sábado, 20 de junio de 2026

 "Todo lo que no es ahora, debe permanecer enterrado al lado de nuestros recuerdos."

Hay frases que parecen una puerta cerrándose suavemente. Esta es una de ellas.

La sentencia distingue entre dos territorios: el ahora, que está vivo, y aquello que ya no pertenece al presente. Lo que no es ahora puede ser el pasado que insiste en regresar, los futuros imaginados que nunca llegaron a existir, los arrepentimientos, las nostalgias o incluso versiones antiguas de nosotros mismos.

La palabra "enterrado" no sugiere odio ni negación. Enterrar es un acto solemne. Se entierra lo que tuvo vida, lo que fue importante. Los recuerdos no desaparecen; permanecen bajo tierra como semillas dormidas o como ruinas de una ciudad antigua. Siguen formando parte de nuestra historia, pero ya no gobiernan nuestra casa.

La frase también contiene una advertencia. Muchas personas viven habitadas por fantasmas: conversaciones que terminaron hace años, amores que ya no existen, errores que continúan repitiéndose en la memoria. Cuando el pasado se niega a permanecer en su lugar, invade el presente como una enredadera que cubre las ventanas. Entonces dejamos de ver el día que tenemos delante.

Pero el pensamiento no invita al olvido absoluto. Los recuerdos son el cementerio y, al mismo tiempo, el archivo de nuestra identidad. Visitarlo puede ser necesario. Lo peligroso es mudarse a vivir allí.

En el fondo, la frase propone una disciplina difícil: aceptar que la vida sólo ocurre en un punto infinitamente pequeño llamado ahora. El ayer es una fotografía. El mañana, un boceto. El presente es el único lugar donde el corazón late, donde el dolor duele y donde la alegría respira.

Por eso, todo lo que no es ahora debe descansar junto a nuestros recuerdos, bajo la tierra fértil del tiempo. No porque carezca de valor, sino porque la vida, como un río obstinado, sólo sabe avanzar. Y quien intenta abrazar el agua que ya pasó termina soltando la que todavía corre entre sus manos. 


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