"I'm not doing it to defend myself. If I were to defend myself, I would have to feel guilty. But I do not feel guilty, least of all before a bourgeois court, which I do not recognize."
(From his 1921 indictment trial in Leipzig)Max Hölz (a veces escrito Hoelz) es una de las figuras más fascinantes, incendiarias y contradictorias de la revolución alemana posterior a la Primera Guerra Mundial. Si él mismo contara su historia —tal como lo intentó hacer en su autobiografía De la bandera blanca a la barricada roja (1929)—, el relato estaría impregnado de una mezcla de furia contra la injusticia social, épica guerrillera y una profunda decepción por la burocracia partidista.
Aquí está su historia, narrada desde la perspectiva de su propia evolución:
1. De la miseria al despertar político
Nací en 1889 en un entorno rural y pobre cerca de Riesa, Sajonia. Mi juventud no tuvo nada de teórica; conocí de primera mano la explotación, el hambre y el desprecio de las clases altas. Fui peón, obrero y técnico ferroviario. Cuando estalló la Gran Guerra en 1914, me alisté como voluntario, arrastrado por el entusiasmo general.
Pero las trincheras son un excelente remedio contra el nacionalismo. Vi de cerca cómo los hijos de los obreros morían para defender los intereses de los industriales y los terratenientes. Regresé de la guerra con una certeza absoluta: el viejo orden debía ser destruido.
2. El "Robin Hood" de Vogtland
El final de la guerra en 1918 trajo la revolución a Alemania, pero una revolución a medias, traicionada por los socialdemócratas moderados que prefirieron pactar con los viejos generales antes que armar al pueblo. Yo me establecí en la región industrial de Vogtland (Sajonia) y me uní al incipiente movimiento comunista (KPD) y luego al ala más radical y antiparlamentaria (el KAPD).
Para mí, la revolución no se hacía en los despachos ni votando en el Reichstag; se hacía en la calle. Formé las "Milicias Rojas" (Rote Garden). Mi estrategia era directa:
Ocupábamos fábricas y ayuntamientos.
Expropiábamos el dinero de los bancos y las cajas de los empresarios locales.
Repartíamos ese dinero, junto con comida y carbón, entre las familias obreras más necesitadas.
La prensa burguesa me odiaba; me pintaban como un bandido, un terrorista y un loco. Los obreros, en cambio, me llamaban el "Robin Hood de Vogtland". En 1920, durante el intento de golpe de Estado de la extrema derecha (el Kapp-Putsch), mis milicias tomaron el control total de la región, expulsando a las fuerzas reaccionarias y defendiendo a la clase trabajadora con las armas en la mano.
3. La Acción de Marzo (1921) y la caída
El punto álgido de mi lucha llegó en la primavera de 1921. El Partido Comunista intentó forzar un levantamiento armado en la Alemania central (la llamada Märzaktion). Yo no compartía su ingenuidad organizativa, pero cuando la policía y el ejército comenzaron a masacrar a los mineros en Mansfeld, no me pude quedar de brazos cruzados.
Me puse al frente de miles de huelguistas armados. Saboteamos vías de tren, dinamitamos edificios oficiales y combatimos al ejército regular con tácticas de guerrilla urbana. Fuimos derrotados por la superioridad numérica y militar del Estado. Tuve que huir, pero fui capturado en Berlín en junio de 1921.
"No me juzgan por ser un criminal. Me juzgan porque me atreví a golpear a la burguesía donde más le duele: en su propiedad y en su orgullo."
Fui condenado a cadena perpetua por alta traición y asesinato (un cargo que siempre negué, pues mis acciones eran políticas y de guerra popular, no crímenes comunes).
4. El presidio y la campaña internacional
Pasé casi siete años en la prisión de Sonnenburg. El régimen carcelario intentó quebrarme, pero me convertí en un símbolo. Intelectuales de la talla de Thomas Mann, Albert Einstein y Henri Barbusse firmaron peticiones exigiendo mi liberación, denunciando la flagrante asimetría de la justicia de la República de Weimar, que amnistiaba a los asesinos de extrema derecha mientras enterraba en vida a los revolucionarios de izquierda.
Finalmente, gracias a la presión popular, fui amnistiado en 1928.
5. El exilio en la URSS: El amargo final
Al salir de prisión, Alemania ya no era la misma y el movimiento comunista se había burocratizado bajo las órdenes estrictas de Moscú. En 1929 decidí emigrar a la Unión Soviética, la "patria del proletariado".
Allí fui recibido con honores de héroe revolucionario, pero la realidad estalinista pronto me asfixió. Yo era un espíritu libre, un rebelde con tintes anarquistas que creía en la acción directa, no en la obediencia ciega a un aparato partidista. Empecé a criticar abiertamente las condiciones de vida de los obreros soviéticos y la creciente represión. Me convertí en un hombre incómodo para el régimen de Stalin.
Mi historia termina de forma abrupta y oscura el 15 de septiembre de 1933. Mi cuerpo apareció flotando en el río Volga, cerca de Gorky. La versión oficial de las autoridades soviéticas fue "muerte por ahogamiento accidental". Sin embargo, todos los indicios apuntan a que fui una víctima silenciosa del aparato de seguridad estalinista (la GPU), años antes de que comenzaran las Grandes Purgas.
El legado de Hölz
Max Hölz no fue un teórico marxista ni un estratega militar de academia. Fue la expresión pura de la rabia obrera de la posguerra: un activista de la acción directa que demostró que el poder del Estado podía ser desafiado desde las barricadas, pagando el precio más alto por su indomable rechazo a someterse a cualquier tipo de dogmatismo, ya fuera burgués o bolchevique.
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