Las preocupaciones de Kierkegaard, Schopenhauer y Nietzsche fueron retomadas durante la primera mitad del siglo XX por Karl Jaspers en su Filosofía de la existencia, y por Martin Heidegger, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Maurice Merleau-Ponty y Albert Camus.
Los cuatro últimos de la lista se conocían entre sí y, en los años treinta y cuarenta, se frecuentaban en cafés parisinos donde fumaban sin parar y hablaban sobre los larguísimos libros en los que estaban trabajando.
Imaginemos una noche fría en París, hacia 1946. Afuera, la ciudad todavía lleva cicatrices de la guerra. Dentro de un café lleno de humo, las tazas de café y las copas de vino se acumulan como pequeñas ruinas sobre la mesa.
Allí están Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Albert Camus y Maurice Merleau-Ponty.
—La libertad es una condena —dice Sartre, encendiendo otro cigarrillo—. Nacemos sin instrucciones. Cada decisión nos inventa.
Camus sonríe con cansancio.
—Hablas como si el hombre fuera un escultor. Yo creo que primero descubre que la piedra no tiene sentido.
—¿Y después? —pregunta Beauvoir.
—Después sigue empujándola montaña arriba.
Todos ríen. La referencia a Sísifo es evidente.
Merleau-Ponty mira por la ventana.
—Ustedes hablan demasiado de ideas. El mundo no es una ecuación. Antes de pensar, respiramos. Antes de filosofar, tenemos un cuerpo.
Sartre se encoge de hombros.
—Y aun así somos responsables.
—Responsables, sí —responde Beauvoir—, pero no nacemos en el vacío. No elegimos nuestro sexo, nuestra época ni nuestra clase social. La libertad siempre empieza dentro de una situación concreta.
Camus levanta su copa.
—Brindo por eso. Bastante difícil es ser libre en un universo indiferente como para fingir que todos parten del mismo lugar.
Un silencio breve cae sobre la mesa.
Afuera pasa un vendedor de periódicos. Dentro, el humo parece construir una segunda arquitectura sobre sus cabezas.
—¿Creen que la vida tiene sentido? —pregunta Merleau-Ponty.
Sartre responde primero.
—No. Lo fabricamos.
Camus niega lentamente.
—Ni siquiera eso. Lo vivimos. A veces una tarde de sol vale más que una biblioteca entera de explicaciones.
Beauvoir sonríe.
—Albert siempre termina salvando la belleza.
—Alguien tiene que hacerlo —contesta él.
La conversación continúa hasta la madrugada. Hablan de política, de amor, de novelas, de revoluciones y de la muerte. Discuten ferozmente y, sin embargo, siguen regresando a la misma mesa.
Tal vez porque todos comparten la misma herida.
Un siglo antes, Søren Kierkegaard había preguntado qué significa existir como individuo. Arthur Schopenhauer había visto el sufrimiento en el corazón del mundo. Friedrich Nietzsche había anunciado la muerte de las viejas certezas.
Ahora, en aquel café parisino, sus herederos intentan responder a una pregunta mucho más íntima:
¿Qué hacemos cuando descubrimos que no existe un mapa?
La noche avanza. Los cigarrillos se consumen. Las calles de París se vacían.
Y mientras el mundo duerme, cuatro personas siguen hablando alrededor de una mesa pequeña, como si las palabras pudieran encender una luz suficiente para atravesar la oscuridad de estar vivos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario