"Sobre el tallo de la memoria brotan las flores de la imaginación."
Hay una delicadeza vegetal en esta frase de Patrick Kavanagh. No habla de la memoria como un archivo ni como un almacén de recuerdos. La imagina como una planta viva.
El tallo sostiene, alimenta y conecta. Sin él, la flor no existiría. Del mismo modo, la imaginación rara vez nace de la nada. Sus colores más extraños, sus criaturas más fantásticas y sus sueños más audaces hunden sus raíces en algo vivido. La memoria es la savia secreta que asciende desde el pasado para convertirse en una flor nueva.
Un niño que recuerda el mar puede imaginar océanos imposibles. Un anciano que recuerda un amor puede inventar mil conversaciones que nunca ocurrieron. Incluso los mitos y las novelas más extraordinarias suelen ser recuerdos transformados por el fuego de la imaginación.
La frase también sugiere que recordar no es un acto pasivo. Cada vez que regresamos a un recuerdo, algo cambia. La memoria ofrece el tallo; la imaginación añade pétalos. Por eso el pasado nunca permanece inmóvil. Crece dentro de nosotros como un jardín que cada estación produce flores distintas.
Quizá Kavanagh entendía que los seres humanos vivimos entre dos reinos: el de lo que ocurrió y el de lo que podría ocurrir. La memoria nos da raíces; la imaginación nos da alas. Y entre ambas sucede el milagro silencioso de la creación.
Porque nadie recuerda exactamente para volver atrás. Recordamos para florecer.
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