Ay, la mente, la mente tiene montañas;
despeñaderos de ruina terribles, escarpados, insondables para el hombre. Los menosprecia quizás quien nunca se asomó a ellos. Me despierto y siento la siniestra oscuridad, no el día. Y he pedido quedarme al abrigo de las tormentas.
Estas impactantes líneas pertenecen al poeta jesuita inglés Gerard Manley Hopkins (1844–1889).
El texto es una bellísima traducción y amalgama de sus famosos "Sonetos terribles" (Terrible Sonnets), escritos durante una profunda crisis de depresión y desolación espiritual hacia el final de su vida.
Específicamente, entrelaza versos de dos de sus poemas más célebres: No worst, there is none ("No hay peor, no lo hay") e I wake and feel the fell of dark, not day ("Me despierto y siento el azote de la oscuridad, no el día").
Este fragmento es una de las representaciones más descarnadas e íntimas del sufrimiento psicológico y la depresión en la historia de la literatura.
1. La mente como un paisaje terrorífico
"Ay, la mente, la mente tiene montañas; despeñaderos de ruina terribles, escarpados, insondables para el hombre."
Hopkins utiliza una metáfora geográfica para describir el dolor mental. El sufrimiento interior no es una abstracción; es un territorio real, peligroso y gigantesco. Al comparar los abismos de la mente con "despeñaderos", transmite una sensación de vértigo y desamparo: la mente humana es capaz de albergar abismos de desesperación tan profundos que resultan inexplorables ("insondables") incluso para quien los padece.
2. La brecha de la empatía
"Los menosprecia quizás quien nunca se asomó a ellos."
Aquí el autor introduce una dura crítica a la falta de comprensión exterior. Existe una barrera insalvable entre quien sufre una crisis existencial o una depresión y quien nunca la ha vivido. Para el espectador casual, el dolor del alma puede parecer exageración o debilidad; para Hopkins, es una cuestión de supervivencia en un borde afilado.
3. La noche cósmica y espiritual
"Me despierto y siento la siniestra oscuridad, no el día."
Esta línea evoca el concepto místico de "la noche oscura del alma". El despertar, que universalmente simboliza la luz, la esperanza y un nuevo comienzo, se invierte por completo. Para el poeta, el amanecer no trae alivio; el día físico está inundado de una oscuridad mental y espiritual tan densa que asfixia la realidad exterior.
4. El ruego por la paz
"Y he pedido quedarme al abrigo de las tormentas."
El texto cierra con una claudicación que no busca la victoria ni la felicidad, sino la mera tregua. Es el grito de una mente exhausta que renuncia a seguir escalando esas "montañas" de dolor y solo suplica un refugio, un rincón de paz donde las tormentas de la conciencia no puedan alcanzarlo.
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