La frase de Rafael Pérez Gay es breve, provocadora y está cargada de ironía:
"Sé por experiencia que el gran arte mexicano es el autoengaño."
No debe leerse literalmente como si afirmara que todos los mexicanos viven engañándose. Es una exageración deliberada, propia de la tradición satírica, para señalar un rasgo que el autor considera recurrente en la vida pública y privada del país.
El "gran arte"
Al llamar al autoengaño un "gran arte", Pérez Gay sugiere que no se trata de un accidente, sino de una habilidad cultivada. El autoengaño implica construir narrativas cómodas para evitar enfrentar una realidad incómoda.
Puede manifestarse de muchas formas:
Convencernos de que "ahora sí" las cosas cambiarán sin modificar las causas de fondo.
Justificar errores propios mientras se condenan los ajenos.
Preferir mitos patrióticos o ideológicos antes que hechos verificables.
Pensar que los problemas siempre son culpa de otros.
"Sé por experiencia"
La primera parte de la frase también importa. No dice "creo", sino "sé por experiencia". Con ello transmite que habla desde la observación cotidiana, no desde una teoría abstracta. Es el juicio de alguien que ha visto repetirse ciertos patrones durante años.
Una crítica universal con acento mexicano
Aunque menciona a México, el autoengaño no es exclusivo de ningún país. La disonancia cognitiva muestra que todos los seres humanos tendemos a proteger nuestras creencias incluso frente a evidencias contrarias. Lo que hace Pérez Gay es afirmar que, en el contexto mexicano, esa tendencia alcanza un nivel particularmente visible.
La frase cobra especial fuerza en política. Con frecuencia los ciudadanos, los gobernantes e incluso los medios pueden construir relatos que les permiten evitar responsabilidades. Se promete un futuro brillante, se reinterpretan fracasos como éxitos o se niegan hechos incómodos. En ese sentido, el autoengaño deja de ser un problema individual y se convierte en un fenómeno colectivo.
La grandeza de esta frase está en que incomoda. Obliga a preguntarnos:
¿Cuántas de nuestras certezas son realmente fruto de la evidencia y cuántas existen porque nos resulta más cómodo creerlas?
Si el autoengaño es un arte, como dice Pérez Gay, la honestidad intelectual sería el arte opuesto: la capacidad de abandonar una idea cuando la realidad demuestra que estaba equivocada. Esa es una habilidad mucho más difícil y, probablemente, mucho más valiosa para cualquier sociedad.

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