Juan Ramón Jiménez o el arte de no ensuciar el mundo
Juan Ramón Jiménez no escribió para gustar.
Escribió para depurar.
Como quien lava una palabra hasta que ya no sangra barro.
Mientras el mundo gritaba consignas, él afinaba sílabas.
Mientras la historia corría con botas, él caminaba descalzo sobre el idioma.
No por ingenuidad: por rigor.
La pureza, en Juan Ramón, no fue adorno: fue disciplina feroz.
Su obsesión era simple y terrible:
decir lo esencial sin ruido.
Y eso —lo sabemos— cansa, aísla, vuelve antipático.
Juan Ramón fue muchas veces eso: solitario, insoportable, exigente hasta con el aire.
Pero también fue alguien que entendió antes que muchos
que el lenguaje, cuando se contamina, normaliza la violencia.
Por eso escribió como quien limpia una herida.
Platero y yo no es un libro “tierno”.
Eso es una injusticia perezosa.
Platero es una resistencia ética:
mirar al mundo desde la fragilidad,
nombrar sin poseer,
amar sin domesticar.
El burro no es símbolo: es compañero.
Y en esa elección hay política sin pancarta:
preferir lo pequeño, lo lento, lo vulnerable
en una época que ya empezaba a idolatrar la velocidad y la fuerza.
Luego vino el exilio.
Ese desgarro silencioso que no hace ruido pero no se cierra nunca.
Juan Ramón se llevó España en la lengua,
y la lengua le dolía como un hueso mal soldado.
El Nobel llegó tarde, como llegan siempre los reconocimientos:
cuando ya no reparan nada.
Y aun así, él siguió.
Corrigiendo.
Quitando.
Podando versos como quien cuida un árbol en medio del incendio.
Juan Ramón Jiménez creyó algo incómodo:
que la belleza no salva al mundo,
pero evita que lo terminemos de destruir.
Eso es lo que hace falta recordar hoy.
No como estatua.
No como efeméride.
Sino como advertencia.
Cuidar las palabras
es una forma —humilde, obstinada, casi invisible—
de cuidar la vida.

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