domingo, 21 de junio de 2026


 Hay frases que no hablan del amor como un incendio, sino como una larga travesía por un continente desconocido. Esta es una de ellas.

Cuando John Williams escribe que "la persona que uno ama al principio no es la persona que uno ama al final", está señalando una verdad que suele permanecer oculta bajo los mitos románticos. Creemos que nos enamoramos de alguien completamente conocido, pero en realidad nos enamoramos de una imagen, de una intuición, de una promesa. El otro es, al comienzo, un territorio apenas entrevisto entre la niebla.

Con los años, la niebla se disipa.

Aparecen las contradicciones, las heridas, los silencios, las pequeñas grandezas y las miserias cotidianas. La persona amada deja de ser una fantasía y se convierte en un ser humano real. Por eso el amor verdadero no consiste en encontrar a alguien perfecto, sino en atravesar el lento descubrimiento de quién es realmente esa persona.

La frase también destruye otra ilusión: la idea de que el amor es una meta. La cultura suele presentarlo como una conquista. Encontrar a la persona adecuada, casarse, vivir felices. Fin de la historia.

Williams propone lo contrario.

El amor no es el puerto. Es la navegación.

No es una respuesta sino una pregunta permanente. Cada día intentamos comprender un poco más a alguien que siempre conserva una zona secreta. Amar es aceptar que nunca poseeremos del todo al otro, porque cada ser humano es más profundo que cualquier definición.

Hay también una melancolía en que Stoner aprenda esto a los cuarenta y tres años. Como ocurre con tantas verdades importantes, llega tarde. O quizá llega justo cuando puede ser comprendida. La juventud suele confundir intensidad con conocimiento. Creemos que sentir mucho es conocer mucho. La madurez descubre que son cosas distintas.

Se puede amar apasionadamente a una ilusión.

Conocer a una persona requiere años.

Por eso esta frase posee una sabiduría serena. Nos recuerda que el amor no es una fotografía sino una novela. No es un instante congelado, sino una conversación que dura décadas. Y cuando esa conversación es auténtica, al final descubrimos algo inesperado: la persona que amamos ha cambiado, nosotros también hemos cambiado, y el verdadero milagro consiste en haber seguido caminando juntos mientras ambos se transformaban.

Como un río que nunca contiene dos veces la misma agua, el amor permanece precisamente porque cambia. Y quizá amar sea eso: contemplar durante años el misterio de otro ser humano sin agotar jamás su profundidad. 

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