Hay palabras que uno mira con desconfianza cuando es joven. Parecen muebles viejos en una casa ajena: demasiado grandes, demasiado solemnes. "Destino" suele ser una de ellas. En la juventud queremos creer que somos arquitectos absolutos de nuestra vida, que todo depende de nuestra voluntad. La palabra destino nos suena a rendición, a superstición o a excusa.
Por eso resulta tan interesante esta reflexión de Rafael Pérez Gay:
"El destino es una palabra enorme que desprecié durante mis años de juventud; en cambio, en mis años maduros, la invoco a menudo, he entendido que el destino es el lugar donde está ocurriendo la vida."
La frase contiene una transformación. No habla de una verdad descubierta de golpe, sino de una sabiduría ganada con los años. El joven desprecia el destino porque mira hacia adelante; el hombre maduro lo invoca porque ha aprendido a mirar alrededor.
Lo más profundo está en la última parte: "el destino es el lugar donde está ocurriendo la vida".
Aquí destino no significa una fuerza misteriosa que controla nuestros pasos. Significa algo más sencillo y más difícil: aceptar el sitio donde realmente estamos. No el lugar donde soñamos estar, ni donde estuvimos, ni donde estaremos mañana. El destino es el presente concreto, la realidad que tenemos delante.
Muchos sufrimientos nacen de vivir exiliados del ahora. La mente viaja al pasado para lamentarse o al futuro para inquietarse. Mientras tanto, la vida sucede silenciosamente en otro lugar. Pérez Gay parece decirnos que el destino no es una meta lejana; es la escena actual de nuestra existencia.
Hay en esta idea un eco de la filosofía estoica y también de cierta serenidad oriental: dejar de pelear con la realidad para habitarla plenamente. No porque todo esté escrito, sino porque toda posibilidad de transformación comienza desde el lugar en que uno se encuentra.
La juventud suele preguntar: "¿Hacia dónde voy?". La madurez agrega otra pregunta: "¿Dónde estoy?".
Y acaso la segunda sea más importante.
Porque el destino, visto así, no es una carretera trazada por los dioses. Es la humilde habitación donde estamos sentados, la conversación que tenemos, el amor que nos acompaña o la soledad que nos visita. Es este instante irrepetible, tan pequeño que parece insignificante y tan vasto que contiene toda nuestra vida.
Como un viajero que pasó años buscando un tesoro en horizontes remotos, el hombre maduro descubre al fin que el mapa siempre apuntaba al suelo que pisaba. Allí, exactamente allí, estaba ocurriendo el destino.

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