lunes, 15 de junio de 2026


Imagina una aldea antigua. Un techo para la lluvia, pan para el hambre, fuego para la noche. Las necesidades eran pocas y visibles. Se parecían a las raíces de un árbol: indispensables, silenciosas, profundas.

Ahora imagina una ciudad iluminada por millones de pantallas. Ya no basta con comer; hay que elegir entre cientos de marcas. Ya no basta con comunicarse; hay que estar disponible a toda hora. Ya no basta con vivir; hay que exhibir la vida. Cada solución tecnológica trae consigo una nueva exigencia. Cada comodidad engendra una dependencia.

Eso es lo que Marcuse observaba.

Marcuse, filósofo de la llamada Herbert Marcuse, sostenía que las sociedades industriales modernas no dominan principalmente por la fuerza, sino por el deseo. El sistema produce necesidades artificiales y luego se presenta como el único capaz de satisfacerlas.

Necesitamos un automóvil, luego un automóvil mejor. Necesitamos un teléfono, luego el modelo más reciente. Necesitamos información, luego información instantánea, permanente e inagotable. La rueda gira sin descanso. Lo que ayer era un lujo hoy parece una obligación.

La esclavitud de la que habla Marcuse no tiene cadenas de hierro. Está hecha de hábitos, publicidad, prestigio social y ansiedad. Es una prisión cómoda, amueblada y climatizada. Sus barrotes son invisibles porque los confundimos con nuestros propios deseos.

La paradoja es fascinante: cuanto más poder adquiere la civilización para liberarnos del esfuerzo físico, más puede atraparnos en nuevas formas de dependencia psicológica. El ser humano termina trabajando no sólo para satisfacer sus necesidades reales, sino para perseguir necesidades fabricadas.

Sin embargo, Marcuse no estaba condenando toda la civilización ni toda la tecnología. Su pregunta era más profunda: ¿cuáles de nuestros deseos nacen de nosotros y cuáles han sido sembrados en nosotros?

Esa pregunta sigue resonando hoy. Cada notificación que reclama atención, cada compra impulsiva, cada comparación con vidas ajenas en las redes parece susurrar la misma duda.

Quizás la libertad no consista en tener más opciones, sino en distinguir entre lo que necesitamos para vivir y lo que nos hace vivir para necesitar.

Como un jardinero que arranca las malas hierbas para que la planta respire, la conciencia consiste en examinar nuestros deseos y preguntarnos cuáles son raíces y cuáles son enredaderas. 
Porque una vida puede ser pobre en cosas y rica en mundo. Y también puede ocurrir lo contrario: rebosar de objetos mientras el alma permanece hambrienta.  

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