domingo, 21 de junio de 2026


“Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso”.


La frase de Julio Cortázar parece sencilla, pero encierra una de las meditaciones más hermosas sobre el paso del tiempo.

"Cada vez iré sintiendo menos y recordando más..."

La primera parte contiene una paradoja inevitable de la vida. Cuando somos jóvenes, sentimos con intensidad y comprendemos poco. Todo ocurre en presente: el amor, el miedo, la alegría, la rabia. La experiencia es fuego.

Con los años, el fuego disminuye. No porque nos volvamos incapaces de sentir, sino porque una parte creciente de nuestra existencia ya no sucede en el presente sino en la memoria. Vivimos rodeados de fantasmas amables: personas que se fueron, lugares que cambiaron, versiones antiguas de nosotros mismos.

Entonces Cortázar se pregunta:

"¿Pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos?"

Aquí aparece la idea central. Los sentimientos no desaparecen del todo. Se transforman en memoria. El amor por alguien que ya no está se convierte en recuerdo. La felicidad de una infancia lejana se convierte en recuerdo. Incluso el dolor termina convirtiéndose en recuerdo.

La memoria es el lenguaje en el que siguen hablando las emociones cuando el momento ha terminado.

Por eso utiliza una imagen extraordinaria:

"un diccionario de caras y días y perfumes..."

Un diccionario guarda palabras. La memoria guarda rostros, tardes, voces, olores. No conserva conceptos abstractos, sino fragmentos concretos de vida.

Basta el perfume de una flor, una canción escuchada por azar o la luz de una tarde semejante a otra para que se abra una página de ese diccionario secreto.

Y concluye:

"...que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso."

Así como las palabras regresan una y otra vez cuando hablamos, ciertos recuerdos regresan continuamente cuando vivimos. Hay rostros que reaparecen décadas después. Hay días que nunca terminan de pasar. Hay perfumes que contienen una época entera.

La memoria, para Cortázar, no es un archivo muerto. Es una gramática viva. Los recuerdos son las palabras con las que seguimos conjugando los sentimientos perdidos.

La frase también sugiere algo profundamente humano: no envejecemos acumulando años, sino acumulando recuerdos. Llega un momento en que una persona es, en gran medida, la biblioteca de lo que ha amado.

Y quizá por eso la memoria duele y consuela al mismo tiempo. Nos recuerda lo que ya no tenemos, pero también nos demuestra que aquello existió.

Los sentimientos son pasajeros. El recuerdo es la sombra luminosa que dejan al marcharse. Como hojas arrastradas por el viento de los años, desaparecen del árbol de la experiencia, pero permanecen girando en el aire de la memoria. Allí siguen hablando, en ese idioma silencioso que sólo el corazón sabe leer. 

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