Desde
nuestra perspectiva, la Declaración de Independencia parece algo
inevitable, pero lo cierto es que estuvo a punto de no existir, debido a
la renuencia de algunos revolucionarios clave.
«Los hombres que
asumieron papeles de mando en la Revolución norteamericana no reunían
las características propias de un revolucionario», relata el historiador
y ganador del premio Pulitzer Jack Rakove.
«Y, sin embargo, se
convirtieron en revolucionarios a pesar de sí mismos.»
En los años
anteriores a la guerra, John Adams temía las represalias británicas,
pero es que, además, no quería renunciar a su incipiente carrera de
abogado; solo se implicó a raíz de su elección como delegado del Primer
Congreso Continental.
George Washington estaba concentrado en la
administración de sus negocios de trigo, harina, pesca y cría de
caballos, y se unió a la causa solo después de que Adams lo nombrara
comandante en jefe del Ejército. «He hecho cuanto estaba en mano para
evitarlo», escribió Washington.
Casi dos siglos más
tarde, Martin Luther King se sentía nervioso ante la idea de liderar el
movimiento de los derechos civiles; su sueño era ser pastor y rector
universitario.
En 1955 Rosa Parks fue juzgada por negarse a ceder su
asiento en la parte delantera de un autobús, y tras el proceso varios
activistas de los derechos civiles se reunieron para debatir cómo debían
reaccionar.
Acordaron formar la Asociación de Mejora de Montgomery,
además de lanzar un boicot contra los autobuses, y uno de los asistentes
propuso a King para la presidencia de la organización.
«Sucedió tan
rápidamente que no tuve tiempo de pensarlo. Es probable que de haberlo
pensado bien, hubiera rechazado la nominación», afirmaba King.
Tan solo
tres semanas antes, King y su mujer habían acordado que él «no debía
asumir en ese momento ninguna responsabilidad grande en la comunidad»,
ya que recientemente había terminado su tesis y necesitaba dedicarle más
atención a su trabajo en la iglesia.
No obstante, fue elegido por
unanimidad para dirigir el boicot. Obligado como estaba a dar un
discurso a la comunidad esa misma noche, «me sentí poseído por el
miedo».
King pronto superó ese miedo y en 1963 su atronadora voz unió a
todo un país en torno a una épica visión de la libertad.
Pero eso
sucedió solamente porque un compañero propuso a King como orador final
en la Marcha sobre Washington y reunió a una coalición de líderes para
que abogasen por él.
Adam Grant
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