“El mundo te preguntará quién eres, y si no lo sabes te lo dirá.”
— Carl Gustav Jung
El mundo es un formulario infinito.
Marca casillas por ti: género, éxito, productividad, sonrisa obligatoria.
Si dudas, te asigna un rol.
Si callas, te pone subtítulos.
Y casi siempre elige rápido… y mal.
Y casi siempre elige rápido… y mal.
No saber quién eres no es el problema.
El problema es dejar que te lo expliquen con slogans, algoritmos y miedo.
Porque el mundo no pregunta para escuchar:
pregunta para ordenarte.
El problema es dejar que te lo expliquen con slogans, algoritmos y miedo.
Porque el mundo no pregunta para escuchar:
pregunta para ordenarte.
Jung lo sabía:
si no haces el trabajo interior —lento, incómodo, a contracorriente—
terminas actuando un personaje escrito por otros.
Y encima lo defiendes como si fuera tuyo.
Tragedia clásica, pero en versión Netflix.
Saber quién eres no es tener una respuesta clara,
es sostener la pregunta sin venderla al mejor postor.
Es decir: todavía no sé,
y aun así no aceptar cualquier etiqueta en oferta.
Moraleja, sin moño:
si no te nombras, te nombran.
Y el mundo tiene pésimo gusto para eso.
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