La escritora canadiense, Margaret Atwood, advirtió sobre el avance de la censura en Estados Unidos y afirmó que “nunca en la era moderna se prohibieron tantos libros” en bibliotecas y escuelas. Además, alertó sobre el debilitamiento de las humanidades y los riesgos que enfrenta el pensamiento crítico.
La autora de "El cuento de la criada" sostuvo que "las humanidades atraviesan un momento de asedio en las universidades estadounidenses", donde muchas de esas disciplinas son consideradas “no esenciales” frente al avance de la tecnología y la innovación científica.
Las declaraciones de Margaret Atwood sobre el avance de la censura en Estados Unidos no deberían entenderse únicamente como una crítica a un país. Son una advertencia sobre un fenómeno que ha acompañado a la humanidad desde hace siglos: el temor al poder de las ideas.
Los libros siempre han sido mucho más que un conjunto de páginas. Son depósitos de memoria, imaginación y pensamiento. Cada libro representa una conversación entre generaciones. Cuando una sociedad decide retirar determinados libros de sus escuelas o bibliotecas por motivos ideológicos, no solo limita el acceso a un texto; limita la posibilidad de que las personas conozcan perspectivas distintas de las propias.
Quienes apoyan la retirada de libros suelen argumentar que buscan proteger a los menores de contenidos sexuales, violentos o considerados inapropiados. Es una preocupación legítima. Ninguna sociedad renuncia a establecer criterios sobre lo que enseña a sus niños. Sin embargo, la pregunta decisiva es otra: ¿dónde termina la protección y dónde comienza la censura?
La diferencia es fundamental. Proteger implica adaptar los contenidos a la edad y al desarrollo de los estudiantes. Censurar implica excluir ideas porque resultan incómodas para una determinada visión política, religiosa o cultural. Cuando un libro desaparece porque cuestiona una narrativa dominante, el problema deja de ser pedagógico y se convierte en político.
Margaret Atwood también advierte sobre otro fenómeno menos visible: el desprecio creciente hacia las humanidades. En un mundo obsesionado con la innovación tecnológica, la programación y la inteligencia artificial, disciplinas como la literatura, la historia o la filosofía son vistas por algunos como un lujo prescindible. Sin embargo, precisamente esas disciplinas enseñan a interpretar el lenguaje, reconocer la propaganda, comprender la historia y formular preguntas incómodas.
La tecnología puede enseñarnos a construir máquinas cada vez más poderosas, pero solo las humanidades pueden ayudarnos a decidir para qué debemos utilizarlas. Una sociedad puede producir excelentes ingenieros y, al mismo tiempo, carecer de ciudadanos capaces de identificar una mentira política o una manipulación emocional.
La historia demuestra que los intentos por controlar la lectura rara vez permanecen limitados a los libros. Toda forma de censura nace de una idea sencilla: algunas personas no deberían tener acceso a determinadas ideas porque podrían pensar de manera distinta. Esa lógica, llevada al extremo, termina debilitando la libertad intelectual que sostiene a toda democracia.
Por ello, el verdadero debate no consiste en decidir si debe existir algún criterio para seleccionar materiales escolares. Toda comunidad tiene derecho a discutirlo. El desafío consiste en impedir que esos criterios se conviertan en herramientas para eliminar el pluralismo y la diversidad de pensamiento.
Leer nunca ha sido una actividad inocente. Cada libro tiene la capacidad de transformar una conciencia. Y precisamente por eso los libros han sido perseguidos tantas veces a lo largo de la historia. Quien controla lo que una sociedad puede leer termina influyendo, tarde o temprano, en lo que esa sociedad puede imaginar, cuestionar y llegar a ser.
Defender la libertad de leer no significa aceptar sin crítica todo lo que se publica. Significa confiar en que una ciudadanía educada, crítica y capaz de debatir es siempre más fuerte que una sociedad a la que se le dice qué ideas merece conocer y cuáles debe ignorar.
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