Nadie te hará daño nunca, hijo.
Estoy aquí para protegerte.
Por eso nací antes que tú y mis huesos se
endurecieron primero que los tuyos.
Juan Rulfo
Esta frase de Juan Rulfo parece sencilla, pero contiene una de las formas más antiguas y conmovedoras del amor: la protección de un padre hacia un hijo.
"Nadie te hará daño nunca, hijo.
Estoy aquí para protegerte. Por eso nací antes que tú y mis huesos se endurecieron primero que los tuyos."
Poéticamente, la imagen de los huesos es extraordinaria. Rulfo no habla de fuerza, armas ni valentía. Habla de huesos endurecidos. Es decir, de una vida que ya ha soportado golpes, sequías, pérdidas y tiempo. Los huesos representan la experiencia acumulada. El padre ha sido expuesto primero a la intemperie del mundo para que el hijo no tenga que enfrentarse solo a ella.
Hay también una hermosa inversión del sentido del nacimiento. Normalmente pensamos que los padres nacen antes por una simple cuestión biológica. Aquí, en cambio, el padre encuentra un propósito casi sagrado en esa anterioridad: nació antes para recibir primero los golpes del destino. Como si el tiempo le hubiera otorgado una misión.
La frase contiene además una ternura trágica. El lector sabe algo que el padre no puede cumplir: nadie puede proteger para siempre a nadie. La vida terminará alcanzando al hijo con sus propias heridas. Sin embargo, la promesa conserva su belleza porque expresa un deseo absoluto de amor, no una realidad. Los padres suelen prometer imposibles porque el amor, cuando habla, desconoce los límites de la condición humana.
En pocas líneas, Rulfo convierte los huesos en escudos, la edad en sacrificio y la paternidad en una silenciosa muralla levantada contra el dolor del mundo. Es una imagen de amor tan humilde como inmensa: un hombre ofreciéndose como la primera barrera entre la vida y aquello que puede romper a su hijo
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