La frase de Alejandro Dolina es breve, pero contiene una acusación moral contundente.
"El que es feliz al precio de desconocer el dolor ajeno es un miserable."
No condena la felicidad. Condena una felicidad construida sobre la indiferencia.
Dolina no está diciendo que debamos vivir tristes porque existe sufrimiento en el mundo. Lo que señala es algo más sutil: hay personas que conservan su bienestar porque apartan la mirada. Su tranquilidad depende de no ver, no escuchar, no preguntar. Como quien disfruta de un jardín amurallado mientras detrás del muro arde la ciudad.
La palabra clave es "desconocer". No siempre significa ignorar por falta de información. Muchas veces significa elegir no saber. La conciencia resulta incómoda. Ver el dolor de otros puede obligarnos a cambiar hábitos, privilegios o certezas. Por eso algunos prefieren la ceguera voluntaria.
La frase también cuestiona una idea muy difundida: que la felicidad es un asunto exclusivamente privado. Para Dolina, la felicidad humana tiene una dimensión ética. No basta con sentirse bien. Importa cómo se alcanza ese bienestar y qué relación mantiene con el sufrimiento de los demás.
Hay aquí un eco de pensadores y escritores que sostuvieron que la compasión es una de las formas más altas de inteligencia. Desde Fiódor Dostoievski hasta Albert Camus, muchos advirtieron que una alegría edificada sobre la indiferencia termina vaciándose por dentro.
La frase podría resumirse así:
La verdadera felicidad no exige cargar con todas las penas del mundo, pero sí conservar la capacidad de reconocerlas.
Porque quien pierde la sensibilidad ante el dolor ajeno puede seguir sonriendo, pero esa sonrisa se parece más a una máscara que a una victoria. Es una felicidad de puertas cerradas, cómoda y tibia, que ha sacrificado algo esencial para el ser humano: la capacidad de compartir el destino de los otros.

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