Chico Mendes nació en 1944, en el estado de Acre, al borde de la selva amazónica.
Hijo de recolectores de caucho —los seringueiros— creció escuchando el sonido de los machetes abriendo senderos entre árboles inmensos y el zumbido húmedo de la selva respirando como un animal antiguo. No fue a la escuela de niño. Aprendió a leer ya de adulto, casi a escondidas, porque en aquella frontera verde la ignorancia era útil para los poderosos.
La Amazonía de su infancia no era el paraíso
romántico de los folletos ecológicos. Era un territorio brutal:
terratenientes, pistoleros, explotación y pobreza. Los recolectores de
caucho vivían endeudados con los patrones, aislados durante meses entre
lluvias y mosquitos. La selva daba vida, pero también encierro.
Y entonces llegó el progreso. Ese dios moderno que entra con motosierras.
En
los años setenta, el gobierno brasileño impulsó carreteras y ganadería
en la Amazonía. Miles de hectáreas comenzaron a arder. Los hacendados
expulsaban a comunidades enteras para abrir pastizales. Los árboles
caían como catedrales incendiadas.
Chico Mendes entendió algo antes
que muchos: defender la selva no era salvar árboles “bonitos”; era
defender a la gente que vivía de ella sin destruirla. Si la selva moría,
también morirían los seringueiros.
Organizó sindicatos. Lideró
protestas pacíficas llamadas empates: hombres, mujeres y niños se
paraban frente a las motosierras para impedir la tala. No tenían armas.
Solo cuerpos cansados y una obstinación feroz. Una escena casi bíblica:
campesinos desarmados deteniendo excavadoras en medio del barro
amazónico.
Con el tiempo, su lucha cruzó fronteras. El mundo empezó a
escucharlo. Se reunió con ambientalistas, habló de reservas
extractivas, denunció asesinatos y corrupción. Para muchos poderosos se
volvió incómodo. Un hombre pobre que hablaba demasiado.
Y en América Latina, cuando alguien pobre habla demasiado, el aire suele llenarse de pólvora.
Las
amenazas comenzaron a multiplicarse. Chico sabía que lo iban a matar.
Lo decía con una serenidad terrible, como quien ya escucha pasos detrás
de la puerta. El 22 de diciembre de 1988, frente a su casa en Xapuri,
recibió un disparo de escopeta. Tenía 44 años.
Su muerte sacudió al
mundo. Por primera vez, gran parte del planeta miró hacia la Amazonía no
como una jungla exótica, sino como un territorio en disputa entre
codicia y supervivencia.
Hay algo profundamente trágico en la
historia de Chico Mendes: defendía árboles, pero en realidad defendía
tiempo. Tiempo para que la selva siguiera respirando. Tiempo para que
los hombres no convirtieran toda la tierra en ceniza rentable.
Hoy su
figura sigue siendo símbolo del ambientalismo latinoamericano. Pero
también un recordatorio incómodo: muchas veces la civilización llama
“desarrollo” a lo que simplemente es devastación con contabilidad.
La
selva amazónica todavía arde algunas noches. Y quizá, entre el humo y
los insectos, todavía quede flotando aquella pregunta muda de Chico
Mendes:
¿Cuánto vale un bosque vivo frente a un mercado hambriento?

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