sábado, 27 de junio de 2026

 

Tenemos dentro de nosotros un ataúd lleno de ilusiones sepultado en un páramo de melancolía.

Malvidio Malatesta


Esa frase tiene una fuerza poética muy oscura. No describe un hecho, sino una experiencia humana que muchas personas reconocen.

"Tenemos dentro de nosotros un ataúd lleno de ilusiones sepultado en un páramo de melancolía."

El ataúd simboliza aquello que ha muerto. Pero no contiene un cuerpo, sino ilusiones: sueños, esperanzas, amores, proyectos o la imagen de la vida que imaginábamos tener. Todos, tarde o temprano, enterramos alguna versión de nuestro futuro.

El "páramo de melancolía" intensifica la imagen. Un páramo es un paisaje árido, silencioso, casi deshabitado. La melancolía no es un dolor explosivo como la tristeza; es un estado persistente en el que el pasado sigue respirando. Es el terreno donde descansan los "qué habría pasado si...".

La frase también sugiere una paradoja: ese ataúd está dentro de nosotros, pero además está sepultado. Es decir, muchas veces no solo perdemos nuestras ilusiones, sino que también intentamos olvidar que las perdimos. Sin embargo, esos entierros interiores nunca desaparecen del todo. A veces resurgen al escuchar una canción, al volver a un lugar o al recordar a alguien.

Desde un punto de vista existencial, la madurez no consiste en no tener ese ataúd, sino en aprender a vivir sin que toda la existencia gire alrededor de él. Quien acepta que algunos sueños murieron puede abrir espacio para que nazcan otros. La memoria de las ilusiones perdidas no tiene por qué convertirse en una prisión.

Hay un eco de escritores como Fernando Pessoa, Emil Cioran o Antonio Porchia: autores que entendieron que el ser humano está hecho tanto de lo que logró como de todo aquello que nunca llegó a ser.

En el fondo, la frase recuerda una verdad incómoda: cada persona lleva un pequeño cementerio invisible. Lo importante es que, junto a esas tumbas, todavía quede un rincón donde puedan brotar nuevas ilusiones. Esa es la diferencia entre la melancolía que humaniza y la desesperanza que paraliza.

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