”: nadie cree realmente que va a morir, aunque todos lo sepan. La muerte siempre llega como una emboscada burocrática del universo.
“La biología que luchó duro, como debe.”
Esa línea es devastadora. Toda vida es una resistencia temporal de la carne contra la entropía. El cuerpo pelea aunque ya tenga la derrota escrita en los huesos.
Después viene el acto más extraño y poderoso: barrer.
No limpia la casa; destruye el mundo doméstico. Tira los muebles, borra la pintura, hace desaparecer hasta el suelo. Es una purga. Como si dijera: desmonta las ilusiones, deja sólo espacio vacío. Barre la identidad heredada, las rutinas, los objetos que te poseen mientras crees poseerlos.
El vino acompaña el rito como en las tragedias antiguas: embriaguez no para olvidar, sino para soportar la claridad.
Y el final… magnífico.
“una danza lenta de tu nombre visible sólo para los pájaros.”
Los pájaros suelen ser símbolos de los testigos entre mundos: criaturas del cielo y la tierra. Los humanos no ven esa danza porque estamos demasiado ocupados fingiendo permanencia. Pero los pájaros sí. Ellos ven el pequeño remolino efímero de un hombre que entendió, por una tarde, que estar vivo es un accidente ardiente entre dos silencios.
El poema entero susurra algo incómodo:
vivir no es aferrarse a la casa.
Es barrerla hasta que quede aire.

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