domingo, 28 de junio de 2026

 Pocos sabían que, en los primeros años de su vida, él mismo había sido una de esas calamidades. Difícilmente podía considerárselo de «la estirpe de la que están hechos los gladiadores», señalaba William Manchester, su biógrafo y autor de The Last Lion. 

«Enfermizo, descoordinado y debilucho, de manos blancas y frágiles como las de una niña, con un ceceo constante y un leve tartamudeo al hablar, siempre estuvo a merced de los bravucones, que lo golpeaban, escarnecían y agredían arrojándole pelotas de críquet. Tembloroso y humillado, solía ir a ocultarse en un bosque cercano.» 

El joven Winston estaba tan lejos de la rudeza que solo podía tolerar ropa interior de seda, e incluso en invierno tenía que dormir desnudo bajo unas sábanas que también eran de seda. «He sido maldecido con un cuerpo tan débil», se quejaba, «que a duras penas soporto las fatigas de cada día».

 Con el tiempo, sin embargo, Churchill se las arregló para dejar de ser un alfeñique amedrentado y convertirse en un arrojado corresponsal de guerra y oficial del ejército que llegaría a ser, al mismo tiempo, el mayor defensor de la libertad en Gran Bretaña, con un cigarro puro siempre asomado en la comisura de los labios y su aspereza de bulldog. 

Si él pudo hacerlo, sus pares igual de inadaptados también podrían, Churchill estaba seguro de eso. 

Christopher Mcdougall 

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