Oscar Wilde: el hombre que convirtió la vida en una obra de arte
Hay personas que nacen para habitar una época. Otras nacen para desafiarla. Oscar Wilde perteneció a la segunda clase.
Su historia comienza en Dublin, en 1854. Llegó al mundo en una casa donde las palabras tenían prestigio. Su padre era un célebre cirujano; su madre, poeta y nacionalista irlandesa. Desde niño aprendió que la inteligencia podía ser una espada y que la imaginación podía abrir puertas donde la realidad encontraba muros.
Estudió en el Trinity College Dublin y después en la University of Oxford. Allí desarrolló la figura que lo haría famoso: el dandi brillante, elegante, provocador. Mientras muchos se tomaban la vida como una obligación, Wilde parecía tomársela como una forma de arte.
Decía que había que poner arte en la vida y no sólo vida en el arte.
Pronto conquistó los salones de London. Sus frases relampagueaban como fuegos artificiales. La prensa lo seguía. La aristocracia lo invitaba. El público lo adoraba.
Entonces llegaron sus grandes obras.
Escribió la novela The Picture of Dorian Gray, la inquietante historia de un hombre cuya belleza permanece intacta mientras su retrato envejece y se corrompe. Era una parábola sobre el deseo, la vanidad y el precio oculto de los placeres.
Luego llegaron sus comedias, especialmente The Importance of Being Earnest, donde ridiculizó con una sonrisa afilada las hipocresías de la sociedad victoriana. Parecía bailar sobre el escenario mientras pinchaba con alfileres a toda una civilización.
Pero la misma sociedad que reía con sus bromas estaba preparada para destruirlo.
Wilde se enamoró de Lord Alfred Douglas, conocido como Bosie. Su relación se convirtió en escándalo. El padre de Bosie, el poderoso marqués de Queensberry, lo acusó públicamente de conducta inmoral.
Wilde pudo haberse marchado. Pudo haber guardado silencio.
Eligió luchar.
Demandó al marqués por difamación. Fue un error fatal. Durante el juicio salieron a la luz cartas y testimonios que permitieron a las autoridades procesarlo por homosexualidad, delito en la Inglaterra de entonces.
En 1895 fue condenado a dos años de trabajos forzados.
La caída fue brutal.
El hombre más celebrado de Londres pasó a ser un preso. La multitud que antes lo aplaudía ahora lo insultaba. Perdió su fortuna. Perdió su prestigio. Perdió a muchos amigos.
En prisión escribió la larga carta conocida como De Profundis. Allí ya no habla el ingenioso conquistador de salones, sino un hombre herido que intenta comprender el sufrimiento. Descubrió algo que no había encontrado entre aplausos: la profundidad del dolor humano.
Al salir de la cárcel escribió The Ballad of Reading Gaol, una de las denuncias más conmovedoras sobre la crueldad del sistema penitenciario.
Vivió sus últimos años en el exilio, pobre y enfermo, recorriendo hoteles baratos de Paris. Allí murió en 1900, a los cuarenta y seis años.
La vida de Wilde parece una de sus propias paradojas.
Persiguió la belleza y terminó encontrando el sufrimiento.
Fue coronado por la fama y luego arrojado a la oscuridad.
Se burló de la hipocresía de su tiempo, y su tiempo respondió devorándolo.
Pero hay derrotas que contienen una extraña victoria.
Los jueces conservaron sus cargos. Los periódicos conservaron sus titulares. Los moralistas conservaron sus sermones.
Sin embargo, el mundo recuerda a Wilde.
Recuerda al hombre que entraba en una habitación como si trajera una lámpara encendida. Al escritor que transformaba cada conversación en un duelo de ingenio. Al artista que pagó un precio terrible por amar a quien amaba.
Su tumba en Père Lachaise Cemetery recibe visitantes de todos los rincones del mundo. Los nombres de sus acusadores sobreviven apenas como notas al pie. El suyo sigue brillando.
Quizá porque la historia tiene una extraña justicia poética.
Los verdugos suelen ganar el día.
Los artistas, a veces, ganan el siglo.
Y Wilde ganó más que un siglo. Ganó ese pequeño territorio donde viven las palabras que no envejecen. Allí sigue, vestido de ironía y melancolía, sonriendo desde alguna esquina del tiempo, mientras repite una de las lecciones que dejó con su vida:
Que ser uno mismo puede costar muy caro.
Pero renunciar a serlo cuesta todavía más.

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