sábado, 20 de junio de 2026


 Esta frase de George Steiner resume con una precisión quirúrgica el tremendo poder —y la fragilidad— de los vínculos humanos a través de la palabra. Nos recuerda que el lenguaje no es una mera herramienta de comunicación neutral, sino un cincel capaz de crear o de destruir realidades.

Construir una relación (de pareja, de amistad, familiar) puede tomar años de confianza, vulnerabilidad y momentos compartidos. Sin embargo, Steiner nos advierte sobre una cruda asimetría: la destrucción es infinitamente más rápida que la construcción. Una sola palabra, dicha con la intención correcta de herir o en un momento de total descuido, puede actuar como un virus que corrompe todo el pasado compartido.

La metáfora de la oscuridad es brillante. Una palabra incorrecta no solo hiere en el presente; altera el pasado y ensombrece el futuro. Despierta la duda, la inseguridad y el resentimiento. Cuando alguien a quien estimamos nos dice esa palabra exacta, activa una especie de abismo en nuestra mente: empezamos a cuestionar si todo lo anterior fue falso, si realmente nos conocen o si guardaban ese veneno en secreto. Una vez que esa puerta a la oscuridad se abre, cerrarla requiere un esfuerzo monumental, y a veces, la cicatriz nunca desaparece.

Steiner define el lenguaje como el instrumento de dos fuerzas polares:

  • La gracia: Es la capacidad de salvar a alguien, de dar consuelo, de expresar amor, de hacer que otra persona se sienta vista, comprendida y viva. Una palabra de aliento puede rescatar a alguien de su propia oscuridad.

  • La destrucción: Es el lenguaje utilizado como arma de demolición. A diferencia de un golpe físico, que sana con el tiempo, la violencia verbal se aloja en el pensamiento y se repite en eco dentro de la cabeza de quien la recibe.

La reflexión de Steiner es, en última instancia, un llamado a la responsabilidad verbal y a la impecabilidad de nuestras palabras. En un mundo actual donde solemos responder en piloto automático, con prisa o desde la reactividad de las redes sociales y la mensajería instantánea, recordar este pensamiento es vital.

El lenguaje nos hace humanos, pero lo que decidamos hacer con él —si tender puentes o levantar muros— es una elección absolutamente nuestra. Cada vez que hablamos, sostenemos el interruptor de la luz o de la más absoluta oscuridad para alguien más.

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