La
despedida en Jorge Teillier nunca es teatral. No hay portazos, no hay
relámpagos románticos. Hay algo más devastador: una voz cansada que mira
sus propias palabras como hojas secas flotando en un balde de agua.
“Me despido de la memoria y me despido de la nostalgia”.
Ahí Teillier ejecuta casi un suicidio simbólico. Porque toda su poesía está construida precisamente sobre esas dos cosas: la memoria y la nostalgia. Renunciar a ellas es como ver a un marinero abandonar el mar o a un relojero romper los relojes. La nostalgia en Teillier no era simple melancolía; era una patria interior. Y aquí decide desertar de ella.
Luego aparece una imagen extraordinaria:
“la sal y el agua de mis días sin objeto”.
La sal conserva, el agua fluye. Entre ambas está hecha la memoria humana: lo que queremos guardar y lo que inevitablemente se escapa. Pero esos días “sin objeto” revelan un vacío existencial brutal. La vida cotidiana aparece desprovista de finalidad. Respirar, recordar, escribir: actos que ya no prometen redención.
Y entonces llega el ajuste de cuentas con la poesía misma:
“palabras, palabras
-un poco de aire movido por los labios-”
Aquí Teillier desmitifica el lenguaje. El poeta, que suele ser visto como un sacerdote de la palabra, reduce el poema a física elemental: aire vibrando entre dientes y lengua. Casi una burla suave hacia la literatura. Como si dijera: “hemos adornado demasiado este ruido”.
Pero el golpe final es demoledor:
“palabras para ocultar quizás lo único verdadero:
que respiramos y dejamos de respirar.”
Toda la cultura, toda la poesía, toda la nostalgia serían apenas un velo elegante sobre la única verdad inevitable: la mortalidad. Vivir consiste en una breve interrupción entre dos silencios. Respirar y luego no hacerlo más. Nada heroico. Nada metafísico. Solo ese mecanismo frágil del pecho subiendo y bajando hasta detenerse.
Y sin embargo, hay una paradoja hermosa: mientras el poema declara la insuficiencia de las palabras, las palabras logran transmitir una verdad humana inmensa. Es como si Teillier dijera: “la poesía no salva… pero acompaña”. Un farol pequeño en mitad de la niebla del sur chileno.
El poema entero tiene el tono de alguien que guarda lentamente los objetos de una casa antes de irse para siempre. No grita. No acusa. Solo sopla el polvo de las cosas y acepta que incluso la nostalgia, tarde o temprano, también envejece.

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