William S. Burroughs: el cartógrafo del abismo
Hay hombres que atraviesan la vida como quien cruza un jardín. Y hay otros que caminan por una ciudad incendiada tomando notas entre las llamas.
William S. Burroughs fue uno de estos últimos.
Nació en una casa cómoda, bajo el amparo de una fortuna familiar. Todo parecía dispuesto para una existencia tranquila: estudios prestigiosos, seguridad económica, una vida ordenada. Pero algunas almas nacen con una grieta invisible. Mientras el mundo le ofrecía caminos pavimentados, él escuchaba el llamado de los callejones.
Desde joven sintió que algo no encajaba. Como si la realidad fuera una máscara mal colocada sobre el rostro del mundo.
Buscó respuestas en los libros.
Las buscó en los viajes.
Las buscó en la noche.
Y terminó buscándolas en las drogas.
La heroína se convirtió en una llave falsa que prometía abrir puertas secretas de la conciencia. Como ocurre con todas las llaves falsas, terminó cerrando más puertas de las que abrió. Pero Burroughs observó incluso su propia destrucción con la mirada fría de un entomólogo. Mientras otros adictos intentaban olvidar, él tomaba apuntes. Mientras otros huían del infierno, él dibujaba sus mapas.
Entonces llegó la tragedia.
México, 1951.
Una reunión, unas copas, una imprudencia.
Su esposa, Joan Vollmer, colocó un vaso sobre su cabeza. Burroughs intentó imitar la leyenda de Guillermo Tell.
Disparó.
La bala encontró el corazón de Joan.
Hay acontecimientos que no ocurren en un instante. Continúan sucediendo durante décadas.
Aquella bala siguió viajando toda la vida dentro de Burroughs.
Muchos años después confesó que nunca dejó de perseguirlo. Como un espectro silencioso, la culpa habitó cada página que escribió. De alguna forma extraña y terrible, el escritor nació exactamente donde murió el esposo.
Y comenzó entonces su verdadera obra.
Escribió como quien lanza botellas al océano desde una isla maldita.
Escribió sobre el control, la adicción, la manipulación, el lenguaje y el poder.
Sospechaba que las palabras eran una prisión invisible. Decía que el lenguaje era un virus que había infectado a la humanidad. Mientras otros escritores intentaban perfeccionar el idioma, él quería sabotearlo. Cortaba frases, mezclaba párrafos, rompía la lógica. No buscaba belleza. Buscaba dinamita.
Sus libros parecen sueños febriles escritos por alguien que ha pasado demasiado tiempo despierto.
Monstruos.
Gobiernos invisibles.
Drogas.
Paranoias.
Humor negro.
Pesadillas.
Todo mezclado en una corriente turbulenta donde la realidad y la alucinación dejan de ser enemigas para convertirse en cómplices.
Por eso muchos lectores lo rechazan.
Y por eso otros lo consideran indispensable.
Porque Burroughs no intentó mostrar cómo somos.
Intentó mostrar aquello que escondemos.
La codicia.
El miedo.
La dependencia.
La violencia.
Las cadenas invisibles que llevamos dentro.
Con los años se transformó en una especie de profeta improbable. Un anciano de traje gris, rostro seco y voz espectral que parecía haber sobrevivido a todas las guerras interiores posibles. Los músicos del punk y del rock lo escuchaban como a un chamán que había regresado del otro lado.
Y quizá eso era.
Un sobreviviente.
No un héroe.
No un sabio.
No un santo.
Simplemente un hombre que descendió más profundo que la mayoría y regresó con noticias.
Murió en 1997.
Pero algunas personas no desaparecen. Se convierten en preguntas.
Burroughs sigue siendo una de ellas.
Porque su vida nos obliga a mirar un territorio incómodo: esa región oscura donde habitan nuestras obsesiones, nuestras culpas y nuestros deseos más secretos.
La mayoría pasa frente a ese abismo y acelera el paso.
Burroughs se sentó en el borde.
Encendió un cigarrillo.
Miró hacia abajo.
Y comenzó a escribir.

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